Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII

Part 15

Chapter 152,505 wordsPublic domain

En las reuniones de la princesa Matilde no faltan ocasiones de codear a todo el mundo político, que allí, a su vez, codea al mundo literario en un terreno neutral. Y no faltan a la escritora comentarios, cuando no acres, teñidos de un vago y tenue desdén para los estadistas más o menos en auge a la sazón.

El batallador Georges Clemenceau, que lleva ahora los ardores de su verbo de viejo luchador por la capital argentina, no le presenta más rasgo típico que la brutalidad: brutalidad en el acento, brutalidad en el rostro. «Nada más que brutal--dice--, y del hombre político y del hombre privado, este rasgo decisivo da la medida, sin razonamientos ni pruebas complementarias.»

Más benévola con el veterano Rochefort--que entonces no lo era tanto, naturalmente--dice de él, al encontrarlo a fines de 1895 de regreso de Londres: «No ha envejecido ni cambiado, si no es por su raro mechón de _clown_, más blanco, más prominente y más frondoso que nunca.» Y expresa toda la admiración que siente por el encanto de la conversación bulevardera de este gran parlante que con el inapreciable Aurélien Scholl, tiene el don de hacer _esprit_ de todas las pequeñas ocurrencias de París y reunir a la más bella ironía una _bonhomie_ sonriente, camaradería difícil.

Y también hay en las hojas del diario recuerdos de artistas, pintores afamados, literatos extranjeros, músicos de reputación universal pasan, dejando en nuestro ánimo la visión rápida de una cinta cinematográfica que revolviera el tiempo en que Mme. Daudet escribió sus recuerdos.

A más del ruso Turgueneff, a quien no perdona la autora su póstuma crítica de las reuniones de su marido, a las que asistiera aquél como amigo de la casa, desfilan ante el lector las mil y mil figuras de relieve en aquella época. Zola, hosco, replegado en sí mismo, con su cohorte de discípulos mediocres y exclusivos. El gran pintor Munkaczy, «de figura característica, salvaje y buena, cuya esposa hace los honores realmente vestida como para un cuadro del maestro». Pasa Lizst, que viene a París a escuchar de nuevo los aplausos parisinos, que dice Mme. Daudet, no deben ya parecerle los mismos que antaño cuando su seducción proverbial hizo tantas víctimas.

Y pasan aún Leconte de Lisle y Flaubert. «Hay tanta grandeza en uno como en otro». Y Heredia el gran conquistador de la poesía francesa; y Maurice Barrés; y Prévost, que llegó no ha mucho a sentarse en la Academia, y el intenso Huysmans, y Mirbeau y Toudoure y cien más. Cuanto brillaba entonces en el mundo político, cuanto la intelectualidad contaba en los años que han corrido sobre el diario evocador, el sutil espíritu de la esposa del excelente Alfonso Daudet lo reflejó con la frase precisa en este libro amable que distrae e interesa con sus llamamientos al pasado.

Y de entre sus recuerdos de amigos extranjeros, hay aquí citas de algunos nombres que no nos son ajenos. A continuación de los ingleses Child y Georges Moore, viene el italiano Vittorio Pica. Algunas excepciones femeninas: «Mme. Pardo-Bazán», inteligente y exuberante entre ellas...

Y así corren los años. Comienza el diario el 21 de mayo de 1880 y termina en 1898. El libro de recuerdos que comienza evocando uno tierno y triste, termina con la lamentación de un alma herida. Madame Daudet no tiene ya a su lado al compañero de su existencia. Sus días de felicidad no pasan ya. Alfonso Daudet ha muerto. Los recuerdos de la vida del artista, que era la vida de su esposa, no van ya a dejar en las páginas de un libro la huella de las impresiones que en el ánimo de su autora produjeron.

Y la viuda, veneradora de la memoria del marido, del «asociado», escribe estas palabras que quizá más que el deseo y la expresión de la devoción de un alma amante, son una profecía sobre el revivir de la obra del artista cordial, estos últimos años olvidado:

«Todo lo que el hombre produce, libro, cuadro, una obra cualquiera material o genial, vive más que él: efímero, crea lo duradero».

Lo trágico del progreso.

LA CATÁSTROFE DEL «PLUVIÔSE»

A cada paso se dice: El hombre va conquistando la Naturaleza, dominando las cosas y los elementos. El hombre realiza el milagro. El hombre es como los semidioses de los fabulosos tiempos paganos. Pero a cada paso las fuerzas ocultas se vengan, o el demonio llamado casualidad hace su obra.

Al hombre que trabaja en el centro de la tierra, los malos gnomos del grisú le fulminan, u otros le aplastan cuando menos lo piensa. A Newton el enemigo le quema los papeles. A cien aeronautas les echa abajo la ráfaga. A cien penetradores del infinito les lanza a la locura. A Curie le aplasta un camión. Y a quien ha logrado navegar debajo de las olas tiene en su contra las sorpresas del abismo, como el que navega sobre ellas tiene las sorpresas de la tempestad.

Cuando se construyó el primer submarino, después de la novelesca invención de Verne, todo el mundo creyó conquistado el seno hondo del océano, como cuando ha volado el primer aviador todo el mundo ha creído conquistado el imperio del viento. En efecto, han sido conquistas, pero conquistas llenas de traiciones. A cada paso surge la catástrofe, a cada instante se impone la fatalidad. El hombre es el dominador del elemento, pero no es un rey absoluto. Vuela, pero no es ave; se hunde y va entre las aguas, pero no es pez. Sus grandes pájaros mecánicos se vienen a tierra y le dan la muerte; se repite constantemente el mito de Icaro. Sus enormes peces de metal nadan como ciegos, y de pronto cualquier obstáculo o cualquier deficiencia les deja en lo hondo del mar, de donde son sacados cuando hay buena suerte, como enormes ataúdes llenos de podredumbre.

Tal ha sido el caso del _Pluviôse_, que, como otros submarinos anteriores, se ha sumergido con todos los marinos que llevaba en su seno, los cuales han tenido la más horrible de las muertes.

Imprudencia primero de quien ordenara ejercicios de submersión en una rada como la de Calais, de continuo surcada por tantos barcos, entre los cuales, y principalmente, el correo de Inglaterra; desventura después, que no viese el comandante del barco causante del desastre, sino muy tarde, emerger ante su vista el asta señaladora del submarino, por lo cual, aun cuando diera la orden de «máquina atrás», ya no fué posible evitar el choque. Insuficiencia, por otra parte, de medios visuales o preventivos en el peligroso cachalote metálico. No existe, pues, todavía, tal como Julio Verne lo concibiera, el maravilloso _Nautilus_. La desgracia acaecida a Francia la ha sufrido ya Inglaterra y recientemente el Japón. Por cierto que en esta última circunstancia se vió el sin igual heroísmo de uno de los oficiales que perecieron, quien sintiendo poco a poco llegar la muerte, escribió excusas, recomendaciones e impresiones a sus jefes, hasta que la pluma se le cayó de la mano a causa de la asfixia.

Y en Francia no es la primera vez que horroriza un caso semejante, pues antes del _Pluviôse_, el _Lutin_ se convirtió también en un gran féretro de acero. Y lo más desconsolador es que poseyendo barcos semejantes, no haya aparatos que con prontitud y seguridad puedan ponerlos a flote en caso de una paralización o de un irremediable hundimiento. No han inventado aún algo como una gran mano o pinza de acero que coja la concha hundida, como se coge un crustáceo, y la ponga en condiciones de salvamento.

Ni siquiera medios para, en medio de la angustia, poder salir de su prisión de acero los tripulantes, y así llegar a la superficie y librarse de morir sin siquiera en la agonía de su encierro tener una sola esperanza de liberación.

Grandísimos trabajos ha costado el poder sacar del fondo, mal encadenado, al _Pluviôse_, después de más de quince días de permanecer en el fondo del mar a una profundidad de más de veinte metros.

Han laborado buzos marineros con verdadera heroicidad y toda Francia ha estado fija en ellos. Almirantes y altos dignatarios del ministerio de Marina han estado incansables presenciando la dolorosa y dificultosa tarea. Varias veces las cadenas se rompieron; pero venció por fin la constancia. Y pudo verse fuera del agua el desventurado submarino.

Calais de duelo es en estos momentos una ciudad trágica. Se ha logrado abrir la caparazón del submarino y se ha comenzado a extraer los cuerpos ya inconocibles y putrefactos de las víctimas.

Y lo doloroso es lo que cuentan los periodistas de los coros enlutados de las familias sollozantes, que van al depósito de cadáveres y no pueden sino con gran dificultad reconocer a sus deudos en esos macabros despojos que realizan visiones de pesadilla en un relente de _morgue_. Cada vez que aparece un cuerpo extraído del casco, «todos los hombres--dice un testigo--se descubren y una cortina de marineros alineados disimula, a los privilegiados que tienen acceso al muelle, el horror del espectáculo.

»En seguida se deposita el cadáver en la barca sanitaria que está al lado del submarino, se le cubre con una espesa tela y se le lleva al depósito mortuorio. Durante los dos o tres minutos que eso ha durado, el trabajo se ha detenido. Todos, marineros, contramaestres, oficiales, están inmóviles gorra o birrete en la mano. Monsieur Cherón, el subsecretario de Marina, presente sobre el submarino, contempla, descubierto, el fúnebre desfile. Los cinco o seis marineros de guardia sobre el _Ventôse_, ese hermano gemelo del _Pluviôse_, que está allí y que ha erigido en su popa, en signo de duelo fraternal, una simple cruz de madera, se han alineado como en la parada, y, sobre el muelle, los oficiales saludan, los gendarmes rinden los honores, los concurrentes se quitan el sombrero. Todos esos gestos son imprevistos y espontáneos. Es conmovedor y grande, porque es sencillo.

»Ninguna pompa oficial, ninguna música, ninguna actitud intercepta la emoción. No hay sino hombres que, saludando a la muerte, afirman oscuramente su solidaridad». ¡Pero las madres, las esposas, las hijas, los hijos! ¡Los velos negros por los oficiales, y las cofias enlutadas por los marineros!

»Porque el dolor se agranda y se multiplica en tantas pobres gentes al considerar los crueles instantes de desesperación y de agonía que han precedido al acabamiento, al soplo final, por más que los médicos aseguren que no han sufrido «mucho tiempo» los que perecieron en el vientre de su barco herido. Y todos han pensado lo que han debido padecer los infelices tripulantes, desde que se tuvo noticia del suceso, explicado, mejor que en los largos artículos de la Prensa, en la lacónica declaración profesional del capitán Salomón, comandante del _Pas de Calais_, barco causante del desastre. Leed: «El jueves 26 de mayo, partida de Calais, a la una y treinta y seis, con 289 pasajeros, mala, 269 sacos postales, equipajes, mensajerías, viento del NE., 5, mar agitada. A la una y cuarenta y ocho veo, al mismo tiempo que uno de mis hombres de la serviola, Imbert Simón, a 20 metros más o menos de la entrada, un asta vertical que se alzaba, aproximadamente, un metro el agua. Imbert me señala: «Un palo de boya de red, ¡recto adelante!», mientras que habiendo yo reconocido el períscopo de un submarino, doy completamente a derecha y completamente atrás, más o menos tres segundos antes de que se produzca un choque. Esta colisión se produjo después de que habíamos recorrido, en la dirección Norte, 67,0, verdadera, del extremo de los diques de Calais, una distancia de dos millas, deducido del número de vueltas de máquina.

»Suben a la superficie pedazos de madera y me hacen desde luego suponer que he abordado una _épave_. Habiendo parado, hice examinar por el segundo mi timón delantero, averiado, y las ruedas; cuando cuatro o cinco minutos después del choque, emerge, a 500 metros más o menos, detrás de nosotros, la delantera de un sumergible. Hago atrás, y me acerco lo más ligero que me permite mi timón averiado; echo un bote en el momento propicio y maniobro para quedar a proximidad, con la esperanza de fijar un cable. Hago izar una señal de llamada a los remolcadores. Entretanto nuestro buque se acerca al sumergible; no tiene tiempo de amarrar su cable; el sumergible se hunde súbitamente. Apenas nuestro maestro de equipaje pudo dar algunos golpes que no tuvieron respuesta. La delantera del navío náufrago había estado fuera del agua de ocho a diez minutos.

»Hago en seguida tomar medidas que señalen lo mejor posible la posición de la _épave_. Los remolcadores llamados por señales llegan con el bote de salvamento. Siendo ya inútil mi presencia, vuelvo a Calais y me acerco al puesto número 3 a las dos y treinta y uno.

»Trasbordé malas y pasajeros al segundo servicio. Entré en cala seca en la misma tarde y asequé la mañana siguiente, 27 de mayo, a las ocho.

»Comprobamos de una manera sumaria entonces las averías siguientes: timón delantero, roto; mecha del timón delantero, torcida; rueda, rota; palastro de bordeada a babor, torcido». El submarino ha sido encontrado bien averiado. Se ha comprobado que los desventurados hicieron todos los esfuerzos posibles para ascender, para ponerse a flote. Algunos estaban en sus puestos, con las manos crispadas en volantes y aparatos. Y hiela el alma y el cuerpo el imaginarse la sensación de horror que han de haber experimentado al convencerse de la imposibilidad del logro de sus esfuerzos y la convicción de que iban a perecer irremediablemente. Por salvarse abrieron una compuerta y el agua penetró entonces, abreviándoles, sin embargo, su áspera agonía.

Y Francia ¡maldita la guerra! tiene más de cincuenta submarinos semejantes al _Lutin_ y al _Pluviôse_, cuyos tripulantes posiblemente deben ser todos neurasténicos.

FIN

ÍNDICE

FILMS DE PARÍS

_Páginas._

Los exóticos del _Quartier_ 1

Jean Orth 3

El faunida 7

La princesa Gnika 9

De la necesidad de París 14

_Skating ring_ al aire libre 19

Sarah-Nerón 21

Adiós a Moreas 22

El doctor Doyen o la justa malquerencia 25

En el Louvre 26

Rémy de Gourmont y la gloria 28

¡Estas mujeres! 29

La Prensa de París 32

El burro pintor 34

A propósito de Mme. de Segur 37

Blanco y negro 43

De Val 44

Rueda a América 50

ALGUNOS JUICIOS

Algunas notas sobre Valle Inclán 55

Los diplomáticos poetas.--Amado Nervo 66

La literatura en Centro América.--El poeta de Costa Rica 78

O poesía asturiana 91

Prólogo que es página de vida 100

Letras chilenas.--Francisco Contreras 107

Un poeta argentinófilo.--Carrasquilla Mallarino 116

VARIA

En el barrio Latino 129

El reino de las tinieblas.--Los dramas de la clínica. 136

La herencia de don Juan 146

Roosevelt en París 153

El fin del mundo 161

La comedia de las urnas 185

La hija de Verlaine.--Realidad y leyenda 196

A propósito de _Chantecler_.--Los animales 204

La Francia de hoy 212

Bostock 219

París y Eduardo VII 227

Un libro sobre Chile 236

Las memorias de la señora Daudet 242

Lo trágico del progreso.--La catástrofe del _Pluviôse_ 252