Tirso de Molina

Part 2

Chapter 23,858 wordsPublic domain

¿Y Dios ha de perdonar a un hombre que le ofendió con obras y con palabras y pensamientos?

PASTORC.

¿Pues no? Aunque sus ofensas sean más que átomos del sol, y que estrellas tiene el cielo, y rayos la luna dió, y peces el mar salado en sus cóncavos guardó. Esta es su misericordia; que con decirle al Señor: _Pequé_, _pequé_, muchas veces, le recibe al pecador en sus amorosos brazos; que, en fin, hace como Dios. Porque si no fuera aquesto, cuando a los hombres crió, no los criara sujetos a su frágil condición. Porque si Dios, Sumo Bien, de nada al hombre formó para ofrecerle su gloria, no fuera ningún blasón en su majestad divina dalle aquella imperfección. Dióle Dios libre albedrío, y fragilidad le dió al cuerpo y al alma; luego dió potestad con acción de pedir misericordia, que a ninguno le negó. De modo que, si en pecando el hombre, el justo rigor procediera contra él, fuera el número menor de los que en el sacro alcázar están contemplando a Dios.

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Mas mi ganado me aguarda, y ha mucho que ausente estoy.

PAULO.

Tente, pastor, no te vayas.

PASTORC.

No puedo tenerme, no, que ando por aquestos valles recogiendo con amor una ovejuela perdida que del rebaño huyó; y esta corona que veis hacerme con tanto amor, es para ella, si parece, porque hacérmela mandó el mayoral, que la estima del modo que le costó. El que a Dios tiene ofendido pídale perdón a Dios, porque es Señor tan piadoso, que a ninguno le negó.

PAULO.

Aguarda, pastor.

PASTORC.

No puedo.

PAULO.

Por fuerza te tendré yo.

PASTORC.

Será detenerme a mí parar en su curso al sol.

[PAULO _cree ver en ello un aviso de la Providencia; pero al pensar que su suerte ha de ser la misma que la de_ ENRICO, _la duda y la desconfianza le impulsan a persistir en sus maldades_. ENRICO _y_ GALVÁN _han llegado nadando a las cercanías del sitio en que está acampada la cuadrilla de_ PAULO, _y caen en poder de_ PEDRISCO _y sus compañeros_. PAULO _manda que los aten a un árbol para ejecutarlos; pero antes quiere probar si_ ENRICO _es impenitente para saber con certeza cuál es el fin que Dios ha reservado a ambos. Para ello se viste de ermitaño y se presenta ante_ ENRICO _para inducirle a confesar sus pecados_.]

ESCENAS XVI Y XVII

(_Sale_ PAULO, _de ermitaño, con cruz y rosario_.)

PAULO.

Con esta traza he querido probar si este hombre se acuerda de Dios, a quien ha ofendido.

ENRICO.

¡Que un hombre la vida pierda, de nadie visto ni oído!

GALVÁN.

Cada mosquito que pasa me parece que es saeta.

ENRICO.

El corazón se me abrasa. ¡Que mi fuerza esté sujeta! ¡Ah fortuna, en todo escasa!

PAULO.

¡Alabado sea el Señor!

ENRICO.

¡Sea por siempre alabado!

PAULO.

Sabed con vuestro valor llevar este golpe airado de fortuna.

ENRICO.

¡Gran rigor! ¿Quién sois vos, que ansí me habláis?

PAULO.

Un monje, que este desierto, donde la muerte esperáis, habita.

ENRICO.

¡Bueno, por cierto! Y ahora, ¿qué nos mandáis?

PAULO.

A los que al roble os ataron y a mataros se apartaron supliqué con humildad que ya que con tal crueldad de daros muerte trataron, que me dejasen llegar a hablaros.

ENRICO.

¿Y para qué?

PAULO.

Por si os queréis confesar, pues seguís de Dios la fe.

ENRICO.

Pues bien se puede tornar, padre, o lo que es.

PAULO.

¿Qué decís? ¿No sois cristiano?

ENRICO.

Sí soy.

PAULO.

No lo sois, pues no admitís el último bien que os doy. ¿Por qué no lo recibís?

ENRICO.

Porque no quiero.

PAULO.

(_Aparte._) (¡Ay de mí! Esto mismo presumí.) ¿No veis que os han de matar ahora?

ENRICO.

¿Quiere callar, hermano, y dejarme aquí? Si esos señores ladrones me dieren muerte, aquí estoy.

PAULO.

(_Ap._) (¡En qué grandes confusiones tengo el alma!)

ENRICO.

Yo no doy a nadie satisfacciones.

PAULO.

A Dios, sí.

ENRICO.

Si Dios ya sabe que soy tan gran pecador, ¿para qué?

PAULO.

¡Delito grave! Para que su sacro amor de darle perdón acabe.

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Mira que eres pecador, hijo.

ENRICO.

Y del mundo el mayor, ya lo sé.

PAULO.

Tu bien espero. Confiésate a Dios.

ENRICO.

No quiero, cansado predicador.

PAULO.

Pues salga del pecho mío, si no dilatado río de lágrimas, tanta copia, que se anegue el alma propia, pues ya de Dios desconfío. Dejad de cubrir, sayal, mi cuerpo, pues está mal, según siente el corazón, una rica guarnición sobre tan falso cristal.

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Colgad ese saco ahí, para que diga, ¡ay de mí!: “En tal puesto me colgó Paulo, que no mereció la gloria que encierro en mí.” Dadme la daga y la espada; esa cruz podéis tomar; ya no hay esperanza en nada, pues no me sé aprovechar de aquella sangre sagrada. Desatadlos.

ENRICO.

Ya lo estoy, y lo que no he visto creo.

GALVÁN.

Gracias a los cielos doy.

ENRICO.

Saber la verdad deseo.

PAULO.

¡Qué desdichado que soy!

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ENRICO.

Esta novedad me espanta.

PAULO.

Yo soy Paulo, un ermitaño, que dejé mi amada patria de poco más de quince años, y en esta oscura montaña otros diez serví al Señor.

ENRICO.

¡Qué ventura!

PAULO.

¡Qué desgracia! Un ángel, rompiendo nubes y cortinas de oro y plata, preguntándole yo a Dios qué fin tendría: “Repara (me dijo), ve a la ciudad, y verás a Enrico (¡ay, alma!), hijo del noble Anareto, que en Nápoles tiene fama. Advierte bien en sus hechos y contempla en sus palabras, que si Enrico al Cielo fuere, el Cielo también te aguarda; y si al Infierno, el Infierno.” Yo entonces imaginaba que era algún santo este Enrico; pero los deseos se engañan. Fuí allá, vite luego al punto, y de tu boca y por fama supe que eras el peor hombre que en todo el mundo se halla. Y ansí, por tener tu fin, quíteme el saco, y las armas tomé, y el cargo me dieron de esta foragida escuadra. Quise probar tu intención, por saber si te acordabas de Dios en tan fiero trance; pero salióme muy vana. Volví a desnudarme aquí, como viste, dando al alma nuevas tan tristes, pues ya la tiene Dios condenada.

ENRICO.

Las palabras que Dios dice por un ángel, son palabras, Paulo amigo, en que se encierran cosas que el hombre no alcanza. No dejara yo la vida que seguías, pues fué causa de que quizá te condenes el atreverte a dejarla. Desesperación ha sido lo que has hecho, y aun venganza de la palabra de Dios, y una oposición tirana a su inefable poder; y al ver que no desenvaina la espada de su justicia contra el rigor de tu causa, veo que tu salvación desea; mas ¿qué no alcanza aquella piedad divina, blasón de que más se alaba? Yo soy el hombre más malo que naturaleza humana en el mundo ha producido;

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mas siempre tengo esperanza en que tengo de salvarme, puesto que no va fundada mi esperanza en obras mías, sino en saber que se humana Dios con el más pecador, y con su piedad se salva. Pero ya, Paulo, que has hecho ese desatino, traza de que alegres y contentos los dos en esta montaña pasemos alegre vida, mientras la vida se acaba. Un fin ha de ser el nuestro: si fuere nuestra desgracia el carecer de la Gloria que Dios al bueno señala, mal de muchos, gozo es; pero tengo confianza en su piedad, que siempre vence a su justicia sacra.

PAULO.

Consoládome has un poco.

GALVÁN.

Cosa es, por Dios, que me espanta.

PAULO.

Vamos donde descanséis.

ENRICO.

(_Ap._) ¡Ay, padre de mis entrañas! Una joya, Paulo amigo, en la ciudad olvidada se me queda; y aunque temo el rigor que me amenaza, si allá muero, he de ir por ella, pereciendo en la demanda. Un soldado de los tuyos irá conmigo.

PAULO.

Pues vaya Pedrisco, que es animoso.

GALVÁN.

Yo me quedo en la montaña a hacer tu oficio.

PEDRISCO.

Yo voy donde paguen mis espaldas los delitos que tú has hecho.

ENRICO.

Adiós, amigo.

PAULO.

Ya basta el nombre para abrazarte.

ENRICO.

Aunque malo, confianza tengo en Dios.

PAULO.

Yo no la tengo cuando son mis culpas tantas.

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JORNADA TERCERA

ESCENAS I A V

[ENRICO, _atraído por el amor filial, vuelve a Nápoles acompañado de_ PEDRISCO. _Ambos caen en poder de la justicia y están presos en la cárcel de la ciudad._ CELIA _se burla de_ ENRICO _diciéndole que está casada; él se enfurece y quiere romper los hierros de la prisión. Acuden los carceleros para sujetarle y mata a uno de ellos con un golpe de cadena en la cabeza. El_ ALCAIDE _manda que le pongan más hierros, y sólo a viva fuerza pueden sujetarle. Vanse todos, y al quedar solo_ ENRICO, _el_ DIABLO, _invisible para él, viene a hablarle_.]

ESCENAS VI A VIII

ENRICO.

En lóbrega confusión, ya, valiente Enrico, os veis: pero nunca desmayéis; tened fuerte el corazón, porque aquesta es la ocasión en que tenéis de mostrar el valor, que os ha de dar nombre altivo, ilustre fama. Mirad...

(_Dentro._)

Enrico.

ENRICO.

¿Quién llama? Esta voz me hace temblar. Los cabellos erizados pronostican mi temor; mas ¿dónde está mi valor? ¿Dónde mis hechos pasados?

(_Dentro._)

Enrico.

ENRICO.

Muchos cuidados siente el alma. ¡Cielo santo! ¿Cúya es voz que tal espanto infunde en el alma mía?

(_Dentro._)

Enrico.

ENRICO.

A llamar porfía. De mi flaqueza me espanto. A esta parte la voz suena, que tanto temor me da. ¿Si es algún preso que está amarrado a la cadena? Vive Dios, que me da pena.

(_Sale el_ DEMONIO _y no le ve_.)

DEMONIO.

Tu desgracia lastimosa siento.

ENRICO.

¡Qué confuso abismo! no me conozco a mí mismo, y el corazón no reposa. Las alas está batiendo con impulsos de temor; Enrico, ¿éste es el valor?-- Otra vez se oye el estruendo.

DEMONIO.

Librarte, Enrico, pretendo.

ENRICO.

¿Cómo te puedo creer, voz, si no llego a saber quién eres y adónde estás?

DEMONIO.

Pues agora me verás.

ENRICO.

Ya no te quisiera ver.

DEMONIO.

No temas.

ENRICO.

Un sudor frío por mis venas se derrama.

DEMONIO.

Hoy cobrarás nueva fama.

ENRICO.

Poco de mis fuerzas fío. No te acerques.

DEMONIO.

Desvarío es el temer la ocasión.

ENRICO.

Sosiégate, corazón.

DEMONIO.

¿Ves aquel postigo?

ENRICO.

Sí.

DEMONIO.

Pues salte por él, y ansí no estarás en la prisión.

ENRICO.

¿Quién eres?

DEMONIO.

Salte al momento, y no preguntes quién soy, que yo también preso estoy, y que te libres intento.

ENRICO.

¿Qué me dices, pensamiento? ¿Libraréme? Claro está. Aliento el temor me da de la muerte que me aguarda. Voime. Mas, ¿quién me acobarda? Mas otra voz suena ya.

(_Cantan dentro._)

MÚSICOS.

_Detén el paso violento;_ _mira que te está mejor_ _que de la prisión librarte_ _el estarte en la prisión._

ENRICO.

Al revés me ha aconsejado la voz que en el aire he oído, pues mi paso ha detenido, si tú le has acelerado. Que me está bien he escuchado el estar en la prisión.

DEMONIO.

Esa, Enrico, es ilusión que te representa el miedo.

ENRICO.

Yo he de morir si me quedo; quiérome ir; tienes razón.

MÚSICOS.

_Detente, engañado Enrico,_ _no huyas de la prisión;_ _pues morirás si salieres,_ _y si te estuvieres, no._

ENRICO.

Que si salgo he de morir y si quedo viviré, dice la voz que escuché.

DEMONIO.

¿Que al fin no te quieres ir?

ENRICO.

Quedarme es mucho mejor.

DEMONIO.

Atribúyelo a temor; pero, pues tan ciego estás, quédate preso, y verás cómo te ha estado peor. (_Vase._)

ENRICO.

Desapareció la sombra, y confuso me dejó. ¿No es este el portillo? No. Este prodigio me asombra. ¿Estaba ciego yo, o vi en la pared un portillo? Pero yo me maravillo del gran temor que hay en mí. ¿No puedo salirme yo? Sí; bien me puedo salir. Pues, ¿cómo?... --¡Que he de morir! La voz me atemorizó. Algún gran daño se infiere de lo turbado que estoy. No importa, ya estoy aquí para el mal que me viniere.

ESCENAS IX A XIV

[_El_ ALCAIDE _lee a_ ENRICO _su sentencia de muerte. El criminal, lejos de sentirse abatido, insulta al_ ALCAIDE _y rehusa confesarse antes de morir_.]

ESCENA XV

ANARETO.

Enrico, querido hijo, puesto que en verte me aflijo de tantos hierros cargado, ver que pagues tu pecado me da sumo regocijo. ¡Venturoso del que acá, pagando sus culpas, va con firme arrepentimiento; que es pintado este tormento si se compara al de allá! La cama, Enrico, dejé, y arrimado a este bordón, por quien me sustento en pie, vengo en aquesta ocasión.

ENRICO.

¡Ay, padre!

ANARETO.

No sé, Enrico, si aquese nombre será razón que me cuadre, aunque mi rigor te asombre.

ENRICO.

Eso ¿es palabra de padre?

ANARETO.

No es bien que padre me nombre un hijo que no cree en Dios.

ENRICO.

Padre mío, ¿eso decís?

ANARETO.

No sois ya mi hijo vos, pues que mi ley no seguís. Solos estamos los dos.

ENRICO.

No os entiendo.

ANARETO.

¡Enrico, Enrico! A reprenderos me aplico vuestro loco pensamiento, siendo la muerte instrumento que tan cierto os pronostico. Hoy os han de ajusticiar, ¡y no os queréis confesar! ¡Buena cristiandad, por Dios!, pues el mal es para vos, y para vos el pesar. Aqueso es tomar venganza de Dios; el poder alcanza del impirio cielo eterno. Enrico, ved que hay Infierno para tan larga esperanza. Es el quererte vengar de esa suerte, pelear con un monte o una roca, pues cuando el brazo le toca, es para el brazo el pesar. Es, con dañoso desvelo, escupir el hombre al cielo presumiendo darle enojos, pues que le cae en los ojos lo mismo que arroja al cielo. Hoy has de morir: advierte que ya está echada la suerte; confiesa a Dios tus pecados, y ansí, siendo perdonados, será vida lo que es muerte. Si quieres mi hijo ser, lo que te digo has de hacer; si no (de pesar me aflijo), ni te has de llamar mi hijo, ni yo te he de conocer.

ENRICO.

Bueno está, padre querido; que más el alma ha sentido (buen testigo de ello es Dios) el pesar que tenéis vos que el mal que espero afligido. Confieso, padre, que erré; pero yo confesaré mis pecados, y después besaré a todos los pies, para mostraros mi fe. Basta que vos lo mandéis, padre mío de mis ojos.

ANARETO.

Pues ya mi hijo seréis.

ENRICO.

No os quisiera dar enojos.

ANARETO.

Vamos, porque os confeséis.

ENRICO.

¡Oh cuánto siento el dejaros!

ANARETO.

¡Oh cuánto siento el perderos!

ENRICO.

¡Ay, ojos! Espejos claros, antes hermosos luceros, pero ya de luz avaros.

ANARETO.

Vamos, hijo.

ENRICO.

A morir voy: todo el valor he perdido.

ANARETO.

Sin juicio y sin alma estoy.

ENRICO.

Aguardad, padre querido.

ANARETO.

¡Qué desdichado que soy!

ENRICO.

Señor piadoso y eterno, que en vuestro alcázar pisáis cándidos montes de estrellas, mi petición escuchad. Yo he sido el hombre más malo que la luz llegó a alcanzar de este mundo, el que os ha hecho más que arenas tiene el mar ofensas; mas, Señor mío, mayor es vuestra piedad. Vos, por redimir el mundo, por el pecado de Adán, en una cruz os pusisteis; pues merezca yo alcanzar una gota solamente de aquella sangre real.

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¡Gran Señor, misericordia! No puedo deciros más.

ANARETO.

¡Que esto llegue a ver un padre!

ENRICO.

(_Para sí._) La enigma he entendido ya de la voz y de la sombra: la voz era angelical, y la sombra era el demonio.

ANARETO.

Vamos, hijo.

ENRICO.

¿Quién oirá ese nombre, que no haga de sus dos ojos un mar? No os apartéis, padre mío, hasta que hayan de expirar mis ojos.

ANARETO.

No hayas miedo. Dios te dé favor.

ENRICO.

Sí hará, que es mar de misericordia, aunque yo voy muerto ya.

ANARETO.

Ten valor.

ENRICO.

En Dios confío. Vamos, padre, donde están los que han de quitarme el ser que vos me pudisteis dar.

ESCENA XVI

(PAULO _en el monte_.)

PAULO.

Cansado de correr vengo por este monte intrincado; atrás la gente he dejado que a ajena costa mantengo. Al pie deste sauce verde quiero un poco descansar, por ver si acaso el pesar de mi memoria se pierde. Tú, fuente, que murmurando vas entre guijas corriendo, en tu fugitivo estruendo plantas y aves alegrando, dame algún contento ahora, infunde al alma alegría con esa corriente fría y con esa voz sonora. Lisonjeros pajarillos que no entendidos cantáis, y holgazanes gorjeáis entre juncos y tomillos; dad con picos sonorosos y con acentos süaves gloria a mis pesares graves y sucesos lastimosos. En este verde tapete, jironado de cristal, quiero divertir mi mal que mi triste fin promete.

(_Echase a dormir y sale el_ PASTOR _con la corona, deshaciéndola_.)

ESCENAS XVII Y XVIII

PASTOR.

Selvas intrincadas, verdes alamedas, a quien de esperanzas adorna Amaltea; fuentes que corréis murmurando apriesa por menudas guijas, por blandas arenas; ya vuelvo otra vez a mirar la selva, a pisar los valles que tanto me cuestan. Yo soy el pastor que en vuestras riberas guardé un tiempo alegre cándidas ovejas. Sus blancos vellones entre verdes felpas jirones de plata a los ojos eran. Era yo envidiado, por ser guarda buena, de muchos zagales que ocupan la selva; y mi mayoral, que en ajena tierra vive, me tenía voluntad inmensa, porque le llevaba, cuando quería verlas, las ovejas blancas como nieve en pellas. Pero desde el día que una, la más buena, huyó del rebaño, lágrimas me anegan. Mis contentos todos convertí en tristezas, mis placeres vivos en memorias muertas. Cantaba en los valles canciones y letras; mas ya en triste llanto funestas endechas. Por tenerla amor, en esta floresta aquesta guirnalda comencé a tejerla. Mas no la gozó; que engañada y necia dejó a quien la amaba con mayor firmeza. Y pues no la quiso fuerza es que ya vuelva, por venganza justa, hoy a deshacerla.

PAULO.

Pastor, que otra vez te vi en esta sierra, si no muy alegre, no con tal tristeza, el verte me admira.

PASTOR.

¡Ay perdida oveja! ¡De qué gloria huyes, y a qué mal te allegas!

PAULO.

¿No es esa guirnalda la que en las florestas entonces tejías con gran diligencia?

PASTOR.

Esta misma es; mas la oveja, necia, no quiere volver al bien que le espera, y ansí la deshago.

PAULO.

Si acaso volviera, zagalejo amigo, ¿no la recibieras?

PASTOR.

Enojado estoy, mas la gran clemencia de mi mayoral dice que aunque vuelvan, si antes fueron blancas, al rebaño negras, que las dé mis brazos y, sin extrañeza, requiebros las diga y palabras tiernas.

PAULO.

Pues es superior, fuerza es que obedezcas.

PASTOR.

Yo obedeceré; pero no quiere ella volver a mis voces, en sus vicios ciega. Ya de aquestos montes en las altas peñas la llamé con silbos y avisé con señas. Ya por los jarales, por incultas selvas, la anduve a buscar: ¡qué de ello me cuesta! Ya traigo las plantas de jaras diversas, y agudos espinos rotas y sangrientas. No puedo hacer más.

PAULO.

En lágrimas tiernas baña el pastorcillo las mejillas bellas. Pues te desconoce, olvídate de ella y no llores más.

PASTOR.

Que lo haga es fuerza. Volved, bellas flores, a cubrir la tierra, pues que no fué digna de vuestra belleza. Veamos si allá con la tierra nueva la pondrán guirnalda tan rica y tan bella. Quedaos, montes míos, desiertos y selvas, adiós, porque voy con la triste nueva a mi mayoral; y cuando lo sepa (aunque ya lo sabe) sentirá su mengua, no la ofensa suya, aunque es tanta ofensa. Lleno voy a verle de miedo y vergüenza: lo que ha de decirme fuerza es que lo sienta. Diráme: “Zagal, ¿ansí las ovejas que yo os encomiendo guardáis?” ¡Triste pena! Yo responderé... No hallaré respuesta, si no es que mi llanto la respuesta sea. (_Vase._)

PAULO.

La historia parece de mi vida aquesta. De este pastorcillo no sé lo que sienta; que tales palabras fuerza es que prometan oscuras enigmas. Mas ¿qué luz es esta que a la luz del sol sus rayos se afrentan?

(_Con la música suben dos ángeles el alma de_ ENRICO _por una apariencia, y prosigue_ PAULO:)

Música celeste en los aires suena, y, a lo que diviso, dos ángeles llevan una alma gloriosa a la excelsa esfera, ¡Dichosa mil veces, alma, pues hoy llegas donde tus trabajos fin alegre tengan! Grutas y plantas agrestes, a quien el hielo corrompe, ¿no veis cómo el cielo rompe ya sus cortinas celestes? Ya rompiendo densas nubes y esos transparentes velos, alma, a gozar de los cielos feliz y gloriosa subes. Ya vas a gozar la palma que la ventura te ofrece: ¡triste del que no merece lo que tú mereces, alma!

[Ilustración: Muerte me han dado villanos.]

ESCENA XIX

(_Sale_ GALVÁN.)

GALVÁN.

Advierte, Paulo famoso, que por el monte ha bajado un escuadrón concertado, de gente y armas copioso, que viene sólo a prendernos. Si no pretendes morir, solamente, Pablo, huír es lo que puede valernos.

[PAULO _y_ GALVÁN _se disponen a hacerles frente_.]

ESCENAS XX Y XXI

[_El_ JUEZ _y los villanos armados persiguen a_ PAULO, _el cual, herido, cae rodando por las peñas. Sale_ PEDRISCO.]

PEDRISCO.

¿Cómo estás ansí?

PAULO.

¡Ay de mí! Muerte me han dado villanos. Pero ya que estoy muriendo, saber de ti, amigo, aguardo qué hay del suceso de Enrico.

PEDRISCO.

En la plaza le ahorcaron de Nápoles.

PAULO.

Pues ansí, ¿quién duda que condenado estará al Infierno ya?

PEDRISCO.

Mira lo que dices, Paulo; que murió cristianamente, confesado y comulgado y abrazado con un Cristo, en cuya vista enclavados los ojos, pidió perdón y misericordia, dando tierno llanto a sus mejillas, y a los presentes espanto. Fuera de aqueso, en muriendo resonó en los aires claros una música divina; y para mayor milagro y evidencia más notoria, dos paraninfos alados se vieron patentemente, que llevaban entre ambos el alma de Enrico al Cielo.

PAULO.

¡A Enrico, el hombre más malo que crió naturaleza!

PEDRISCO.

¿De aquesto te espantas, Paulo, cuando es tan piadoso Dios?

PAULO.

Pedrisco, eso ha sido engaño: otra alma fué la que vieron, no la de Enrico.

PEDRISCO.

¡Dios santo, reducidle vos!

PAULO.

Yo muero.

PEDRISCO.

Mira que Enrico gozando está de Dios: pide a Dios perdón.

PAULO.

¿Y cómo ha de darlo a un hombre que le ha ofendido como yo?

PEDRISCO.

¿Qué estás dudando? ¿No perdonó a Enrico?

PAULO.

Dios es piadoso...

PEDRISCO.

Es muy claro.

PAULO.

Pero no con tales hombres. Ya muero, llega tus brazos.

PEDRISCO.

Procura tener su fin.

PAULO.

Esa palabra me ha dado Dios; si Enrico se salvó, también yo salvarme aguardo. (_Muere._)

ESCENA XXII

[_Los villanos rodean el cadáver de_ PAULO. _Descúbrese fuego, y_ PAULO _lleno de llamas_.]

PAULO.

Si a Paulo buscando vais bien podéis ya ver a Paulo ceñido el cuerpo de fuego y de culebras cercado. No doy la culpa a ninguno de los tormentos que paso; sólo a mí me doy la culpa, pues fuí causa de mi daño. Pedí a Dios que me dijese el fin que tendría, en llegando de mi vida el postrer día: ofendíle, caso es llano; y como la ofensa vió de las almas el contrario, incitóme con querer perseguirme con engaños. Forma de un ángel tomó, y engañóme; que a ser sabio, con su engaño me salvara; pero fuí desconfiado de la gran piedad de Dios, que hoy a su juicio llegando, me dijo: “Baja, maldito de mi padre, al centro airado de los oscuros abismos, adonde has de estar penando.” ¡Malditos mis padres sean mil veces, pues me engendraron! ¡Y yo también sea maldito, pues que fuí desconfiado!