Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII

Part 9

Chapter 94,078 wordsPublic domain

Voy por una calle, en día domingo. Veo venir en larga fila, uniformados de azul, los niños de un hospicio. Van guiados por un inspector. Sus caritas son pálidas, abotagadas o flacas. Una innata tristeza se ve en ellos. Esa infancia es poco pródiga de sonrisas. Se advierte la obra dañina del raquitismo y de la escrófula. Unas faces son como apagadas, en otras los ojos indican un vago extravío. El paso demuestra debilidad. En algunos se ha detenido el espíritu al borde de la imbecilidad o de la idiotez. En otros se diría que está en flor, en flor malsana y emponzoñada, el delincuente de mañana. Pasan.

En un jardín. Allí, con sus _nurses_ y _gouvernantes_ están los niños y niñas de las gentes pudientes, de las gentes de hotel y automóvil, de los ricos. ¿Encontraré aquí la salud y la alegría de la edad infantil? ¡Oh, cuán poco! Encuentro el lujo, la ostentación, y aun ya el _flirt_, en esa humanidad minúscula; pero son excepcionales las faces sonrosadas y sanas, las miradas límpidas, los aspectos de flor. La pierna emerge del calcetín o se modela bajo la media, sin robustez, como sin consistencia; abundan los huesos largos, que terminan con fealdad en la rótula saliente. Las caras tienen como prematuras arrugas y gestos dedisivos, caras de hombrecitos y de mujercitas, con muy poco de puerilidad. No se piensa sino en las tuberculosis y las anemias, las debilidades y las taras. Y entre los escasos tipos frescos y desbordantes de vitalidad, pues los hay también, pasan, con sus raquetas de _tennis_ o sobre sus patines rodantes, esos infantes y adolescentes raquíticos o minados por un mal interno y prematuro, como una fruta por su gusano.

Y eso, ¿qué es?

Eso, es la herencia de don Juan.

* * * * *

Los padres han comido las uvas verdes y los hijos tienen dentera, dice la Biblia. Y un pedagogo eminente: «Cada uno de nosotros, largo tiempo antes de ser padre, debe a los niños que podrán nacer de él no tocar aquellos frutos peligrosos. Era ordinariamente después de haber comido las uvas, que se pensaba en lo que dice la palabra bíblica. Ella era la amenaza del castigo inevitable y ya incurrido. Nosotros comenzamos más antes a decirla a los demás a nosotros mismos; es una advertencia, un consejo, una orden. Sin pretender que nuestros antepasados valían menos que nosotros, parece que en muchos casos en que ellos obraban mal sin vacilación, escrúpulo ni remordimiento, no tenemos ya su plena seguridad; ya no nos atrevemos a decir que nuestro derecho es abusar de los placeres y cuando nuestra cobardía se abandona a las pasiones, sabemos muy bien que no nos hacemos daño solamente a nosotros. A pesar de todo, la idea de nuestra responsabilidad turba, si no a muchos de nuestros contemporáneos, al menos a un número no despreciable y que va aumentando». ¿Es esto cierto? Así parece, según los datos y manifestaciones de especialistas dedicados a esas cuestiones interesantes. Pero no es muy grande el triunfo todavía; M. Ferdinand Gache asegura, sin embargo: «Una cantidad de jóvenes pasa su juventud alegremente, pero ya no se oye tanto como antes, a padres y madres proclamar: _Il faut que jeunesse se passe_». El descuido se hace más raro respecto a las decadencias orgánicas o las taras mentales que se pueden transmitir a los niños. Los hacedores de pena han perdido su arrogancia y no osan más gritar: «¡Después de mí, el diluvio!» Ese grito, lo presiente, levantaría censuras. Se dan cuenta de que alrededor de ellos no se ven ya con descuido la salud, el bienestar, la felicidad de las generaciones por venir. En Wáshington se celebró en el 1908, en el mes de marzo, el primer Congreso internacional en favor del bienestar infantil. «Se trabaja por libertar al niño de la herencia de don Juan. Y he aquí que en la ciencia aparece un descubrimiento que hace pensar en Ibsen: el «signo Sisto».

En el mundo médico europeo ha llamado vivamente la atención ese hallazgo del doctor argentino, Jenaro Sisto. El «signo Sisto»--así bautizado por el eminente profesor Comby--es el grito inconsciente del recién nacido que denuncia la herencia donjuanesca, la revelación del veneno paternal.

Fué en Buenos Aires en donde la observación del médico desde hoy ya llegado a la celebridad, encontró que ciertos gritos de los niños de pecho, repetidos «sin cesar y sin razón», como dice el sabio francés, tenían por causa la enfermedad terrible que hiciera escribir un poema a Jerónimo Fracastoro y una pieza dramática a M. Brieux, de la Academia Francesa. Al sospechar el mal heredado, dice el doctor Comby en el prólogo de la obra en que el doctor Sisto trata del asunto, «habiéndose traducido esa suposición, como debía ser siempre en clínica infantil, por el tratamiento mercurial inmediato, nuestro colega tuvo la satisfacción de ver cesar de gritar a sus enfermitos, al mismo tiempo que los síntomas específicos, cuando se presentaban, desaparecían más o menos rápidamente. La demostración estaba hecha».

Es, pues, el niño, con su grito, el prematuro _revenat_ ibseniano. Desde la cuna, desde que aparece sobre la faz del mundo, libre ya de la prisión materna, clama que viene herido, que viene, por culpa ancestral, con una carga de sufrimiento. Y por la ciencia, el clínico de hoy reconoce en seguida al delator.

Siempre el niño ha gritado al venir a la vida. Ya sea que demuestre con ello, como dice el mismo doctor Sisto, que vive y que tiene la fuerza suficiente para introducir el aire en sus pulmones, cuyo funcionamiento comienza precisamente con ese primer grito; ya que éste señale, al decir de Fernández Figueira, la ruptura de las trabas de la vida intrauterina; ya, según Longnet, que sea dictado por una ley primitiva de la naturaleza, «la fuerza desconocida que domina todos los fenómenos de la vida», o, según d'Espine y Picot--citados todos en la obra de Sisto--, sea ese primer grito debido probablemente a la impresión desagradable producida por el aire exterior sobre la superficie del cuerpo, el caso es éste: al llegar al mundo el hombre, llora, el hombre grita, como si ya sospechase a dónde llega, como si ya supiese la significación de la litúrgica frase «valle de lágrimas». Las lágrimas vendrán después, pero él ha lanzado el grito.

Notad estas curiosas observaciones. Billard nota que el grito del niño se compone de dos partes: «una sonora, suficientemente prolongada; es el grito propiamente dicho. Se hace oir durante la espiración, empieza y acaba con ella, y es el resultado de la expulsión del aire que sale de los pulmones a través de la laringe. La otra parte del grito es el resultado de la inspiración; el aire precipitándose a través de la glotis, para introducirse en los pulmones, se encuentra comprimido por la contracción, en cierto modo espasmódica, de los músculos vocales, y hace oir un ruido muy corto, pero agudo, a veces menos perceptible que el grito propiamente dicho; es una especie de _reprise_, que está entre el grito que acaba y el que va a comenzar. A menudo el grito existe solo y la _reprise_ no se hace oir, o bien sólo se oye la _reprise_, y el grito queda ahogado». Y Baginski hace esta observación fónica: «a veces el grito adquiere caracteres patognomónicos, y se puede decir, de una manera general, que las vocales «a» y «e» dominan en el grito provocado por la cólera o el descontento, en tanto que la vocal «i» expresa el dolor». En el erudito libro del doctor Sisto, _Les cris chez les nourrissons_ hay otras cuantas citas de diversos autores respecto a esa manifestación primera de dolor o de vida, o de ambas cosas. Pero la _trouvaille_ del médico argentino no se refiere a esa clase de grito. Es otro grito que viene después, el grito constante, persistente, en el tiempo de la primera lactancia, «entre dos semanas y tres, o cuatro meses», es el grito revelador de la ponzoña hereditaria, la demostración desde hoy, para el facultativo conocedor, del doloroso legado de don Juan.

Hay que leer las observaciones y ver las fotografías de los niños en la obra de que me ocupo. En uno de los casos el aspecto de la criatura no dice nada; se creería, al contrario, que la salud florece y brilla en su aspecto; en otros, sí, se notan el sufrimiento, la degeneración, la tara.

Ni es de mi competencia, ni este es el lugar para entrar en mayores detalles, siquiera fuesen reproducidos de los diferentes casos observados por distintos pediatras y clínicos.

Pero he querido manifestar el placer que he sentido al ver apreciado en su justo valer por sabios de este continente la labor de un estudioso, cuyo nombre se agrega a las listas de los eminentes argentinos a quienes se refiere el doctor Comby cuando escribe: «Nuestros hermanos latinos de la República Argentina, antes nuestros discípulos, y hoy llegando a maestros a su vez».

Roosevelt en París.

Está ya en París, de vuelta de África, el yanqui extraordinario a quien algunos quieren llamar el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el _bluff_ de sus conciudadanos.

Se le ha recibido en Europa como a un rey de raza, mejor que a un rey del petróleo, o príncipe del algodón o de los embutidos. ¿Quién negará su energía, su fuerza, su excelente humor, su decisión y su franqueza? Es todo lo contrario de un tímido, y todo lo opuesto a un ceremonioso. Él es el «hombre representativo» del gran pueblo adolescente que parece hubiera comido el _food of gods_ wellsiano, y cuyo gigantismo y cuyas travesuras causan la natural inquietud en el vecindario.

Ya sabía el parisiense de quién se trataba, y cómo el ex presidente, y con seguridad casi seguro futuro presidente de la Unión, había sido recibido por las monarquías italiana y austro-húngara. Los periódicos, que habían dedicado largas columnas a las proezas del gran cazador delante del Eterno y de la máquina fotográfica, estaban listos para la vuelta del vencedor de las fieras de África y del enemigo formidable de los trusters yanquis.

¡Maravilloso ejemplar de humanidad libre y bravía! Pueden los escritores de humor y de malas intenciones presentarle como el hombre-estuche, genuina encarnación del espíritu y de las tendencias de su colosal país, así el autor del terrible y sarcástico librito inglés _Abounding America_, en donde se analiza a un Roosevelt polifacial y multiactivo, político, cazador, literato, militar, universitario, ranchero, orador, diplomático, _cowboy_, pacificador, periodista, _sportsman_, conferencista, y otras tantas cosas para las cuales sería preciso enumerar el modo del boyante cura de Meudon.

Lo único que no ha llenado por completo el gusto del buen pueblo de París es no haber podido gritar _¡Vive le roi!_ o _¡Vive l'empereur!_, al paso del automóvil del americano, que saludó en la estación al embajador Bacon, ante la gravedad del protocolo, de esta sabrosa manera: _¡Hallo, Bob!_ Sin embargo, se sabe vagamente que es un rey, a su manera, que hay en él carne de emperador y que es un gran admirador del Bonaparte que duerme «a la orilla del Sena». Es un personaje, sobre todo, _pas ordinaire_. Y con esto París está encantado. París, digo, el buen pueblo de París, no sabe gran cosa de los Estados Unidos. Pero sabe de los dólares y de las casas de cuarenta pisos; ha conocido a Búffalo Bill y a Bostck, y ha oído en plena plaza de la Opera, en ocasión memorable, tocar marchas y danzas a la banda de Sousa, «Sousa's Band». Sabe que los Estados Unidos tienen mucho dinero y que cada año viene a esta capital del placer un grupo de paseantes que deja un buen por qué de millones. Y todo eso le parece excelente.

El jovial Nemrod ha tenido una buena prensa, sin faltar quienes le hayan hecho notar la inmensa distancia que hay entre el «americanismo» y el verdadero espíritu francés. Ciertamente, dicen unos, el personaje es quizá _un peu trop poussé, trop «marqué», comme on dit et l'on a pu sourire de cet américanisme qui touche par tant de côtés au bluff, mais que cependant a une parenté qu'il faut retenir avec l'énergie individuelle_. Levasseur encuentra en él «un hombre en toda la fuerza del término y un carácter supereminente». Ve al hombre de acción; pero hace la reserva de que «tal vez Mr. Roosevelt--que ha predicado la acción y la elocuencia--ha comprendido menos el carácter de otra clase de hombres de acción, muy numerosos en Francia y mucho más raros en los Estados Unidos, que obran no menos enérgicamente que aquellos cuyo prototipo es él, pero en el silencio del gabinete y en la calma de los estudios abstractos». Y el sabio francés, a propósito de las censuras de Roosevelt contra la causa de la despoblación, observa que «la gran república de los Estados Unidos, por lo menos los estados del Este, y en particular el de Massachusetts, no están menos contagiados de semejante mal». De todas maneras, Roosevelt no es un moralista para esta o aquella nación, sino para todas las naciones, y hay que agradecer «a ese gran ciudadano, el haber consagrado algo de su tiempo a esa apología de la honradez, de la energía y de la labor incansable». El presidente Fallières, por su parte, expresa que Roosevelt es a la vez un gran ciudadano, un grande amigo de Francia y un grande amigo de la paz. Esto le sentará muy bien al antiguo _roughrider_ que cobró el premio Nobel por hacerse bajo sus auspicios el arreglo ruso-japonés.

Y Pichon, que hoy maneja las relaciones exteriores, manifiesta que «los caracteres dominantes en esa curiosa fisonomía le parecen ser la voluntad, la energía, el valor y la sinceridad». ¡Buen bagaje, vive Dios! Roosevelt se le aparece «como un hombre sin miedo que no consulta más que a su conciencia y sacrifica voluntariamente a las inspiraciones que recibe, las consecuencias que pueden producir sus actos, sea en lo que le concierne, sea en lo que concierne a los demás. En su concepción de una vida sana, honrada y robusta, tal como a menudo la ha definido, se ha propuesto mejorar las costumbres y elevar el sentido moral en su país. Ha querido para los Estados Unidos una gran fuerza material, porque sabe bien que es el mejor medio de ponerse al abrigo de complicaciones y de conflictos. A él le debe su país poseer una admirable y poderosa marina que ha llegado a ser la institución más popular de la república, siendo tan atacada y negada cuando llegó al poder». Y agrega: «Así es como este «pacifista» se dedica a servir la causa de la paz, en la cual ha dado pruebas que nosotros los franceses debemos recordar más que nadie. Pues Mr. Roosevelt es un amigo seguro y fiel de la Francia. Nos ha probado su amistad en toda circunstancia con un perfecto desinterés. Ha obrado como hombre de estado que comprende que las dos grandes repúblicas se deben apoyar entre ellas, puesto que obedecen a los mismos principios, prosiguen la misma obra y tienen el mismo ideal.

Él ha encontrado muy natural que en caso de dificultades le tendiesen una mano amiga. Hoy es a un amigo a quien recibimos, un amigo sincero, justo y tenaz, _justum et tenacem_. Honrémosle. Amén». Así se ha hecho. Y no ha dado Roosevelt un paso que no haya sido anotado por las gacetas, aun aquellas que han querido emplear, inútilmente por cierto, su ironía bulevardera, que no ha pasado de seguro sin ser notada por el hipopotamicida y rinoceroctono.

* * * * *

¿Sobre qué les viene a hablar el gran yanqui en la vieja Sorbona a los atenienses del siglo XX? Pericles hubiera aprobado, sobre «los deberes de un ciudadano en una república». He aquí al hombre de la _strenuous life_ enseñando en Lutecia los deberes, como él los entiende para con la Patria. Se le aplaude, se le celebra. Y si hay quien recuerde lo del _big stick_, es para explicar que, como sucede con muchas frases, se ha cambiado en el público el sentido, y se ha tomado una cosa por otra. Y se explica: de tanto hablar del _big stick_ se ha llegado a hacer creer a muchas gentes, y no de las de poco más o menos, que por el más ligero pecadillo, el primo Jonathan aplicaría a las naciones una paliza. Nada más contrario a la verdad. La frase que ha causado tanto ruido, sobre todo, _et pour cause_, entre los países hispano-parlantes, es ésta: «Un viejo refrán familiar dice: habla con tono conciliador y lleva un fuerte bastón; así irás lejos». Si la nación americana quiere hablar en un tono conciliador y al mismo tiempo quiere resolverse a construir y mantener en un alto grado de entrenamiento una marina poderosa, la doctrina de Monroe irá lejos. La frase de Roosevelt no es, pues, sino viejo decir latino arreglado a su manera: _Suavite in modo fortiter in re_.

Nada más distinto que el alma francesa del alma americana. Al hablar ante la parisiense, el norteamericano se quiso poner un diapasón lo más cercano posible. El demócrata, perogrullando un poco, dijo muchas cosas doctrinarias y no pocas utópicas. El pacifista afirmó la necesidad de la guerra en ciertos casos; Francia fué, y no podía ser de otro modo, cubierta de flores. Míster Barrett Wendell debe sentirse gozoso en su cátedra de Harvard. Solamente, que hay que tener hijos. «No tener hijos, si ello es por cálculo o por egoísmo, constituye una falta capital. La riqueza de una nación no puede compensar la pérdida de sus virtudes fundamentales y el poder de la raza, de perpetuar en su raza, es una de las más grandes virtudes fundamentales». El discurso fué largo, vigoroso, bien gesteado y dicho, en fin, de una manera que no se ha usado nunca en el vetusto Instituto. El ex presidente no tiene nada que ver con esa cosa tan francesa que aquí se llama buen gusto. Ni le hace falta. Él es una fuerza de la Naturaleza. Y luego, aquí se conocía, al menos por algunos, la frase de John Morley: «He visto en los Estados Unidos dos prodigiosas fuerzas naturales: la catarata del Niágara y el presidente Roosevelt. No sé cuál de los dos es más fuerte.» Como sabéis, John Morley no es nativo de Andalucía.

¿Qué le van a hacer a esa potencia elemental, a esa fuerza de la Naturaleza, a ese beluario que se las ha visto con leones, elefantes y rinocerontes en África y con Rockefellers, Goulds y otras fieras de oro en su tierra; qué le van a hacer, digo, las finas y bonitas saetas de estos ironistas profesionales? ¿Qué le importa a él que M. J. Ernest-Charles le comente en estilo acidulado, le parodie o le señale contradicciones en su conferencia? Él sabe que aquí cuenta con admiradores de fuste, aun entre los hombres de letras, como el incontenible y ciclónico M. Paul Adam, como M. Jean Izouret, como otros cuantos americanizantes o americanizados. Alguien demuestra en un diario que en su libro sobre Cromwell, Roosevelt está contra Bossuet. Se puede apostar, asegura ese alguien, que si alguna vez recibiera monseñor Merry del Val en el Vaticano a Teodoro Roosevelt, el libro de éste sobre Oliverio Cromwell no sería el tema principal y aun accesorio de la conversación. ¡Ya lo creo! Como también puede afirmarse que una tercera parte del entusiasmo oficial en París ha sido causada por la negativa del Vaticano a la ya famosa y frustrada visita.

Los franceses han apreciado en su verdadero valor, algunos de los principios rooseveltianos, y sobre todo éste: El hombre, el ciudadano, como la Nación, lo primero a que debe dedicarse es a hacer dinero. Una vez hecho el dinero, puede hacer lo que le venga en deseo. Y después, la declaración contra los pocos audaces: «Nada se puede sacar de ese tipo de ciudadano, del cual lo mejor que se puede decir es que es inofensivo. No hay casi lugar en la vida activa para el buen hombre tímido». Como aquí abunda mucho el tipo, como en todos los países llamados latinos, el arranque ha caído bien. Un periodista explicará que no se trata de una timidez puramente exterior, sino de esa falta íntima de confianza que vuelve a las gentes indecisas, débiles y prepara todas las derrotas. «Esta manera de neurastenia moral se encuentra mucho en progresión en la sociedad moderna; y sobre todo, preciso es reconocerlo, en Francia». Habráse sacado así práctico provecho de la conferencia. Banquetes y banquetes, recepciones y recepciones, hoy en el Elysée, mañana en el Quai d'Orsay, pasado mañana en el Palacio de Justicia y honores de soberano. Una delegación en que hay un ex presidente del Consejo, ministros, diplomáticos, estadistas, llega a propósito de la cacareada e imposible idea del desarme a pedir a Roosevelt su intervención, de tal manera, que ese varón listo tiene que recordar a esos señores importantes que él es un simple particular y que no puede tomar en tal sentido ninguna iniciativa ante ningún Gobierno. ¿Qué dirá de todo esto Mr. Taft, cuyos comentados _twosteps_ y zapatetas no pudieron hacer el menor contrapeso a las formidables performances de Teddy?

* * * * *

Este superhombre que está aplastando en París, por ahora, a D'Annunzio y a Rostand, se conmovió ante la tumba de Napoleón. Tuvo en sus manos el _petit chapeau_, la espada. Declaró su admiración fervorosa por el Héroe, con quien se le compara jovialmente en los Estados Unidos, donde se habla de la vuelta de la isla de Elba.

Y apenas ha habido aquí en los periódicos espacio para hablar de otra gloria yanqui, que acaba de desaparecer: Mark Twain.

El fin del mundo.

I

En Tolosa de Francia vivía hasta hace poco tiempo, o vive aún, si es cierto que tenía el don de profecía, un viejo abate de familia noble y con títulos que él mismo ostentaba con ingenua vanagloria, sobrino de un mártir, nieto del comandante del Ejército real victorioso del año VII, descendiente directo de los antiguos condes de Noé. Llamábase, o llámase, Gabriel María Eugenio de la Tour de Noé, «sacerdote de edad de ochenta y seis años cumplidos, presbítero auxiliar de la iglesia de San Jerónimo de Tolosa desde hace cuarenta y cuatro años justos», agregaba en 1904. Amable y venerable coquetería, en quien durante todo ese transcurso acompañó al cementerio a todos los muertos tolosanos en su calidad de _aumônier_.

Este hombre venerable, tan frecuentador de los difuntos, tuvo desde hace más de cuarenta años la idea de calcular, pensando en la «Profecía de los papas», de San Malaquías, la fecha más o menos aproximada del fin del mundo. Lo hizo en un libro en que la señalaba para el año 1953. No me negaréis que el cometa de Halley y compañeros dan una resaltante actualidad a dicho libro.

¿Quién fué este inquietante profeta San Malaquías? Estoy muy seguro de que la mayoría de los lectores de _La Nación_ no tienen ninguna noticia de él ni de sus vaticinios. Fué un irlandés de Armagh, que nació en 1094, y tuvo gran fama por su intimidad con San Bernardo, su vida ejemplar y los prodigios que realizó. Clemente III le canonizó medio siglo después de su muerte, acaecida en la abadía de Clairbaux, a los cincuenta y cuatro años, el 2 de Noviembre de 1148. Advertid lo curioso y fatal de esa fecha de difuntos.

Puesto que ya sabéis quién fué el profeta, bien está que conozcáis la profecía. Ésta consta de 112 lemas latinos, que caracterizan alegóricamente a los 112 papas, desde Celestino II hasta Pedro II, que será el último Pontífice de Roma. ¿Cómo calcula el abate de Noé? He aquí su principal argumento. Siendo el papado inmortal, y concluyendo éste con Pedro II, es, pues, innegable que con el último papa la Humanidad acabará. Establecido este punto, dice un crítico suyo:

«El autor, conociendo el número de los papas que deben reinar hasta el fin de los tiempos, busca la media de la duración del pontificado de cada uno de los jefes de la Iglesia, y esta media, multiplicada por el número de todos los pontífices romanos indicados en la historia eclesiástica, y la profecía maláquica le da el número 1953, que, según él, es la fecha aproximativa del fin del mundo.»

El abate examina e interpreta los lemas, y resultando que coinciden con los papas del pasado, supone, no sin razón, que las divisas de los pocos papas venideros justificarán sus cómputos, 1953 y 1910... confesemos que si el Halley nos barre, la equivocación es ínfima en un asunto que trata de la eternidad.