Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII
Part 6
Cuando ensamen les abeyes y posen de flor en flor, si les escurren s'espanten vanse y non facen llabor, dexando el caxello vieyo pa buscar otro meyor. Sant'Olalla fó l'abeya que de Mérida ensamó, enfadada q'adorasen les fegures de llatón. Entoncies el rey don Gil andaba en guerra feroz con los moros que quería encabezase en Lleón. Permitiólo aquesta santa que les victories i dió, matanza faciendo vi ellos fasta q'en Mérida entró. Llegó al pueblo d'esta ñeña que temblaba de pavor, y esconfiaba de so cutre solliviada de temor. Cutieron los santos güesos viendo que s'arrodiyó; si estovieren más carnudos saldrín fei acatación. Trúxoles el rey piadosu, de llacería los sacó, y metiólos per Uviedo con gaites e procesión. Mérida diz que i tornen esta prenda que i faltó; diga ella que quier ise y aun con eso... quiera Dios. Si quieren que la llarguemos páguennos la devoción ansí de los que finaron como de los q'ora son. Díguenlo al Santo Sudario ver quiciás si da razón, pos non tien utro cuidado el Señor San Salvador. ¿Quián ora i lo mandará? bien s'echa de ver que nos: si nos lleven esta santa no hay más d'arrimar la foz. Dirán ellos:--«Morrió acá»; diremos nos:--«Non morrió, q'está viva par'Asturies, si está muerta para vos». Y aunque la lleven, m'obligo que se torna per ú fó, porque dexa conocidos y gran comunicación. Si por amor d'esta santa Extremadura llibró el Principado heredero puede ir tomar posesión. Ella está muy bien acá, l'otro vaya per ú fó, porque están de nuestro llado l'obispo y gobernador. Nosotros los de Capote, cual con un ral, cual con dos seguiremos iste pleito fasta llevalo ente Dios.
Es la antigua voz de este pueblo. Supongo que la habréis comprendido los que podéis leer a Berceo y a Segura; si no, vaya en obsequio a los asturianos del Río de la Plata que me leen.
Del mismo autor de ese romance se conservan algunas composiciones de asuntos clásicos, hechas de manera burlesca, como fué uso entre ciertos humanistas de buen humor.
Así _Dido y Eneas_ y _Hero y Leandro_. Solamente que algunos copiantes desfiguraron los versos originales, según dice el canónigo Posada, «ora por los que no entienden el bable, o ya por escrupulosos y timoratos, que los castraron de palabras y expresiones menos decentes y sustituyeron en su lugar otras y hasta octavas enteras». Temblemos pensando en cómo hubiera quedado la obra del Arcipreste de Hita si otros copiantes le aplican semejante castración. No obstante, en lo que queda de González Reguera, las sales y picantes no faltan. Así en _Hero y Leandro_ hay octavas como ésta:
Mató ansí cinco toros y acabóse la fiesta sin facer seña nenguna. Baxó la ñeña y el galán posóse, y acompañóla por probar fortuna; yo pienso q'ella, p'hácia sí folgóse de bella cavo si, que no hay delguna si quier bien, q'a les dures o apretades, non i ximielguen lluigo les corades.
Hay un don Francisco Bernaldo de Quirós y Benavides, de quien se tienen pocos datos biográficos, pero del cual se sabe que «perteneció a la noble Casa de Quirós después que don Francisco Bernaldo de Quirós, décimoquinto descendiente del fundador, casó con doña Jerónima Bernaldo de Quirós y Benavides, llevando los sucesores desde entonces este último apellido a continuación del de Quirós». Del don Francisco poeta es un romance que califican los antólogos de «precioso romance jocoserio, acabado modelo descriptivo, donde compiten a porfía el fácil poeta y el consumado jinete». Vale decir que nos las habremos con un antiguo _sportsman_:
Señor don Pedro Solís, el que tien e'nes corades un macón de sacaberes y un camberu d'allacranes; el de Mayuelu con zunes, si non quier que i lo llame pieza de Baldeburón que sal bien, pero ye tarde; alferi mayor d'Ubiedo q'anque pese a quien pesare, puede meterse a conceyu sin quitar les sos polaines. Sepia so mercé q'agora que han de fer en todes partes al mayorazu d'Asturies xuramentos prencipales, se m'ofrez el pronponei un truecu para que saque un bon rocín ne los díes que ñarbole l'estandarte.
Para comprender ciertas alusiones son precisas notas, y además os haré gracia de más copia, puesto que no estáis como yo en este buen suelo asturiano, en donde hay tan gallardas muchachas que hablan su viejo dialecto, y alegres gaitas, y mar soberbio, y sidra que hay que saber «espalmar», como lo hacen los joviales visitantes que vienen a merendar al amor del azul y de la marina espuma. No os hablaré, pues, sino de paso, de los viejos cantores, como cierto impagable don Antonio Baldivares y Argüelles, festivo--¡todos festivos!--y de quien se cuenta que fué «de carácter alegre, jovialísimo y propenso a bromas y ejercicios divertidos, demostrando un buen humor que no abandonó hasta los últimos momentos». O del latinista don Bruno Fernández Cepeda, también regocijado, con todo y ser dómine, o por lo mismo, y que dice en uno de sus romances:
Entra el potrumedicatu con sos paxes y corchetes, y, echándose sobre min com'unes utres famientes, desalforxando sos chismes entre dimes y diretes, me esfarrapen a sangríes, me destocinen a friegues, me chamusquen con ventoses, con baños me despelleyen, con xiringanzos m'esfonden, con supedanios me tueyen, con agües me desbauticen, con untures me esfelpeyen, con emplastos me taracen, con gataplasmes me afrellen, con parches me destapinen, con cantárigues me esfuellen.
O bien doña Josefa Jovellanos, hermana del famoso don Gaspar, y la cual, aunque grave y devota, como que se metió monja, no demuestra en sus versos sino un natural risueño y poco dado a melancolías. Y luego don José Caveda, varón sabio que sentimentalizó en tales o cuales versos, sin que abandone la tradición jocosa del país; y los anónimos, en fin, como el autor del poema _La Judith_, o los de tantos cantares como éstos:
En Candas hay bones moces, en Avilés la flor d'elles, en Luanco mielgues curades y en Xixón paraxismeres.
Y los que dicen la historia de Maruxiña, la historia eterna de todas partes:
Ay, Maruxiña, la barriga duelte; por so les faldes coxiste la muerte. Ay, Maruxiña, tu fusti a los figos, fusti muy tardi y ya estaban coídos. Ay, Maruxiña, tu fusti a los prumos, fusti tempranu, no estaben maduros. Ay, Maruxiña, del pie delicau, ¿quién te mandó reblincar en mío'prau?
Y algunos de muy ingenua y práctica filosofía popular:
Quixe casame contigo, y eché lleña en to portal, dácame acá la mió lleña, que non me quiero casar. El que sabe como files y cómo quiés tú coser, primero va pa'l'hespicin que te escuya por muyer. El cura del mió lugar ye prontu pa recibir y muy tardío pa dar.
Actualmente hay varios tocadores de lira que lo hacen con bastante bizarría y donaire, tales Bernardo Acevedo, y un cierto Marcos del Forniello, y, sobre todo, un famoso Pepín Quevedo, orgullo de estos contornos. Todos ellos sostienen las tradicionales maneras de humorismo y de gracia, y Pepín Quevedo--apellido obliga--es el aeda representativo de tan envidiable ecuanimidad. De él hace un su colega el más halagador retrato en unos versos que, entre otras cosas, dicen:
Como amigo, y'un amigo sin trastienda ni trasiego; com'home, pa la muyer, dulce como'l carambelo; como padre, y'un padrazo que reblinca co los neños; y como poeta'n bable... ¡Contra! ¡Me valga San Pedro! ¡me caso'n Xudas, recongrio! non y'un home, y'un xilguero!
Y como habrá que citaros algo de Pepín Quevedo que garantice la fama de su buen humor y de sus sales poéticas, he aquí algunos de los que él llama _Cantares estropiaos_.
«Al pie de un árbol sin fruto me puse a considerar.» Que le home que sal borrico non lo puede remediar. «A la luna pregunté si era pura la que amaba»... La lluna, naturalmente, non arrespondió palabra. «Por San Juan hizo un año que te quería»... Triste cascabelera, conque ahora... infla. «Los pajarillos y yo nos levantamos a un tiempo»... Ellos a comeme'l trigo, yo a trabayar com'un negro.
Y vayan todas estas cosas, como he dicho antes, para los asturianos del Río de la Plata, que encontrarán en ellas el eco de su Cantábrico, la sonrisa de sus hermosas mujeres y el perfume del oro claro e hirviente de la sidra.
Prólogo que es página de vida.
I
Estas líneas, que sirven de prólogo a la producción literaria del doctor Luis H. Debayle, puede decirse que constituyen una página de mi vida. O más bien dos páginas: una de primavera y otra de otoño, ambas perfumadas por nuestras esencias de Nicaragua, de flores de jardines domésticos, rosas, azucenas, «mapolas» u orquídeas del bosque intrincado.
Pues mi conocimiento con este querido sabio armonioso viene desde la infancia, allá en la centroamericana ciudad de León. Allí tenía yo un primo que reunía en fiestas dominicales a niños amigos, entre los cuales Debayle y yo. ¡Oh la casa de mi tía Rita, en que la fatalidad se descargó un día!--¿justa o injustamente? ¡Dios lo sabe!--, y aquellos bailes de adolescentes, al son del piano, y los cuales solía perturbar, regocijar o asustar la aparición de dos enanos velazquinos que mi tía albergaba en su casa... Exactamente como en el Museo del Prado y como en la Historia.
Alegremente seriecitos nuestros bailes--trece, catorce, quince años el que más de nosotros--. Mi primo tenía «haciendas» de ganado y de caña de azúcar y su padre era cónsul. Otros eran hijos de médicos, de abogados, de gente excelente del Municipio. Luis Debayle presentaba muchas ventajas: tenía un bello tipo, era francés, y su padre, cuyos ojos azules reflejaban empresas de Lally-Tollendal y la Compañía de Indias, que habrían deleitado a Francis Jammes, hacía cargar en los puertos que dejaron los viejos españoles bergantines con la bandera de Francia, que traían a Europa maderas olorosas y de tinte, rojas como el Brasil y amarillas como la mora. Pero entre todos los adolescentes que danzábamos mazurcas y polcas con las niñas, era yo el que hacía versos. Ello me creaba la extraña, pero innegable superioridad que tienen el arzobispo, el ruiseñor, el torero y el pavo real. Como me comprenden ellos bien, ni el arzobispo ni el ruiseñor tomarán a mal lo promiscuo. Ya se entenderá que yo, que veía en Luis Debayle el hijo de un realizador de ensueños que había sorprendido en tal cual almanaque, y él, que me confiara desde luego su amor a la música, hiciésemos en seguida una gentil unión de cariño. En casa de Debayle, a poco tiempo de nuestra primera intimidad, bajo la complacencia maternal, fraternizábamos furiosamente en el acordeón. Por lo que a mí toca, _hoc era in votis_, y he aquí por qué aun estoy y estaré siempre enredado entre los profusos y dificultosos para la marcha en el mundo de laureles apolíneos.
II
Fué, pues, Luis Debayle uno de mis primeros compañeros de armonía. Así en acordeón, cielo azul, u órgano en la iglesia de la Recolección, de los jesuítas. O en San Ramón, donde tanto él como yo y tantos otros ostentamos en el pecho la cinta azul y la medalla de oro de los congregantes:
Oh María, madre mía, dulce encanto del mortal...
dirigidos y acariciados por un padre Tortolini, anciano, un padre Valenzuela, poeta de Colombia, un padre Koning, sabio astrónomo, un padre Juinguito, hoy obispo de Panamá... Y lo que he perdido en el recuerdo...
Hay muchas lagunas en este largo poema de tiempo en donde cantan tantas elegías... Mas es el caso que Luis Debayle y yo simpatizábamos en el amor de la lira y que ya él empezó a quererme como un hermano y yo a corresponderle de igual manera. Hasta donde me era posible, ¡helas!, pues el primero, que tenía haciendas y bufones le quería también como un hermano, y a pesar de mi ventaja poética, la competencia no era posible. Solamente la gran Hoz pone todo en su punto de justicia.
La verdad es que, poco tiempo después, yo me eclipsé, o más bien no aparecí literariamente, pues las odas y las cantatas de los padres hacían otros privilegiados, entre los cuales ese buen talento tan práctico y tan literario y tan sentimental de Román Mayorga Rivas que, comprendedor de su tiempo y de su misión, es hoy director del primer diario a la yanqui de la República del Salvador. ¡Y todavía Francis Jammes!
Entre estas memorias, que yo pongo aquí:
(Este ramo de ciprés para Mercedes, y este otro ramo de ciprés, con una rosa blanca, para Narcisa.)
III
Aquí no debía faltar que yo hablase de don Juan Pallais, uno de los tíos Pallais, de Luis de Bayle, hermano de su madre, afianzándose así el predominio de la sangre francesa. Y mi gratitud debe expresarse en memoria de quien fuera mi iniciador en la guía gala y la golosina, siendo como era aquel buen caballero _gourmand gourmet_. Y qué capítulo por escribir el de la cocina nicaragüense, que viene de seguro de aquellos platos profusos y maravillosos que se hacía servir el emperador mejicano Moctezuma y de los que hablan Cortés, Gomara y Bernal Díaz.
Mas llega el instante en que, en revistas ínfimas y precarias, en un medio primitivo, los jovencitos tentados por el demonio literario que era entonces ángel jesuíta, diéramos al viento sendas silvas a la clásica, naturalmente dirigidas al Mar, al Sol o la Virgen María. Y Luis Debayle realizó entonces tales o cuales lanzamientos líricos, más o menos divino Herrera o humano Alberto de Lista, que hoy mismo pueden sin desdoro figurar entre sus producciones rimadas. He de insistir siempre en que los padres de la Compañía de Jesús fueron los principales promotores de una cultura que, no por ser, si se quiere, conservadora, deja de hacer falta en los programas de enseñanza actuales. Por lo menos conocíamos nuestros clásicos y cogíamos al pasar una que otra espiga de latín y aun de griego. Jóvenes nicaragüenses de ese tiempo hay hoy, que, según tengo entendido, son hasta obispos y profesores en lejanas regiones.
El tiempo pasó. Yo partí, aun en la adolescencia, de mi tierra. Debayle supe entonces que había ido a París a estudiar medicina. ¡A París! A su dulce Francia, en que tanto él como yo soñábamos después de desleir en el fuelle armónico y viajero alegres marianinas, romanzas sentimentales o sones aprendidos de los marineros de Corinto o del estero Real.
Cuando partió Debayle escribió una página cordial en que junta a sus dos patrias: la grande Francia y la pequeña Nicaragua, en su afecto igual. Pero por más que él diga, prevalece, a pesar del afán de la tierra, el corazón francés.
Corazón francés, cerebro francés, nombre francés, eso es Luis Debayle. Solamente su gloria es centroamericana, pues el laurel no da sus ramos sino en donde se le riega. Y si, aunque nacido en Nicaragua, es ciudadano de Francia, su ciencia es en el país tropical y maravilloso donde vierte su bien.
Su ciencia. Los que vivís en ese gran Buenos Aires de millón y medio de habitantes, palenque de todos los progresos del mundo; los que lucháis en esas capitales ricas y soberbias--dos o tres apenas en nuestro continente hispano-parlante--no podéis saber lo que de posible y de imposible ha realizado Luis H. Debayle para el saber médico en su pequeño país de acción y para que su nombre sea reconocido con elogio y su persona rodeada de consideraciones en los centros científicos europeos. Por más que adelantamos, Europa es aún el crisol del pensamiento del mundo. Y el mejicano Herrera; los brasileños, los argentinos Pérez, Ramos Mejía, Ingegnieros, Sixto y algunos otros, han logrado, al dejar su nombre marcado en una roca europea en la ascensión de la ciencia humana, lo que muchos no comprenden. Y así el franco-nicaragüense Debayle, descendiente de Montgolfier.
Saber e investigar mucho, constantemente; enseñar, curar, dar la vida, contribuir en tantas partes de la tierra: Wáshington, Méjico, La Habana, Budapest, París, a la recopilación de ciencia y de experiencia; ser querido y alabado por los Peau, Richelot, Landouzy; ser llamado un día a presidir, en la metrópoli de la gloria, un congreso de eminencias; amar de veras y con toda el alma su don científico y todavía saber recordar que Esculapio es hijo de Apolo. Pues he aquí que Debayle ha perseverado en el amor de la Lira, lo cual contribuirá a que en su jardín interior, aun en el invierno vital, haya rosas frescas.
IV
Si él publica este libro, es quizá por consentimiento a indicaciones amistosas, y sin ninguna ambición de «ma-tu-lu». Y luego, casi todas son flores de un jardín familiar; flores nicaragüenses: «cundiamor», «bellísima» y azucenas de todos colores. Hay sones de las antiguas liras románticas, de las que se «pulsaban». Hay sentimientos de hogar, antiguos ecos amorosos, perfumes que aun quedan de una tradición patriarcal. Y el mar nuestro aparece, mar de descubrimiento, de Robinson y de Antilla. Y aquí que yo recuerde al Debayle que volví a ver, después de tantos años, en el otoño de mi vida. Fuí a mi país tras larga ausencia. Toda aquella tierra ardiente fué para mí como un incensario. Se festejó nacionalmente el retorno del poeta pródigo. ¡Cuántos amigos de menos! ¡Cuántos que se llevó la muerte, cuántos cambiados, cuántos esquivos o por indiferencia tímida o por miserias ciudadanas que hasta a las nueve musas visten con un color político! ¿Qué tengo yo que desear allá sino que mi país natal adquiera fuerza, riqueza y cultura? ¿Qué sé yo de los oñacinos de León o de los gamboinos de Granada? Mas he de decir que el primer abrazo, o el más fraterno, de la llegada, fué el de Luis H. Debayle. Grises ya ambas cabezas, florecieron en seguida nuestros recuerdos, para los cuales contribuyó la literatura y este o aquel rememorar de amor igualmente perseguido antaño y nuestras mutuas conquistas y su París y mi Argentina. Y yo desperté en aquella imaginación de buen sabio la amable locura de los versos. Y fuimos a pasar los días de fuego de aquel verano tropical, a una isla risueña, desde la cual se divisan los cocotales del puerto de Corinto. Y allí hicimos rimas y ritmos. Y allí supe cómo la pasión estética coronaba bellamente una existencia de bienhechor de la Humanidad, y cómo el antiguo amigo de las odas a la hispánica había ya escuchado las siringas y liras de los modernos pastores y corifeos de poesía.
En el seguro monumento que su patria ha de ofrecer al doctor Debayle, junto a las simbólicas figuras que indiquen ciencia y caridad, sería propio esbozar una musa, no por discreta menos de origen divino. Y el abuelo Montgolfier estará en su eternidad satisfecho, cuando vea cómo de cuando en cuando su ilustre descendiente se ha fugado de las prisiones prácticas de la tierra para ir por los espacios de su globo, caballero en el sublime caballo alado.
Letras chilenas.
FRANCISCO CONTRERAS
UN LIBRO SOBRE ITALIA
Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años. Es joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el mundo intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras. Su primera obra aparecida en Europa, _Toisón_ es una colección de sonetos. De él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un toisón de oro suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica aventura de Jason, fin «feérico» de la navegación del Argos». «Casi todas las piezas están saturadas del éter poético, tienen un aspecto deliciosamente patricio, son superiormente vistas, sentidas, dichas». A pesar del dañoso elogio del doctor, que ha escrito lo que ya se sabe sobre todo lo que brilla y vale en el arte contemporáneo, ese primer libro de Contreras tiene poesías de mérito, sobre todo porque de los primeros ha procurado apartarse del nuevo «poncif» castellano que ha echado a perder, entre otras cosas, el alejandrino y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando se notan los orígenes o las supersticiones en la mayor parte de los poemitas, el autor logra que se advierta su propio espíritu, sus modos individuales de pensar y de sentir. He aquí una pequeña labor muy bien trabajada, aunque con el exceso de preparativos que se acostumbrara desde la introducción del simbolismo.
En desmesuradas yemas, sobre los tallos entecos, en los parterres ya secos se esponjan las crisantemas. Flores raras, son emblemas del arte de nuevos ecos, amante de orlas y flecos y de rarezas supremas. Exóticas y hieráticas, como princesas asiáticas, pues que son raras, son bellas, Prendidas entre los rasos o abiertas sobre los vasos como monstruosas estrellas.
_Toisón_ fué publicado en 1906.
Esto nos hace retroceder algunos años, al tiempo de la preocupación por la escritura «artista» y por lo principalmente formal. Aun quedan algunos cultivadores de la manera, tanto en América como en España. El poeta chileno, por su parte, ha procurado, avanzando, renovarse.
Así publicó, después de _Toisón_, _Romances de hoy_. Hasta puede decirse que el salto fué demasiado brusco, de la poesía trabajada, erudita, un tanto complicada, con escenarios fabulosos, con vocabulario aristocrático, con un si es no es de dandismo, casi todo de influencia, o de reminiscencia europea, a la poesía sencilla, sin artificio, quizá a veces algo prosaica, o bastante ingenua en su sinceridad, pero que mereciera estas palabras de un juez insospechable, el gran Mistral: «Siento en sus versos, decía a Contreras el padre de «Mireia», la amplia y libre vida de la América española». ¿Cómo no iban a ser del gusto de Mistral versos como estos?
Sobre el suelo, en la hora sin tules, las sombras se cortaban nítidamente azules. En torno del ramaje de higueras y cedrones, rodaba un estridente rumor de moscardones. Sobre un cerezo un mirlo gorjeaba con desgaire. A intervalos, llegaban en la quietud del aire gritos roncos, galopes raudos, ladrar de perros... Era una trilla próxima, sobre el cordón de cerros. Se veía la era, yeguas, los arriadores: _Guasos_, mozos montados, con ponchos de colores. Paróse. Dió unos cuantos pasos. Desperezóse, enarcando los brazos con inocente goce. La cabellera suelta, oscura, perfumada, cubrió entonces sus hombros en sedosa cascada. Hundió los ojos húmedos en la azul lejanía. Luego, inconscientemente, despreocupada, fría, trasponiendo la reja de madera del huerto, echó a andar paso a paso hacia el gran campo abierto, por la vieja alameda que servía de entrada, sin mirar, sin pensar, sin recordar ya nada.
El autor didactiza en su prólogo, y habla de un «período narrativo». No oigamos sus explicaciones; gustemos de sus músicas gratas. Y los que no hayáis vivido en el país chileno, podéis saber, por las notas del volumen, muchos detalles locales. Y hallaréis, por ejemplo, esta noticia inquietante: «Existe en Chile la preocupación de atribuir a los poetas los calificativos de loco, perdido, vagabundo. De manera que, lo que en toda sociedad culta es un señalado honor, en la nuestra se trueca en motivo de escarnio o sello de ridículo. Un distinguido poeta nacional nos contaba que en cierta ocasión, habiendo sido presentado a una dama con las palabras de: el poeta señor Tal, se vió obligado a protestar asegurando que era objeto de una mala broma...»