Torquemada en el purgatorio

Part 6

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Ni aún con esta rociada se ablandó el hombre, que continuó protestando y gruñendo. Pero su hermana política tenía sobre él, sin duda por la fineza del ingenio ó la costumbre del gobernar, un poder sugestivo que al bárbaro tacaño le domaba la voluntad, sin someter su inteligencia. No se daba él por vencido; pero al querer rechazar de hecho las determinaciones de su cuñada, sentíase interiormente ligado por una coacción inexplicable. Aquella mujer de mirada penetrante, labio temblón y palabra elegantísima, ante la cual no había réplica posible, se había constituído con singular audacia en dictador de toda la familia; era el genio del mando, la autoridad _per se_, y frente á ella sucumbía la torpe bestia, sin que nada valiera la superioridad de la fuerza bruta contra los fueros augustos del entendimiento.

Cruz mandaba, y mandaría siempre, cualquiera que fuese el rebaño que le tocase apacentar; mandaba porque desde el nacer le dió el Cielo energías poderosas, y porque luchando con el destino en largos años de miseria, aquellas energías se habían templado y vigorizado hasta ser colosales, irresistibles. Era el gobierno, la diplomacia, la administración, el dogma, la fuerza armada y la fuerza moral, y contra esta suma de autoridades ó principios nada podían los infelices que caían bajo su férula.

Retiróse, al cabo, la señora, del despacho de don Francisco, con aire dictatorial, y el otro se quedó allí ejerciendo, con grave detrimento de las alfombras, el derecho del pataleo, y desahogando su coraje con erupción de terminachos.

«¡Maldita por jamás amén sea tu alma de _ñales_!... Re-Cristo, á este paso, pronto me dejarán en cueros vivos. ¡Biblia, para qué me habré yo dejado traer á este _elemento_, y por qué no rompería yo el ronzal, cuando ví que tiraban para traerme!... ¡Y no dirán ¡cuidado! que yo me porto mal, ni que las dejo pasar hambres!... Eso no, ¡cuidado!... Hambres nunca. Economías siempre... Pero esta señora, más soberbia que Napoleón, ¿por qué no me dejará que yo gobierne mi casa como me dé la gana, y según mi lógica pastelera? ¡Maldita, y cómo impera, y cómo me mete en un puño, y me deja sin voluntad, _meramente_ embrujado!... Yo no sé que tiene esa figurona, que me corta el resuello; deseo respirar por la defensa de mi interés, y no puedo, y hace de mí un chiquillo... ¡Y ahora quiere engatusarme con la peripecia de que habrá sucesión! ¡Qué gracia! ¡Pues si eso lo contaba yo como seguro, con cien mil pares de _ñales_! ¡Si es el hijo mío que vuelve, por voluntad mía y decreto del santo Altísimo, del _Bajísimo_, ó de quien sea!... Despótica, mandona, _gran visira_ y capitana generala de toda la gobernación del mundo, el mejor día recobro yo el sentido, me desembrujo, y cojo una estaca... (_Tirándose de los pelos._) ¡Pero qué estaca he de coger yo, triste de mí, si le tengo miedo, y cuando veo que le tiembla el labio, ya estoy metiéndome debajo de la mesa! La estaca que yo coja será la vara de San José, porque soy un bendito, y no sirvo más que para combinar el guarismo y sacar dinero de debajo de las piedras... Ese talento no me lo quita nadie... Pero ella me gana en el mando, y en inventar razones que le dejan á uno sin sentido... Como despejo de hembra, yo no he visto otro caso, ni creo que lo haya bajo el sol... ¿Pero con quién me he casado yo, con Fidela ó con Cruz, ó con las dos á un tiempo?... porque si la una es propiamente mi mujer... con respeto... la otra es mi tirana... y de la tiranía y del mujerío, todo junto, se compone esta endiablada máquina del matrimonio... En fin, adelante con la procesión, y vivamos para ganar el santísimo ochavo, que yo lo guardaré donde no puedan olerlo mis ilustres, mis respetables, mis aristocráticas... consortes.»

SEGUNDA PARTE

I

Cumplióse estrictamente lo ideado y dispuesto por la que era inteligencia y voluntad incontrastables en el gobierno interior de la casa de Torquemada, sin que estorbarlo pudieran ni los refunfuños del tacaño, impotente para luchar contra la fiera resolución de su cuñada, ni los alardes de resistencia pasiva con que quiso detener, ya que no impedir, la instalación del escritorio y oficinas en el piso segundo privándose de una bonita renta de inquilinato. Pero Cruz todo lo arrollaba cuando decía «allá voy,» y en cuatro días, haciendo de sobrestante, y de aparejadora, y de arquitecto, quedó terminada la reforma que el mismo D. Francisco, gruñendo y protestando en la intimidad de la familia, diputaba por buena, delante de personas extrañas.

—Es idea mía—solía decir, enseñando á los amigos el amplio escritorio.—Siempre me ha gustado trabajar con despejo y que mis dependientes estén cómodos. La higiene ha sido siempre uno de mis _objetivos_. Vean ustedes que hermoso despacho el mío... Esta otra habitación, para recibir á los que quieran hablarme reservadamente. Á la otra parte... vengan por aquí... el cuarto del tenedor de libros y del copiador... Los dos escribientes más allá. Luego el teléfono..., yo siempre he sido partidario de los adelantos, y antes de que nos trajeran esta invención tan chusca, ya pensaba yo que debía haber algo para dar y recibir recados á grandes distancias... Vean ahora el departamento de la caja. ¡Qué independencia... qué desahogo para las operaciones!... Yo _profeso la teoría_ de que, por lo mismo que está todo tan malo, y los negocios no son ya lo que eran, hay que trabajar de firme, y abrir nuevas fuentes, y abarcar mucho... lo que no puede hacerse sino estableciéndose conforme á las exigencias modernas. Á eso _tiendo_ yo siempre, y como sé lo que reclaman las tales exigencias, determino ensancharme por arriba y por abajo, porque la sociedad nos pide comodidades para nosotros y para ella. Debemos sacrificarnos por nuestros amigos, y aunque yo no he cogido en mi vida un taco, he resuelto poner en mi casa una mesa de billar... cosa bonita. La mesa es elegantísima, y me ha costado un ojo de la cara. Como yo soy quien todo lo dispone en casa, desde lo más _considerable_ hasta lo más mínimo, llevo unos días de trajín que ya ya...

La entrada de Crucita le cortó la palabra, quitándole aquel desparpajo con que se expresaba lejos de su autoritaria y despótica persona. Pero la dama, que con exquisito tacto sabía ocultar en público su prepotencia, al quitarle la palabra de la boca al dueño de la casa, la tomó en esta discreta forma:

—Con que ya ven ustedes la contradanza en que nos ha metido nuestro don Francisco. Billar y salones abajo, las oficinas aquí. ¡Qué trastorno, qué laberinto! Pero al fin, ya está hecho, y tan brevemente como es posible. No crean; ha sido idea suya, y él ha dirigido las obras. Bien ven ustedes que es hombre de iniciativa, y que gusta de sobresalir y distinguirse noblemente. Lo que él dice: «No se puede operar en grande y vivir en chico.» Es mucho D. Francisco este. Dios le dé salud para que sus proyectos sean realidades... Nosotras le ayudamos, queremos ayudarle... Pero ¡ay! valemos tan poco... Acostumbradas á la estrechez, quisiéramos vivir y morirnos en un rincón. Á la fuerza nos lleva él á la esfera altísima de sus vastas ideas... No, no diga usted que no, amigo mío. Bien saben todos que es usted la _modestia personificada_... Se hace el chiquito... Pero no le valen, no, sus trapacerías de hombre extraordinario, cuyo orgullo se cifra en que le tomen por un cualquiera... ¿Es verdad ó no la que digo? Los entendimientos superiores tienen por gala la suma humildad.

Dicho se está que estas palabras fueron acogidas por un coro de asentimiento, al que siguió otro coro de alabanzas del grande hombre, y de sus múltiples aptitudes. Pero él, riendo de dientes afuera, y poniendo la cara de paleto asombrado, que para tales casos tenía, en su interior colmaba de maldiciones á su tirana, echándole encima, con el peso de su cólera, el de las cuentas que tenía que pagar á carpinteros, albañiles, mueblistas y demás _sanguijuelas del rico_, con más la pérdida de la renta del segundo. Y cuando los amigos hubieron visto toda la reforma, repitiendo abajo, ante Fidela y Cruz, los encarecimientos que habían hecho arriba, el usurero se desahogó á solas en su cuarto, con cuatro patadas y otros tantos ternos á media voz: «¡Cómo me domina la muy fantasmona!... Y ello es que tiene una labia que enamora y le vuelve á uno loco... Pues con ese jarabe de pico me está sacando los tuétanos, y no me deja hacer mi santísimo gusto, que es economizar... ¡Qué desgracia me ha caído encima! ¡Ganar tanto _guano_, y no poder emplearlo todito en nuevos negocios, hasta ver un montón tan grande, tan grande que...! Pero con esta casa, y estas señoras mías, mis arcas son un cesto. Por un lado entra, por mil partes sale... Todo por la suposición, por este hipo de que soy _potencia_... ¡Dale con la manía de la _potencia_! ¿Pues y la tabarra que me dieron anoche ella y el amigo Donoso con que, _velis nolis_, me han de sacar senador? ¡Senador yo, yo, Francisco Torquemada, y por contera, Gran Cruz de la reverendísima no sé qué...! Vamos, vale más que me ría, y que, defendiendo la bolsa les deje hacer todo lo que quieran, _inclusive_ encumbrarme como á un monigote para pregonar ante el mundo su vanidad...»

Llamado por Fidela, tuvo que arrancarse á sus meditaciones. Enseñáronle muestras de telas para _portieres_, de hules y alfombras. Pero él no quiso escoger nada, delegando en las dos señoras su criterio suntuario, y no diciendo más si no que se prefiriese lo más arregladito. Salió al fin de estampía con D. Juan Gualberto Serrano, para ir al Ministerio. ¡El Ministerio! ¡Qué bien recibido era allí, y con cuánto gusto iba! Y no porque le halagara el servilismo de los porteros, que al verle entrar con Donoso, se tiraban á las mamparas, como si quisieran abrirlas con la cabeza; ni la afabilidad lisonjera de los empleados subalternos, que ansiaban ocasión de servirle, atraídos por el olor de hombre adinerado que echaba de su persona. No era él vanidoso, ni se pagaba de fútiles exterioridades. En aquella colmena administrativa le encantaba principalmente la reina de las abejas, _vulgo_ ministro, hombre que por ser muy á la pata la llana, practicón, mediano retórico, y muy seguro en el manejo del guarismo, concordaba en ideas y carácter con nuestro tacaño, pues también era él tacaño de la Hacienda pública, recaudador á raja tabla y verdugo del contribuyente, en quien veía siempre al enemigo que hay que perseguir y reventar á todo trance. No había hecho el tal su carrera política exclusivamente con la palabra; era más bien hombre de acción, en el bien entendido de que sean acción las formalidades burocráticas. Donoso y él se trataban con familiaridad como antiguos colegas, y D. Juan Gualberto Serrano le tuteaba, señal de viejo compañerismo, que databa de los primeros estudios. Supo Torquemada vencer, á la tercera ó cuarta encerrona con sus compinches y el Ministro, la cortedad que sintió los primeros días, y bien pronto se encontraba en el despacho de su Excelencia como en su propia casa. Ponía singular cuidado en todo lo que decía, por no soltar algún barbarismo gramatical, y no tardó en observar que, gracias á su tino y discreción, ninguno de los allí presentes, incluso el Ministro, hablaba mejor que él. Esto en la conversación general, que cuando de negocios se trataba, á todos se los llevaba de calle, presentando las cuestiones con claridad y precisión, á guarismo seco, con una lógica que no tenía escape, ni podía ser por nadie controvertida. Para conseguir esto, el tacaño hablaba lo menos posible, esquivando dar su parecer en todo asunto que no fuese _de su cometido_; pero si la conversación entraba en el terreno de la tacañería, ya fuese del orden menudo, ya del grande ó financiero, se explayaba el hombre, y allí era el oirle todos con la boca abierta.

De todo lo cual resultaba que el Ministro veía en él singulares condiciones para el manejo de intereses, y siendo hombre poco dado á la adulación le colmaba de cumplidos y lisonjas, con la particularidad de que solía emplear los mismos términos que usaba Cruz cuando hacer quería mangas y capirotes del presupuesto de la casa. Creyérase que la dama y el Ministro se habían puesto de acuerdo para bailarle el agua, con la diferencia de que ella lo hacía con el avieso fin de gastar sus _rendimientos_ en vanidades y perendengues, mientras que el otro le proporcionaría todo el aumento de ganancias compatible con los intereses del Estado.

Para decirlo pronto y claro, sépase que el Ministro, cuyo nombre no hace al caso, era honradísimo y que sus defectos (que como hombre alguna tacha había de tener), no eran la codicia ni el afán de medro personal. Nadie pudo acusarle nunca de explotar su posición para enriquecerse. Á su lado no se hicieron chanchullos con su consentimiento: los que medraron más de lo justo, allá se las arreglaban como podían en esfera inferior á la del despacho y tertulia del consejero de Su Majestad. Y en cuanto á Donoso, bien sabemos que era de intachable integridad, formulista, eso sí, y sectario rabioso de la ortodoxia administrativa, hasta el punto de que su honradez y escrupulosidad habían hecho no pocas víctimas. Él no se lucraba; pero por salvar los dineros del Fisco, habría pegado fuego á media España. No podía decirse lo mismo de don Juan Gualberto, varón de conciencia tan elástica, que de él se contaban cosas muy chuscas, algunas de las cuales hay que poner en cuarentena, porque su propia enormidad las hace inverosímiles. Jamás miró por el Estado, á quien tenía por un grandísimo _hijo de tal_, miraba siempre por el particular, bien fuese en el concepto esencial del _yo_, bien bajo la forma altruista y humanitaria, como amparar á un amigo, defender á una sociedad, empresa, ó entidad cualquiera. Ello es que en los cinco años famosos de la Unión Liberal se enriqueció bastante, y luego, la pícara revolución y la guerra carlista acabaron de cubrirle el riñón por completo. Á creer lo que la maledicencia decía verbalmente y en letras de molde, Serrano se había tragado pinares enteros, muchísimas leguas de pinos, todo de una sentada, con fabuloso estómago. Y para quitar el empacho se había entretenido (por aquello de «cuando el diablo no tiene que hacer...») en calzar á los soldados con zapatos de suela de cartón ó en darles de comer alubias picadas y bacalao podrido; travesuras que lo más, lo más, motivaban un poco de ruido en algunos periódicos, y como daba la pícara casualidad de que éstos no gozaban del mejor crédito, por haber dicho infinidad de mentiras á propósito de aquella campaña, nadie pensó en llevar el asunto á formal información de la justicia, ni ésta le imponía ningún miedo á D. Juan Gualberto, que era primo hermano de directores generales, cuñado de jueces, sobrino de magistrados, pariente más ó menos próximo de infinidad de generales, senadores, consejeros y archipámpanos.

Pues bien; en las reuniones de que se viene tratando, el único que hablaba de moralidad era Serrano. Mientras los otros no se acordaban para nada de tal palabreja, D. Juan Gualberto no la soltaba de sus labios, y solía decir: «Porque nosotros, entiéndase bien, representamos y queremos representar un gran principio, un principio nuevo. Venimos á cumplir una misión, y á llenar un vacío, la misión y el vacío de _introducir_ la moralidad en las contratas de tabacos. _Tirios y troyanos_ saben que hasta hoy... (aquí una pintura terrorífica de las tales contratas _en el pasado momento histórico_.) Pues bien, desde ahora, si nuestros planes merecen la aprobación del Gobierno de Su Majestad, teniendo en cuenta la seriedad y la respetabilidad de las personas que ponen su inteligencia y su capital al servicio de la patria, ese servicio, esa renta, se afirmará sobre bases... sobre bases...» Aquí se embarulló el orador, y tuvo D. Francisco que acabarle la frase en esta forma: «_Bajo_ la base del negocio limpio y á cara descubierta, como quien dice, pues nosotros _tendemos_ á beneficiarnos todo lo que podamos, dentro de la ley, ¡cuidado! beneficiando al Gobierno más que lo han hecho _tirios_ y _troyanos_, llámense Juan, Pedro y Diego; _sin maquiavelismos_ por nuestra parte, sin consentir tampoco _maquiavelismos_ del Gobierno, tirando de aquí, aflojando de allá, con el _objetivo_ de ir _orillando_ las dificultades y _evacuando_ nuestro negocio, dentro del más estricto interés, y de la más estricta moralidad... todo muy _estricto_, por decirlo así... porqué yo sostengo la tesis de que el _punto de vista_ de la moralidad no es incompatible con el _punto de vista_ del negocio.»

II

Por haberse metido en aquel amplio terreno del negocio grande, _coram populo_, de manos á boca con el mismísimo Estado, no abandonó don Francisco los negocios obscuros, más bien subterráneos, que traía el hombre desde los tiempos de aprendizaje, cuando confabulado con doña Lupe se dedicaba al préstamo personal con réditos que hubieran llevado á sus gabetas todo el numerario del mundo, si alguien con estricta puntualidad se los pagara. En su nueva vida dió de mano á varios chanchullos del género sucio y chalanesco, porque no era cosa de andar en tales tratos cuando se veía caballero y persona de circunstancias; pero otros los mantuvo religiosamente, porque no había de tirar por la ventana el hermoso _líquido_ que arrojaban. Sólo que hacía reserva de ellos, ocultándolos como se oculta un defecto vergonzoso, ó una deformidad repugnante y ni con el mismo Donoso se clareaba en este particular, seguro de que su buen amigo había de ponerle mala cara cuando supiese... lo que va á saber el lector en este momento: D. Francisco Torquemada era dueño de seis casas de préstamos, las más céntricas y acreditadas de Madrid; dícese _acreditadas_, porque servían con prontitud y cierta largueza, bajo el canon de real por duro mensual, ó sea el sesenta por ciento al año. En cuatro de ellas era dueño absoluto, corriendo la gerencia á cargo de un dependiente con participación en las ganancias; y en dos socio capitalista, cobrando el cincuenta por ciento. Una con otra se embolsaba el hombre, sin más trabajo que examinar un sobado y mal escrito libro de cuentas por cada casa, la bicoca de mil duros mensuales.

Para examinar estos puercos apuntes y enterarse de la marcha del _empeño_, encerrábase en su despacho un par de mañanas cada mes con los sujetos que regentaban los _establecimientos_; y para disimular el misterio inventaba mil historias, que por algún tiempo mantuvieron el engaño en todas las personas de la familia, hasta que al fin Cruz, con su agudeza y finísimo olfato, estudiando el cariz de aquellos _puntos_, atando cabos, sorprendiendo alguno que otro concepto, y adivinando lo demás, descubrió todo el intríngulis. El tacaño, que también era listo para ciertas cosas, y olfateaba como un sabueso, comprendió al instante que su cuñadita le había desbaratado el tapujo, y se puso en guardia muerto de miedo, esperando la embestida que había de venir, en nombre de la moral, del decoro, y de otras zarandajas por el estilo.

En efecto, escogida la ocasión favorable, le acometió una mañana, en su despacho del segundo, sin testigo. Siempre que la veía entrar, don Francisco temblaba, porque en todas sus visitas traía Cruz alguna _historia_ para mortificarle y sacarle las entrañas. Y la pícara era como un fantasma que se le aparecía cuando más descuidado y contento estaba; surgía como por escotillón para ponérsele delante, trastornándole con su grave sonrisa, dejándole sin ideas, sin criterio, sin habla; tal era la fuerza subyugadora de su semblante y de sus ideas.

Aquella mañana entró con pie de gato; no la vió hasta que la tuvo delante de la mesa. Segura de la fascinación que ejercía, la tirana no usaba preámbulos; íbase derecha al asunto, siempre con corteses y relamidas expresiones, afectando familiaridad y cariño unas veces, otras quitándose resueltamente la máscara, y enseñando la faz despótica, cuya trágica belleza poníale á D. Francisco los pelos de punta.

—Ya sabe á qué vengo... No, no se haga el paleto... Usted es muy listo, muy perspicaz y no puede ignorar que sé... lo que sé. Si se lo conozco en la cara. La conciencia se le sale por todo los poros.

—Maldito si sé qué quiere usted decirme, Crucita.

—Sí lo sabe... ¡Bah, á mí con esas! Si conmigo no valen tapujos. No asustarse. ¿Cree que voy á reñirle? No señor; yo me hago cargo de las cosas, comprendo que no se puede romper de golpe con las rutinas, ni cambiar de hábitos en poco tiempo... En fin, hablemos claro: esa clase de negocios no corresponde á la posición que ahora ocupa usted. No discuto si en otros tiempos fueron ó no de ley... Respeto la historia, señor mío, y los procederes viles para ganar dinero cuando de otra manera no era fácil ganarlo. Admito que lo que fué, debió ser como era; pero hoy, Sr. D. Francisco, hoy que no necesita usted descender, fíjese bien, _descender_ á tan vil terreno, ¿por qué no traspasa esos... establecimientos, dejándolos en las manos puercas que para andar en ellas han nacido?... Las de usted son bien limpias hoy, y usted mismo lo comprende así. La prueba de que se cree degradado con esa industria es el tapadillo en que quiere envolverla. Desde que usted se casó, viene haciendo esta comedia para que no nos enteremos. Pues de nada le han valido sus disimulos, y aquí me tiene usted enteradita de todo, sin que nadie me haya dicho una palabra.

No se atrevió el bárbaro á defenderse con la negativa rotunda, y dando un puñetazo sobre la mesa, confesó de plano.

—¿Y qué?... ¿Tiene algo de particular este _arbitrio_? ¿Voy á tirar mis intereses por la ventana? ¡Dice usted que traspase! ¿Pero cómo?... ¿á deprecio? Eso nunca. Cuando se ha ganado lo que se ha ganado con el sudor del rostro, no se traspasa con pérdida... Eso que lo hagan los tontos... Ea, señora, bastante hemos hablado.

—No se sulfure, pues no hay para qué. Esto no lo sabe nadie. Fidela no lo sospecha, y puede usted estar tranquilo, que yo no he de decírselo. Si se enterara, la pobrecita tendría un gran disgusto. Tampoco lo sabe Donoso.

—Pues que lo sepa, _¡ñales!_ que lo sepa.

—Puede que algún malicioso le haya llevado el cuento; pero él no lo habrá creído. Tiene de su amigo concepto tan alto, que no da oídos á ninguna especie denigrante de las que corren acerca de usted, puestas en circulación por los envidiosos de su prosperidad. Nadie más que yo tiene noticia de esas miserias de su pasado, y si usted insiste en sostenerlas, yo le guardaré el secreto, hasta le ayudaré á guardarlo, para evitarme y evitar á la familia la vergüenza que á todos nos toca...

—Bueno, bueno—dijo Torquemada impaciente, febril, con ganas de coger el pesado tintero y estampárselo en la cabeza á su tirana.—Ya estamos enterados. Soy dueño de mis arbitrios, y hago con ellos lo que me da la gana.

—Me parece justo, y no seré yo quien á ello se oponga. ¿Cómo he de oponerme, si yo miro por sus intereses más que usted mismo? Bueno... pues aunque no haga usted caso de mí cuando le propongo limpiarse de esa lepra del préstamo usurario y vil, continuaré proporcionándole, con ayuda del amigo Donoso, los negocios limpios como el sol, los que dan tanta honra como provecho. Yo pago mal por bien. No me importa que usted relinche cuando le quiero llevar por el camino bueno: que quieras que no, por el camino derecho ha de ir usted. ¡Si al fin ha de convencerse de que soy un oráculo! ¡Y no tendrá más remedio que seguir mis inspiraciones... y concluirá por no respirar sin permiso mío...!

Dijo esto último con tan buena sombra, que el bárbaro no pudo menos de echarse á reir, aunque la ira le relampagueaba todavía en los ojos. La dama dió bruscamente otro sesgo á la conversación, saliendo por donde menos pensaba el tacaño.