Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII
Part 3
Y como es quien ha reído el último, es quien ha reído mejor. Y un humorista ha puesto en boca del cuadrúpedo reflexiones como éstas:--«Puedo rebuznar; ahora he conocido la gloria... He gustado de las vanidades humanas y he encontrado que tienen menos sabor que los cardos...»
«Cuando París supo por las gacetas que el jefe de la escuela Excesivista pacía hierba sobre la _butte_ Montmartre, las muchedumbres subieron en filas apretadas. Las gentes venían por centenares a admirarme. Los unos acariciaban mi flaco espinazo, los otros me ofrecían golosinas, muchos, en fin, discutían sobre pintura por la primera vez, no habiéndose ocupado nunca de pintura, almas simples, hasta que un pollino se puso a pintar con la cola. Desde luego, gracias a mi cuadro, el Salón de los Independientes, triste amontonamiento, ha conocido este año la boga y ganado admirables entradas, que no me agradece. Lo que me ha complacido sobre todo es que se han escrito al respecto cosas muy divertidas. No hay una sola gaceta, desde _Le Figaro_ hasta _L´Avenir du Sénégal_ y _Le Moniteur des Îles Fidji_, que no hayan filosofado sobre mi caso. Todo el mundo ha reído, me dicen, menos cierto periodista de un diario, quien, no habiendo comprendido, expresó palabras severas. Esto no me disgustó, pues es bueno en una fiesta contar con un hombre furioso, pues su cólera intempestiva aumenta la hilaridad de los otros. Cierto crítico ha querido compararse con Homero, cosa que me ha complacido. Otro crítico ha escrito que prefiere mi pintura a la de Turnes, cosa que me ha sorprendido. Ya sé ahora en qué consiste la pintura para muchas gentes: consiste en colocar en un cuadro, de preferencia dorado, una tela untada de colores variados. Siempre se encuentra un público que admire. Los embadurnadores que llenan el Salón des Indépendants y ahogan con sus producciones, que se podrían atribuir a geómetras dementes, las obras notables con que justamente se enorgullece esta exposición, han hecho mal en enojarse. No había entre ellos sino un asno más». Y agrega el humorista, que habiendo empezado a andar el jumento, le preguntó:
--¿A dónde vas, Boronali?
--«Voy a juntarme en la historia gloriosa de los hombres, con el caballo negro de Boulanger».
Hubiera podido agregar que con la burra de Balaam, con su colega de Turmeda, con el asno de Kant, con el de Víctor Hugo. Y, para no ir tan lejos, a la Porte-Saint-Martin, a hacer figura entre los animales de _Chantecler_.
A propósito de Mme. de Segur.
Acompaño al caballero que lleva a respirar el aire sano de mi predilecto jardín del Luxemburgo, a sus dos hijos, lindos como flores, un niño y una niña, ambos de cabellos castaños y oscuros, y ojos tan grandes, dulces y brillantes, que agregan alegría al día.
Pasamos cerca del monumento hace poco inaugurado, en memoria y honor de la señora de Segur, _nacida Rostopchine_, a la que tanto debe la imaginación y la complacencia de varias generaciones de niños.
--Ya no se leen esos cuentos, casi--dijo mi amigo.
Le contesté que si no leen tanto como antaño, la culpa es de los padres, que han sustituído a los amables personajes de los cuentos viejos con los héroes de aventuras policiales de Conan Doyle y otros Lupines de París. Los niños saben ahora de cotillones, de partidas de _bridge_, de aeroplanos, y se interesan en los puñetazos yanquis del negro Johnson y del blanco Jeffries.
--No los míos--me contestó mi amigo--. Sin que yo les deje de dar una instrucción que les mantenga al tanto de los adelantos de su tiempo, ellos conocen bien su Perrault, sus Mil y una noches, su madame Leprince de Beaumont. Y las historias tan sabrosas y honestas de esta señora, cuyo busto acabamos de ver en ese rincón apacible rodeado de verdores. Ahora que estudian inglés, quisiera yo encontrar un libro de cuentos como aquéllos.
--Los hay--le dije--y preciosos y sabrosos. Cómpreles usted esos admirables álbumes que ilustraron artistas ingeniosos y aun geniales, que pusieron sus almas en contacto con las almas infantiles y supieron interpretar gráficamente las creaciones de los soñadores. Los ingleses han ofrecido a sus niños las prosas y los versos sencillos y graciosos, con las imágenes que son el encanto de los ojos. Cómpreles usted _The Three Jovial Huntsmen_, con las figuras ligeras y humorísticas de Caldecott y verá cómo se perfeccionan en su inglés sonriendo. Cómpreles _The baby's opera_ o _The baby's own Aesop_, en los que Wálter Crane ha fabulizado con el lápiz. Verán las cosas de Esopo armoniosas y claras. Así, como cuando las ranas piden rey:
The frogs prayed to Jove for a king, Not a log, but a livelier thing.
Jove sent them a Stork Who did royal work For he gobbled them up did their king.
Y allí está la cigüeña coronada tragando ranitas, a orillas del charco. Pero, si quieren ver a las ranitas alegres y danzantes, entonces,
«O! there is sweet music on yonder green hill, O! And you shall be a dancer, a dancer in yellow, All in yellow, all in yellow!» Said the crow to the frog, and then, O! «All in yellow, all in yellow,» Said the frog to the crow again, O!
Y Wálter Crane hace bailar a una ranita, y otra ranita toca la bandola y otra la pandereta. Y en otro cuaderno, el mismo artista les hará ver «cuando estos chanchitos van al mercado», y cuando «este chanchito grita: _wee! wee!_» Y otros cuantos cuadernos más en que hay cosas de bella caballería y cuentos de abuelas. Y si se trata de las donosuras que pintara el inolvidable Kate Greenaway, allí está la Guirnalda para el jubileo de la reina Victoria, o _Mother Goose_ o _A day in a child's life_ donde hay versos de cantar con música de Foster:
March, march away! March, march away! To the play-ground lead the way!...
Pues ¿y _Sing a Song for six pence_, con los niños y pájaros dibujados por Caldecott? ¿Y las cosas de hadas de Anuing Bell?
Y luego le digo a mi amigo que busque para sus niños un librito, que escribiera en excelente inglés una pluma hispanoamericana _Tales to Sonny_, por Santiago Pérez Triana. He allí un joyel pueril, unas cuantas páginas que un escritor de diplomacias y asuntos de estado, que es también un poeta y un culto espíritu, escribiera en idioma de papá, dedicadas a un su Santiaguito bautizado Sonny en el hogar, según tengo entendido, por su madre norteamericana.
Era en tiempo en que se arrancaban la vida rusos y japoneses allá por la Manchuria, y en el apacible Retiro madrileño, el padre y el niño hermoso de largos cabellos, conversaban. El padre le hacía cuentos tal el dios Hugo a sus nietos.
Y el niño los oía en el inglés maternal, que su padre conoce y habla como su propia lengua. Esos cuentos fueron después escritos y publicados en Londres por Anthony Treberne Co. Ltd., ilustrados con gracia por Dorothy Furniss, y con cuatro palabras de prefacio del autor.
Son seis la narraciones: _The little stream of water_ habría hecho sonreir de complacencia a San Francisco de Asís, puesto que en él dialogan un niño y la hermana agua en su forma de arroyuelo. Y la palabra del arroyuelo enseña a Sonny algo de la filosofía del mundo y mucho de la grandeza de Dios sencillamente. _Minnie and Billie_ trata de dos niños-pájaros que vuelan y hablan. Billie es el pajarito y Minnie la pajarita.
Hablan como saltando de rama en rama.
«What is your name?»
«My name is Minnie.»
«Oh! what a pretty name!»
«Do you think so?»
«Indeed I do.»
Así hablan. Y luego, con la inocencia natural, tratan de fabricar un nido. Y el nido se hace, no en la casa de la escuela, no en la torre de la iglesia, sino en un árbol, junto a otros árboles que tienen otros pájaros. Y luego se sabe que de los huevos salen los pajaritos. Así, cuando una tarde vuelve Billie a su nido, encuentra, de cuatro huevos, cuatro pajaritos _that just could call him papa_. Y tuvo mucho contento en su corazón.
En _Mrs. Lyon's party_ animales diversos parlan como en las antiguas fábulas. Tal se expresan las ocurrencias de Mr. Fox, de Mr. y Mrs. Bull, de Mr. Ox, de Mr. Rhinoceros, de Mr. Tiger, del siempre ilustre Mr. Ass. Es una variante ingeniosa del famoso cuento de los Músicos de Bremen.
El narrador pone también su lección histórica en la amenidad del divertimiento. De este modo en _The galleon_ trata de la antigua ciudad de Cartagena de Indias, grata al poeta Heredia. Y cuenta de sus cuarenta y ocho fortalezas, llenas de cañones y de su hermosa bahía. Y dice de los buenos españoles del descubrimiento y de los rapaces que les robaban a los indios sus oros y sus piedras ricas. «Those Indians had a great deal of gold in different shapes, bracelets, breast-plates and queer looking little dolls. The Spaniards robbed the Indians of all their gold. The Indians also had a good deal of silver and quite a number of emeralds all of which were taken away from them by the Spaniards». Y así fueron las cosas, como lo sabe muy bien Sonny. Y se cuenta de los galeones que iban cargados con grandes riquezas que los gobernadores españoles enviaban para los reyes de España. Y de cuando en cuando aparecían en el mar unas tropas de piratas, de aquellos bravos piratas cuya historia ha contado Oexmelin en su rara historia de la piratería. Y de los combates de las gentes del rey con los piratas. Y de un gran galeón de tres palos que iba a traer a los monarcas de Madrid el oro, la plata, las esmeraldas y las perlas que estaban en Cartagena de Indias. Y cómo ese barco regio debía también cargar muchos productos de la tierra ardiente, plátanos o bananas, cocos, ñames, mandioca, piñas, pájaros parlantes y otras cosas más que eran de maravillar a los hombres europeos. Y cómo el mar se alborotó y hubo naufragio. Y el mar se tragó el tesoro, que han querido después buscar los buscadores de tesoros. Y el tesoro está en el mar Caribe, entre Cartagena de Indias y la isla Trinidad.
Y la otra narración refiere _How the chimp family went to town_. Y son sucedidos muy graciosos, pues se trata de una familia de monos o niños. Y hay que ver a los monitos cómo los pinta la ilustradora Dorothy Furniss, que tiene de los intencionados animalistas ingleses y que agradaría a Benjamín Rabier. Y para concluir está una historia como para escrita en versos; porque tiene tanto de poesía que hasta en el comienzo de esta narración, que está hecha para un niño, parece dicha en un inglés de verso: «This is the story of the Prince who covered his body with golden dust--in a far off land, in a far off day--whom the Spaniards called «El Dorado».
«And this is the story of the Great Cataract that even to-day, in that distant land, rushes and thunders, in memory of what took place long, long ago». Y es la historia de «El Dorado» con toda su primitiva belleza. La historia del pueblo Chibcha, de ese pueblo tan fabuloso como el de los antiguos troyanos, y tan real como ellos, pues en el Museo de Madrid se pueden admirar sus mitras de oro, sus máscaras de oro, sus mil cosas de oro, pues «El Dorado», que cubría su cuerpo desnudo con polvo de oro, era como el dios viviente del oro. Y parece Bochica, el gran dios de los indios chibchas, que tiene cetro jupiterino y a quien sus adoradores, si hubiesen sabido latín, hubieran aplicado el horaciano:
_Cuelo tonantum credidimus jovem Regnare..._
Y es admirable la tradición del Cacique Áureo, del dios primitivo y del Lago Místico. Sonny debió de quedar encantado. Y con él todos los niños que sepan inglés y lean el librito _Tales to Sonny_, de Santiago Pérez Triana.
Blanco y negro.
París--¿quién lo hubiera antaño creído?--ha pasado algunos días preocupado con el famoso _match_ del blanco y el negro. Por lo menos, el París novelero y _sportivo_. Aunque es verdad que esa pasajera ultramericanización no indica una transformación del carácter nacional, es un hecho que la Prensa se ocupó largamente en el asunto y los retratos y biografías de los dos fuertes animales norteamericanos se publicaron en todas las hojas. Jeffries y Johnson lograron popularidad parisiense. Aquí tiene el box sus aficionados y partidarios, entre algunos _sportsmen_ y _snobs_. Se han visto y se ven pugilatos públicos a que ha concurrido un público de clases diferentes. Pero la cosa no ha pasado a más. La repercusión que tuvo la _performance_ norteamericana ha sido seguramente causada por lo elevado de las apuestas, por los _cachets_ que han cobrado los rivales, y por ser un negro y un blanco, como en las damas, los elementos del juego. Y hubo quiénes apostaran al blanco y quiénes al negro. La victoria de éste fué alegremente comentada, y las atrocidades que en Norte América siguieron a ella lo fueron también.
--¡Que se venga a París el negro!--decían algunos.
Y con razón. En París los negros o mulatos con dinero no tienen por qué quejarse. Hay muchos de ellos que, en los Estados Unidos o en ciertos círculos de las aristocracias hispanoamericanas serían rechazados, y que aquí viven tan lindamente, dándose gusto y hasta viendo su nombre en los periódicos. No hace mucho que se habló de un banquete a dos poetas negros, creo que haitianos. Y en honor de ellos hablaron dos poetas blancos, aunque de segundo orden. Monsieur Gregh y Dorchain... Y los negros _continúan_ y hacen bien.
De Val.
¿Y el Congreso universal de la Poesía? Ya hablaremos luego. Ahora os hablaré de su organizador, del que ha sido su alma y que tiene en él muchas nobles ilusiones y muchas grandes esperanzas. De Val es un hombre admirable. ¡Admirable! El poeta Amado Nervo le dice: «¡Tú, que todo lo puedes!» En verdad, Mariano Miguel de Val, que también es poeta, y que quiere el bien de los poetas, está en todo, es múltiple, es complejo, es universal, y si no fuese que en él prevalece sobre todo algo del caballeresco ensueño tradicional hispano, merecería ser yanqui... En las proporciones de esta villa del oso y del madroño, tiene este varón, de cuerpo fino y faz de hidalgo antiguo, una variedad de actividades rooseveltianas que desconcierta en la gran urbe de la famosa Puerta del Sol. Mariano Miguel de Val es terrateniente, mundano, abogado, ex secretario del Ateneo; de la familia de Castelar, ex secretario de Moret; amigo del rey, de los infantes; redactor en varios periódicos, director de un diario de provincia, director de la respetable revista _Ateneo_, director y editor de la biblioteca Ateneo; pertenece a la Legación de Nicaragua; fué iniciador del _Romancero de los sitios_; colabora en _Caras y Caretas_, de Buenos Aires; en _El Fígaro_, de la Habana; ¡inicia, realiza y colabora en cien cosas más! No tiene aún automóvil; va a comprar uno pronto; pero no hay que temer, este poeta no es futurista. Tiene un santo en su familia ancestral. Tiene un castillo en Zaragoza. Es lírico de paz y de hogar. Tiene una bella esposa y unos lindos niños. Su padre era republicano. En su casa se conspiraba. Llegaba allí el tío Emilio y hacía discursos de música. El niño Mariano oía todo eso, observaba, tras los cortinajes. El niño creció, y el hombre es hoy monárquico, católico; y, cuando se va a veranear, para que diga la misa en la capilla de su castillo, tiene un capellán. De Val es cuerdo.
Su gabinete de trabajo está adornado de libros, retratos, autógrafos, medallas. Sus íntimos son sabios catedráticos, políticos, periodistas y uno que otro autor de los llamados modernistas. No se le creía un combativo. Sin embargo, un día se halló en pleno ardor polémico. El enemigo era temible: la condesa de Pardo-Bazán. La polémica fué sobre los novelistas en el teatro, y el joven _aeda_ se batió ardorosamente con Pentesilea. Una vez vistos los argumentos de uno y otro, confieso que me coloqué al lado de doña Emilia. Muchos novelistas ha habido y hay que son excelentes autores dramáticos, y una facultad no es privativa de la otra.
De Val, que parece tan grave, tan serio, y que lo es, ¡indudablemente! ha pagado el matritense tributo a la literatura jovial, y, aunque sin su nombre, ha hecho imprimir cierto pecador volumen de castizos chistes, que habían regocijado a aquellos honestos y nada complicados rimadores que se llamaban Teodoro Guerrero, Ricardo Sepúlveda y demás compañeros del tiempo del _Pleito del matrimonio_. Después llevó la risa a las tablas, escribió para el teatro cosas jocosas. Mas en donde quiso poner la flor armoniosa de su juventud fué en su volumen _Edad dorada_. Son cosas de galantería y elegancia, madrigales apasionados, idealismo y carne, inspiraciones momentáneas y filosóficas amatorias; versos del alma y versos de salón; declaraciones y baladas. Gentiles maneras y decires que complacían a las damas antes de la introducción del _bridge_, del _pastime-puzle_ y del _popintaw_.
De Val adula rítmicamente a la mujer, y señala sus varios encantos y modos de hechizar. Celebra la juventud, optimista y amigo del placer y de la gloria. Celebra la fe, el entusiasmo, el amor, la mujer siempre, ¡y hace bien! Y dice al final de su canto:
Dejad, pues, que la planta favorecida de su corto reinado goce abstraída, y aliente los afanes de su amorío y realice sus sueños en el estío, no le habléis del otoño que le intimida, no le habléis del invierno de nieve y frío, dejadla que lo olvide, si es que lo olvida, y cuando en sus entrañas se sienta herida, cuando la hora le llegue de cruel hastío y la veáis rendirse desfallecida, decidle, porque aplaque su desvarío, que todo invierno es víspera de nueva vida.
Canta el amor, canta las flores con modos y conceptos ortodoxos:
Flores, hermosas flores, que sois nido de amores y de los verdes prados alegría, desplegad vuestros mantos de colores que ya amanece luminoso el día.
Dedica dos poemas a dos marquesas guapísimas. Zorrilliza en una «sinfonía». Y refiriéndose a quien sabe qué gallarda y voluptuosa señora, asonanta unas insinuaciones donjuanescas o fáunicas, de todos modos no por lo emprendedor menos romántico:
...Auras de rosa forma tu aliento, que toman brío sobre las ondas de tu cabello. Hacia mí vienen y tú sonríes, cada vez que oyes los besos míos que las reciben. Redondos, frescos, tendidos, blancos, sobre las sábanas descansan, duermen, quietos, tus brazos. ¿Por qué no se abren para hacer presa en otros brazos que ser tu cárcel también desean? Anciano el dueño de tus caricias, gozar no puede de tu hermosura la gallardía; la gentileza de tus contornos, rica y sabrosa, miel de panales de abejas de oro.
Natural es que el romántico que hay en él, admire a Byron y le salude en un sonante soneto. Y lo que lleva de su raza en la sangre lo hemos de ver en tal ímpetu místico, con su reminiscencia de Don Gaspar:
...En tanto que en la tierra se despierta el bronce herido a la oración llamando;
en tal evocación del poderío morisco para, a propósito de una atalaya, loar la espiritualidad cristiana; en ternuras familiares y religiosas; en discretas quejas melancólicas que son como ecos de amoríos pretéritos, en la obsesión de la cruz; en efusiones cordiales que no por ser dichas en un metro poeano que han difundido los modernos, parecen menos venir de tiradas calderonianas y de fogosas arias de los corifeos del romanticismo. En De Val está el trovador. No han llegado a él ni el uso ni el abuso, hoy tan comunes, de ciertos procedimientos de la nueva poesía castellana. Lo que ha escrito está conforme con el espíritu y los preceptos del glorioso parnaso nacional. Ello es cuestión de temperamento y de maneras personales de exteriorizar sus ideas estéticas. Yo ni le censuro ni le alabo. En todo caso, más bien le alabaría por haberse dado tal como es él.
Lo bueno es que se conserva siempre joven y lleno de actividad y entusiasmo para toda empresa generosa y en la cual se haya de rendir homenaje a Nuestra Señora la Belleza. Ese congreso universal de la poesía, hoy postergado para que se lleve a cabo bajo mejor plan, y que se verificará en la próxima primavera, cuando esté Valencia más rica de flores y de celestes luces, ese congreso ha sido idea de él, para honrar a la Poesía, y para hacer bien a los portaliras. La suya la tiene excelentemente cuidada, y ha de dar en tal concurso apolíneo nuevos y plausibles sones.
Rueda a América.
Salvador Rueda me dice en una carta... «te mando en estas palabras mi adiós, que quisiera dártelo con los brazos. A Canarias, y después a Cuba: un viaje íntimo, pacífico, delectación espiritual purísima».
Salvador Rueda, ya lo sabéis, es un gran poeta. ¡Es el último poeta lírico, sacerdotal y natural que hoy existe en todo el mundo! Es decir, el que siente que él es Eso, y que eso es su sagrada misión sobre la faz de la tierra. Él ha dicho muy líricamente y muy exaltadamente lo que piensa de su destino órfico, en la revista _Poesía_, que publica en Milán el fundador del Futurismo, señor Marinetti. Salvador Rueda deseaba desde hace tiempo ir a América. Ir sencillamente, simplemente, como poeta lírico. Aun me invitó para que hiciésemos juntos ese viaje fabuloso. Yo me atreví a decirle que no fuera a Buenos Aires. Le indiqué, por su bien, que de hacer el viaje se apresurase a hacerlo a algunas de nuestras repúblicas tropicales, porque, aun por allá mismo
Nous n'irons plus au bois, les lauriers sont coupés!
Ahora Salvador, homérida, pindárida, va en viaje «íntimo, pacífico, de delectación espiritual purísima», a Canarias y a Cuba. Ambas son islas de armonía y recibirán como se merece al fecundo poeta español. Las colonias, además son muy gentiles. Rueda realiza el milagro de querer ser y ser, en nuestro tiempo, poeta, nada más que poeta, y cuenta para afirmar su volición con todo lo que le dió, como él dice, la Gran Madre, la Naturaleza, y con el sol de su Andalucía que lleva adentro.
Ahora viaja también por la América tropical otro poeta, también andaluz, el señor Cavestany. El señor Cavestany ha recitado sus poesías en Méjico y en la Habana y se le ha festejado brillantemente. Tiene sobre Rueda la ventaja de ser rico y de ser académico. Pero en Rueda hay mayor cantidad de poesía, y vaya lo uno por lo otro. Rueda es el consagrado de la Lira, el hombre que tiene confianza en el alma de las cosas; que es una voz, un órgano de la Naturaleza. Yo no le encuentro en la Península parangón sino en Zorrilla. Vive en su nube de oro sonoro--de oro irreal. No es, pues, actual, ni adaptado.
Homero y Píndaro es posible que anden hoy por el mundo. Sólo que, por obra del tiempo mismo, cambian en sus manifestaciones y obran conforme con las exigencias de la época. Sus expresiones e himnos son adecuados al instante, y se sienten influídos por el deseo o por los efluvios que brotan del alma de las muchedumbres. A veces pasan, aislados, otras se mezclan a las agitaciones urbanas. El don de armonía les hace transfigurarse, y una simple frase de común prosa les brota vestida de estrellas o de chispas sulfurosas. Homero y Píndaro tienen muchos nombres, tienen ojos negros o azules, emergen entre una tribu de judíos, en la estepa o en la pampa, o andan elegantemente por los bulevares parisienses, por los clubs de Londres o en las calles de Buenos Aires o de Nueva York o por las tierras de la magnífica Italia. Píndaro y Homero, que tuvieron en lo antiguo en sus manos la trompa o la lira sagradas, guardan hoy a veces silencio. Y en los bolsillos de sus diferentes disfraces suele encontrarse, con o sin el poema, un libro de cheques--o una bomba. Es preferible, en todo caso, el libro de cheques--y tu gran corazón, querido Salvador Rueda.
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ALGUNOS JUICIOS
ALGUNOS JUICIOS
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Algunas notas sobre Valle Inclán.
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