Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII

Part 7

Chapter 73,979 wordsPublic domain

¡Pardiez! Buenos Aires será todo lo prosaico, lo comercial, lo financiero, lo práctico que se quiera; pero no podré olvidar que en mi último viaje a la gran ciudad argentina, entre las manifestaciones de gentileza que recibí de personas de diferentes clases sociales, está la de una alta dama, gala de los salones, que, sin tener yo la honra de conocerla, envió a mis órdenes su regio automóvil, durante todo el tiempo de mi permanencia. Y todo a simple título de poeta.

Y, sin embargo, con su reserva, menos ejecutiva que la disposición platónica, Chile demuestra cordura. Los poetas son seres que perturban el común pensar de las gentes, los modos de hablar y hasta las costumbres. Así, si Chile ha levantado un monumento a don Andrés Bello, es porque ese poeta venezolano llevaba en una mano un Código y en otra una Gramática. Verdad es, que en el cerro de Santa Lucía de Santiago hay otro monumento dedicado a don Benjamín Mackenna, que aunque no escribió sino en prosa, era un varón de confianza con todas las nueve musas. Y, con todo, ahí están los versos del romántico y melodioso Eusebio Lillo, del huguizante Matta, del vario y noble de la Barra, del sonoro Prendez, del horaciano Tondreau, del humorístico Irarrazábal. Y ahí está lo hecho por la nueva generación que se enorgullece con la producción del malogrado González, y de líricos como Borquez Solar, Magallanes Moure, Valledor Sánchez y Miguel Roucuaut. Entre ellos se destaca Contreras, sobre quien puedo ahora repetir lo que dijera hace algunos años: «Creo que en nuestra América hay pocos que tengan un tan sincero y hondo fervor de arte. Luego, en medio de ese fervor, es ponderado y reflexivo. No violenta ni la idea ni el lenguaje. Mucho me complace que no se haya dejado arrastrar por las peligrosas tentaciones del versolibrismo. Hay en él duplicidad: es un intelectual-sentimental que conduce bien sus designios entre los naturales desequilibrios del talento». Cuando apareció _Toisón_, escribióle el ilustre J. Enrique Rodó: «Muy grata ha sido para mí su lectura. Son versos de juventud y sinceridad: sinceridad aun en sus artificios. Reflejan bien el voluble y gracioso vuelo de un espíritu juvenil entre las cosas, o mejor, entre sus figuraciones de las cosas». Y luego: «Crea usted que sigo con afectuoso interés su actividad literaria. Su sentimiento del arte, el amor que usted le profesa, son verdaderos y hondos; bien se transparenta. No son la frívola vanidad de quien penetra sin real vocación en los dominios del arte, y no dejará, de sus pasos, más huella que la que puede quedar, en las baldosas del templo, de los del visitante profano, que entró por un momento, movido de curiosidad y no de fervor. Usted perseverará, completará su personalidad artística; y seguro estoy de que cuantas veces, interesado en saber nuevamente de usted, lo busque con la mirada, he de encontrarlo más arriba de donde le haya dejado la última vez». Rodó fué profeta. Las nuevas obras de Contreras señalan siempre mayor elevación. Su permanencia en París le ha impregnado de la gracia artística y de la cultura ambiente. Y el vivir le va enseñando cosas mayores.

Sólo que, como todos los que no gozamos de rentas producidas por grandes capitales y tenemos que sacar del cerebro para nuestros lujos, caprichos, vicios o simples y precisos elementos de existencia, se ha dedicado al periodismo. Así sus libros de prosa son sus artículos de periodista. Y si el periodismo constituye una gimnasia de estilo, y el pensador y el artista lo son siempre, no todo lo que para el diario se escribe, por razones que no necesitan demostración, es digno de la antología. Lo que es estrictamente de la actualidad tiene que pasar como el instante. Sin embargo, siempre pone algo de su corazón o de su mente el artista que escribe. Y ese algo suele verse a través de las informaciones de esos libros de prosa urgida. Sin contar con que, de cuando en cuando, surgen páginas íntegramente puras. En las líneas preliminares de _Los modernos_, pongo por caso, he encontrado incrustada una de las poesías de Francisco Contreras que son más de mi agrado.

_Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._ Bajo el puente oscilante del raudo transatlántico, el mar alza en la sombra como un solemne cántico, la luna que se eleva tras lívido celaje. Tiende un cendal de perlas al trémulo oleaje, y la sirena alada de la brisa marina, pone en mi oído una canción triste y divina. _Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._ A mi espalda el miraje de la nativa tierra. Con su fértil campiña y su nevada sierra: la ciudad en un nido de bosques frescos, grandes, bajo el dosel de plata de los mágicos Andes; el hogar entre rosas de la heredad florida; y la madre dejada, y la amada perdida... _Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._ Ante mí la amenaza del porvenir arcano: el mar que entre las sombras canta su canto arcano, el horizonte negro, mudo como una esfinge; la luna que en la niebla un llanto eterno finge. Y el soplo de la brisa golpeada de destellos, que estremece las jarcias y azota mis cabellos. _Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._ ¿Será mi afán fecundo? ¿Realizaré mi sueño? ¿Me dará la victoria su laurel halagüeño? ¿Conquistaré, en mi ruta la áurea forma suprema para engastar la idea que me obsede; me quema? ¿Conseguiré tras todo, aunque en porción escasa, donar una luz nueva a mi raza? _Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._ ¿O, tras esfuerzo vano, tras ensueño deshecho, sólo hallaré el vacío del querer satisfecho? ¿La desilusión trágica, el dolor desmedido, del amante no amado, del apóstol no oído? En fin, en una frase, de todo visionario: ¿El desencanto eterno y el eterno Calvario? _Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._ Heme aquí sobre el puente del raudo transatlántico, el mar me envía el trueno de su solemne cántico, la luna que muequea en la penumbra ingrata, me envuelve en la tristeza de su llanto de plata. Y la sirena alada de la brisa marina pone en mi oído una canción triste y divina. _Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente._

Y en este nuevo libro sobre Italia, que se titula _Almas y panoramas_, fuera de cálidas pinceladas, de «manchas» justas, de observaciones juiciosas, lo mejor son los sonetos que a modo de musical introducción hace resonar a la entrada de cada capítulo. De las principales ciudades de arte de la divina tierra itálica, elige un alma y una visión; y antes, el soneto sintetiza armónicamente e inicia el tema ideológico: Así habla de «la ciudad de los palacios», o canta a Roma:

Sólo restos y rastros de la imperial prosapia: el Foro, el Coliseo y la antigua Vía Apia, uno que otro sepulcro desmoronado, informe, y al caer el crepúsculo, tu columna trajana parece, en el incendio de la atmósfera grana, la cruz desmesurada de un sarcófago enorme.

Recomiendo a los buenos gustadores estos sonetos fervorosos de amor y de admiración por la gloriosa península. El de Nápoles:

Bacante poseída de embriaguez infinita, bajo el beso del sol eternamente rubio, del agua eternamente azul al suave efluvio, Nápoles danza. Nápoles ríe, Nápoles grita. En vano al horizonte como un ara maldita, siniestra espiral de humo rojo lanza el Vesubio, el mar sereno y límpido, bajo el áureo diluvio del sol, en una eterna fiesta de luz se agita. Desde los verdiclaros jardines de la playa y el pintoresco y loco viejo barrio de Chiaia con sus rejas floridas que el aire azul engríe, hasta el monte en que albea su vetusto castillo y sus cincuenta iglesias llenas de falso brillo, Nápoles danza, Nápoles grita, Nápoles ríe.

He citado íntegros esos vívidos versos napolitanos, que tienen tanto color y tanta alegría, porque son de los mejores del volumen. El de Bolonia, «ciudad sabia, de estetas y doctores»: el de Venecia, «¡Oh, ciudad de las islas y los fúnebres barcos!»: el de Milán,

Erótico y ascético como Manzoni, o como Luini, Milán es un señor grave y de gala, la oreja siempre atenta al eco de la Scala, el ojo siempre atónito ante el mármol del Duomo;

son excelentes. Y es de sentirse que no encontremos en el libro los que corresponderían a otras urbes, como Pisa, Florencia y Turín. Quizá el poeta los realice más tarde para una obra completamente lírica.

El vaticinio de Rodó se ha de seguir cumpliendo y hemos de ver el completo triunfo de quien desea que en su patria crezcan y se propaguen los laureles verdes que, tanto o más que a los guerreros, pertenecen por derecho propio a los portadores de lira.

Un poeta argentinófilo.

CARRASQUILLA MALLARINO

En el Bogotá intelectual que os describiera en un libro memorable el bien recordado Martín García Mérou, se destacaba de singular manera, hace ya algunos años, la figura de don Francisco de Paula Carrasquilla. Este era un gentilhombre de ingenio. Lleno de cultura y amargado de vida desde muy temprano, supo acorazarse de filosofía, y su espíritu prefería siempre manifestarse en epigramas apotegmáticos, alusivos, corrosivos o risueños, que iban de boca en boca picando como abejas. De la más pura tradición española, su castizo epigramario, en la parte que no tiene de exclusivamente, diríamos así, municipal, debería figurar en las antologías. En Colombia, desde luego, viven y se prolongan en la memoria del pueblo.

Como en la mayor parte de los satíricos, había en Carrasquilla un sentimental, y sus espinas métricas estaban impregnadas de curare de íntimas amarguras. Así murió con su filosofía y con su sufrimiento.

Con su filosofía y con su sufrimiento diríase que renace en el espíritu de su hijo Carrasquilla Mallarino, cuyo libro _Visiones del Sendero_ acabo de leer, y cuyo hallazgo me apresuro a comunicar a mis habituales lectores.

Sé que hay quienes se extrañan por lo que llaman el exceso de mis alabanzas y de mi entusiasmo para con los jóvenes. ¿Y a quién alabar y por quién entusiasmarse sino por la juventud? Cuando el talento empieza a florecer es cuando necesita riegos de aliento. Maldito sea aquel mal sacerdote que engaña o descorazona al catecúmeno. Cuando han pasado los días de los ímpetus primeros y se sienten venir las flechas de los primeros desengaños vitales, ¿de qué sirve el estímulo? Los que supimos de dolorosos comienzos y no encontramos en los albores de nuestra carrera sino críticas acres o desdenes hirientes, comprendemos el valor de un empuje, de un apretón de manos, de una sonrisa aprobadora, de una rosa confraternal a tiempo. Quien no anima al joven que se inicia, anatematizado sea.

Y todo debe ir basado en la comprensión, porque sin comprensión todo es comedia o engaño. Así pues, comprendiendo bien el alma de Carrasquilla Mallarino, alma translúcida como un cristal y alma de amanecer, os hablaré de ella y de sus condiciones de mentalidad y de armonía. Yo conocí a este joven poeta en mi natal Nicaragua y allá fué mi compañero solar junto a los mangales y cocotales y bajo los soles abrasantes de la isla de Corinto.

Fuéme simpático por lo comunicativo y cordial de su carácter, por su rapidez de entendimiento, por saber que siendo de tan pocos años había corrido mares y tierras extranjeros, hablando lenguas distintas y ganándose el vivir noble y bravamente, y luego porque me encontré en él a un gran admirador y amador de la Argentina, y porque supe que era sobrino de Jorge Isaacs, el autor de _María_.

Nuestras conversaciones eran sobre asuntos de artes y de letras. Él era comedido, pulcro, observador, y jamás se propasó en confianza o se explayó en pedantería. Pedía consejos a mi experiencia y pagaba con buen cariño mi interés por su intelecto. No estaban en choque en él sus dotes de hombre de negocio y comercio con sus facultades de escritor y de lírico, y jamás fueron destruidos los perfumes bogotanos por relentes de Nueva York. Por pura afición mental acompañóme hasta la ciudad imperial yanqui, desde la isla nicaragüense cuando mi retorno del último viaje que hiciera a las tierras de mi infancia. Después nos vimos varias veces en Europa. Se me aparecía de súbito, sin previa anunciación. Venía de Rusia o venía de Italia, o venía de Holanda, pues sus afanes de _globe trotter_ no tienen punto de reposo, y he aquí que de pronto no recibo su visita personal, sino la de su libro, su libro de poeta, que he leído en esta otra isla de poetas.

Inútil decir que se trata de una obra «moderna». Nadie puede hoy, en cosas de pensar y de escribir, levantar la cabeza sin sentir que le rozan la frente las ráfagas libres de las ideas nuevas. Y cómo será la virtud de éstas, que aun, a su influjo, se suelen ver florecer fósiles.

En este _pancours du rêve au souvenir_ si hay mucho de ideal hay no poco de sentimental. La primavera se impone; pero no es una primavera triste, casi otoñal, como suele verse frecuentemente en el corazón de los poetas de verdad.

Desde el comienzo del libro se ve que el autor venera piadosamente la memoria paternal. Él estima y comprende la espiritual herencia.

Así dirá en uno de los poemas:

Hiciste de mi cuerpo una copa vibrante para exprimir las uvas de tu viña sobrante; y en el pretexto lírico de mi tiorba filial ha seguido cantando lo que en ti fué inmortal.

Al comienzo de la existencia ha tenido que saber de las angustias y penalidades del mundo. Hay que comprender que en los días actuales René y Olompio, además de sus congojas interiores, tienen que soportar mayores ásperas luchas con la vida. En los intervalos de reposo este cantor ha sabido estar, como dice el verso inglés: «de día con su alma y de noche con su corazón».

In the day the mind, in the night the heart.

Los hombres de la semiciencia hablarán de una precoz neurosis; pero esto no es culpa de quien, desde los comienzos de su aurora, se siente vibrar al soplo de ráfagas combativas. Nadie sufre por gusto, y esa cosa misteriosa que se llama la fatalidad no usa de farsas. Fijémonos en que cada uno de nosotros lleva envuelta su vida en un formidable misterio.

Así, pues, quedamos en que en este libro no hay mucha risa ni sones de pandero, ni mucho contentamiento por estar sobre la tierra.

Nótase juntamente que entre asuntos de amor y de ensueño hay tendencia al himno civil, al vigor heroico, y amor e interés por el porvenir de nuestra gran patria americana. Junto a una «gema simbólica», dedicada a un poeta, hay un canto a Cuba, dedicado a la «memoria de Martí»; hay tendencias a lo exótico, al japonismo; hay obsesión sensual y carnal; hay el insaciable deseo baudeleriano de marchar siempre, de ir siempre lejos, aun fuera del mundo, _Anywhere out of the World_. Y de repente surge la serpiente bíblica, la dulce y terrible víbora femenina que, escrito está, ha de morder a todo hombre, y ella será, como es lógico e inevitable, «alma divina», «vaso de marfil», y toda la letanía.

Como el lírico yerra por tierras distintas, el encantador áspid habrá de renovarse, y ya acaecerá esto en París, ya en Méjico, ya en Nicaragua, ya en Bélgica, ya en Cuba. Y ello será de tal manera, que no es de extrañar que el corazón de un joven lleno de ilusiones y enfermo de poesía quede hecho una lástima. Se encuentra el consuelo de lo carnal, pero, ¡ay!, todos sabemos que la carne es triste...

Para distraerse un tanto en tales emergencias se van dejando madrigales en el camino. Se dicen decires y se cantan canciones, y luego está el gran arsenal de los recuerdos. Así nos sorprende Carrasquilla Mallarino rememorando, después de su querida parisiense, o flamenca o española, una sabanera de su tierra natal, y de la cual dirá:

Oh mi blanca sabanera de pie desnudo y pequeño, de porte franco y risueño y vigorosa cadera; oh, paloma tempranera que diviniza el ensueño... Con tu bambuco halagüeño despertabas la pradera. ...Amparado en tu cariño burlo mi dolor de niño en el imborrable ayer. Hoy, lejos de tu alquería tengo la melancolía de nunca volverte a ver.

* * *

Por el boscaje sombrío la gloria plenilunial se filtra; murmura el río su sonata de cristal. Desde el callado bohío sube el humo en espiral. Los corderos tienen frío bajo su toisón pascual. Las neblinas fingen velos... Están de boda los cielos y en el plateado turquí hay un lamento que vaga --una pregunta que indaga si te olvidaste de mí.

Variados ritmos y rimas se dedicarán a la gracia y tentación carnales. Hay una especie de masoquismo lírico para cada una de las personas de las partes del cuerpo femenino. Son los ojos, las caderas, las cejas, la boca, las manos, el cabello y--como en D'Annunzio y en Verlaine--una y otra vez las manos. Como es de rigor, han de surgir de cuando en cuando los principales conocidos personajes de la farsa italiana. De cuando en cuando, entre mujer y mujer, se impondrá un buen trozo de filosofía. En climas diferentes y bajo cielos distintos, la invasora e inexorable tristeza, y el tábano interior del forzado recuerdo. Encuentra un hermano en cada artista. Así tal hombre que toca el violoncello sobre las olas:

Fluye un pasaje trémulo de Bach... El violoncello es como un aparato para hablar con el cielo de las cosas del alma. El músico es todo arco; diríase que es suyo el corazón del barco...

Aquí pasa una visión parisiense; allá se ve una luna de Flandes; aquí se canta el «gran despertar de la tierra». Y las vampiresas vuelven a imponerse de tanto en tanto, como por irremediable turno, y ante ellas se deshojará una copiosa cantidad de versos.

Mas he aquí que se imponen deberes espirituales y superiores y, por ejemplo, «El grito de la hora», dedicado «a la memoria del gran Bartolomé Mitre», nos señala otra actitud del poeta:

Soy el último, es cierto, más sería el primero en derramar la sangre lírica por el fuero de la divina raza de América latina, cuyo sol milagroso parece que declina... Las águilas y halcones sienten hambre. En el Norte los inviernos castigan y los fuegos de junio. Los pájaros rapaces buscan el plenilunio de los amados cielos, donde brilla la corte de estrellas que derraman la luz del porvenir. --¡Hermanos! ¡Es la hora de poderos unir!

Él admira la luminosa figura del patricio argentino, ansía el glorioso porvenir de nuestra raza, sueña con la fraternidad de nuestras naciones, y teme la conquista de los fuertes bárbaros blancos del Norte. Estas ideas han de exteriorizarse más claramente en su poema _Estelar_, especie de confesión rimada, que es de lo más intenso e interesante del volumen. Véase este fragmento:

...No más lenguas extrañas ni extranjeras amantes, veleidosas y frías. Un hálito de América anima las campanas y los densos palmares murmuran alegrías. El océano a la espalda, con hervores de estelas: la playa que el sol dora, rica y hospitalaria. ...Plegaban los marinos las fatigadas velas... cuando, desde la proa, modulé mi plegaria: --¡Salud! Patria doliente, bella hasta en el ultraje del bárbaro del Norte: Bríndame tu hospedaje, dame de tus almíbares y acójanme tus cielos, abrígame del frío que he sentido en los hielos; y hoy que sobre tus llanos mi blanca tolda fijo, déjame que te llame con amores de hijo. --Tengo tu misma savia, hablo en vivo español, llevo fiebre de montes y nací bajo el sol.

* * *

Y oficio en los altares de mi Patria, contrito de haber manchado un día la blancura del rito. ...¿Mi Patria?... ¡Sí! Mi patria es todo un continente sin fronteras, sin odios y sin rivalidades, sin funambulerías y sin mediocridades, sin canalla que erija palacios a Monroe, sin turbas de alma triste ni «reyes paralíticos», ni zafios mercaderes, ni rufianes políticos... Y sin oro de Wáshington, que envilece y corroe.

* * *

Bien sé que hemos nacido en los tiempos amargos de ojiazules mercurios y de frivolidad, de las «infamias duras y de los vientos largos», con precio a la vergüenza y a la debilidad. Que ya no hay Robespierres ni Dantones en Galia, que Fallières va a Britania y que el Emperador de los bigotes clásicos sonríe... Y que la Italia recibe dulcemente a Roosevelt «cazador». Que España, bisabuela de glorias y blasones, sobre cuyos dominios brilló el sol de Josué, ya no tiene castillos de ultramar ni pendones, ni Felipe II, ni corajes de fe.

* * *

Mas fulge en nuestra América una aurora divina --Helios en campo blanco y entre franjas de azur-- gloriosamente noble: Es el sol de Argentina. Es la flor de la raza que ha nacido en el Sur. Desplegado en el cielo con que se viste el Ande --azul y blanco y fuerte el gayo pabellón-- ha de ser en la historia como ninguno grande porque inicia un abrazo de confederación. Grande porque de Anahuac y Cuba hacia el Estrecho de Magallanes cunden los fueros del Derecho. Oigo palpitaciones como en un solo pecho ante el águila negra colocada en acecho.

* * *

Como se ve, se está ya muy lejos de la idolatría de «_l'enfant malade_ y doce veces impura», y a pesar de las urgencias amorosas de la juventud, la voluntad del canto se remonta a conceptos universales y trascendentes. No tendré sino aplausos para tales ímpetus, y el deseo de que se sostenga la perseverancia.

En cuanto a la construcción y técnica del libro, a nadie sorprenderá que un poeta que no ha llegado a los veinticinco años no sea poseedor de una segura experiencia. En tales o cuales partes se podría señalar un exceso de exuberancia--defecto de la primavera y del americano bosque--un abuso del paréntesis; una, en ocasiones innecesaria, complicación de ritmos y cierta audacia de adjetivación, tachas todas que indicarán cualquier cosa menos mediocridad.

En resumen: se trata de un artista, de un poeta, poseído del ensueño, del innegable _deus_ que exalta a los verdaderos enamorados de la belleza; de un sensitivo, de un intelectual, de un cantor de cantos que vive con su mente de día y con su corazón de noche. Y, pues, ama a la Argentina, si en su carrera errante algún día llegase a pisar vuestro suelo, haced que sienta suaves y propicias las brisas del gran Río de la Plata.

VARIA

VARIA

[Ilustración]

En el barrio Latino.

En este atrayente París siempre tengo de América o de España un amigo a quien haya que ciceronear, que pilotear, que llevar de aquí a allá, según sus deseos. El más reciente, después de haber recorrido los museos, los monumentos principales, los teatros, me dijo: ¡Ahora deseo conocer un poco la bohemia, esa alegre bohemia del barrio Latino!

--Señor mío--le dije--, esa no existe.

--¿Cómo, no existe? ¿Y Rodolfo y Mimí?

--Difuntos.

--Pero usted ha hablado, hace algunos años, de bohemia del barrio Latino en _La Nación_.

--¡Sí, hace doce años! Las cosas han cambiado. De todas maneras, para que usted se convenza, iremos a verlo.

Y fuimos esa misma noche.

Comenzamos por visitar los clásicos cafés D'Harcourt, Vachette, Soufflet. Unos cuantos caballeros particulares, solos o en compañía de más o menos elegantes damas o damiselas.

--¿Y los estudiantes?

--Esos son los estudiantes.

--¿Y esa gravedad?

--Los estudiantes actuales son graves, gravísimos. Han leído todos los libros y tienen la carne triste.

--¿Y los gorros tradicionales?