Torquemada en el purgatorio

Part 14

Chapter 143,987 wordsPublic domain

Y soltando la cría en manos del ama, salió trémulo y jadeante, palpando las paredes y tropezando en los muebles. Imposible apreciar la duración de aquel salvaje arrechucho; pero no hay duda de que era brevísima, y en cuanto pasaba, sentía ganas ardientes de llorar, se metía en su cuarto y se arrojaba en el sillón, buscando la soledad. En ella no podía hacer otra cosa que analizar minuciosamente aquél fenómeno extraño, indagar su origen, y determinar las formas en que se manifestaba. Y mejor lo conocía por la observación retrospectiva de su alma, que en el momento de sufrir el ataque relámpago de confusión y azoramiento, en que el tremendo impulso destructor se confundía con el pánico de la conciencia, aterrada del crimen. «La causa de esto—se decía, con sinceridad de filósofo solitario,—no puede ser otra que un terrible acceso de envidia... Sí, esto es; me ha nacido en el alma como un tumor. ¡Envidia del pequeñuelo, porque mis hermanas le quieren más que á mí! Puedo decirlo claro, en las soledades íntimas de la conciencia. Naturalmente, el niño es la esperanza de la casa, las grandezas posibles del mañana, y yo soy un pasado caduco, inútil, muerto... ¿Pero cómo ha nacido en mi alma sentimiento tan vil..., y tan nuevo en mí, Señor, porque jamás sentí envidia de nadie? ¿Y en qué consiste que la envidia _se me quita_ de repente, y vuelvo á querer al chiquillo...? No, no, no se me quita, no. Cuando me pasa el arrechucho, siempre me queda una cierta hostilidad contra el muñeco ese, y si es verdad que me inspira lástima, también lo es que deseo que se muera. Analicemos bien. ¿Alguna vez he deseado que viva? (_Pausa._) Qué sé yo. Pocas habrán sido, y mis recuerdos de éste y el otro momento me dicen que por lo común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor en la Gloria, ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma que veo en mí es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy mal en mandarle acá, como no haya venido para castigo del bárbaro, y para amargar los últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el tal Valentinico..., me lo diré claro, como debo decirme las cosas á mí mismo, en el confesonario de la conciencia, que es como ponerse de rodillas ante Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal Valentinico me carga... Reconozco que allá nos vamos él y yo en candor infantil. Yo discurro, él no; pero ambos somos igualmente niños. Si yo, siendo como soy, estuviese ahora mamando, y tuviera mi nodriza correspondiente, no sería más hombre que él, aunque pegado á la teta revolviera en mi cabeza todas las filosofías del mundo. (_Pausa._) ¿Por qué me causa profunda irritación el ver que mis hermanas no viven más que para él, y se preocupan de la ropita, de la teta, de si duerme ó no, como si de ello dependiera la suerte de toda la humanidad? ¿Por qué, cuando oigo que le miman y le cantan y le saltan en brazos, rabio interiormente porque no me hagan á mí lo mismo? Esto es infantil, Señor; pero es como me lo digo, y no puedo remediarlo. Me confieso toda la verdad, sin omitir nada, y al hacerlo así, siento alivio, el único alivio posible...» (_Pausa larguísima. Abstracción._)

«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado ataque. Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema nervioso en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me coge con mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad cinturones de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y ahogarle bajo mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra la pared con la fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde llegué á ponerle mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque no está gordo que digamos el príncipe de Asturias; apreté un poquitín, nada más que un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya. Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse, no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la Naturaleza... (_Pausa._) Y también te digo que la noche que naciste, tuve yo unos celos terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para decirme que te había dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle de injurias... Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo. Ninguno de los dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad en esta forma impalpable, divagando por espacios grises sin término, sin más distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros mismos rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”»

V

Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el golpe seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho. Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le contrajeron los brazos.

—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué haces? No puedo más... Zárate, cógele... ¡Dios mío!

Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; despertóse éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, vió á su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los músculos y serenar su alterado rostro, decía:

—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece que me crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de trapo y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...

Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó á su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo, recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche, pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:

—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.

Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó la noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y que la _junta organizadora_ había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta al _elemento leonés_, sino que podía inscribirse y asistir todo el que quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional, público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.

Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún comentario, entraron Torquemada y Donoso.

—¿Conque, Tor, te van á dar un _comebú_ muy grande?—le dijo su esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los literatos y poetas.

—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y qué he de hacer yo? _Mi línea de conducta_ será comer y callar.

—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que pronunciar.

—¡Yo...!

—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los brindis.

—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!

—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera elocuencia á estilo inglés.

—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de tanta eminencia.

—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir cuatro palabras. Por más que se acuerde _que no haya brindis_, alguien ha de hablar, al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y naturalmente, usted tiene que dar las gracias... una manifestación sencilla, sin pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...

El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero, considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil alegría.

—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor. ¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los dos á silbarle.

—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas materias _que agitan la opinión_. Es más, lo esperamos ansiosos, y privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los que allí hemos de reunirnos.

—Pues _yo parto del principio_ de que al buen callar llaman Sancho. Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!

—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en todas, era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo por que le dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su composición de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas, elija las palabras, y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la atención, y deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí.

—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto al ciego,—que de esta boca, que es muy torpe _de suyo_, salgan buenas oratorias, como las que oimos en las _Cámaras_. Pero, en caso de que no tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón de la familia.

—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío, crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente, el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas, porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y les diría: «Señores...»

Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero él no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba á exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así:

—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque muchos de los que me escuchan se decoren con títulos académicos y con etiquetas oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste, la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero, porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas, unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón; pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos, y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré, repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo, viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi estiércol es efectivo metálico. Yo _depongo_ monedas de cinco duros y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero obsequiar á mis admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo; vosotros recogéis este maná precioso; vosotros...»

Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo de cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían, tan pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como queriendo apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección y formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador palmetazos en la rodilla, le decía:

—Bien, muy bien, Rafaelito. _La síntesis_ del discurso me parece excelentísima, y por mi gusto, yo _pronunciaría_ eso, si encontrara un vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás como el pobre becerro no pronuncia más que un _mu_ como una casa.

La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas, expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas, ó los diamantes del _Shah_ de Persia. Á la hora de comer, trataron Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces de trasladarse al piso segundo, porque su habitación del principal era muy calurosa y estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas interiores, que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir con más independencia. No había querido la hermana mayor consentir en la traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar de su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito. Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo:

—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del becerro de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del becerro, ahora le pido hospitalidad en su sacristía...

VI

Á principios de Mayo celebróse el banquete en honor del grande hombre, y por Dios que no hay necesidad de investigar los pormenores de la fiesta, porque la prensa de Madrid contiene en los números de aquellos días descripciones minuciosas de cuanto allí pasó. El local era de los más desahogados de Madrid, capaz para que comieran, en tres ó cuatro mesas larguísimas, doscientas personas; pero como los inscritos pasaban de trescientos, por bien que quiso el fondista colocarles, ello es que estaban como sardinas en banasta; y si funcionaban medianamente con un brazo, el otro tenían que metérselo en el bolsillo. Á las siete ya hervía el salón, y los de la junta organizadora, entre los cuales dicho se está que Zárate era uno de los más diligentes, se multiplicaban para colocar á todos, y procurar que en la designación de puestos _presidiese_ un criterio jerárquico. Sentáronse acá y allá personajes de nombradía política, militares de alta graduación, ingenieros, algún catedrático, banqueros y hombres adinerados, periodistas pobres de bolsillo, si ricos de ingenio, alguno que otro poeta, y entre col y col, personas varias no mentadas aún por la fama, propietarios y rentistas de cuenta, y en fin, gente distinguidísima, títulos del reino, etc... Predominaba, como observó muy bien Donoso, el _elemento serio_ de la sociedad.

Mientras se iban acomodando los comensales, picante confusión y bullicio reinaban en el local. Estos, sentados y con la servilleta prendida, charlaban y reían; aquéllos dejaban un sitio para ponerse en otro, cerca del grupo de amigos más de su gusto. El adorno del salón era el que para estas solemnidades se usa comúnmente: cenefas de hojarasca verde, tarjetones con escudos de las provincias, deteriorados del uso que tienen en las verbenas, banderas nacionales tendidas en forma de ropa de baño puesta á secar. Todo ello es de la guardarropía patriótica del Ayuntamiento, que galantemente lo facilita, contribuyendo así al esplendor de la fiesta. Algunos tarjetones se añadieron, por iniciativa de Zárate, con los nombres de las cabezas de partido en la provincia de León, y en el centro de la anchurosa cuadra, hacia la cabecera de las mesas, veíase una laminota de la hermosa catedral con el lema, en cintas pintarrajeadas, de _pulchra leonina_.

Concuerdan los diferentes cronistas de aquel estupendo festín en la afirmación de que pasaban cinco minutos de las siete y media cuando entró D. Francisco, acompañado de su corte, Donoso, Morentín, Taramundi, y algún otro que no se menciona. En lo que no hay conformidad es en las indicaciones de la cara que llevaba el tacaño, pues mientras un periódico habla de su palidez y emoción, otro sostiene que entró risueño y con los colores algo subidos. Aunque no conste en las relaciones del acto, bien puede afirmarse que al tomar asiento D. Francisco en la cabecera, sentáronse todos y empezó el servicio de la sopa. Daba gusto ver aquellas mesas, y aquellas filas de señores de frac, calvos unos, peludos los otros, casi todos de una gravedad chinesca. Escaseaba el _elemento joven_; mas no el bullicio y la alegría, pues entre trescientas personas, aunque éstas sean, por su edad y circunstancias, del género serio, nunca faltan graciosos que saben dar amenidad á los actos más fastidiosos de la vida.

_Achantaditos_ en un extremo de la mesa lateral, á la mayor distancia posible de la cabecera, hallábanse Serrano Morentín, Zárate y el _Licenciado Juan de Madrid_, éste con la intención más mala del mundo, pues preparábase á tomar nota de todas las gansadas y solecismos que forzosamente había de decir, en su discurso de gracias, el grotesco tacaño, objeto de tan disparatado homenaje. Morentín anticipaba, con profético don, algunas ideas que D. Francisco había de emitir, y hasta las palabras que emplear debía; Zárate aseguró conocer lo principal del discurso, induciéndolo de las preguntas que su amigo le hiciera en los días anteriores, y los tres, y otros que al grupo se agregaron, se relamían de gusto, esperando el divertidísimo sainete que á la hora de los brindis se les preparaba. Por supuesto, mientras más desatinos dijese el bárbaro, con más fuerza le aplaudirían ellos, para empujarle por el camino de la necedad, y reirse más, y pasar un rato tan delicioso como en función de teatro por horas.

Pero no en todos los grupos predominaba este sentimiento de burlona hostilidad. Hacia el centro de una de las mesas, Cristóbal Medina, Sánchez Botín y compinches expresaban su curiosidad por lo que diría ó dejaría de decir _San Eloy_ en su contestación á los brindis.

—Es hombre tosco—afirmaba uno,—hombre de trabajo, y como tal, de palabra difícil. ¡Pero qué inteligencia, señores! ¡Qué sentido práctico, qué serenidad de juicio, qué puntería para dar en el blanco de todos los asuntos!

Y en otra parte:

—Veremos por dónde sale este D. Francisco. Hablará poco. Es _un tío muy largo_ que esconde su pensamiento, como todas las inteligencias superiores.

En tanto, el Marqués tacaño experimentaba emociones diversas, conforme se iba cumpliendo aquel programa de viandas que iban y viandas que venían. Comía poco, y no elogió ningún plato. Todos le sabían igual; eran, ante su burdo criterio de gastrónomo de patatas y salpicón, las porquerías de siempre, lo mismo de su casa guisado con menos arte, todo como de batallón. Al principio, no se preocupó poco ni mucho de la soflama que tenía que pronunciar. Su vecino un señor viejo, leonés, propietario rico, senador y algo beato, le entretuvo charlando de cosas y personas del Bierzo, y apartó su pensamiento del empeño literario en que le pondrían los brillantes oradores allí reunidos. Pero al tercer plato empezó el hombre á pensar en ello, y á refrescar las ideas que para el caso había traído de su casa, y que no estaban ya menos marchitas que los ramilletes de la mesa. Tan pronto se le escapaban, como le volvían al pensamiento, trayendo otras ideas nuevecitas, que parecían nacer en el caldeado ambiente del inmenso comedor. «¡Re-Cristo!—pensó, dándose ánimos;—que no me falten las palabritas que tengo bien estudiadas; que no me equivoque en el término, diciendo peras por manzanas, y saldremos bien. De las ideas responde Francisco Torquemada, y lo que debo pedir á Dios es que no se me atraviese el vocablo.»

Aunque su propósito era no beber gota, para conservar su cabeza en absoluto despejo, alguna vez hubo de quebrantar su propósito, y cuando le sirvieron el asado, gallina ó pavipollo más duro que la pata de un santo, con ensalada sin cebolla, desabrida y lacia, sintió que le subían vapores á la cabeza y que la vista se le turbaba. ¡Cosa más rara! Vió á doña Lupe, sentada hacia el promedio de una de las mesas centrales, y vestida de hombre propiamente, con la pechera de la camisa como un pliego de papel satinado, corbata blanca, frac, florecilla en el ojal... Apartó de la extraña figura sus ojos, y al poco rato volvió á mirar. Doña Lupe se había ido; buscóla, examinando una por una todas las caras, y al fin la encontró de nuevo en uno de los mozos que iban pasando las fuentes de comida, el cual con servil amabilidad sonreía, exactamente lo mismo que ella. No había duda de que era la propia señora _de los pavos_, con su boquita plegada, y sus ojos vivarachos. Sin duda, al llamamiento patriótico de los leoneses, había salido del sepulcro, dejándose en él, por causa de la precipitación, algunas partes de su persona, verbigracia: el moño, la teta de algodón y todo el cuerpo de la cintura abajo. Visto de cerca el camarero, resultaba tan exacto el parecido, que Torquemada sintió algo de miedo. «¡Ay, de mí!—pensó,—con estas cosas, se me trastorna la cabeza, y no es mal lío el que armaré. Anda, anda: ya se me ha olvidado todito lo que escribí anoche. ¡Y cuidado si estaba bien!... Me he lucido, ni una jota recuerdo.»