Tirso de Molina

Part 1

Chapter 13,810 wordsPublic domain

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original --que difiere ligeramente de la actual--, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al cuerpo principal del texto.

* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar interrumpir estrofas o diálogos.

TIRSO DE MOLINA

BIBLIOTECA LITERARIA DEL ESTUDIANTE DIRIGIDA POR RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL TOMO XIII

TIRSO DE MOLINA

SELECCIÓN HECHA POR SAMUEL GILI GAYA

_Dibujos de F. Marco._

_MADRID, MCMXXII_ INSTITUTO--ESCUELA JUNTA PARA AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS

[Ilustración]

EL CONDENADO POR DESCONFIADO

JORNADA PRIMERA

ESCENA I

(_Sale_ PAULO _de ermitaño_.)

PAULO.

¡Dichoso albergue mío! ¡Soledad apacible y deleitosa, que en el calor y el frío me dais posada en esta selva umbrosa, donde el huésped se llama o verde hierba o pálida retama! Agora, cuando el alba cubre las esmeraldas de cristales, haciendo al sol la salva, que de su coche sale por jarales, con manos de luz pura quitando sombras de la noche oscura, salgo de aquesta cueva que en pirámides altos de estas peñas naturaleza eleva, y a las errantes nubes hace señas para que noche y día, ya que no hay otra, le haga compañía. Salgo a ver este cielo, alfombra azul de aquellos pies hermosos. ¿Quién, ¡oh celestes cielos! aquesos tafetanes luminosos rasgar pudiera un poco para ver...? ¡Ay de mí! Vuélvome loco. Mas ya que es imposible, y sé cierto, Señor, que me estáis viendo desde ese inaccesible trono de luz hermoso, a quien sirviendo están ángeles bellos, más que la luz del sol hermosos ellos, mil glorias quiero daros por las mercedes que me estáis haciendo sin saber obligaros. ¿Cuándo yo merecí que del estruendo me sacarais del mundo, que es umbral de las puertas del profundo? ¿Cuándo, Señor divino, podrá mi indignidad agradeceros el volverme al camino, que, si yo lo conozco, es fuerza el veros, y tras esta victoria, darme en aquestas selvas tanta gloria? Aquí los pajarillos, amorosas canciones repitiendo por juncos y tomillos, de Vos me acuerdan, y yo estoy diciendo: “Si esta gloria da el suelo, ¿qué gloria será aquella que da el Cielo?” Aquí estos arroyuelos, jirones de cristal en campo verde, me quitan mis desvelos, y son causa a que de Vos me acuerde; ¡tal es el gran contento que infunde al alma su sonoro acento! Aquí silvestres flores el fugitivo tiempo aromatizan, y de varios colores aquesta vega humilde fertilizan. Su belleza me asombra: calle el tapete y berberisca alfombra. Pues con estos regalos, con aquestos contentos y alegrías, ¡bendito seas mil veces, inmenso Dios, que tanto bien me ofreces! Aquí pienso seguirte, ya que el mundo dejé para bien mío; aquí pienso servirte, sin que jamás humano desvarío, por más que abra la puerta el mundo a sus engaños, me divierta. Quiero, Señor divino, pediros de rodillas húmilmente que en aqueste camino siempre me conservéis piadosamente. Ved que el hombre se hizo de barro vil, de barro quebradizo.

ESCENA II

(_Sale_ PEDRISCO _con un haz de hierba. Pónese_ PAULO _de rodillas, y elévase_.)

PEDRISCO.

Como si fuera borrico vengo de hierba cargado, de quien el monte está rico: si esto como, ¡desdichado!, triste fin me pronostico.

· · · · · · · · · · · · · · ·

De mi tierra me sacó Paulo, diez años habrá, y a aqueste monte apartó; él en una cueva está, y en otra cueva estoy yo. Aquí penitencia hacemos, y sólo hierbas comemos, y a veces nos acordamos de lo mucho que dejamos por lo poco que tenemos. Aquí al sonoro raudal de un despeñado cristal, digo a estos olmos sombríos: “¿Dónde estáis, jamones míos, que no os doléis de mi mal? Cuando yo solía cursar la ciudad y no las peñas (¡memorias me hacen llorar!), de las hambres más pequeñas gran pesar solíais tomar. Erais, jamones, leales: bien os puedo así llamar, pues merecéis nombres tales, aunque ya de las mortales no tengáis ningún pesar.”

· · · · · · · · · · · · · · ·

ESCENA III

[PAULO _sueña que la muerte le hiere en el corazón, y al quedar su cuerpo “como despojo de la madre tierra”, el alma libertada se presenta ante el Tribunal de Dios, donde ve con espanto que sus culpas pesan más que sus buenas obras en la balanza del Justicia mayor del Cielo; el Juez santo le condena al Infierno_.]

PAULO.

Con aquella fatiga y aquel miedo desperté, aunque temblando, y no vi nada si no es mi culpa, y tan confuso quedo, que si no es a mi suerte desdichada, o traza del contrario, ardid o enredo, que vibra contra mí su ardiente espada, no sé a qué lo atribuya. Vos, Dios santo, me declarad la causa de este espanto. ¿Heme de condenar, mi Dios divino, como este sueño dice, o he de verme en el sagrado alcázar cristalino? Aqueste bien, Señor, habéis de hacerme. ¿Qué fin he de tener? Pues un camino sigo tan bueno, no queráis tenerme en esta confusión, Señor eterno. ¿He de ir a vuestro Cielo, o al Infierno? Treinta años de edad tengo, Señor mío, y los diez he gastado en el desierto, y si viviera un siglo, un siglo fío que lo mismo ha de ser: esto os advierto. Si esto cumplo, Señor, con fuerza y brío, ¿qué fin he de tener? Lágrimas vierto. Respondedme, Señor; Señor eterno, ¿he de ir a vuestro Cielo, o al Infierno?

ESCENA IV

(_Aparece el_ DEMONIO _en lo alto de una peña_.)

DEMONIO.

Diez años ha que persigo a este monje en el desierto, recordándole memorias y pasados pensamientos; siempre le he hallado firme, como un gran peñasco opuesto. Hoy duda en su fe, que es duda de la fe lo que hoy ha hecho, porque es la fe en el cristiano que sirviendo a Dios y haciendo buenas obras, ha de ir a gozar de Él en muriendo. Este, aunque ha sido tan santo, duda de la fe, pues vemos que quiere del mismo Dios, estando en duda, saberlo. En la soberbia también ha pecado: caso es cierto. Nadie como yo lo sabe, pues por soberbio padezco. Y con la desconfianza le ha ofendido, pues es cierto que desconfía de Dios el que a su fe no da crédito. Un sueño la causa ha sido; y el anteponer un sueño a la fe de Dios, ¿quién duda que es pecado manifiesto? Y así me ha dado licencia el Juez más supremo y recto para que con más engaños le incite agora de nuevo. Sepa resistir valiente los combates que le ofrezco, pues supo desconfiar y ser, como yo, soberbio.

· · · · · · · · · · · · · · ·

De ángel tomaré la forma, y responderé a su intento cosas que le han de costar su condenación, si puedo.

(_Quítase el_ DEMONIO _la túnica y queda de ángel_.)

PAULO.

¡Dios mío! Aquesto os suplico. ¿Salvaréme, Dios inmenso? ¿Iré a gozar vuestra gloria? Que me respondáis espero.

DEMONIO.

Dios, Paulo, te ha escuchado, y tus lágrimas ha visto.

PAULO.

¡Qué mal el temor resisto! (_Aparte._) Ciego en mirarlo he quedado.

DEMONIO.

Me ha mandado que te saque de esa ciega confusión, porque esa vana ilusión de tu contrario se aplaque. Ve a Nápoles, y a la puerta que llaman allá del Mar, que es por donde tú has de entrar a ver tu ventura cierta o tu desdicha, verás cerca de allá (estáme atento) un hombre...

PAULO.

¡Qué gran contento con tus razones me das!

DEMONIO.

...que Enrico tiene por nombre, hijo del noble Anareto. Conocerásle, en efeto, por señas que es gentilhombre, alto de cuerpo y gallardo. No quiero decirte más, porque apenas llegarás cuando le veas.

PAULO.

Aguardo lo que le he de preguntar cuando le llegare a ver.

DEMONIO.

Sólo una cosa has de hacer.

PAULO.

¿Qué he de hacer?

DEMONIO.

Verle y callar, contemplando sus acciones, sus obras y sus palabras.

PAULO.

En mi pecho ciego labras quimeras y confusiones. ¿Sólo eso tengo de hacer?

DEMONIO.

Dios que en él repares quiere, porque el fin que aquél tuviere ese fin has de tener. (_Desaparece._)

PAULO.

¡Oh misterio soberano! ¿Quién este Enrico será? Por verle me muero ya. ¡Qué contento estoy! ¡qué ufano!

ESCENAS V A X

[PAULO, _acompañado de_ PEDRISCO, _se dispone a ir a Nápoles. El_ DEMONIO _ha logrado su plan, pues ha infundido la duda en el espíritu del ermitaño_.]

DEMONIO.

Bien mi engaño va trazado. Hoy verá el desconfiado de Dios y de su poder el fin que viene a tener, pues él propio lo ha buscado.

ESCENAS XI Y XII

[PAULO _y_ PEDRISCO _llegan a la Puerta del Mar, en Nápoles, sitio designado por el Demonio para que conozcan a Enrico_.]

PEDRISCO.

Maravillado estoy de tal suceso.

PAULO.

Secretos son de Dios.

PEDRISCO.

¿De modo, padre, que el fin que ha de tener aqueste Enrico, ha de tener también?

PAULO.

Faltar no puede la palabra de Dios: el ángel suyo me dijo que si Enrico se condena, me he de condenar; y si él se salva, también me he de salvar.

PEDRISCO.

Sin duda, padre, que es un santo varón aqueste Enrico.

PAULO.

Eso mismo imagino.

PEDRISCO.

Esta es la puerta que llaman de la Mar.

PAULO.

Aquí me manda el ángel que le aguarde.

(_Aparece_ ENRICO _con sus compañeros_.)

ROLDÁN.

Deteneos, Enrico.

ENRICO.

Al mar he de arrojalle, vive el cielo.

PAULO.

A Enrico oí nombrar.

ENRICO.

¿Gente mendiga ha de haber en el mundo?

CHERINOS.

Deteneos.

ENRICO.

Podrásme detener en arrojándole.

CELIA.

¿Dónde vas? Detente.

ENRICO.

No hay remedio: harta merced te hago, pues te saco de tan grande miseria.

ROLDÁN.

¡Qué habéis hecho!

(_Salen todos._)

ENRICO.

Llegóme a pedir un pobre una limosna; dolióme el verle con tan gran miseria; y por que no llegase a avergonzarse otro desde hoy, cogíle en brazos y le arrojé en el mar.

PAULO.

¡Delito inmenso!

ENRICO.

Ya no será más pobre, según pienso.

PEDRISCO.

¡Algún diablo limosna te pidiera!

CELIA.

¡Siempre has de ser cruel!

ENRICO.

No me repliques, que haré contigo y los demás lo mismo.

ESCALANT.

Dejemos eso agora, por tu vida. Sentémonos los dos, Enrico amigo.

PAULO (_a_ PEDRISCO).

A éste han llamado Enrico.

PEDRISCO.

Será otro. ¿Querías tú que fuese este mal hombre, que en vida está ya ardiendo en los infiernos? Aguardemos a ver en lo que para.

ENRICO.

Pues siéntense voarcedes, porque quiero haya conversación.

ESCALANT.

Muy bien ha dicho.

ENRICO.

Siéntese Celia aquí.

CELIA.

Ya estoy sentada.

ESCALANT.

Tú, conmigo, Lidora.

LIDORA.

Lo mismo digo yo, seor Escalante.

CHERINOS.

Siéntese aquí, Roldán.

ROLDÁN.

Ya voy, Cherinos

PEDRISCO.

¡Mire qué buenas almas, padre mío! Lléguese más, verá de lo que tratan.

PAULO.

¡Que no viene mi Enrico!

PEDRISCO.

Mire y calle, que somos pobres, y este desalmado no nos eche en la mar.

ENRICO.

Agora quiero que cuente cada uno de vuarcedes las hazañas que ha hecho en esta vida. Quiero decir... hazañas... latrocinios, cuchilladas, heridas, robos, muertes, salteamientos y cosas de este modo.

ESCALANT.

Muy bien ha dicho Enrico.

ENRICO.

Y al que hubiere hecho mayores males, al momento una corona de laurel le pongan, cantándole alabanzas y motetes.

ESCALANT.

Soy contento.

ENRICO.

Comience, seo Escalante.

PAULO.

¡Que esto sufre el Señor!

PEDRISCO.

Nada le espante.

ESCALANT.

Yo digo ansí.

PEDRISCO.

¡Qué alegre y satisfecho!

ESCALANT.

Veinticinco pobretes tengo muertos, seis casas he escalado, y treinta heridas he dado con la chica.

PEDRISCO.

¡Quién te viera hacer en una horca cabriolas!

ENRICO.

Diga, Cherinos.

PEDRISCO.

¡Qué ruin nombre tiene! ¡Cherinos! Cosa poca.

[Ilustración:

De capas que he quitado en esta vida y he vendido a un ropero, está ya rico.]

CHERINOS.

Yo comienzo: No he muerto a ningún hombre; pero he dado más de cien puñaladas.

ENRICO.

¿Y ninguna fué mortal?

CHERINOS.

Amparóles la fortuna. De capas que he quitado en esta vida y he vendido a un ropero, está ya rico.

ENRICO.

¿Véndelas él?

CHERINOS.

¿Pues no?

ENRICO.

¿No las conocen?

CHERINOS.

Por quitarse de aquestas ocasiones las convierte en ropillas y calzones.

ENRICO.

¿Habéis hecho otra cosa?

CHERINOS.

No me acuerdo.

PEDRISCO.

¿Mas que le absuelve ahora el ladronazo?

CELIA.

Y tú, ¿qué has hecho, Enrico?

ENRICO.

Oigan voarcedes.

ESCALANT.

Nadie cuente mentiras.

ENRICO.

Yo soy hombre que en mi vida las dije.

GALVÁN.

Tal se entiende.

PEDRISCO.

¿No escucha, padre mío, estas razones?

PAULO.

Estoy mirando a ver si viene Enrico.

ENRICO.

Haya, pues, atención.

CELIA.

Nadie te impide.

PEDRISCO.

¡Miren a qué sermón atención pide!

ENRICO.

Yo nací mal inclinado, como se ve en los efectos del discurso de mi vida que referiros pretendo. Con regalos me crié en Nápoles, que ya pienso que conocéis a mi padre, que aunque no fué caballero ni de sangre generosa, era muy rico, y yo entiendo que es la mayor calidad el tener, en este tiempo.

· · · · · · · · · · · · · · ·

Hurtaba a mi viejo padre, arcas y cofres abriendo, los vestidos que tenía, las joyas y los dineros. Jugaba, y digo jugaba para que sepáis con esto que de cuantos vicios hay es el primer padre el juego. Quedé pobre y sin hacienda, y yo --me he enseñado a hacerlo--, di en robar de casa en casa cosas de pequeño precio. Iba a jugar, y perdía; mis vicios iban creciendo. Di luego en acompañarme con otros del arte mesmo: escalamos siete casas, dimos la muerte a sus dueños; lo robado repartimos para dar caudal al juego. De cinco que éramos todos, sólo los cuatro prendieron, y nadie me descubrió, aunque les dieron tormento. Pagaron en una plaza su delito, y yo con esto, de escarmentado, acogíme a hacer a solas mis hechos.

· · · · · · · · · · · · · · ·

A treinta desventurados yo solo y aqueste acero, que es de la muerte ministro, del mundo sacado habemos: los diez, muertos por mi gusto, y los veinte me salieron, uno con otro, a doblón. Diréis que es pequeño precio: es verdad; mas, voto a Dios, que en faltándome el dinero, que mate por un doblón a cuantos me están oyendo.

· · · · · · · · · · · · · · ·

No respeto a religiosos: de sus iglesias y templos seis cálices he robado y diversos ornamentos que sus altares adornan. Ni a la justicia respeto: mil veces me he resistido y a sus ministros he muerto; tanto, que para prenderme no tienen ya atrevimiento. Y, finalmente, yo estoy preso por los ojos bellos de Celia, que está presente: todos la tienen respeto por mí, que la adoro; y cuando sé que la sobran dineros, con lo que me da, aunque poco, mi viejo padre sustento, que ya le conoceréis por el nombre de Anareto. Cinco años ha que tullido en una cama le tengo, y tengo piedad con él por estar pobre el buen viejo; y como soy causa al fin de ponelle en tal extremo, por jugarle yo su hacienda el tiempo que fuí mancebo. Todo es verdad lo que he dicho, voto a Dios, y que no miento. Juzgad ahora vosotros cuál merece mayor premio.

PEDRISCO.

Cierto, padre de mi vida, que con servicios tan buenos, que puede ir a pretender éste a la corte.

ESCALANT.

Confieso que tú el lauro has merecido.

ROLDÁN.

Y yo confieso lo mesmo.

CHERINOS.

Todos lo mesmo decimos.

CELIA.

El laurel darte pretendo.

ENRICO.

Vivas, Celia, muchos años.

CELIA.

Toma, mi bien; y con esto, pues que la merienda aguarda, nos vamos.

GALVÁN.

Muy bien has hecho.

CELIA.

Digan todos: “¡Viva Enrico!”

TODOS.

¡Viva el hijo de Anareto!

ENRICO.

Al punto todos nos vamos a holgarnos y entretenernos.

(_Vanse._)

ESCENA XIII

PAULO.

Salid, lágrimas; salid, salid apriesa del pecho, no lo dejéis de vergüenza. ¡Qué lastimoso suceso!

PEDRISCO.

¿Qué tiene, padre?

PAULO.

¡Ay, hermano! Penas y desdichas tengo. Este mal hombre que he visto es Enrico.

PEDRISCO.

¿Cómo es eso?

PAULO.

Las señas que me dió el ángel son suyas.

PEDRISCO.

¿Es eso cierto?

PAULO.

Sí, hermano, porque me dijo que era hijo de Anareto, y aquéste también lo ha dicho.

PEDRISCO.

Pues aquéste ya está ardiendo en los infiernos.

PAULO.

Eso sólo es lo que temo. El ángel de Dios me dijo que si éste se va al Infierno, que al Infierno tengo de ir, y al Cielo, si éste va al Cielo. Pues al Cielo, hermano mío, ¿cómo ha de ir éste, si vemos tantas maldades en él, tantos robos manifiestos, crueldades y latrocinios y tan viles pensamientos?

PEDRISCO.

En eso, ¿quién pone duda? Tan cierto se irá al infierno como el despensero Judas.

PAULO.

¡Gran Señor! ¡Señor eterno! ¿Por qué me habéis castigado con castigo tan inmenso? Diez años y más, Señor, ha que vivo en el desierto comiendo hierbas amargas, salobres aguas bebiendo, sólo porque Vos, Señor, Juez piadoso, sabio, recto, perdonarais mis pecados. ¡Cuán diferente lo veo! Al Infierno tengo de ir. ¡Ya me parece que siento que aquellas voraces llamas van abrasando mi cuerpo! ¡Ay! ¡Qué rigor!

PEDRISCO.

Ten paciencia.

PAULO.

¿Qué paciencia o sufrimiento ha de tener el que sabe que se ha de ir a los Infiernos? ¡Al Infierno!, centro obscuro, donde ha de ser el tormento eterno y ha de durar lo que Dios durare. ¡Ah, Cielo! ¡Que nunca se ha de acabar! ¡Que siempre han de estar ardiendo las almas! ¡Siempre! ¡Ay de mí!

PEDRISCO.

Sólo oírle me da miedo. Padre, volvamos al monte.

PAULO.

Que allá volvamos pretendo; pero no a hacer penitencia, pues que ya no es de provecho. Dios me dijo que si aquéste se iba al Cielo, me iría al Cielo, y al profundo, si al profundo. Pues es ansí, seguir quiero su misma vida; perdone Dios aqueste atrevimiento: si su fin he de tener, tenga su vida y sus hechos; que no es bien que yo en el mundo esté penitencia haciendo, y que él viva en la ciudad con gustos y con contentos, y que a la muerte tengamos un fin.

PEDRISCO.

Es discreto acuerdo. Bien has dicho, padre mío.

PAULO.

En el monte hay bandoleros: bandolero quiero ser, porque así igualar pretendo mi vida con la de Enrico, pues un mismo fin tenemos. Tan malo tengo de ser como él, y peor si puedo; que pues ya los dos estamos condenados al Infierno, bien es que antes de ir allá en el mundo nos venguemos.

JORNADA SEGUNDA

ESCENAS I A XV

[GALVÁN, ESCALANTE _y otros rufianes compañeros de Enrico tienen concertado para aquella noche un robo en la casa de Octavio el Genovés. Mientras aquéllos hacen los preparativos_, ENRICO _va a cuidar de su padre_ ANARETO.]

ENRICO.

Pues mientras ellos se tardan, y el manto lóbrego aguardan que su remedio ha de ser, quiero un viejo padre ver que aquestas paredes guardan. Cinco años ha que le tengo en una cama tullido, y tanto a estimarle vengo, que, con andar tan perdido, a mi costa le mantengo.

· · · · · · · · · · · · · · ·

De lo que de noche puedo, varias casas escalando, robar con cuidado o miedo, voy su sustento aumentando, y a veces sin él me quedo. Que esta virtud solamente en mi virtud distraída conservo piadosamente: que es deuda al padre debida el serle el hijo obediente.

· · · · · · · · · · · · · · ·

(_Descubre su padre en una silla._)

Aquí está; quiérole ver. Durmiendo está, al parecer. ¿Padre?

ANARETO.

¡Mi Enrico querido!

ENRICO.

Del descuido que he tenido perdón espero tener de vos, padre de mis ojos. ¿Heme tardado?

ANARETO.

No, hijo.

ENRICO.

No os quisiera dar enojos.

ANARETO.

En verte me regocijo.

ENRICO.

No el sol por celajes rojos saliendo a dar resplandor a la tiniebla mayor que espera tan alto bien parece al día tan bien como vos a mí, señor. Que vos para mí sois sol, y los rayos que arrojáis dese divino arrebol, son las canas con que honráis este reino.

ANARETO.

Eres crisol donde la virtud se apura.

ENRICO.

¿Habéis comido?

ANARETO.

Yo, no.

ENRICO.

Hambre tendréis.

ANARETO.

La ventura de mirarte me quitó la hambre.

ENRICO.

No me asegura, padre mío, esa razón, nacida de la afición tan grande que me tenéis; pero agora comeréis, que las dos pienso que son de la tarde. Ya la mesa os quiero, padre, poner.

ANARETO.

De tu cuidado me pesa.

ENRICO.

Todo esto y más ha de hacer el que obediencia profesa. (Del dinero que jugué [_Aparte._] un escudo reservé para comprar qué comiese; porque, aunque al juego le pese, no ha de faltar esta fe.) Aquí traigo en el lenzuelo, padre mío, qué comáis. Estimad mi justo celo.

ANARETO.

Bendito, mi Dios, seáis en la tierra y en el cielo, pues que tal hijo me distes, cuando tullido me vistes, que mis pies y manos sea.

ENRICO.

Comed, por que yo lo vea.

ANARETO.

Miembros cansados y tristes, ayudadme a levantar.

ENRICO.

Yo, padre, os quiero ayudar.

ANARETO.

Fuerza me infunden tus brazos.

ENRICO.

Quisiera en estos abrazos la vida poderos dar. Y digo, padre, la vida, porque tanta enfermedad es ya muerte conocida.

ANARETO.

La divina voluntad se cumpla.

ENRICO.

Ya la comida os espera. ¿Llegaré la mesa?

ANARETO.

No, hijo mío, que el sueño me vence.

ENRICO.

¿A fe? Pues dormid.

ANARETO.

Dádome ha un frío muy grande.

ENRICO.

Yo os llegaré la ropa.

· · · · · · · · · · · · · · ·

Vencióle el sueño, que es de los sentidos dueño, a dar la mejor lición. Quiero la ropa llegalle, y de esta suerte dejalle.

[_Sale a la calle, donde_ GALVÁN _le recuerda que tiene que asesinar a_ ALBANO, _pues ha recibido ya la mitad de la paga por el crimen_. ENRICO _se dispone a cometer el asesinato; pero al ver que su víctima es un pobre anciano, el recuerdo de su padre le hace desistir de tal propósito. El que le había pagado el crimen se presenta a reclamar a_ ENRICO _el dinero por no haber cumplido su compromiso, y_ ENRICO, _indignado, lo acuchilla sin piedad. En aquel momento, el_ GOBERNADOR, _con la gente a sus órdenes, se presenta para prender a_ ENRICO; _éste y_ GALVÁN _se defienden y matan al_ GOBERNADOR; _pero, al fin, viéndose acosados, se arrojan al mar. Entre tanto_, PAULO, _en compañía de_ PEDRISCO, _se había convertido en capitán de una cuadrilla de bandoleros, que tenía aterrorizada a la comarca por la crueldad de sus crímenes. De vez en cuando tiene algún remordimiento de conciencia._]

(PAULO _en el campo_.)

MÚSICOS.

_No desconfíe ninguno,_ _aunque grande pecador,_ _de aquella misericordia_ _de que más se precia Dios._

PAULO.

¿Qué voz es esta que suena?

BANDOL.

La gran multitud, señor, desos robles nos impide ver dónde viene la voz.

MÚSICOS.

_Con firme arrepentimiento_ _de no ofender al Señor_ _llegue el pecador humilde,_ _que Dios le dará perdón._

PAULO.

Subid los dos por el monte, y ved si es algún pastor el que canta este romance.

BANDOL.

A verlo vamos los dos.

MÚSICOS.

_Su Majestad soberana_ _da voces al pecador_ _porque le llegue a pedir_ _lo que a ninguno negó._

(_Sale por el monte un_ PASTORCILLO, _tejiendo una corona de flores_.)

PAULO.

Baja, baja, pastorcillo; que ya estaba, vive Dios, confuso con tus razones, admirado con tu voz. ¿Quién te enseñó ese romance, que le escucho con temor, pues parece que en ti habla mi propia imaginación?

PASTORC.

Este romance que he dicho Dios, señor, me le enseñó; o la Iglesia, su Esposa, a quien en la tierra dió poder suyo.

PAULO.

Bien dijiste.

PASTORC.

Advierte que creo en Dios.

· · · · · · · · · · · · · · ·

PAULO.