Tormento

Chapter 14

Chapter 144,071 wordsPublic domain

Refugio salió y Amparo fue, como de costumbre, a la Costanilla. Los sucesivos días se dedicaron a compras, de que estaba encargada Rosalía, con plenos poderes de su primo. Creo inútil declarar lo que la de Pipaón gozaba con estas cosas y la importancia que se daba en las tiendas. Amparo, con ser la parte interesada, no podía vencer su tristeza, y la conciencia se la alborotaba cada vez que Rosalía, después de regatear telas riquísimas, encajes, abanicos y joyas, cerraba el trato con los comerciantes diciendo que mandaran la cuenta al Sr. Caballero. Cuando se trataba de escoger un color o una forma, la novia caía en las mayores perplejidades, y su espíritu, atento a más graves empeños, no acertaba en la elección. La de Bringas elegía siempre con tanta seguridad y aplomo como si los objetos comprados fueran para ella.

«Tú no tienes gusto--decía--. Déjame a mí, que sabré equiparte con elegancia. Parece que estás lela, y miras todo con esos ojazos... ¿Por qué tienes tanto horror al color negro, que no te fijas sino en colorines? Parece que has venido de un pueblo. Si no fuera por mí, te vestirías de mamarracho. Como seas tan lista para gobernar tu casa, el pobre Agustín se va a divertir».

Algunas tardes, si el tiempo estaba bueno, Caballero traía una carretela cerrada, y los tres se iban de paseo a la Castellana. Rosalía aceptaba este obsequio con una satisfacción que rayaba en júbilo; pero a la novia le hacía muy poca gracia aquella exhibición por las calles. Creía que todos los transeúntes se fijaban en ella, haciendo picantes observaciones. Mientras Rosalía trataba de ser vista y se despepitaba por saludar a cuantas personas conocidas pasasen también en coche, Amparo deseaba ardientemente que cayeran las sombras nocturnas sobre Madrid, el paseo y el carruaje. Cuando se retiraba a su casa, a la hora de costumbre, Caballero la acompañaba hasta la puerta, hablando del tema eterno y de la inacabable serie de planes domésticos. Hombre más venturoso no había existido nunca.

La novia, por el contrario, tenía que emplear trabajosos disimulos para que la creyeran contenta; mas por dentro de ella iba la muy lúgubre procesión de sus dudas y temores. Vivía en continuo sobresalto; tenía miedo de todo, y aun los accidentes más triviales eran para ella motivo de angustiosa inquietud. Como alguien entrara en la casa de Bringas, la infeliz sospechaba que aquella persona, fuera quien fuese, venía a contar algo. Si sentía cuchicheos en la sala parecíale que se ocupaban de ella. En cualquier frase baladí de Rosalía o de su marido creía entender sospecha o alusión taimada a cosas que ella sola podía pensar. A Caballero encontrábale a veces un poco triste ¿le habrían dicho algo?... Hasta la llegada del cartero a la casa le producía escalofríos. ¿Traería algún anónimo? Esto de los anónimos se fijó en su mente de tal modo, que sólo de ver un cartero en la calle temblaba, y la vista de cualquiera carta cerrada con sobre para D. Francisco la hacía estremecer. Aquel antipático señor de Torres, que iba a la casa algunas tardes, dábale miedo sin saber por qué. No se hastiaba nunca de mirarla el condenado hombre, con maliciosa sonrisa, sobándose sin cesar la barba; y ante estas miradas, sentía ella pavor inmenso, cual si en despoblado se le apareciera un toro jarameño amenazándola con su horrible cornamenta.

Llegó a tal extremo la susceptibilidad nerviosa de la Emperadora, que hasta cuando oía leer un periódico le parecía que en aquellos impresos renglones se la iba a nombrar. Si Paquito entraba diciendo: «¿no sabéis lo que pasa?», esta sola frase dábale a ella un violentísimo golpe en el corazón. ¿Qué más? La criada misma, la inofensiva Prudencia la miraba sonriendo a veces, cual si poseyera un secreto nefando.

Cuando Agustín y ella se arrullaban en sus honestos coloquios, descansaba de aquella tortura. Pero a lo mejor se presentaba Rosalía inopinadamente, como persona que se reconoce nacida para estorbar la felicidad ajena, y echándole miradas inquisitoriales, decía:

«Y sin embargo, Agustín, tu novia no está contenta... Mira qué cara de ajusticiado pone cuando me lo oye decir... Algo le pasa, pero cuando no es sincera contigo, ¿con quién lo será?».

Tales bromas, que no lo parecían, torturaban a la novia más que si la pusieran en un potro para descoyuntarla. En su casa no dejaba de pensar en estas cosas, repitiéndolas y comentándolas para descubrir la intención que entrañar pudieran; y como nada acontecía a su lado de que no resultasen para ella nuevas formas de martirio, ved aquí un hecho insignificante que aumentó sus agonías:

El más simple de los mortales, D. José Ido del Sagrario, la visitó una noche. Aunque Amparo tenía de él concepto inmejorable, su presencia le inspiraba siempre repugnancia y temor. Al verle sintió frío semejante al que sentiría si la envolvieran en sábanas de hielo. Aquel hombre refrescaba sin duda en la memoria de la infeliz joven escenas y pasos de que ella no quisiera acordarse más. Por eso, la compungida fisonomía del antiguo profesor de escritura se le representaba con los rasgos espantables, feísimos de un emisario de Satanás.

¿Qué deseaba el buen Ido? ¿En qué podía ella servirle? La cosa era bien sencilla. El egregio novelista había reñido con su editor, el cual no quería tomarle ya sus manuscritos aunque se los diera de balde y con dinero encima. Viéndose a punto de caer otra vez en la miseria, aquel hombre, poseedor de tan varios talentos, discurrió buscarse una placita estable al lado de cualquier persona de suposición y arraigo. Por su amigo Felipe, sabía que el Sr. D. Agustín Caballero pensaba tomar un dependiente que le llevase los libros y la correspondencia...

«Nadie mejor que usted--dijo el calígrafo con acaramelado rostro--puede proporcionarme esa plaza, si lo toma con interés, si se apiada de este pobre padre de familia. Con que usted diga dos palabras nada más al Sr. de Caballero, hará mi felicidad, porque yo sé que ese señor la quiere a usted más que a las niñas de sus ojos, y con justicia, con razón que le sobra, porque usted... (acaramelándose hasta lo increíble) es un ángel, un ángel, sí, de hermosura y bondad».

Amparo cortó el panegírico. Deseaba concluir y que aquel monstruo se marchase. No le podía ver, reconociendo que era inocentísimo. Como comprobante de su aptitud para el cargo que pretendía, Ido del Sagrario llevaba consigo aquella noche una cuartilla de papel.

«Puede usted mostrarle esta cuartilla--dijo alargándola con timidez--; y ahí verá mi letra, que, aunque me esté mal el decirlo, es tal que seguramente no la hallará mejor. Eso lo escribí _calamo currente_, y es parte de la última novela...».

Por perderle de vista, ella le ofreció apoyar su pretensión, y el pobrecillo se fue tan agradecido y satisfecho, amenazando volver por la respuesta dentro de un par de días. Amparo, al quedarse sola, pasó rápidamente la vista por la novelesca cuartilla y leyó salteadas palabras que la aterraron: _crimen... tormento... sacrilegio... engaño_; y otros términos espeluznantes hirieron sus ojos y repercutieron con horrible son en su cerebro. Rompiendo la cuartilla, arrojó los pedazos al fuego.

El espanto que aquel hombre le causaba aumentó con los recuerdos que tuvo de las pocas veces que le viera en otras épocas. El buen _Cerato Simple_ había estado una vez en la Farmacia a llevarle una cartita... Habían hablado de la escuela, de las travesuras de los chicos, del sermón... ¡Qué punzantes espinas estas!... ¡Ido del Sagrario lo sabía! ¡Y semejante hombre pretendía una plaza en la futura casa de ella!... Sin duda Dios la abandonaba, entregándola a Satán.

XXVII

Torturada por estas y otras cavilaciones toda la noche, determinó volver a la mañana siguiente al confesonario de la Buena Dicha. Hízolo así. No iba a confesar, sino a decir simplemente: «Me ha faltado valor, padre, para hacer lo que usted me mandó». Echole el cura un sermón muy severo, dándole luego ánimos y asegurándole un éxito feliz si se determinaba. También aquel día vio de lejos a Doña Marcelina Polo, toda negra, la cara de color de caoba, fija en su banco cual si estuviera tallada en él. Volvió la penitente a su casa más tranquila; pero mirando a su interior no encontraba la fuerza que el sacerdote había querido infundirle.

«Si yo me atreviera--pensaba después en casa de Bringas--. Pero no; segura estoy de que no me atreveré. Ahora sé lo que he de decirle, y cuando lo veo delante, adiós idea, adiós propósito. Soy tan débil, que sin duda me hizo Dios de algo que no servía para nada».

¡Y ya era tarde para la confesión! Caballero la acusaría con fundamento de haberle engañado. ¿No disfrutaba ya ella de la posición de casada? ¿No vivía a costa de él? ¿No había empleado el novio cuantiosas sumas en prepararla para la boda? Él podía con justicia llamarse a engaño, acusarla de deslealtad y ver en ella perversión mayor de la que había, un fraude de mujer, una embaucadora, una tramposa, una...

Y con el trato había llegado Agustín a formar de su novia idea tan alta, que la confesión sería como un escopetazo para el pobre hombre. La miraba como a un ser superior, de inaudita pureza y virtud. ¿Cómo permitió ella que su futuro tuviese opinión tan mentirosa? ¿Con qué cara le diría ahora: «no, yo no soy así, yo tengo una mancha horrenda, yo hice esto, esto y esto...»? Caballero se moriría de pena cuando la oyese, porque declaración tan atroz era para matar al más pintado, y la despreciaría, la arrojaría lejos de sí con horror, con asco...

Varias veces había dicho: «La mejor parte de mi dicha está en saber que a nadie has querido antes que a mí...».

Y ella, insensata, sin medir sus palabras, le había contestado: «a nadie, a nadie, a nadie». Era verdad sin duda en la esfera del sentimiento, porque lo de marras fue pura alucinación, desvarío, algo de inconsciente, irresponsable y estúpido, como lo que se hace en estado de sonambulismo o bajo la acción de un narcótico... Pero tales argumentos, amontonados hasta formar como una torre, no destruían el hecho, y el hecho venía brutal y terrible a encender la luz de su clara lógica en el vértice de aquel obelisco de distingos... ¡Maldito faro que alumbraba sus pasos!... Olvido, olvido era lo que hacía falta; que cayera tierra, mucha tierra sobre aquello de modo que quedase sepultado para siempre y arrancado de la memoria humana.

Aquella tarde, Caballero la encontró muy ensimismada y le preguntó varias veces el motivo.

«Disgustos que me ha dado mí hermana»--contestó.

Y se representaba la cara que pondría Agustín si ella empezase a contarle... y el sonido que tendrían sus palabras, y le entraba un pavor tan fuerte, que decía para sí: «Me mataré antes que confesarlo».

Además, ni él ni nadie habían de comprenderla si hablara. Sólo Dios descifraba misterio tan grande. Creía conservar ella pureza y rectitud en su corazón; ¿pero cómo hacerlo entender a los demás y menos a un celoso? Nada; callar, callar, callar. Dios la sacaría adelante.

Era verdad que su hermana le daba disgustos. Ido, que a menudo subía para informarse del giro de sus pretensiones a la plaza de tenedor de libros, le dijo que por dos veces seguidas había venido un hombre; que Refugio trajo platos y botellas de la fonda, y que habían escandalizado la casa. Esto la disgustó en extremo. Por la noche riñeron las dos hermanas. Refugio, soberbia, acusaba a la otra con palabras insolentes. Aún intentó Amparo someterla con maña ofreciéndole dinero. Pero Refugio se había disparado sin freno por la pendiente abajo, y ya no era posible contenerla.

«No quiero nada contigo--le dijo--. Tú en tu casa y yo en la mía. No me faltará un señor como a ti. Pero a mí no me engañan ofreciéndome un casorio imposible. ¡Casarte tú! Bueno va. Será con un ciego. No te pongas pálida. Yo no diré nada. Ni soy hipocritona ni tampoco me gusta acusar. Allá te las arregles. Abur».

Recogió su ropa y se fue sin hablar más. Al quedarse sola, Amparito compartía su fatigado espíritu entre dos modos de sufrimiento dolorosos por igual. Era el uno la deshonra de su hermana, el otro esta consideración tenaz, fija como candente espina en su cerebro, donde ya había otras: «¡Refugio lo sabe!».

A la madrugada, en agitadísimo sueño, la novia confesó todo a su amante, el cual, oyéndola, había sacado un cuchillo y le había cortado la cabeza... ¿A dónde fue a parar la cabeza? Allá, en tierra de salvajes, un hombre atezado la tenía entre sus manos, besándola.

Despierta y levantada no sabía qué hacer ni qué pensar. Como viene una pesadilla, así vino Ido del Sagrario a punto de las nueve.

«Señorita...».

--¿Qué hay, D. José?

--Ayer, viendo que usted no se acordaba de mí, resolví presentarme al señor, el cual, en cuanto le dije que la conocía a usted, me puso muy buena cara. La letra le gustó mucho. Me mandó que volviera. Creo que tengo plaza.

También aquel simple la miraba de un modo particular. ¿Era sencillez o malicia, era bondad o traición lo que en aquellos ojos llorones lucía? Amparo deseaba que la tierra se tragara al tal D. José.

«¡Vaya una casa que va usted a tener, señorita! Cuando fui, el señor no estaba, y Felipe me enseñó todo. Es un palacio. Pero francamente, usted se lo merece... Allí estaban los carpinteros clavando cortinas bordadas. Luego trajeron unas sillas que parecen de oro puro...».

«D. José--dijo ella bajando con humildad los ojos ante las miradas de aquel infeliz, que a ella le parecían las de un juez inexorable. Si usted se porta bien, yo le protegeré».

Al pobre Ido se le llenaron los ojos de lágrimas.

«¡Oh! Señorita, ¿podremos esperar...? ¿Será usted tan buena que...? No me atrevía a importunarla; pero viendo que usted se interesa por nosotros, ¿tendrá valor para decirle...? ¡Oh!, señorita. Nicanora plancha como pocas. Desea que usted le dé el planchado de su nueva casa».

--Veremos...

--Y el niño mayor... Usted le conoce, Jaimito, el mayorcito... Pues si usted quisiera tomarle de lacayín... Está que ni pintado para que le pongan su uniformito con muchos botones en la pechera y su gorra con galón.

--Veremos, veremos...

--No sé si sabrá usted que mi mujer es una de las mejores peinadoras que hay en Madrid. Dígalo la cabeza de la ministra de Fomento del bienio, y otras cabezas, señorita, otras muchas. Conocí a Nicanora en casa de Su Excelencia. Yo daba lección a los niños. Uno de ellos ha sido ya diputado. Pero esto no hace al caso... ¿Nos tendrá usted presente...? La niña mayor; Rosa, cose a maravilla...

--Bien; veremos, veremos...--repitió Amparo atosigada.

Porque se fuera pronto, no quiso destruir sus risueñas esperanzas de colocar a toda la familia.

En estas y otras cosas, que no merecen referirse, pasaron los pocos días que faltaban para concluir el año 67. No quiero hablar del nacimiento que Bringas les _armó_ a los pequeños ni de la bulla que metía Alfonsito con el tambor que le regaló su tío. Hubo cena, que por la fuerza rutinaria de la frase hemos de llamar opípara, y asistieron a ella Caballero y su novia. La boda se había fijado para fin de Febrero o principios de Marzo. En los preparativos y en otros sucesos se pasó casi todo Enero del 68. Los recién casados se irían de temporada a Burdeos.

Cuando Rosalía y Amparo estaban solas, aquella no perdonaba ocasión de hacer ver a la que fue su protegida las atenciones que merecía del generoso primo.

«Agustín me ha regalado este abanico--le dijo un día, mostrándole una de las mejores compras que hicieron--. Hija, todo no ha de ser para ti. Los pobres hemos de alcanzar alguna cosita. Y una de las dos manteletas parece que será también para mi humilde persona. Ayer dijo: 'puedes quedarte con ella si tanto te gusta', y yo le contesté: '¡Oh!, no, de ninguna manera'. Pero quizás la tome. ¿Pues qué, mi trabajo no vale nada?... ¡Todo el día en la calle, olvidando mis atenciones!... Cosas hay aquí, hija, que a ti te han de estar muy mal, porque no tienes aire; vamos, no te cae bien más que el vestidito de merino. ¡Lástima de dinerales que ha gastado Agustín, para que no los luzcas! Lo que es el vestido de faya azul marino, créelo, de buena gana me quedaría con él, aunque fuera dando a mi primo el dinero que le ha costado. Se lo he de proponer... A ti no te va bien ese color, ni sabes tú llevar esas cosas. Parecerá que te han traído de un pueblo y te han puesto lo que no te corresponde. La costumbre, hija, la costumbre es el todo en cuestión de vestir. Ponle a una paleta una falda de raso, y no sabrá mover los pies dentro de ella... Luego que te cases, me has de cambiar este alfiler de brillantes por aquél que yo tengo con dos coralitos y ocho perlitas. Es de menos valor que el tuyo, pero a ti te irá mejor. Déjame a mí, que te arreglaré de modo que luzcas algo, y sacaré de tu sosería todo el partido que pueda».

Mostrábase la joven conforme con todo; pero en su interior hacía propósito de tener a raya, luego que se casase, los entrometimientos y las ínfulas despóticas de la Pipaón de la Barca. Había observado Amparo ciertas novedades en el carácter de Rosalía, y era que se le había desarrollado el gusto por las galas, y despuntaban en ella coqueterías y pruritos de embellecerse, que antes no tenía sino cuando se presentaba en público. Dentro de casa, no estaba ya nunca la vanidosa dama tan desgarbada ni con tanto desaliño vestida como antes. Ella misma se había hecho dos batas bastante bonitas; usaba casi siempre el corsé, y en todo se echaba de ver que no quería parecer desagradable. Pero la novia se guardaba bien de manifestar, ni aun en broma, sus observaciones, por el gran miedo que a su protectora tenía, miedo que aumentaba con las reticencias de la dama y aquel modo de mirar, aquella expresión de cavilosa sospecha...

«Si Rosalía no sabe nada--pensaba Amparo--, desea saber, y acaricia las sospechas como se acaricia una esperanza. Tiene la ilusión de mi falta. Yo pido a Dios olvido, y ella pide descubrimiento...».

--¿Sabes tú dónde vive Doña Marcelina Polo?--preguntole un día bruscamente Rosalía--. Ha venido a verme varias veces, y tengo que pagarle la visita.

Amparo se turbó tanto que no supo dar las señas. Por disimular, nombró varias calles, diciendo al fin la verdadera. ¡Después le pesó tanto haberlo dicho! ¿Pero cómo mentir, si la de Bringas le introducía hasta el fondo del alma sus miradas, que, cual anzuelos, tenían gancho para sacar lo que encontraran?

«Estás tan nerviosa--le dijo en otra ocasión--, con la novelería de tu casamiento, que parece que te han aplicado la electricidad. A lo mejor se me figura que das un salto y que vas a volar. ¿Es que no te gusta mi primo? ¿Le encuentras viejo? Hija, de mal agradecidos está lleno el Infierno. De todos modos, no te cases a disgusto. Si prefieres un apreciable barbero de veinte años o un distinguido hortera, un oficial de obra prima o cosa así, habla con franqueza».

Amparo no podía contestar a estos disparates sino tornándolos a risa. ¡Y qué trabajo le costaba reír! Para variar la conversación hablaba del próximo baile de Palacio, y en tal tema la descendiente de los Pipaones se explayaba a su antojo. El arreglo de su vestido, cuya falda procedía de las inagotables mercedes de la Reina, le ocupaba todo su tiempo disponible. En adornarlo trabajaban las dos con flores, encajes y cintas que pertenecían a lo que se había comprado para los regalos de la novia. Pensaba ponerse Rosalía en la noche del baile el gran aderezo de casa de Samper que Agustín había adquirido para su futura, y decía a este propósito:

«Supongo que darás tu permiso para que se luzca alguna vez el pobre aderezo».

En tan solemne función llevaría D. Francisco su encomienda de Carlos III, cuyas insignias le había regalado Agustín. El gabán nuevo lo estrenaría también la misma noche, pues aunque esta prenda no se había de lucir en el baile, convenía exhibirla en la escalera y vestíbulo, donde había mucha luz. ¡Y qué apuros los del económico Thiers para atender al gabán, a las botas de charol, a las dos batas que Rosalía se había hecho, a la cena de Navidad, al calzado de los niños, que ya daba lástima verlo, y a otras menudencias! ¡Gracias que hubo doble paga en Diciembre, es decir, propina oficial; que si no...! Así y todo, expuesto anduvo el tesoro Bringuístico a caer en el horroroso abismo de la insolvencia. Para evitarlo, D. Francisco había empezado por suprimir el café, y concluyó por prescindir del vino en las comidas. ¡Y qué chascos se llevan las personas serviciales! Esperaba mi D. Francisco que la marquesa de Tellería, a quien hizo el favor de componerla una arqueta antigua, dejándosela como nueva, le enviara un buen regalo por Navidad. Tanta era su confianza, que cada vez que sonaba la campanilla en aquellos días, decía: «ya está ahí», saliendo con una peseta en la mano para darla al criado portador del regalo. Pero la marquesa no se cuidaba de semejante cosa. «Trabaje usted, trabaje usted para los poderosos...» decía Thiers ajustándose las gafas sobre la nariz romana.

Quiso mostrar su casa Caballero, ya casi completamente arreglada, a sus primos y a la novia, y una tarde fueron todos allá. Esto debió de ser hacia los últimos días de Enero. La de García Grande uniose a la partida, anhelosa de dar su dictamen sobre las maravillas de aquella encantadora vivienda. Por el camino, Bringas dijo a su mujer: «Parece que la dota en cincuenta mil duros». Oído lo cual, puso Rosalía tan mala cara como si fuera ella quien había de dar el dinero.

«Te he dicho--contestó desabridamente a su esposo--, que a nosotros nos deben tener sin cuidado los disparates que haga ese pobre hombre. Nos lavamos las manos».

Amparo y Doña Cándida iban delante, a bastante distancia, y no podían oír.

Lleno de orgullo, enseñaba Caballero su casa, en la cual había reunido comodidades hasta entonces poco usadas en Madrid. Doña Cándida, como persona inteligente, era la que llevaba la voz en los elogios. Rosalía, abatida y triste, sentía con toda su alma que la urbanidad le impidiese poner faltas. ¡Vaya, que estaba todo bien recargadito! La novia paseaba por las primorosas estancias, dudando un poco de la realidad de lo que veía, y teniéndolo a veces por creación de su cerebro calenturiento. Porque pensar que todo aquello iba a ser suyo dentro de pocos días y que ella gobernaría tan hermoso imperio, más era para enloquecerla que para alegrarla. Le entró como un mareo de ver tanta cosa buena y apropiada a su objeto, y pensó cuán grandes son las necesidades humanas y qué esfuerzos ha hecho la industria para responder a ellas. Consideró que las invenciones del hombre, produciendo objetos de varia y útil aplicación, crean y aumentan las necesidades, entreteniendo la vida y haciéndola más placentera. El gozo que sentía al mirar tanta riqueza, casi en su mano, al verse envidiada y enaltecida, y sobre todo al considerarse tan tiernamente amada por el señor y dueño de todo, le ponía en el pecho opresión vivísima, que no se hubiera calmado sino llorando un poco.

Vieron la alcoba nupcial, el tocador, que según opinión de Doña Cándida, era un _museíto muy mono_; se recrearon en el gabinete color de rosa, que parecía todo él una gran flor muy abierta; vieron el comedor con sillas y aparadores de nogal imitando las artes antiguas; admiraron las vitrinas en cuyo seno oscuro lucían con suaves cambiantes la plata y el metal Christofle. Pero lo que más entretuvo a las señoras fue la cocina, un grandísimo armatoste de hierro, de pura industria inglesa, con diversas chapas, puertas y compartimientos. Era una máquina portentosa. «No le faltan más que las ruedas para parecer una locomotora»,--decía el entendido Bringas abriendo una y otra puerta para ver por dentro aquel prodigio.