Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII
Part 5
Los alegres compadres protestan y se escandalizan. Es demasiada tristeza... ¿Qué les pasa a los poetas jóvenes de hoy, a los de la pasada y de la actual generación? ¿No hay cosas risueñas que contar?
Y los inenarrables de siempre.--¡Cómo! ¡Un poeta americano que sigue las huellas de tales o cuales desconsolados europeos! ¿Y vuestros ríos que parecen mares? ¿Y vuestros bosques, y vuestros lagos, y la fecunda zona que el sol enamorado circunscribe? ¿Y los libertadores? ¿Y el oprobioso yugo y el león de España? ¿Y la virtud de vuestras matronas? ¿Y la Patria, por fin? ¿Y la Patria?
Muchas más interrogaciones hay que dejan estupefactos a los cisnes, bajo la sombra, no siquiera de Bonhomet, sino del convencido e inmortal farmacéutico. No, dicen los buenos gustadores, no hagamos caso de esas preguntas. En este bello breviario, una desolada y encanecida Bella del bosque durmiente, dice lo irreparable. Hay «languideza» en versos fatigados. ¿Quién dirá que no es hermosamente valiente y castizo ese romance que empieza:
Clavó su castillo el conde en la roca más hostil del monte...;
¿Y que no hay remembranzas de la pasada pasión, y cosas que habrían complacido a René y a Olimpio? ¡Un romántico! Sí. Nervo es un romántico. Un romántico del siglo XX. Esto no sienta mal, porque ya sabéis la opinión de Stendhal sobre el particular. Él se declaró romántico. Y, además, era cónsul.
Saludemos, pues, a la señorita a quien en ese libro se le expresa:
Angélica y Oriana; Melisandra y Cordelia, Margarita y Ofelia te llamarán hermana.
A lo cual agrega el poeta fatal haciéndose el viejo:--¡No tanto, amigo mío, no tanto!
¡Oh! ¡que no pueda yo, señora mía, aguardar que el botón se vuelva rosa, embotando del tiempo que me acosa la tiranía!
Toda esa _nonchalance_ impera en la primera parte del volumen. Cánticos discretos, breves en su mayor parte, a la sordina, «en voz baja».
«La sombra del ala» debía estar bajo la invocación de Montaigne. Es un conjunto de variaciones sobre el «Que-sais-je?» eterno.
... Pero dí, ¿qué esfuerzo cabe en un alma sin bandera, que lleva por donde quiera su torturador? ¡quién sabe!
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¡Oh padre de los vivos! ¿a dónde van los muertos, a dónde van los muertos, Señor, a dónde van?
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¡Oh, buena hada! ¿tendrá Dios piedad de nosotros?
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Mas, ya todos sabemos que el poeta puede cambiar con el instante, siendo su sucesión de impresiones y sensaciones a veces tan variadas como la naturaleza misma. De este modo, no causa extrañeza el paso de algunas horas sonrientes y de algunos momentos optimistas. Aprobad, pues, que por éstas, por aquellas razones diga el cantor en veces ¡está bien! Y pues llega «papá Enero», estos versos:
Papá Enero, que tienes tratos con los hielos y con las nieves (y que sin embargo remueves el celo ardiente de los gatos), Guarda en tu frío protector el cuerpo y el ánima en flor de mi niña de ojos azules (en cuyas ropas y baúles hay castidades de alcanfor). Mantén sus ímpetus, esclavos, mantén heladas sus entrañas, (como los _fjords_ escandinavos en su anfiteatro de montañas). ¡Pon en su frente de azahares y en su mirar hondo y divino, remotos brillos estelares, quietud augusta de glaciares y claridad de lago alpino!
Él vive la vida europea. Mas de pronto le asaltan los recuerdos de su tierra. Madrigaliza a una niña de dieciséis años. A su amigo el ex embajador Casasús, noble poeta, escríbele clásicamente:
Libio, yo estoy prendado de tal modo de la naturaleza peregrina, que ansiando en mi amor loarlo todo, le grito ¡bis! al ruiseñor que trina, ¡olé a la onda que cuajó en espuma, y ¡hurra! al sol que calienta y que ilumina. ¡Gracias! digo al clavel que me perfuma o al lirio que brotó bajo mi planta, y ¡bravo! a la oropéndola que empluma.
Y rima otras galanas palabras y casa otras lindas ideas, con una innegable maestría.
«El éxodo y las flores del camino» es la parte de verso de un libro en verso y prosa publicado con ese título. Es un corto _reisebilder_. Notas de viaje, líricamente expuestas y rimadas, es su _Parcours du rêve au souvenir_; ¡pero bastante lejos de Montesquiou-Fézensac!--Irlanda, Londres, Bretaña; y París, y mujeres, y artistas; y otra vez París, y Flandes; y Lucerna, y Bohemia; e Italia y París; y mujeres; y arte; ¡y París y París!
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¿Te acuerdas, mi querido colega, de aquella joven parisiense que en una comida de amigos, en su casa, te cantó unos versos hechos por ella, tan triste y tan dulcemente, versos de adiós? ¿Y que poco tiempo después se murió?... Aquella era una de tantas ilusiones de París. Ahora me he acordado de ella.
La literatura en Centro América.
EL POETA DE COSTA RICA
Costa Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco repúblicas de la América Central; Costa Rica tiene sangre gallega; Costa Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el conde de Peralta; Costa Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones; Costa Rica tiene la corte suprema de justicia centroamericana en la ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa Rica tiene un tranquilo pueblo de agricultores, y Costa Rica tiene un poeta. Tiene, es verdad, otros poetas, pero «su» poeta, el poeta nacional, el poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del presidente Cárdenas, de Nicaragua. En Wáshington, donde perteneció a la Legación de su país, fué íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor Attwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas centroamericanas, retornó a su país y se casó, y, como en los cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada Carabosse que, como es costumbre había aparecido ante su cuna en los instantes en que otras hadas buenas le dotaban con muchas cosas buenas, le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he aquí por qué, cuando escribo estas líneas, se encuentra el poeta de Costa Rica en un Sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa por una disposición especial del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos, se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la ciudad Condal una nueva edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de _Concherías_.
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¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor costarriqueño, señor Brenes Mesén, nos lo explicará: «Aunque la palabra «conchería» es bien inteligible para los nacionales, no estará demás indicar que en Costa Rica, de unos ocho años para acá, se llama «concho» al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una acción, o una expresión propia de un campesino». Habla el poeta la lengua de los hombres rurales de su tierra. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y frutos autóctonos. Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuído a hacer odioso el alejandrino, no ha tenido jamás ningún rastacuerismo lírico, ni se cree un pistonudo genio. Tiene--¡ah, tener eso todavía, Dios mío!--tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terribleces de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y, sin embargo, no hay en él un solo instante de pesimismo y, como buen pájaro natural, dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música jovial.
En pocas palabras sintetiza su valor uno de sus amigos, Antonio Zambrana: «No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino, sino fresca y colorada, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barba; sobre eso puede haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo, no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin careta, hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a veces, para su música, con una flauta de caña hueca, pero hecha por él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verbo sonoro y abundante, hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar y sé agradecido». Sí puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluído el admirable y bien sonante romancero castellano.
Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la ocasión para declarar cuánto me encantan los poetas que, como el árbol de su floresta, dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi cosmopolitismo de antaño y mi exotismo el ansia de lo deseado.
Otro escritor, compatriota de Echeverría, dice: «Quien conozca nuestro pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de esta tierra; quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con amor los versos de este libro, porque de todos se desprende el vaho fortificante de nuestro suelo». Así ha sucedido, pues ningún otro poeta en Costa Rica tiene, como él, ni tantos lectores, ni tantos afectos conquistados.
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Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis excursiones mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías. ¡Su musa lo sabe decir con tanta gracia y donaire! Su musa: hela aquí tal como él la pinta.
Mi musa es joven y ardiente, morena, de erguido seno, boca sensual y más roja que las bayas del cafeto; blanca y firme dentadura, que es albo nido de besos; ojos grandes y expresivos, dulces, brillantes, serenos. Una espalda tentadora, mórbida como su cuello, unos brazos que si abrazan es difícil salir de ellos. Corre por su cuerpo criollo la roja sangre del pueblo, fresas fingiendo en su boca, rosas en su cutis terso y en la gloria de sus ojos cálido fulgor de incendio. Canta a mi patria adorada, canta a mi ubérrimo suelo, a mis floridos rosales, a mis frondosos cafetos, al mozo fuerte y honrado, alegre, bueno y sincero, a la moza de alma blanda y de durísimo seno, a nuestras altas montañas, a nuestros valles risueños, a nuestra tierra fecunda, a nuestro límpido cielo. Que no brinda en copa de oro, sino en los cálices bellos que le ofrecen los claveles, ya de nieve, ya de fuego, que embalsaman con su aroma mi apacible y caro huerto.
Desde luego, no estamos aún escuchando la parla de los conchos.
Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta, de pronto, aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Meléndez Valdés?
Es Clori, la esposa del Céfiro amante...
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las sabrosas concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes Mesén, «aliento fresco de los montes, respiración sana de terneras al levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las horas...» Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa Rica, sus preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros antigramaticales, pero semejantes a los de algunas regiones de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos extranjeros. «No se le da bien disecado en su diccionario, sino viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo». La transcripción se ajusta, tanto como es posible, para no chocar demasiado con los hábitos existentes a la verdadera pronunciación popular. Allí está justamente su importancia. Las palabras que los gramáticos han condenado como impropias, son, con frecuencia, arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos.
Si desde la época anticlásica vemos que la _r_ final de los infinitivos se asimila a la _l_ delante de los subfijos, y así lo observamos en _Concherías_, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años de su aparición en la Península ibérica. Entre vocales, la síncopa de la _d_ fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera conjugación. La elisión de la _o_ y de la _e_ delante de palabras que principian por vocal, también la observaron los castellanos y es ley dominante en la lengua «tica» y americana en general. Ticos se llama en Centro América a los habitantes de Costa Rica. Desde luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se necesita un vocabulario especial, como sucede en casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un Poema de Jehan Rictus, una página de Bill Nay o de Fray Mocho.
Veamos algunos ejemplos. Transcribiré el romance titulado _Un hermano_:
Bajo un mango corpulento, y tendidos en la yerba, junto a los bueyes que echados perezosamente cenan, están varios carreteros alrededor de una hoguera, que olla de hierro corona montada sobre unas piedras, y dentro la cual retozan en el caldo que espumea, ya las papas esponjadas, ya el dominico de seda, la blanca yuca de nieve, la carne de rojas hebras; el tiquisque delicado asoma su faz morena, o se presenta el avote en forma de barquichuela y con la cara encendida, que está muerto de vergüenza por ser primo del zapallo, que es la verdura más fea; el chavote su espinosa y verde capota ostenta, entre raíces y ñames, camotes y berenjenas. De cuando en cuando se asoman algunas palabra feas, es decir, que varios ajos suelen sacar la cabeza, y todo ello confundido en una igualdad perfecta, en que todo sabe a todo y huele de igual manera: especie de democracia que sus doctrinas condensa dentro la olla de fierro que sobre robustas piedras al beso de alegres llamas canta, llora y burbujea, vigilada por los mozos que de bruces en la yerba aguardan pacientemente que se cocine la cena. Algunas tortillas fiambres que han adquirido dureza junto a los tres tinamastes que hacen escolta a la hoguera, son retiradas, pues Marcos dice que le olen a buenas, y «quel pel» está seguro que está cocida la cena. Con dos sacos de gangoche quitan la olla y se la llevan a la orilla de un arroyo que corre por allí cerca. Después arriman los yugos y muy alegres se sientan: dan dos besos cariñosos a sus chulas, las botellas, que en el amplio vientre guardan el contrabando, o el «nétar», con que el Supremo Gobierno explota al par que envenena. --Échate un cuento, Milquiades. --O una historia verdadera. --Que les cuente Sinforoso lo que le pasó en Atenas, --¡Que lo cuente! --¡Sí! ¡Contalo! --Miren qué cosa tan fea. Hará tres años descasos que me hablaron en Heredia pa ver si jalaba un flete pal puerto de Puntarenas. Yo puse mis condiciones, y después de algunas negas entre si tanto, sin cuanto, convenimos en lo quiera. Ya esos güeyes eran míos, pero no tenía carreta. Los Arias me consiguieron lo que fué de Chico Cerdas. Salimos como a las doce, sestiamos en Alajuela; al llegar a Los Horcones ya estaba la luna puesta, y resolvimos quedalos pa que los güeyes comieran. --Muchachos--dijo Damián-- mientras se cuece la sena ¿por qué no v'alguno atrese un trago de guaro Atenas? --Yo voy, le dije. --Está bueno. --Treme un diacuatro de breba. --A mí dos riales de puros. --Pa yo una vara de mecha.-- Me puse la alforja al hombro y descolgué una linterna, y me tercié a la cintura por si acaso, la cruceta. Después de dale a los caites entré por último a Atenas, merqué todos los encargos; y viniendo ya de vuelta, comencé a sentir un tufo como a la moda de mecha; un tufo que no cesaba por más y más que anduviera. Me entró cierto recelillo; pero voltié la cabeza y nada vi, sólo el humo que dejaba la linterna. De pronto se oyó un chirrido, me puse a parar la oreja, y vide que en el camino sola andaba una carreta, sin ninguno que la guiara, y sin güeyes ni compuertas; y en el centro, en un atául, el cuerpo de Chico Cerdas. Eché mano a la cutacha y me amparé de la cerca, ise como cuatro cruces, por supuesto con l'izquierda. --«Hermano--me dijo Chico-- yo debo algunas promesas...» A mí se me jué el resuello, me se aflojaron las piernas, me sucedió una desgracia, me se adormeció la lengua. Me encomendó a las tres Dulces y a la virgen Margalena, y le dije como pude: --«¡Decí... lo... que... te... se... ofrezca!» Se sentó dentro el atául (caramba que pestilencia, iedor a recién casada, o como a letrina vieja, o como a güevos podridos, o como a nido de perra). --«Le debo--dijo el difunto, después de hacer unas muecas-- le debo a Concho Paniagua tres pesos de una rialera, a «mano» Froilán, seis reales; a San Roque, una novena; a Chico Antillón, dos pesos, de un muerto que alcé en su mesa. Deciles a las muchachas que a vos te doy la ternera, y el armario con el baúl, y mi cama y mi cruceta.» Después se despareció el fantasma y la carreta. A yo me hallaron trabao a la orilla de la cerca. Estuve dundo de viaje más de una semana entera; iba a andar y no podía, iba a explicarme y la mesma, hasta que mano Froilano me aconsejó que me juera a contale al Padre Chico ce por be la contingencia; me llevaron, le conté, y se puso hecho una fiera; sólo le faltó mentame la mama dentro la iglesia; me puso como un petate. Enainiticas me pega y me llamó fariseo, mentiroso y poca pena; ¡pero, hombre! al rato ya estaba sano de pieses y lengua. --¡Ese jué milagro grande! --¡Un milagro de de veras! --¿Y los puros? --¡Pero ni uno! --¿Y la cusasa? --¡Ni señas! --¿Se la atoyaría el dijunto? --¡Puede ser que asina juera! --¡Ja! ¡ja! ¡ja! --¿De que te ríes?... --Estoy pensando en la mecha. ¿La mecha sí pareció?... --¡Sin que le faltara una hebra! --¿Pa qué te la dejaría? --Yo me figuro que juera pa enrollásela en el güecho ¡a la sonta de tu abuela!
¿Decidme si en lo que comprendéis de esta relación y de esos diálogos, al lado de algún baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Álvarez y otros han hecho perdurar aun después de la casi desaparición del gaucho? Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.
Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve tanto como el murciano Vicente Medina--a quien tan admirablemente ha seguido una poetisa, también de Costa Rica, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos--en los cuentos y descripciones criollas, aun en los que casi se dirían trabajos de _folk-lorista_, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria, después de soportar tanta imitación desatentada, tanto pseudo modernismo, tanta farsa intelectual como los que han invadido la literatura española e hispanoamericana al amparo de la libertad del Arte y de la sinceridad y noble entusiasmo de los iniciadores.
O poesía asturiana.
Los poetas de Asturias, esto es, los poetas que escriben en asturiano y los que escriben o escribieron en castellano, son poetas castellanos o españoles. Los dialectales hablan la lengua del terruño, expresan el alma popular, tienen un noble abolengo que se arraiga en un recóndito pasado. Tal pensaba leyendo, en la playa cantábrica, la antología de Caveda y Canella Secades, y en algunos periódicos locales, poesías de los poetas que cantan ahora.
Es el lenguaje armonioso y sonoro como la antigua fabla, con la cual tiene más que semejanzas. No sin razón la tenía en tanto precio aquel gran asturiano que se llamó don Gaspar Melchor de Jovellanos, que escribió una notable instrucción para la formación de un _Diccionario bable_, que puede leerse en la colección de sus obras, publicadas e inéditas, de la biblioteca de Rivadeneyra.
En la antología que he citado hay poesías de autores de pasados tiempos y cantares anónimos, de esos que en todas partes brotan del corazón popular y circulan de boca en boca, sin que se sepa quién los compuso.
Don Antonio González Reguera fué un discreto y muy gracioso rimador de Asturias, que nació a principios del siglo XVII, y del cual se conservan algunas producciones. El romance que trata del pleito entre Oviedo y Mérida sobre la posesión de las cenizas de Santa Eulalia, es muy gentil y de un sabor de época verdaderamente propio. Es la poesía más en dialecto asturiano que se conoce: