Todo al Vuelo Obras Completas Vol. XVIII
Part 11
Haciendo el cómputo de todas las lunas, según lo ha hecho el abate Noé, resulta que el siglo del fin es el nuestro, el siglo XX. Hay que advertir que las tres profecías anteriormente citadas están de acuerdo respecto a un próximo fin del mundo, y un sabio americano, autor de _La creación y sus misterios descubiertos_, obra publicada en París en 1858, M. Snider, apoya aquellas conclusiones con argumentos científicos.
Por otra parte, son muchas las tradiciones que señalan la terminación del mundo para los seis mil años después de la formación de Adán. Entre los judíos existía ya la idea, y el doctor de la ley, Elías, muerto trescientos cincuenta años antes de Jesucristo, hizo alusión a ello.
Sabido es que la leyenda católica está de acuerdo en esto con la tradición israelita, y muchos padres de la Iglesia se han ocupado del asunto. El vidente Holzhauser señala el 1911 como la fecha fatal. Otros, en cambio, no se acercan tanto como él a nuestros días, en sus predicciones. Así, fray Bucelín, que llega hasta 6004. Sor de la Natividad, clarisa bretona, dice a la letra: «El siglo 2000 no pasará sin que el fin no llegue». El abate D'Arzano señala el año 2000. Por fin, nuestro autor, después de cotejar profecías sucesivas desde Nostradamus hasta profetas yanquis, lo cual es un colmo, ratifica su opinión de que será en 1953.
Además, el _Secreto de la Saleta_ da apoyo al abate Noé. Demás decir que su erudición bíblica le sirve a cada paso sobre el asunto desde Esotras hasta el Apocalipsis. Tiene en su libro un capítulo en que señala el triunfo de la francmasonería como precursor inmediato de la aparición del Anticristo. Habla en otro capítulo de los signos anunciadores del fin del mundo, a que se refiere el Evangelio: hambres, pestes, terremotos y extinción de la fe. No hay duda de que tiene razón al señalar todas esas cosas como sucedidas en nuestro tiempo, sobre todo en lo que se refiere al acabamiento de la fe.
En otro, relaciona con la extinción universal los asuntos de la política francesa.
Trata luego de la significación del Anticristo, y recuerda que San Juan aseguró que habría un gran número de ellos, como en efecto los ha habido, en Nerón, Mahoma, Juliano, Lutero y otros.
El vidente Holzhauser anuncia el nacimiento del Anticristo para el año 1855. Nicolás, en 1859. Por su parte el abate Noé afirma rotundamente que ha nacido en Europa el año 1863, que fué educado militarmente en una conocida escuela. Ignora su residencia, pero sabe que su opresión será corta, aunque terrible. La madre, judía conversa y ex monja, habita Londres, o estaba por lo menos allí en 1904.
Ahora, los que presten fe al excelente abate, puesto que no han sucedido muchas cosas que tienen que suceder, pueden estar perfectamente tranquilos por lo del colazo del Halley.
La comedia de las urnas.
En el momento en que escribo estas líneas Francia se prepara a nombrar sus diputados, como sabéis, por un período de cuatro años. En todas las ciudades, en las más humildes aldeas de los campos más lejanos, los carteles electorales manchan los muros y los discursos de los candidatos desgranan sus rosarios de lugares comunes. Muy pronto el «pueblo soberano» designará por sus votos aquellos que deberán ejercer el mandato y conducir los destinos del país.
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Podréis, pues, creer que en un momento tan crítico hay en la atmósfera francesa como un olor a pólvora; que al acercarse el instante de la lucha los batallones se estremecen de impaciencia: que la nación entera está sacudida por un estremecimiento de espera y en la angustia de lo que resultará. Así debería ser, pero no es así.
La vida nacional, lejos de estar suspensa o turbada, sigue su curso normal. Los hombres y las cosas guardan su calma y su serenidad ordinarias. ¿Es esto sangre fría, corrección o dignidad?
He interrogado sobre este punto a algunos franceses amigos míos, cuyo buen sentido y sinceridad conozco. Les he preguntado:
--¿Qué hará usted el próximo domingo 24 de abril?
--¿Lo que haré?--me contestó uno--Si el tiempo está bueno, iré a pasar el día por los alrededores de París: será mi fiesta de la primavera.
--El 24 de abril--me responde otro, con un aire cuidadoso y tocándose la frente con el índice--es probable que mi mujer dé a luz, a menos que se equivoque en su cálculos.
--El 24 de este mes--dice un tercero--alojaré y pasearé por la capital a toda una familia de parientes del campo que han creído darme un gran placer viniendo a visitarme.
Nadie me ha respondido:
--El 24 de abril próximo, como es el día de las elecciones, cumpliré con mi deber de elector. Iré a depositar mi papeleta en la urna. El 24 de abril seré verdaderamente ciudadano y nada más que ciudadano.
Apostaría que a los millares de electores franceses, semejantes a esos amigos míos, les importa un comino el asunto de las elecciones. Por otra parte, las estadísticas lo demuestran. Veo, por ejemplo, que en 1906 hubo en ciertas circunscripciones hasta una tercera parte de electores que no votaron, y que el promedio general de las abstenciones es de un cuarto o de un quinto del número de los inscritos.
Esos indiferentes son ordinariamente, nótese bien, hombres de ideas sanas, igualmente alejados de todo exceso reaccionario o revolucionario, y cuyo voto, sobre todo cuando los candidatos rivales tienen probabilidades más o menos iguales, podría modificar el resultado. Pero estiman más la libertad de hablar o de escribir que el derecho de elegir. Están convencidos de que un voto más o menos en uno de los platos de la balanza no podría inclinarse a tal o cual lado. Y creen también que la lucha es inútil y que hay que conformarse con lo inevitable, o que las cosas no irán ni mejor ni peor con el socialista Ribouldingue, que con el conservador Duriflard, tartampiones notorios.
Llevando un poco más adelante mi pequeña encuesta sobre la mentalidad de los lectores, he llegado a convencerme que no son sólo los abstencionistas los indiferentes. Podría afirmar que la masa de los franceses no concede mucha importancia a las elecciones. Las consideran como una simple formalidad administrativa que se efectúa periódicamente, como los discursos de apertura, o los concursos en las Facultades. Votando, hacen un esfuerzo, un ademán; pero no tienen en el corazón, ni fe ni entusiasmo: no van a una batalla.
En verdad, este pueblo tiene, en su complicidad, algo de desconcertante. Está poseído, como ninguno, de ansia de novedad y de progreso, y ninguno se advierte, desde ciertos puntos de vista, más carneril.
Tiene la pasión de la independencia; pero con tal que pueda burlarse de la autoridad--¡desde el Guignol!--y gozar de libertad de espíritu, no se cura de la tiranía que le rodea. Se queja sonoramente y muy a menudo, no del régimen político mismo, sino de los politicastros que lo deforman, y no intenta echarlos del Palais Bourbon, en donde se han fijado cómo el Doctor de la Dulzura, una vez enojado, echó a los mercaderes del templo. Deplora la ruina de la marina y vuelve a colocar en la cámara a los mismos hombres que han deteriorado la Armada. Se lamenta de la contaminación del Ejército, infectado por los sin patria, y no hará nada para reducir a la impotencia a los cultivadores de esos gérmenes mórbidos. Se encorva bajo el fardo cada vez más aplastante de los impuestos, y, con todo y que puja, queda como bajo la monarquía, _taillable et corvéable à merci_.
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Esta indiferencia de la mayoría de los electores la conocen los candidatos y la aprovechan.
La literatura ligera y los caricaturistas explotan el asunto. Diálogo entre un candidato y su mujer:
--He encontrado mis circulares electorales de hace cuatro años.
--Pero ¿pueden servir todavía?
--¡Ya lo creo! ¡Como prometo siempre las mismas cosas!...
No querría que se creyese por esto que todos los candidatos son farsantes. Pero juzgo que a la mayor parte les falta sinceridad. Pues yo llamo sincero a aquel que, dándose cuenta de lo que significa su mandato, no disfraza la verdad exagerando el bien, paliando y velando el mal; a aquel que no promete sino lo que puede cumplir y que no lo promete sino porque está resuelto a ponerlo en práctica en seguida; a aquel que lucha por un ideal. Llamo sincero, en fin, al candidato que habiendo buscado y encontrado en la rectitud de su conciencia la manera de hacer el bien verdadero al país en general y no sólo a su circunscripción, pone toda su voluntad, toda su alma, todo su sér, en transformar su programa en actos, y que si no ha hecho todo lo que ha querido, ha hecho, de todas maneras, lo que ha podido.
He seguido día por día, se puede decir, la vida parlamentaria francesa en el curso de los últimos cuatro años. Y me he preguntado más de una vez, cómo los diputados de la mayoría, después de las numerosas y garrafales faltas que habían cometido, se presentarían y se justificarían ante sus electores al acabarse la legislatura. He leído en estos días muchos carteles y aun he asistido a algunas reuniones electorales. Y bien. Esos señores están completamente tranquilos. Fijáos. Se han votado las leyes complementarias de la separación de la Iglesia y del Estado. Se ha afirmado la defensa del Estado laico protegiendo la neutralidad escolar. Se ha proseguido la obra social poniendo en vigor la plausible ley de asistencia a los ancianos, protegiendo la infancia, ayudando a la asistencia privada, mejorando la higiene. Las poblaciones rurales aprovechan una gran parte en la actividad reformadora de la última legislatura; se ha extendido y generalizado el sistema de la mutualidad agrícola. Se ha favorecido igualmente a las poblaciones marítimas, reorganizando el crédito marítimo y mejorando la suerte de los inscritos. ¿Qué decir de las leyes en favor de los obreros y empleados? Sobre todo, de la ley de 5 de abril de este año, sobre el retiro de los obreros y labriegos, que quedará como la obra esencial y duradera de estos últimos años de república social. ¿Qué no se ha hecho también por el comercio y la industria?
Se han perfeccionado correos y telégrafos. Se han rebajado las tarifas postales, se ha revisado la tarifa aduanera de modo que ha hecho prosperar un gran número de industrias francesas; se ha rescatado, en condiciones excepcionalmente favorables, la red ferroviaria del Oeste. Se han aumentado los sueldos de los funcionarios y se han dado garantías contra el favoritismo. Se ha democratizado el Jurado y se ha dilatado la estrechez del viejo código napoleónico. No se ha descuidado la defensa nacional; se ha reorganizado la artillería; se han construído barcos de guerra; se ha mejorado la condición del soldado. La prosperidad financiera ha crecido. La política exterior se ha hecho el instrumento eficaz de la paz nacional. Y se ha hecho más. Y más. Y más. Y diré como un candidato, recientemente, a sus electores: «No concluiría, mis queridos conciudadanos, si quisiera enumerar todo lo que se ha hecho de bueno, de bello y de grande, por la Francia». En fin--_tout à été pour le mieux dans le meilleur des mondes_--tal podría ser «cándidamente» hablando la fórmula sintética y estereotípica que resume y fija lo que ha hecho la última legislatura. El difunto Alphonse Allais, de hilarante memoria, cuenta en una de sus «cosas» que durante un viaje por Egipto encontró una inscripción grabada sobre un bloque enorme de granito, del tamaño de los que sirvieron para construir las pirámides. La traducción para él fué la cosa más sencilla. Pero cuando llegó a la parte baja de la piedra, encontró escrito: «Tenga la bondad de dar vuelta a la página».
Los carteles electorales se parecen un poco al famoso granito de Alphonse Allais: no se les puede dar vuelta para conocer el fin de la historia. Pero estad seguros, en todo caso, de que no es toda la verdad lo que contiene la parte que podéis leer. No he encontrado allí la píldora de los 15.000 francos por diputado, tan difícil de hacer tragar a los electores. No he leído que se amenacen las libertades y los derechos más sagrados; que se aumenten cada año, por la superchería y el derroche, los gastos, la deuda y el déficit; que por el abandono y por la incuria se desorganice la defensa nacional; que se tenga toda suerte de complacencias con los directores de huelgas y agitadores revolucionarios; que haya impotencia para reprimir en la administración el desorden y la anarquía; que se va, por pretendidas reformas, contra todos los intereses, como si la prosperidad nacional, el comercio y la industria pudieran resistir por siempre a tan repetidos golpes.
En cuanto a los candidatos nuevos, a cualquier partido a que pertenezcan, sus franquezas me son sospechosas. Los unos, en efecto, conservadores o nacionalistas, exponen programas que radicales completos no desaprobarían. Llevados por una manera de respeto humano, hacen concesiones a aquéllos mismos cuyos principios rechazan, con tal de lograr los votos. Los otros, los del socialismo, prometen al pueblo, que en el fondo no pide tanto, una libertad tan completa, una justicia tan perfecta, una felicidad tan grande, que no se ve del todo, pues no saben los mismos parlanchines de esas verbales añagazas cómo van a edificar ese paraíso en donde los franceses de mañana van a danzar, en un placer sin límites, un delicioso perpetuo _cake-walk_.
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Esa falta de sinceridad de parte de los candidatos, no va, en último análisis, sin su falta de respeto para el elector. No os diré una novedad si os digo que el respeto no consiste en muestras exteriores de deferencia, o en la expresión de fórmulas de urbanidad. Respetar a alguien, es, ante todo, suponerle un buen sentido, un juicio por lo menos cercano al nuestro. Es, en segundo lugar, tratarle como una personalidad moral a la que no se procura el engaño o el daño. De modo que no decir la verdad y nada más que la verdad, a los electores, es ya reconocer su falta de inteligencia. Pero decirles tonterías, es tomarles por incurables imbéciles.
Véase esta muestra, entre otras, de esas tonterías a que me refiero:
1.° Supresión de todos los impuestos y voto del presupuesto facultativo.
2.° Jubilación a todo ciudadano de cincuenta años, con 60 francos mensuales.
3.° Aumento de sueldo de los empleados que no ganan 3.500 francos.
4.° Respeto a la libertad de trabajo con aplicación radical.
5.° Estímulo de la repoblación (prima de 500 francos por cada hijo que nazca).
6.° Supresión de los empleos inútiles.
7.° Matrimonio obligatorio a los treinta años, para ambos sexos.
8.° Derecho de elección para las mujeres que tengan cuatro hijos.
9.° Supresión de los monopolios del Estado y de los impuestos sobre el alcohol.
10.° Libertad del Comercio y del ejercicio de la Medicina.
Otro candidato, no menos faccioso, reclama en primer lugar la revisión del tratado de Francfort. (¿Por qué no la confinación de Roosevelt en el polo Norte?)
Yo no sé si esas gentes se forman alguna ilusión sobre las probabilidades de triunfo de su candidatura; por mi parte, yo no tengo ninguna duda sobre su mentalidad. Es verdad que aquí se está en el país en que se ríe de todo, en que la exageración misma de los rasgos del programa nos advierte que hay que considerarlo como una _charge_, como una caricatura.
La lucha electoral es únicamente una lucha de ideas. Un candidato tiene su temperamento, su carácter, su talento, su profesión. Mas el lector no puede juzgarlo, aparte la honradez, sino por sus ideas. Al comienzo, parece que es así. Sin embargo, a medida que el período avanza, y que el día fatídico se acerca, los candidatos llegan, o más bien descienden a una polémica indigna de ellos, y sobre todo de sus electores. Se escarba en la vida privada del adversario. De sus debilidades, si las tiene, se hacen tachas enormes. De su evolución política se hace una serie de contradicciones y de traiciones. De sus discursos se hacen extractos, que, hábilmente aislados, presentan un sentido absolutamente distinto del pensamiento integral del autor. Se lanzan mentises inicuos, y se tiene cuidado de agregar: «Los electores juzgarán». ¡Ah! si el lector juzgase convenientemente el ultraje hecho a su dignidad, enviaría a ambos contendientes con cajas destempladas.
Hay hombres contra los cuales nada pueden los adversarios. Su personalidad se impone tan sólidamente que los contrarios se quiebran en ella pico y uñas. Sin embargo, los atacan a pesar de todo. Ved este cartel:
«Comité de concentración republicana
Dos hombres
M. Maurice Barrés, M. Paul Cloarec, Novelista Economista Agitador Hombre de orden Sin programa Programa preciso
¡Electores, escoged!»
Los electores han escogido ya y pronto verá el insólito y excelente hombre de orden, M. Cloarec, cuál es el elegido. Pero, ¿qué me decís de este pistonudo paralelo?
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Todo esto, en conclusión, es tan humano como francés, y no he de ir yo a revelar a mis lectores argentinos lo que son elecciones. La ambición, como el amor, es mala consejera, aun para las mas firmes cabezas. Ser diputado es para todos una honra; para algunos una honra y un provecho; para muchos, una agradable sinecura. ¿Cómo, habiéndolo probado no se va a querer repetir? Ser candidato, aun derrotado, es haber gozado en su circunscripción, durante el período electoral, de una celebridad capaz de inquietar a Rostand mismo. Y hay candidatos que aun de la derrota sacan provecho. Así este épico, este incomparable M. Valantin Moyse _candidat malheureux dans le neuvième arrondissement_, como dice una gaceta. Este sujeto, que es filósofo, da las gracias a los 6.852 electores que no votaron por él, de la siguiente manera: «Vous m'avez éclairé, vous m'avez clairement fait voir que je n'avait rien à faire dans la politique. Je continuerai, donc, comme pour le passé, à m'occuper de la publicité des magasins de nouveautés.»
¡Ni en Nueva York!
La hija de Verlaine.
REALIDAD Y LEYENDA
Monsieur Edmond Lepelletier fué amigo íntimo de Paul Verlaine, desde los años del colegio. Acaba de publicar un libro sobre la vida y la obra de aquel melodioso mártir. Para la vida es un libro de rehabilitación, en parte, aclaración de hechos por irrecusables documentos; para la obra una especie de proceso mental y certificación del iniciarse o tomarse tales tendencias o deliberaciones. Lepelletier cumple con cordialidad una como disposición testamentaria de hace largos años. No se enfría con la nieve de la muerte y la piedra tumbal el afecto del más «viejo amigo», como se le llamó en un soneto dirigido de uno de tantos hospitales, el Cochin:
Mon plus vieil ami survivant d'un groupe déjà de fantômes qui dansent comme des atomes dans un rais de lune devant.
Nos yeux assombris et rêvant sous les ramures polychromes que l'automne assouplit en dômes funèbres ou gémit le vent.
Bah! la vie est si courte, en somme! un sot réveil après un somme! qu'il ne faut plus songer aux morts
que pour les plaindre et pour les oindre de regrets exempts de remords, car n'allons-nous pas les rejoindre?
Y en una carta a su madre, dice Verlaine, desde la prisión de Mons... «Que Lepelletier defienda mi reputación. Podría ser que fuese, antes de poco, mi memoria. Cuento con él para hacerme conocer mejor, cuando ya no exista, allí...» Lepelletier, buen escritor, alejado de la literatura quizá por asco de la vida literaria, aunque no hay mucha algalia en los muladares de la política, su preferida, vuelve a tomar su vieja pluma, y hace un volumen sereno, justo, fraternal, sin retórica, firme, exento de sentimentalismo y claro de verdad. El Pobre Lélian queda limpio, hasta lo posible, del maligno lodo legendario que él mismo recogió y aumentó, gamin excesivo, para su propia maculación. No que el sin ventura resulte ahora un bienaventurado, sino una pobre víctima de «la lógica de una influencia maligna» como él mismo diría: teniendo no poca culpa del derrumbamiento de ese espíritu superior, de ese gran poeta, la sociedad misma. Al hombre lo hace conocer el biógrafo desde la niñez. «En lo que se refiere a la infancia, las primeras impresiones de Verlaine, sus aspiraciones, sus lecturas, el despertamiento de su genio poético, sus comienzos literarios, he de informar al público que se interesa en la génesis de un cerebro como el del autor de _Sagesse_. Compañero de juventud, confidente de sus pensamientos, de sus ensueños, de sus ensayos, desde la adolescencia hasta la plena edad madura, he asistido, por decirlo así, a la ascensión de la savia, a la floración y al desarrollo de su intelecto». Los amigos de asuntos tortuosos se encontrarán desilusionados al ver que lo referente a la famosa cuestión Rimbaud se precisa con documentos en que toda perspicacia y malicia quedan en derrota, hallándose, en último resultado, que tales o cuales afirmaciones o alusiones en prosa o verso no representan sino aspectos de simulación, tan bien estudiados clínicamente por Ingegnieros. Los testimonios son fehacientes en una correspondencia escrita a raíz de los sucesos que provocan señaladas cartas de toda intimidad y franqueza, en que se ve el alma desnuda y toda ausencia de _pose_, o de mentirosa urdimbre. Otros libros se han publicado sobre Paul Verlaine antes de este piadoso y definitivo.
No hay en ellos, en suma, sino el propósito de revelaciones que interesan a un público de curiosos de intimidades literarias, y de aficionados a cuentos de café y cervecería. Están en la misma línea que esa malhadada fotografía de la serie _nos contemporaines chez soi_, que se ha reproducido en _magazines_ e ilustraciones extranjeras, y en la cual aparece «en su casa» el infeliz gran poeta, ante una mesa tabernaria en que se ve el brebaje fatal a su existencia y a su reposo espiritual, por tantos años. Tal crueldad iconográfica hace, con justicia, estallar la cólera fraternal de Lepelletier. Este de ningún modo acepta la usada comparación entre Verlaine y Villon, como no sea en ser ambos dos portaliras en extremo amados de las musas y de los dolores, y en ser cofrades en la devoción y la plegaria, podría agregarse.
Sistema opuesto, el del Pílades literario, al de tantos plumíferos parisienses e internacionales, cuyos recuerdos barriolatinescos y báquicos no han contribuído sino a la universal transformación del Fauno místico en una especie de tipo lastimoso y mendicante, saturado de todos los alcoholes y roído por toda suerte de bajos vicios.
Mucho pesará a los adoradores de la _soucoupe_ el saber que Verlaine era un hombre de ideas burguesas, que si vivió la vida de bohemia, fué forzado por las durezas de la suerte, por las caprichosas circunstancias que amontona la casualidad, esto es, de todas maneras, la ley del destino, para hacerles torcer su dirección, y cambiar la tranquilidad de una existencia que hubiese sido honestamente apacible, por las tormentas pasionales y las noches borrascosas a que conducen los desatados instintos y las ponzoñas de la voluntad.
Una mujer de poca comprensión y escasa paciencia y un puesto modestísimo que, en la administración municipal de París no pudo volver a ocupar después de la Comune--pequeñas miserias--, decidieron el destino, tal el diablo hace esas cosas, del futuro verleniano. Para la gloria, gloria amargada, y para el arte, propicio encadenamiento de hechos; más terremoto sentimental y mental en el mal herido de desesperanza que, antes que el paraíso católico, dignamente ganado a son de tiorba y salterio, tuvo que pasar largos años en el, más que purgatorio, infierno del alcohol.
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