Torquemada en el purgatorio

Part 15

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Afanado buscó á Donoso entre los que á una banda y á otra tenía en fila de honor, como los apóstoles en el cuadro de la _Cena_, y notó vacío el puesto de su amigo, que en aquel momento hubiérale sido de gran ayuda, pues sólo con que él le alentara recobraría la serenidad, y con la serenidad, la memoria.

—¿Qué ha sido de D. José?—preguntó con viva inquietud.

Pronto fué informado de que había tenido que abandonar la mesa, porque le avisaron que su esposa se hallaba en peligro de muerte. Contrariedad no floja era ésta para el tacaño, pues sólo con mirar á Donoso, las ideas se le refrescaban y acudían á su mente las palabras finas, y el habla elegante, acompasada y ceremoniosa.

Pues señor, no había más remedio que salir del paso como se pudiera. Procuraría reconcentrar todas las energías del caletre, sin dejar de atender á la charla de los dos _apóstoles_ que á su lado tenía. No tardaron en apuntar en su mente algunos conceptos de lo que había escrito la noche anterior; pero las ideas aparecieron en dos ó tres formas, porque escribió primero algo que no hubo de parecerle bien, y lo rompió y vuelta á escribir, y á romper... Vamos, que aquello era un ciempiés. Por suerte suya recordaba perfectamente diversas formulillas retóricas oídas en el Senado, y que se pegaban á su magín como líquenes á la roca... Luego, algo había que dejar á la inspiración del momento, sí, señor...

Sirvieron una como torta que D. Francisco no supo si era cosa de hielo, ó de fuego, porque por un lado quemaba, y por otro ponía los dientes como si mascaran nieve... No se dió cuenta del curso del tiempo, y de pronto vió que entre él y el comensal de la derecha se introducía el brazo del mozo con una botella, y que le echaba _champagne_ en la copa chata. En el mismo instante sintió tiroteo de taponazos, y una algazara, un murmullo sordo y penetrante... Levantóse uno de aquellos _puntos_, y por espacio de medio minuto no se oyó más que el chicheo de los que mandan callar. Prodújose al fin un silencio relativo, y... ahí va el discursito en nombre de la junta organizadora, explicando el objeto de aquel homenaje.

VII

En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la mañana. ¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si _hacía uso_ de la palabra, _asumiendo la representación_ de la junta organizadora, él tan humilde, él tan poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía. Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía..., «rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de nuestros _loores_, _señores_, para que sepa lo que vale, para que la sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (_Grandes aplausos; el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D. Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más._)

No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que debía tener fama de orador brillante, porque le procedió un murmullo de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco, con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si aquello dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito. ¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por Madrid ó por Lieja) iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por allá, las espirales de humo _que escribían sobre el azul del cielo el poema_ de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, la fuerza de cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir á parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen el rayo solar, y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y á todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de gotas de rocío, dinamos y manivelas.

Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas, hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad dándose de cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse redimir. Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los _hombres de acción_. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna! aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (_Grandes aplausos como salutación al nombre._) Después de un breve panegírico del ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un obrero que se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al hospital.

Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.

—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.

La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. Á cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste y al otro, levantóse, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado para _llenar este vacío_ era un antiguo periodista, magistrado por poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes.

—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la cárcel. (_Risas._) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él vino á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que le damos un _menú_ (que algunos llaman _minuta_) de discursos, un verdadero _indigestivo_ para que le haga daño la comida.

El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia diciendo:

—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy, y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es un pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos. (_Risas._) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse; pobrecito dije y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo riquezas, las consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro, porque lo destina á mejorar nuestra condición moral y material. (_Aplausos, aunque el argumento á nadie convencía._)

Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que terminó, ofreciendo cómicamente su protección al _administrador de la humanidad_, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves, otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía, ¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego. Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de más allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que el señor de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga, llamando á Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que había venido de Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D. Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á un oportunísimo _quite_, se pudo evitar que unos _ñales_ de poetas leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas, y el objeto _serio_ de la solemnidad, no _estaba en carácter_ la lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio; quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, el señor de Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se produjese el silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á los diligentes taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.

VIII

—«Señores: no voy á pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y vosotros... digo que aunque vosotros gustárais de oírmelo, yo no podría, por causa de mi pobreza... (_murmullos_) de mi pobreza de medios oratorios. Soy un individuo rudo, _eminentemente_ trabajador, y de la clase del pueblo, artesano _por excelencia_ del negocio honrado (_Bien, bien_)... No esperéis de mí discursos más ó menos floreados, porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria. Pero, señores y amigos, no puedo faltar á lo que exigen de mí vuestra cortesía y mi gratitud[1], y he de manifestar cuatro mal pergeñadas... manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura, serán la expresión _sincera_ de un corazón agradecido, de un corazón noble, de un corazón que late...[2], ahora y siempre, al compás de todo sentimiento hidalgo y generoso. (_Muy bien._)

[1] Frase aprendida de Donoso dos días antes.

[2] Procura recordar un final del párrafo que oyó en el Senado, y al fin lo enjareta como Dios le da á entender.

»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi elocuencia... la acción. (_Aplausos._) La acción señores. ¿Y qué es la acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida, la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más que lo que se dice. _Háse dicho_... (_pausa_) háse dicho que la palabra es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es todo perlas orientales, y brillantes magníficos. (_Aprobación calurosa._)

»_Cábeme la satisfacción_ de contestar á los señores que me han precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (_pausa_) _cúmpleme declarar_ que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran á ello consideraciones de este y el otro linaje, sin que _de cerca ni de lejos_ me hayan traído aquí móviles de vanidad...[3], hasta el punto de que... mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la _línea de conducta_ que he observado siempre, y afirmarme en la tesis de que debemos rehuir cuanto _tienda_ al enaltecimiento personal..., que ¡harta representación tienen _en el actual momento histórico_ las personalidades, señores...![4] y es tiempo ya de que se glorifiquen los hechos, no las personas, los principios, no las entidades... que yo reconozco su mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que por encima del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran principio de obrar (_alzando la voz_) cada cual en su propio elemento, y en _el círculo_ de sus propias operaciones. (_Muy bien, bravo._)

[3] El orador, que se animaba ya, creyéndose en terreno firme, y dominando toda la fraseología del Senado, se embarulla, y no acierta á terminar la oración.

[4] Encontrando al fin la salida de aquel laberinto.

»¿Quién es el que tiene el honor de dirigiros su modesta palabra en este momento? Pues no es más que un pobre obrero, un hombre que todo lo debe á su misma iniciativa, á su laboriosidad, á su honradez, á su constancia. Nací, como quien dice en la mayor indigencia, y con el sudor de mi rostro he amasado mi pan, y he vivido, _orillando_ un día y otro día las dificultades, cumpliendo siempre mis obligaciones, y _evacuando_ mis negocios con la más estrictísima moralidad. Yo no he hecho ningún arco de iglesia; yo no he tenido arte ni parte con el demonio, como _errada y torpemente_[5] creen algunos (_risas_), yo no tengo el don del milagro. Si he llegado donde estoy, lo debo á que he tenido dos virtudes, y de ello me alabo con vuestro beneplácito, dos virtudes. ¿Cuáles son? _Hélas aquí_: el trabajo, la conciencia. He trabajado en una _serie no interrumpida_ de, de... de tareas _económico-financieras_, y he practicado el bien, haciendo todos los favores posibles á mis semejantes, y _labrando_ la felicidad de cuantas personas me encontraba al alcance de mi acción. (_Bien, muy bien._) Ese ha sido mi _desideratum_, y la idea que _he abrigado_ siempre: hacer todo el bien que podía á mis semejantes. Porque el negocio, _vulgo_ actividad, fijaos bien, señores, no está reñido con la caridad, ni con la humanidad más ó menos doliente. Son dos elementos que se completan, dos _objetivos_ que vienen á concurrir en un sólo _objetivo_; _objetivo_, señores, del cual tenemos una imagen en nuestras conciencias, pero que reside en el Altísimo[6]. (_Grandes, ruidosos y entusiastas aplausos._)

[5] Adverbios que pescó en el Senado el día anterior.

[6] Frase tergiversada de otra que leyó el día anterior en un periódico.

»Pero si declaro que siempre fué mi _línea de conducta_ hacer el bien á todos, sin distinción de clases, á todos, _tirios y troyanos_, también os digo que, como trabajador _por excelencia_, nunca, nunca he _dado pábulo_ á la ociosidad, ni he protegido á gente viciosa, porque eso ¡cuidado! ya no sería caridad, ni humanidad, sino falta de sentido práctico; eso sería _dar el mayor de los pábulos_ á la vagancia. De mí se podrá decir todo lo que se quiera; pero no se dirá nunca que he sido el Mecenas de la holgazanería. (_Delirantes aplausos._)

»_He partido siempre del principio_ de que cada cual es dueño de su propio destino, y será feliz el que sepa labrarse su felicidad, y desgraciado el que no sepa labrársela[7]. No hay que quejarse de la suerte... ¡Oh, la suerte, pamplinas, tontería, _dilemas_, _antinomias_, _maquiavelismos_! No hay más desgracias que las que uno se _acarrea_ con sus yerros. Todo el que quiere poseer los _intereses_ materiales, no tiene más que buscarlos. Busca y encontrarás, que dijo el otro. Sólo que hay sudar, moverse, aguzar la entendedera, _en una palabra_, trabajar, _ora_ sea en este, _ora_ en el otro oficio. Pero, lo que es dándose la gran vida en paseos y jaranas, charlando en los casinos, ó enredando con las buenas mozas (_risas_), no se gana el pan de cada día... y el pan está allí, allí, vedlo, allí[8]. Pero es menester que vayáis á cogerlo; porque él, el pan, no puede venir á buscaros á vosotros. No tiene pies, se está muy quietecito esperando que vaya á cogerlo el hombre, á quien el Altísimo ha dado pies para correr tras el pan, inteligencia para saber donde está, ojos para verlo, y manos para agarrarlo... (_Bravos y palmadas frenéticas._)

[7] El orador, animado por los aplausos, habla con una serenidad y un desparpajo que ya quisieran muchos.

[8] Sintiéndose inspirado, y lanzándose sin miedo á la improvisación.

»De suerte, que si os pasáis el tiempo en diversiones, no tendréis pan, y cuando el hambre os haga salir de coronilla en busca de él, ya otros más listos lo habrán cogido... los que supieron madrugar, los que supieron emplear todas las horas del día en el _clásico_ trabajo, los que supieron _evacuar_ todas sus diligencias en tiempo oportuno, no dejando nada para mañana, los que se plantearon la cuestión _de comer á no comer_, como el otro que vosotros conocéis mejor que yo, y no necesito nombrarlo, como el otro, digo, planteó la cuestión de _ser ó no ser_. (_Admiración, estrepitosos aplausos._)[9].

[9] En todos los grupos se comenta favorablemente el discurso, en algunos con calor y entusiasmo. Óyense aquí y allí alabanzas ardientes: «Qué tío más largo. Él será rudo, ¡pero qué juicio tan sagaz, qué sentido práctico!»

»Seamos prácticos, señores. Yo lo soy, y me alabo de ello, dejando á un lado la careta de la modestia, que ya con tanto quita y pon se va cayendo á pedazos de nuestros rostros. (_Ruidosos aplausos, y voces de sí, sí._) Seamos prácticos, digo, _serlo_ vosotros, y yo, que soy perro viejo, os recomiendo que lo seais. _Ser_ prácticos si no queréis que vuestra vida _revista los caracteres_ de una _tela de Penélope_. Si hoy tejéis el bienestar con _elementos_ superiores á vuestros medios, ó _séase_ posibles, mañana el _déficit_ os obligará á destejerlo... y siempre tendréis suspendida sobre vuestras cabezas _la espada de Aristóteles_... (_Rumores._) Quiero decir...[10]. He dicho Aristóteles, porque... (_se ríe, y ríen todos esperando un chiste_) tengo verdadera manía por este filósofo, que es el más práctico de todos. (_Sí, sí._) Es mi hombre; le llevo en el pensamiento á todas horas del día. Y como _tengo para mí_ que el tal Damocles, el de la espada, era un hijo de tal... ó nadie sabe quién es... ¿Alguno de los que me escuchan sabe quién era ese Damocles? (_Risas: voces de «no, no... no lo sabemos.»_) Pues yo estoy á matar con esas maneras de hablar, y he decidido que la famosa espada sea de Aristóteles... vamos, que le armo caballero, porque es el hombre de mi devoción, es mi ídolo, señores, el hombre más grandísimo de la antigua Grecia y del siglo de oro de todos los tiempos. (_Bravo, muy bien_)[11].

[10] El orador conoce al instante su error; pero lo enmienda en seguida, muy terne.

[11] Comentarios de entusiasmo en la concurrencia. «¡Pero qué tuno es! Sabe más que Lepe... ¡Qué gramática parda!»

»Perdonadme la digresión, y volvamos á la tesis. Atendamos más á la acción que á la palabra, obremos, obremos mucho y hablemos poco. Trabajar siempre, de _consuno_ con nuestras necesidades, y con el _valioso concurso_ de todos los elementos que _concurran_ á nuestro lado. Y hechas estas manifestaciones, que creo me imponía mi presencia en este augusto recinto... (_enmendándose_) y lo llamo augusto, porque en él se reunen tantas eminencias científicas, políticas y particulares... (_bien, bravo_); hechas estas declaraciones, paso á concretar la cuestión. ¿_Á qué obedece_ esta comida? ¿Qué peculiar objetivo lleváis al festejarme, á mí, tan humilde? Pues habéis visto en mí un hombre activo, de _suyo_, dispuesto á patrocinar los grandes adelantos del siglo, á llevarnos al _estadio_ de la práctica. Yo pongo mi corta inteligencia y mis ahorros al servicio de la patria, yo no miro á mi interés, sino al interés general, al interés público de la humanidad, que bien necesitada está la pobrecita de que se interesen por ella. _Heme_ lanzado á emprender obras muy importantísimas, sin ambición alguna de lucro privado, podéis creérmelo, y á favorecer á mi patria natal llevando la locomotora _con su penacho de humo_ á través de los campos. Si yo no idolatrara la ciencia y la industria como la idolatro, si no fuera mi _bello ideal_ el progreso, yo no patrocinaría la locomotora, patrocinaría el carromato, y no vería más _lazo de unión_ entre los pueblos que _el ordinario de Astorga_, ó _el ordinario de Ponferrada_. Pero no, señores; yo soy hijo de mi siglo, del siglo eminentemente práctico, y patrocino el ordinario, mejor dicho, la ordinaria del mundo entero, la locomotora. (_Frenéticos aplausos._)

»Adelante con la ciencia, adelante con la industria[12]. El mundo se transforma con los adelantos, y hoy nos maravillamos de ver la claridad preciosísima de la luz eléctrica donde antes lucían velones de aceite, velas de sebo, bujías esteáricas, y el petróleo refinado[13]. De donde saco la consecuencia de que lo moderno acaba con las antiguallas. ¡Cuán gran verdad es, señores, que _esto matará aquello_... como dijo, y dijo muy bien... quien todos sabéis! (_Aplausos prolongados._)

[12] En el grupo de los críticos, á veces se ríen con descaro, á veces disimulan su hilaridad, aplaudiendo estrepitosamente, en solfa. _Morentín_: «Pues tiene un no sé qué de elocuente este animal. Rebuzna oratoriamente.»

[13] El orador, sin dejar de hablar, dice para sí: «Voy muy bien. Paréceme que me estoy luciendo. ¡Qué siento que no me oiga Donoso!»