Torquemada en el purgatorio

Part 3

Chapter 33,967 wordsPublic domain

—Sí, para vueltecicas estamos...

—Si es baratísimo... Y también nos llegaríamos á Suiza.

—Sí, y á las Ventas de Alcorcón.

—Ó haríamos la excursión del Palatinado bávaro, de Baden y la Selva Negra.

—Sí, y la de la selva blanca; y luego nos llegaremos al Polo Norte y á la Patagonia, y volveríamos á casa por la Osa Mayor. Y al llegar aquí, yo tendría que pedir un jornal en las obras del Ayuntamiento para mantener á la familia, ó una plaza de Orden Público...»

Las dos damas celebraron con francas risas esta ocurrencia, y Cruz puso fin á la contienda del modo más razonable:

—Esto del viaje es una broma de Fidela, para asustarle á usted, D. Francisco. No necesitamos acudir á Charcot. ¡Buenos están los tiempos para gastos de viaje, y consultas con eminencias europeas! Lo que Rafael necesita principalmente es distracción, tomar mucho el aire, pasear lejos del infernal bullicio de estas calles...

—Vamos, hablando en plata, señora mía, eso es otro memorial para el coche. Al fin tendré que apencar con el _vehículo_.

—Pero si no hemos dicho nada de vehículo,—observó Fidela entre veras y bromas.

—¡Pasear lejos!... Sí, se va á curar Rafael con el zarandeo de la berlina... Bueno... á correrla, y no paréis hasta Móstoles.

—El coche—dijo Cruz con el tono de autoridad que no admitía réplica las pocas veces que lo empleaba, mayormente si iba acompañado de la vibración del labio,—debe ponerlo usted, y lo pondrá, yo se lo aseguro, no por nosotras ni por nuestro hermano, que bien enseñados estamos á andar á pie, sino por usted, Sr. D. Francisco Torquemada. Es indecoroso que ande hecho un azacán por esas calles un hombre de su crédito y de su respetabilidad.

—¡Ah!... ¡ah!... amiga mía—exclamó don Francisco en voz muy alta, y en tono que tanto tenía de festivo como de airado.—No me engatusa usted á mí con ese jabón que quiere darme. _Seamos justos_: yo soy un hombre humilde, no una _entidad_ como usted dice. Fuera _entidades_ y biblias... Con esa mónita, lo que hace usted es _dar pábulo_ á los gastos. Yo no _doy pábulo_ más que á la economía; y por eso tengo un pedazo de pan. Pero con _la actitud_ que ustedes toman, pronto tendremos que pedirlo prestado, y no te quiero decir... ¡Deudas en mi casa!... ¡Oh! nunca... Si viene la bancarrota, _vulgo_ miseria, usted, Crucita de mi alma, tiene la culpa... ¡Con que coche! Pues habrá coche, no para mí, que sé ganar la santísima rosca andando en el de San Francisco mi patrono, sino para ustedes, á fin de que se den todo el pisto compatible con su nueva _entidad_...

—Pero yo no he pedido...

—¿Cómo no? ¡Si parece que le hizo la boca un fraile! ¡Si no hay día que no me traiga una socaliña! Tirar tabiques, derribarme media finca para hacer salones... Que si la modista, que si el sastre, que si el tapicero, que si el almacenista, que si la biblia en pasta... Pues ahora, con eso de que el hermanito tiene ganas de reir, voy yo á tener que llorar, y lloraremos todos. Ya estoy viendo una _serie no interrumpida_ de antojos, y _por ende_ de nuevos gastos. Que es preciso distraerle; y como le gusta tanto la música, tendremos que traer aquí la orquesta del Teatro Real, y al zángano aquél, que con una varita les señala el golpe de lo que han de tocar. (_Risas._) Que hay que traer un facultativo. Pues venga todo San Carlos, y lluevan honorarios... Que hay que convidar á Juan, Pedro y Diego, los amigotes que vienen á darle tertulia, poetas los unos, danzantes los otros. Pues allá te van doce ó catorce cubiertos, y la mar de platos extraordinarios para que saquen el vientre de mal año esos... _pará_...»

Se le atravesó la palabra, que, como de adquisición reciente, no podía ser pronunciada sin cierta precaución y estudio.

—_Parásitos_—le dijo Fidela.—Sí que lo son algunos. Pero no hay más remedio que convidarles alguna vez, para que no vayan por ahí hablando de si en esta casa hay ó no hay tacañería.

—Nuestras relaciones—afirmó Cruz,—no dicen eso. Son personas distinguidísimas.

—No pongo en duda su _distinguiduría_—asentó Torquemada;—pero _profeso el principio_ de que cada _quisque_ debe comer en su casa. ¿Voy yo á comer á casa de nadie?

—Hay que confesar, señor maridito—le dijo Fidela pasándole la mano por el lomo,—que hoy estás graciosísimo. Si yo no quiero que gastes; si no nos hace falta coche, ni lujo, ni bambolla... Guarda, guarda tus ahorritos, bribón... ¿Sabes lo que dijo anoche Ruiz Ochoa? Que en un mes habías ganado treinta y tres mil duros.

—¡Qué barbaridad!—exclamó el usurero, levantándose impacientemente después de probar el café.—Lo diría en broma. Y con esas cuchufletas _da pábulo_... sí, _pábulo_, á vuestras ideas exageradas sobre lo que yo tengo. En fin, me voy por no incomodarme. _Reasumiendo_: es preciso economizar. La economía es la religión del pobre. Guardaremos _el óbolo_; que nadie sabe lo que vendrá el día de mañana, y cosas podrán venir que exijan éste y el otro y todos los óbolos del mundo.

Metióse gruñendo en su despacho, cogió sombrero y bastón, que era, por más señas, con puño de asta de ciervo bruñida por el uso, y se marchó á la calle, á _evacuar_ sus negocios. Hasta más allá de la Puerta del Sol le fueron burbujeando en el magín las ideas de la viva disputa con su esposa y cuñada, y seguía disparando contra ellas una dialéctica irresistible:

—Porque no me sacarán ustedes, con todo su _maquiavelismo_, del sistema del gastar sólo una parte mínima, _considerablemente mínima_, de lo que se gana. ¡Ya...! como ustedes no tienen que discurrir para traerlo á casa, no saben lo que cuesta... Sólo me correría más de lo acordado en caso de sucesión... Eso sí, la sucesión merece cualquier dispendio _considerable_. Por eso me decía Valentinico anoche, cuando me quedé dormido en mi cuarto, caldeada la cabeza de tanto afilar el reverendo guarismo... Me decía dice: «Papá, no sueltes un cuarto hasta que no sepas si nazco ó no nazco... Esas bribonas de Águilas me están engañando... que hoy, que mañana, y así no puedo estar... Un pie en la eternidad y otro pie en la vida esa... vamos, que esto cansa... duele todo el cuerpo, ó toda el alma; que si el alma no tiene huesos, tiene coyunturas... y sin tener carne ni tendones, tiene cosquillas, y sin tener sangre, tiene fiebre, y sin tener piel, tiene gana de rascarse.»

VII

Casi todo el día lo pasaron las dos hermanas procurando normalizar el destemplado meollo de Rafael, para lo cual corregían la palabra descompuesta con la palabra juiciosa, y la incongruente risa con la seriedad razonable y amena. Fidela pudo más que Cruz, por disponer de más paciencia y dulzura, y tener sobre su hermano cierto poder sugestivo, cuyo origen ignoraba, conociendo muy bien sus efectos. Á la caída de la tarde, hallándose las dos cansadas de la lucha, aunque satisfechas del buen resultado, pues Rafael hablaba ya con más sentido, les llegó un refuerzo que ambas agradecieron mucho, y gozosas salieron á saludarle:

—Hola, Morentín, gracias á Dios...

—¡Pero qué caro se vende usted!

—Adelante. No sé las veces que éste ha preguntado hoy por usted.

Érase un galancete como de treinta y tres años, guapo, de hermosura un tanto empalagosa, barba rubia, ojos rasgados, cabellera escasa anunciando ya precoz calvicie, regular estatura, y vestir atildado y correctísimo. Después de saludar á las dos damas con el desembarazo de un trato frecuente, fué á sentarse junto al ciego, y dándole un palmetazo en la rodilla, le dijo:

—Hola, perdido, ¿qué tal?

—Hoy comerá usted con nosotros... No, si no se admiten escusas. No venga usted ya con sus trapacerías de siempre.

—Me esperan en casa de la tía Clarita.

—Pues la tía Clarita que se fastidie. ¡Qué egoísmo el suyo! No, no le soltamos á usted. Proteste todo lo que quiera, y vaya haciendo acopio de resignación.

—Mandaremos un recado á Clarita—indicó Fidela conciliando las opiniones;—se le dirá que le hemos secuestrado.

—Bueno. Y añadan, en el recadito, que ustedes toman sobre sí la responsabilidad de mi falta. Y si hay chillería...

—Nosotras contestaremos con otra chillería mayor.

—Convenido.

Pepe Serrano Morentín había sido, en otros tiempos, el inseparable amigo de Rafael y su compañero de estudios desde las primeras letras hasta el grado en la Universidad; y si en la época terrible, aquella amistad pareció extinguida, y apenas, de higos á brevas, se veían los dos muchachos y refrescaban con cariñosa efusión los recuerdos estudiantiles, fué porque las Águilas esquivaban toda visita, ocultándose en su triste y solitario albergue, como si creyeran rendir tributo, con la ausencia de todo testigo, á la dignidad de su miseria. El cambio material de existencia abrió las puertas del escondrijo; y de cuantas amistades lentamente se restablecieran entonces por mediación de Donoso, de Ruiz Ochoa ó de Taramundi, ninguna era tan grata al pobre ciego como la de su caro Morentín, que sabía llevarle el genio mejor que nadie, y despertar en él simpatía muy honda en medio de la indiferencia ó desdén que hacia todo el género humano sentía.

Conocedoras Fidela y Cruz de esta preferencia, ó más bien absoluto imperio de Morentín en la voluntad del pobre ciego, vieron aquel día en su visita una providencial aparición. Y como sabían que Rafael gustaba de platicar holgadamente con su amigo, referirle sus tristezas, provocarle á discusiones en que el humorismo se enredaba con la psicología más sutil, corriéndose á veces á terreno un tanto escabroso, determinaron, después de los cumplidos de rúbrica, dejarles solos, que así descansaban ellas de la guardia, y el ciego estaría más á gusto.

—Querido Pepe—le dijo Rafael haciéndole sentar á su lado.—No sabes con cuanta oportunidad vienes. Deseo consultarte una cosa... una idea, que ayer apuntó en mí, y hoy, en el momento que entraste, cuando oí tu voz, ¡ay! me hirió la mente, así como si entrara de golpe, dándose de cabezadas con todas las demás ideas que hay en el cerebro, y espantándolas y dispersándolas... no te lo puedo explicar.

—Comprendido.

—¿Á tí te acomete alguna idea en esta forma y con esta insolencia...?

—Ya lo creo.

—No; en tí entran con el capuchón de la hipocresía. No sabes que están dentro hasta que se descubren la cara y alzan la voz. Morentín, hoy voy á hablarte de un asunto muy delicado.

—¿Muy delicado?

Al decir esto, el amigo de la casa sintió un súbito golpetazo hacia la región cardíaca, como de aviso, como de alarma, como de lo que en lenguaje truhanesco se designa con el feo vocablo de _escama_. Conviene ahora más que nunca dar alguna noticia de este Morentín y registrarle y filiarle con la mayor exactitud posible.

Era el tal soltero, plebeyo por parte de padre, aristócrata por la materna, socialmente mestizo, como casi toda la generación que corre; bien educado, bien avenido con el estado presente de la sociedad, que su proporcionada riqueza le hacía ver como el mejor de los mundos posibles, satisfecho de haber nacido guapo y de poseer algunas cualidades de las que generalmente no excitan envidia; sin bastante inteligencia para sentir las atracciones dolorosas de un ideal, sin bastante rudeza de espíritu para desconocer los placeres intelectuales; privado de las grandes satisfacciones del orgullo triunfante, pero también de las tristezas del ambicioso que no llega nunca; hombre que no poseía en alto grado ni virtudes ni vicios, pues no era un santo, ni tampoco un perdido, y se conceptuaba dichoso viviendo cómodamente de sus rentas, representando un distrito rural de los más dóciles, disfrutando de preciosa libertad y de un buen caballo inglés para pasearse. Bien quisto de todo el mundo, pero sin despertar en nadie un cariño muy vivo, veíase libre de toda pasión ardiente, pues ni siquiera la pasión política sintió nunca, y aunque afiliado en el partido canovista, reconocía que lo mismo lo estaría en el sagastino, si á él le hubiera llevado el acaso; ni conocía tampoco la pasión viva por ningún arte, ni por el _sport_, pues aunque cabalgaba dos ó tres horas cada día, jamás le inflamó el entusiasmo hípico, ni el delirio del juego, ni el de las mujeres, fuera de un cierto grado que no llega al drama, ni traspasa los límites de un discreto desvarío, elegante y urbano. Era hombre, en fin, muy de su época, ó de sus días, informado espiritualmente en una vulgaridad sobredorada, con docena y media de ideas corrientes, de esas que parecen venir de la fábrica, en paquetitos clasificados, sujetos con un elástico.

Fama de juicioso gozaba Morentín, como que no desentonó jamás en lo que podríamos llamar la social orquesta, ni contrajo deudas, ni dió escándalos, salvo algún duelo de los de ritual, con arañazo, acta y almuerzo, ni sintió nunca alegrías hondas, ni decaimientos aplanantes, tomando de todas las cosas lo que fácilmente podía extraer de ellas para su particular provecho, sin arriesgar la tranquilidad de su existencia. Respetaba la fe religiosa sin tenerla, y no poseyendo á fondo ninguna rama del saber, sobre todas sabía dar una opinión aceptable, siempre dentro del criterio circunstancial ó de moda. Y en cuanto á moral, si Morentín defendía en público y en privado las buenas costumbres, no por eso se hallaba libre de la relajación mansa que apenas sienten los mismos que en ella viven.

Era uno de esos casos, no muy raros por cierto, del contento del vivir, pues poseía moderada riqueza, pasaba justamente por ilustrado, y su trato era muy agradable á todo el mundo, particularmente á las señoras. Colmaba su ambición el ser diputado, simplemente por lucir la investidura, sin pretensiones de carrera política, ni de fama oratoria. Si se ofrecía hablar como individuo de cualquier comisión, hablaba, y bien, sin arrebatar, pero cumpliendo discretamente. Bastábanle á su orgullo los oropeles del cargo. Por último, su ambición en el terreno afectivo se cifraba en que le quisiera una mujer casada; si esta mujer era dama, miel sobre hojuelas. Pero sus aspiraciones se detenían en la línea del escándalo, pues esto si que no le hacía maldita gracia, y todo iba bien, y él muy á gusto en el machito, hasta que apuntaba el drama. Dramas, ni por pienso, los aborrecía en la vida real lo mismo que en el teatro, y cuando desde su butaca veía que lloraban, ó que blandían puñales, ya estaba el hombre nervioso, con ganas de salir y pedirle al revendedor que le devolviera el dinero. Pues para que nada le faltase, hasta aquella vanidad de adúltero templado y sin catástrofe se le había satisfecho al pícaro, y nada tenía que ambicionar ya ni qué pedir á Dios... ó á quien se pidan estas cosas.

VIII

—Sí, de un asunto delicadísimo... y muy grave—repitió el ciego.—Ante todo, ¿mis hermanas no andan por aquí?

—No, hombre, estamos solos.

—Asómate á la puerta, á ver si en el pasillo...

—No hay nadie. Puedes hablar todo lo que quieras.

—Desde anoche pienso en ello... ¡Cuánto deseaba que vinieras!... Y esta mañana, la rabia que sentía, el miedo y la tristeza, se me manifestaron en una vida estúpida, que alarmó á mi hermana. No estaba loco, no, ni lo estaré nunca. Es que me reía, como deben de reirse los condenados por burlones de mala ley. Su suplicio ha de consistir en que los diablos les hagan cosquillas con cepillos de alambres al rojo...

—¡Eh... qué tontería! ¿Ya empiezas?

—Bueno, bueno; no te enfades... Quiero preguntarte una cosa. Pero mira, Pepe: has de prometerme ser conmigo de una sinceridad y una lealtad á prueba de vergüenzas. Me has de prometer contestarme á lo que te pregunte, como contestarías á tu confesor, si es que lo tienes, ó á Dios mismo, si Dios quisiera explorar tu conciencia, fingiendo que la desconoce.

—Patético estás. Habla de una vez, que en verdad me pones el alma en un hilo. ¿Qué es ello?

—Apuesto á que te lo figuras.

—¿Yo? Ni remotamente.

—¿Y me prometes también no enfadarte, aunque te diga... cosas demasiado fuertes, de esas que si espantan oídas por tí, más deben espantar pronunciadas por esta boca mía?

—Vamos... que hoy estás de buen temple—replicó Morentín disimulando su desasosiego—.Porque al fin, ya lo estoy viendo, vas á salir con alguna humorada...

—Ya lo verás. La cuestión es tan grave, que no me lanzo á formularla sin una miajita de preámbulo. Allá va: José Serrano Morentín, representante del país, propietario, paseante en corte y _sportman_, dime: en el momento presente, ¿cómo está la sociedad en punto á moralidad y buenas costumbres?

Rompió á reir el buen amigo, seguro ya de que Rafael, como otras veces, después de anunciar aparatosamente una cuestión peliaguda, salía con cualquier cuchufleta.

—No te rías, no. Ya te irás convenciendo de que esto no es broma. Te pregunto si en el tiempo en que yo he vivido apartado del mundo, dentro de este calabozo de mi ceguera, á donde apenas llegan destellos de la vida social, han variado las costumbres privadas, y las ideas de hombres y mujeres sobre el honor, la fidelidad conyugal, _etcétera_. Me figuro que no hay variación. ¿Acierto? Sí. Porque en mi tiempo, que también es el tuyo, allá cuando tú y yo andábamos por el mundo, divirtiéndonos todo lo que podíamos, las ideas sobre puntos graves de moral eran bastante anárquicas. Ya recordarás que tú y yo, y todos nuestros amigos, no pecábamos de escrupulosos, ni de rigoristas, y que el matrimonio no nos imponía ningún respeto. Es esto verdad, ¿sí ó no?

—Es verdad—replicó Morentín, que había vuelto á escamarse.—¿Pero á qué viene eso? El mundo siempre es el mismo. Antes que nosotros hubo jóvenes de dudosa virtud, y en nuestro tiempo, no nos cuidamos de mejorar las costumbres. La juventud es juventud, y, la moral sigue siendo la moral, á pesar de las transgresiones que se cometen con la intención ó con el hecho.

—Á eso voy. Pero nuestros tiempos creo que excedían en depravación á los anteriores y á los que vinieron después. Yo recuerdo que creíamos como artículo de fe, pues el pecado tiene también dogmas impuestos por la frivolidad y el vicio... creíamos que era nuestra obligación hacer el amor á toda mujer casada que por delante nos caía... creíamos usar de un derecho inherente á nuestra juventud rozagante, y que el matrimonio que perturbábamos... casi casi debía agradecérnoslo... no te rías, Pepe; mira que esto es muy serio, pero muy serio.

—Como que va parando en sermón. Querido Rafael, yo te aseguro que si estuviéramos en aquel momento histórico, como diría quien yo me sé, tu santa palabra obraría prodigios sobre las conciencias de tanto perdulario. Pero, chico, el mundo ha variado mucho, y ahora tenemos tanta moralidad, que las picardías conyugales han venido á ser un mito.

—No es verdad eso. Ahora, como antes, los hombres, sobre todo si están entre la juventud y la madurez, profesan los principios más contrarios á la buena organización de la familia. Hoy, por ejemplo, ha de correr muy válido entre los perdidos como tú, el principio..., lo llamo principio para expresar mejor la fuerza que tiene... el principio de que la mujer unida por vínculo indisoluble á un hombre viejo, feo, antipático, grosero, avaro y brutal, está autorizada para consolarse de su desgracia... con un amante.

—Hombre, ni antes ni ahora se ha creído eso.

—Autorizada, sí, por esa moral de circunstancias, que profesáis los hombres de mundo, ley que os permite dar bulas para deshonrar, para robar y cometer mil infamias. No me lo niegues. Hay indulgencias, revestidas de lástima piadosa, para la mujer que se halla en la situación que he dicho, quizás sacrificada á intereses de familia...

—¿Pero á qué viene todo eso, Rafael?—dijo Morentín, ya receloso y sobresaltado, deseando cortar á todo trance una cuestión que le iba resultando muy desagradable.—Hablemos de cosas más amenas, más oportunas, no traídas por los cabellos, ni...

—¡Oh! ninguna más oportuna que ésta—gritó Rafael, que si hasta entonces había hablado con serenidad, ya comenzaba á encalabrinarse, inquieto de manos y pies, balbuciente de palabra, como que iba llegando al punto que quemaba.—No necesito buscar ejemplos, ni teorizar tontamente, porque la triste realidad me da la razón. Voy á tratar de un hecho, Pepe, y ahora necesito de toda tu sinceridad, y de todo tu valor.

—Hombre, ¿quieres irte á donde fué el padre Padilla?—dijo Morentín sulfurado, como queriendo ahogar la cuestión.—He venido aquí á pasar un rato agradable contigo, no á discurrir sobre abstracciones quiméricas.

—¿Qué... te vas? (_Levantándose._)

—No, estoy aquí. (_Deteniéndole._)

—Un momento más, un momento, y luego te dejo en paz. Me sentaré otra vez. Hazme el favor de ver si andan por ahí mis hermanas.

—Que no... Pero podrían venir...

—Pues antes de que vengan, te digo que una lógica inflexible, la lógica de la vida real, que hace derivar un hecho, de otro hecho, como el hijo se deriva de la madre, y el fruto de la flor, y ésta del árbol, y el árbol de la simiente..., esa lógica, digo, contra la cual nada puede nuestra imaginación, me ha revelado que mi infeliz hermana... ¡Triste cosa es descubrir estas realidades vergonzosas dentro de nuestra propia familia; pero es más triste desconocerlas estúpidamente!... Soy ciego de vista, pero no de entendimiento. Con los ojos de la lógica veo más que nadie, y les añado el lente de la experiencia para ver más... Pues he visto, ¿cómo lo diré? he visto que á mi pobre hermana la coge de medio á medio aquel principio, llamémoslo así, y que alentada por la indulgencia social, se permite...

—¡Calla! ¡Esto no se puede tolerar!—exclamó Morentín furioso, ó hablando como si lo estuviera.—¡Injurias infamemente á tu hermana!... ¿Pero has perdido el juicio?

—No lo he perdido. Aquí lo tengo, y bien seguro... Dime la verdad... Confiésalo... Ten grandeza de alma.

—¿Qué he de confesarte yo, desdichado, ni qué sé yo de tus locuras?... Déjame, déjame. No puedo estar contigo, ni acompañarte, ni oirte.

—Ven acá, ven acá...—dijo el ciego, asiéndole el brazo, y apretando con tan nerviosa fuerza que sus dedos parecían tenazas.

—Basta de tonterías, Rafael... ¿Qué delirio es éste? (_Forcejeando._) Te digo que me sueltes.

—No te suelto, no. (_Apretando más._) Ven acá... Pues me levanto yo también, y me llevarás pegado á tí como tu remordimiento... ¡Farsante, libertino, oye, quiero decírtelo en tu cara, pues no tienes tú valor para confesarlo!...

—¡Majadero, lunático...! ¿Yo...? ¿qué dices?

—Que mi hermana... no lo repito; no...

—Un amante... ¡qué sandez!

—Sí, sí, y ese amante eres tú. No me lo niegues. Si te conozco. Si sé tus mañas, tu relajación, tu hipocresía. Amores ilícitos, siempre que no se llegue al escándalo...

—Rafael, no me irrites... No quiero ser severo contigo. Merecías...

—Confiésamelo, ten grandeza de alma.

—No puedo confesarte lo que es invención de tu mente enferma... Vamos, Rafael, suéltame...

—Pues confiésamelo.

Enlazados brazo con brazo, jadeantes y enardecidos los dos, Rafael queriendo atenazar á su amigo con nerviosa fuerza, el otro defendiéndose sin gran vigor por no provocar una escena ruidosa, por fin pudo más Morentín, obligando al ciego á caer rendido en el sillón, y sujetándole para que no braceara.

—Eres un malvado y no tienes el valor de tu crimen—dijo Rafael con voz ahogada, sin poder respirar.—Confiesa, por Dios...

—Yo te juro, te juro, Rafael—replicó el otro, suavizando la voz cuanto podía,—que has pensado, y dicho una tremenda impostura...

—Es verdad, por lo menos en la intención...

—Ni en la intención ni en nada... Cálmate. Me parece que vienen tus hermanas.

—¡Dios mío, lo veo tan claro, tan claro...!

Por grande que fué la cautela de Morentín, no pudo impedir que algún eco de la reyerta llegase al oído vigilante de Cruz, la cual acudió presurosa, y al entrar hubo de comprender, por la palidez de los rostros, y el habla balbuciente, que entre los dos cariñosos amigos había surgido alguna desavenencia, y el motivo era sin duda de verdadera gravedad, pues uno y otro, cuando disputaban de filosofía, ó de música, ó de cría caballar, no perdían su serenidad ni el acento de broma mesurada y de buen tono.

—Nada, no es nada—dijo Morentín, respondiendo al asombro y á las preguntas de la dama.—Es que éste tiene unas cosas...