Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII
Part 14
En un retrato de 1873, en compañía de su hermana Alicia, el príncipe está ya barbado. Viste de americana, no por cierto famosa, y tiene en la diestra el cigarrillo, que ha de ser sustituído después por los célebres habanos a diez francos cada uno. Por el mismo tiempo está retratado en Balmoral con la real familia; y no tiene, a la verdad, del inglés convencional más que el traje a grandes cuadros y la gorrita escocesa. En esa época le pintó Angeli, de uniforme y con aire marcial. Hay una figura del 76; está hermoso y grave. Y la serie iconográfica continúa: con su bulldog favorito; llevando de las riendas a _Pergiminon_ el día de la victoria en el gran Derby de Epsom, entre las explosiones de entusiasmo de miles de _sportsmen_; en un concurso de _tennis_ en Homberg; de chaquet, en Marborough-House; con gabán, saliendo de la capilla; de zapatos ferrados y polainas en sus cacerías de ciervos de Balmoral; de gran uniforme, junto con su hermano el duque de Connaught, entre la muchedumbre, en el _pesage_; de hongo, en un box, en una venta de caballos; con collar y mandil, como gran dignatario masón, y con el traje de gran maestre de San Juan de Jerusalén.
Aquí lleva de la mano a la reina en la ceremonia de la apertura del Parlamento, pendiente de sus hombros el gran manto real, cuya cola sostienen pajes arcaicos. O está sentado en el trono, rodeado de túnicas, espadas, varas y pelucas; o en el instante de firmar el juramento que afirma la seguridad de la iglesia escocesa; o presidiendo, entre muchas calvas y pocos toisones, un consejo de gabinete; o junto a su mesa de labor, con el habano encendido; en carruaje de gala, en automóvil, a pie, príncipe, monarca, turista, bulevardero, en apoteosis y en caricatura, así conoce París, tanto como Londres, la figura indiscutiblemente simpática de quien fué llamado el rey de los _gentlemen_ y el _gentlemen_ de los reyes.
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Aun no se han verificado los funerales y ya la municipalidad parisiense resolvió dar su nombre a una calle, y como la calle elegida no correspondiese a la magnitud de la intención, los vecinos de la calle Royal han pedido que sea esa la favorecida con el nombre de Eduardo VII. Ello estará bien, por ser _royale_ y por ser de elegancias y lujos. Los risueños agregan que en ella está el establecimiento de Maxim's.
Un parisiense de distinción, que fué amigo íntimo del rey Eduardo, contaba días pasados que muchas de las leyendas que circulan no están completamente conformes con la verdad. Y hace un buen «croquis» del egregio difunto. «No era ni familiar ni estirado. Tenía para todos una palabra precisa, una frase que no se podía olvidar; y, dígase lo que se diga, del rey de Inglaterra quedó siempre la verdadera; era el príncipe de Gales: un gran señor sin finchamientos, sin fanfarronería, pero también sin ninguna condescendencia con los importunos y con los aduladores. Permitía gustoso que, a pesar del protocolo, se le dirigiese la palabra sin ser interrogado su interlocutor; pero si se trataba de una adulación, de una _flagornerie_, cortaba la conversación con una impertinencia altiva». Y estas palabras significativas: «Tenía igual medida en sus afectos deportivos que en sus afectos artísticos, que en su gusto por los placeres, que tanto le fué reprochado; y que no eran en él más que la expansión generosa, ardiente, comprimida por la flema británica y la noción exacta de su grandeza». Así habla alguien, que como he dicho, fué su amigo íntimo y su antiguo compañero de vida parisiense. Así habría hablado Gallifet, si hubiera vivido hasta ahora. Sayán su émulo y otros que ya no existen. Le lloran otros amigos, entre ellos el pintor Detaille, que deja a medio concluir su último retrato.
Y las anécdotas abundan, todas, sí algunas picantes, cariñosas. Ninguna más gráfica, aunque seguramente falsa, a pesar de ser _ben trovata_, que ésta de que he hablado en otra ocasión. En la función de gala que se dió en la Comedie Française en honor del nuevo Rey de Inglaterra, se encontraban en el palco presidencial el rey Eduardo y M. Loubet. La bella Otero, que había logrado un asiento de platea, gracias a un amigo senador, pues la fiesta era de invitación, fué con buenas maneras instada por la policía para dejar su _fauteuil_. Como se oyese un vago rumor--¿qué pasa?--dijo el presidente.--Y al explicársele lo acontecido, al mismo tiempo que el honesto Loubet preguntaba:--_Qui est cette demoiselle?_ el antiguo príncipe de Gales exclamaba por lo bajo:--_Pauvre Caroline!_ Estas son las sonrisas de París.
Un libro sobre Chile.
_Chile en 1908_, por Eduardo Poirier, es un libro recién aparecido, lleno de datos y de juicios, que llamará la atención sobre ese país importante. El efecto será naturalmente mayor si a la edición castellana se uniesen otras inglesa y francesa que, según tengo entendido, se preparan. En Europa, escribe J. H. Webster, citado por Poirier, en su obra _The American Republics_, los numerosos libros que circulan sobre las fantásticas maravillas de las naciones latinas de América, son libros que desprecia todo el mundo, comenzando por los que escriben y los reparten. Míster Webster exagera. En Europa nadie puede despreciar esos libros, porque nadie los lee y nadie los reparte. Hay, en efecto, una verdadera bibliografía a nuestro respecto en la sección de viajes de estas librerías. Generalmente se encuentran esos volúmenes entre los libros de _étrennes_, muy bonitos, con muchos grabados, que se regalan a los muchachos. Son libros caros. Sus autores son por lo común exploradores y geógrafos, colaboradores de _Le tour du monde_, o turistas ocasionales, hombres o mujeres, que han llevado su cuaderno de apuntes y que no han podido después resistir a la tentación de la publicidad. Hay también los enviados de los periódicos, entre los cuales enviados se encuentran de la clase de los terribles. Ejemplo, Th. Childe, Barzini. Todos esos libros tienen un público limitado. Así, los conocimientos del gran público respecto a esos países tienen por base, cuando más, lo que el buen Julio Verne describió o dijo de ellos en señaladas novelas de su colección. Ningún nombre glorioso, o siquier famoso, ha escrito jamás un volumen sobre la América latina, fuera de las páginas científicas a ella consagradas por un Darwin, o un Humboldt. Loti, que ha recorrido casi todo el mundo, no ha puesto nunca entre nosotros sus escenarios. Y vale más. Lo único de valor que un europeo de nombre universal haya alguna vez publicado sobre una nación hispanoamericana, es la conferencia de Anatole France sobre la República Argentina.
Si Ferrero escribe el libro que se ha anunciado, será cosa excelente, aunque insista en su romanismo comparado. Y si el señor Blasco Ibáñez se dedica a la obra argentina de que se ha hablado, será también plausible, porque su nombre es muy conocido y representa hoy a España en la librería mundial.
Sobre Chile se hallan en Europa algunas monografías, de publicación oficial, llenas de datos interesantes y obras como la _Histoire d'un grand peuple_, del venezolano señor Arestigueta Montero, que es vendida en París por su mismo autor. Libro corriente, libro que circule, libro autorizado, no conozco ninguno. Por eso la propagación del señor Poirier, en buenas condiciones no podrá sino ser utilísima para su patria.
Ese nutrido trabajo es en menores proporciones, semejante al del señor Lix Klet sobre la República Argentina. Demás afirmar que hay en la tarea realizada la manifestación de un patriotismo ardiente. No es esto sino plausible, pues si una labor como esa no se lleva a término con amor, no valdría la pena de emprenderla. Tengo el gusto de conocer al señor Poirier. Sé de su talento claro y ponderado, de su laboriosidad infatigable y de su extensa cultura. Ha viajado y ha podido hacer, como él dice en su proemio, «el consiguiente estudio comparativo y analítico de otros pueblos, razas y civilizaciones». Como lo exige la índole de su obra, hase ayudado con una documentación oficial, verídica y exacta. Además, al final del grueso volumen ha agregado varias monografías escritas por autoridades del país, y que ponen de manifiesto el adelanto actual de la cultura chilena. Son esas autoridades los señores Poenisch, para las matemáticas; Santa María, para la ingeniería; Ducci, para las ciencias físicas; Díaz Ossa, para la química; Phlippi, para la Zoología; Reiche, para la botánica; Sundt, para la geología y mineralogía; Porter, para las ciencias antropológicas; Marín Vicuña, para los ferrocarriles; Amunátegui Solar, para la medicina y farmacia; Dávila Boza, para la higiene pública; Guerrero Bascuñán, para la beneficencia pública; Amunátegui Reyes, para el código civil; Ballesteros, para el derecho procesal; Galdámez, para la biblioteca nacional, y Ramírez, para la instrucción primaria.
El señor Poirier trata en su libro, primero de la parte geográfica, luego de la histórica, gobierno, intelectualidad y comercio. Es una exposición maciza de la vida y movimiento del organismo de la nación chilena. Las ilustraciones, mapas y planos son dignos de toda recomendación. La parte gráfica es un utilísimo complemento del trabajo.
He aquí la viña Subercaseaux que produce los excelentes y famosos vinos, que pueden competir con buenos _crus_ europeos.
He aquí el monumento a Juan Godoy, descubridor del mineral de Chañarcillo. La esculpida figura de ese hombre del pueblo nos recuerda que Chile es un país minero y que muchas de sus fortunas han salido de las entrañas de la tierra.
Aquí vemos a un hacendado y sus hijos. Estos _gentlemen farmers_ llevan el traje usual de los estancieros chilenos, el sombrero de anchas alas, la bota y el poncho, que tan bien han sentado a huéspedes como el difunto don Carlos de Borbón.
He aquí los baños de Canquenes en el valle pintoresco; y el río Copiapó, crecido, y el Valdivia y la laguna negra, que se diría de un paisaje suizo.
Se ven los puertos pintorescos; y Viña del Mar, la ciudad de lujo y de alegría cercana a Valparaíso. Y las ciudades que están cercanas a la cordillera, y las lejanas y los pueblos lindos. Vese un grupo de araucanas con aspectos asiáticos; y una preciosa adolescente, hija de cacique, que si no tuviese los pies desnudos e intactos, creeríase hija de un mandarín o príncipe de China.
Santiago y sus monumentos, su cerro de Santa Lucía, orgullo de los habitantes de la capital, y Valparaíso, la britanizada, y Concepción y Talca y tantas otras poblaciones de trabajo y de belleza, como ese encanto de Lota, feudo económico de los opulentos Cousiños. Y una profusión de grabados más que explica objetivamente el texto.
Los monumentos hablan de la historia gloriosa de la Nación. Tal cual pintura de artista nacional expone escenas de la vida popular, como la Cueca. Y la fotografía hace admirar la tradicional hermosura de la mujer de Chile, perpetuada en la inmortalidad del arte por el célebre busto de Rodin que es joya del Luxembourg y cuyo modelo Arsene Alexandre asegura ser una dama peruana, habiéndolo sido, según entiendo, la esposa del ministro chileno en Francia, señor Moria Vicuña.
Al leer ese tomo no se puede menos que reconocer el entusiasmo y el afecto que por su patria tiene el autor, entusiasmo y afecto muy naturales y justos. Queda afirmado que Chile es un país serio, laborioso, bien constituído y lleno de cualidades bélicas y que comprenden bien el lema de su escudo «por la razón o la fuerza».
Durante mucho tiempo ha sido el modelo gubernamental para las repúblicas hispanoamericanas y su buen sentido ha sido señalado como un ejemplo y una norma. Ha tenido siempre envidiable renombre en sus asuntos económicos, y en la formación del tipo propio no en balde ha querido imitar a los hijos de la Gran Bretaña. Además, el chileno ama la expansión de la vida y el gozo de vivir, aunque parezca en veces seco o brusco. Así, bien puede decir con razón un observador como W. H. Koebel: «The chilean of the educated classes bears a marked resemblance to the Englishman both in outward appearance and habits. A young naval cadet at Valparaiso might have stepped straight from out of the doors at Osborne. A similar Anglicised appearance prevails throughout in the world of commerce, officialdom, and sport. Amongst others, hospitality and a marked «joie de vivre» are their attributes». Durante tres años que pasé en las ciudades de Valparaíso y Santiago, hace ya más de veinte, pude comprobar tales aserciones.
Los datos sobre el movimiento intelectual dan idea de una copiosa producción. Se encuentra larga lista de escritores y poetas, hechos a la manera de aquel incansable obrero de la publicidad chilena, tan lleno de buenas intenciones, que fué el finado don Pedro Pablo Figueroa. Quizá hubiera sido de desear un estudio sobre las tendencias del pensamiento nacional y un cuadro expositivo de la evolución literaria en ese centro de pensadores estrictos, de hábiles constitucionalistas, de eminentes jurisconsultos y filólogos. Y mostrar cómo allí en donde el ilustre venezolano don Andrés Bello dejó como herencia imperecedera el Código y la Gramática, hay también una juventud que ama la Belleza y siente el Arte y que saluda con respeto la figura de mármol de aquel antecesor, aun siguiendo los rumbos que el espíritu de su época le ha señalado.
Mucho más hay que alabar en la obra del señor Poirier. Su prosa es clara, amena, distinguida. Se ha librado de los excesos líricos que en trabajos semejantes se encuentran en otros países hispanoamericanos. De este modo él ha llenado su objeto de escribir para «hombres de estudio y de ciencia, para quienes ninguna utilidad ni prestigio revestiría una de esas adocenadas y calidoscópicas exhibiciones de maravillas en que se pinta a estos países nuevos de la América, no como ellos son, sino como los quisiera el optimismo interesado, cuando no la quimera patriótica de sus autores». Libro útil, lectura provechosa para su tierra, labor de propaganda merecedora de estímulo, eso es lo que ha realizado el señor Poirier. Ya había él, de otras maneras, hecho lo mismo en Chile para bien de otros estados hispanoamericanos.
Dícenme que un miembro del cuerpo diplomático fué separado de su puesto en París por el Gobierno chileno por publicar un libro que él creía excelente y que no hacía sino poner a su país en ridículo. En este caso el Gobierno debía hacer todo lo contrario.
Las memorias de la señora Daudet.
Hay un escritor a quien injustamente los excesivos del intelectualismo han querido poner _à coté_, en estos últimos años; quiero hablar de Alfonso Daudet. Este era un artista cordial, un sensitivo, con el don del humor y de la claridad. Mucho de su obra, hoy poco atendida, revivirá más tarde.
Ahora viene a mi mente lo que de él leyera antaño, al acabar de acompañar a Mme. Daudet en sus _Recuerdos_, recientemente publicados. Ellos forman un volumen que generalmente interesa y en muchas de sus partes conmueve. Vemos desfilar unas cuantas figuras de las letras francesas, cuyos nombres son famosos y cuya obra no es conocida. Y ellas pertenecen no solamente al grupo literario que frecuenta el «diván» de los Goncourt y visitara la casa de Daudet, sino a una generación anterior, pues la autora se complace en rememorar a tales o cuales personajes de letras que conociera desde sus primeros años, cuando sintiera su inicial impulso hacia la literatura, teniendo, como tenía, padre y madre poetas.
Conoció a Mme. Desbordes-Valmore, al grupo provenzal de los felibres, amigos de su marido Mistral, Aubanel, Roumanille, Anselme Mathieu, Félix Gras, Paul Arène. Recién casada en su morada del hotel Lamoignon, en el Marais, vió desfilar a Sarcey, Ranc, Mittchel, Dusolier--nombres que fuera del «tío», no dicen nada en la actualidad. Y llegaba allí también Barbey, el condestable de las letras, como Edmond de Goncourt fué más tarde el mariscal. De Barbey traza en estas páginas un pintoresco retrato, y publica una carta suya inédita. Habla con simpatía de Cladel, _presque génial celui-là_, de Paul Feval, de Flaubert. De algunos de ellos reproduce cartas interesantes, sobre todo de Mme. Desbordes-Valmore.
Luego, los recuerdos se van anotando en forma de diario. No en vano su intimidad fué tan grande con los hermanos Goncourt. Pero antes, pinta gráficamente figuras como la de Catulle Mendes, y dedica al dios Hugo, entre admiración y admiración, algunas acres observaciones. Ya sabemos que esos son asuntos de familia. Con Zola no hay mucho afecto. En cambio, éste es vivo y agradecido con M. y Mme. Georges Charpentier. En todo el libro, naturalmente, por afecto casi familiar y por razones intelectuales el nombre que se diría siempre adornado por un _bouquet_ de rosas, es el de los Goncourt.
No deja de hacer advertir, como su marido al final de sus _Trente ans de Paris_, la literaria ingratitud de Tourgueneff, a quien Flaubert llamara el _bon moskove_. Y he aquí a Huysmans, Céard, Edouard Drumont, Anatole France, Bourget en sus primeras obras. En el fondo de su Nohant la vieja George Sand escribe una carta de felicitación a Daudet por su _Jack_. Hay una descripción del salón de la princesa Matilde, con sus diplomáticos y literatos, y de las reuniones en casa de Mme. Adam, tan llenas de hombres políticos y de hombres de letras. El verdadero diario empieza, por fin, con la fecha 21 de mayo de 1880.
Y la página escrita ese día relata una visita a la casa de Auteuil en que moraba Edmond de Goncourt, «el único hombre de letras que yo conozca en un hogar digno de él», dice la autora.
El hotel es elegante. Un lujo refinado y exótico armoniza las preferencias del espíritu de un sedentario, con las raras filigranas del arte japonés. En la biblioteca los libros tapizan los muros, y en una parte de ella se encuentran las obras de los dos hermanos en especiales encuadernaciones. _La Manette Salomon_ en un esmalte de Popelín; yo no sé cuál otra de sus novelas con un dibujo de Gavarni que será después su ex libris: _les deux doigts de la main_.
Madame Daudet pide ver la habitación descrita en _La maison d'un artiste au dix-huitième siècle_. Y al acompañar a la visitante, Goncourt hace observar:
--Faltan aún diez mil francos de cortinajes en el lecho y en los balcones para que esto esté completo.
La autora llega, en fin, al gabinete japonés en que, guardadas en vitrinas, están las exóticas maravillas que forman la colección de Edmond de Goncourt. Este las hace examinar a Mme. Daudet y ella nos refiere que «si una mano de mujer se tiende hacia el delicado objeto para apreciar mejor su rareza, su ligereza, es preciso ver el aire inquieto del gran escritor, atenuado por su extrema cortesía, y el leve estremecimiento con que vuelve a su sitio el bello plato transparente y frágil o el estuche de nácar historiado como un encaje».
Sigo con complacencia el relato de la visita a Edmon de Goncourt. Flotan sobre el decir de la mujer artista y curiosa todo el afecto y la cariñosa admiración que la viuda de Alfonso Daudet profesó a los hermanos Goncourt. «Desde el día en que lo conocí--esto data de 1874--mi admiración ha crecido, se ha afirmado; y con los hombres célebres la inversa se produce casi siempre».
A lo largo se suceden recuerdos de reuniones, fiestas, banquetes a que, acompañando a su esposo, asistió la autora de este libro cordial y evocador. Casi en el mismo mes anota el diario que recorro, _soirées_ en el taller del primer Nittis; en el palacio de la princesa Matilde, «la alteza aún imponente y bella»; en casa de la interesante Mme. Juliette Adam. Esta última, una escena de artistas. Se sientan a la mesa el gran duque Constantino de Rusia, el conde de Beust, después Carolus Durán, Dumas hijo, Dérouléde, Tourgueneff, Munkcaczy y Alfonso Daudet. Y solas dos mujeres: Mme. Daudet y la dueña de la casa.
Después de un claro de fiestas bastante grande, en abril de 1882, encuéntrase una bella descripción de la reunión que se congregó con objeto de escuchar la lectura del arreglo para el teatro de _Los reyes en el destierro_. Eran los autores P. Delair y C. Coquelin. Y el areópago lo formaban Gambetta, Henry Céard, el doctor Charcot; Banville, Burti, Goncourt, Edouard Drumont y los esposos Charpentier.
La autora expresa, al pasar, su opinión sobre la conveniencia de la lectura de las obras en preparación a un pequeño círculo de hombres de letras. Así conoció ella la pieza de teatro sacada de _Renée Mauperin_, por Henry Céard, y puesta en escena en el Odeón de París, por el director Porel, artista al propio tiempo.
Y la escritora evoca en su recuerdo la lectura de la _Fille Elisa_ a que ella asistió. Tienen sus palabras el grato perfume desvanecido de las horas dichosas que pasaron.
«Nos vemos en la casa de Auteuil una tarde de junio, en el gabinete de trabajo bien cerrado y discreto, la pieza de al lado abierta sobre los rododendros en flor, a M. de Goncourt leyendo con su voz corta, emocionada, cayendo al final de las frases que en sus más bellas páginas guardan, para mí, en la relectura, la entonación primitiva.
»La lectura terminada, descendíamos al jardín, volvíamos a ver el pequeño surtidor, coronado por un delfín de Saxe en piedras, avanzando su garganta abierta por encima de las idas y venidas de los peces rojos vigilados por la gata familiar; encontrábamos de nuevo esta plaquita en tierra cocida, con efigies infantiles, entre los árboles verdes, y la cigüeña de la entrada, de largo cuello enhiesto, con el plumaje tan ligeramente grabado en el bronce. Por testamento y delicado recuerdo del amigo desaparecido, estos dos últimos objetos se encuentran ahora en mi poder, adornando, _in memoriam_, mi jardín y mis paseos. Y estas manifestaciones de arte, muy distintas entre el césped y las flores, engrandeciendo el reducido espacio, hacían aspirar allí ese gusto de rareza, de vestigios exóticos o antiguos, cuya elocuencia saboreaba también Edmond de Goncourt. ¡Deliciosa jornada, que siempre ha corregido para mí el _navrementt_ del libro!»
Dos meses después de esta agradable reunión, que con deleite anotaba la autora, el 11 de junio, consagra las páginas de su diario a recordar la muerte de uno de los dos hermanos bien queridos por Daudet. Julio, herido en la razón antes, sucumbe al fin después de un lamentable año cuyas amarguras se adivinan a través de la cariñosa y doliente discreción del buen Edmundo de Goncourt.
Y en este punto están reproducidas en el diario de recuerdos dos cartas interesantísimas de Edmundo a Flaubert y al marido de la escritora. La primera es de días después de agravarse la enfermedad de Julio. En ellas hace el hermano enfermero a Flaubert confidencias de su desesperación ante la desgracia del compañero, del amigo perdido para la vida intelectual al entrar en la madurez del talento. La segunda es para encargar a Alfonso Daudet que reserve sin dar a conocer la anterior hasta la muerte suya.
Ambas muestran el entrañable compañerismo de los hermanos Goncourt y Mme. Daudet; al reproducirlas, consagra un pequeño y tierno homenaje a «esta colaboración fraternal única en las letras».
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De las más interesantes anotaciones que contiene el libro son los juicios que a la autora merecen los grandes políticos que encontró en los salones políticos-literarios del tiempo. Pasan rápidamente por los rincones de esta agenda de una dama artista los célebres oradores del imperio, los famosos jefes de partido. En la mezclada sociedad de artistas y políticos, madame Daudet encuentra a Gambetta en un salón, rodeado, acorralado por los hombres que, olvidando a las damas presentes, escuchan, «literalmente de rodillas» ante su sillón, al gran tribuno. «Plácido, rosado, de cabellos grises pegados en las sienes, tendiendo a la obesidad pálida de un Napoleón I y de su misma nacionalidad, pero de ambición menos amplia, parece a punto para la derrota».