Part 2
Por lo que pasaba como gato sobre ascuas era por los artículos pertinentes á cosa de literatura y arte, porque allí sí que le estorbaba lo negro, es decir, que no entendía palotada, ni le entraba en la cabeza la razón de que tales monsergas se escribieran. Pero como veía que todo el mundo, en la conversación corriente, daba efectiva importancia á tales asuntos, él no decía jamás cosa alguna en descrédito de las artes liberales. Eso sí, á discreto no le ganaba nadie, en _el nuevo orden de cosas_, y tenía el don inapreciable del silencio siempre que se tratara de algún asunto en que se sentía lego. Tan sólo daba su asentimiento con monosílabos dejando adivinar una inteligencia reconcentrada, que no quiere prodigarse. Para él hasta entonces, _artistas_ eran los barberos, albañiles, cajistas de imprenta, y maestros de obra prima; y cuando vió que entre gente culta sólo eran verdaderos artistas los músicos y danzantes, y algo también los que hacen versos y pintan monigotes, hizo mental propósito de enterarse detenidamente de todo aquel _fregado_, para poder decir algo que le permitiera pasar por hombre de luces. Porque su amor propio se fortalecía de hora en hora, y le sublevaba la idea de que le tuvieran por un ganso; de donde resultó que últimamente dió en aplicarse á la lectura de los artículos de crítica que traían los periódicos, procurando sacar jugo de ellos, y sin duda habría pescado algo, si no tropezara á cada instante con multitud de términos cuyo sentido se le indigestaba. «_¡Ñales!_—decía en cierta ocasión,—¿qué querrá decir esto de _clásico_? ¡Vaya unos términos que se traen estos señores! Porque yo he oído decir el _clásico_ puchero, la _clásica_ mantilla; pero no se me alcanza que lo clásico, hablando de versos ó de comedias, tenga nada que ver con los garbanzos, ni con los encajes de Almagro. Es que estos tíos que nos sueltan aquí tales _infundios_ sobre el más ó el menos de las cosas de literatura, hablan siempre en figurado, y el demonio que les entienda... ¿Pues y esto del _romanticismo_, qué será? ¿Con qué se come esto? También quisiera yo que me explicaran la _emoción estética_, aunque me figuro que es como darle á uno un soponcio. ¿Y qué significa _realismo_, que aquí no es cosa del Rey, ni Cristo que lo fundó?»
Por nada de este mundo se aventuraba á exponer sus dudas ante la autoridad de su esposa ó cuñada, pues temía que se le rieran en sus barbas, como una vez que le tentó el demonio, hallándose en una gran confusión, y fué y les dijo: «¿Qué significa _secreciones_?» ¡Dios, qué risas, qué chacota, y qué sofoco le hicieron pasar con sus _ínsulas_ de personas ilustradas!
Interrumpió la lectura para ir al cuarto de su mujer, resuelto á ponerla en planta, pues Quevedito recomendaba que se combatiese en ella la pereza, favorecedora de su linfatismo; y cuando iba por el pasillo, oyó voces un poco alteradas que de la estancia próxima al salón venían. Era aquélla la habitación que ocupaba el ciego; y como á éste, comúnmente, no se le oía en la casa una palabra más alta que otra, siendo tal su laconismo que parecía haber perdido, con el de la vista, el uso de la palabra, alarmóse un tanto D. Francisco, y aplicó su oído á la puerta. Mayor que su alarma fué su asombro al sentir al ciego riendo con gran efusión, y ello debía ser por motivo impertinente, pues su hermana le reprendía con severidad, elevando el tono de su indignación tanto como él el de sus risotadas. No pudo el tacaño comprender de qué demonios provenía júbilo tan estrepitoso, porque el tal Rafaelito, desde la boda no se reía ni por muestra, y su cara era un puro responso, siempre mirando para su interior y oyéndose de orejas adentro. Torquemada se retiró de la puerta, diciendo para sí: «Con buen humor amanece hoy el caballero de la Chancla y gran Duque de la Birria... Más vale así. Téngale Dios contento, y habrá paz.»
IV
Es el caso que aquella mañana, al entrar Cruz en el cuarto de su hermano con el desayuno, no sólo le encontró despierto, sino sentado en el lecho, pronto á vestirse solo, como hombre á quien llaman fuera de casa negocios urgentes.
—Dame, dame pronto mi ropa—dijo á su hermana.—¿Te parece que es hora esta de empezar el día, cuando lo menos hace seis horas que ha salido el sol?
—¿Tú qué sabes cuándo sale y cuándo entra el sol?
—¿Pues no he de saberlo? Oigo cantar los gallos... Y que no faltan gallos en esta vecindad. Yo mido el tiempo por esos relojes de la Naturaleza, más seguros que los que hacen los hombres, y que siempre van atrasados. Y para asegurarme más, pongo atención á los carros de la mañana, á los pregones de verduleras y ropavejeros, al afilador, al alcarreño de la miel, y por oirlo todo, oigo cuando echan el periódico por debajo de la puerta.
—¿De modo que no has dormido la mañana?—preguntóle su hermana con tierna solicitud, acariciándole.—Eso no me gusta, Rafael. Ya van muchos días así... ¿Para qué espoleas tu imaginación en las horas que debes dedicar al descanso? Tiempo tienes, de día, de hacer tus cálculos y entretenerte con los acertijos que á tí mismo te propones.
—Cada uno vive á la hora que puede—replicó el ciego, volviendo á echarse en la cama; pero sin intenciones de recobrar el sueño perdido.—Yo vivo conmigo á solas, en el silencio de la mañana obscura, mejor que con vosotras en el ruido de la tarde, entre visitas que me aburren y algún relincho del búfalo salvaje que anda por ahí.
—Ea, ya empiezas—indicó la dama amostazándose.—Á desayunarse pronto. La debilidad te desvanece un poquito la cabeza, y te la desmoraliza, insubordinando los malos pensamientos y reprimiendo los buenos. ¿Qué tal la figura? Tómate tu chocolatito, y verás cómo te vuelves humano, indulgente, razonable... y desaparece de tu cabeza la cólera vil, la injusticia y el odio á personas que no te han hecho ningún daño.
—Bueno, hija, bueno—dijo el ciego incorporándose de nuevo y empezando á reir.—Venga ese chocolate que, según tú, restablecerá en mi cabeza la disciplina militar, digo, intelectual. Es gracioso.
—¿Por qué te ríes?
—Toma, porque estoy contento.
—¿Contento tú?
—¿Ahora salimos con eso? ¡Pues, hija!... Cuatro meses hace que me estáis sermoneando por mi tristeza, porque no hablo, porque no me entran ganas de reir, porque no me divierto con las mil farsas que inventáis para distraerme. Vamos que me tenéis loco... «Rafael, ríete; Rafael, ponte de buen humor.» Y ahora que la alegría me retoza en el alma y se me sale por ojos y boca, me riñes. ¿En qué quedamos?
—Yo no te riño. Me sorprendo de esa alegría desenfrenada, que no es natural, Rafael; vamos, que no es verdadera alegría.
—Yo te juro que sí; que en este momento me siento feliz, que me gustaría verte reir conmigo.
—Pues dime la causa de esa alegría. ¿Es alguna idea original, algo que has pensado?... ¿Ó te ríes mecánicamente nada más?
—¡Mecánicamente! No, hija de mi alma. La alegría no es una cosa á la cual se da cuerda, como á los relojes. La alegría nace en el alma, y se nos manifiesta por esta vibración de los músculos del rostro, por esta... no sé cómo decirlo... Vaya, me tomaré el chocolate, para que no te enfades...
—Pero contén la risa un momentito, y no me tengas aquí con la bandeja en una mano y la rebanada de pan en otra...
—Sí; reconozco que es conveniente alimentarse; más que conveniente, necesario. ¿Ves? Ya no me río... ¿Ves? Ya como. De veras que tengo apetito... Pues... querida hermana, la alegría es una bendición de Dios. Cuando nace de nosotros mismos, es que algún ángel se aposenta en nuestro interior. Generalmente, después de una noche de insomnio, nos levantamos con un humor del diablo. ¿Por qué me pasa á mí lo contrario no habiendo pegado los ojos?... Tú no entiendes esto ni lo entenderás si yo no te lo explico. Estoy alegre porque... Antes debo decirte que paso mis madrugadas calculando las probabilidades del porvenir, entretenimiento muy divertido... ¿Ves? Ya he concluído el chocolate. Ahora venga el vaso de leche... Riquísima... Bueno, pues para calcular el porvenir, cojo yo las figuras humanas, cojo los hechos pasados, los coloco en el tablero, los hago avanzar conforme á las leyes de la lógica...
—Hijo mío, ¿quieres hacerme el favor de no marearte con esas simplezas?—dijo la dama, asustada de aquel desbarajuste cerebral.—Veo que no se te debe dejar solo, ni aun de noche. Es preciso que te acompañe siempre una persona, que en las horas de insomnio te hable, te entretenga, te cuente cuentos...
—Tonta, más que tonta. Si nadie me entretiene como yo mismo, y no hay, no puede haber cuentos más salados que los que yo me cuento á mí propio. ¿Quieres oir uno? Verás. En un reino muy distante, éranse dos pobres hormigas, hermanas... Vivían en un agujerito...
—Cállate: me incomodan tus cuentos... Será preciso que yo te acompañe de noche, aunque no duerma.
—Me ayudarías á calcular el porvenir, y cuando llegáramos al descubrimiento de verdades tan graciosas como las que yo he descubierto esta noche, nos reiríamos juntos. No, no te enfades porque me ría. Me sale de muy adentro este gozo para que pueda contenerlo. Cuando uno ríe fuerte, se saltan las lágrimas, y como yo nunca lloro, tengo en mí una cantidad de llanto que ya lo quisieran más de cuatro para un día de duelo... Deja, deja que me ría mucho, porque si no reviento.
—Basta, Rafael—dijo la dama creyendo que debía mostrar severidad.—Pareces un niño. ¿Acaso te burlas de mí?
—Debiera burlarme, pero no me burlo. Te quiero, te respeto, porque eres mi hermana, y te interesas por mí; y aunque has hecho cosas que no son de mi agrado, reconozco que no eres mala, y te compadezco... sí, no te rías tú ahora... te compadezco porque sé que Dios te ha de castigar, que has de padecer horriblemente.
—¿Yo? ¡Dios mío!—exclamó la noble dama con súbito espanto.
—Porque la lógica es lógica, y lo que tú has hecho tendrá su merecido, no en la otra vida, sino en ésta, pues no siendo bastante mala para irte al infierno, aquí, aquí has de purgar tus culpas.
—¡Ay! Tú no estás bueno. ¡Pobrecito mío!... ¡Yo culpas, yo castigada por Dios!... Ya vuelves á tu tema. La mártir, la esclava del deber, la que ha luchado como leona para defenderos de la miseria, castigada.. ¿por qué? por una buena obra. ¿Ha dicho Dios que es malo hacer el bien, y librar de la muerte á las criaturas?... ¡Bah!... Ya no te ríes... ¡Qué serio te has puesto!... Es que una razón mía basta para hacerte recobrar la tuya.
—Me he puesto serio, porque pienso ahora una cosa muy triste. Pero dejémosla... Volviendo á lo que hablábamos antes y al motivo de mi risa, tengo que advertirte que ya no me oirás vituperar á tu ilustre cuñado, no digo mío, porque mío no lo es. No pronunciaré contra él palabra ninguna ofensiva, porque como su pan, comemos su pan, y sería indigno que le insultáramos después que nos mantiene el pico. Los infames somos nosotros, yo más que tú, porque me las echaba de inflexible y de mantenedor caballeresco de la dignidad, pero al fin, ¡qué oprobio! disculpándome con mi ceguera, he concluído por aceptar del marido de mi hermana la hospitalidad, y esta bazofia que me dáis, y la llamo bazofia con perdón de la cocinera, porque sólo moralmente, ¿entiendes? moralmente, es la comida de esta casa como la sopa boba que en un caldero, del tamaño de hoy y mañana, se da á los pobres mendigos á la puerta de los conventos... Con que ya ves... No le vitupero, y cuando me reía, no me reía de él ni de sus gansadas, que tú vas corrigiendo para que no te ponga en ridículo... porque ese hombre acabará por hablar como las personas; de tal modo se aplica y atiende á tus enseñanzas; digo que no me río de él, ni tampoco de tí, sino de mí, de mí mismo... Y ahora me entra la risa otra vez: sujétame... Bueno, pues me río á mis anchas, y riéndome te aseguro que he calado el porvenir... y veo, claro como la luz del alma, única que á mí me alumbra..., veo que transigiendo, transigiendo y abandonándome á los hechos, sacerdote de la santa inercia, acabaré por conformarme con la opulencia infamante de esta vida, por hacer mangas y capirotes de la dignidad... Si esto no es cómico, altamente cómico, es que la gracia ha huído de nuestro planeta. ¡Yo conforme con esta deshonra, yo viéndoos en tanta vileza, y creyéndola no sólo irremediable, sino hasta natural y necesaria! ¡Yo vencido al fin de la costumbre y hecho á la envenenada atmósfera que respiráis vosotras! Confiésame, querida hermana, que ésto es para morirse de risa, y si conmigo no te alegras ahora será porque tu alma es insensible al humorismo, entendido en su verdadera acepción, no en la que le dió tu cuñadito el otro día, cuando se quejaba del mucho _humorismo de la chimenea_.»
Llegaron á su punto culminante las risotadas en esta parte de la escena, y en tal momento fué cuando Torquemada oyó desde fuera el alboroto.
V
—No se te puede tolerar que hables de esa manera—dijo la hermana mayor, disimulando la zozobra que aquel descompuesto reir iba levantando en su alma.—Nunca he visto en tí ese humor de chacota, ni esas payasadas de mal gusto, Rafael. No te conozco.
—De algún modo se había de revelar en mí la metamorfosis de toda la familia. Tú te has transformado por lo serio, yo por lo festivo. Al fin seremos todos grotescos, más grotescos que él, pues tú conseguirás retocarle y darle barniz... Pues sí, me levantaré: dame mi ropa... Digo que la sociedad concluirá por ver en él un hombre de cierto mérito, un tipo de esos que llaman _serios_, y en nosotros unos pobres cursis, que por hambre hacen el mamarracho.
—No sé cómo te oigo... Debiera darte azotes como á un niño mañoso... Toma, vístete; lávate con agua fría para que se te despeje la cabeza.
—Á eso voy—replicó el ciego, ya en pie y disponiéndose á refrescar su cráneo en la jofaina.—Y puesto que no tiene ya remedio, hay que aceptar los hechos consumados, y meternos hasta el cuello en la inmundicia que tu... vamos, que la fatalidad nos ha traído á casa. Ya ves que no me río, aunque ganas, no me faltan... Te hablaré seriamente, contra lo que pide lo jocoso del asunto... Y de esto dan fe las inflexiones de sátira que se notan... ¿no las has notado?... que se notan, digo, en el acento de todas las personas que han vuelto á entablar amistad con nosotros, después del paréntesis de desgracia.
—Yo no he notado eso—afirmó Cruz resueltamente;—y no hay tal sátira más que en tu descarriada imaginación.
—Es que á tí te deslumbran los destellos de esta opulencia de similor, y no ves la verdad de la opinión social. Yo, ciego, la veo mejor que tú. En fin, déjame que me fregotee un poco la cara y la cabeza, y te diré una cosa que ha de pasmarte.
—Lo mejor sería que te callaras, Rafael, y no me enloquecieras juzgando de un modo tan absurdo los hechos más naturales de la vida... Toma la toalla. Sécate bien... Ahora te sientas, y te peinaré.
—Pues quería decirte... Se me ha despejado la cabeza; pero es el caso que ahora me retoza otra vez la risa, y necesito contenerme para no estallar... Quería decirte que cuando se pierde la vergüenza, como la hemos perdido nosotros...
—¡Rafael, por amor de Dios...!
—Digo que lo mejor es perderla toda de una vez, arrancarse del alma ese estorbo, y afrontar á cara descubierta el hecho infamante... Cuando más, debe usarse en la cara el colorete de las buenas formas, una vez perdido el santo rubor que distingue las personas dignas de las que no lo son... (_Conteniendo la risa_) Tú, autora de todo esto, debes ir ya hasta el fin. No te detengas á medio éxito. Fuera escrúpulos, fuera delicadezas que ya resultarían afectadas. ¿No has conseguido aún que el amo os dé coche para salir publicando por calles y paseos la venta que habéis hecho de...? ¡Oh! no me tires del pelo. Me haces daño.
—Es que me pones nerviosa... ¡Pobre sér delicado y enfermo, á quien no se puede aplicar el correctivo de una azotaina!
—Decía que la venta... Bueno: retiro la palabra. ¡Ay!... Ello es que harás muy bien en sonsacarle el gasto del coche. El otro, mascando las palabras finas con las ordinarias, tascará el freno que tú le pones con tu talento y tu autoridad. Á cambio de la representación social con que alimentas su orgullo de pavo..., no digo de pavo real, sino de pavo común, de ese que por Navidad se engorda con nueces enteras..., á cambio de la representación social, él te dará cuanto le pidas, renegando, eso sí, porque tiene la avaricia metida en los huesos y en el alma; pero cederá, como tú sepas trastearlo, y ¡vaya si sabes! Y conseguirás el abono en el Real y en la Comedia, y las reuniones y comidas en determinados días de la semana. Hartaos de riqueza, de lujo, de vanidad, de toda esa bazofia que ha venido á sustituir el regalo fino de los sentimientos puros y nobles. ¡Que os pague en lo que valéis, que no descanse en sus arcas una sola peseta de las que continuamente trae á ellas el negocio, sucio como alma de condenado! Apenas entre la santa peseta, escamoteadla vosotras, para gastarla en trapos, comistrajes, diversiones públicas y privadas, objetos artísticos, muebles de lujo. Duro en él, á ver si revienta y os quedáis dueñas de todo, que esa sería vuestra jugada.
—Rafael, ya no más—dijo la dama vibrando de cólera.—He oído tus disparates con mi santa paciencia; pero ésta se agota ya. Tú la crees inagotable; por eso abusas... Pero no lo es, no lo es. Ya no puedo acompañarte más. Pinto acabará de vestirte... (_Llamando._) Pinto... chiquillo... ¿Qué haces?
Acudió al instante el lacayito, cargado de ropa que el sastre acababa de traer.
—Estaba recogiendo el traje nuevo del señorito Rafael. El sastre dice que quiere vérselo puesto.
—Pues que pase. (_Á Rafael._) Ya tienes entretenimiento para un rato. Volveré á verte vestido, y como alguna prenda no esté bien, se le devuelve para que la reforme. (_Al sastre._) Pase usted, Balboa... Hay que probar todo. Ya sabe usted que este caballero es muy escrupuloso y exigente para la ropa. Conserva el sentido del buen corte y del ajuste, como si pudiera apreciarlos por la vista. (_Á Pinto._) Anda, ¿qué haces? Quítale el pantalón.
—Sí, Sr. Vasco Núñez de Balboa—dijo Rafael tocado otra vez de su jocosidad nerviosa.—Me basta ponerme una prenda, para conocer por el tacto, por el roce de la tela, hasta las menores imperfecciones de la hechura. Con que... á mí no me traiga usted chapucerías fiándose de mi ceguera. Venga el pantalón... Y á propósito, amigo Balboa: mi hermana y yo hablábamos ahora... ¿Se ha ido mi hermana?
—Aquí estoy, hombre... Ese pantalón me parece que va muy bien.
—No está mal. Pues decía que necesito más trapo, Sr. Balboa. Otro terno de entretiempo, un gabán como el que lleva Morentín, ¿sabe usted? y tres ó cuatro pantalones de verano, ligeros. ¿Qué dice mi señora hermana?
—¿Yo? nada.
—Me pareció que protestabas de esta pasión mía de la ropa buena y abundante... Pues te digo que algo me ha de tocar á mí del cambio de fortuna... Y te digo más: quiero un frac... ¿Que para qué lo necesito? Yo me entiendo. Necesito un frac.
—¡Jesús!
—Ya lo sabe usted, Vasco Núñez... ¿Se ha ido mi hermana?
—Aquí estoy... y está conmigo toda mi paciencia.
—Me alegro mucho. La mía se ha evaporado, llevándose otra cosa que no quiero nombrar. Y en el hueco que dejó, se ha metido un ardiente apetito de los bienes materiales... No tengo la culpa de ello, ni soy yo quien ha traído á casa esta desmoralización mansa. Maestro, el frac prontito... Y tú, hermana querida... ¿Pero se ha ido...?
—Ahora sí... Se fué la señora—indicó tímidamente el sastre,—y me parece que un poquitín incomodada con usted.
Y era verdad que salió del cuarto la dama, no sólo por librarse de aquel suplicio, sino porque suponía, con algún fundamento, que su presencia era lo que excitaba más al desdichado joven. Allá le dejó con Pinto y el sastre todo el tiempo que duraron las probaturas y el quita y pon de ropa. Á la hora de almorzar, volvió D. Francisco de la calle, y sorprendió á su cuñada con los ojos encendidos, suspirona y triste.
—¿Qué hay, qué ocurre?—le preguntó alarmadísimo.
—Esto nos faltaba... Le aseguro á usted, amigo mío, que Dios quiere someterme á pruebas demasiado duras... Rafael está enfermo, muy enfermo.
—Pues si esta mañana se reía como un descosido.
—Precisamente... ese es el síntoma.
—¡Reirse... síntoma de enfermedad! Vaya, que cada día descubre uno cosas raras en este _nuevo régimen_ á que ustedes me han traído. Siempre he visto que el enfermo lloraba, bien porque le dolía algo, bien por falta de respiración, ó por no poder romper por alguna parte... Pero que los enfermos se desternillen de risa, es lo único que me quedaba que ver.
—Lo mejor—indicó Fidela ocupando su asiento en la mesa, y mirando con sereno y apacible rostro á su marido,—será llamar á un médico especialista en enfermedades nerviosas... Y cuanto más pronto mejor...
—¡Especialista!—exclamó Torquemada, perdiendo repentinamente el apetito.—Es decir, un medicazo de mucha fanfarria, que después de dejar á tu hermano peor que estaba, ponga unos _emolumentos_ que nos partan por el eje.
—No podemos consentir que tome cuerpo esa neurosis—dijo Cruz ocupando su sitio.
—¿Esa qué?... ¡Ah! ya, neurosis, _paparruchosis_... Mire usted, Cruz, lo que no haga mi yerno, no lo hará ningún facultativo de esos que se dan importancia desbalijando al género humano, después de llenar de cadáveres nuestros _clásicos_ cementerios.
—No te pongas cargante, querido Tor—arguyó Fidela con dulzura.—Hay que llamar un especialista, dos especialistas, aunque sean tres.
—Con uno basta—manifestó Cruz.
—No, mejor será traer acá un rebaño de doctores—agregó D. Francisco, recobrando el apetito.—Y luego que acaben de recetar, nos iremos todos á los Asilos del Pardo.
—Es usted la misma exageración, señor mío—díjole Cruz festivamente.
—Y usted el maquiavelismo en persona, ó personificado... Y entre paréntesis, señoras mías, esa cocinera de ocho duros será la octava maravilla; pero á mí no me la da. Estos riñones me saben á quemado.
—Si están riquísimos.
—Mejor los ponía Romualda, á quién despidieron ustedes porque se peinaba en la cocina... En fin, me resigno á este orden de cosas, y transigiremos...
—Transacción—dijo Fidela, pasando la mano por el hombro de su marido.—En vez de llamar los tres especialistas...
—¿Tres nada menos? Dí más bien las tres plagas de Faraón, y la langosta médico-farmacéutica.
—Pues en vez de llamar al especialista, llevamos á Rafael á París para que le vea Charcot.
VI
—¿Y quién es ese peine?—preguntó Torquemada, cuando hubo tragado el pedazo de carne, que al oir _Charcot_ se le atravesó sin querer pasar ni para arriba ni para abajo.
—No es peine. Es el primer sabio de Europa en enfermedades cerebrales.
—Pues yo—afirmó el tacaño, dando un golpe en la mesa con el mango del tenedor,—yo, yo le digo al primer sabio de Europa que se vaya á freir espárragos... y que si quiere enfermos ricos, que vaya á recetarle á la gran puerquísima de su madre.
—¡Hombre, qué cosas dices...!—manifestó Fidela con dulce severidad y blando mimo.—Francisco, por Dios... Mira, tontín, con el viaje á París matamos dos pájaros de un tiro.
—No, si yo no quiero matar pájaros de un tiro, ni de dos.
—Llevamos á Rafael á que le vea Charcot.
—Si no hiciera más que verle... Pues con mandarle el retrato...
—Digo que curaremos á Rafael, y de paso, verás tú á París, que no lo has visto.
—Ni falta que me hace.
—¿Que no? ¿Te parece que no es desairado tener que decir, cuando se habla de grandes poblaciones, «pues señores, yo no he visto más que Madrid... y Villafranca del Bierzo»?... No te hagas el zafio, que no lo eres. ¡París! Si tú lo vieras, se ensancharía el círculo de tus ideas.
—_El círculo de mis ideas_—dijo Torquemada, recogiendo con avidez la frase, que le pareció bonita, y quedó encasillada en su archivo de locuciones,—no es ninguna manga estrecha para que nadie me la ensanche. Cada uno en su círculo, y Dios en el de todos.
—Y una vez en París—añadió la esposa con ganas de trastear dulcemente á su marido,—no nos volveríamos sin dar una vueltecita por Bélgica, ó por el Rhin.