Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII

Part 12

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Al por siempre niño no fueron sino fatalmente dañosas las malas frecuentaciones; así la de ese terrible Arthur Rimbaud, que pudo librarse de su demonio intelectual poderoso y perverso, transmutando su vida en el hierro de una acción que hizo del poeta desorbitado un mercader de Oriente, explorador de lejanas Áfricas, un negociante entre negros, cuya labor colonial no supo a tiempo aprovechar su patria. Muerto antes que Verlaine, cuya vida acibaró de locuras y mala influencia, él tiene su monumento en la villa natal, en tanto que todavía no se ha podido conmemorar en bronce o mármol al autor de _Sagesse_.

Hase pretendido en lo referente a familia, que Verlaine descendía de noble origen, según los manuscritos genealógicos de Le Fort. Vendría de los señores de Verlaine en el Luxembourg. Lepelletier no juzga exacta la ascendencia, antes bien, cree muy aceptable la eclógica parentela de que ha hablado Saint-Pol-Roux en uno de sus magníficos libros. «Un mi camarada, viejo pastor que apacentaba cotidianamente su ternera y sus dos vacas delante de mi morada, me dijo, un día, llamarse Verlaine. Me estremecí. Conversamos. Me contó su raza. Intrigado, intenté rebuscar. Pronto pude asegurar al pastor belga que un gran poeta de Francia era su pariente, de él, tan chico; lo que le hizo relinchar de alegría.

Anudando entonces sus cejas, como si hubiese cruzado los finos brazos velludos de su memoria, sondó este rincón para, a la larga, extraer un encuentro, antes, en los alrededores de Paliseul, en casa del coronel Grandjean, con un colegial de dieciséis años. ¡Y, bien! Ese Pablo olvidado, de quien me enseñáis la fama, es mi primo hermano segundo, declaró el pastor de Arville. Resumamos sus decires: El bisabuelo de Verlaine, después de haber seguido a los ejércitos franceses, como jefe de convoy militar, se estableció en Arville, viniendo de Braz, aldea vecina, elegido _franc-fied_ por el abad de San Humberto. Dispensado del diezmo, su función consistía en asistir de uniforme, y con el sable desenvainado, a las misas solemnes de la abadía. De su matrimonio con una Henrion nacieron Miguel y Enrique. Enrique tuvo dos hijas y un hijo, el capitán de ingenieros, padre de Pablo»... Esos rústicos entroncamientos demuestran lo justo en Verlaine de sus inquietudes sílvicas de corzo, su natural arisco, su estirpe pánica. No pueden más que interesar vivamente sus despertamientos sentimentales, más sensuales en él que otra cosa, y los primos deseos en el alma del lírico sátiro que naciera tan mal dotado de físicos atractivos, pudiendo ser su rostro de adolescente, argumento de la teoría darwiniana, antes que clasificada de mongoloide su fatigada testa socrática, por un doctor escandaloso que tuvo, a causa de su seudo-ciencia periodística, cierta boga hace ya algunos años. Mas después habrá que considerar cuán buena estofa de _páter familias_ había en quien ha dejado para su hijo--educado lejos de él y a quien nunca pudo ver--en prosa y verso, los consejos más cristiana y tradicionalmente morales, y patrióticos además, a despecho de todas las demoledoras modas. Verlaine, aparte de su genio y de sus caídas, dañosas tan sólo para sí mismo, fué en el fondo, y quizá siempre, eso que «para algunos todavía es de valor»: hombre honrado. Jamás se ha visto furia dolorosa igual a la de ese desdichado por la pérdida de su hogar, por la separación de su mujer, quien, en verdad no le merecía tanta llama inadecuada. Con una mujer paciente, dulce, una familia constituída, y la vida asegurada en su papel de funcionario, habríase destruído en él, sin duda, el veneno de las fatales amistades, y, excelente ciudadano, rodeado de hijos, tuviera un fin apacible en la honestidad de su retiro. Claro es que el arte humano habría perdido tanto sollozo incomparable y la católica poesía tanto gemido místico y tanta oración temblorosa de viva fe, de piedad infinita.

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Lo único en que Lepelletier deja sospechar la influencia sectaria, en su manera de exponer el alma de su glorioso y desolado amigo, es en no ver en Verlaine convertido un poeta más lleno de la gracia suprema que de propósitos más o menos literarios; y el querer disimular la ferviente sinceridad de las «Confesiones» en lo relativo al holocausto de aquella pobre ánima, anímula abatida, en honor de Dios y arrepentimiento de sus incontenibles yerros. Nada tienen que ver el Jesucristo y la Virgen verlainianos, que no son otros que los de los niños de primera comunión y los del creer del carbonero, con los Odin y Teutates parnasianos, y toda la védica teogonía y toda la soberbia y logolítica erudición de la poesía de Leconte de Lisle. El catecismo, sí, era su libro. Y hay en él también algo franciscano. Entre sus ramos de claveles, rosas, hojas de viña, y tal o cual orquídea, respiráis perfumes de _fioretti_.

¡Ah, la leyenda verlainiana y la realidad de las cosas! Yo quisiera que todos aquellos cerrados criterios, que todas aquellas mal informadas personas para quienes el nombre del _pauvre Lélian_ es una dicción sospechosa, leyeran, apartando por un instante las vulgares y repetidas informaciones caras a los cronistas ligeros y desvergonzados escribas, leyeran y meditaran con calma los conceptos de este volumen fidedigno. Hace no mucho tiempo se publicó en Francia--Francia tiene estos arranques generosos--una rehabilitación también muy documentada de la vida de Poe, otro tan mordido y enlodado desde los días del odioso Grissmold. Tales obras honran a los que las emprenden y consuelan a los que no aspiran a ver en el mundo tan solamente el lado oscuro o rojo de la Perversidad. Coincide con la publicación del libro de Lepelletier la de una obra póstuma y antigua, paralela a _Sagesse: Voyage en France par un Français_. Se ha dicho con sobra de superficialidad que dicho _bouquin_ no agrega nada a la personalidad intelectual del autor. Quizás. Mas hay una cosa cierta, y es que, dichosamente, ella ayuda a conocer el oro cordial del hombre. Del buen hombre por siempre niño.

A propósito de «Chantecler»

LOS ANIMALES

EN EL TEATRO CLÁSICO ESPAÑOL

Con motivo del famoso gallo, _Le Temps_, de París, habló recientemente de una obra estrenada en Madrid hace algún tiempo, y en la cual los personajes son animales. Se refiere a _El caballero Lobo_, del Sr. Linares Rivas, notable ingenio de esta Corte que tomó la antera a M. Rostand, años después, sin embargo, de anunciada la pieza francesa tan cacareada.

Los trabajos teatrales en que aparecen animales en la escena, tienen antecesores en el teatro clásico castellano, si no en el francés, puesto que el curioso autor de las _36 Situations dramatiques_ puede escribir hoy: «Allons, il ne me vint pas une mauvaise idée lorsqu'en 1900 j'ouvris la carrière dramatique aux personnages du vieux «Roman du Renart». Depuis mille ans, mil n'y songeait. Quelle cohue aujourd'hui!...» En efecto, M. George Polti hizo aparecer en el _Mercure du France_ de 15 de agosto de 1905 una obra titulada _Compère le Renard_, acompañada de una carta al director del _Mercure_ M. Vallette, en la que decía entre otras cosas: «Los diarios anuncian que M. Edmond Rostand va a poner en escena «Chantecler» el gallo y otros animales del _Roman du Renart_. Alaban con emulación su idea original, que será, según anuncian, el «punto de mira de la curiosidad parisiense este invierno». Esto me decide a publicar _Compère le Renard_, escrito por mí «desde 1909», época en que lo leí a algunos amigos, como pueden atestiguarlo desde luego, M. Louis Wéber, caballero de la Legión de Honor, redactor de la _Revue Philosophique_, de la _Revue Métaphysique_ y del mismo _Mercure_, M. Henri Lasvingnes, el traductor de Stirner, y un hermano Julien Polti, miembro del Jurado de la Société Nationale des Beaux Arts. Después de la lectura de mi pieza--en la cual figuran, como pueden verse, junto a Goupil, «Chantecler» el gallo, el perro, Morhou, Noble el león, Insengrin el lobo, Beaucent el jabalí, Bellyn el carnero, etc., he enviado copias al Odeón al Gran Guignol, al Théâtre Antoine, a Cluny, al Chatelet, como pueden demostrarlo, a más de los registros de esos teatros, las cartas que me han dirigido rehusando en la forma ordinaria y después de lectura, supongo».

Monsieur Polti, quería, pues, dejar establecida su prioridad. Él se había decidido a escribir una comedia de animales, basada en el viejo _Roman du Renard_, inducido, según cuenta en otra parte, por el teatro de Gozzi. Y va un antecesor. El autor del _Compère le Renard_, cuya erudición en asuntos de teatro es conocidísima, pensó seguramente también en Aristófanes, y en la comedia china _Tao-sse_, _Las transmigraciones de Yo-Théou_ adaptada del chino al francés, por M. León Charpentier. En esta pieza figuran y hablan diablos con cabeza de buey, de mono, de ratón, de pato; un ternero y el mismo Yo-Théou en forma de burro. Y otro antecesor.

Mas en el teatro español, que M. Polti ha demostrado conocer en ocasiones, hubiera podido recordar los ejemplos que señalaré luego.

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Si no en la escena hablan ya muy donosamente las bestias en el libro de _Calila e Dimna_, cuyos orígenes orientales con tanta documentación ha explicado en un sabio estudio el famoso don Pascual de Gayangos. _Calila e Dimna_ no es otra cosa que las fábulas de Pilpay, el poeta de la India. Pilpay o Bidpay y Esopo, son los primeros que ponen talento y discurso a la humana, en los animales. Cierto es que ambas cosas posee en la narración bíblica la Serpiente del Paraíso, y después la pollina de Balaam; y que Júpiter, bajo aspectos de irracionales, hizo muchas de sus mitológicas hazañas. En las fabulaciones y poemas orientales los animales suelen hablar como personas, como se puede ver en los mismos cuentos de las _Mil y una noches_, los cuales se asemejan a los apólogos de _Calila e Dimna_, en la manera de trabar el final de un sucedido con el comienzo de otro.

Después del libro de _Calila e Dimna_, del Arcipreste de Hita y de algunos otros pocos escritores se encuentra algo notable respecto a la inteligencia de los animales en la _Antoniana Margarita_, del filósofo Gómez Pereira, de quien se ha desmostrado tomara Descartes algunas ideas y hasta el famoso _Pienso, luego soy_. Respecto al alma de los animales, para defender a Descartes de plagio, escribía en su tiempo Bailler, su biógrafo: «Muchos han creído que Descartes había tomado del libro de Gómez Pereira la famosa opinión del alma de las bestias. Mas hay una gran razón para dudar que Descartes haya jamás oído hablar de este Pereira; que su obra (hoy muy rara), haya ido a parar a manos de un hombre tan poco curioso de libros y de leer como nuestro filósofo. Esto quita toda duda en el asunto, pues Descartes no vió el libro de Pereira hasta un año después de la publicación de sus _Meditaciones Metafísicas_». Sin embargo, otros autores continuaron sosteniendo ser Pereira el primero que afirmara la idea cartesiana de que las bestias no son otra cosa que máquinas vivientes. Raimundo Lulio había dicho a su manera: _De la sensitiva_: La «sensitiva» es, la potencia con la cual el animal siente lo sensible; es a saber: lo sensible, oíble, etc.; y tiene esencial y natural «bondad, grandeza», etc.; y tiene seis sentidos particulares: la vista, oído, gusto, tacto, olfato y habla, en los cuales está diversificada. «Es cierto que él abarca asimismo al hombre o como gráficamente le designa, «animal hombrificante».

A propósito de la «sensitiva», doña Olivo Sabuco de Nantes, ilustre virago, que sabía mucho para su tiempo, entre las muchas cosas que dice de los animales inteligentes, manifiesta en uno de sus diálogos: «... Pues quiero contar de otros animales, para que veáis cuánto obran los afectos de la sensitiva para vivir o morir. Plinio dice que un pescado langosta teme tanto al pulpo, que en viéndose cerca de él muere. Y si el congrio ve cerca de sí la langosta, hace lo mismo. Y cuenta el mismo Plinio del delfín que es muy amigo de la conversación del hombre, y que uno de ellos tomó amistad y conversación con un niño que vivía cerca de un lugar marítimo, de manera que muchas veces llegaba el niño a la ribera del mar y lo llamaba por este nombre, Simón, y luego venía, y el niño le daba pedazos de pan y otras muchas cosas; el delfín se ponía de manera que el niño subía encima, y lo llevaba y paseaba por la mar, y lo volvía a tierra. Continuando, pues, esta conversación y amistad, dióle una enfermedad al niño, de que murió. El delfín, viniendo un día y otro al puesto donde ejercitaba su amistad, como no acudía el niño, siempre lo veían en aquel lugar, gimiendo en semejanza de lloro, hasta tanto que allí mismo lo hallaron muerto. Cuenta también Eliano...» Y así prosigue la sabia narrando sucedidos de animales, a punto de que se advierte lo fácil de encontrar argumentos a lo _Chantecler_ sin necesidad de meditaciones en un corral de Cambo. Todo autorizado por Eliano, o por ese delicioso gran embustero de Plinio, que habría hecho el encanto del Ursus de Víctor Hugo.

Hay que recordar asimismo al célebre doctor Juan Huarte de San Juan en su _Examen de ingenios_, en el capítulo «Donde se prueba que del alma vegetativa, sensitiva y racional son sabias, sin ser enseñadas de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras». Allí, con apoyos de Hipócrates, de Platón, de Galeno, se anticipa a los Maeterlink, Heara, Gourmont y demás contemporáneos que se han ocupado en bestias y bestezuelas.

Mas, pasemos a lo concreto de este artículo, que son los animales en el teatro.

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Cervantes, por su alto nombre, podría pedir primacía diciendo que sus perros dialogan como gentes; y que Cipión y Berganza, acortando los parlamentos, y presentados en coloquio a la manera, como se hacen las cosas en la Porte-Saint-Martin, serían tan aceptables como el can que hace Jean Coquelin, si no más discretos e ingeniosos, y en una prosa que bien vale los alejandrinos rostanescos. Es el caso que hablan los perros. Y como dice el final: «El acabar el coloquio al licenciado, y el despertar el alférez, fué todo a un tiempo, y el licenciado dijo: Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo. Con este parecer, respondió el alférez, me animaré y dispondré a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced, si hablaron los perros, o no. A lo que dijo el licenciado: señor alférez, no volvamos más a esa disputa; yo alcanzo el artificio del coloquio y la invención, y basta: vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento. Vamos en buen hora, dijo el alférez, y con esto se fueron».

Mas el gran Calderón aparece con piezas representables que con la _mise en scène_ actual serían de gran efecto. No solamente pone en las tablas monstruos mitológicos como sirenas, sátiros, etc., sino que, cual en el _Chantecler_, animales. Las «memorias de las apariencias», acotaciones o indicaciones escénicas, tan profusas que ni D'Annunzio mismo las pone ahora, son verdaderamente notables. Para la loa que abre la comedia _Fieras afemína amor_, y en la que los _dramatis personae_ son el águila, el fénix, el pavón, o pavo real, los doce signos, los doce meses, y músicos, explica el autor, en una acotación cómo se representó. Calcúlese lo que se hizo con los recursos escénicos de entonces y lo que se haría ahora. «Fundóse el pórtico del teatro de orden compuesta, entre cuatro columnas de bien imitada piedra lázuli, cuyas cañas estaban adornadas a trechos de resaltados bollos de oro, y en su correspondencia dorados sus capiteles y sus basas, con que siguiendo el orden, corría la cornisa enriquecida a partes de los mismos bollos, mascarones y cornucopias. En ellas descansaban unas volutas, de quien pendían varios festones, que dando vuelta a los modillones, recibían el cerramiento del frontis, de quien era clave una medalla de relieve, guarnecida de hojas de laurel, con cuatro mascarones y otros adornos que la dividían en igual compartimiento. Dentro della estaba un caballo, cuya velocidad enfrenaba galán joven, no sin algunas señas de Mercurio, dios del ingenio, así en el caduceo, como en las plumas del capacete y los talares: geroglífico del que osadamente vano intenta sofrenar al vulgo. A los lados del pórtico, entre coluna y coluna, estaban en sus nichos dos estatuas, al parecer de bronce, que haciendo viso al héroe de la fábula, halagando una a un león y otra a un tigre, significaban el valor y la osadía. Todo este frontispicio cerraba una cortina, en cuyo primer término, robustamente airoso, se veía Hércules, la clava en la mano, la piel al hombro, y a las plantas monstruosas fieras, como despojos de sus ya vencidas luchas; pero no tan vencidas que no volase sobre él en el segundo término Cupido flechando el dardo, que en el asunto de la fiesta había de ser desdoro de sus triunfos. Bien desde luego lo explicaba la inscripción, cuando en rotulados rasgos que partían entre los dos el aire, decía a un lado el castellano mote: _Fieras afemína amor_, y al otro el latino _Omnia Vincit amor_. Lo demás del campo que restaba a la cortina ocupaban pendientes festones de trofeos de guerra, que enlazados los unos de otros orlaban todo el lienzo, sin perdonar pequeño espacio, que no llenase de hermosa variedad la arquitectura en sus diseños y la pintura en sus dibujos. En habiendo logrado la vista por breve rato ambos primores, empezó a lograr los suyos el oído, primero en sonoras chirimías, y después en templados instrumentos, a cuyo compás, desde lo más alto del frontis, por detrás de la medalla empezó a descubrirse, hecha un ascua de oro, un águila condal con imperial corona, sobre cuyas batidas alas venía una ninfa, que rompiendo la cortina, sin romperla, dió principio a la loa, como en voz de _El Águila_ (cantando)».

Ya veremos en otro artículo cómo cantan y hablan las aves y demás animales parlantes de Calderón, tres siglos antes que los de Rostand.

La Francia de hoy.

Juan Jacobo Rousseau ha dicho en alguna parte: «Prefiero ser el hombre de las paradojas que el hombre de los prejuicios». Tiene razón. El prejuicio, en efecto, es una opinión recibida sin examen y participada por el mayor número. No tiene efecto sobre los espíritus por su grado de verdad, sino por la satisfacción que da a la pereza. Atrofia y paraliza la actividad de la inteligencia, haciéndola incapaz de distinguir lo verdadero y lo falso. El prejuicio es así una idea muerta que es necesario arrancar.

En el hermoso libro que acaba de publicar monsieur Barrett-Wendell, destruye prejuicios, pero cuida de no expresar ninguna paradoja. Se puede decir que es un «libro vivido», en el cual las afirmaciones se apoyan constantemente sobre hechos observados o verificados directamente, prudentemente e inteligentemente, en el cual la preocupación de la verdad no ahoga la simpatía y la admiración del escritor para los hombres y las cosas: en el cual, en una palabra, se reunen en grado supremo, y en la más bella armonía, los méritos de la razón que examina y juzga, y del corazón que siente y ama. Él constituye uno de los más admirables testimonios que jamás haya habido en honor de Francia; y al leerlo, los franceses se emocionan orgullosamente. Conozco, por mi parte, quienes exclaman, poco más o menos, como Sócrates hablando sobre Platón, su discípulo: «¡Cuántas cualidades este hombre nos encuentra, en las cuales nosotros no habíamos pensado!»

Monsieur Barrett-Wendell estudia sucesivamente las universidades, la estructura de la sociedad, la familia, el carácter francés, las relaciones entre la Literatura y la vida, la cuestión religiosa, la revolución y sus efectos, la República y la Democracia. Cualquiera que sea el orden adoptado por el autor, cada capítulo es un estudio muy compacto, muy interesante y que contiene para los extranjeros las enseñanzas del más alto precio.

De la admirable intelectualidad de los franceses, de sus fuertes costumbres dinámicas, de espíritu, M. Barrett-Wendell concluye que la ciencia extranjera sería muy vivificada si un mayor número de estudiantes viniesen a colocarse bajo la influencia francesa. Ésta combatiría útilmente lo que las otras influencias tienen de excesivo; ella daría a los conocimientos más riquezas y a las universidades una actividad de mejor índole, una vida más fecunda.

No me place mucho la división que hace M. Barrett-Wendell de la sociedad francesa en tres clases: la nobleza, la burguesía y los artistas. Ella es tal vez cómoda para el estudio, pero temo mucho que no corresponda muy exactamente a la realidad. Que haya, por ejemplo, una especie de barrera entre la aristocracia y la burguesía, convengo en ello, aunque esta barrera se aminore más cada día; pero no veo que los artistas se distingan de los otros franceses por caracteres fundamentales y permanentes bastante precisos para que constituyan una clase aparte. ¿Y por qué no entonces la clase del clero? ¿Por qué no, sobre todo, la clase del pueblo, que es la gran masa de los franceses? El pueblo, con su robusto buen sentido, su incansable actividad, su espíritu de orden y de economía, su apego profundo por lo que es práctico, sólido y durable, el verdadero pueblo en la campaña, que no hay que confundir con el obrero de la ciudad, el pueblo que precisamente desconfía de todos los prestigios, de cualquier naturaleza que sean.

Pero quizá me equivoco en hacer esas reservas. Monsieur Barrett-Wendell nada, en efecto, ha olvidado; y, si él no da a cada cosa la importancia que encierra, es por un plausible escrúpulo de escritor, que no quiere dar su juicio sino con perfecto conocimiento de las causas. Las malas lenguas extranjeras se complacen en esparcir la opinión de que la sociedad francesa está moralmente enferma.

«Mientras más veis a los franceses _chez eux_--dice M. Barrett-Wendell--, menos se fija nuestra atención en ese fenómeno social mórbido. Al contrario, más y más os admira no solamente la regularidad general de su existencia, sino aun de ese hecho sorprendente: que esta regularidad general parece tener un punto de apoyo muy sólido en sus afecciones.»

Ha logrado excelentemente analizar en los franceses la simplicidad fácil de maneras, y la extremada franqueza de los hábitos intelectuales; la manera incomparablemente natural y deliciosamente amistosa con que acogen y reciben a sus huéspedes; su locuacidad llena de franqueza, pero también el instintivo pudor de su espíritu; su seriedad profunda, asombrosa, en la conversación mundana; la ausencia de pedantería, su capacidad de dominarse cuando se trata del deber; su culto del honor, su pasión por la sistematización que les conduce a salir de su carácter de discutir asuntos abstractos; su amor por los principios, que ellos cuidan con un celo intransigente e intolerable; y, a pesar del exceso, el refinamiento, las estrecheces de sus virtudes más poderosas, la fuerza maravillosa con que vanamente se conmueven por los sentimientos humanos, cuando son grandes y profundos.

No era bueno igualmente probar y declarar a los extranjeros mal informados, o mal intencionados, que la tan grande audacia de la literatura en Francia, muy lejos de indicar que la inmoralidad sea la regla de la vida francesa, tiende más a demostrar que no es sino la excepción, demostrar que el ardor que los franceses ponen en sus discusiones religiosas, proviene no precisamente de su apego íntimo a tal o cual forma de la religión, sino sobre todo de su excesivo apego a las fórmulas definidas; que la Francia prospera entre todos los países, que en ninguna parte se experimenta una impresión más evidente de bienestar sólido y sustancial, que en ninguna parte se ve menos pobreza, menos miseria, que en el resto del mundo entero.

No quiero dejar de transcribir integralmente las últimas líneas del excelente y hermoso libro del escritor norteamericano: