Torquemada en el purgatorio

Part 5

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Pero en nada se nota la transformación como en el tipo del pedante, antaño de los más característicos, aun después de que Moratín pintara toda la clase en su D. Hermógenes. Así como el poeta ha perdido su tradicional estampa, pues ya no hay melenas, ni pálidos rostros, ni actitudes lánguidas, y poetas se dan con todo el empaque de un apreciable almacenista al por mayor, el pedante se ha perdido en las mudanzas de trastos desde la casa vieja de las Musas á este nuevo domicilio en que estamos, y que aún no sabemos si es Olimpo ó qué demonios es. ¿Dónde está, á estas fechas, el graciosísimo jorobado de la _Derrota de los Pedantes_? En el limbo de la historia estética. Lo que más desorienta hoy es que los pedantes de ogaño no son graciosos como aquéllos, y faltando el signo de la gracia, no hay manera de conocerlos á primera vista. Ni existe ya el puro pedante literario, con su hojarasca de griego y latín, y su viciosa garrulería. El moderno pedante es seco, difuso, desabrido, tormentoso, incapaz de divertir á nadie. Suele abarcar lo literario y lo político, la fisiología y la química, lo musical y lo sociológico, por esta hermandad que ahora priva entre todas las artes y ciencias, y por la novísima compenetración y enlace de los conocimientos humanos. Dicho se está que el moderno pedante afecta en su exterioridad ó catadura formas muy variadas, y los hay que parecen revendedores de billetes, ó _sportmen_, ó personas graves de la clase de patronos de cofradía.

Pues bien; sépase quién es Zárate. Un hombre de la edad que suelen tener muchos, treinta y dos años, bien parecido, bien vestido, servicial como nadie, entrometido como pocos, de rostro alegre y mirada insinuante, con recursos de sigisbeo para las damas, y de consultor fácil para los caballeros de pocas luces; periodista por temporadas, opositor á diferentes cátedras, esperando pasar del cuerpo de archiveros á la facultad de Letras; con toda la facha de un hijo de familia distinguida, á quien sus padres dan veinte duros al mes para el bolsillo, pagándole la ropa; concurrente en clase de _tifus_ á los teatros; sabedor á medias de dos ó tres lenguas, fácil de palabra, flexible de pensamiento, y, en suma, el pedante más aflictivo, tarabillesco y ciclónico que Dios ha echado al mundo.

De cuantas personas iban á la casa, la más grata á D. Francisco era Zárate, porque éste había sabido captarse la benevolencia del tacaño, adulándole á incensario suelto las más de las veces, oyéndole pacientemente en todo caso, y prestándose á satisfacer cuantas dudas se le ofrecían al buen señor, de cualquier orden que fuesen. Para un hombre en estado de metamorfosis, que, encontrándose á los cincuenta años largos en un mundo desconocido, se veía obligado á instruirse de prisa y corriendo, á fin de poder encajar en su nueva esfera, el tal Zárate no tenía precio, por ser una enciclopedia viva, que ilustraba con prontitud por cualquier página que se la abriese. Lo de menos era el vocabulario, que á fuerza de atención y estudio iba adquiriendo el hombre; ya poseía un capital de locuciones muy saneadito. Pero le faltaba esa multitud de conocimientos elementales que posee toda persona que anda por el mundo con levita y sombrero, algo de historia, una idea no más, para no confundir á Ataúlfo con Fernando VII, algo de física, por lo menos lo bastante para poder decir _la gravedad de los cuerpos_ cuando se cae una silla, ó _la evaporación de los líquidos_, cuando se seca el suelo.

Era, pues, Zárate, para el bueno de D. Francisco, una mina de conocimientos fáciles, circunstanciales y baratos, porque así no tenía que comprar ni siquiera un manual de conocimientos útiles, ni tomarse el trabajo de leerlo. Pero no se entregaba fácilmente en manos del sabio, que por tal le tenía: siempre que consultaba sus dudas sobre puntos obscuros de historia ó de meteorología, se guardaba muy bien de dejar en descubierto su crasa ignorancia, y ¿qué hacía el pícaro? pues pincharle discretamente para que el otro hablase, sacando de su magín enciclopédico á sus labios locuaces la miel de la ciencia, y entonces el ávido ignorante se la comía, sin dar su brazo á torcer.

Correspondiendo á este juego astuto de su amigo, el pillo de Zárate, que en medio de la hojarasca de su gárrulo saber tenía algunos granos de agudeza, le trataba con extremada consideración, asintiendo á cuantas gansadas decía afectando tenerle por un portento en el discurrir, aunque limpio de ciertas erudiciones, que adquiriría cuando se le antojase. Quedáronse aquella noche solos de sobremesa, porque Donoso se fué al gabinete de Fidela, donde ya estaban la mamá de Morentín y el marqués de Taramundi, y Zárate no tardó en echarle al bruto de Torquemada todo el humo de su adulación, con lo cual previamente le adormecía para ganarle luego la voluntad.

—Ya se habrá enterado usted de eso del _home rule_—le dijo. Soltó D. Francisco dos ó tres gruñidos para salir del paso, pues no caía en lo que aquello era, y fué preciso que Zárate se despotricara después y nombrase á Irlanda y los irlandeses, para que el otro se encontrara en terreno firme.

—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin con la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la tradición tiene una fuerza increíble.

—Inmensísima.

—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo digo todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes intereses... Ya sabe usted que Gladstone...

Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrarse, pues por la mañana había aprendido en _El Imparcial_ cosas muy chuscas, D. Francisco le quitó la palabra de la boca á su consultor, y relumbrando de erudición, la cabeza echada atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir:

—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es _una entidad_ de mucho empuje.

—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de los _Lores_?

—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? _Los lores_, _vulgo los doce pares_, entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado, _velis nolis_, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que Irlanda es país de excelentes patatas, que constituyen, _por decirlo así_, la principal alimentación de las clases irlandesas, _vulgo_ populares. Y esa bebida que llaman _whisky_, tengo entendido que la sacan del maíz, del cual grano hacen gran consumo para la crianza de los de la vista baja, y también para la alimentación de criaturas y personas mayores.

XII

De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo de la patata, lo que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como el sabio, en su divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron ambos de patitas en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D. Francisco, que deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda conversación fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito de controversia, pues Torquemada, sin _querer entrar en el fondo de la cuestión_ (frase adquirida en aquellos días), abominó de los revolucionarios y de la guillotina. Algo hubo de transigir el otro, movido de la adulación, diciendo con criterio _modernista_:

—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la leyenda de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo que rodeaba á muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la ruindad de los caracteres.

—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...

—Los estudios de Tocqueville...

—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos pillos de marca mayor.

—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de Taine...

—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala memoria para _el materialismo_ de cosas de lectura... Y mi cabeza, _velis nolis_, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?

—Naturalmente.

—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, _vulgo_ Napoleón, el que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice, hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...

—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito de Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.

—Creo y sostengo... es una _tesis_ mía, señor de Zárate, creo y sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, _considerablemente_ grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...

Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de lo moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo, _etcétera_, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral y el genio, y citó el caso del canciller Bacon (_Béicon_) á quien puso en las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como conciencia.

—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el _Novum organum_.

—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó Torquemada, pensando que aquellos _órganos_ debían de ser por el estilo de los de Móstoles.

—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...

—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.

El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada, formaron cónclave en el despacho.

Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos que en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, teniéndole por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras huían de él como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre poner entre su persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la mayor distancia posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que aguantar el chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó con el fonógrafo de Edisson, pasando por las afinidades electivas de Goethe, la teoría de los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez y Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales. En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario, que no sabía decir más que: _enteramente_. Era en ella una muletilla para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el deseo de tomar una taza de té.

Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí el ánimo del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los desórdenes neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó la velada, sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, lo que tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de aquella tarde habíale llenado de zozobra.

Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse. Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los dueños de la casa.

—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.

Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba cayéndose de sueño, propuso una partida de _bezigue_ á la marquesa de Taramundi. Eran las doce y media, y no había terminado la conferencia que los padres graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada supieron los tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque sospechaban fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del despacho, los conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa de Taramundi al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín y Zárate se marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino dijéronse algo que no debe quedar en secreto.

—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace. Lo que es ésta no se te escapa, Pepito.

—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (_Refiérele la escena en breves palabras._) Yo había tenido, en casos como este, algún vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido nunca. ¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo seguiré en mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No por nada... por mamá, que es tan amiga...

—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el sonsonete de aquel socorrido adverbio.

—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos?

—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras. Todos los caracteres son complejos ó _polimorfos_. Sólo en los idiotas se ve el _monomorfismo_, ó sea _caracteres de una pieza_, como suelen usarse en el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas los artículos que he dado á la _Revista Enciclopédica_.

—¿Cómo se titulan?

—_De la Dinamometría de las Pasiones._

—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para mí.

—Abordo el problema electro-biológico.

—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas esas papas!

—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar _psico-fidelesco_.

—¿Qué quieres decir?

—Ven acá, ganso. (_Parándose ambos en mitad de la acera, con los cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos._) ¿Has leído á Braid?

—¿Y quién es Braid?

—El autor de la _Neurypnología_. Si no te enteras de nada. Pues te aseguro que veo en Fidela un caso de _auto-sugestionismo_. ¿Te ríes? Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault.

—Tampoco, hombre, tampoco.

—De modo que no tienes idea de los _fenómenos de inhibición_, ni de los que llamamos _dinamogenia_.

—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...?

—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta noche? Pues se hallaba en _estado de hipotaxia_, que algunos llaman _encanto_, y otros _éxtasis_.

—Sólo he visto que tenía sueño la pobre...

—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces sobre ella la influencia _psíquico-mesmérica_?

—Mira, Zárate (_quemado_), vete al cuerno con tus terminachos, que tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal digerida.

—¡Acéfalo!

—¡Pedantón!

—¡Romancista!

La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café, cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...

XIII

La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama, diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización de sus proyectos de reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la familia, y en particular del jefe de ella.

Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía.

—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma.

—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en esta estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle por la rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es una de las mejores de la casa.

—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la cocina?

—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene usted desalquilado el cuarto de la derecha.

—Que renta diez y seis mil reales.

—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted á destinar á las oficinas...

Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido, balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á levantarse del suelo.

—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso el Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios Extranjeros?

—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino. Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde... No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve para fingirse ignorante de lo que sabe muy bien... (_Sentándose familiarmente._) Si no hay misterios conmigo. Sé que se quedan ustedes con la contrata de tabaco _Virginia_ y _Kentucky_, y también con la del _Boliche_. Me parece muy bien... Es usted un hombre, un gran hombre, y no se lo digo por adularle, ni porque me agradezca el interés que me he tomado por usted, sacándole de la vida mezquina y cominera, para traerle á esta vida grande, apropiada á su inmenso talento mercantil. (_Torquemada la oye estupefacto._) En fin, que usted necesita una oficina de mucha capacidad. Vamos á ver: ¿dónde colocará los dos escribientes y el tenedor de libros que piensa traer? ¿En mi cuarto? ¿en el que tenemos para la ropa?

—Pero...

—No hay peros ni manzanas. Empiece por instalar en el segundo su oficina, con su despacho particular, pues no tiene gracia que reciba usted delante de los dependientes, á las personas que vienen á hablarle de algún asunto reservado. El tenedor de libros estará solo. ¿Y la caja, señor mío, la caja, no necesita otra habitación? ¿Y el teléfono, y el archivo, y los copiadores y el cuarto del ordenanza?... ¿Ve usted como necesita espacio? Operar en grande y vivir en chico no puede ser. ¿Es decoroso que tenga usted sus dependientes en los pasillos, muertos de frío, como ese banquero de cuyo nombre no me acuerdo ahora?... ¡Ah! si yo no existiera, á cada momento se pondría el señor de Torquemada en ridículo. Pero no lo consiento, no señor. Usted es mi hechura (_con gracejo_), mi obra maestra, y á veces tengo que tratarle como á un chiquillo, y darle azotes, y enseñarle los buenos modos, y no permitirle mañas...»

Volado estaba D. Francisco; pero Cruz se le imponía por su arrogancia, por su brutal lógica, y el tacaño no acertaba á defenderse de su autoridad, que tantas veces había reconocido.

—Pero... _admitiendo la tesis_ de que nos quedemos con los tabacos... No hay más si no que yo _acaricio esa idea_ hace tiempo, y bien podría ser que cuajara. Bueno; pues _partiendo del principio_ de que convenga ensanchar el despacho, ¿no sería mejor agregarme la habitación próxima?

—No señor. Usted se va arriba con sus trastos de fabricar millones—dijo la dama en tono autoritario, que casi casi rayaba en insolencia,—porque esta pieza y la próxima, las pienso yo unir, derribando el tabique.

—¿Para qué, re-Cristo?

—Para hacer un billar.

Tan tremenda impresión hizo en el bárbaro el osado y dispendioso proyecto de su hermana política que en un tris estuvo que el hombre no pudiera contenerse y le diese una bofetada. Breve rato le tuvo congestionado y mudo la indignación. Buscó un término que fuese duro y al mismo tiempo cortés, y no encontrándolo, se rascaba la cabeza y se daba palmetazos en la rodilla.

—Vamos—gruñó al fin, levantándose,—no me queda duda de que usted se ha vuelto loca... loca de remate, _por decirlo así_. ¡Un billar, para que cuatro zánganos me conviertan la casa en café! Bien conoce usted que no sé ningún juego... no sé _meramente_ más que trabajar.

—Pero sus amigos de usted, que también trabajan, juegan al billar, pasatiempo grato, honestísimo, y muy higiénico.

Don Francisco, que en aquellos días, espigando en todas las esferas de ilustración, se encariñaba con la higiene, y hablaba de ella sin ton ni son, soltó la risa.

—¡Higiénico el billar! ¡vaya una tontería!... ¿Y qué tiene que ver el billar con los miasmas?

—Tenga ó no que ver, el billar se pondrá, porque es indispensable en la casa de un hombre como usted, llamado á ser _potencia financiera_ de primer orden, de un hombre que ha de ver su casa invadida por banqueros, senadores, ministros...

—Cállese usted, cállese usted... Ni qué falta me hacen á mí esas _potencias_... Si soy un pobre busca-vidas... Ea, _seamos justos_, Crucita, y no perdamos de vista el verdadero _objetivo_. Cierto que debo ponerme en buen pie, y ya lo he hecho; pero nada de lujo, nada de ostentación, nada de bambolla. Mire usted que nos vamos á quedar por puertas. Pues digo, ¿y también quiere ensancharme la sala y el comedor?

—También.

—Pues negado, re-Cristo, negado, y _aquí termina la presente historia_. No quito un ladrillo, aunque usted se me ponga en jarras. Ea, me atufé. Soy el amo de mi casa, y aquí no manda nadie más que... un servidor de usted... No hay derribo, _vulgo_ ensanche. Recojamos velas y habrá paz. Yo reconozco en usted un talento _sui generis_; pero no me doy á partido..., y mantengo _enhiesta_ la bandera de la economía. Punto final.

—Si creerá que me convence con ese desplante de autoridad—dijo la dama imperturbable, envalentonándose gradualmente.—Si lo que ahora niega lo ha de conceder, es más, lo está deseando.

—¿Yo? Apañada está usted.

—¿No me ha dicho que transige según las circunstancias?

—Sí; pero no transigiré con quedarme sin camisa. Lo más, lo más... Vamos, yo digo que cuando tengamos aumento de familia, consentiré en modificar el domicilio, no _al tenor_ que usted pide, sino á otro _tenor_ más conforme con mis cortos posibles. Y hemos acabado.

—Si ahora empezamos, mi Sr. D. Francisco—replicó Cruz riendo,—porque si para que yo pueda coger _la piqueta demoledora_, es preciso que haya esperanzas de sucesión, hoy mismo mando venir los albañiles.

—¡Con que ya...!—exclamó Torquemada abriendo mucho los ojos.

—Ya.

—¿Me lo dice oficialmente?

—Oficialmente.

—Bueno. Pues la realización de ese _desideratum_, que yo veía seguro, porque la lógica es lógica, y un hecho trae otro hecho, no es bastante motivo para que yo autorice á nadie á coger la piqueta.

—Pero yo no olvido que tengo la responsabilidad del decoro de usted—manifestó la dama resueltamente,—y he de ser más papista que el Papa, y miraré por la dignidad de su casa, señor mío. Suceda lo que quiera, yo he de conseguir que D. Francisco Torquemada tenga ante la sociedad la representación que le corresponde. Y para decirlo de una vez, por indicación mía le ha metido á usted Donoso en la contrata de tabacos; y por mí, sépalo, sépalo usted, exclusivamente por mí, por esta genialidad mía de estar en todo, será senador el señor de Torquemada, ¡senador! y figurará en la esfera propia de su gran talento, y de su saneado capital.