Part 16
»Yo, señores, no me canso de repetíroslo, soy un hombre muy humildísimo, muy llano, de cortas facultades (_voces de no, no_), de pocas luces (_no, no_), de escasa instrucción; pero á formalidad no me gana nadie. ¿Queréis que _os defina mi actitud_ moral y religiosa? Pues sabed que mis dogmas son el trabajo, la honradez (_murmullos de aprobación_), el amor al prójimo, y las buenas costumbres. De estos principios parto yo siempre, y por eso he podido llegar á labrarme una posición independiente. Y no creais que doy de lado, _por decirlo así_, al dogma sagrado de nuestros mayores. No; yo sé dar _al César lo que es del César_, y al Altísimo... también lo suyo. Porque á buen católico no me gana nadie, bien lo sabe Dios, ni en lo de defender las _venerandas creencias_. Adoro á mi familia, en cuyo... _foco_, en cuyo seno encuentro la felicidad, y os aseguro que de mi casa al Cielo no hay más que un paso... (_Con ternura._) Yo no debía hablar de estas cosas, que son del _elemento privado_... (_Voces: sí, sí, que siga._) Pero mi familia, ó _séase_ el _círculo_ del hogar doméstico, es lo primero en mi corazón, y pienso en ella siempre, y no puedo apartar del pensamiento aquellos pedazos de... No, no sigo; permitidme que no siga... (_Gran emoción en el auditorio._)
»De política nada os digo. (_Voces, sí, sí._) No, no señores. No he llegado á saber todavía qué partidos tenemos, ni para qué nos sirven. (_Risas._) Yo no he de _ser poder_, ni he de repartir credenciales... no, no... veo que _pululan_ los empleados, y que no hay nadie que se decida á _castigar_ el presupuesto. Claro, no _castigan_ porque á los mismos castigadores les duele. (_Risas._) Yo me lavo las manos: _blasono_ de obedecer al que manda, y de no _barrenar las leyes_. Respeto á _tirios_ y _troyanos_, y no regateo _el óbolo_ de la contribución[14]. _Á fuer de_ hombre práctico, no hago la oposición sistemática, ni me meto en _maquiavelismos_ de ningún género. Soy _refractario_ á la intriga, y no acaricio más idea que el bien de mi patria, tráigalo Juan, Pedro ó Diego. (_Muy bien._)
[14] En el grupo de los críticos. _Morentín_: «¿Pero han visto ustedes un ganso más delicioso?»—_Juan de Madrid_: «Lo que veo es que es un guasón de primera.»—_Zárate_: «Como que nos está tomando el pelo á todos los que estamos aquí.»
»Concluyo, señores... porque ya estaréis fatigados de oirme (_no, no_), y yo también fatigado de hablar, pues no tengo costumbre, ni sé expresarme con todo el brillo peculiar... ni... ni con la prosa correcta... que... En fin, señores, concluyo con las manifestaciones de mi gratitud por vuestras manifestaciones..., por este _holocausto_[15], por este homenaje magnánimo y verídico. Lo digo y lo repito: yo no merezco esto; yo soy indigno de obsequios tan... sublimes, y que no tienen _punto de contacto_ con mis cortos merecimientos. No me atribuyáis á mí _rasgos_ que no me pertenecen. La verdad ante todo. En la cuestión del ferrocarril no he hecho más que obedecer el impulso de un ilustre y particular amigo mío, aquí presente, y á quien no nombro por no ofender su _considerable_ modestia (_Todos miran al señor Marqués de Taramundi, que baja los ojos y se sonroja ligeramente._) Este amigo es el que ha movido toda la tramoya de la vía férrea, y á él se debe[16] _la coronación_ del éxito, porque aunque no ha figurado para nada, _detrás de la cortina_ ha manejado todo muy lindamente, de modo que bien puedo deciros que ha sido...[17] pasmaos, señores, el _Deus ex machina_ del ferrocarril de Villafranca al Berrocal. (_Ruidosísimos aplausos. Los leoneses se rompen las manos._)
[15] Sofocadas risas en el grupo de los críticos.
[16] Prepárase el orador á soltar la frase bonita aprendida días antes, y en cuyo efecto confía, si acierta á decirla sin error de pronunciación.
[17] Parándose para recordar bien la frase antes de soltarla.
»Pues...[18] ya no me resta que deciros sino que mi gratitud será eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los presentes, sin distinción de _tirios_ ni de _troyanos_ (_risas_), me tienen incondicionalmente á su disposición. No es por alabarme; pero sé distinguir, y nadie me gana en servir á mis amigos y ayudarles en... lo que necesiten, quiero decir, que en _cualesquiera_ cosa en que necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad de que tendrán en mí un seguro servidor, un amigo del alma, y... un compañero, dispuesto á prestarles... todo el concurso _desinteresado_, todo el favor, todo el apoyo moral y moral, toda la confianza del mundo... siempre con el alma, siempre con el corazón... Les ofrezco, pues, con fina voluntad mi hacienda, mi persona, y todo cuanto soy y cuanto valgo. He dicho.» (_Aplausos frenéticos, delirantes aclamaciones, gritos, tumulto. Todo el mundo en pie palmoteando, sin cesar, con estrépito formidable. La ovación no tiene término._)
[18] La cara del orador irradia de júbilo, por lo correcta que le salió la frase.
IX
Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante, y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos, la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos, de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la gota gorda, no le dijo más que:
—Colosal, amigo mío, colosal.
Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le gustase.
—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un tercero.
—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco.
—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho usted...!
—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de esta le hacemos á usted ministro.
—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de tanto estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.
—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas, estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.
De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:
—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome usted á broma; orador y de los grandes...
—Quite usted... por Dios.
—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía poner en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y muy bien parladas. Mi enhorabuena.
Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además de pedante, era un consumado histrión, y le dijo:
—¡Ay, qué noche, qué emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la ciencia... sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como nadie... ¡Qué síntesis tan ingeniosa! ¡_La ordinaria_ del mundo entero! Bien, amigo mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.
Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no, no se burlaban, porque en efecto, había hablado _con sentido_, él lo conocía y se lo declaraba á sí mismo, _eliminando_ la modestia. No se consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.
Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación. Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato, desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de plácemes.
—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su esposa.—Bien sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún en la cuenta de que tienes mucho talento.
—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene: el mundo entero parece que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora?
—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo... señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más.
—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora empezamos... Prepárese.
—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el árbol.
—Mañana hablaremos.
Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante orador, que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que le pusiera su _apoteosis_, sino por las reticencias amenazadoras de su implacable tirana.
Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael. Una ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso, y no se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la mañana colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole en las nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su sentido práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon las visitas de personajes _propios_ y _extraños_, algún diplomático, Directores de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores, y dos Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había dicho cosas _de mucha miga_, y que había logrado _poner los puntos sobre las íes_. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el Papa, y hasta el propio Emperador de Alemania. La Iglesia no careció de representación en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar al tacaño, el Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre Respaldiza, y el señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el vocabulario de la lisonja.
—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los ricos que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las clases menesterosas.
Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose en la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento, porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba, asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva dentellada daba la gobernadora á sus considerables _líquidos_, que más bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le sepultaba entre sus ruinas.
En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como no le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la familia Real, y se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á las oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía ser más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de aquel demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo del hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento, tragando una saliva más amarga que la hiel.
—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí á un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre el Nuncio...
Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama gobernadora que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias difíciles de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros momentos, al desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y puñetazos sobre la mesa habrían infundido pavor en ánimo menos esforzado que el de Cruz.
—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.
—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque, comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte por unos seis millones nada más?
—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?
—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?
Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper. Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de aquella compra reportaría.
—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: _esto matará á aquello_... Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de corresponder...
—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted que ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...
—Sí, señora... ¿y qué?
—Que sale á subasta su galería.
—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?
—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar en reales museos.
—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de tanto golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.
—Usted.
—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y que Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos y españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!
—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como idiota.
—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende al Louvre, ó á la _National Gallery_, que pagarán á peso de oro los de Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y Van Dick...
—¿Y qué más?
—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería del Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la tasación es bajísima.
—El _Bajísimo_ ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. ¡Con que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro viejo?
—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer esas preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración de las personas de gusto. Tendremos un soberbio Museo, y tú gozarás fama de hombre ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras; serás una especie de Médicis...
—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo. Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras, y de la desgracia que le _acarreáis_.
—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con el archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere comprarlo. ¡Vaya un archivo!
—Como que estará lleno de ratas.
—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos, libros rarísimos...
—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, ya no más. Lloraría como un chiquillo, si con estos resquemores no se me hubiera secado el _foco_ de las lágrimas.
Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera desperezarse, lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección fea, y tan pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, que de la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los últimos pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con Cruz le dijo:
—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, _dilapidar_ mi dinero estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese, que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito..., quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de mí! me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él dirá...
—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa ya.—Vámonos á comer.
—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras á tí...
—¡Brrrr!...
X
Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella mañana (la del _tantos_ de Abril, que había de ser día memorable) llegaron á la casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza. Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan fecunda en experimentales enseñanzas.
De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. Se convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. La madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia con exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de Rafael, que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes mentales ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho agradeció el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á nadie. Anhelaba estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa.
Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al momento, si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, se puso á trabajar en el gabinete. El chiquitín dormía, custodiado de cerca por el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por la escalera de servicio.
Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.
—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.
—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no querías ver á nadie. _Por lo demás_, yo tenía ganas de verte, y de echar un párrafo contigo.
—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo han contado muy detalladamente.
—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre _artista_ de la _cuenta_ y _razón_, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante de tanta gente culta y _facultativa_! Créelo; mientras hablaba, _para entre mí_ me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.
—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la barba.—Ha llegado usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que puedan decir otro tanto.
—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro, rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las alturas.
—Es usted el hombre feliz.
—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y acertarás. No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de vivir conforme á su natural. La _opinión pública_ me cree dichoso, me envidia, y no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero mártir _del Gólgota_, quiero decir, de la _cruz_ de mi casa, ó en otros términos, un atormentado, como los que pintan en las láminas de la Inquisición ó del Infierno. _Heme aquí_ atado de pies y manos, obligado á dar cumplimiento á cuantas ideas _acaricia_ tu hermana, que se ha propuesto hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador de la China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana sabe más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó es la _Papisa Juana_ en figura de señora.
—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el ciego.—Es artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con usted maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo de barro, lo amasa...
—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China, siempre saldré puchero de Alcorcón.
—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!
—Se me figura que sí. Porque verás...
Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo que bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel _momento histórico_, un grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo raro del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á desembuchar ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más íntimos de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había venido á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse el uno al otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada el conflicto en que se veía, de tener que _hacerse con_ un palacio y _la mar de_ pinturas antiguas, _diseminando_ el dinero y privándose del gusto inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un capital fabuloso, que era su _desideratum_, su _bello ideal_, y su _dogma_, etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el desconsuelo que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba un gasto considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que el tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.
—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy próxima la terminación de mis martirios.
Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.
—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer lo que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero; como que es usted avaro...
—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.