Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII

Part 2

Chapter 23,982 wordsPublic domain

En Perse, il prétend qu'une reine Lui dit un soir: Je te fais roi, --Soi! répond-il; mais pour ma peine, Jusqu'au Pont-Neuf viens avec moi; Pendant huit jours de fête, Tout Paris me verra Montrer, couronne en tête, Mon nez a l'Opéra.

Jean de Paris, dans ta chronique, C'est nous qu'on peint, nous francs badauds. Quittons-nous cette ville unique, Nous voyageons Paris à dos.

Quel amour incroyable, Maintenant et jadis, Pour ces murs dont le diable A fait son Paradis!

Ris et chante, chante et ris; Prends tes gants et cours le monde: Mais, la bourse vide ou ronde, Reviens dans ton Paris; Ah! reviens, ah! reviens Jean de Paris.

Y esa canción del buen Béranger me ha venido a la memoria hoy que tengo otra vez que dejar París, aunque yo no me considere con títulos suficientes para aspirar a parisiense de París.

A la verdad, París se infiltra en la sangre, penetra en el espíritu, se convierte en necesidad. Es su cielo, que no es puro ni cristiano, como los cielos de Italia y España; son sus calles bulliciosas y vibrantes, por las cuales va una onda de fluído parisiense perturbador y acariciador. Son sus museos y sus jardines, sus teatros y sus _restaurants_, y el bullir cosmopolita y la confusión babélica de los idiomas, y los rostros satisfechos de los extranjeros de paso y de los metecos residentes; y, sobre todo, es el pájaro del dulce encanto y la flor que danza y que sonríe, la figura de amor y de deseo en que habitan los siete pecados y los mil hechizos que se llama la parisiense.

Se diría que uno desea ausentarse para tener después el placer del retorno. Juan de París ríe y canta, canta y ríe, toma sus guantes y va por el mundo; pero, con dinero o sin dinero, vuelve a su París.

«Skating ring» al aire libre.

En el espacio que queda entre l'Avenue de l'Oservatoire y el jardín del Luxembourg, todos los domingos se reune una regular cantidad de gente que forma círculo alrededor de unos cuantos jóvenes y niños que convierten la calle en un salón de patinar. La circulación queda interrumpida por esa vía. Los aficionados al americano patín de ruedas cosechan silenciosas aprobaciones y de cuando en cuando suele presenciarse uno que otro batacazo.

Los patinadores son de diversas clases. Predominan los anglosajones del barrio, artistas, estudiantas o estudiantes, niñas con el lazo de cinta en el cabello y las piernas desnudas y rosadas, _gibsongirls_ largas y libremente elegantes, mozos hechos a todos los _sports_, que las acompañan en sus evoluciones y deslizamientos, y niñas parisienses y muchachos de las escuelas y tal cual intruso tipo apachado, que habla fuerte e interpela a los amigos de lejos. Van los patinadores en grupos y suena el rodar de las pequeñas ruedas con singular ruido. Quienes van en parejas, como para la danza, o aislados, cual en fuga o en persecución. El viento mueve y echa hacia atrás esa cabellera de hijo de Eduardo o esos rizos infantiles; pega las faldas a los muslos a modo de los paños de las húmedas estatuas de los talleres. Tal Atalandra rodante inclina el busto, o se ladea, diríase que empujada por una ráfaga; tal mocetón se acurruca o hace que corre, o gira como en un vals, o se lanza con gallardía, o da de pronto un sonoro golpe en la tierra con todos sus huesos, entre las risas y sonrisas del corro.

Lo cómico está en el hombre barbudo que se entromete haciendo gracias y casi se destruye su individuo por el porrazo; en la señorita pizpireta que llega del Boul' Miche a tomar sus primeras lecciones, y en la primera caída tiene tan mala suerte que muestra al público regocijado más de lo que hubiese podido sospecharse.

Entretanto, en lo grato de una tarde que parece primaveral, vense a través de las rejas, en la avenida del jardín vecino, las niñas que juegan al _tennis_, las que lanzan el diábolo, las que corren tras la rueda, las que sentadas en los bancos contemplan los juegos de las otras. El chorro de agua se alza allá lejos, en la fuente central, en cuya pila echan sus barquichuelos otros niños, barquichuelos que navegan como los barcos del mar, bajo el polvo de agua que arranca el viento de la cristalina pluma erguida. Y otros juegos pueriles hay allí cerca, junto a las reinas de piedra, no lejos de la fuente Médicis, amada de los tranquilos y de los soñadores.

Mas los patinadores son incansables. Cuando uno ha dado la vuelta por todo el vasto jardín, y oído un poco de cosas del Guiñol y aun hecho una visita al Museo, aun encuentra el ancho círculo de curiosos que marcan los giros e idas y venidas de los _sportsmen_ y _sportswomen_ amigos del patín rodante. Y ya la noche va cayendo y no hay fatiga para ellos. Se pensaría en una voluptuosidad especial, pues se ve que gustan de ese ejercicio como de un pecado. Hay varios _skating rings_ en París, mas éste que tiene por techo el cielo y por vecinos los pájaros de los árboles, debe de serles singularmente satisfactorio a los patinadores.

Sarah-Nerón.

El prodigioso espíritu que se encarna en el no menos prodigioso cuerpo de la más grande de las trágicas francesas, está por realizar un nuevo avatar. Los años que avanzan y pasan han ido alejando a Theodora y a la Dama de las Camelias. La voz de oro ha adquirido timbres más graves, y la masculinización se impuso gracias al flexible talento, al talento genial. Sarah se transfiguró en el ambiguo Lorenzaccio de Musset; en el de negro vestido príncipe de Dinamarca; en el _Aiglon_ de Rostand. Ahora se anuncia un nuevo _travesti_, en una obra clásica. Y Sarah será Nerón en _Britannicus_; y, vencedora de la vejez, aparecerá otra vez vencedora y encantadora por la virtud suprema del Arte y de la Poesía.

Adiós a Moreas.

Adiós, Jean Moreas, grande y buen poeta, amigo poeta, que fuiste tan gentil, tan lírico y tan noble. En mi juventud pasada busco para ti una corona de recuerdos. Fué en la primavera de 1893. Yo venía loco de París, a París, por la primera vez, de paso para Buenos Aires. Me hospedaba en un hotel cercano a la Bolsa y que ya no existe, el hotel de la Bourse et des Ambassadeurs. ¿Quién me presentó a ti, a quien tanto deseaba conocer, lleno como estaba de mis ensueños y entusiasmos poéticos? Probablemente Carrillo, que a la sazón trabajaba en casa de Garnier, colaborando en el Diccionario de Zerolo y en otras cosas. Probablemente Alejandro Sawa, que flotaba en el ambiente parisiense como en su propio elemento, con su bella figura de bohemio. El caso es que la misma noche de nuestro conocimiento mutuo, amanecimos, con otros compañeros, en el Mercado Central, comiendo almendras verdes. Yo estaba orgulloso y contento con ser amigo íntimo del _Peregrino Apasionado_. No había visto aún a Verlaine. Sí a Charles Morice, con quien, no sé ya cómo, nos encontramos al amanecer en mi cuarto del hotel. Tú recitabas versos sonoramente, egregiamente, con gestos pomposos, retorciéndote de cuando en cuando los bigotes de palikaro. Me encantaba que fueses de Grecia y que te llamaras Papadiamantopoulos.

Tengo presente que junto a una mesa, Morice y Sawa examinaban dos libros que yo saqué de mi baúl, mi _Azul_ y _Lives of Grass_, de Walt Witman. Yo salí a pedir café y alcoholes. Cuando volví no te encontré en el cuarto. Fuí en tu busca, cuando vi toda azorada como una ninfa, a la _petite bonne_ del establecimiento, que huía y a ti persiguiéndola, con el rostro de un fauno y los brazos extendidos, al modo de Júpiter tras Dafné, e ibas, como los _satiraux_ de tus versos, _sautant par bonds_.

Después partí para Buenos Aires y publiqué allí sobre ti largas páginas que tú no viste nunca, por la sencilla razón de que no te las envié jamás. Cuando retorné a París, años después, había ya blancos en tu cabellera. Volvimos a estar juntos en el amado Barrio, y a pesar del tiempo transcurrido, de tu aspecto enfermizo y de tu delgadez, tu gesto era el mismo de antaño, tu segura y generosa palabra brotaba siempre sonora y juvenil. A tu modesta morada del _boulevard_ Bouman te había ido a buscar la gloria oficial, y así sangraba en tu solapa la cinta de la Legión de Honor. Tu _Ifigénie_, de la cual había yo publicado antes en _La Nación_ una corta primicia, había sido representada triunfalmente en _arenas_ meridionales y en teatros parisienses y europeos, en donde la voz de Silvain clamaba heroicamente tus puros alejandrinos. Habías ya, como alguien ha dicho, «agregado a Sófocles, un aire de Homero y de Virgilio». Y tú seguías, en el medio de los estudiantes y de las jóvenes frecuentadoras de Bullier, en tu querida orilla izquierda del Sena, la misma vida de tu juventud, dando a los adolescentes envejecidos un ejemplo de constancia en la alegría y en el ensueño, con tu tabaco, tu _vermouth_, o tu cerveza, gozando con el placer de la noche, departiendo de arte y de belleza con tu compatriota Demetrius Asteriotis, o con otros viejos amigos. Allí, en tu Vachette preferido, nos vimos la última vez. Antes te había visto frecuentar algunas tardes el Napolitain, en el grupo de Mendés y su mujer. Courteline, Silvain, Carrillo y otros menos famosos. No pasabas inadvertido, pero no eras el imperante, dado que el viejo lírico que tuvo tan mala muerte, monopolizaba las atenciones. Deseaste un sillón de la Academia, justo e inocente deseo. Y cuando estabas cercano a la probabilidad de lograrlo, se te abre la tumba como una trampa de la suerte.

Tantôt semblable à l'onde et tantôt monstre ou tel L'infatigable feu, ce vieux pasteur étrange (Ainsi que nous l'apprend un ouvrage immortel) Se muait. Comme lui, plus qu'à mon tour, je change.

Ya no cambiarás más. Queda tu gloria, una gloria serena y de antología. Tu nombre tendrá que pronunciarse cuando se estudie la historia de las letras francesas a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Fuiste la probidad intelectual viviente. Fuiste modelo y espejo de poetas, por tu confianza en ti mismo, por la dignidad de tu vuelo, por tu superioridad moral sobre las miserias y pequeñeces del mundo.

Y si yo llego a la ancianidad, me he de complacer en contar a los adolescentes de mañana, privilegiados por las musas, las horas de mi amistad contigo, como un hermoso cuento. ¡Adiós, Jean Moreas, grande y buen poeta, que fuiste tan gentil, tan lírico y tan noble!

¡Que el juego te haya sido propicio!

El doctor Doyen o la justa malquerencia.

El doctor Doyen es famoso. Tiene, pues, enemigos. El doctor Doyen es un cirujano prodigioso. Tiene, es claro, enemigos. Es dueño de una fábrica de champaña. Tiene muchos enemigos. Tiene unas amiguitas de belleza renombrada. Tiene muchísimos enemigos. Tiene y gana enormemente dinero. ¡Tiene innumerables enemigos! Ninguna mal querencia más justa.

Se le acusa, pues, por su fama, por sus operaciones, por su champaña, por sus amiguitas y, sobre todo, por su dinero. A pesar de todo, él continúa impertérrito, escribe en los periódicos, tiene un duelo quijotesco, y ahora da una conferencia en el Odeón sobre _La malade imaginaire_, de Molière. Ha operado bien. La dirección de la pieza ha estado perfectamente hecha, y el personaje principal ha resultado a la moderna un neurasténico. Luego presenta la cuestión de si el tipo molieresco es una invención escénica o la representación de un personaje de carne y hueso que Molière conociera. Doyen opina esto último. «Pero--dice--los médicos de Molière... debería decirse más bien, los médicos del tiempo de Molière, pues su ciencia dejaba mucho que desear. Desde luego, los médicos de la época de Molière eran ya los enemigos de toda innovación».

En el entreacto que precede a la representación de _Le malade imaginaire_, pláceme ir por el _foyer_, por los pasillos, donde se apiña una excelente concurrencia, en la cual hay muchos médicos. Y crítica por aquí, pinchazo de bisturí por allá, sonrisas sarcásticas acullá... ¡Envidiosos!

En el Louvre.

Entre las oleadas de gentes que recorren las salas del vasto Museo acabo de ver pasar a Gabriele D'Annunzio con dos amigos. Se han detenido en la escuela española delante del nuevo Greco.

Luego noto la presencia de una figura conocida. El fieltro con el ala doblada verticalmente, la tez de buen color sonrosado, los ojos vivos, la larga pera blanca que cae sobre el pecho erguido, todo el aspecto con algo de militar, de mundano y de artista. A poco estoy hablando con el personaje. Es el general Mansilla. Y como se acercan los doctores hispanoamericanos Debayle y Amoedo, todos escuchamos al admirable conversador, que habla largamente.

Dos autoridades en la materia, Maurice Barrés y Robert de Montesquiou, han alabado como se debe el don de la palabra florida, oportuno y espiritual en este argentino, que es una de las personalidades más parisienses. Bien colocado está en el todo París que representaron de bulto recientemente Sem y Rouville.

Todavía se le siente fuerte, a pesar de los embates del tiempo. Se impone a las dolencias. Muestra su voluntad de vida. Se ve como un bello ejemplo para los jóvenes. Lleno de años, conserva su famosa elegancia masculina. No se refugia en el encierro como un Sagán. Pasea, goza del aire libre de que siempre gustaron su alma libre y su cuerpo sano. Y aun parece que en la galantería misma, listo estaría el mismo Eros para decirle: «¡Presente, mi general!»

Y su memoria... Me recuerda, en estos instantes de conversación, mi llegada a Buenos Aires, la comida que me dió en su casa, a la cual asistían, entre otros amigos, el doctor Celestino Pera, lo que me dijo, en dilatado y sapiente y ameno decir, una tarde, en la plaza de Mayo, sobre el espíritu argentino, sobre el pasado, el presente y el porvenir argentinos. Y el prodigioso general me repite los mismos conceptos de antaño, y nos asombra su buen humor, su facundia correcta, su incomparable don de gentes. Su hablar va matizado de anécdotas, adornado de citas, florido de ocurrencias.

Los tres que le escuchamos estamos encantados. Los franceses que pasan lo miran con interés y curiosidad. Nos cuenta de su último libro, y de sus _Memorias_, que no serán publicadas hasta después que se vaya del mundo. Deja a su albacea encargo de que si algo encontrase que crea que no se debe publicar, lo destruya, porque «demasiados malquerientes tenemos en vida para ir a aumentarlos después de la muerte».

Y nos separamos de él alabándole y deseando para nosotros una vejez, no verde, sino como esa, dorada y de color de rosa.

Rémy de Gourmont y la gloria.

Nosotros admiramos a Rémy de Gourmont en la América latina, conocemos, quien más quien menos, su obra. En el mundo intelectual norteamericano es igualmente conocido y admirado. Guillaume Apollinaire cuenta que en Inglaterra, donde pasó algún tiempo en 1904, le preguntaban:--«¿Conoce usted a Rémy de Gourmont? ¿Cómo es? ¿Qué dice?»--Y él contestaba:--«Rémy de Gourmont, cuando está en su casa anda vestido con un hábito color carmelita... Vive entre libros y grabados de todas las épocas... Apenas habla.»

¡Estas mujeres!

Siguiendo a las alborotadoras inglesas, he aquí que también en esta Francia del encanto femenino las mujeres quieren votar, y quieren ir al Congreso. Tengo a la vista unas cuantas fotografías de esas políticas. Como lo podréis adivinar, todas son feas; y la mayor parte más que jamonas. El feminismo les ha encendido el entusiasmo. Hay que hacer algo más que murmurar, pirografiar, o criar gatos y perros. La primera en presentarse candidata ha sido Mme. Marguerite Durand, señora de cierto talento y actividad, fundadora de la desaparecida _Fronde_, con sus letras, su facilidad de palabra y su frescura. Para reforzar sus argumentos en favor del voto femenino, presentó en una conferencia a un idiota, cosa que no todos los espectadores le agradecieron. Como en París hay entre la mayoría de las mujeres mayor delicadeza y buen gusto que en Londres, creo que no veremos aquí los escándalos, ya groseros, ya cómicos, de las sufragistas británicas. Pero todo puede suceder, aunque el ridículo en la vida parisiense mata toda incongruencia.

Que las mujeres persisten en querer hacer muchas cosas que hacen los hombres y que hay algunas que superan la competencia masculina: perfectamente. Está mejor Mme. Paquin que M. Paquin en la fábrica de trajes. Y si Mme. Curie sabe tanto como M. Curie, según lo demuestra, bien está, con el aplauso de todos, en su cátedra. Sarah Bernhardt merece la Legión de Honor, como artista, más que cualquier afeitado o barbudo _m'as-tu-vu_ de la Comedie Française. Una que otra _virago_ se ha distinguido en exploraciones e incursiones por tierras salvajes o lugares inaccesibles. Nada hay que argüir en contra. Las pintoras de la legión y las novelistas y poetisas ya no pueden contarse. Se dedican a esos _sports_ como a cualquier otro, y hay musas muy recomendables. Pero estos marivarones--suavicemos la palabra--que se hallan propias para las farsas públicas en que los hombres se distinguen y que, como la Durand, se adelantan a tomar papel en el sainete electoral, merecen el escarmiento.

¡Si viviese el condestable Barbey!

Gracias a Shakespeare podemos aceptar las abogadas. ¡Pero las alcaldesas, diputadas y senadoras! Ello pasa de lo aristofanesco. De un Aristófanes para apaches es la escena que ocurrió días pasados. Pronunciaba la citada candidata uno de sus discursos de propaganda, cuando un hombre del pueblo gritóle desde su asiento:

--¿Quiénes van a remendar ahora los calcetines?

A lo que respondió la aludida:--Los remendarán los que los usen. Y una de las partidarias de la Durand, dirigiéndose a ésta:

--No le haga caso. Ese que habla seguramente no usa calcetines.

Y el truhán, esforzándose por quitarse sus gruesos zapatos:--Ahora van a ver si los uso o no los uso.

¿En eso vamos a parar con el sonado feminismo?

Un escritor discreto, M. Balby, acaba de decir; «Hemos vivido veinte siglos con la idea, que parecía decisiva, de que nuestras mujeres, nuestras asociadas, nuestras _ménagères_, tenían por tarea principal velar por el hogar, por la casa, por el _home_; trabajar a su manera por el bien de la comunidad. Ciertamente, la ley, hecha por los hombres, era mal hecha, injusta, oprimía a la mujer, no le dejaba ninguna libertad y ni aun el derecho de disponer de su salario. Y la campaña feminista, que reclama la supresión de esos abusos, tuvo el apoyo, la aprobación de todos los hombres que no eran ni egoístas ni tiranos. Pero, cuando esas damas pretenden todos los derechos y rehusan todos los deberes, cuando quieren encargarnos de remendar los calcetines, ellas que no sabrían y no podrían dedicarse al trabajo del hombre, a su esfuerzo físico e intelectual, nos muestran el fondo de sus sentimientos. ¿Qué son ellos?--Nada.--¿Qué quieren ser?--Todo. A los hombres toca saber si aceptarán esa resolución».

Muy discreto esto. Pero podía fijarse M. Balby en que las propagandistas son solamente unas cuantas, viejas y feas. Las pocas jóvenes y algunas guapas, si lo hacen, lo hacen por divertirse. Las demás mujeres, de belleza o de gracia, seguirán ejerciendo el único ministerio que la ley de la vida ha señalado para ellas: el amor en el hogar, o el amor en la libertad.

La Prensa de París.

Leer la Prensa de París es un placer... Reposa, tranquiliza el espíritu, oh manes de Janin, de Scholl, de Villemesant, de Ignotus. Ved los asuntos de un número de diario: El crimen desbordado. El Tribunal correccional juzga cincuenta asuntos por día. Hay cerca de mil cuatrocientos procesos retardados. No se encuentran jueces de instrucción. Cada uno tiene que estudiar ciento veinte causas a la vez.--El cabo Deschamps cuenta cómo se hizo traidor, se robó una ametralladora con secreto especial y fué a venderla a los alemanes.--Llegan los ecos de los últimos disturbios del Mediodía.--Al asesino de las panaderías de Bar le Duc, se le prueba cómo también asesinó a su abuela.--El asunto de Duez, el ladrón de millones, continúa su curso.--El conde d'Aulby, que ha estafado a una sonsa yanqui, que quería a su vez estafarle comprándole cuadros de Velázquez, de Tenniers, y otras firmas así, por cuatro reales, confiesa que no es conde, ni gran Maestre de la Orden de Melusina, sino hijo de un sastre y una jardinera de Londres. Sin embargo tenía castillo, y frecuentaba, como otros rastacueros, el gran mundo del _flirt_ del _bridge_ y de las bodas fáciles, transatlánticas e intercontinentales.--El doctor Doyen, que iba a inaugurar un curso «libre» de anatomía, es gritado e insultado por una turba, y no puede dar su lección. El mismo lo explica:--«La cábala--dice--que se ha urdido contra mí, para impedirme hablar, es la obra de algunos galopines, empujados por los preceptores y jefes de trabajo de la Escuela práctica. Fueron reconocidos entre los alborotadores muchos preceptores, _agrégé_ y otros interesados en la cosa. Incapaces de dictar un curso, con su anfiteatro vacío, tienen por objeto en la vida molestar a los verdaderos trabajadores que quieren hacer conocer los resultados de largas y laboriosas investigaciones. Mi intención, a pesar de todo, es continuar mi curso y mis lecciones en otro local, pues la Facultad está contra mí. Los apaches de ayer no recomenzarán pues yo tendré mi policía especial». Hay que agregar que durante el tumulto de ayer, fueron robados relojes y portamonedas. ¡Precioso cerebro del mundo! A otro caso.--Un sátiro, nuevo Soleilland, estrangula y viola a una niña.--Se detallan varios asesinatos y asaltos.--Hay una larga lista de aplastados por camiones y automóviles. Y dejo sin citar otras cuantas noticias encantadoras para los neurasténicos. Sin contar con _Zigomar_ y otros folletines de robos, escenas macabras y las usuales prostituciones. Felizmente que existen el _Temps_ y algún otro diario, en que se da también cuenta, aunque sea en cuatro líneas, de lo que hacen los hombres que conquistan el aire, de lo que hace Mme. Curie, d'Arsonval, los sabios de la orilla izquierda del Sena--mientras el _bulevar_ hierve y echa su vaho.

El burro pintor.

Fábula que acaba de acontecer. Exasperados unos cuantos hombres de pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, de ver cómo todos los años en el salón de los Indépendants, unos cuantos sofisticadores cabelludos y unos cuantos ignorantes atrevidos, entre algunos innovadores de talento que pierden, naturalmente, con la vecindad, exponen _croûtes_, innominables y mamarrachos indescriptibles, ante los cuales no faltan zopencos que creen ver lo invisible y adivinar el ombligo del símbolo; aquellos hombres, digo, de pluma, de pincel, de buen humor y de pésimas intenciones, fueron a un café de Montmartre, en cuyo patio hay un burro, ataron a la cola de éste un pincel, colocaron hábilmente la tela preparada, y colazo va y colazo viene, mojado el apéndice en colores vivos y distintos, resultó un cuadro de un ultraimpresionismo capaz de hacer aullar perros de piedra. Antes habíase lanzado un manifiesto como el de los pintores amigos del poeta Marinetti. Y al asno, que se llama Lolo, se le hizo aparecer como jefe de la escuela Excesivista, con el nombre italiano de Joaquín Kafael Boronali, Boronali, Aliborón anagramado. Todo bajo el amparo de la vieja alegría gala y el patronato del cura de Meudon.

El cuadro del burro se expuso en el mentado Salón de los Independientes. Más independencia no puede seguramente haber. Charles Morice y otros varones apasionados del arte han protestado por la ocurrencia de los desenfadados. Pero las gentes han reído, y los organizadores del Salón de los Independientes han recibido una buena indicación.

Y uno de los artistas que exponen juntos con Boronali ha tenido, sin embargo, la mejor palabra risueña:

--Es verdad--ha dicho--que este año en nuestro salón hay un cuadro de un burro. Pero en los salones oficiales hay cuadros, no de uno, sino de mil burros.