Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII
Part 13
«A los franceses mismos aparece la república menos como un régimen nacional que como un régimen de partido. Yo aspiro así como los mejores de entre ellos, a ese tiempo en que no siendo el gobierno de un partido, será el gobierno nacional; y este tiempo creo que vendrá. Pero aun entonces, seremos más justos con la entera magnificencia del pasado, si saludamos a la República como a la Francia, y no a la Francia como a la República. No es demasiada la palabra mayor para abarcar el alma total de esta nación.»
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El régimen democrático actual de Francia tan magistralmente analizado por M. Faguet en su último libro _El culto de la incompetencia_, no es sino demasiado a propósito para hacer creer que la República, la que ha hecho en todas sus partes a la Francia actual, que ha arrojado toda miseria y toda opresión. Este régimen democrático parece querer hacer tabla rasa de diez siglos de historia nacional, porque esos diez siglos han visto otros regímenes que el de la soberanía popular.
Se diría verdaderamente que la República tiene miedo a los muertos.
Nada más curioso, más sugerente, a este respecto, que las recientes querellas, que nacidas en las escuelas primarias y en los establecimientos de enseñanza secundaria, han tenido su fin en la Cámara de Diputados, querellas relativas a los manuales de historia de Francia y de moral. Concluídos, desde hoy en adelante para los futuros alumnos franceses, los excelentes libritos en que sus autores habían enseñado que Juana de Arco es una santa heroína, que Luis XIV es un gran rey, que la monarquía ha hecho bellas cosas, que la Iglesia ha hecho en la Edad Media servicios eminentes, tendrán en cambio otros manuales en los que el espíritu democrático habrá reducido a su talla todo lo que fué potente y noble, y no se deberá considerar a los reyes sino como déspotas corrompidos, y a los sacerdotes como siniestros sectarios.
Conocéis la leyenda de aquel tirano griego que extendía a los viajeros sobre un lecho, cortaba los pies a los que sobrepasaban y estiraba los de los que no llegaban a la extremidad. El espíritu democrático no estira: por poco, cortaría los pies como la Revolución cortaba las cabezas.
Esta política de nivelación sistemática, ejerciéndose por todas partes, en el pasado lo mismo que en el presente, inspirando todo, dominándolo todo, atrofiando los hombres y las cosas, las ideas y las empresas, tal es, a mi entender, el mal verdadero de que sufre la Francia actual.
Contado tengo yo también cómo el norteamericano francófilo firmemente confía en el porvenir de este bello país. Primero, porque el buen sentido, que siempre ha sido tan francés, concluye también por triunfar, y luego, los franceses individualmente son sanos, razonables e inteligentes, y con poco más pueden serlo colectivamente.
Bostock.
Ha vuelto Bostock a París, no ya al enorme _Hippodrome_, sino allá lejos, por el Jardín de Plantas. Gran beluario, soberbio domador, de los primeros del mundo. Bostock no gusta verter la sangre de las fieras como su coterráneo Roosevelt, antes bien, las cuida, las ama y las domina sin crueldad. Así logra penetrar en el alma extraña y misteriosa de esos nuestros hermanos inferiores. Este norteamericano, fuerte y sereno, está tan lejos de Nemrod como cerca de San Francisco de Asís. Tras su cara de emperador Guillermo se oculta un espíritu dulce para las bestias. Como el buen hombre de las _Mil y una noches_, que apaleó cuerdamente a su mujer, sabe tanto del idioma de los animales como no lo sospecha M. Rostand. Bien ha dicho la neoyorquina Ellen Velvin al escribir sobre Bostock, a quien frecuentara, que no notó nunca en él «el menor acto de crueldad». Ni en los empleados de su circo. «Todos los domadores, todos los guardianes, estaban orgullosos de sus animales y tuve mil pruebas de su bondad y de sus cuidados para con sus discípulos. Los animales enfermos eran muy bien tratados. En el caso, entre otros, en que un leoncillo se enfermó de convulsiones, noté que muchos guardianes tenían las lágrimas en los ojos cuando la pobre bestia se crispaba torturada por el dolor». ¿Dudáis de esto? Es que no habéis visto como yo las aflicciones de mi querido Frank Brown en Buenos Aires por las palpitaciones de corazón que le daban a un perrillo al cual había enseñado el _gentleman-clown_ a voltear para atrás. Más que los poetas que pintan a los brutos con los peores defectos de los hombres, deberían esos hombres de los circos ser nombrados socios honorarios de las Sociedades protectoras de los animales.
Bostock ha contado su vida. De niño jugó con leones, pues sus antecesores fueron también maestros de fieras. La frecuencia del animal aguzó su inteligencia para comprender y hacerse comprender de esos compañeros. Aprendió, según su decir, que la personalidad de ellos es tan netamente manifiesta como la nuestra, y que ciertos rasgos característicos suyos pueden ser fácilmente comparados con los de la especie humana. «He conocido muchos leones y tigres tan malos y tan indignos de confianza como ciertos humanos. He encontrado mil otros que hubiesen desdeñado aprovecharse de una ventaja deslealmente obtenida. He hallado que la mayor parte de ellos son honrados, amables y sinceramente afectuosos». De todos modos es muy posible que entre todos los lobos no se encuentre uno solo que sea el «hombre» de ellos y que haga escribir un apotegma a algún Hobbes aullante.
Se precisa tener un fondo puro para, como en el caso de Bostock, llegar a ser «comprendido» y «apreciado» por las criaturas que no hablan a la humana. A menos de no ser el niño hindú, de Kipling, se necesita para comunicar con ellos paciencia y constancia, y aprender a no mortificar sus espíritus «lentos y rebeldes». Todo esto lo enseña Bostock. A este hombre, que ama con pánica fraternidad a esos seres que tanto en ciertos puntos se nos asemejan, preocupó un día la idea de ser un opresor; pensó si no haría mal en mantener en jaulas a los nacidos para la libertad de la floresta, del desierto o de la espesura, «si no era ese un derecho imprescindible, un derecho que la equidad no permite transgredir». Sufría con la duda. El lo dirá de bella manera: «Saber si yo tenía o no razón de guardarlos prisioneros me atormentó por largo tiempo, y estuve profundamente turbado mientras pesaba el pro y el contra de la cuestión. Vi a esos seres indomados en su soledad natal; les vi acurrucarse por la noche en sus retiros ocultos, atisbando una presa; vi las tragedias del matorral; recordé sus frecuentes estragos contra la vida humana, llevados ya por el hambre, ya por el simple deseo. Sobre su terreno original, remonté hasta las fuentes antiguas de los largos anales de esos amigos, encontrados muertos, o moribundos de hambre, de sed, o por una bala tirada por algún cazador apasionado de _sport_ o de lucro. En medio de esas reflexiones pensaba en el elefante, en la cebra, en el caballo, todos libertados del estado salvaje para su bien y el de la Humanidad. Poco a poco llegué a resumir así mi problema: ¿debo devolver a mis pupilos a sus florestas natales y cesar el estímulo de la captura de las fieras? ¿Debo continuar protegiéndolos y manteniéndolos, y de este modo preservándolos a ellos y a sus hermanos más débiles de las desgracias ciertas del desierto?» A la última pregunta el domador se contestó afirmativamente. Él les daba una felicidad relativa. Los nutría, los cuidaba, les evitaba la probable muerte violenta. No les hacía sufrir. Luego, eran útiles, prestaban un servicio a la educación, a la historia natural, y aun, hubiera podido agregar, al arte.
Y Bostock entró plenamente en su heredada carrera.
Ante todo, apartó de sí todo procedimiento cruel. «La bondad es el único azote empleado para hacerse obedecer de las fieras». Sin ella, las fieras «no entienden». La fiera más terrible se dulcifica con la bondad. Hay que inspirar con la bondad confianza. Es probable, dice Bostock, que otras generaciones llevarán más adelante la doma de las fieras, pero estoy contento con lo que yo he logrado. Comprender y hacerse comprender. Esa es su victoria. Tal, más o menos, fué lo que desarrollara en las páginas del _McClure's Magazine_, hace ya diez años, en un estudio que consagró al beluario, y que éste aprovechó después para su libro profesional, el escritor Samuel Hopkins Adams.
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El libro autobiográfico y técnico del admirable norteamericano contiene cosas en extremo interesantes. Su padre, hombre religioso, que profesaba el anglicanismo, quiso dedicar a pastor al niño que jugaba con cachorros. Lo fué, pero su rebaño ruge, huele a selva y come carne cruda. No obstante, el futuro domador cultivó su espíritu. Estudió primero en los Estados Unidos y luego en el Kelvedon College, en el condado inglés de Essex. En una de las visitas que hacía en vacaciones a su padre, volvió a ver los trabajos con las fieras en el circo. Y aconteció que un domador, habiendo tratado mal a un león, no pudo seguir en su ejercicio. Y el joven Bostock solicitó de la benevolencia paternal ser el reemplazante. Negativa. Pero al día siguiente, mientras Mr. Bostock, padre, recorría el circo, encuentra a su hijo metido en la jaula del fiero león. «Hijo mío, le dijo todo asustado; si sales vivo de allí te voy a pegar la paliza mayor que puedas recibir en tu vida». Como el muchacho salió triunfante, la amenaza se volvió cariño y el cariño pasó a consentimiento y el domador fué reemplazado por el audaz joven. «Yo tenía quince años y me llamaban «el niño domador». Comenzó así su peligrosa carrera. El no admite «nada de vulgar en sus espectáculos»; se da en cuerpo y alma a sus tareas, siente la fascinación de su trabajo. Comprende lo que hay en él de fabuloso y de heroico. Sabe que hay que tener juicio fino y presencia de ánimo.
En Birmingham se le huyó un furioso león africano que, perseguido en una alcantarilla, le hizo realizar un trabajo hercúleo y habilidoso para capturarlo. Su historia está llena de cosas impresionables. Varias veces ha estado a la muerte, por la garra o por el colmillo. Llegó a maestro. Muchos discípulos suyos son hoy famosos en los modernos fastos circenses. Habla de su arte, o si gustáis, de su ciencia, con pasión, pero en él impera siempre la serenidad. Conoce los animales de la historia y la historia de los animales. Proclama la modernidad de su arte, pues ninguna fiera fué industriada por los antiguos, a pesar de anécdotas de eruditos. Tiene a orgullo el descender de Georges Wombwell, que inició de los primeros el _dressage_ tal como hoy se comprende. Antes de que la _menagerie_ del abuelo Wombwell se estableciese en Inglaterra, a comienzos del siglo pasado, se habían amaestrado monos y perros, pero nunca leones y tigres. Por la dulzura de un hombre con dos leoncillos enfermos y la amistad continuada pudo ver el público por primera vez juntos al león y al hombre, sin hacerse daño. Así se iniciaron las enseñanzas de hoy. «Un hombre y dos leoncillos», dice Bostock. Eso asombraba hace más de cien años. Hoy vemos entrar a un hombre en la arena «rodeado de veintisiete leones». Y se va más adelante: se ha ido poco a poco. Recuerda a Ellen Bright famosa, que murió por imprudente desgarrada por un tigre; a Herman Weedon, que ha realizado grandes progresos, y a otros tantos, entre los cuales el soberbio capitán Bonavita, Daniel, con látigo y botas. Y la Morelli, circundada de panteras, jaguares y leopardos, todos menos nobles que el real león; la Aurora, de humilde aire efébico, haciendo evolucionar sus osos blancos; Miller, con sus enormes tigres bengaleses; la Pianka, Weedon y el valerosísimo Richard de Kenso. Y luego los secretos para lograr el éxito en la enseñanza de los terribles alumnos. A más de la paciencia y la constancia, saber penetrar en la psicología zoológica. Estudiar los temperamentos y las idiosincrasias y velar por el aseo, la buena nutrición y el ejercicio, pues la pereza hace tan malas a las fieras como a los hombres. Sabed que los leones son enfermizos; que cuando examinan una cosa y no la comprenden, se agitan y rugen; que son delicados como los niños; que una leona preñada es tan nerviosa como una mujer en estado interesante, y que por causa de sus nervios es difícil que sea una buena madre, llegando hasta devorar sus hijos: sabed que hay a veces entre las fieras traiciones y perversos sentimientos. Luchan entre ellos, se muerden, se dan zarpazos. ¡Cuánta atención, pues, habilidad y firmeza para adiestrarlos, para relacionarse con ellos! Los que creen en que se les da opio, bromuro u otras pócimas no saben que eso no puede ser. Pues afirma Bostock, dar drogas a las fieras podría ocasionar pérdidas serias, sin contar con que el efecto final de las drogas disminuiría sensiblemente el valor comercial de los animales. Igualmente, el buen domador no usa jamás de crueldad. No se deteriora una bestia que vale tanto, primeramente. Y luego, el mal trato hace mala a la fiera. Hay que escoger los alimentos. «El único medio de mantener las fieras en buen estado y sin mal olor, es darle carne fresca y de buena calidad. El carnero o el buey recién estazado y a veces una cabeza de cordero, que les gusta mucho, es el alimento que conviene más a los leones y a los tigres». Y hay otros cuantos detalles sobre la comida de esos bien nutridos y considerados prisioneros, como el darles un hueso con cada trozo de carne y el hacerles ayunar un día a la semana. Si hay desgano, pues un aperitivo. Mas no creáis que se les emponzoña con bíters, gencianas, ajenjos o vermutes, sino que se les da un pedazo de hígado; o bien un conejo, un pollo o un pichón. Al oso, poca carne cruda; se le da cocida, y pescado y pan con leche. Y si el oso es polar, sabed que ese _gourmet_ se chupa labios y patas si le brindáis un buen plato de aceite de pescado. «Esto es algo que vale la pena de ser visto», afirma el buen Bostock.
Las grandes serpientes son difíciles de alimentar y hay que emplear con ellas a veces la fuerza. Cuando un elefante está resfriado, hay que regalarle con whisky y cebollas calientes, pues «parece no solamente aceptarlas, sino querer más». Pero esa pagoda viviente es por lo general muy sana, como no se cuele una pneumonía. Duermen sobre el lado izquierdo, replegada la trompa «hacen a intervalos regulares un ruido singular, semejante al de una caldera que deja escapar vapor. No tienen el sueño profundo. No prestan mucha atención a su guardián que les hace ronda toda la noche; pero si algo de insólito se produce, el silbido de su respiración se para: dos lucecitas rojas aparecen en la cabeza de cada elefante; y todos se despiertan y se ponen en guardia. A la primera señal de peligro trompetean sonoramente y lanzan la alarma cuando ningún otro sér vivo, salvo ellos, sospecha nada de anormal». Aquí sí que el vigía está en la torre.
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Bostock enseña las características de cada animal. «Los leones no tienen afecto; se acostumbran a su domador y lo toleran; pero su obediencia y su docilidad son debidas en parte, sino enteramente, a su ignorancia y a su terror por todo lo que no comprenden». Es lo que a los humanos aconteció con los elementos y con las potencias desconocidas que causaron la idea de los dioses.
Mas en el animal hay también misterio, y hay que recordar la opinión de los que juzgan que la inteligencia de ellos no difiere de la de los hombres sino por la calidad. Buffon nos ha enseñado su abecedario; Welss nos ha iniciado en su teología... Bostock nos dice: «No es el ojo--aunque en él se contengan resolución, prudencia y paciencia--, es «el espíritu» el que domina a un tiempo mismo una veintena y aun mayor número de animales».
Y es que en este norteamericano que contiene a Sansón y a Androcles, se encierra un buen lastre de la mejor filosofía.
París y Eduardo VII.
París lamenta la desaparición de su rey Eduardo, de su antiguo príncipe de Gales. La Prensa, que siempre tiene sus desentonos, ha estado ahora unánime al hacer el elogio del difunto monarca de Inglaterra. No pasó así con Leopoldo de Bélgica, que también creía haber ganado su ciudadanía parisiense. Es verdad que había su diferencia entre el rey gentlemen y el rey bolsista y negociante. Hasta en la misma vida galante hay una y otra _manière_. Además, el britano procuró siempre hacerse simpático a Lutecia. Y una de sus frases íntimas, es la que dijo el alcalde de Biarritz: «Dicen que todo hombre tiene dos patrias: la suya y la Francia. Es posible. Lo que sí es seguro es que todo hombre tiene dos placeres: primero vivir en su patria y luego vivir en Francia». Así, París ha sentido tanto como Londres la muerte del soberano; el príncipe no podría nunca olvidar y dejar de ver con cariño al país que le fuera tan grato: a la ciudad de sus expansiones juveniles y en donde su elegancia y su gentileza tuvieron más influjo que Su Majestad. Así, de París, él gustaba sobre todo, y como hombre de fino gusto, de los parisienses. El normando, como decía Paul Adam, se complacía con la vivacidad y la alegría de las lutecianas. Como después, y ya un poco tarde, su sobrino de Alemania; apreciaba la gracia singular de una Jeanne Gravier, y el sutil talento de una Réjane. Cómicas y cómicos de renombre conservaron regalos suyos. El broche de Réjane y el bastón de M. Fébre son famosos entre bastidores. Su persona era familiar a los habitantes de París. «Ahora mismo, dice un parisiense, nos parece a todos que sobre el andén de una de nuestras estaciones, o sobre la acera de una de nuestras avenidas, vamos a ver aparecer esa curiosa fisonomía, la más curiosa tal vez que hayan producido las líneas soberanas: ese paso que era sonoro, pero que no hizo nunca temblar el suelo; esa oreja que era pequeña, pero anchamente abierta a los mil ruidos de los cuatro puntos del globo; ese ojo azul, muy dulce y sonriente, que bajo la pestaña perspicaz parecía detenerse siempre sobre los objetos más inmediatamente cercanos, pero que en el fondo buscaba, sobre todo, mirar lejos, más allá del horizonte visible; ese cuerpo que parecía tener la robustez de un gigante y que no había dejado la gracilidad de un niño; esa mano que parecía tener la fuerza de deshacerlo todo y que se contentaba con tener la fuerza de estrechar; esa sonrisa, muy bondadosa y muy indulgente, que los labios dejaban pasar, plegándose con un poco de amargura...» El retrato es justo, bien hecho y demuestra el cariño. El pesar parisiense no es ficticio. En los balcones de algunas calles se ven banderas de duelo, como en Londres. Y la rue de la Paix tiene crespones y cintas negras por el rey de las elegancias masculinas y el estimulador de las elegancias femeninas. Es para él, dice alguien, que nosotros hubiéramos querido inventar la tradicional expresión: Su graciosa majestad. Se habla de su afabilidad, que no menoscabó nunca su real distinción. El príncipe anecdótico interesa más a París que el rey político. Árbitro de la _ténue_, se enumeran sus prendas indumentarias, sus sastres, sus proveedores. Se le celebra como _gourmet_, como _sportsman_, como _gentleman_ generoso. Un escritor que recordara sus antiguas horas alegres, no deja de apoyar que «a los que le han conocido cuando era príncipe de Gales hacía pensar en el nombre de otro príncipe de su país, el famoso Enrique IV de Shakespeare, compañero de Falstaff», y que «la juventud de Eduardo, como la de Enrique, estaba tan consagrada a los placeres, que, así como con Enrique, se dudaba mucho que llegase a revestir la majestad real, pero que tanto para uno como para otro los temores fueron injustificados, y ambos, una vez soberanos, se pusieron a reinar como si no hubiesen hecho otra cosa durante toda su vida». Los que recuerden las escenas finales de la pieza shakespeareana tendrán presente cómo a Falstaff le da una enérgica lección Enrique IV. Y se cuenta que, con gentileza de forma y gentileza de potentado, dió otra lección Eduardo VII a una actriz francesa que, estando en Londres, no supo comprender en cierta ocasión que el príncipe de Gales había desaparecido ante el rey de la Gran Bretaña, y emperador de la India.
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En una casa parisiense admiro la iconografía casi completa del lamentado soberano. Dibujo que representa al niño recién nacido, cuya masculinidad alegró al viejo Wellington.
--«¡Un barón!--exclamó éste,--¡Un príncipe!--respondió escamada la nodriza míster Broug». El pequeño duque de Cornouailles, con su cofia fina, bebé, _bebé jumeau_, en compañía de la princesita Victoria. El niño, más crecido, trajeado de claro, con sus anchos pantalones y su blusita ceñida con cordón a borlas; de la mano de su madre, que tiene tan lindos brazos y tan lindo escote, a ambos lados del rostro blanco y bello, los cabellos lisos y oscuros que caen hasta los hombros. La litografía en que está con las princesas niñas Alicia y Victoria--y una muñeca--; y otra en que se ejercita en el _rowing_ en el lago del castillo de Windsor, ante el príncipe Alberto, de su madre y hermanitos. Un marinerito de _keepsake_, cabellera rizada, bello como un amor; luego, jugando con otros niños, en el parque del castillo, mientras sus padres están en una ventana. Luego otro retrato infantil en un paisaje de Escocia y otro con toda la familia real, en un salón palaciego.
Ha crecido algo más, y hele aquí en unión del duque de Coburgo. Tiene ya ocho años; viste el traje escocés que le deja las rodillas desnudas. Después, del brazo con su hermana Victoria, como jugando a marido y mujer, él con el casaquín desabotonado de cintura abajo, la gorra de visera acharolada, ella con la falda acampanada y a vuelos, y el sombrero de alas anchas algo echado atrás. Ya veremos cuando le apunta el bozo al príncipe de levita, capa y la especial gorra universitaria, no sin antes admirarle adolescente en un dibujo de Richmond. Así cuando la boda de la princesa real, en el 58, entre los generales y los lores, los príncipes y las princesas. Un retrato le representa con el uniforme de los guardias. Y luego, ya la barba aparecida, está inclinado, de rodillas, bajo la capa de la ceremonia de caballero de San Patricio.
Y la dueña de casa me le hace ver en otros cuadros, planchas y grabados más, que sirviera para documentar gráficamente un libro sobre el monarca íntimo. Ya está en la India, cuando su célebre viaje, en la caza del tigre, sobre el lomo de un elefante, en una escena de _tour de monde_, ya acogiendo afectuoso a los tributarios maradjahs; y prosiguiendo su jira de _conmisvoyageur_ de lealismo, martillando el último remache en el puente Victoria sobre el San Lorenzo canadiense.
Un grupo del año 62. Las damas visten unos trajes que hoy parecen imposibles. La crinolina forma su embudo; los tocados son sencillos; la moda poco exigente. Del lado de los hombres el futuro árbitro de las elegancias no se distingue mayormente; en cambio, en la cabeza del duque de Edimburgo está pintado un sombrero de copa claro que ha de renovarse de manera triunfante, más tarde, en la cabeza del príncipe de Gales. De ese mismo año hay un retrato del príncipe imberbe, sentado cerca de un jarrón, con un junco en la mano. Ya se nota la preocupación del vestir bien; son los comienzos del _arbiter_. Un año después se inician unas vagas patillas; así está, con su uniforme de brandeburgos y su gorra de pelo con plumero blanco. Es el tiempo del enamoramiento y del matrimonio. La bella princesa de Dinamarca en la corte viste a la sazón como una dama de Winterhalter. Hay un grabado del día mismo del matrimonio, en que la reina Victoria y los recién casados parecen, junto a un busto del príncipe Alberto, unos buenos burgueses de Francia.