Chapter 13
Recogida en la soledad de su casa, Amparo tuvo aquella noche un feliz pensamiento. No supo como se le había ocurrido cosa tan acertada, y juzgó que el mismo Espíritu Santo se había tomado el trabajo de inspirársela. La feliz ocurrencia era llamar en su auxilio a la religión. Confesando su pecado ante Dios, ¿no le daría Éste valor bastante para declararlo ante un hombre? Claro que sí. Nunca había ella descargado su conciencia de aquel peso como ordena Jesucristo. Su devoción era tibia y rutinaria. No iba a la iglesia sino para oír misa, y si bien más de una vez se le ocurrió que debía acercarse al tribunal de la penitencia, tuvo gran miedo de hacerlo. Su pecado era enorme y no cabía por los agujerillos de la reja de un confesionario, grandes para la humana voz, chicos, a su parecer, para el paso de ciertos delitos.
«Nada, nada--pensó confortándose mucho con esto y llena de alborozo--; un día cualquiera, luego que me prepare bien, me confieso a Dios, y después... seguramente tendré un valor muy grande».
¡Qué acertado proyecto!... ¡ampararse de la religión, que no sería nada si no fuera el pan de los afligidos, de los pecadores, de los que padecen hambre de paz! ¡Y a ella, la muy tonta, no le había pasado por las mientes proceder tan sencillo, tan natural...! Iría, sí, resuelta y animosa, al tribunal divino. Si ya sentía robustez de espíritu sólo con el intento, ¿qué sería cuando al intento siguiera la realización de él? El temor que siempre tuvo de un acto tan grave, disipose; y si el sacerdote, viéndola hondamente arrepentida, la perdonaba, ya tenía su alma vigor bastante para presentarse al hombre amado y decirle: «Cometí enorme falta; pero estoy arrepentida. Dios me ha perdonado. Si tú me perdonas, bien. Si no, adiós... cada uno en su casa».
Todo cuanto veía, todo, apoyaba su cristiana idea; el cielo y la tierra, y aun los objetos más rebeldes a la personificación se trocaban en seres animados para aplaudirla y festejarla. El retrato de su padre la felicitaba con sus honrados ojos, diciéndole: «Pero, tonta, si te lo vengo diciendo hace tanto tiempo, ¡y tú sin querer entender...!».
La noche la pasó gozosa. ¡Oh ventajas de un buen propósito! En las enfermedades de la conciencia el deseo de medicina es ya la mitad del remedio. Pensó mucho durante la noche en cómo sería el cura, cómo tendría el semblante y la voz. Por grande que fuera su vergüenza ante Dios, más fácil le sería verter su pecado en todos los confesonarios de la cristiandad que en los oídos de su confiado amante. Pero estaba segura de que una vez dado aquel paso, lo demás se le facilitaría grandemente.
Dejó pasar tres días, y al cuarto, levantándose muy temprano, se fue a la Buena Dicha. Entró temblando. Figurábase que allí dentro tenían ya noticia de lo que iba a contar y que alguien había de decirle: «Ya estamos enterados, niña». Mas la apacible solemnidad de la iglesia le devolvió el sosiego y pudo apreciar juiciosamente el acto que iba a realizar. Y por Dios que duró bastante tiempo. Las beatas que esperaban de rodillas a conveniente distancia, y eran de esas que van todos los días a consultar escrúpulos y a marear a los confesores, se impacientaban de la tardanza, renegando de la pesadez de aquella señora, que debía de ser un pozo de culpas.
Cuando se retiró del confesonario sentía un gran alivio y espirituales fuerzas antes desconocidas. Cómo se habían deslizado sus tenues palabras por los huequecillos de la reja, ni ella misma lo sabía. Fue encantamento, o hablando en cristiano, fue milagro. Asombrábase ella de que sus labios hubieran dicho lo que dijeron, y aun después de hecha la confesión, le parecía que se habían quedado atravesadas en la reja expresiones que no eran bastante delgadas, bastante compungidas para poder entrar. El cura aquel, a quien la pecadora no vio, era muy bondadoso; habíale dicho cosas tremendas, seguidas de otras dulces y consoladoras. ¡Oh!, ¡penitencia, amargor balsámico, dolor que cura! Fue como un suicidio cuando la pecadora se rasgó el pecho y enseñó su conciencia para que se viera todo lo que había en ella. Mostrando lo corrupto, mostraba también lo sano. El sacerdote le había prometido perdonarla; pero aplazando la absolución para cuando la penitente hubiese revelado su culpa al hombre que quería tomarla por esposa. Amparo creía esto tan razonable como si fuera dicho por el mismo Dios, y prometió con toda su alma obedecer ciegamente.
Antes de salir de la iglesia una visión desagradable turbó la paz de su espíritu. Allá en el extremo de la nave vio una mujer vestida de negro, sentada en un banco, la cual no le quitaba los ojos. Era Doña Marcelina Polo. La penitente se cubría la cara con el velo de la mantilla deseando no ser conocida; pero ni por esas... La otra no la dejaba descansar ni un punto del martirio de sus miradas. Para abreviarlo, Amparo, que pensaba oír dos misas, se fue después de oír una.
Al regresar a su casa midió las fuerzas que le habían nacido y se asombró de lo grandes que eran.
«Ahora sí que se lo digo--pensaba--; ahora sí. No me faltan palabras, como no me falta valor. Tan cierto es que hablaré, como ahora es día... Veamos; empiezo así: «¡Hoy me confesé!...» De esto a lo demás es llano el camino. Le diré: 'Tenía un gran pecado'. '¿Cuál es? ¿Lo puedo saber yo?'. 'No sólo puedes sino que debes saberlo, pues antes de que lo sepas, no debo pensar en casarme'. Palabra tras palabra, va saliendo, va saliendo la cosa como salió en el confesonario. Si después de saber mi arrepentimiento, insiste, le pondré por condición irnos a vivir a un país extranjero para evitar complicaciones».
Segura y animosa, deseaba ardientemente que Caballero viniese pronto para plantear la cuestión desde que entrara. Aquel día no podía faltar. Habían concertado que ella no saliera los martes y viernes y que Caballero la visitaría en tales días para hablar con más libertad que en la casa de Bringas. Era viernes.
Refugio estaba aquel día muy risueña.
«Ya sé--le dijo--, que tienes visitas. Me lo ha contado Doña Nicanora. Chica, estás de enhorabuena».
Eludió Amparo conversación tan peligrosa, y como no quería dar todavía explicaciones a su indiscreta hermana, la invitó a que se marchara, de una vez. No se hizo de rogar la otra. Su pintor la esperaba para modelar la figura de una maja _calipiga_ ayudando a enterrar las víctimas del 2 de Mayo. Engullendo a toda prisa su breve almuerzo, salió.
Poco después llamaron a la puerta. ¿Sería él? Aún era temprano... ¡Jesús mil veces, el cartero!... De manos de aquel hombre recibió Amparo una carta, y verla y temblar de pies a cabeza todo fue uno. Mirábala sin atreverse a abrirla. Conocía la odiada letra del sobre. Por Celedonia, que días antes fue a pedirle limosna, sabía que su enemigo estaba en el campo; pero no pechaba la infeliz que tuviera el antojo de escribirle. ¿Abriría la epístola, o la arrojaría al fuego sin leerla? ¡Y en qué momentos venía Satanás a turbar su espíritu, cuando se había puesto en paz con Dios, cuando había fortalecido su conciencia!
«Pero la leeré--dijo--; la leeré, porque lo que diga aumentará mi santo horror, y me dará fuerzas mayores aún. Hoy no me puede enviar Dios una nueva pena, sino el alivio de las antiguas».
XXV
La carta estaba escrita con lápiz, y decía así:
«El Castañar, a 19 de Diciembre de 1867.
»Tormento mío, Patíbulo, Inquisición mía: Aunque no desees saber de este pobre, yo quiero que lleguen a ti noticias mías. Mandome aquí a hacer vida rústica y penitente ese santote de Nones, y aunque me prohibió, entre otras cosas, el juego de cartitas, no puedo resistir a la tentación de escribirte esta, que seguramente será la última. ¡Y por Dios que acertó mi amigo! Tan bueno estoy, que no me conozco. El ejercicio, la caza, el aire puro, el continuo pasear, el trabajo saludable me han puesto en diez días como nuevo. Estoy hecho un salvaje, un verdadero hombre primitivo, un troglodita sin cuevas y un anacoreta sin silicio. Vivo entre bueyes, perros, conejos, perdices, cuervos, cerdos, mulos, gallinas y alguno que otro ser en figura humana, que me recuerda más aún la inocencia y tosquedad de los tiempos patriarcales. Me figuro ser el papá Adán, solo en medio del Paraíso, antes de que le trajeran a Eva, o se la sacaran de la costilla, como dice el señor de Moisés. Llevo un pañuelo liado a la cabeza, gorra de pelo y un chaquetón de paño pardo que me ha prestado el leñador. He recobrado mi agilidad de otras edades y un voraz apetito que me dice que aún soy hombre para mucho tiempo. Lo que no vuelve es la alegría ni la paz de mi espíritu. Estoy expulsado de la vida y confinado a un rústico limbo, del cual creo saldré sano, pero idiota. La bestia vive, el ser delicado muere; ¿pero qué importa, ¡oh rabiosa ironía!, si se han salvado los principios?
»Te escribo con un pedazo de lápiz romo, sentado sobre un montón de paja de cuadra y de dorado estiércol, que a los rayos del sol parece, no te rías, hacinamiento de hilachas de oro. Rodéame una movible corte de gallinas, con crestas rojas, saltando sobre el estiércol de paja, parecen baile del coral sobre tapiz de rayos, no te rías... ¡Vaya unos disparates!... También andan por aquí dos señores pavos que sin cesar hacen la rueda a mi lado, como si quisieran expresarme el alto desprecio que sienten hacia mí. Un cerdito está hozando a mi espalda, y un perro de campo se pasea por delante, melancólico, pensando quizás en la inestabilidad de las cosas perrunas.
»Hombres no se ven ahora por aquí. Los de este lugar, con su sencillez ingenua, son lección viva y permanente de la superioridad de la Naturaleza sobre todo. ¡Malditos los que en el laberinto artificioso de las sociedades han derrocado la Naturaleza para poner en su lugar la pedantería, y han fundado la ciudadela de la mentira sobre un montón de libros amazacotados de sandeces!... No te rías».
--Está loco--pensó Amparo, y siguió leyendo:
«Mi buen amigo se ha empeñado en curarme por completo. La primera parte de la medicina no ha sido ineficaz; pero ahora viene la segunda, Tormento mío, la segunda y más fiera y amarga parte. Pero he jurado obedecer, y por mí no ha de quedar. Estoy decidido a llegar hasta el fin, a entregarme cruzado de brazos al idiotismo, a ver si de él, como dice Nones, nace mi salvación social y espiritual. Atiende bien a lo que sigue, y alégrate, pues deseas perderme de vista. Nones me escribe que ya ha conseguido mi placita para Filipinas y que me disponga, al dilatado viaje, que me parece un viaje al otro mundo. Si acompañado fuera, ¡cuán feliz! Pero voy solo, y muérame de una vez.
»No sé aún cuándo saldré, pero será pronto.
»Entre mi hermana y Nones me arreglan el gasto de pasaje y lo demás que necesite. De aquí me planto en Alicante para ir luego a Marsella. Esto es forzoso, definitivo, irrevocable. Es también como darse una puñalada; pero me la doy, y veremos dónde y cómo resucito. Cometo la imprudencia de desobedecer a mi amigo en esto de darte la despedida. No le digas nada si lo ves, y recibe mi adiós último. Tenme compasión, ya que no otro sentimiento. Si te metes monja, reza por mí; conságrame dos o tres lágrimas contándome entre los muertos, y pido a Dios que me perdone».
La carta no decía más. Entre aquel desordenado fárrago de conceptos, propios de un loco, con mezcla de bufonadas y de alguna idea juiciosa, se destacaba un hecho feliz. Amparo prescindía de todo para no ver más que el hecho. ¡Se iba, se iba para siempre! «Reza por mí, contándome entre los muertos», decía la carta. Esta frase declaraba roto y hundido para siempre aquel horrible pasado, y el grave problema se resolvía llana y naturalmente, sin escándalo... Gozo vivísimo inundó el alma de la Emperadora. Daba gracias a Dios de aquel inesperado suceso, diciendo para sí: «¡Se va, se acabó todo! Dios me allana el camino, y nada tengo que hacer por mí».
La idea del alejamiento del peligro enfrió su ánimo envalentonado por la confesión y dispuesto para una confesión nueva. La debilidad, recobrando su imperio momentáneamente perdido, se asentó con orgullo en aquel ingenuo ser, no nacido para acometer la vida, sino para recibirla como se la dieran las circunstancias.
El aplazamiento del peligro traía la no urgencia del remedio y tal vez, tal vez su inutilidad. La entereza de la penitente desmayó, y el sinsabor y las dificultades de declararse a su futuro amargaron su espíritu. Aceptaba con descanso aquella solución transitoria que le ofreció la Providencia, y se resistía a procurarla terminante y segura por sí misma.
«Que se lo he de decir es indudable--pensó--; pero me parece que ya no corre tanta prisa. Hay que discurrir con calma los términos con que lo he de contar».
Estaba entregando la carta a las ascuas del fogón, cuando la campanilla anunció a Caballero. Entró, y se sentaron el uno frente al otro. Miraba la Emperadora a su amante, y sólo con el pensamiento de que había de confesarse a él se ruborizaba. ¡Qué vergüenza! Los bríos de aquella mañana, ¿dónde estaban?
Y dejándose llevar del curso fácil de una desabrida conversación de amores, se fue olvidando del mandato del buen sacerdote. A ratos bullía su conciencia; pero pronto la misma conciencia, emperezada, se arrellanaba en un lecho de rosas. Es de notar que, por el temperamento de ambos amantes, en su coloquio se entrelazaba el espiritualismo propio de tal ocasión con ideas prácticas y apreciaciones sobre lo más rutinario de la vida.
La mayor felicidad del mundo consistía, según Caballero, en que dos caracteres saborearan su propia armonía y en poder decir cada uno: «¡qué igual soy a ti!...». Cuando él (Agustín) la conoció, hubo de sentir grandísima tristeza, pensando que tan hermoso tesoro no sería para él... Cuando ella le conoció diéronle ganas de llorar, pensando que un hombre de tales prendas no pudiese ser su dueño... Porque ella (Amparo) no valía nada; era una pobre muchacha que si algún mérito tenía era el de poseer un corazón inclinado a todo lo bueno, y mucho amor al trabajo... Las cosas del mundo, que a veces parecen dispuestas para que todo salga al revés de lo natural y contra el anhelo de los corazones, se habían arreglado aquella vez para el bien, para la armonía... ¡Qué bueno era Dios! También él tenía afición al trabajo, y si no le distrajeran el amor y los preparativos de la boda, estaría aburridísimo. En cuanto se casara, habría de emprender algún negocio. No podía vivir sin escritorio, y el libro mayor y el diario eran el quita-pesares mejor que pudiera apetecer... Con esto y el amor de la familia, sería el más feliz de los hombres... Tendrían pocos, pero buenos amigos; no darían comilonas. Cada cual que comiera en su casa. Pero sabrían agasajar a los menesterosos y socorrer muchas necesidades... A él le gustaba que todo se hiciera con régimen, todo a la hora; así no habría nunca barullo en la casa... Para eso ella se pintaba sola; era muy previsora, y todo lo disponía con la anticipación conveniente para que en el instante preciso no faltase. ¡Y que ya andarían listos los criados, ya, ya!... Ella no les perdonaría ningún descuido... A él le gustaban mucho, para almorzar, los huevos con arroz y frijole. El frijole de América era muy escaso aquí, pero Cipérez solía tenerlo... Lo que ella debía hacer era acostumbrarse a llevar su libro de cuentas, donde apuntara el gasto de la casa. Cuando no se hace así, todo es barullo, y se anda siempre a oscuras... Irían a los teatros cuando hubiera funciones buenas; pero no se abonarían, porque eso de que el teatro fuese una obligación no le agradaba ni a uno ni a otro. Tal obligación sólo existía en Madrid, pueblo callejero, vicioso, que tiene la industria de fabricar tiempo. En Londres, en Nueva York no se ve un alma por las calles a las diez de la noche, como no sea los borrachos y la gente perdida. Aquí la noche es día, y todos hacen vida de holgazanes o farsantes. Los abonos a los teatros, como necesidad de las familias, es una inmoralidad, la negación del hogar... Nada, nada, ellos se abonarían a estar en su casita. Otra cosa: a ella no les gustaba dar dinerales a las modistas, y aunque tuviera todos los millones de Rostchild, no emplearía en trapos sino una cantidad prudente. Además, sabía arreglarse sus vestidos... Otra cosa: tendrían coche, pues ya estaba encargado a la casa Binder; un landó sin lujo para pasear cómodamente, no para ir a hacer la rueda a la Castellana, como tanto bobo. Siempre que salieran en carruaje, convidarían a Rosalía, que se pirraba por zarandearse. Ambos concordaban en el generoso pensamiento de ayudar a la honesta familia de D. Francisco, obsequiando sin cesar a marido y mujer, y discurriendo una manera delicada de socorrer su indigencia sobredorada... Él pensaba señalarle un sobresueldo para vestir, calzar, educar a los pequeños y llevarlos a baños. ¿Pero cómo proponérselo? ¡Ah! Ella se encargaría de comisión tan agradable. Por de pronto les invitarían a comer dos veces por semana... A él le daba por tener buenos vinos en su bodega. Sobre todo, de las famosas marcas de Burdeos no se le escaparía ninguna. ¿Y era Burdeos bonito? ¡Oh!, precioso. (Descripción de los _Quinconces_, del puerto, de la _Allée de l'Intendence_, de la _Croix Blanche_ y de los amenos contornos llenos de hermosas viñas). A esta ciudad tranquila, que parece corte por la suntuosidad de sus edificios, sin que haya en ella el tumulto ni las locuras de París, irían los esposos a pasar una temporadita. Otra cosa: a él no le disgustaban las comidas francesas... Bien, bien, porque ella había aprendido con su tía Saturna a hacer _beefsteack_ y otras cosillas extranjeras... De las comidas españolas algunas no le hacían feliz, otras sí... Por fortuna ella aprendería diversas maneras nuevas de guisar, porque como habían de ir también a Londres... Pasados años y años se querrían lo mismo que entonces, porque su cariño no era una exaltación de esas que en su propia intensidad llevan el germen de su corta duración; no era obra de la fantasía, ni capricho de los sentidos; era todo sentimiento, y como tal se robustecería con el curso del tiempo. Era un amor a la inglesa, hondo, seguro y convencido, firmemente asentado en la base de las ideas domésticas...
Con esta música que de los labios de uno y otro afluía en alternadas estrofas, a veces tranquilamente, a veces juntándose y sobreponiéndose como los miembros de un dúo, Amparo se olvidaba de todo. Volviendo de improviso sobre sí misma, sentía escozores de la antigua herida, y su dolor agudo la obligaba a contener el vuelo por aquellas regiones de dicha... Pero ella misma trataba de suavizar la llaga con remedios sacados de su imaginación. Veía un hombre bárbaro, navegando en veloz canoa con otros salvajes por un río de lejanas o inexploradas tierras, como las que traía en sus estampas el libro de _La vuelta al mundo_. Era un misionero, que había ido a cristianizar cafres en aquellas tierras que están a la otra parte del mundo redondo como una naranja, allá donde es de noche cuando aquí es de día.
Hacia el término de la visita, ya sobre las seis, entró Refugio, cosa que mortificó mucho a Amparo, por temor de que su hermana no tuviese en presencia de Caballero el necesario comedimiento. Refugio se había desenvuelto mucho y podía dar a conocer con una palabra la diferencia que existía entre ella y una señorita decente. En honor de la verdad, la muchacha se portó bien, y como no carecía de ciertos principios, supo aparecer juiciosa sin serlo. Pero la otra no tenía sosiego, y deseaba que Caballero se marchase. Siempre que veía junto a su amigo a cualquier sujeto, conocedor de los secretos de ella, temblaba de pavor, y el azoramiento ponía en su semblante ora llamas ora mortal palidez. Por fin retirose Agustín y su futura respiró.
¡Refugio lo sabía!... Refugio era, por su indiscreción, un peligro constante... Sofocadísima con esta idea, la novia hizo propósito de inclinar el ánimo de su marido, luego que lo fuese, a establecerse en lugar muy distante de Madrid. Quería dejar aquí todo: relaciones, parentescos, memorias, lo pasado y lo presente. Hasta el aire que respiraba en Madrid parecíale tener en su vaga sustancia algo que la denunciaba, algo de indiscreto y revelador, y ansiaba respirar ambiente nuevo en un mundo y bajo un cielo distintos de este, a los cuales pudiese decir: «Ni tú, aire, me conoces; ni tú, cielo, me has visto nunca; ni tú, tierra, sabes quién soy».
XXVI
Su hermana le dio bromitas aquella noche.
«Buen pájaro te ha caído en la red. Asegúrale, chica, todo el tiempo que puedas, que de estos no caen todos los días. Pero Dios te hizo tan sosa, que le dejarás escapar... Si fuera mía esa presa, primero me desollaban viva que soltarla yo de las garras. Pero tú, como si lo viera eres tan pavota, tan _silfidona_, que por una palabra de más o de menos te lo dejarás quitar. Como le sueltes, es para mí».
Esta desenvoltura y este ordinario modo de hablar mortificaban tanto a la mayor de las Emperadoras, que amonestó a su hermana con aspereza.
«¿Sermoncito tenemos?--decía la otra--. Cierra el pico, si no quieres que me marche y no vuelva a parecer por aquí. Para lo que me das...».
Siguió charlando cual cotorra que ha tomado sopas de vino. Amparo, disgustadísima, hubo de pensar que más fácilmente dominaría a su basilisco por buenas que por malas, y no quiso contestar a tanto disparate. Acostáronse, y de cama a cama, empeñadas en fácil charla, la mayor reveló a la pequeña la verdadera situación. Aquel señor no era su amante, era su novio y se iba a casar con ella. Reíase la otra; mas al fin hubo de creer lo que veía. ¡Y qué bien se explicó Amparito!... Si Refugio se enmendaba, si era juiciosa, si no la entorpecía con sus genialidades, su hermana le daría cuanto necesitase... Eso sí; era indispensable poner término a las locurillas. La cuñada de un sujeto tan principal tenía que ser muy decente... ¡Vaya! Si no, no la reconocería por hermana. Ante las dos se abría un porvenir brillante. Convenía que ambas se hiciesen dignas de la fortuna que el Señor les deparaba.
Estas revelaciones hicieron efecto en el ánimo de Refugio, que se durmió alegre y soñó que habitaba un palacio, con otras mil majaderías más. Al día siguiente estaba muy razonable y sumisa.
«La honradez--pensó Amparo con innata filosofía--, depende de los medios de poderla conservar. Ha bastado que yo le diga a esta loca 'tendremos qué comer', para que empiece a corregirse».
Diole regular suma de dinero para tenerla contenta, y se despidió de ella.
«Hoy iré a la Costanilla. Él deseaba que viviese allí y Rosalía también; pero yo no puedo abandonarte. Vendré todas las noches a casa, y te daré lo que necesites con tal que me prometas romper absolutamente con las de Rufete, y no servir de modelo a pintores... Esa vida se acabó; y también las saliditas de noche, los viajes al escenario del teatro y al café. Desde mañana te daré trabajo... Lo que había de ganarse una modista, ¿por qué no te lo has de ganar tú? Verás, verás... Ropa blanca a montones, algunas batas y arreglo de tus vestidos y de los míos. Cuenta con uno nuevo para ti... Pero, tenlo muy presente, Refugio, como no trabajes, como vuelvas a las andadas, no cuentes para nada conmigo... ¡Ah!, me olvidaba de otra cosa importante: te prohíbo que bajes a conversar con Ido y su mujer, que tiene la lengua demasiada suelta. No me gustan ciertas vecindades. Reserva, formalidad, honradez, conducta es lo que deseo».
--Sí, sí,--replicó la otra con evidente deseo entonces de obedecer, por la cuenta que le tenía.