Torquemada en el purgatorio

Part 7

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—Y á propósito—le dijo:—aunque estoy muy incomodada con usted, porque estima sus antiguos manejos de prestamista en más que el decoro de su posición actual, voy á darle una buena noticia. No se la merece usted; pero yo soy tan buena, tan compasiva, que me vengaré de sus mordiscos con un abrazo, un abrazo moral, y si se quiere con un beso, un beso moral ¡cuidado!

—¿Á ver, á ver...?

—Pues sepa el Sr. D. Francisco que he encontrado un comprador para los terrenos que posee allá por las Ventas del Espíritu Santo.

—¡Pero si ya tenía comprador, criatura! Vaya unas novedades que me trae doña Crucita.

—¡Simple, si sabré yo lo que digo! El comprador á que usted se refiere es Cristóbal Medina, que ofrece real y cuartillo por pie.

—Cierto; y yo me resisto á dárselo, reservándome hasta encontrar quien me ofrezca dos reales.

—Bonito negocio. Usted compró ese terreno, es decir, se lo adjudicó por una deuda, á razón de doscientas y tantas pesetas la fanega.

—Justo.

—Y la semana pasada, Cristóbal Medina le ofreció á real y medio el pie, y yo... yo, en el _presente momento histórico_, le ofrezco á usted dos reales...

—¡Usted!

—No, hombre, no sea usted _materialista_. ¿Yo qué he de ofrecer...? ¿Voy yo á levantar barrios?

—¡Ah! ¿Su amigo de usted, ese Torres...? Ya, emprendedor, hormiguilla como él solo... Me gusta, me gusta ese sujeto.

—Pues anoche le ví en casa de Taramundi. Hablamos; díjome que no tiene inconveniente en tomar todo el terreno á dos reales pie, pagando ahora la tercera parte al contado, asegurando por medio de escritura el pago de los otros dos tercios en las fechas que se acuerden, á medida que edifique, y... En fin, me ha escrito esta carta en la cual consigna su proposición, y añade que si usted accede, por su parte queda cerrado el trato.

—Venga, venga la carta—dijo Torquemada inquieto y ansioso, cogiendo de manos de Cruz el papel que ésta con coquetería de mujer negociante le mostraba. Y rápidamente pasó la vista por las cuatro carillas del pliego, enterándose _en un breve momento histórico_, de los puntos principales que contenía. «Pago al contado de la tercera parte..., construcción de un palacio entre jardines, que se llamaría _villa Torquemada_, el cual, á tasación de arquitecto, se adjudicaría en pago del otro tercio... Hipoteca del mismo terreno para responder del tercer plazo, _etcétera_...»

—¿Y por el corretaje de ese negocio no merezco nada?—dijo Cruz con gracejo.

—El negocio, sin ser considerable, no es malo, no, _en tesis general_... Lo examinaré despacio, haré mis cuentas...

—¿No merezco siquiera que el nombre de Torquemada, unido hoy al nombre y casa del Águila, sea borrado del infame cartel que dice: _casa de préstamos_?

—¿Pero qué tiene que ver...? ¡Bah! Usted ve mosquitos en el horizonte... Tan honrado es ese negocio como otro cualquiera, como el que hace el reverendísimo Banco de España. La diferencia consiste en que en los ventanales magníficos del Banco no se ven capas colgadas. ¡Vaya una importancia que da usted á las apariencias! Son su _bello ideal_. Yo no miro á las apariencias, sino á la substancia...

—Pues le diré á Torres, que renuncie al negocio de los terrenos, porque es usted un judío, y le hará cualquier enjuague. Si yo, cuando me pongo á ser mala, lo soy de veras. Usted no sabe la que le ha caído encima conmigo. Ó marchamos por _la senda constitucional_, esto es, del decoro, ó tendremos siete disgustos cada día.

—¡Crucita de todos los demonios, y de la Biblia en pasta, y de la Biblia en verso, y de los santísimos _ñales_ del archipiélago..., digo, del archipámpano de Sevilla! no le diga usted á Torres sino que se vea conmigo esta misma tarde, porque su proposición me ha entrado por el ojo derecho, y quiero que tratemos y nos entendamos...

—Bueno, señor... cálmese... siéntese. No rompa la mesa á puñetazos, que tendrá que comprar otra, y le sale peor cuenta.

—Es que usted no me deja vivir... á mi modo... _Reasumiendo_: á eso de las casas de préstamos, yo le echaré tierra...

—Por mucha tierra que usted le eche, siempre olerá mal el negocio. Á traspasar se ha dicho.

—Calma... _seamos justos_. Hay que esperar una buena ocasión... Transigiremos. Vaya; déjeme seguir algún tiempo más con esa... con esa _viña_, y accedo á que tomen ustedes el abono que, por mor... quiero decir, por razón de su luto, dejan los Medinas en la ópera del Príncipe Alfonso.

—Pero si el abono lo hemos tomado ya.

—¿Sin mi permiso?

—Sin su permiso... No se tire usted de los pelos, que se va á quedar calvo. Pues no faltaba más sino que usted negara tal cosa siendo del gusto de Fidela. La pobre necesita expansión, oir buena música, ver á sus amigas.

—Maldita sea la ópera y el perro que la inventó... Crucita, no me sofoque más... Mire que me voy del seguro, y... Ya no puedo más... Me llevan ustedes á la bancarrota. De nada me vale trabajar como un negro, porque cuarto ganado, cuarto que ustedes me gastan en pitos y en flautas. Para meter en cintura á mis señoras del Águila, debiera yo hacerles una trastada del _tenor_ siguiente: darles el abono, sí, pero quitándoselo del plato, y de la vestimenta.

—Eso no puede ser, pues no vamos á ir al teatro con los estómagos vacíos, ni vestidas de mamarrachos...

—Nada, nada, que me arruinan. Porque el abono á la ópera, trae mil y mil goteras... _vulgo_ arrumacos, guantes, qué sé yo. Bueno, hijas, bueno, empeñaré mi gabán el mejor día. Á eso vamos.

—El día que sea preciso—dijo Cruz festivamente,—coseré para afuera.

—No, no lo diga en broma. Á este paso la vida es un soplo... Y lo que es yo, no me comprometo á la manutención de la familia.

—Yo la mantendré. Sé cómo se vive sin tener de qué vivir.

—Pues podía vivir ahora como entonces.

—Las circunstancias han variado, y ahora somos ricos.

—Tenemos un mediano pasar; _seamos justos_; un buen pasar.

—Pues á eso me atengo, y procuro que lo pasemos bien.

—Déjeme, por Dios. Sus... manifestaciones me vuelven loco.

—Lo dicho, dicho... Prepárese para otra...—dijo la primogénita del Águila, risueña y altiva, levantándose para retirarse.

—¡Para otra!... ¡Por San Caralampio bendito, abogado contra las suegras! Porque usted es una suegra, _por decirlo así_, la peor y más insufrible que hay en familia humana.

—Y la que le tengo preparada es la más gorda, señor yerno.

—La Virgen Santísima me acompañe... ¿Qué es?

—Todavía no es tiempo. Está la víctima muy quebrantada del arrechucho de hoy. Y eso que le traje el magnífico negocio de los terrenos. ¡Y no me lo agradece el pícaro!

—Sí lo agradezco... Pero á ver, dígame qué nueva dentellada me prepara.

—No, porque se asustará... Otro día. Hoy me doy por satisfecha con lo del abono, y con la esperanza de quitar esa ignominia de las casas de empeño. En su día continuaremos, Sr. D. Francisco Torquemada, presunto senador del Reino, y Gran Cruz de Carlos III.»

Y cuando la vió salir, el tacaño la maldijo entre dientes, al propio tiempo que reconocía con brutal sinceridad su absoluto dominio.

III

No por móviles de vanidad insubstancial apetecía Cruz del Águila las grandezas de la vida aristocrática, sino por estímulos de ambición noble, pues quería rodear de prestigio y honor al hombre obscuro que sacado había de la miseria á las ilustres damas. Para sí misma en realidad nada ambicionaba; pero la familia debía recobrar su rango, y si era posible, aspirar á posición más alta que la de otros tiempos, á fin de confundir á los envidiosos que comentaban con groseras burlas aquella resurrección social. Procedía Cruz en esto con orgullo de raza, como quien mira por la dignidad de los suyos, y también con un sentimiento de alta venganza contra parientes aborrecidos, que después de haberles negado auxilio en la época de penuria, trataban de arrojar sobre ella y su hermana todo el ridículo del mundo por la boda con el prestamista. Enalteciendo á éste, y haciéndole de hombre persona, y de persona personaje, y de personaje eminencia, iban ganando la partida, y los dardos de maledicencia se volvían contra los mismos que los lanzaban.

Cuando se hizo público el casorio, naturalmente, hubo los comentarios de rigor entre los que habían sido amigos de las Águilas, y entre su parentela, residente en Madrid y en provincias. No faltó, quien pasada la primera impresión, comentara el caso con benevolencia; no faltó tampoco quien lo tomara en cómico, buscándole el lado sainetesco, y los más implacables fueron la dichosa prima, Pilar de la Torre Auñón y su marido Pepe Romero, con quienes de muy antiguo venían en relaciones agrias Fidela y Cruz, por piques de familia, que tomaron carácter de odio legendario, cuando el tal Romero se encargó de la administración judicial de las dos fincas cordobesas, el Salto y la Alberquilla. Pues digo, al saber que Torquemada rescataba las fincas, poniéndolas en las condiciones más favorables para el caso probable de que el Tribunal Contencioso las devolviese á sus dueños, los Romeros cogían el cielo con las manos, y allí fué el vomitar cuchufletas de mal gusto sobre las desgraciadas señoras. Debe añadirse que el marido de Pilar de la Torre Auñón tenía dos hermanos, casado el uno con la sobrina del marqués de Cícero, y el otro con una hermana de la marquesa de San Salomó. Eran parientes, además, del conde de Monte-Cármenes, de Severiano Rodríguez y de D. Carlos de Cisneros. Pepe Romero y Pilar de la Torre vivían en Córdoba, pero pasaban en Madrid, en compañía de los otros Romeros, los meses de otoño, y á veces parte del invierno. Ya se comprende que de la casa en que toda esta casta de Romeros se juntaba, salían los dardos envenenados contra las pobres Águilas, y contra el ganso que las había librado de la miseria.

Como Madrid, aunque medianamente populoso, es pequeño para la circulación de las especies infamantes, todo se sabía, y no faltaban amigas oficiosas que le llevasen á Cruz, una por una, cuantas maledicencias se forjaban en las tertulias romeriles. Y en éstas no faltó quien conociese de vista ó de oídas á Torquemada _el Peor_, célebre en ciertas zonas malsanas y sombrías de la sociedad. Villalonga y Severiano Rodríguez, que tenían de él noticias por su desgraciado amigo Federico Viera, pintáronle como un usurero de sainete, como un sér grotesco y lúgubre, que bebía sangre y olía mal. Quién decía que la altanera y egoísta Cruz había sacrificado á su pobre hermana, vendiéndola por un plato de sopas de ajo; quién que las dos señoras, asociadas con aquel siniestro tipo, pensaban establecer una casa de préstamos en la calle de la Montera. Lo más singular fué que cuando Torquemada, ya en los meses de Febrero y Marzo, pisó las tablas del _mundo grande_, y le vieron y le trataron muchos que le habían despellejado de lo lindo, no le encontraban ni tan grotesco ni tan horrible como la leyenda le pintó, y esta opinión daba lugar á grandes polémicas sobre la autenticidad del tipo. «No, no puede ser aquel Torquemada de los barrios del Sur—decían algunos.—Es otro, ó hay que creer en las reencarnaciones.»

Á medida que D. Francisco se iba haciendo hueco en la sociedad, las murmuraciones perdían su acritud ó se acallaban mansamente, porque el tacaño ganaba poco á poco partidarios y aun admiradores. Pero siempre subsistía un foco de chismes de mala ley, el círculo íntimo de los Romeros, que no perdonaban, ni perdonarían jamás, toda vez que la orgullosa Cruz les tiraba al degüello siempre que les cogía en buena disposición.

Véase por qué la altiva señora trataba, por todos los medios, de ennoblecer al que era su hechura y su obra maestra, al rústico urbanizado, al salvaje convertido en persona, al vampiro de los pobres hecho financiero de tomo y lomo, tan decentón y aparatoso como otro cualquiera de los que chupan la sangre incolora del Estado y la azul de los ricos.

¡Y qué cosas decían de él y de ellas los Romeros, aun después de que D. Francisco se hubo conquistado el aprecio superficial de mucha gente, que no ve más que lo externo! Que todo el dinero que tenía era producto de la rapiña más infame, y de la usura cruel... Que había llenado de suicidas los cementerios de Madrid... Que cuantos se tiraban por el Viaducto pronunciaban su execrable nombre en el momento de dar la voltereta... Que Cruz del Águila se dedicaba también al préstamo sobre ropas en buen uso, y que tenía toda la casa llena de capas... Que el hombre no había renunciado á sus hábitos de miseria, y que á las dos pobres Águilas las mantenía con lentejas y sangre frita... Que todas las alhajas que Fidela lucía eran empeñadas... Que Cruz le hacía las levitas á D. Francisco, aprovechando ropas de muertos, que volvía del revés... Que en casi todos los puestos del Rastro tenía Cruz participación, y comerciaba en calzado viejo y muebles desvencijados... Que Fidela, cuya inocencia rayaba en la imbecilidad, desconocía los antecedentes de aquel gaznápiro que por marido le habían dado... Que simple y todo como era, se permitía el lujo de tres ó cuatro amantes, á ciencia y paciencia de su hermana, los cuales eran Morentín, Donoso (con sus sesenta años), Manolo Infante, y un tal Argüelles Mora, grotesco tipo de caballero de Felipe IV, y tenedor de libros en el escritorio de Torquemada. Zárate y el lacayito Pinto se entendían con la hermana mayor... Que ésta le cortaba las uñas á D. Francisco, le lavaba la cara, le arreglaba el cuello de la camisa antes de echarle á la calle, para que sacase un buen ver, y le enseñaba la manera de saludar, instruyéndole en todo lo que había que decir, según los casos... Que á la chita callando, entre Cruz y el usurero habían desbalijado á varias familias nobles, un poco apuradas, prestándoles dinero á doscientos cuarenta por ciento... Que Cruz recogía las colillas de los que fumaban en su casa, para mandarlas al Rastro en un costal muy grande, así como juntaba también los mendrugos de pan, para venderlos á unos que hacían chocolate de dos reales y medio... Que Fidela vestía muñecas por encargo de las tiendas de juguetes, y que al pobre Rafael no le daban de alimento más que puches, y un plato de menestra por las noches... Que el ciego había puesto debajo de la cama del matrimonio un cartucho de dinamita, ó de pólvora, el cual fué descubierto con la mecha ya encendida... Que la primogénita del Águila, entre otros negocios sucios, tenía parte en un corral de basuras de Cuatro Caminos, y _llevaba_ la mitad en los cerdos y gallinas... Que Torquemada compraba abonarés de Cuba á tres y medio por ciento de su valor, y que era el socio capitalista de una compañía de estafadores, disfrazada con la razón social de _Redención de quintos, y Sustitutos de Ultramar_.

Todo esto iba llegando á los oídos de Cruz, que si se indignaba al principio, pasando malísimos ratos y derramando algunas lágrimas, por fin llegó á tomarlo con calma filosófica; y cuando D. Francisco salió á la esfera del mundo con su levita inglesa, sus modales algo sueltos, su habla corriente y su personalidad rodeada de ciertos respetos, codeándose al fin con ministros y señorones, concluyó la dama por tomar á risa los desahogos de sus parientes. Pero mientras mayor desprecio le inspiraba maldad tan estúpida, más gana sentía de hacerles polvo, y de pasarles por los hocicos la opulencia verídica de las resucitadas Águilas, y el prestigio claro del _opulento capitalista_; que así le nombraba ya la lisonja. Ellos á morder y ella siempre á levantarse, mejor dicho, á levantar el figurón que les daba sombra, hasta erigir con él inmensa torre, desde la cual pudieran las Águilas mirar á los Romeros como miserables gusanillos arrastrando sus babas por el suelo.

IV

Aproximábase el verano, y no hubo más remedio que pensar en trasladarse á algún sitio fresco, por lo menos durante la canícula. Nueva batalla dada por Cruz, en la cual halló al enemigo más resistente y envalentonado que de costumbre.

—El verano—decía D. Francisco,—es la estación _por escelencia_ en Madrid. Yo lo he pasado aquí toda mi vida, y me ha _pintado_ perfectamente. Nunca se encuentra uno más á gusto que en Julio y Agosto, libre de catarros, comiendo bien, durmiendo mejor...

—De usted nada digo—objetó la dama,—porque entre los muchos dones con que le agració la divina Providencia, tiene también el de una salud á prueba de temperaturas extremadas. Tampoco lo digo por mí, que á todo me avengo. Pero Fidela no puede pasar aquí los meses de verano, y es usted un bárbaro si lo consiente.

—También á mi pobre Silvia, que de Dios goce, la molestaba el _calórico_, sobre todo cuando se hallaba en meses mayores, y aquí nos aguantábamos. Con el botijo siempre fresco, los balcones cerrados durante el día, y un corto paseíto á las diez de la noche, lo pasábamos tan ricamente... No hay que pensar en veraneo, señora. Con todo transijo menos con esa _inveterada_ pamplina de los baños de mar ó de río, que son el _gravamen_ de tantas familias. En Madrid todo el mundo, que en Madrid tengo yo que estarme hecho un caballero, para organizar esta tracamundana del tabaco, que, entre paréntesis, me parece no es negocio tan claro como al principio me lo pintaron sus amigos de usted. Y no se hable más del asunto. Ahora sí que no cedo. Con que... tilín... se levanta la sesión.

Resuelta á que el viaje se realizara, Cruz no insistió aquel día; pero al siguiente, bien aleccionada Fidela, el baluarte de la avaricia de don Francisco fué atacado con fuerzas tan descomunales, que al fin no tuvo más remedio que rendirse.

—Muy á disgusto—dijo el tacaño mordiéndose los pelos del bigote, y echándoselas de víctima,—cedo, porque Fidela esté contenta. Pero tengamos juicio. No saldremos más que veinte ó treinta días, ¡cuidado! Y todo ello, señora mía, ha de hacerse con el menor dispendio posible. No estamos para echarlas de príncipes. Viajaremos en segunda...

—¡Pero D. Francisco...!

—En segunda, con billete de ida y vuelta.

—Eso no puede ser. Vaya, tendré que coger el bastón de mando... ¡En segunda! No se puede tolerar que así olvide usted el decoro de su nombre. Déjeme á mí todo lo concerniente al viaje. No iremos á San Sebastián, ni á Biarritz, lugares de ostentación y farsa; nos instalaremos modestamente en una casita de Hernani... Ya la tengo apalabrada.

—¡Ah! ¿usted, por sí y ante sí, había dispuesto...?

—Por mí y ante mí. Y todo eso, y aún mucho más, que callo ahora, tiene usted que agradecerme. Con que chitón...

—Es que...

—Digo que no se hable más del asunto, y que yo me encargo de todo... Ya... por usted iríamos en la perrera. Bonita manera de corresponder á la opinión, que ve en usted...

—¿Qué ve, qué puede ver en mí, ¡_ñales_ en polvo!, más que un desgraciado, un mártir de las ideas altanerísimas de usted, un hombre que está aquí prisionero, con grillos y esposas, y que no puede vivir en su elemento, ó sea el ahorro... la _mera_ economía del ochavo, que se gana con el santo sudor?...

—¡Hipócrita... comediante! Si no gasta ni el décimo de lo que gana—contestó la autócrata con brío.—Si ha de gastar más, muchísimo más. Váyase preparando, pues he de ser implacable.

—Máteme usted de una vez... pues soy tan bobo, que no sé resistirle, y me dejo desnudar, y dar azotes, y desollar vivo.

—Si ahora empezamos. Y le participo que sus hijos saldrán á mí, quiero decir, que saldrán á su madre. Serán Águilas, y tendrán todo mi sér, y mis pensamientos...

—¡Mi hijo ser Águila...!—exclamó Torquemada fuera de sí.—¡Mi hijo pensar como usted... mi hijo desbalijándome!... ¡Oh! señora, déjeme en paz, y no pronuncie talas herejías, porque no sé... soy capaz de... Que me deje le digo... Esto es demasiado... Me ciego, se me sube la sangre á la cabeza.

—¡Qué tonto!... ¿Pues qué más puede desear?—dijo la dama, mirándole risueña y maleante desde la puerta.—Águila será... Águila neto. Lo hemos de ver... lo hemos de ver.

Por todo pasaba D. Francisco menos porque se creyera que su hijo presunto había de ser otro que el mismo Valentín, reencarnado, y vuelto al mundo en su prístina forma y carácter, tan juicioso, tan modosito, con todo el talento del mundo para las matemáticas. Y tan á pechos lo tomaba el muy simple, que si Cruz hubiera insistido en aquella broma, de fijo se habría desvanecido el sortilegio que subordinaba una voluntad á otra, y recobrada la libertad, el tacaño habría puesto su mano vengativa en la tirana que le atormentaba. Volvíase tarumba con semejante idea. ¡Su hijo, su Valentín ser Águila, en vez del Torquemadita fino que andaba por los ámbitos de la Gloria, esperando su nueva salida al mundo de los vivos! No, hasta ahí podían llegar las bromas. Pasóse toda aquella tarde sumergido en tristes meditaciones sobre aquel caso, y por la noche, después de trabajar á solas en su despacho del segundo, se metió en el gabinete reservado del mismo piso, donde conservaba el bargueño de marras, y sobre él la imagen fotográfica del chico, aunque ya despojado totalmente de las apariencias de altarucho. Paseándose de un ángulo á otro de la estancia, dió el usurero todas las vueltas y contorsiones imaginables á la idea en mal hora expresada por su hermana política.

—¡Vaya, que decir que tú serás Águila! ¿Has visto que insolencia?

Miró al retrato fijamente, y el retrato callaba, es decir, su carita compungida no expresaba más que una preocupación muda y discreta. Desde que se acentuó el engrandecimiento social y financiero de su papá, Valentinico hablaba poco, y por lo común no respondía más que sí y no á las preguntas de D. Francisco. Verdad que éste no pasaba las noches en aquella estancia luchando con el insomnio rebelde, ó con la fiebre numérica.

—¿No oyes lo que te digo? Que serás Águila. ¿Verdad que no? (_Creyendo ver en el retrato una ligera indicación negativa._) Claro: lo que yo decía. Es un desatino lo que piensa esa buena señora.

Volvió á su despacho, y estuvo haciendo cuentas más de media hora, recalentándose el cerebro. De pronto, los números que ante sí tenía empezaron á voltear en espantoso vórtice, que los hacía ilegibles, y de en medio de aquel polvo que giraba como á impulso de un huracán, saltó Valentinito dando zapatetas, y encarándose con el autor de sus días (todo esto en el centro del papel), le dijo: «Papá, yo quiero _dir_ en ferrocarril...»

Luchó el buen señor un instante con aquella juguetona imagen, y la desvaneció al fin pasándose la mano por los ojos y echando hacia atrás su pesada cabeza. El ordenanza se le acercó para decirle que las señoras, sentadas ya en la mesa, le aguardaban para comer. Gruñó Torquemada al oir afirmar al sirviente que ya le había llamado tres veces, y al fin desperezóse, y con paso y actitudes de embriaguez bajó al principal por la escalera de servicio que al objeto se había construído. Por el camino iba diciendo: «Que quiere correrla en ferrocarril... ¡Bah! gaterías de su madre... Todavía no ha nacido, y ya me lo están echando á perder.»

V

Todo Mayo y parte de Junio dedicólos don Francisco con alma y vida á la Sociedad formada para la explotación del negocio de la contrata, y con ayuda de Donoso, emulando los dos en actividad é inteligencia, armaron toda la maquinaria administrativa, la cual, si respondía en los hechos á su perfecto organismo, había de marchar como una seda. Á Torquemada correspondía la alta gerencia del negocio, como principal capitalista. Donoso se encargaba de las relaciones de la Sociedad con el Estado, y de toda gestión oficinesca. Taramundi corría con las compras del artículo en Puerto Rico, y Serrano en los Estados Unidos, donde tenía un primo establecido, con casa de comisión, en Brooklyn.