Part 13
Morentín continuaba siendo el visitante pegajoso en la casa de San Eloy, y con el pretexto de acompañar á su amigo Rafael, se pasaba allí las horas muertas tarde y noche. Pero es el caso que el ciego abominaba de él secretamente, y se ponía nerviosísimo cuando le sentía la voz. Cruz, por su parte, no gustaba de tal asiduidad. Mas ninguno de los dos encontró manera de echarle, ni aun de conseguir, por cualquier discreto artificio, que redujera sus visitas á lo estrictamente indicado por las prácticas sociales. Entró una tarde, por familiar costumbre, en el gabinete de Fidela y en el cuarto de Valentinico, próximo á la alcoba matrimonial, y allá se estuvo embelesado, viendo á la Marquesa de San Eloy en todo el lleno de sus funciones maternales, abrumándola de adulaciones hiperbólicas con las formas más extravagantes de la galantería después de haber ensayado con deplorable éxito las más comunes.
—Porque usted, Fidela, es uno de esos ejemplos raros en la Historia, en la Historia sagrada y profana, no hay que reirse... sé lo que digo. El hombre que á usted la posee debe de tener las mejores aldabas en el tribunal divino, porque si no, ¿cómo le han dado el número uno, la criatura selecta, el _non plus ultra_?
—Vamos, que no pico tan alto como usted cree. En cierta ocasión me dejé decir que yo valía mucho. ¡Cuánto me he reído de aquella jactancia! Pues ahora me parece que no valgo nada, y que no tengo ningún talento. No crea usted que lo digo por modestia. La modestia sigue pareciéndome una tontería. Ahora que tengo delante de mí algo muy grato, de muchísima responsabilidad, entiendo que no puedo llegar á lo que deseo.
—No me diga usted que no es modesta. Harto conoce cada cual lo que vale... Pero hay una cosa de que sin duda, por la abstracción en que la tienen los trabajos maternales, no se ha enterado usted todavía.
—¿Qué?
—Que ahora está usted hermosísima, vamos, en un grado de hermosura desesperante. Créame usted: cuando se la contempla, se padece vértigo... y estoy por decir que oftalmía. Es como mirar al sol.
—Pues póngase usted vidrios ahumados—dijo Fidela echándose á reir, y mostrando las dos carreras de perlas de su incomparable dentadura.—¿Pero para qué, si tiene usted ahumado el entendimiento?
—Gracias.
—No... ahora me da por la sinceridad. Y haciendo gala de inmodestia, diré á usted que si nada valgo en... ¿cómo se dice?... en el concepto general, lo que es como belleza... ¿Verdad que estoy guapísima? No crea usted que me voy á ruborizar por oirlo decir. Si estoy cansada de saberlo.
—Su sinceridad es un nuevo atractivo en que no había reparado hasta ahora.
—Es que usted en nada repara. No se fija más que en sí mismo, y como se mira tan de cerca, no puede verse bien.
—Tan no me he mirado nunca, que no sé cómo soy.
—Eso lo creo, porque si usted lo supiera no sería como es. Le hago ese favor.
—Pues bien: ¿cómo soy?
—¡Ah! yo no he de decirlo.
—Ya que usted tan sincera es en la crítica de sí propia, séalo juzgando á los demás.
—No me gusta echar incienso, y como usted es de los que todavía cultivan la modestia, si yo le colmo de elogios podría creer que le adulo.
—No creeré tal cosa, sino que me hace justicia.
—No, no, de fijo que si yo le digo lo que pienso, se ruborizará usted como los jóvenes tímidos, y no volverá más á mi casa, por temor á que mis alabanzas le sonrojen.
—Yo le juro á usted que no dejaré de volver, aunque usted me compare con los ángeles del Cielo.
—Pues con ellos pensaba compararle... Mire usted cómo va acertando.
—¿Por la pureza?
—Y por la inocencia. Desde el tiempo en que era usted estudiante, y galanteaba á las patronas de las casas de huéspedes donde vivían los compañeros con quienes repasaba la lección, no ha adelantado usted un solo paso en el arte del mundo, ni en el conocimiento de las personas con quienes trata. Ya ve usted si se halla en estado de inocencia, y si merece elogios. Ha conseguido aprender muchas cosas, no todas de gran provecho, la verdad; pero el tacto fino para conocer el grado y la clase de afecto á que debe aspirar en sus relaciones de amistad no lo tiene todavía Pepito Morentín. Es usted muy niño, y si no se da prisa á aprender esto, creo que mi Valentín le va á tomar á usted la delantera.
Desconcertado, el Tenorio sin drama afectaba no comprender, y se defendía con exclamaciones festivas; pero por dentro le atormentaban las retorceduras de su amor propio vapulado por la altiva dama. Hablaba ésta en pie, con su chiquillo en brazos, marcando el paso de niñera, y dándole golpecitos en la espalda.
—Gasta usted unas ironías que me anonadan—dijo al fin Morentín, que ya no podía contraer su rostro para fingir la hilaridad, y bruscamente se puso serio.
—¿Ironía yo...? ¡Bah! No me haga usted caso. No hay más sino que le miro á usted como á un chiquillo, y no ciertamente de los mejor educados. La juventud del día, y llamo juventud á los hombres de treinta á cuarenta años, necesita una disciplina de colegio muy dura para poder andar suelta en sociedad. No conoce la verdadera finura, ni la delicadeza, y es... ¿lo digo? una generación de majaderos muy bien vestidos y que saben algo de francés. No recuerdo quién decía la otra noche aquí que ya no hay señoras.
—La marquesa de San Salomó.
—Justo. Puede que tenga razón. Es dudoso por lo menos. Lo indudable es que ya no hay caballeros, como no sea algún viejo de la generación pasada.
—¿Lo cree usted así? ¡Oh, qué daría yo por pertenecer á la generación pasada, aunque tuviera mi cabeza llena de canas, y viviera plagado de reuma! Si así fuera, ¿sería usted más benévola conmigo?
—¿Soy yo acaso malévola? Esto no es malevolencia, Morentín, es vejez. No se ría. Yo soy muy vieja, más vieja de lo que se cree usted, si no por los años, por lo que me ha enseñado el sufrimiento.
De improviso, cambió de tono Fidela, dejando al otro cortado y con la palabra en la boca. Besuqueando locamente al nene, rompió en estos chillidos:
—¿Pero ha visto usted, Morentín, una cara más repreciosa que la de este mico de Dios, rey de los pillos y alguacil de los ángeles? ¿Conoce usted belleza igual, ni monada igual, ni desvergüenza como la suya? Esto vale más que el mundo entero. ¿Ve usted este pelito qué se me ha quedado entre los labios, besándole? Pues vale este pelito más que usted en cuerpo y alma, vale más, como unos diez mil millones de veces... elevadas á la raíz cúbica... Yo también soy matemática... Y vale más que toda la humanidad pasada, presente y futura... Conque... abur. Dile adiós, hombre. (_Cogiéndole la manecita y haciendole saludar._) Dile: adiós, adiós, tonto...
Se fué al otro cuarto, y Morentín á la calle, amargado y aburrido. Su amor propio era en aquel momento como un vistoso y florido arbusto, que un pie salvaje hubiera pisoteado bárbaramente.
III
Ya venía de atrás aquel desaliento del gallardo joven, que mal acostumbrado á fáciles triunfos, se figuraba que Dios había hecho el mundo para recreo de los Don Juanes de cartulina Bristol, y que las pasiones humanas eran un juego, ó _sport_ destinado al solaz de los jóvenes que, además del título de doctores en Derecho, poseían un acta de representante del país, renta para bien vivir, caballo, buena ropa, etc... Sus esperanzas, que al principio estuvieron muy verdes, nutridas tan sólo de la vanidad de él, y sin que ella en ninguna forma las alentara, habíanse marchitado antes del coloquio que acaba de referirse. Siempre que tenía ocasión de hablar á solas con su amiga, se arrancaba el hombre, no sin cautela; mas ella le paraba al instante, refregándole el rostro con irónicas é intencionadas réplicas, no más suaves que ortigas. Lo que más desconcertaba al buen Morentín era _el compromiso_ en que, ante la opinión pública, le ponía la resistencia de la señora de Torquemada, pues siendo como artículo de fe que ella le había elegido para desquitarse de las tristezas de su matrimonio con un _hombre imposible_, ¿con qué cara le decía él ahora á la pública opinión: «Señores, ni conmigo ni con nadie se desquita, porque no hay tal adulterio ni cosa que lo valga, ni en el hecho ni en la intención. Desistan ustedes de esa idea calumniosa, si no quieren que se les tenga por tan imbéciles como malvados»...?
Y seguramente añadiría: «Yo hago cuanto puedo. Pero no hay caso. Por mí, bien saben cuantos me conocen que no quedaría. Pero una de dos: ó no le gusto, lo cual extraordinariamente me mortifica, ó se encastilla en la virtud. Me inclino á creer esto último, como menos vejatorio para mí, y no tendría inconveniente en afirmar que, no gustándole yo, es cosa probada que otro ninguno le gustará, aunque se lo traigan del Cielo. Nada, señores, que por esta vez me ha fallado la puntería. Creo, como Zárate, que tiene atrofiado el lóbulo cerebral de las pasiones. ¡Ah, las pasiones! Lo que pierde á las criaturas; pero también lo que las ennoblece y ensalza. Mujer sin pasiones puede ser una hermosa muñeca, ó una gallina utilísima, si es madre... Confieso que ninguna batalla me pareció más fácil de ganar hace un año, cuando Fidela reapareció ante el mundo casada con ese pavo de corral. Esta es la primera vez que, creyendo abrazar una mujer, me estrello contra una estatua... Paciencia, y á otra. ¡Cuando uno piensa que ha despreciado proporciones bonitísimas, por seguir este rastro engañoso! Renuncio, pues, y me consuelo con que si el dios de las batallas... amorosas no me ha dado esta vez la victoria, será por apartarme de un gran peligro. En la casa de San Eloy siento la incubación del drama, y del drama huye el hijo de mi madre como del cólera. Esto declara y mantiene Serrano Morentín, _adúltero profesional_.»
Debe añadirse que si el unigénito de don Juan Gualberto era incapaz de virtud en grado superior, era también inepto para el mal, realizado categóricamente. Por tener algo de todo, también tenía su poquito de conciencia, y después de poner á las heridas de su amor propio la venda de aquel optimismo reparador, dió en pensar cuán inícuos eran los errores de la opinión acerca de Fidela. Pero cualquiera destruía la dura concreción formada con los malos pensamientos y la falsa lógica del público. Como ciertas conglomeraciones calcáreas, la calumniosa especie endurecía con el tiempo, y al fin no había cristiano que la rompiera con todos los martillos de la verdad. Hallábase él dispuesto á salir por ahí diciendo á todo el que quisiera oirle: «Señores, que no es cierto... que hay virtud, virtud verdadera, no de farsa.» ¡Pero nadie lo había de creer! Bueno está el tiempo para dar crédito á voces que tratan de reivindicar las reputaciones, no de destruirlas. Aquel poquito de conciencia de que el gallardo caballero disponía para los casos muy apurados de moral, le argüía su culpabilidad, porque cuando las voces empezaron, la seguridad del triunfo fué parte á que no las desmintiera con la energía y la indignación que la justicia demandaba. Dejó correr la especie, siendo falsa, porque creía, como en el Evangelio, que los hechos la harían verdadera. Equivocáronse los hechos: luego, éstos eran los que tenían la culpa, él no. Como quiera que fuese, Morentín, saliendo aquel día de la casa de San Eloy con los espíritus enormemente abatidos, pensó que, _en conciencia_, y procediendo con hidalga caballerosidad (de la cual tenía también su poquitín), debía hacer un supremo esfuerzo para ahogar aquella opinión y arrancarla de cuajo.
No hacía diez minutos que Morentín había salido del gabinete de Fidela, cuando entró Rafael conducido por Pinto.
—Ya sé que se ha ido ese danzante. Esperaba que saliera para entrar yo—dijo á su hermana, que volvió al gabinete con el chico en brazos.
—Sí, ya partió para la Palestina el bravo Malek-Adel... Siéntate. Es lástima que no puedas ver esta preciosidad. Hoy está tan contento, que no hace más que reir y tirarme de las orejas. ¿Por qué está tan guasoncito el trasto de Dios?
—Déjame que le coja la cara. Acércate.
Fidela acercó el nene á su hermano, que le besó y acarició en las mejillas. Valentinito hizo pucheros.
—¿Qué es eso, ángel? No se llora.
—Se asusta de verme.
—¡Quiá! De nada se asusta este sinvergüenza. Ahora te está mirando fijo, fijo, con los ojos muy espantados, como diciendo: «¡qué serio está hoy mi tío!...» ¿Verdad que tú quieres mucho al tiíto, Rey, Sumo Pontífice, gatito de la Virgen? Dice que sí, que te quiere muchísimo, y te estima y es tu _seguro servidor que besa tu mano_, Valentín Torquemada y del Águila.
Viendo que Rafael callaba melancólico, creyó que refiriéndole las gracias que con inaudita precocidad hacía ya el pequeñuelo, se animaría un poco.
—No sabes lo tunante que es. Desde que ve una mujer, se le tira á los brazos. Éste va á ser aficionadillo al bello sexo, sí señor, y muy enamorado. Mujer que vea, la querrá para sí. Y desde ahora... (_dándole suaves golpes en semejante parte_) le iré yo enseñando á que no se entusiasme tanto con las señoras. ¿Verdad, rico mío, que á tí te gustan las niñas guapas?... Á los hombres no les puede ver. El único con quien hace buenas migas es su padre. Cuando le sienta sobre sus rodillas para hacerle el caballito, suelta unas risas... ¿Y sabes lo que hace el muy tuno? Le quita el reloj. Es una afición loca á robar relojes... También ha sacado la maña de meterle mano al bolsillo de su padre, y... No creas, empieza á sacar duros y pesetas y á tirarlos al suelo, riéndose de verlos rodar...
—Simbolismo—dijo Rafael saliendo de su taciturnidad.—¡Ángel de Dios! Si persiste en esa maña dentro de veinte años, ayúdame á sentir.
Siempre que acompaña á su hermana, en el gabinete ó en el cuarto del chiquitín, las sensaciones, y aun los sentimientos del pobre ciego sufrían alteraciones bruscas, pasando del contento expansivo al desmayo hondísimo y aplanante. Era un variar contínuo, como los movimientos de la veleta en día de turbión. Horas tenía Rafael, en las cuales gozaba extraordinariamente oyendo á su hermana en los trajines de la maternidad, horas en que aquel mismo cuadro de doméstica dicha (para él, más bien sonata) le llenaba el corazón de serpientes. Razones de esto: que antes del nacimiento de Valentinico, era Rafael el niño de la familia, y en la época de miseria, un niño mimado hasta la exageración. Claro que sus hermanas le querían siempre; pero la nueva vida las distraía en mil cosas, y en los afanes que ocasiona una casa grande. Le atendían, le cuidaban; pero sin que fuera él, como en otros tiempos, la persona principal, el centro, el eje de toda la vida. Vino al mundo con repique gordo de campanas el heredero de San Eloy, y aunque las dos hermanas tenían siempre para Rafael cariño y atenciones, nunca eran éstas como las que al chiquitín consagraban; cosa muy natural, pues si débiles los dos, Rafael estaba formado, y no había que pensar ni en librarle de su incurable mal, ni en darle mayor robustez, mientras que Valentinico era un principio de hombre, una esperanza, que había que proteger contra los mil peligros que á la infancia rodean. ¡Eterna subordinación de los amores del pasado, ante los amores y los intereses del presente y el porvenir!
Así lo pensaba Rafael en sus murrias llenas de amargura negra: «Soy el pasado, un pasado que gravita sobre ellas, que nada les da, que nada les ofrece; y el niño es el presente risueño, y un porvenir... que interesa como incógnita.»
Su imaginación siempre en ejercicio le representaba los hechos usuales informados por su idea. Creía notar que su hermana Cruz, al ocuparse de él, lo hacía más por obligación que por cariño; que algunos días le servían la comida de prisa y corriendo, mientras que se entretenían horas y más horas dándole papillas al mocoso. Figurábasele también que su ropa no se cuidaba con tanto esmero. Á lo mejor, le faltaban botones, ó aparecían descosidos que le molestaban. Y en cambio, las dos señoras y el ama consagraban días enteros á los trapitos del crío. Sobre esto, claro está, guardaba un silencio absoluto, y antes muriera que proferir una queja. Su hermana Cruz había notado en él una tristeza fúnebre, un laconismo sombrío y un suspirar de ese que saca la mitad del alma en un aliento. Pero no le interrogaba, por temor á que saliese con alguna tecla de las de marras. «Peor es meneallo», se decía hablando como Cervantes y como D. Francisco.
IV
Sobre el asunto de Morentín, sí hablaron con amplitud, y discutiendo el artificio más propio para evitar la constancia de sus visitas, convinieron en valerse de Zárate. Rafael habría deseado que se le echara sin miramiento alguno; pero á esto no se avino Cruz, por no disgustar á la señora de Serrano Morentín, una de las amigas más adictas y leales. Lo mejor era que Zárate le soltase esta _indirecta_: «Mira, Pepe, sea por lo que fuese, Rafael te ha tomado antipatía, y se excita siempre que te siente á su lado. Conviene que dejes de ir una temporadita por allá. Las señoras no quieren decírtelo porque no lo tomes á mal. Pero yo, amigo tuyo, amigo de ellas, te aconsejo, _etc..._, _etc..._» Acordando este plan, á Cruz le faltó tiempo para pedir al pedante su amistosa mediación; y el pedante despachó tan bien su cometido, que el otro no parecía por la casa sino contadas veces, y siempre de noche, á la tertulia grande. Los comentarios que hicieron el sabio y el galán cuando aquél le transmitió los deseos de las señoras, no constan en autos; pero es fácil colegir que uno y otro daban versión muy distinta de la oficial á los móviles de aquella cortés despedida.
Y á Rafael se le quitó un peso de encima con la seguridad de que su antiguo amigo no le visitaría con tanta frecuencia. Mas no disminuyeron por ello sus tristezas, que Cruz, á fuerza de cavilar, se explicaba porque el convencimiento de su error, en lo que de Fidela tan malignamente supuso, le inquietaba la conciencia. En efecto, Rafael parecía disuadido de los pensamientos maliciosos que le sugirió su insana lógica de ciego pesimista y reconcentrado. Una noche se lo confesó á Cruz, añadiendo que si rectificaba su infame juicio por lo tocante á Fidela, lo mantenía por Morentín, pecador de intención; como que cifraba su orgullo en ser adúltero sin drama y corruptor de las familias con discreto escándalo.
—Y para que veas cómo mi lógica no me engaña siempre—añadió,—te diré que lejos de cesar ahora la difamación de mi hermana, aumenta y toma cuerpo, porque el mundo no recoge, no puede recoger la piedra que tira.
—Bueno—replicó la primogénita, queriendo cortar.—No te ocupes de eso, y desprecia la maledicencia.
—Yo la desprecio; pero siempre existe.
—Basta ya.
—Basta, sí.
Al quedarse solo, inclinando la cabeza sobre el pecho, se sumergió en cavilaciones obscuras, cavernosas: «¿Soy yo el equivocado? No, porque pensé este desate de la opinión contra la honra de mi casa, y acerté. Si mi hermana se ha mantenido en sus deberes, realizando el mayor prodigio de los tiempos, esto sólo quiere decir que la raza es de elección... sí señor... savia superior, incorrupta en medio de esta sentina...»
Levantóse bruscamente, y como si aún creyera que allí permanecía su hermana Cruz, dijo con énfasis:
—Pero ví yo el peligro, ¿sí ó no?
No tardó en caer en la silla. Su tristeza se resolvía en un vivo desprecio de sí mismo; su amor propio, mucho más potente que el de Morentín, y de mejor fuste, no se curaba con tanta facilidad de las caídas, y él se sentía caído de lo más alto de su orgullo á lo más profundo de su conciencia.
«Sí, sí—pensaba, los codos en las rodillas, las manos agarrando la cabeza como si se la quisiera arrancar,—quiero engañarme con lisonjas, con elogio de mí mismo; mas por encima de este humo sale mi razón diciéndome que soy el más redomado tonto que ha echado Dios al mundo. ¡Equivocado en todo! Creí firmemente que mi hermana sería infeliz, y es dichosa. Su alegría echa por tierra todas estas lógicas, que como quincalla mohosa, almaceno en mi pobre cerebro desvencijado. Creí firmemente que el matrimonio absurdo, anti-natural del ángel y la bestia no tendría sucesión, y ha salido este muñeco híbrido, este monstruo..., porque lo es, tiene que serlo, como dice Quevedito... ¡Vaya una representación de la estirpe del Águila! ¡Vaya un Marqués de San Eloy! Esto da asco. Si no viene pronto el cataclismo social, será porque Dios quiere que la sociedad se pudra lentamente, y se pulverice toda en basura para mayor fertilidad de la flora que vendrá después. (_Dando un gran suspiro._) La verdad es que no sé qué sentir. Estoy obligado á querer al pobre niño, y á ratos me parece que le quiero, sí. ¿Qué culpa tiene él de haber venido á destruir todas mis lógicas? Y si es híbrido y monstruoso, y crecerá marcado de cretinismo y de caquexia, al menos ha servido para encender en su madre el fuego del cariño maternal, que la purificará... Esto es un consuelo... El colmo de mis equivocaciones sería que el chico creciera listo y fuerte... No me faltaba más que eso para creer que el deforme y cacoquimio soy yo; y en este caso...»
Un golpecito en la puerta cortó su divagación. Era Fidela con el nene en brazos:
—Aquí hay una visita—dijo,—un caballero que pregunta si está visible el Sr. D. Rafaelito... ¿Se puede pasar? Adelante, hijo. Dile que vienes muy enfadado, pero muy enfadado, porque no ha ido á verte hoy.
—Ahora mismo pensaba ir—replicó el ciego, animándose.—Vamos. Dame la mano.
Condújole Fidela á su cuarto, donde entablaron una larga conversación que acaloraba ella con su vivaz ingenio, y él enfriaba con su tristeza mortecina. Contendían en el terreno de la palabra, él arrojando plomo, su hermana azogue. El diálogo tan pronto se arrastraba lánguido, como corría presuroso, informando ideas diferentes. Más de una vez quiso Fidela poner el chiquillo en brazos de su hermano; pero Rafael se opuso temeroso, según dijo, de que se le cayera. Cuando Valentinico apenas contaba un mes, gustaba su tío de hacer el niñero: le cogía en brazos, le zarandeaba, decíale mil extravagancias, y no le soltaba hasta que el nene, frotándose los ojos con sus puños cerrados, ó rompiendo en chillidos, pedía pasar á otras manos. Mas transcurrido algún tiempo, Rafael empezó á sentir hacia su sobrinito una brutal aversión, que con ningún razonamiento podía dominar. El sentimiento de su impotencia para vencer aquel insano impulso, era tan efectivo y claro en su alma como el del espanto que le causaba. Por suerte, duraba poco; pero en su brevedad inapreciable, era lo bastante intenso para ocasionarle un padecer horrible, agravado por la lucha que había de sostener contra sí mismo. Fué tan vivo una tarde el instintivo aborrecimiento á la criatura, que por apartarla de sí con prontitud para evitar un acto de barbarie, á punto estuvo de dejarla caer al suelo.
—Maximina, por Dios, venga usted...—gritó levantándose.—Coja usted el niño. Pronto; me voy... Pesa mucho... me cansa... me ahogo...