Part 10
Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas de su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre; á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas, y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas horas del día, piñones tostados para después del chocolate, y á las once gelatinas y algún bartolillo de añadidura.
Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella, suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate decía:
—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea la vida orgánica. Desconoce el _elemento_ afectivo. Las pasiones son letra muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.
Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy felices para después que _aquéllo_ pasase. Pero Zárate, que era de los pocos que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro las esperanzas, asegurando que la maternidad despertaría en ella instintos contrarios á toda distracción, haciéndola estúpidamente honrada, é incapaz de ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.
Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo. Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo. No lo expresaba él así; pero tales eran, _mutatis mutandis_, sus pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces semejante al afecto filial.
Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la adivinadora Cruz.
Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante, encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.
—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no han querido darme la vitalicia? (_Denegación de Fidela._) Bien decía yo que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo, aunque la verdad, esto de la senaduría no _viene á llenarme ningún vacío_... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo cosas malas, _Biblias y Cristos_, y todo el palabreo que uso cuando me da la corajina.
—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir.
—¡Bah! ya te ríes, _de lo cual se desprende_ que no es nada.
—Algo hay; cosas de familia...
—¿Pero qué, por vida de la...?
—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.
—¿Rafaelito, qué?
—Que mi hermano no me quiere ya.
—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya vuelve el _punto_ ese con sus necedades?
—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están bien en su boca.
—¿Qué te ha dicho?
—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y que yo no te merezco.
—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.
—Que eres digno de lástima.
—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo esquilmado que me tiene.
—No es por eso.
—¿Pues por qué, _ñales_?
—Si dices indecencias me callo.
—No, no las digo, _¡ñales, re-ñales!_ Tu hermanito me está cargando otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que evitemos _todo punto de contacto_ entre él y yo.
X
—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con entonación trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su madre cuando descubre...
—¿Qué?... ¿Y quién es ese _Jamle_, ¡Cristo!, quién es ese _punto_ que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á relucir á cada triquitraque? ¡_Jamle_, dale con _Jamle_!
—Era un Príncipe de Dinamarca.
—Sí; que andaba averiguando aquello de _ser ó no ser_. ¡Valiente bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con nosotros?
—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo que Hamlet á su madre...
—Que también debía de ser una buena ficha.
—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas tragedias de Shakespeare.
—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el _Sí de las niñas_.
—No, hombre... ¡Qué bruto eres!
—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me importa, y en sabiendo que ese _Jamle_ es todo invención de poetas, no me interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras llover... ¿Y tu hermana?
—Ha ido á compras.
—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!
—¿Dónde?
—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi _líquido_. Tu hermana y yo vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos _abrigará_; qué nuevos _gravámenes_ me esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos pensando qué será, qué no será.
Fidela se sonreía picarescamente.
—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y á todo el globo terráqueo.
—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde decírtelo. Ella te lo dirá.
—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay para mí _momento histórico_ que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?
—Hombre, no tanto.
—¿Se trata de _gravamen_, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio, así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos, ¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi cuñadita barre para afuera.
—No exageres, Tor...
—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?
—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la sorpresa que quiere darte.
—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural.
—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y atribuciones que...
—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un _jollín_ en casa.
—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la pata (_tomándole una mano_). Aquí quietecito y hablando á lo caballero, sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.
—Pues sácame de dudas.
—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi hermana te...?
—Prometido.
—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...
—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.
—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...
—Muy señora mía.
—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.
—Ya me entero, sí.
—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que por transmisión de títulos del Reino...
—Demonio, _¡ñales!_ ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu hermana...
—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y pagar lo que se llama medias annatas...
—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.
—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden. ¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida. Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...
—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?
—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del emperador Carlos V.
—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos... Costará... ¿quinientos reales?
—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!
—¿Costará dos mil?
—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por su título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho mil duros.
—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo de fiera por la habitación...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá estar el título hasta las _kalendas griegas_ por la tarde, si esperan que yo lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho mil duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa. Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia, y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal, que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran memorialista con casa abierta?
—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa seré yo, y por consiguiente tú Marqués.
—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú que yo Marqués!
—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...
—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la noble industria de hacer á los señores cerdos una operación que les ponía la voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!
—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el _Becerro_, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en línea recta del rey D. Mauregato.
—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera bromas. (_Parándose ante ella, en jarras._) ¿Tienes tú el capricho de ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? _En una palabra_: ¿es para tí cuestión de _ser ó no ser_, como dijo el otro?
—No lo creas: no tengo esa vanidad.
—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó _Juana Particular_?
—Lo mismo.
—Pues si tú no _acaricias esa idea_ de ponerte corona, ni yo tampoco, ¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?
—_Lanzas y medias annatas._
—Jamás oí tal terminacho.
—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo á Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de Carlos IV.
—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, dándose palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como no saque yo las uñas... _En una palabra_, ¡no, no, y mil veces no! Me rebelo... Lanzas y medias annatas... (_Con desvarío._) Digo que no... Lanzas... San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, ¿no lo ves?... Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... (_Alzándola voz._) Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu hermana me ataque con esta socaliña, voy y... _en una palabra_, me suicido.
—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.
—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (_Repitiéndolo como para fijarlo en la memoria._) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas... medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos rebelamos, ¿sí ó no?
Algo alarmada de la excitación que notaba en su esposo, Fidela acudió á él, y acariciándole le trajo al sofá.
—Pero Tor, ¿por qué te da tan fuerte?
—Digo que nos rebelemos, porque ya ves, ni á tí ni á mí nos hace maldita falta el marquesado ese de las medias de San Eloy... annatas... digo que pues á nosotros nos importa un rábano todo eso, que compre ella el marquesado, y puede empingorotarse con él todo lo que quiera.
—Tontín, el marquesado es para que tú lo luzcas. Eres riquísimo; lo serás más aún. Rico, senador, persona de alto concepto en la sociedad, te vendrá el título como anillo al dedo...
—Si no costara dinero, no te digo que no.
—Hijo, las cosas cuestan según valen. Ponte en lo justo... Y hay otra razón que mi hermana ha tenido en cuenta. Si á tí no te deslumbra el brillo de una corona, ¿no te gustaría verla en la cabecita de tu hijo?
De tal modo se desconcertó al oir esto el fiero prestamista, que por un buen rato estuvo sin poder articular palabra. Y viendo la esposa el buen efecto que causaba su razonamiento, lo reforzó todo lo que pudo, dentro de la escasez de sus medios retóricos.
—Bueno; concedo que no le caerá mal á mi hijo la corona de Marqués. ¡Un chico de tanto mérito! Pero la verdad, yo nunca he visto que sean marqueses los matemáticos, y si lo son, deben inventarse para ellos títulos que tengan algún _punto de contacto_ con la ciencia, verbigracia: no estaría mal que nuestro Valentín se titulara Marqués de _la cuadratura del círculo_, ó cosa así. Pero esto no suena, ¿verdad? Tienes razón. No te rías... Estoy como trastornado con la idea de ese gasto tan bestial que se llevará de calle los líquidos de medio año... Annatas medias... Carlos... lanzas... lanceros... La cabeza me da vueltas... Nada; sublevación... Si no fuera por tí, me escaparía de la casa, antes que Crucita se me pusiese delante con esa matraca... Cierto que por la gloria de mi hijo, haré yo cualquier cosa... Pues oye lo que se me ocurre... Transacción. Convence á tu hermana de que aplace el asunto del marquesado hasta que el hijo nazca; no, no, hasta que le tengamos crecidito.
—No puede ser, Tor de mi vida—replicó Fidela con dulzura,—porque los Romeros gestionan también la concesión del título, y sería una vergüenza para nosotros que nos lo birlaran. Debemos anticiparnos á sus intrigas.
—Pues que me anticipen á mí la muerte, ¡Cristo! que con tanto jicarazo me parece que no está lejos. Fidela, tu hermana me abrirá la sepultura en el _momento histórico_ menos pensado. Todo se remediaría poniéndote tú de mi parte, y ayudándome en la defensa de mi _interés_; porque al paso que vamos, créeme á mí, seremos muy pronto los Marqueses de la _Perra Chica_...
No pudo decir más porque entró su hija Rufina, y lo mismo fué verla que descargar sobre ella su cólera, reprendiéndola por su tardanza. Aquí que no peco. La pobre muchacha pagaba los vidrios rotos, y el que todo era cobardía y turbación ante la formidable autoridad de Cruz, ante un sér débil y ligado á él por ley de obediencia, se desfogaba en groseros furores. Por suerte de la señora de Quevedo, entró de la calle la tirana, y bastó el rumor de sus pasos en la antesala para que se produjese un silencio absoluto en el gabinete. Retiróse al despacho alto don Francisco, rezongando en voz muy queda, y hasta la hora de comer no cesó de barajar su cerebro las ideas que le atormentaban. Medias lanzas... annatas... San Carlos... San Eloy... Valentín... marqueses científicos... ruina... muerte... rebelión... medias annatas.
XI
Ni la Paz y Caridad le salvaba ya, porque la gobernadora, en sus altos designios, había resuelto añadir al escudo de los Torquemadas los sapos y culebras del marquesado de San Eloy, y antes cayeran las estrellas del cielo que dejar de cumplirse aquella resolución. Precisamente, en el _momento histórico_ de la referida conversación entre D. Francisco y Fidela, se hallaban ya el dibujante heráldico y el investigador de genealogías con las manos en la masa, esto es, fabricándole un escudo al tacaño, lo que en verdad no era para ellos difícil, por ser el apellido Torquemada de noble sonsonete, de composición castiza, y muy propio para buscarle orígenes tan antiguos como los Jerusalem. Cruz no se paraba en barras, y antes de hablar con su cuñado, lo dispuso todo para la pronta ejecución de su arrogante idea, apretándole á ello el ansia de cogerles la delantera á los indecentes Romeros. Encargó en Gracia y Justicia que se activase el expediente, dispuso que con la mayor brevedad posible se compusiesen todos los árboles genealógicos y todas las ejecutorias que fueran menester, y no faltaba más que imponer al bárbaro el _gravamen_, con firme voluntad, como la cosa más conveniente para la familia y para él mismo.
Más reacio que nunca le encontró Cruz aquella vez, porque la cuantía del espolio le requemaba la sangre, dándole ánimos para la defensa. Tuvo que llevar la dama el refuerzo de Donoso, que le encareció las ventajas de hacerse Marqués, y lo reproductivo de aquel gasto, pues su representación social se acrecía con la corona, _traduciéndose_ tarde ó temprano en beneficios _contantes_. No le convenció más que á medias, y el hombre gemía, como si le estuvieran sacando todas las muelas á la vez con los aparatos más primitivos. De resultas del sofoco estuvo enfermo cinco días, cosa rara en su vigorosa naturaleza; se desmejoró de carnes, y le salieron muchas canas. Cruz se desvivía por agradarle y devolver á su alterado espíritu la serenidad; disimulaba su tiranía; figuraba atender á sus menores deseos para satisfacerlos, y lo hacía efectivamente en cosas menudas de la vida. Pero ni por esas: entregóse el hombre pataleando, apencó con las medias annatas, rendido de luchar, y sin aliento para oponer al despotismo una insurrección en toda regla.
Distrajéronle un poco de sus murrias la presentación en el Senado y los conocimientos que allí hizo. El Presidente del Consejo, á quien hubo de dar las gracias antes de la aprobación del acta, le dijo con muy buena sombra que ya deseaba verle por allí; y que las personas como él (como el señor de Torquemada) eran las que representaban dignamente el país, lo que el tacaño creyó muy puesto en razón. Veíase tratado con miramientos y cortesanías que le halagaban, ¿para qué negarlo? y lo mismo el Presidente que todos los señores _de la Mesa_ le traían en palmitas. Al volver á casa, después de su primer vuelo en espacios nuevos para él, Cruz le observaba el rostro, queriendo descubrir los efectos de aquel ambiente de vanidades, y notaba ciertos efluvios de satisfacción que eran de muy buen augurio. Interrogábale acerca de sus impresiones; se hacía narrar la sesión y sus incidentes, y veía con gusto que el hombre en todo se fijaba y no perdía ripio. Que de esto se congratuló la dama, no hay para qué decirlo. Brillaba en sus ojos la alegría materna, ó más bien el orgullo de un tenaz maestro que reconoce adelantos en el más rebelde de sus discípulos.
Para que se vea la suerte loca de Torquemada, y la razón que tenía Cruz para empujarle, _velis nolis_, por aquella senda, bastará decir que á poco de tomar asiento en el Senado, aprobada sin dificultad su acta, limpia como el oro, votóse el proyecto de ferrocarril secundario de _Villafranca del Bierzo á las minas de Berrocal_, empantanado desde la anterior legislatura, proyecto por cuya realización bebían los vientos los bercianos, creyéndolo fuente de riqueza inagotable. ¿Y qué sucedió? que los de allá atribuyeron el rápido triunfo á influencias del nuevo senador (á quien se suponía gran poder), y no fué alboroto el que armaron, aclamando al _preclaro hijo del Bierzo_. Algo había hecho don Francisco en pro del proyecto: acercarse á la comisión, hablar al Ministro en unión de otro leonés ilustre; pero no se creía por esto autor del milagro ni mucho menos, ni ocultaba su asombro de verse objeto de tales ovaciones. Porque no hay idea de los telegramas rimbombantes que le pusieron de allá, ni de los panegíricos que en su honor entonaron el alcalde en el Ayuntamiento, el boticario en su tertulia, el cacique en mitad de la calle, y hasta el cura en el púlpito sagrado. Y trajo una carta _El Imparcial_, en que narraba el efecto causado por la noticia en aquella sensata población, describiendo cómo había perdido el sentido todo el sensatísimo vecindario; cómo habían sacado en procesión por las calles, entre ramas de laurel, un mal retrato de D. Francisco que se proporcionaron no se sabe dónde; cómo dispararon cohetes, que atronaban los aires expresando la gratitud con sus restallidos, y cómo, en fin, le aclamaron con roncas voces, llamándole _padre de los pobres, la primera gloria del Bierzo y el salvador de la patria leonesa_.
Enterarse Cruz de estas cosas y volverse loca de alegría fué todo uno.
—¿Lo ve usted, señor mío? Si no fuera por mí, ¿tendría usted esas satisfacciones? ¡Qué hombre! Apenas da los primeros pasos, ya le salen los éxitos de debajo de las piedras.
Oyendo estas lisonjas, y todo el coro de plácemes que entonaron sus tertulios, D. Francisco con media boca se reía y con otra media lloraba, fluctuando entre el remusguillo del amor propio satisfecho, y el temor de que todas aquellas misas vendrían á parar en nuevos _gravámenes_.