Part 17
—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser respetado.
—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...
—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave. Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me he equivocado en todo...
—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque _este cura_, cuando se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de guardar la Biblia, y ahora resulta...
—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado de la conciencia. Fíjese bien en lo que voy á decirle, y comprenderá la magnitud de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con usted, por razones diversas.
—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde cardenillo.
—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi familia deshonrada, á mis hermanas envilecidas.
—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y porque prestaba dinero á interés.
—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.
—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de _ñales_.
—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que usted le inspiraría asco, aversión...
—Pues me parece que... ¡digo!
—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del monstruo que intentaban amansar.
—¡Hombre, tanto como monstruo...!
—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la _papisa Juana_, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle, y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.
—Me parece que no desafino...
—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático, creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy común en nuestra sociedad.
—Hombre, hombre...
—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era más que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.
—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría... Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una noche... en confianza _de ella para mí_: «Tor, el día que te aborrezca, me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es desconocido el adulterio, y lo será siempre.»
—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su salvación. Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció que la Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á un sér híbrido...
—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.
—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta usted admirablemente á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y la sociedad que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un sér superior, dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glorifican, sin distinguir si lo que dice es tonto ó discreto, y le mima la Aristocracia, y le aclama la Clase Media, y le sostiene el Estado, y le bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es un éxito, y usted mismo llega á creer que es finura su rudeza, y su ignorancia ilustración...
—Eso no, no, Rafaelito.
—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme seguir; yo bien sé que...
—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro que soy un bruto... claro, un bruto _sui generis_. Á ganar dinero, eso sí, ¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.
—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar dinero á montones.
—_Seamos justos_: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, _convengamos_ en que soy un animal.
—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen por un prodigio, y le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de la otra noche, y el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con la mano en el corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué opinión tiene usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del banquete?»
XI
Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo secreto, le dijo:
—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento y pienso. Mi discurso no fué más que una _serie no interrumpida_ de vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada... Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí que aplaudían al hombre de dinero, no al _hablista_.
—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente era un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...
—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo _un núcleo_ de dos ó tres, eran más tontos que yo.
—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.
Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus ademanes.
—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se trabó entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía la dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición, el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted, y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole, depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que polvo. Me declaro vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr. D. Francisco, yo no puedo estar aquí.
Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él, sujetándole en el asiento.
—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí.
—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un altar y adorarla.
—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me dejara capitalizar mis ganancias.
—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz más _objetivo_, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad. ¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico, y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque lo tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y me declaro el mayor de los mentecatos... (_Levantándose bruscamente._) Debo retirarme..., abur...
Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse.
—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital... Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor. Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr. D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he pedido en mi vida, y el último también?
—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy, alarmado del tono patético que iba tomando su hermano político.
—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba. Es un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me olvidaba de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la pared del Oeste.
—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto dispendio.
—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de un sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.
—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un poquito; no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el _llevarte_ á Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú de la _clásica_ nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo quite.
—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome los honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de hacerle, hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás será usted lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de San Blas sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha perdido toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del panteón y lo de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: lo mismo me da.
—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero, hijo, tú estás en babia, ó te has propuesto tomarme el pelo, _por decirlo así_. Si no has de morirte, ni ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado! yo no habría de reparar...
—Á un muladar, digo.
—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por lo _poético_, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?
—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo. Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero. ¡Pobre niño!
—Durmiendo está como un ángel.
—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos salones las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro de Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su iglesia propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser un Rastro decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los despojos de la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea usted—añadió con tétrica amargura,—que es preferible la muerte al desconsuelo de ver lo más bello que en el mundo existe en manos de los Torquemadas.
Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió tentando las paredes.
XII
Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el principal quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes conceptos que á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión hubo de pasar á la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, y con discreto golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.
—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? _Me inclino á creer_ que no estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?
—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su solicitud. Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me desnudo. Me da por dormir vestido.
—Hace calor.
—Frío tengo yo.
—Y Pinto, ¿dónde está?
—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.
Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una pierna sobre otra.
—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte?
—Á que venga Pinto para quitarme las botas.
—Te las quitaré yo si quieres.
—_Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido_—dijo Rafael alargando un pie.
—No es así—observó D. Francisco, con alarde de erudición, sacando la primera bota.—_De damas_ se dice, no de Reyes.
—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho _de Reyes_... _Velay_, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño.
—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan augusto... Guasón está el tiempo.
—Y tiene razón. La Monarquía es una fórmula vana, la Aristocracia una sombra. En su lugar, reina y gobierna la dinastía de los Torquemadas, _vulgo_ prestamistas enriquecidos. Es el imperio de los capitalistas, el patriciado de estos Médicis de papel mascado... No sé quién dijo que la nobleza esquilmada busca el estiércol plebeyo para fecundarse y poder vivir un poquito más. ¿Quién lo dijo?... á ver... usted que es tan erudito...
—No sé... Lo que sé es que _esto matará aquello_.
—Como dice Séneca, ¿verdad?
—Hombre, Séneca no... No _tergiverses_...—observó el Marqués sacando la primera bota.
—Pues yo añado que la ola de estiércol ha subido tanto que ya la humanidad huele mal. Sí, señor, y es un gusto huir de ella... Sí, señor, estos Reyes modernísimos me cargan, sí, señor, sí. Cuando veo que ellos son los dueños de todo, que el Estado se arroja en sus brazos, que el Pueblo les adula, que la Aristocracia les pide dinero, y que hasta la Iglesia se postra ante su insolente barbarie, me dan ganas de echar á correr, y no parar hasta el planeta Júpiter.
—Y uno de esos Reyes de pateta soy yo... já, já...—dijo D. Francisco festivamente.—Pues bueno, como Soberano, aunque de sangre y cepa de plebe arrastrada, ordeno y mando que no digas más tonterías, y que te acuestes, y á dormir como un bendito.
—Obedezco—replicó Rafael echándose vestido sobre la cama.—Participo á usted, después de darle las gracias por haberse prestado ¡todo un señor Marqués! á ser esta noche mi ayuda de cámara, que de hoy en adelante seré la misma sumisión, y _la obediencia personificada_, y no daré el menor disgusto, ni á usted mi cuñado ilustre, ni á mis buenas hermanas.
Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud semejante á la de la maja yacente de Goya.
—Me parece bien. Y ahora... á dormir.
—Sí, señor; el sueño me rinde, un sueño repador, que me parece no ha de ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un largo sueño.
—Pues te dejo. Ea, buenas noches.
—Adiós—dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, ya junto á la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la cual el descendiente de los Águilas era, salva la ropa, una perfecta imagen de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del Viernes Santo.
—¿Se te ofrece algo, Rafaelito?
—No... digo, sí... ahora que me acuerdo... (_Incorporándose._) Se me olvidó darle un besito á Valentín.
—¡Qué tontería! ¿Y por eso te levantas? Yo se lo daré por tí. Adiós. Duérmete.
Salió el tacaño, y en vez de bajar, metióse en la oficina donde trabajaba el tenedor de libros. Como sintiera al poco rato los pasos de Pinto, le llamó. Díjole el criadito que D. Rafael se hallaba aún en vela, y que después de tomar parte del agua con azúcar, le había mandado por una taza de te.
—Pues tráesela pronto—le ordenó el amo,—y no te muevas del cuarto hasta que veas que está bien dormido.
Transcurrió un lapso de tiempo que el tacaño no pudo apreciar. Hallábanse él y Argüelles Mora revisando una larga cuenta, cuando sintieron un ruido seco y grave, que lo mismo podía ser lejano que próximo. Segundos después, alaridos de la portera en el patio, gritos y carreras de los criados en toda la casa... Medio minuto más, y ven entrar á Pinto desencajado, sin aliento.
—Señor, señor...
—¿Qué, con mil Biblias?
—¡Por la ventana... patio... señorito... pum!
Bajaron todos... Estrellado, muerto.
Santander. La Magdalena.—Junio de 1894.
FIN DE TORQUEMADA EN EL PURGATORIO
End of Project Gutenberg's Torquemada en el purgatorio, by Benito Pérez Galdós