Torquemada en el purgatorio

Part 12

Chapter 123,836 wordsPublic domain

—¿Y qué tal...? robusto como un toro...—añadió el venturoso padre, que sin saber cómo fué arrastrado á la sala, y allí le abrazaron multitud de personas, soltándole y recibiéndole como una pelota, y llenándole la cara de babas.—Gracias, señores..., agradezco sus _manifestaciones_... San Eloy... la ciencia... tres primeras espadas de la Medicina. Gracias mil... estimando... No me ha cogido de nuevas... Ya sabía yo que había de ser... del sexo masculino, _vulgo_ macho... Dispensarme, no sé lo que digo... Ea, Pinto, quiero convidar á todo el mundo. Vete á la taberna y que traigan unas copas de Cariñena... ¡Qué disparate...! No sé lo que digo... La sacra Biblia empastada y champañ... Señores, mil y mil gracias, por su _actitud_ de simpatía y... beneplácito. Estoy muy contento... Seré _Mecenas_ de todo el mundo... Que traigan peleón, digo Jerez... Bien sabía yo el resultado de la _peripecia_... Lo calculé. Yo todo lo calculo... Querido Zárate venga otro abrazo. ¡La ciencia...! _Lo... or_ á la ciencia. Pero lo dicho: no se necesitaban tantos doctores. Ha sido un parto _meramente_ natural y espontáneo, _por decirlo así_. Somos felices... Sí señora, felices... _enteramente_; tiene usted razón, _enteramente_...

Entró á felicitar á su esposa. Después de hacerle muchos cariños, y de echar un vistazo al crío cuando le estaban lavando, volvió á salir, radiante.

—Es el mismo, el propio Valentín—dijo á Rufinita, volviendo á abrazarla.—¡Cuánto me quiere Dios! ¡Él me lo quitó; Él me lo vuelve á dar! Designios que no saben más de cuatro; pero yo sí... Ahora, lo que nos vendría muy bien es que se largara toda esta gente.

—Pero si vienen más. Se llenará toda la casa.»

Y otra vez en la sala, oyó, entre el coro de felicitaciones, comentarios de la extraordinaria coincidencia de que el hijo de Torquemada naciese en la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios.

—Ahí verán ustedes... Los designios, los altos designios...

—Feliz Noche Buena, Sr. D. Francisco, el hombre grande, el hombre de la suerte, el niño mimado del Altísimo...

No se olvidó, con tanto incienso, de ir á recibir la felicitación de Rafael, el cual hubo de recibirle con fría cordialidad, congratulándose de que su hermana hubiera dado á luz felizmente; más no hizo mención del nuevo sér, que había venido á perpetuar la dinastía. Esto le supo muy mal á D. Francisco, que con altanero ademán y sonora voz le dijo:

—Varón, Rafael, varón, para que tu casa y todita tu nobleza de antaño, más vieja que las barbas del Padre Eterno, tenga representación en los siglos venideros y futuros. Supongo que te alegrarás.

El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión, la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara.

No le pareció bien á Torquemada _llenar el buche_ á toda la turbamulta, y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más íntimos, como Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á quien dió conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo en materia de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo que reclamaban las circunstancias. _Reasumiendo_: que celebraron allí la Noche Buena, en improvisado banquete, comiendo y bebiendo _como fieras_, según dicho de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas _largas_, es decir, unas cincuenta personas, en _cifra redonda_. Tuvo el buen acuerdo el amo de la casa de no beber _champagne_, sino en dosis homeopática, y gracias á esta precaución se portó como un caballero, no dejando salir de sus autorizados labios ninguna inconveniencia, y hablando con todos el lenguaje fino y grave, que á su carácter y posición social correspondía. Menudearon los brindis en prosa y verso de madrugada ya, y Zárate concluyó por tratar de _tú_ á D. Francisco, profetizándole que sería el dueño de toda la tierra, y que bajo su imperio se resolvería el problema de la aerostación, y se cortarían todos los istmos _para mayor fraternidad entre los mares_, y se unirían todos los continentes por medio de puentes giratorios... Brindaron otro por el Marquesado de San Eloy, que muy pronto adquiriría mayor lustre con la grandeza de España de primera clase, y no faltó quien pidiese á los señores de Torquemada, con el debido respeto, que diesen un _gran baile_, el día de Reyes, para celebrar el fausto suceso.

Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto de aquella cena, y de los que vendrían _á renglón seguido_, pues la tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta Año nuevo, á los allí presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á doce cada día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y yo el calzonazos _por excelencia_.» Acostóse ya cerca del día con la mitad del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles. ¿Sería broma, aquello del _gran baile_, ó lo dirían en serio? Cruz, al oirlo, se había reído; pero sin protestar, como habría protestado él, si se atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el sueño, porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría.

—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche?

Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando el encargo á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales de lactancia, escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y abundante, los ubres muy pronunciados, y los andares resueltos. Mientras el tacaño visitaba á su esposa y al crío, Cruz estuvo tratando con aquel par de reses, y con los montaraces aldeanos que las acompañaban.

—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de todo quería enterarse.

—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una _fija_, y otra de suplente por si la primera se indispone.

—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara.

—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese bendito pimpollo que Dios le ha dado?

—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo! ¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve ninguno de madre, pues me criaron con una cabra!

—Por eso siempre tira usted al monte.

—Pero vamos á ver, Crucita. _Seamos justos_... ¿Quién ha visto usted que tenga dos amas?

—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey...

—¿Y acaso somos nosotros _testas coronadas, por decirlo así_? ¿Soy yo _por casualidad_ Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de cartón?

—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero, Príncipe de Asturias...

—Dale con que soy...»

Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre, congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse las uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan mal temple, Cruz se compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo período de grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no escuchaba más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma tan fuerte prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del pensamiento á la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre él era mayor y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya se comprende que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar su imperio y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones. El pobre tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate, y como Cruz le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre hablar, y las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer á ellos los términos groseramente expresivos que usar solía en su vida libre; tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el lenguaje de aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido por un carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo.

—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted verá... Yo soy la _economía por excelencia_, y usted el _despilfarro personificado_... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites diarios... medias annatas... Total, que _pululan_ los gastos.

—Los que _pululan_ son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué supone todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría el gasto si viera que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le ha ido bajo mi dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más gloriosos, amigo mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa?

El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de chocolate.

TERCERA PARTE

I

Entró el año nuevo con buena sombra. Diríase que los Santos Reyes le habían traído al tacaño cuantos bienes del orden material puede imaginar la fantasía del más ambicioso. Llovía el dinero sobre su cabeza; apenas tenía manos para cogerlo; por añadidura, hasta se sacó, á medias con Taramundi, el premio gordo de la Lotería de fin de Diciembre, y ningún negocio de los emprendidos por él solo ó en comandita dejaba de fructificar con lozanos rendimientos. Nunca fué la suerte más loca, ni reparó menos en el desorden con que reparte sus dádivas. Atribuíanlo algunos á diabólicas artes, y otros á designios de Dios, precursores de alguna catástrofe; y si eran muchos los que le envidiaban, no faltaba quien le mirase con supersticioso temor, como un sér en cuya naturaleza alentaba infernal espíritu. Infinidad de personas quisieron confiarle sus intereses, con la esperanza de verlos aumentados en corto tiempo; pero él no consentía en manejar fondos de nadie, con excepción de tres ó cuatro familias de mucha intimidad.

Pero si, en la esfera de los negocios, motivos tenía para reventar de satisfacción, en la propiamente doméstica no pasaba lo mismo, y el hombre, desde la entrada de año, se veía devorado por intensas melancolías. Los gastos de la casa eran ya como de príncipes: aumento de servidumbre de ambos sexos; libreas; otro coche, uno exclusivamente destinado á la señora y al ama con el niño; comidas de doce y catorce cubiertos; reforma de mueblaje; plantas vivas de gran coste para decorado de las habitaciones; abono en la Comedia, además del del Real; enormísimo lujo de trajes para el ama, que salía hecha una emperatriz á estilo pasiego, con más corales sobre su corpacho que pelos tenía en la cabeza. De Valentinico no se diga: á los pocos días de nacido, ya tenía en su _Debe_ más gasto de ropa que su papá en los cincuenta y pico de años que contaba. Encajes riquísimos, sedas, holandas y franelas de lo más fino componían su ajuar, no menos lujoso que el de un Rey. Y á estas superfluidades, el usurero no podía oponerse, porque sus últimas energías estaban agotadas, y delante de Cruz no se atrevía ni á respirar; á tal grado llegaba, en el _nuevo orden de cosas_, el predominio de la tirana.

El día de la Epifanía hubo gran comida, y por la noche recepción solemne, á que asistieron por centenares las personas de viso. Ya no se cabía en la casa, y fué preciso convertir el billar en salón, decorándolo con tapices, cuyo valor habría bastado para mantener á dos docenas de familias por algunos años. Verdad que tuvo don Francisco la satisfacción de ver en su casa ministros de la Corona, senadores y diputados, mucha gente titulada, generales y hasta hombres científicos, sin que faltaran _bardos_, y algún chico de la prensa, por lo cual decía para su sayo el Marqués de San Eloy: «Si buena ínsula me das, buenos azotes me cuesta.» El licenciado Juan de Madrid describía con pluma de ave de paraíso el espléndido sarao, concluyendo por pedir con relamidas expresiones que se repitiera. Á propósito de él, hicieron los Romeros un chiste, que corrió por toda la sociedad haciendo reir á cuantos le oían. Dijeron que el amo de la casa no pudo asistir porque... _había ido á esperar los Reyes_.

Transcurrieron los meses de invierno sin más novedad que algunas indisposiciones de Valentinico, propias de la edad. Verdaderamente la criatura no parecía de cepa saludable, y algunos íntimos no ocultaban su opinión poco favorable á la robustez del heredero de la corona. Pero se guardaban muy bien de manifestarla, desde que ocurrió un desagradable incidente entre don Francisco y su yerno Quevedito. Hallábase éste una mañana hablando con Cruz de si la leche del ama era ó no superior, de la complexión raquítica del niño, y desembuchando con sinceridad médica todo lo que pensaba, se dejó decir:

—El chico es un fenómeno. ¿Ha reparado usted el tamaño de la cabeza, y aquellas orejas que le cuelgan como las de una liebre? Pues no han adquirido las piernas su conformación natural, y si vive, que yo lo dudo, será patizambo. Me equivocaré mucho, si no tenemos un marquesito de San Eloy perfectamente idiota.

—¿De modo que usted cree...?

—Creo y afirmo que el fenómeno...

Don Francisco, que en aquellos tiempos había adquirido la costumbre de escuchar tras de las puertas y cortinas, espiando las ideas de su cuñada para prevenirse contra ellas, sorprendió aquel breve diálogo al amparo de un _portier_, y al oir repetida la palabra _fenómeno_, no tuvo calma para contenerse, entró, de un salto abalanzóse al pescuezo del joven facultativo, y apretándoselo con la sana intención de estrangularle, gritaba:

—¿Con que mi hijo es fenómeno?... ¡Ladrón, matasanos! El fenómeno eres tú, que tienes el alma patizamba, y comida de envidia... ¡Idiota mi hijo!... Te ahogo para que no vuelvas á decirlo.

Con gran trabajo pudo Cruz quitársele de entre las manos, y calmar su furia.

—No digo más que la verdad—murmuró Quevedito, rojo como un pimiento, arreglándose el cuello de la camisa, que destrozaron las uñas de su suegro.—La verdad científica por encima de todo. Por respeto á esta señora no le trato á usted como merece. Adiós.

—Vete de mi casa, y no vuelvas más á ella. ¡Decir que es fenómeno!... La cabeza grande, sí... toda llena de talento macho... El idiota y el orejudo eres tú, y tu mujer otra idiota. ¿Apostamos á que la desheredo?

—Cálmese, amigo D. Francisco—le dijo Cruz colgándosele del brazo, porque quería correr tras de su yerno, y echarle otra vez la zarpa.

—¡Oh! sí, señora... tiene usted razón...—replicó dejándose caer sin aliento en una silla.—Le he tratado muy á lo bruto. ¡Pero mire usted que decir...!

—No decía más sino que el niño está encanijadito... Lo de fenómeno es una broma...

—¿Broma?... Pues que vuelva, y me diga que es broma, y le perdonaré.

—Ya se ha ido.

—Fíjese usted en que Rufina no ve con buenos ojos al hijo varón. Naturalmente, antes de casarme yo, pensaba la niña que todo iba á ser para ella cuando yo cerrase la pestaña, y no crea usted, se puso de uñas conmigo _á raíz_ de mi casamiento. ¡Ah, es de lo más egoísta esa mocosa! Yo no sé á quién sale. ¿Le parece á usted que la prohiba el venir acá?

—¡Oh, no! ¡Pobrecilla!

No le costó poco trabajo á la tirana quitarle de la cabeza estas ideas. Al principio, por no contrariarle abiertamente en todas las cosas, no insistió mucho; pero pasados unos días, no dejó de la mano el asunto hasta conseguir que á los expulsados hija y yerno, se les abriesen de nuevo las puertas de la casa. Volvió, en efecto, Rufina; mas Quevedito cortó relaciones con su suegro, y por no dar su brazo á torcer en la cuestión facultativa, seguía sosteniendo que el chico era un caso teratológico.

Los negocios, que en aquellos meses consumían á Torquemada lo mejor de su tiempo, no le impidieron dedicar algunos ratos, por la noche, á la obra magna de su progresiva ilustración. En su despacho solía leer alguna obra buena, la _Historia de España_, por ejemplo, que á su juicio era el indispensable cimiento del saber, y consagraba algunos ratos á la compulsión de Diccionarios y Enciclopedias, en las cuales veía satisfechas sus dudas sin tener que recurrir á Zárate, que le mareaba con su vertiginosa ciencia. Con esto, y con redoblar su atención cuando oía hablar á personas eruditas, se fué afinando en estilo y lenguaje hasta el punto de que, en aquella tercera fase de su evolución social, no era fácil reconocer en él al hombre de la fase primera ó embrionaria. Hablaba con mediana corrección, huyendo de los conceptos afectados ó que transcendiesen á sabiduría pegadiza, y de fijo que si su enseñanza no hubiera empezado tan tarde, habría llegado á ser un rival de Donoso en la expresión fina y adecuada. ¡Lástima que la evolución no le hubiese cogido á los treinta años! Aun así, no había perdido el tiempo. Haciendo su propia crítica, y dejando á un lado la modestia, que en los monólogos no viene al caso, se decía: «Hablo muchísimo mejor que el Marqués de Taramundi, que á cada momento suelta una simpleza.»

Al propio tiempo su facha parecía otra. Personas había, de las que le conocieron en la calle de San Blas y en casa de doña Lupe, que no le creían el mismo. La costumbre de la buena ropa, el trato constante con gente de buena educación, habíanle dado un barniz, con el cual las apariencias desvirtuaban la realidad. Sólo en los arrebatos de ira, asomaba la oreja, y entonces, eso sí, era el _tío_ de marras, tan villanesco en las palabras como en las acciones. Pero con exquisito esmero evitaba toda ocasión de encolerizarse, para no perder el _coram vobis_ ante personas á quienes, por propia conveniencia, quería considerar. Sus éxitos en el mundo eran extraordinarios, casi casi milagrosos. Muchos que en la primera fase de la evolución se burlaban de él, respetábanle ya, teniéndole por hombre de excepcional cacumen para los negocios, en lo cual no iban descaminados, y de tal modo fascinaba á ciertas personas el brillo del oro, que casi por hombre extraordinario le tenían, y conceptos que en otra boca habrían sido gansadas, en la suya eran lindezas y donaires.

El Marquesado, si al principio se le despegaba un poco, como al Santo Cristo un par de pistolas, luego se le iba incrustando, por decirlo así, en la persona, en los modales, hasta en la ropa, y la costumbre hizo lo demás. Lo que aún faltaba para la completa adaptación del título á su catadura plebeya, hízolo el criterio comparativo del público, pues éste fácilmente se explicaba que tal cabeza ciñese corona, toda vez que otras, tan villanas por dentro y por fuera, se la encasquetaban, por herencia ó real merced, no más airosamente que el antiguo prestamista.

II

Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos, y en el orden moral, si menos visible, no era menos efectiva la transmutación, trocándose lentamente en gravedad el mimo, y en juicio sereno la imaginatividad traviesa. Vivía consagrada al heredero de San Eloy, que si en los primeros días no era para su madre más que una viva muñeca, á quien había que lavar, vestir y zarandear, andando los meses vino á ser lo que ordena la Naturaleza, el dueño de todos sus afectos, y el objeto sagrado en que se emplean las funciones más serias y hermosas de la mujer. De cómo desempeñaba Fidela su misión de madre no se puede tener idea sin haberlo visto. Ninguna existió jamás que la superase en cuidado y solicitud, ni que con mayor sentido se penetrara de su responsabilidad. De los cariños extremados, que al principio producían en ella tensión convulsiva, pasó por gradación suave al cariño verdaderamente protector, garantía de vida para los seres débiles que amenazados de mil peligros entran en ella. De su afición á las golosinas la curó el miedo de enfermar y morirse antes de ver crecido á su hijo, y se fué acostumbrando á los alimentos sanos, y á poner método en las comidas. Novelas, no volvió á leerlas, ni tiempo tenía para ello, pues no había hora del día en que no encadenase su atención alguna faena importante, ya el aseo del chico y del ama, ya la ropa de ambos; y luego venía el dormirle, y el vigilar el sueño, y ver si mamaba ó no, y si todas sus funcioncitas se hacían con regularidad.

Á ninguna parte iba, y rarísima vez se la vió en el palco de la Comedia, durante una hora ó poco más, pues no tenía calma para estarse allí tontamente, oyendo lo que nada le interesaba, y asaltada de mil ideas terroríficas, por ejemplo: que el ama, al acostarle, no le había puesto bien tapadito, ó que se pasaba la hora de la teta, porque la muy gansa se había quedado dormida. Estaba en ascuas, impaciente porque llegase Tor para llevarla á casa. De nadie se fiaba, ni de las criadas más adictas y cuidadosas, ni de su hermana misma. Su tertulia servíale tan sólo para hacer mil consultas sobre temas de maternidad con esta y la otra señora: todo lo demás érale indiferente. Y no se crea que la monotonía de su conversación resultaba antipática, pues sabía poner en cuanto hablaba su originalidad ingénita y su gracejo. Era, en suma, encanto y admiración de cuantos íntimamente trataban á la familia. Sobre este particular dijo un día Donoso á su amigo Torquemada:

—En todo, absolutamente en todo, es usted el hombre de la suerte. ¿Qué virtudes extraordinarias son la causa de que así le proteja y le mime Dios Omnipotente? Tiene usted una mujer que si se buscara con candil otra igual por toda la tierra, no se la había de encontrar. ¡Vaya una mujer! Todo el dinero que usted posee no vale lo que el último cabello de su cabeza...

—Buena es, sí, buenísima—replicó el tacaño,—y por ese lado no hay queja.

—Ni por otro alguno. Pues estaría bueno que usted se quejara, cuando parece que el dinero no sabe ir á ninguna parte más que á su bolsillo... Y á propósito, amigo mío: dícese que toman ustedes en firme todas las acciones del ferrocarril leonés.

—Así lo hemos acordado.

—Por eso he visto locos de entusiasmo á dos ó tres individuos de la colonia leonesa; y hablan de darle á usted un banquete y qué sé yo qué.

—¿Banquetearme, porque voy á mi negocio?... En fin, si ellos lo pagan...

—Naturalmente.