Torquemada en el purgatorio

Part 11

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Aunque en pequeña escala todavía, no tardaron en cumplirse los vaticinios del suspicaz tacaño, porque al siguiente día se descolgaron cuatro murgas atronando la escalera, y tuvo que echarlas el portero á escobazos, repartiéndoles propina á razón de un duro por orquesta, según acuerdo de Cruz, y á los pocos días ¡ay! apareció la nube... Como empezara por poco, al principio parecía cosa de juego; pero iba engrosando, engrosando, y pronto causaba terror verla. Llegaron primero dos matrimonios, de paño pardo y refajos verdes, pidiendo el uno que le libraran de quintas al hijo, el otro que le devolvieran la cartería que por intrigas del gobierno le habían quitado. Llovieron también gentes de Astorga con gregüescos, trayendo mantecadas y pidiendo la _Biblia en pasta_, un destinito, condonación de las contribuciones, permiso para carbonear, despacho de un expediente, algunos limosna en crudo, otros aderezada con mil graciosos artificios. Siguieron otros que, aunque aldeanos en esencia, traían presencia de señores, pretendiendo mil chinchorrerías, éste que se destituyera al Ayuntamiento de tal parte, aquél una plaza en las oficinas de Hacienda de la provincia, el de más allá que se variara el trazado de la carretera.

Tras una sección de pedigüeños venía otra y otra, con encomiendas muy extrañas. Cayó asimismo sobre la casa un buen golpe de leoneses residentes en Madrid, maragatos, y paveros, y demonios coronados, que pedían protección contra la justicia, ó gollerías atroces, dando á sus postulaciones los giros más originales. Baste el ejemplo de un individuo que mandó á D. Francisco un proyectillo, muy bien dibujado por cierto, _del monumento que se elevaría en Villafranca de Bierzo para perpetuar la gloria del hijo preclaro, etc..._ Y otros enviaban versos, odas de sablazo y pentacrósticos mendicantes, ó le proponían comprar un viejo cuadro de Ánimas, que parecía una pepitoria. Torquemada se los sacudía con cierto desgarro, echando el muerto á su cuñada, quien con cristiana mansedumbre aguantaba el chaparrón y les obsequiaba y les sonreía, dándoles una dedada de miel para que se fueran pronto. Los del pueblo traían de don Francisco idea tan alta, que palidecían al verle, y se quedaban lelos, como en presencia de un Emperador ó del Papa. Todos se las prometían muy felices de la visita, y venían como á tiro hecho, porque allá se dijo que cosa por D. Francisco solicitada era cosa hecha en todas las esferas de la Gobernación del Reino. Como que la misma Reina no tomaba determinación alguna sin consultarle, y cada lunes y cada martes le sentaba á comer en su mesa. Pues de la riqueza de Torquemada traían una idea tan hiperbólica, que algunos se maravillaron de no ver las carretadas de dinero entrar por el portalón de la casa. Entre los de paño pardo y refajo verde, vinieron dos ó tres que habían conocido á D. Francisco cuando era un chaval que andaba descalzo por los lodazales de Paradaseca; y no faltó una tarasca que echándole los brazos al pescuezo le saludara con expresiones semejantes á las de la paleta del sainete _La Presumida burlada_: «_¡So burro, hijo mío!_»

XII

Ya se iba cargando el hombre de aquel aluvión, y cuando se encaraba con algún paisano, se le atiesaban los pelos del bigote, tomando su cara un aspecto de ferocidad que suspendía el ánimo de los visitantes. Por fin, le dijo á Cruz que cerrara la puerta á semejantes posmas, ó que tan sólo diese entrada, después de un detenido reconocimiento, á los que traían algo, ya fuese chorizos, ó chocolate... ó aunque fueran castañas y bellotas, que á él le gustaban mucho.

En tanto, iba acomodándose á la vida parlamentaria, y elegido para ésta y la comisión, se aventuraba á _ilustrar á sus compañeros_ con alguna idea muy del caso, siempre que se tratara ¡cuidado! de cuestiones de Hacienda. La verdad, estaría muy contento, si desde que se sentó en los rojos escaños, no hubieran llovido sobre él los sablazos en una ú otra forma. Esto le sacaba de quicio. Es mucho cuento ¡Señor! que no se pueda figurar conforme al propio mérito, sin dar sangrías á cada rato al flaco bolsillo. Ya era la suscripcioncita para imprimir el discurso de cualquiera de aquellos _puntos_, ya otra colecta para erigir un monumento á Juan, Pedro y Diego de la antigüedad, cuando no lo hacían por un personaje moderno, de éstos que se hacen célebres charlando por los codos ó revolviendo á Roma con Santiago. ¡Y á cada instante _víctimas_ por acá y por allá; socorros para inundados, náufragos, y viudas y huérfanos del _Sursum Corda_! Era un gotear frecuente, que al cabo del mes representaba un terrible pasivo. Vaya, que á tal precio no quería las satisfacciones de padre ó abuelo de la patria. ¡Cómo se cobraba, la muy bribona, de los honores que á sus hijos ilustres confería! Tan cargado estaba ya de ser _hijo ilustre_, que una noche, al regresar á su casa de malísimo humor, porque el Marqués de Cícero le había afanado cuarenta duros para la restauración de una catedral de _ñales_, díjole á Cruz que ya no aguantaba más, y que el mejor día tiraba el acta en medio del redondel, _vulgo hemiciclo_, y otro que tallara. Para colmar su desesperación, aquella misma noche hubo de participarle la tirana su propósito de dar una comida de diez y ocho cubiertos, á la que seguirían otras semanalmente, con objeto de convidar á diferentes personas de alta categoría. Inútiles fueron todas las protestas del empedernido tacaño. No había más remedio que banquetear, y se banquetearía. El decoro del nuevo prócer así lo reclamaba, y en vez de ponerse como un león, debía agradacerlo, y alegrarse de tener á su lado personas que tan religiosamente cuidaran de su dignidad.

Pues señor, por aquel camino pronto llegaría _la de vámonos_. ¡Comidas de catorce cubiertos, y de diez y ocho y veinte! Ya desde Octubre venía en aumento la cifra del presupuesto de bucólica. Era un diario abrumador, que causaba espanto á D. Francisco, acostumbrado á la sordidez de los doce ó trece reales de gasto en tiempo de doña Silvia. Pues con el _nuevo régimen_ de convites, crecería la suma, hasta llegar á una cifra capaz de quitar el sueño á los siete durmientes, y aun á los siete sabios de Grecia, que dormían el sueño eterno. El mejor día le daba al hombre un ataque cerebral del berrinche que cogía; las murrias le iban devorando, y las satisfacciones de hombre público y de gran financiero se le amargaban con aquel desagüe sin término de sus líquidos. ¡Cuánto mejor reunirlo todo, para emplearlo en nuevos arbitrios, viviendo con un modestísimo pasar, sin comilonas, que siempre perjudicaban á la salud, y vestido con sencilla decencia, por un sastre habilidoso, de esos que vuelven la ropa del revés! Esto era lo lógico, y lo procedente, y lo que _se caía de su peso_. ¿Á qué tanto lujo? ¿De dónde sacaba Cruz que para negociar en grande era preciso convidar á comer á tanto gandul? ¿Y á qué iban allí los diplomáticos, chapurrando el español y hablando sin cesar de carreras de caballos, de la ópera y otras majaderías? ¿Qué beneficio líquido le aportaba aquella gente, y los hermanos del ministro, y el general Morla, y otros tantos que no hacían más que murmurar del gobierno y encontrarlo todo muy malo? Verdad que él también lo encontraba todo pésimo, pues política que no fuese de economías á raja tabla, _caiga el que caiga_, era una política de muñecas, y así lo manifestaba delante de catorce ó veinte comensales, que concluían por darle la razón.

Hacia fin del año, el negocio de la hoja iba como una seda, pues el pariente de Serrano que hacía las compras en los Estados Unidos, era hombre que lo entendía, ciñéndose á las instrucciones dadas por el gerente. Total, que las primeras remesas fueron admitidas sin dificultad en los depósitos, y cuando alguno promovía dudas ó resistencias, por aquello de que el tabaco parecía propiamente basura barrida de las calles, de Madrid daban orden de que se admitiese, gracias á las gestiones de D. Juan Gualberto, que para estas cosas era un águila. Donoso no intervenía en nada referente á las entregas. La ganancia según los cálculos de Torquemada, sería fenomenal en el primer año. No tardó Serrano en proponerle otro negocio: tomar en firme todas las acciones del ferrocarril de _Villafranca_ á _Minas de Berrocal_, con lo cual se mataban de un tiro muchos pájaros, pues los bercianos verían en ello un nuevo triunfo de su ídolo, y éste y sus compinches harían una buena jugada _largando_ las acciones después de hacerlas subir, por las artes que á tales combinaciones se aplican, hasta las nubes. Esto, y el arreglo con la casa de Gravelinas, á la cual se asignó una pensión por la vida del Duque actual y diez años más, quedándose Torquemada y compañeros negociantes con todos los bienes raíces (que se venderían poco á poco, recibiendo en pago las obligaciones emitidas por la casa ducal), la fortuna del tacaño iba creciendo como la espuma, en progresión descomunal, amén de sus innumerables negocios de otra índole, compra y venta de títulos, con tal tino realizadas, que jamás se equivocó en los cálculos de alza y baja, y sus órdenes en Bolsa eran la clave de casi todas las jugadas de importancia que allí se hacían.

Y entre tantas dichas, se aproximaba el gran acontecimiento, que esperaba el tacaño con ansia, creyendo ver en él la compensación de sus martirios, por los despilfarros ociosos con que Cruz quería dorarle las rejas de su jaula. Muy pronto ya, las alegrías de padre endulzarían las amarguras del usurero burlado constantemente en sus tentativas de acumular riquezas. Deseaba el hombre, además, salir de aquella cruel duda: ¿Su hijo sería Torquemada, _como tenía derecho á esperar_, si el Supremo Hacedor se portaba como un caballero? «_Me inclino á creer_ que sí—decía para su capote, con verdadero derroche de lenguaje fino.—Aunque bien pudiera ser que la entrometida Naturaleza _tergiversase la cuestión_, y la criatura me saliese con instintos de Águila, en cuyo caso yo le diría al Señor Dios que me devolviese el dinero... quiero decir, el dinero no..., el, la... No hay expresión para esta idea. Pronto hemos de salir del _dilema_. Y bien podría resultar hembra, y ser como yo, arrimada á la economía. Allá lo veremos. _Me inclino á creer_ que será varón, _y por ende_, otro Valentín; _en una palabra_, el mismo Valentín _bajo su propio aspecto_. Pero ellas no lo creen así sin duda, y de aquí la expectación que _reina_ en todos, como cuando se aguarda la extracción de la Lotería.»

Ya Fidela no salía de casa, ni podía moverse. Se contaban los días, anhelando y temiendo el que había de traer el gran suceso. Hubo equivocaciones en el cálculo. Se esperaba para la primera quincena de Diciembre, y nada. Pasó el 20: confusión y temores. Por fin, el 24 se anunció, desde el amanecer, la solución del tremendo enigma, con horribles molestias é inquietudes de la señora. No conceptuándose Quevedito bastante autorizado para traer al mundo al heredero de Torquemada, se había llamado con tiempo á una de las eminencias de la obstetricia; pero debió presentarse el caso un poco difícil, porque la eminencia propuso el auxilio de otra eminencia. Reunidos ambos doctores, declararon que el parto era de mucho compromiso, y pidieron la colaboración de una tercera eminencia.

Mordíase el bigote y refregábase las manos una con otra el amo de la casa, ya poseído de pánico, ya de risueñas esperanzas, y no hacía más que ir y venir de un lado para otro, y subir y bajar del escritorio al gabinete, sin acertar á disponer, en tan crítico día, cosa alguna referente á sus vastos negocios. Los amigos más íntimos fueron á enterarse y hacerle compañía, y para todos tuvo palabras ásperas. No le había hecho maldita gracia la irrupción de médicos, y cogiendo á solas á Quevedito, que oficiaba como ayudante, le dijo:

—Esto de traerme acá tantos doctores no es más que una oficiosidad de Cruz, que siempre _tiende_ á hacerlo todo en grande, aunque no sea menester. Si la gravedad del caso lo exigiese, yo no repararía en gastos. Pero verás como no necesitamos de tanta gente. Tú te bastarías y te sobrarías para sacarla de su cuidado... Pero, hijo, quien manda, manda. _Es refractaria_ á la modestia y á la moderación, y con ella no valen las buenas teorías... lanzas y medias annatas... No sé lo que digo... Concluirá por arruinarme con tanta bambolla... San Eloy... ¿Y tú que crees? ¿Saldremos en bien de este mal paso?... San Eloy... Yo confío que esta noche tendremos á Valentín en casa... Y si me salgo con la mía, se dará la coincidencia de que sea en la misma noche... medias annatas... en que vino al mundo nuestro Redentor, _vulgo_ Jesucristo, ó en otros términos, el Mesías prometido... Vete, vete á la alcoba, no te separes de su lado... Yo estoy como loco... ¡Vaya, que traer acá esos tres _puntos_ de médicos, que pondrán cada cuenta...! En fin, sea lo que Dios quiera. No vivo hasta no ver...

XIII

Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y difíciles. Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un tris estuvo que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se acordó esperar, y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro afanado, rindióse al temor del peligro, y se manifestó conforme con que se trajera más _personal facultativo_, si era menester. Calmóse la parturienta á prima noche, sin que desapareciese la gravedad; presentáronse síntomas favorables, y aun se aventuraron los comadrones á reanimar con risueñas esperanzas á la atribulada familia. La cara de don Francisco era de color de cera: creeríase que el bigote no estaba en su sitio, ó que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la frente gotas gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura para levantar el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas, en expectativa del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar rienda suelta á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro que tomase la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener que hacer cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué á parar al cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su sillón, hablando con Morentín de cosas literarias.

—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía que estaba usted aquí.

—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que usted espera...

—¿Y segundo?

—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar juntas las dos enhorabuenas.

—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San Eloy... medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está inventando pamplinas para sacarnos del _statu quo_, y meterme á mí, tan humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo de qué viene ese título?

—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo picado.—Data del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa corona personas de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, gran maestre de Santiago, y capitán general de las galeras de Su Majestad.

—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh, qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con qué poner un puchero, como _ciertos y determinados_ títulos que viven de trampas... Mi _bello ideal_ no es la nobleza: tengo yo una manera _sui generis_ de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me despotrico contra la aristocracia tronada, y contra la que no tiene más _desideratum_ que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un pobre que ha logrado asegurarse la _clásica_ rosca, y nada más. Es cosa triste que lo ganado tan á pulso se emplee en marquesados. Ni qué tengo yo que ver con ese hijo de tal que mandó en las galeras del Rey... No lo tomes á mal, Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á tus antepasados... muy señores míos... Sin duda fueron unos _puntos_ muy decentes. Pero es que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que me cuesta y un diez por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea, Morentín, vendo la corona. ¿La quiere usted?

Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le colmaban de júbilo.

—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, _en parangón_ del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y apechugo con todo, incluso con las medias annatas.

—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena convicción,—y le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de su cuidado.

—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.

—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de hoy, sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.

—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo Morentín, queriendo desvirtuar con sus risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.

—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; yo me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen de la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy el primero en _rendir parias_ á la ciencia... Pero que veamos sus resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de Morentín?

—Lo mismo digo yo.

—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro lo contrario; y los tratamientos son como _el tejido de Penélope_, que hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se dejan de pagar las cuentas de los _señores Galenos_... ¡quiá!... Y yo _profeso la teoría_ de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos. ¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van ganando... Aquí estamos _en actitud espectante_, diciendo «qué será, qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y _les soy á ustedes franco_: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y se sobraba; tal es mi humilde _punto de vista_.»

Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre sus respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, á quien atizó varios pescozones, sin que ni el agresor ni la víctima se hicieran cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don Francisco se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios de su insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del lacayo, que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con pan. El buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el cuerpo, le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando estaba de buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de espionaje, verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en el gabinete? ¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de Taramundi?... Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se entere nadie, ¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si estoy arriba, y tú le dices que tengo gente.»

Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó á llorar.

—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay? ¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?... No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la mamá de Morentín, _enteramente_... ¿Y el señor de Zárate ha venido?... ¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto, y corre á decírmelo. Te espero aquí... Entras haciéndote el tonto, creyendo que te han llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que salgamos bien, y que sea varón, ¿verdad?

Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se fué á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó le ponían furioso.

Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó con júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones.

—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos angustiadísimos.

—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se le puede dar á usted la enhorabuena?

—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta, eminencias los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo en clase de comadrones.

—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el resultado de la ciencia.

—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo.

—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance se presenta dificultoso? Será que la familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el primer período? ¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la pelvis?

—¿Qué dice usted?

—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la _sella obstetricalis_?

—Cállese usted, hombre... ¿_Á qué obedecen_ esos aparatos? Dios quiera que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se despachan sin ayuda de facultativos.

—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se llamaban _omfalotomis_, fíjese usted, y en Roma _obstetrices_.

No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»

XIV

—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada escupiendo las palabras.

—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus alegres semblantes divulgaban la buena noticia.»

Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación, encontróse D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran los de Cruz, que en su alegría loca le besó en ambos carrillos, diciendo:

—Varón, varón.

—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por las tres eminencias.

Cruz no le dejó entrar en la alcoba. Había que aguardar un momentito.