Torquemada en el purgatorio

Part 4

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—¡Es más terco este Pepito!...—murmuró Rafael en tono de niño mimoso.—¡No querer confesarme...!

—¿Qué?

—Por Dios, Cruz, no haga usted caso—replicó el amigo recobrándose en un momento, y componiendo voz, modales y rostro.—Si es una tontería... ¿Pero usted creyó que nos habíamos incomodado?

Miraba Cruz á uno y otro, sin poder adivinar con todo su talento el carácter de la disputa.

—Como si lo viera. Tanto furor por la música de Wagner, ó por las novelas de Zola.

—No era eso.

—¿Pues qué? Necesito saberlo. (_Á Rafael, pasándole la mano por la cabeza y sentándole el pelo._) Si tú no me lo dices, me lo dirá Pepe.

—No, lo que es ese no ha de decírtelo...

—Figúrese usted, Cruz, que me ha llamado hipócrita, libertino, y qué sé yo qué. Pero no le guardo rencor. Me enfadé un poquito por... vamos, por nada. No se hable más del asunto.

—Yo sostengo todo lo que dije—afirmó Rafael.

—Y yo te juro, y vuelvo á jurarte una y cien veces, que no soy culpable.

—¿De qué?

—Del delito de lesa nación—repuso desahogadamente Morentín, armando la mentira con gentil travesura.—Se empeña ese en que yo soy cómplice... fíjese usted, Cruz, cómplice, nada menos, de los que han dado la razón al Quirinal contra el Vaticano, en la cuestión de competencia entre las dos embajadas. Que traigan el _Diario de Las Sesiones_... ¡Ah! que vaya Pinto á buscarlo á casa. Allí se verá que he suscrito el voto particular. El jefe dejó libre la cuestión, y yo, naturalmente...

—Podías haber empezado por ahí—contestó el ciego aceptando la fórmula de engaño.

—Siempre he pensado lo mismo. _Vaticano for ever._

No muy satisfecha de la explicación, y el ánimo agobiado de recelos y aprensiones, retiróse la dama, y fué tras ella Morentín, confirmando lo dicho. Pero ni aun con esto se tranquilizó, y no cesaba de presagiar nuevas complicaciones y desastres.

IX

Al anochecer, encendidas las luces, Serrano Morentín buscaba junto á Fidela, en el gabinete de ésta, la compensación de la horrorosa tarde que su amigo le había dado. Bien se merecía, después de aquel martirio, el goce de un ratito de conversación con la señora de Torquemada, afable con él como con todo el mundo, mujer que poseía, entre otros encantos, el de un cierto mimo infantil ó candoroso abandono de la voluntad, que armonizaba muy bien con su delicada figura, con su rostro de porcelana descolorida y transparente.

—¿Qué me ha mandado usted aquí?—dijo desenvolviendo un paquete de libros que había recibido por la mañana.

—Pues véalo usted. Es lo único que hay por ahora. Novelas francesas y españolas. Lee usted muy á prisa, y para tenerla bien surtida, será preciso triplicar la producción del género en España y en Francia.

En efecto, su ingénita afición á las golosinas tomaba en el orden espiritual la forma de gusto de las novelas. Después de casada, sin tener ninguna ocupación en el hogar doméstico, pues su hermana y esposo la querían absolutamente holgazana, se redobló su antigua querencia de la lectura narrativa. Leía todo, lo bueno y lo malo, sin hacer distinciones muy radicales, devorando lo mismo las obras de enredo que las analíticas, pasionales ó de caracteres. Leía velozmente, á veces interpretando con fugaz mirada páginas y más páginas, sin que dejara de recoger toda la substancia de lo que contenían. Comúnmente se enteraba del desenlace antes de llegar al fin, y si este no le ofrecía en su tramitación alguna novedad, no terminaba el libro. Lo más extraño de su ardiente afición era que dividía en dos campos absolutamente distintos la vida real y la novela; es decir, que las novelas, aun las de estructura naturalista, constituían un mundo figurado, convencional, obra de los forjadores de cosas supuestas, mentirosas y fantásticas, sin que por eso dejaran de ser bonitas alguna vez, y de parecerse remotamente á la verdad. Entre las novelas que más tiraban á lo verdadero, y la verdad de la vida, veía siempre Fidela un abismo. Hablando de esto un día con Morentín, el cual, por su cultura en cierto modo profesional, oficiaba de oráculo allí donde no había quien le superase, sostuvo la dama una tesis que el oráculo celebró como idea crítica de primer orden.

—Así como en pintura—había dicho ella,—no debe haber más que retratos, y todo lo que no sea retratos es pintura secundaria, en literatura no debe haber más que Memorias, es decir, relaciones de lo que le ha pasado al que escribe. De mí sé decir que cuando veo un buen retrato de mano de maestro, me quedo extática, y cuando leo Memorias, aunque sean tan pesadas y tan llenas de fatuidad como las _de Ultratumba_, no sé dejar el libro de las manos.

—Muy bien. Pero dígame usted, Fidela. En música, ¿qué encuentra usted que pueda ser equivalente á los retratos y á las Memorias?

—¿En música... qué sé yo? No haga usted caso de mí, que soy una ignorante... Pues, en música..., la de los pájaros.

Aquella tarde, mejor será decir aquella noche, después que se enteró de los títulos de las novelas, y cuando Morentín le encarecía, siguiendo la moda á la sazón dominante, la obra última de un autor ruso, Fidela cortó bruscamente la perorata del joven ilustrado, interrogándole de este modo:

—Dígame, Morentín... ¿qué le parece á usted de nuestro pobre Rafael?

—Pienso, amiga mía, que sus nervios no son un modelo de subordinación, que mientras viva en esta casa, viendo, digo mal, sintiendo junto á sí á personas que...

—Basta... Es mucha manía la de mi hermano. Mi marido le trata con las mayores deferencias. No merece, no, esa antipatía, que ya toca en aborrecimiento.

—No toca, excede al mayor aborrecimiento: digamos las cosas claras.

—Pero usted, hombre de Dios, usted, que es su amigo, y tiene sobre él un cierto ascendiente, debe inculcarle...

—Si le inculco todo lo inculcable, y le sermoneo, y le regaño... y como si nada... Su marido de usted es un hombre bueno... en el fondo. ¿No es eso? Pues yo se lo digo en todos los tonos. ¡Vamos, que si D. Francisco oyera los panegíricos que yo le hago, y tuviera que pagármelos en alguna forma...! No, lo que es en moneda no pretendería yo que me los pagase...

—Ni usted lo necesita. Es usted más rico que nosotros.

—¿Más rico yo?... Aunque usted me lo jure, yo no he de creerlo... Mi riqueza consiste en la conformidad con lo que tengo, en la falta de ambición, en las poquitas ideas que he podido juntar, leyendo algo y viviendo algos... en fin, que espiritualmente, mis capitales no son de despreciar, amiga mía.

—¿Acaso los he despreciado yo?

—Usted, sí. ¿No me decía el sábado que vivo apegado á las cosas materiales...?

—No dije eso. Tiene usted mala memoria.

—¿Pero lo que usted dice, aunque lo diga en broma, se puede olvidar?

—¡No tergiversarme las cuestiones, ea! Dije que usted desconoce la escuela del sufrimiento, y que cuando no se ha seguido esa carrera, amigo mío, que es dura, penosísima, y en ella se ganan los grados con sangre y lágrimas, no se adquiere la ciencia del espíritu.

—Justo; y añadió usted que yo, mimado de la fortuna, y sin conocer el dolor más que de oídas, soy un magnífico animal...

—¡Jesús!

—No, no se vuelva usted atrás...

—Sí, dije animal; pero en el sentido de...

—No hay sentido que valga. Usted dijo que soy un animal.

—Quise decir... (_Riendo._) ¡Pero qué hombre éste! Animal es lo que no tiene alma.

—Precisamente es lo contrario... _a... ni... mal_, con ánima, con alma.

—¿Eso quiere decir? Pues ¡ay! me vuelvo atrás, me retracto, retiro la palabra. ¡Pero qué desatinos digo, Morentín! Usted no me hace caso ¿verdad?

—Si no me pico, si por el contrario, me agrada que usted me llene de injurias... Y volviendo á la orden del día, ¿de dónde saca usted que yo no conozco el dolor?

—No me he referido al de muelas.

—El dolor moral, del alma...

—¿Usted?... ¡Infeliz, y cómo desvanece la ignorancia! ¿Qué sabe usted lo que es eso? ¿Que calamidades ha sufrido usted, qué pérdida de seres queridos, qué humillaciones, qué vergüenzas? ¿Qué sacrificios ha hecho, ni qué cálices amargos ha tenido que echarse al coleto?

—Todo es relativo, amiga mía. Cierto que si me comparo con usted, no hay caso. Por eso es usted una criatura excelsa, superior, y yo un triste principiante. Bien sé que todavía, por lo poquito que voy aprendiendo en esa escuela, no soy, como la persona que me escucha, digno de admiración, de veneración...

—Sí, sí, écheme usted bastante incienso, que bien me lo merezco.

—Quien ha pasado por pruebas tan horrorosas, quien ha sabido acrisolar su voluntad en el martirio primero, en el sacrificio después, bien merece reinar en el corazón de todos los que aman lo bueno.

—Más, más humo. Me gusta la lisonja, mejor dicho, el homenaje razonado y justo.

—Y tan justo como es en el caso presente.

—Y otra cosa le voy á decir á usted, porque yo soy muy clara, y digo todo lo que pienso. ¿No le parece á usted que la modestia es una grandísima tontería?

—¡La modestia!... (_Desconcertado._) ¿Por qué lo dice usted?

—Porque yo arrojo esa careta estúpida de la modestia para poder decir... vamos, ¿lo digo?... para poder afirmar que soy una mujer de muchísimo mérito... ¡Ay, cómo se reirá usted de mí, Morentín!... No me haga usted caso.

—¡Reirme!... Usted, como sér superior, está, en efecto, relevada de tener modestia, esa gala de las medianías, que viene á ser como un uniforme de colegio... Sí, sea usted inmodesta, y proclame su extraordinario mérito, que aquí estamos los fieles para decir á todo _amén_, como lo digo yo, y para salir por esos mundos declarando á voz en grito que debemos adorarla á usted por su perfección espiritual, por su maestría en el sufrimiento, y por su belleza incomparable.

—Mire usted—dijo Fidela echándose á reir con gracejo,—no me ofendo porque me llamen hermosa. Más claro, ninguna se ofende, pero otras disimulan su gozo con dengues y monerías, que impone esa pícara modestia. Yo no: sé que soy bonita... ¡Ah! no me haga usted caso. Bien dice mi hermana que soy una chicuela... Pues sí soy bonita, no un prodigio de hermosura, eso no...

—Eso sí. Hermosa sobre todo encarecimiento, de un tipo tan distinguido, y tan aristocrático...

—¿Verdad que sí?

—Como que no lo hay semejante ni aun parecido en Madrid.

—¿Verdad que no?... ¡Pero qué cosas digo! No me haga usted caso.

—Por todas esas prendas del alma y del cuerpo, y por otras muchas que usted no manifiesta, con exquisito pudor de la voluntad, merece usted, Fidela, ser la persona más feliz del mundo. ¿Para quién es la felicidad, si no es para usted?

—¿Y quien le dice al Sr. Morentín, que no ha de ser para mí? ¿Cree que no me la he ganado bien?

—La tiene usted merecida, y ganada... en principio; pero aún no la posee.

—¿Y quien se lo ha dicho á usted?

—Me lo digo yo, que lo sé.

—Usted no sabe nada... Bah, perdida ya la vergüenza, le voy á decir otra cosa, Morentín.

—¿Qué?

—Que yo tengo mucho talento.

—Noticia fresca.

—Más talento que usted, pero mucho más.

—Infinitamente más. ¡Vaya por Dios!... Como que es usted capaz, con tantas perfecciones, de volver loco á todo el género humano, y á mí para estrenarse.

—Pues siguiendo usted cuerdo un poco tiempo más, podrá reconocer que no sabe en qué consiste la felicidad.

—Enséñemelo usted, pues por maestra la proclamo. Bien sé yo en qué puede consistir la felicidad para mí. ¿Se lo digo?

—No, porque podría usted decir algo contrario á lo que constituye la felicidad para mí.

—¿Usted qué sabe, si no lo he dicho todavía? Y sobre todo, ¿á usted qué le importa que mis ideas sobre la felicidad sean un disparate? Figúrese usted que...

Cortó bruscamente la cláusula el ruido de un pisar lento y pesadote, de calzado chillón sobre las alfombras. Y hé aquí que entra Torquemada en el gabinete, diciendo:

—Hola, Morentinito... Bien ¿y en casa?... Me alegro de verle.

X

—No tanto como yo de verle á usted. Ya le echábamos de menos, y yo le decía á su esposa que los negocios le han entretenido á usted hoy fuera de casa más que de costumbre.

—En seguida comemos... ¿Y tú qué tal? Has hecho bien en no salir á paseo. Un día infernal. Me he constipado. Antes, andaba todo el día de ceca en meca aguantando fríos y calores _considerables_, y no me acatarraba nunca. Ahora, en esta vida de estufas y gabanes, con el chanclo y el paraguas, siempre está uno con el moco colgando... Pues estuve en casa de usted, Morentín. Tenía que ver á D. Juan.

—Creo que papá vendrá esta noche.

—Me alegro. Tenemos que _evacuar_ un asuntillo... No hay más remedio que buscar con candil los buenos negocios, porque las necesidades crecen como la espuma, y en esta vida... _¡de marqueses!_ cada satisfacción cuesta un ojo de la cara...

—Pues á ganar mucho dinero, Tor, pero mucho—dijo Fidela con alegre semblante.—Me declaro apasionada del vil metal, y lo defiendo contra los sentimentales, como este Morentín, que está por lo espiritual y etéreo... ¡Los intereses materiales... qué asco!... Pues yo me paso al campo del sórdido positivismo, sí señor, y me vuelvo muy judía, muy tacaña, muy apegada al ochavo, y más al centén, y sobre todo al billete de mil pesetas, que es mi delicia.

—¡Graciosísima!—decía Morentín, contemplando la cara extática de D. Francisco.

—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar billetes, y la muñeca que dice _papa_ y _mama_, cambiaba, descontando el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro.

—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar para dentro, á lo platero, _considerablemente_, y barrer para casa.

Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D. Francisco de buen temple, decidor y festivo.

—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer plato,—puedo _manifestar_ que este principio ó lo que sea... Cruz, ¿cómo se llama esto?

—_Relevé_ de cordero á la... romana.

—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más que huesos.

—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos.

—El chupar digo yo que no es _meramente_ para principio, ea... En fin, tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo...

—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy.

—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la época. Vivimos en plena mendicidad.

—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas. Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del _todo para todos_.

—Ese principio ya está _sobre el tapete_—dijo Torquemada,—y á este paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo bendito. Yo me pinto solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero el de hoy, por tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy respetable, que pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era la puntualidad personificada... pues por ser el chico muy modosito y muy aplicadito, me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para qué creerán ustedes? Para publicar un tomo de poesías.

—¡Poeta!

—De estos que hacen versos.

—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...! La verdad, no te has corrido mucho.

—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo.

—Á ver, ¿qué es?

—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido principios, y aquí para _inter nos_ confieso mi desconocimiento de muchos vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes que yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha llamado el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues me ha dicho que soy su... Mecenas. (_Risas._) Sáquenme, pues, de esta duda que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere decir eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...?

—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras.

—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos... Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir, convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien... ¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas?

—La gloria...

—Como quien dice, el beneplácito...

—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre.

—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza mía... _Cúmpleme_ declarar con toda sinceridad, _á fuer_ de hombre verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate.

Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas.

—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito!

—¡Qué saber para tan corta edad!

—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le tuvimos de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad de Ciencias, y nosotros en la de Derecho.

—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas.

Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, _para dar una vuelta_ á su hermano, volvió diciendo:

—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora, y está conversando con Rafael.

Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D. Francisco, que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una taza de café, ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase al cuarto del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de distracción. Ofrecióse Morentín á _relevar la guardia_, para que Zárate pudiera pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos estuvieron los tres amigos, Morentín dijo al sabio:

—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama.

—¿Quién?

—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa _Mecenas_. Yo creí morir de risa.

—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente repuesto del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la calle y... Que te lo cuente él.

—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué de la atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga con esta consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando nacen los hijos, mejor dicho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia, cuando...?»

Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa:

—Que vaya usted, señor de Zárate.

—Voy.

—Anda, anda; luego lo contarás.

Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento:

—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura, pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (_Estrepitosa risa de Morentín._) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre.

—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino...

—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no recuerdo el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así... para que los hijos que tenga un hombre, _salgan_ científicos, y en ningún caso poetas.

—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia.

—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz asomando á la puerta del cuarto su rostro, en que se pintaba un vivo sobresalto.

Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín, contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer disfrutaba de una alegría dulce y sedante.

XI

Zárate... ¿Pero quién es este Zárate?

Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación física y moral se han desgastado los tipos genéricos, y que van desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes de los últimos veinte años, recuerdan perfectamente que antes existía, por ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido de las guerras civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se vistiese. Otros muchos tipos había, _clavados_, como vulgarmente se dice, consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano, y de los modales, y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía rasgos y fisonomía como de casta, y no se le confundía con ninguna otra especie de hombres, y lo mismo puede decirse del _Don Juan_, ya fuese de los que pican alto, ya de los que se dedican á doncellas de servir y amas de cría. Y el beato tenía su cara y andares y ropa á las de ningún otro parecidas, y caracterización igual se observaba en los encargados de chupar sangre humana, prestamistas, vampiros, etc. Todo eso pasó, y apenas quedan ya tipos de clase, como no sean los toreros. En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no deja de ser un bien para el arte, y ahora nadie sabe quien es nadie, como no lo estudie bien, familia por familia, y persona por persona.

Esta tendencia á la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con lo mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la industria, y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de tipos. Vemos diariamente personalidades que por el aire arrogantísimo y la cara bigotuda pertenecen al género militar, ¿y qué son? Pues jueces de primera instancia, ó maestros de piano, ú oficiales de Hacienda. Hombres hallamos bien vestidos, y hasta elegantes, de trato amenísimo y un cierto ángel, que dan un chasco al lucero del alba, porque uno les cree paseantes en corte y son usureros empedernidos. Es frecuente ver un mocetón como un castillo, con aire de domador de potros, y resulta farmacéutico, ó catedrático de derecho canónico. Uno que tiene todas las trazas de andar comiéndose los santos y llevando cirios en las procesiones, es pintor de marinas, ó concejal del Ayuntamiento.