Torquemada en el purgatorio

Part 8

Chapter 84,060 wordsPublic domain

Convinieron en que todo funcionaría ordenadamente antes de partir para el veraneo, pues en Diciembre debía hacerse la primera entrega de _boliche_ y en Febrero la de _Virginia_. El suministro de ambas _hojas_ les fué adjudicado, por formal contrata, en Mayo, no sin protesta de otros tales, que hicieron ó creían haber hecho á la Hacienda proposición más ventajosa; pero como eran gentes desacreditadas y de antecedentes deplorables en aquel _fregado_, á nadie sorprendió que el ministro les postergara, agarrándose á no sé qué triquiñuelas de la ley. Puestas de acuerdo en todo las cuatro principales fichas de aquel juego, pues aunque había otros partícipes, no tocaban un pito en la gestión, por ser de poca monta el capital impuesto, ya no había más que trabajar como fieras, á fin de que el negocio saliese redondo y limpio. En los días que precedieron á la expedición veraniega, Torquemada y D. Juan Gualberto Serrano se entendieron á solas en algunos puntos referentes á las compras de rama en los Estados Unidos, y ello quedó entre los dos, sin dar conocimiento á Donoso ni á Taramundi. Era que don Francisco, con su instintivo conocimiento de la humanidad, _bajo el aspecto del toma y daca_, vió desde el primer instante en qué consistía el resorte maestro de aquel arbitrio, comprendiendo que de proceder de esta ó de la otra manera, dependía que el _líquido_ fuese simplemente bueno, ó que resultase tal que podrían meter el brazo hasta más arriba del codo. Apenas hubo el tacaño propulsado la voluntad de D. Juan Gualberto, éste respondió con cuatro palabras, que querían decir: «aquí está el hombre que se necesita.» Y con estas impresiones, Serrano se fué á Londres, donde debía avistarse con su primo, y Torquemada partió para Hernani con la familia. La de Taramundi se instaló en San Sebastián. Donoso no salía de Madrid, porque su señora, en quien se había complicado enormemente la caterva de males, no podía moverse, ni había para qué, pues en ninguna parte había de encontrar alivio.

¡Ay, Dios mío, qué aburrimiento el de Torquemada en las Provincias, y qué destemplado humor gastaba, siempre disputando con _ellas_ por quítame allá esas pajas, renegando de todo, encontrando malas las aguas, desabridos los alimentos, cargantes las personas, horrible el cielo, dañino el aire! Su centro era Madrid: fuera de aquel Madrid en que había vivido los mejores años de su vida y ganado tanto dinero, no se encontraba el hombre. Echaba de menos su Puerta del Sol, sus calles del Carmen, de Tudescos, y Callejón del Perro; su agua del Lozoya, su clima variable, días de fuego y noches de hielo. La nostalgia le consumía, y el verse imposibilitado de correr tras el fugaz ochavo, de dar órdenes á éste y al otro agente. Aborrecía el descanso; su naturaleza exigía la preocupación contínua del negocio, y los infinitos trajines que trae consigo, la misma ansiedad azarosa, la rabia de perder, la tristeza de ganar poco, el delirio de la ganancia pingüe. Contaba los días que iban pasando de aquel suplicio á que le habían traído sus malditas consortes; abominaba de la sociedad ociosa que le rodeaba, tanto vago insubstancial, tanta gente que no piensa más que en arruinarse. Para él, el colmo del despilfarro era dar dinero á los fondistas y posaderos, ó á los grandes gandules que agarran en el baño á las señoras para que no se ahoguen. San Sebastián le causaba horror: todo era un saqueo contínuo, y mil tramoyas para desbalijar á los madrileños que iban á gastar en dos meses las rentas de un año. Tres días le tuvieron allí Fidela y Cruz, y poco le faltó para caer enfermo de tristeza y repugnancia.

En Hernani se paseaba solo, armando en su magín todo el tinglado de números que constituía el negocio tabaquil, y otros en embrión, como el del arreglo de la arruinada casa de Gravelinas con sus acreedores. Fidela, que conocía lo mal que pintaba á su esposo la _villeggiatura_, quiso abreviar ésta; pero se opuso Cruz, porque á Rafael le probaba muy bien el clima del Norte, y desde que vivía en Hernani no se habían repetido los trastornos cerebrales de marras. Dividíase la familia en dos parejas: Cruz paseaba con el ciego, Fidela con su esposo, y procuraba distraerle haciéndole fijar la atención en las bellezas del campo y del paisaje. No era insensible el bárbaro á la bondad ni á los mimos de su esposa, y algunos ratos pasaba placenteros charlando con ella á lo largo de praderas y bosques. Pero en aquel divagar indolente, Torquemada, como el desterrado que sólo piensa en la patria, no hablaba de cosa alguna sin que salieran á relucir Madrid y los malditos negocios. Alegrábase Fidela de verle en tal terreno, y con infantil travesura repetía:

—Sí, Tor, tienes que ganar muchísimo dinero, pero muchísimo, y yo te lo guardaré.

Tanto machacó en esta idea, que D. Francisco hubo de espontanearse con su mujer, cual nunca lo había hecho, declarándole cuanto sentía y pensaba, y las causas de sus goces como de sus pesadumbres. Empezó por manifestarse satisfecho del trato de la suerte, porque sus ganancias crecían como la espuma. ¿Pero de qué le valía esto, si la familia se había puesto en un pie de boato que imposibilitaba el ahorro? Cada lunes y cada martes se traía Cruz alguna nueva tarantaina para derrochar el dinero. ¿Á qué detallar _aquella serie no interrumpida_ de locuras, si ya Fidela las conocía? Él no servía para vivir entre magnificencias, aunque al fin á ellas por la fuerza de las circunstancias se amoldaba. Su _bello ideal_ era emplear de nuevo sus considerables ganancias, reservando sólo una parte mínima para el gasto diario. Ver entrar el dinero á carretadas, y verle salir á espuertas le taladraba el corazón, y le llenaba la cabeza de pensamientos sombríos y pesimistas. Entre él y Cruz se había entablado una lucha á muerte; reconocíase muy inferior á ella por los recursos de la inteligencia y por la palabra, pero se creía, en aquel caso, cargado de razón. Lo peor de todo era que Crucita le dominaba y sabía imponerle su criterio económico, metiéndole en un puño cada vez que _ponía sobre el tapete_ la cuestión de un nuevo dispendio. Él se retorcía de rabia, como el demonio que pintan á los pies de San Miguel, y la muy indina le aplastaba la cabeza, y hacía su santísima voluntad con el dinero de él.

En suma, que se tenía por muy desgraciado, y con aquellas amarguras, hasta para alegrarse de ser padre _en su día_, le faltaban ánimos. Mostróse Fidela reservada en la contestación, asegurando que por su parte no le importaba vivir en la mayor modestia y obscuridad; pero puesto que Cruz disponía las cosas de otro modo, sus razones tendría para ello.

—Sabe más que nosotros, querido Tor, y lo mejor es dejarla hacer lo que quiera. Para tus mismos negocios te conviene respirar una atmósfera de esplendidez. Con franqueza, Tor: ¿habrías ganado lo que has ganado viviendo como un miserable en la calle de San Blas? ¡Si cada duro que te gasta mi hermana es para traerte luego veinte! Y, sobre todo, esa que llamas tirana, sabe más que Merlín, y á su despotismo debemos, primero, haber salido con vida de aquella pobreza ignominiosa; después, el hallarnos en plena abundancia, y tú hecho un hombre de peso. No seas tontín, cierra los ojos, y sométete á cuanto te diga y proponga mi hermana.

En todo esto y en algo más que dijo, se revelaba el respeto casi supersticioso á la autoridad de Cruz, y la imposibilidad de rebelarse contra cualquiera cosa grande ó pequeña que dispusiera el autócrata de la familia. Suspiró Torquemada oyéndola, y pensaba con hondo desaliento que su mujer no le ayudaría en ningún caso á sacudir el yugo. Una ligera indicación de esto bastó para que Fidela expresara la negativa con infantil temor. ¡Oponerse ella á los juicios y á las determinaciones de su hermana! Antes saldría el sol por Occidente:

—No, no, Tor, quien manda manda. Vuelvo á decirte que todo eso que te contraría es lo que te conviene, y nos conviene á todos.

De queja en queja, el usurero fué á parar á otra idea que también le atormentaba. Antes de expresarla, vaciló un rato, temeroso de que su mujer la acogiera con risas. Pero al fin, se lanzó á la espontaneidad más delicada:

—Mira, Fidela, cada uno tiene su aquel y su _ideasingracia_, como dice el amigo Zárate, y yo te aseguro que no quiero que mi hijo salga Águila. Bien sé que Cruz beberá los vientos porque el niño sea como vosotras, como ella, gastadorcillo, pinturero, y con muchos humos de aristocracia pródiga. Pero más quiero que no nazca si ha de nacer así. Por supuesto, yo tengo para mí que os engañáis las dos si esperáis que el nuevo Valentín saque uñas y pico de vuestra raza, pues me da el corazón que será Torquemada de lo fino, es decir, el auténtico Valentín de antes en cuerpo y alma, con el propio despejo y la pinta mismísima de la otra vez.

VI

Quedóse Fidela estupefacta, sin poder apoyar ni combatir semejante idea, y tan sólo dijo:

—Será lo que Dios disponga. ¿Qué sabemos nosotros de los designios de Dios?

—Sí que lo sabemos—replicó Torquemada sulfurándose.—Tiene que haber justicia, tiene que haber lógica, porque si no, no habría Sér Supremo ni Cristo que lo fundó. El hijo mío vuelve. ¡Ah! no conociste tú aquel prodigio; que si lo hubieras conocido, desearías lo mismo que deseo yo, y lo tendrías por cierto, dado que deben pasar las cosas conforme á una ley de equidad. Verás, verás qué disposición para las matemáticas. Como que él es las puras matemáticas, y todos los problemas los sabe mejor que el maestro. Si he de hablarte con franqueza, sin ocultarte nada de lo que pienso, te diré que no puedo menos de compaginar ciertos fenómenos de tu estado con la ciencia de mi hijo Valentín. ¿No nos contaste que hace dos noches tuviste unos sueños muy raros, viendo que se te ponían delante cifras de ocho y diez guarismos, y que luego ibas por un bosque, y te encontraste catorce _nueves_, que te salieron al encuentro y te acorralaron sin dejarte pasar adelante?

—Sí, sí, es verdad que soñé eso.

—Pues ahí lo tienes—dijo Torquemada con los ojos fulgurando de alegría.—Es él, es él, que te tiene el alma y las venas todas llenas de los santísimos números. Y dime, ¿no sientes tú ahora algo como si te subieran de la caja del cuerpo á la cabeza, _vulgo_ región cerebral, unas enormísimas cantidades, cuatrillones ó cosa así? ¿No sientes un endiablado pataleo de multiplicaciones y divisiones, y aquello de la raíz cuadrada y la raíz cúbica?

—Algo de eso siento, sí, de una manera vaga—replicó Fidela, dejándose sugestionar.—Pero de eso de las raíces no siento nada. Números sí, que se me suben á la cabeza.

—¿Ves, ves? ¿No te lo decía yo? Si no me podía equivocar. ¿Y no te pasa también que todo lo que calculas te sale exacto? Como que tienes dentro de tí el espíritu puro de las matemáticas, y la ciencia de las ciencias.

—¡Tanto como eso...!—repuso Fidela, dudando.—Yo no calculo nada, porque no sirvo para el cálculo.

—Pues ponte ahora á combinar cantidades; ponte y verás.

Don Francisco se frotaba las manos, añadiendo por vía de síntesis:

—Quedamos en que no es Águila, en que será quien es, y no puede ser otro.

Algo más pensaban decir marido y mujer sobre el extraño caso; pero les distrajo de su coloquio un coche cargado de gente que por la carretera de San Sebastián venía, en dirección al pueblo, y oyeron alegres voces que con estruendo les saludaron. Hallábanse sentados en una pradera junto al camino, al pie de un corpulento castaño, y cuando el charabán pasó delante de ellos, reconocieron entre la turbamulta que venía en la delantera y en los asientos laterales, algunas caras amigas.

—¡Oh! Morentín—dijo don Francisco.

Y Fidela:

—¡Ah! Infante, Malibrán.

Y se encaminaron al pueblo, del cual distaban medio kilómetro, tardando bastante en llegar, porque la señora, en aquellos meses, no se distinguía por la rapidez de sus movimientos.

En la casa encontraron á los amigos que de San Sebastián habían ido de asalto: Morentín con su mamá, Manolo Infante, Jacinto Villalonga, Cornelio Malibrán, dos chicos y una chica de Pez, Manuel Peña y su mujer Irene, y alguno más que no consta en autos.

—¿Y á toda esta caterva tenemos que darle de comer?—preguntó angustiado D. Francisco.

—Hijo, sí; no hay más remedio. Pero se reparten. Verás como algunos se van á casa de Severiano Rodríguez ó del General Morla.

—Siempre nos tocarán los más alborotadores en el hablar y los menos moderados en el comer. Y no viene Zárate, que es, de toda esta taifa, el único que me gusta, por ser muchacho tan científico.

Con las visitas, pasaron las señoras muy entretenidas la tarde, y D. Francisco pudo hablar de negocios con Morentín, que le dió noticias de su diligente papá, ya dispuesto á salir de Londres en dirección á España. Animóse Rafael con la charla de sus amigos, oyendo con especial gusto á Infante y á Villalonga, que contaron mil divertidas historias de la sociedad de Biarritz y San Sebastián. Hablóse también de política, y al anochecer se fueron con la misma algazara que habían traído para acá.

Si la tarde fué placentera para el pobre ciego, por la noche notóle su hermana muy inquieto, con cierta reversión á las antiguas manías que ya parecían olvidadas. Hablaba de carretilla, reía desaforadamente, y á cada momento nombraba á Morentín para ridiculizarle y poner en solfa sus palabras.

—¿Pero no es el amigo que más quieres?... ¿Por qué te ha entrado ahora esa absurda antipatía?—le dijo su hermana Cruz, á solas, dándole de cenar.

—Fué mi amigo. Ya no lo es, ni puede serlo. Y no creas; me temía yo que recalase por aquí. Era de absoluta lógica que viniese, traído por sus malos pensamientos.

Y en lo que siguió diciendo, demostraba, más que antipatía, un odio insano tan violento en la forma, que Cruz sintió renovados sus temores de otros días, y se dispuso á pasar una mala noche, en compañía del infeliz joven. En efecto, no bien se retiraron su hermana y D. Francisco, fuese al cuarto de Rafael, que era un gabinete bajo con ventana al jardín, rodeada de madreselvas; y hallándole muy despabilado, sin ganas de dormir, le propuso quedarse ambos de tertulia hasta que les rindiese el sueño. La noche, como de Agosto, era calurosa. Mejor que dando vueltas en la cama, la pasarían tomando el fresco, respirando el aire embalsamado del jardín, y oyendo cantar á las ranas, que en una charca próxima entonaban su gárrulo himno á la tibia noche.

Aceptó gozoso Rafael lo propuesto por su hermana. Sentada ésta junto al alfeizar, procediendo con rapidez y autoridad, para no darle tiempo á pensar sus respuestas, le acometió con bravura desde el primer momento:

—Vamos á ver, Rafael: vas á decirme ahora mismo, clarito, pero muy clarito, y sin rodeos ni atenuaciones, por qué se ha trocado en aborrecimiento el cariño que tenías á tu amigo Morentín. ¿Qué te ha hecho?

—Á mí, nada.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada.

—No admito subterfugios. Has de hablarme claro y pronto. Hace tiempo, desde mucho antes de salir de Madrid, empecé á notar que te ponías muy nervioso siempre que hablabas de él... Vamos á ver; dímelo todo, Rafael. Por Dios te lo pido.

—Morentín es un egoísta.

—¿Y nada más que por eso le odias?

—Y un miserable.

—¿Qué te ha dicho?... Algo habéis hablado. No me lo niegues.

—No necesito que Pepe me muestre la fealdad de su alma, porque se la veo con los ojos de la mía... y con la luz de mis pensamientos... ¡pero tan claro...!

—Ea, ya empiezas á desvariar. Vamos, alguno de los amigos que te han visitado hoy, Manolito Infante, Peñita, quizás Malibrán, que es muy malo y tiene la peor lengua del mundo, te ha dicho alguna brutalidad del pobre Morentín.

—No; nadie me ha dicho nada.

—Haz memoria, Rafael. Malibrán, Malibrán ha sido. Pero, hijo, ¿para qué haces caso de ese fatuo, complexión de víbora, lengua venenosa?

—Te juro por la memoria de nuestra madre—dijo Rafael con solemne acento,—que Malibrán no me ha dicho absolutamente nada de... vamos, del asunto penoso que es la causa de mi aborrecimiento á Morentín... Pero ahora comprendo... Hermana querida, tú has venido á interrogarme á mí esta noche, y ahora soy yo quien interroga... Respóndeme pronto, clarito: Malibrán, en alguna parte, ¿ha dicho algo... de eso?

—¿De qué?

—De eso. No te hagas de nuevas. La idea que á mí me atormenta, te atormenta también á tí... Ya lo veo todo muy claro con la luz de mi razón. Lo que yo solo adiviné con los recursos de mi lógica, el mundo lo dice ya, quizás lo pregona con escándalo, y ese escándalo ha llegado á tus oídos. Dímelo, dímelo. Malibrán ó algún otro deslenguado, ha dicho algo en casa de los Romeros, en casa de San Salomó, de Orozco tal vez...

—¿Pero qué?—preguntó Cruz acongojada, queriendo ocultar sus ideas á la perspicacia del ciego.

Éste no veía su palidez mortal; pero notaba en su voz un timbre opaco, que para él era dato tan preciso como la blancura del semblante, y la voz de Cruz delataba sobresalto, ira, vergüenza.

—Pues bien—añadió Rafael tras breve pausa,—lo diré yo sin rodeos. Á tus oídos llegan voces de escándalo. Quien quiera que sea lo propala en las casas de los enemigos, también quizás en las de los amigos. Yo, sin oirlo, lo sé, como sin verlo lo he visto. ¿Á qué hacer misterio de ello? Lo que dicen es que mi hermana Fidela tiene un amante, y que éste es Morentín.

—Cállate—gritó Cruz con arranque de ira, poniéndole la mano en la boca con tanta fuerza, que parecía que le abofeteaba.

—Digo la verdad... El escándalo ha llegado á tus oídos. No me lo niegues.

—Pues bien, no lo niego. Malibrán es quien se ha permitido afrentarnos con esta calumnia infame. ¡Y hoy le hemos tenido aquí! Gracias que se fué á comer á casa de Cícero, que si le veo en mi mesa, no sé... creo que yo misma... En Biarritz lo dijo, y en Cambo y en Fuenterrabía. Lo sé por persona que no puede engañarme, y que me ha puesto sobre aviso. Triste cosa es la deshonra motivada; pero deshonra que surge por generación espontánea, y corre y se propaga sin que exista ni el más insignificante hecho que la justifique, es cosa que subleva.

—Es que... te lo diré si no te enfadas... yo no creo que esa deshonra sea tan inmotivada como tú la presentas...

—¡Pero tú...! (_Indignada._) ¡Crees... también tú!

Furiosa le cogió del brazo sacudiéndole con brío, única manera de contestar á la infame reticencia.

VII

—Ten calma, y déjame expresar todo lo que discurro—agregó Rafael tomando resuello, pues le faltaba el aliento, tanto como á su hermana.—En conciencia te digo que el caso es perfectamente lógico. Déjame hablar. El caso es un producto de la vida social, de la corrupción de las costumbres, del trastorno de la idea moral. Cuando nuestra hermana se casó, dije yo: «Esto tiene que ser...» y ha sido tal como lo pensé. Desde este antro obscuro de mi ceguera lo veo todo, porque pensar es ver, y nada se escapa á mi segura lógica, nada, nada. Esa deshonra era un hecho forzoso. En casa teníamos todos los elementos para que surgiera. Naturalmente... ha surgido, sin que nadie pueda evitarlo... Ya, ya sé lo que vas á decirme.

—No lo sabes, no lo sabes—replicó la dama con acento firme y altanero.—Lo que tengo que decirte es que nuestra hermana es más pura que el sol. En ningún caso dudaría de su perfecta, de su absoluta honradez; menos puedo dudar de ella, viviendo, como vivo, siempre al lado suyo. Ninguno de sus actos, ni aun sus pensamientos más recónditos, me son desconocidos. Sé lo que piensa y siente, como sé lo que siento y pienso yo misma. Y nada, absolutamente nada existe que pueda servir de fundamento á tan vil especie.

—Te concedo que en el terreno de los hechos no hay motivo para...

—Ni en ningún otro terreno.

—En el de la intención, en el de la voluntad...

—Ni en ese, ni en ningún otro existe la menor sombra de mancha. Fidela es la pureza misma; quiere y estima á su marido, que en su tosquedad es muy bueno para ella, y para toda la familia. Que no vuelva yo á oirte semejante disparate, Rafael, ó no respondo de tratarte con la blandura que acostumbro usar contigo.

—Bueno, bueno: no te incomodes. Admito que tengas razón en lo que á mi hermana se refiere. ¿Y me respondes tú de las intenciones de Morentín?

—De eso, ¿cómo he de responder yo? Siempre me ha parecido decente y delicado.

—Pues yo que le conozco, porque ambos hemos sido compañeros de aventuras, en tiempos que no han de volver, y que ahora, en el archivo de mis recuerdos, son una gran enseñanza, yo te aseguro que la corrupción mansa, la que no se siente, la que devora sin ruido y á veces sin el escándalo más ligero, anida en su alma. Sin que Morentín me haya dicho nada, sé que pretende deshonrarnos, que cree segura la victoria más temprano ó más tarde. Si no se jacta de haber triunfado ya, tampoco negará honradamente, cuando le feliciten por una conquista que algunos darán por hecha, todos, todos por probable. ¡Ay! horroriza el considerar que aunque mi hermana fuese una santa, y Morentín un modelo de virtudes, el mundo, atento á la composición de este matrimonio y á la vida ostentosa que lleváis, tendrá siempre por hecho inconcuso lo que Malibrán ha dicho. Y no puedes ya evitar que corra y se propague el rumor infamante. Ni conseguirás rectificar lo que tú crees error... y lo será por el momento.

—Por el momento no, por siempre. ¡También tú...! No parece sino que tomas partido por los difamadores. Esto es intolerable, Rafael. Se trata de una calumnia ¿sí ó no? Pues si es calumnia; si la inocencia de nuestra hermana resplandece como el sol, y antes que dudar de ella dudaría yo de que existe un Dios justiciero y misericordioso; si ella es honrada, digo, y los que la calumnian dignos de las penas del Infierno, la verdad ha de brillar tarde ó temprano, y el mundo ha de reconocerla y acatarla.

—No la reconocerá. El mundo procede con una lógica que él mismo se ha creado para juzgar cosas y personas. Te concedo que es una lógica construída con artificios; pero es... y quítale de la cabeza á la opinión su infame idea. No puedes, no puedes. Para evitar esto habría convenido seguir viviendo en la obscuridad modesta, después de esa malhadada boda. Pero en el torbellino de la sociedad, en medio de este boato, cultivando las relaciones antiguas y buscando otras nuevas, no hay medio de sustraerse á la atmósfera total, querida hermana. La atmósfera total nos envuelve: en ella flotan los placeres, las satisfacciones de la vanidad; flota también el veneno, el microscópico bacillus que nos mata, en medio de tantas alegrías. Mujer joven y guapa, sensible, rodeada de lisonjas, sin ocupaciones domésticas; marido viejo y ridículo, brutalmente egoísta y en absoluto desprovisto de todo atractivo personal... ya se sabe... saca la consecuencia. Si no es, tiene que ser. El mundo lo sanciona antes que suceda, y lo autoriza, y hasta parece que lo decreta, como si hubiera, en esa constitución oculta de las conciencias del día, un artículo que expresamente lo mandara. Esto lo he visto yo hace tiempo; éste fué uno de los inconvenientes más graves que ví en la boda de mi hermana. Ahora, sufrir y callar.

—No, yo no sufro ni callo—replicó Cruz sobreponiéndose á la turbación que aquel asunto le causaba.—Yo desprecio la calumnia. Dios quiera que á los oídos de Fidela no llegue jamás; pero si llegara, la despreciará como yo, y como tú... Te prohibo hablar de esto; es más, te prohibo pensar...

—¡Pensar! ¡Prohibirme pensar! Eso sí que no puede ser. No pienso en otra cosa. Es lo único en que puedo ocuparme, y si no fuera por el trabajar de la mente, ¿con qué mataría yo, pobre ciego, el fastidio de la obscuridad? Te prometo revelarte todo lo que vaya descubriendo.

—No, no descubrirás, no podrás descubrir nada—dijo la dama nerviosa y con ganas de reñir.—Y cuanto discurras será obra exclusivamente tuya, de tu pobrecita mente aburrida, holgazana, traviesa. Te lo prohibo, Rafael; sí, te prohibo pensar en eso.»