Part 16
Las puertas y ventanas de la casa de Zancajos estaban festoneadas de rosas y tomillo; las seis mejores _guisanderas_ de los contornos, posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, desplumaban acá, revolvían allá y sazonaban acullá, y atizaban la fogata que calentaba á veinte varas á la redonda, y al salirse en volcán de chispas por la chimenea se llevaba consigo unos aromas que hacían chuparse la lengua á toda la vecindad. En un ángulo del corral otras cocineras menos diestras guisaban en grandes trozos seis terneras; improvisábase en el centro una fuente de vino tinto, y se armaba una cucaña en el otro lado. Estallaban en el espacio multitud de cohetes; recorrían las callejas cuatro gaiteros, sacando á sus roncos instrumentos los más alegres aires que dar podían; volteábanse las campanas; los mejores mozos del lugar ponían el relincho en las nubes; las mozas adornaban sus panderos con cintas y cascabeles; el sacristán tendía paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el maestro de escuela se comía las uñas buscando un consonante que le faltaba para concluir un epitalamio.
Toribio Mazorcas, resplandeciente de oro y charol, iba de la cocina al corral, del corral á la bodega, de la bodega á la fuente, de la fuente á la solana, y daba aquí una orden, allá un coquetazo, en el otro un pellizco, y en todas partes reía y alborotaba.
Antón, atortolado y tembloroso, se vestía en su cuarto, con el esmero de una coqueta, un traje tan rico como flamante, y se miraba al espejo, y se atusaba los rizos, y daba el suspiro que temblaban los cristales de la ventana.
Verónica hacía casi lo mismo en su angosto nicho del solariego pabellón, y hasta las lágrimas se le caían de gusto al ajustar á su talle un precioso vestido de seda y colocar sobre su cabeza delicada guirnalda de flores como los ampos de la nieve; miraba con infantil complacencia los tornasoles de su falda y las ondulaciones de la cadena de oro que le pendía del cuello, y lo pulido de sus zapatos de raso azul... y todo el montón de galas que el rumbo de Zancajos había hecho que le preparasen en Santander en poco más de una semana.
Don Robustiano, no sé si por respeto al pudor de su hija ó por tirria á sus lujosos atavíos, había abandonado el pabellón y recorría meditabundo las ruinas de su palacio.
Y á propósito: no quedaban de éste más que las cuatro paredes, y no completas, pues en la agrietada se había cortado por lo sano, lo cual es tanto como decir que le faltaba la mitad. El tejado, el desván, el piso principal... todo había venido al suelo en pocos días, pues Zancajos se había propuesto hacer una gorda, y esta pieza porque falseaba por el tillado y aquélla por la pared, todas las demolió, contra la intención de don Robustiano, que hubiera querido conservarlas en su primitivo estado, á serle posible. El corral y la castañera estaban llenos de caballetes de aserrar y de montones de argamasa y de sillares á medio pulir, distinguiéndose en el portal y en grupo aparte todos los que contenían escudos de armas, pues éstos se guardaban como oro en paño para ser colocados, á su tiempo, en los lugares que siempre ocuparon en el edificio. En el día á que nos estamos refiriendo, la turba de operarios que allí trabajaba había suspendido sus tareas en atención á la fiesta.
Todo lo que de ella llevamos dicho pasaba cuando aún el sol apenas alcanzaba á dorar la cruz del campanario de la iglesia.
Dos horas más tarde una alegre y pintoresca comparsa salió del corral de Toribio y se dirigió á la portalada vecina. Componíase aquélla de un numeroso grupo de danzantes, bajo cuyos arcos cruzados iban Mazorcas, su hijo y la alcaldesa (luego sabremos qué pito tocaba allí esta señora); detrás de la danza formaban doce cantadoras con panderetas adornadas de dobles cascabeleras, y siguiendo á las cantadoras, un sinnúmero de mozas y mozos de lo más florido del lugar. Las inmediaciones de ambas casas estaban ocupadas por una multitud de curiosos. Los cuatro gaiteros abrían la marcha tocando una especie de tarantela muy popular en la Montaña, y á su compás piafaban, graves como estatuas, los danzantes. Cuando las gaitas cesaron, dieron comienzo las cantadoras en esta forma. Seis de ellas, en un tono pausado y lánguido, marcando el compás con las panderetas, cantaron:
--De los novios de estas tierras aquí va la flor y nata.
Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, respondieron:
--Válgale el Señor San Roque[9], Nuestra Señora le valga.
Luego las doce:
--De los novios de estas tierras aquí va la flor y nata. Válgale el Señor San Roque, Nuestra Señora le valga.
Alternando así otras dos veces las cantadoras y los gaiteros, llegó la comparsa á la portalada de don Robustiano, ante la cual se detuvieron y callaron todos por un instante. En seguida los mozos de la comitiva _echaron_ una _relinchada_; pero tan firme, que llegó á los montes vecinos y aun quedó una gran parte para volver de rechazo hasta el punto de partida en ecos muy perceptibles. Acto continuo las de las panderetas, mientras Zancajos daba tres manotadas en los herrados portones, cantaron esta nueva estrofa:
--Sol devino de estos valles, deja el escuro retiro, que á tu puerta está el lucero que va á casarse contigo.
Momentos después se abrió la portalada y aparecieron don Robustiano y Verónica: el primero pálido y con gesto de hiel y vinagre; la segunda trémula y ruborosa; aquél con su raído traje de etiqueta; ésta con las ricas flamantes galas de novia.
Zancajos, Antón y la alcaldesa se adelantaron á recibirlos, y como los cinco no cabían bien debajo de los arcos, se determinó que solamente ocuparan tan honorífico puesto los dos _señores_. Esta honorífica distinción no dejó de halagar la vanidad del solariego, que entró bajo los arcos dando la mano á su hija con aire majestuoso y ciertos asomos de desdén, como si aquello y mucho más se mereciera.
Las mozas se relamían al contemplar el lujo de Verónica; y más de cuatro de ellas, considerando que se había llevado el gran acomodo del pueblo, la miraban de bien mala voluntad.
Colocados así los solariegos, y á su lado, aunque fuera de los arcos, Toribio, su hijo y la alcaldesa, se puso en marcha la comitiva entre los relinchos y las aclamaciones de los curiosos, la música de las gaitas, las coplas de las cantadoras, el estallido de los cohetes y el toque de las campanas, porque es de advertir que el sacristán estaba encaramado en lo más alto de la torre, toda la mañana, con objeto de solemnizar á volteo limpio cualquier movimiento que notase entre la gente de la boda.
Cuando ésta llegó al portal de la Iglesia, salieron á recibirla el señor cura, el alcalde con una comisión del ayuntamiento, el maestro y los chicos de la escuela.
El primero, hombre prudente, se limitó á saludar á cada uno de los cuatro principales personajes del alegre y pintoresco grupo.
El alcalde, labrador pudiente, rapado á navaja en cuanto no fuese mejorar terrenos y amillarar _riquezas imponibles_, que en esto era capaz de marear al más lince; pero con presunciones de servir para todo por lo mismo que á saber ser alcalde nadie le echaba la pata, hallando sin _aquél_ lo que hizo el señor cura por todo «homenaje» á los novios, se propuso darle una lección en tan solemnes momentos y mostrar al pueblo entero lo que él sabía hacer por lo fino cuando el caso lo requería. Al efecto, se afirmó bien sobre los pies, braceó tres veces, escupió cuatro, levantó la cabeza, medio cerró los ojos, y encarándose con los novios, dijo muy recio:
--¡Oh devinos misterios!... ¿Qué miro? ¿qué arreparo? ¿son fantesías de mis ojos? No, que seis vusotros que venéis; vusotros lo más runflante de mis... vasallos, á uncirvos... para sinfinito... en la santa... metripolitana parroquial... Yo, y la comisión del monicipio que aquí de cuerpo presente eisiste, vos... vos... inciensamos... vos requerimos y ensalzamos para que sea enhorabuena y por la gloria que vos deseo. Tal digo con esta fecha.
Y no dijo más el alcalde; pero miró en derredor de sí con aire de conquistador. Los concejales que le acompañaban añadieron unísonos estas lacónicas palabras, haciendo al propio tiempo una reverencia:
--La comisión otorga.
El maestro se limitó por de pronto á plegarse en dos mitades, sin decir una sola palabra; pero en seguida giró rápido sobre los talones, y vuelto hacia sus chicos, les gritó alzando los brazos:
--¡Á una!
Y los granujas comenzaron á cantar un himno compuesto por el pedagogo, formando al mismo tiempo, con la precisión de reclutas, en dos filas que terminaban á la puerta de la Iglesia.
Pasó la comitiva por en medio de ellas y entró en el templo. Don Robustiano fué á ocupar el sitial que á la sazón estaba cubierto con la mejor colcha de Toribio. Éste, como padrino; su hijo, Verónica, y la alcaldesa como madrina, se hincaron en las gradas del altar mayor. Los gaiteros y el maestro subieron al coro, aquéllos para _tocar la misa_, éste para _echar la epístola_ y dirigir á los demás cantores.
Pasaré por alto los detalles de la ceremonia religiosa, pues, _mutatis mutandis_, fueron los que conoce todo fiel cristiano, como sin duda lo es el lector. Solamente haré notar que hubo tiros de escopeta y cohetes á la puerta, en el momento de la Consagración; que los novios, cuando fué ocasión de leerles la epístola de San Pablo, se trasladaron al sitial para oirla desde allí, como si de este modo se le diera más solemne posesión del privilegiado asiento al hijo de Mazorcas; que don Robustiano, aunque vió esta intrusión con amargo despecho, ya no sabía qué cara poner en fuerza de lo que, por otra parte, le halagaba la pompa desplegada en obsequio de su hija; y por último, que Toribio reía y lloraba á la vez, y no pudiendo contenerse, abrazó á su consuegro, y á Verónica, y á Antón, y á la alcaldesa, y estuvo en un tris que no abrazase también al señor cura.
Cuando se dió por terminada la ceremonia, y después de las felicitaciones y enhorabuenas de costumbre, volvió á formar la comitiva á la puerta de la Iglesia y se puso en marcha conforme había venido, con la sola diferencia de que ahora iba Antón también debajo de los arcos, y su padre echaba, durante el tránsito, puñados de _tarines_ y aun de medias pesetas á la muchedumbre, cebo apetitoso y estimulante que hizo más de dos veces desorganizarse la comparsa por bajarse los danzantes, los gaiteros y las cantadoras á recoger tal cual moneda descarriada, no obstante haberles dicho Toribio, temiéndose tamañas informalidades, que para todos habría luego.
Una hora después que la boda llegó á casa del rico jándalo, la fiesta tomó un carácter muy distinto. El señor cura, don Robustiano, Zancajos, los novios, el alcalde, la alcaldesa, los concejales de la comisión, el maestro, el sacristán y más una docena de personas de lo más selecto del lugar, ocuparon la larga mesa que se había preparado en la sala principal.--Los danzantes, los gaiteros, las cantadoras y cuanta gente se presentó allí, se posesionaron del corral, donde había, para el que menos, abundante ración de guisado, pan y vino... y arroz con leche.
El señor cura, como hombre previsor y cuerdo, se retiró muy pronto de la mesa, dejando á los convidados en completa libertad, después de haber brindado por la felicidad de los novios, á quienes dedicó muchos y sabios consejos. La presidencia que dejó vacante este buen señor fué ocupada por don Robustiano, que la aceptó con su característica gravedad. Pero toda ella no fué bastante á mantener en orden á las buenas gentes que le rodeaban. Rió, gritó y echó bombas Toribio; cantó el sacristán; largó tres discursos el alcalde; batió palmas la alcaldesa; _otorgaron_ tres veces los concejales, y el maestro, creyendo llegada la ocasión, después de pedir la venia á la cabecera de la mesa, leyó la composición que tantos sudores le había costado y decía así:
«_Versificación de epitalamio en doce pies de verso desiguales, conforme á reglas; discurrida por_ CANUTO PROSODIA, _maestro de instrucción primaria elemental de este pueblo, y dedicada á la mayor preponderancia, majestad y engrandecimiento de la ilustre_ DOÑA VERÓNICA TRES-SOLARES _y su excelso consorte_, DON ANTONIO MAZORCAS (_vulgo_ ANTÓN, _por apócope_), _hoy día de sus nupcias ó esponsales, 1.° de septiembre del año corriente de gracia_.
Salgan á luz los astros naturales Y las estrellas, Y cante la _rajuca_ en los bardales Y las miruellas; Que doña Verónica, pues, con don Antonio, En este día, Ya las nupcias contrajo, ó matrimonio, Con sinfonía.-- Que el cielo les derrame bendiciones Es mi deseo, Y que tengan los hijos á montones. Amén.--_Laus Deo._»
Mientras éstas y otras cosas pasaban arriba, en el corral se solazaba medio pueblo despachando tajadas de carne y jarros de vino, que era una maravilla. Dos carrales, ó pipas, de lo de Rioja, hacía la fuente, y á las tres de la tarde hubo necesidad de atizarla con otra cuba, porque se estaba apagando ya. De arroz con leche iban á la misma hora siete calderadas engullidas, y de las seis terneras no quedaba más que una pata.
Cuando ésta hubo desaparecido también, y se agotó la fuente y se rebañaron las calderas, se levantaron los tableros que habían servido de mesas, se retiraron los toldos que las amparaban del sol y comenzaron los músicos á darle á las cigüeñas de las gaitas. Esto y media docena de cohetes lanzados al aire, fué la señal del gran jaleo; quiero decir, de trepar á la cucaña y del baile general.
Lanzáronse á ello cuantos podían tenerse de pie, y los que no, panza arriba ó como su hartura y sus mareos se lo permitían, diéronse á relinchar y á victorear á los novios. Éstos, con una parte de los convidados de arriba, salieron entonces al balcón. Y digo que una parte de los convidados, porque los concejales, el maestro y tres comensales más, al ponerse de pie dieron en la manía de que el suelo se tambaleaba, y no habiendo razón que fuese capaz de probarles lo contrario, quedáronse donde estaban apurando unas botellas de Jerez con el buen fin de fortalecer el ánimo para arrostrar mejor la catástrofe que temían. En cuanto al sacristán, así que oyó la bulla del corral se empeñó en ir á echar un repique _musical_ que sabía para las grandes ocasiones; pero no vió logrados sus deseos, porque al ir á empuñar los badajos creyó que las campanas se volteaban solas, asustóse, perdió el poco aplomo que le quedaba, y contó uno á uno con la cabeza y las costillas todos los escalones del campanario.
Entre tanto, siguiendo la gresca en el corral de Toribio, dió la gente en pedir á gritos que «echara un baile» doña Verónica; apoyó Zancajos la pretensión, y no tuvo más remedio la nieta de cien señores «de primer lustre» que zarandearse un poco entre aquella turba de mocetones de buen humor. Mazorcas, Antón y la alcaldesa aplaudieron cada vuelta de la ruborizada Verónica; pero don Robustiano, que había tragado más bilis que chuletas durante la comida, al verse precisado á alternar allí con semejante _canalla_ y sintiendo colmada la medida de su paciencia con la nueva condescendencia indecorosa de su hija, tomó el sombrero y se largó á su casa, sin que hubiera ruegos ni súplicas que alcanzaran á detenerle.
--De todas maneras--dijo á Zancajos,--yo no había de dormir aquí...
--¡Cómo que no? ¡Y yo que le tenía á usted preparada la mejor habitación de mi casa!
--Mientras en la mía quede una teja que me ampare contra la intemperie, no han de reposar mis hidalgos miembros en el hogar ajeno. Te hago la justicia de concederte que es tu intención la mejor del mundo al brindarme con tu casa y al dedicar á mi hija el fausto que la dedicas hoy: aún más, te lo agradezco; pero no deben tus ambiciones llegar hasta el punto de pretender que yo autorice con mi presencia ciertos excesos y transija con otros resabios, incompatibles con mi carácter. Deja el tiempo correr, y entonces veremos si en mi propia casa me es dable aceptar de buen grado lo que hoy, de pupilo en la tuya, me sería intolerable. En el ínterin, la vieja vecina de siempre suplirá en la glorieta la falta de Verónica para aderezarme el frugal sustento. Y á Dios te queda.
No dijo más el inflexible solariego; pero me consta que cuando llegó al viejo pabellón le pareció éste un páramo inmenso, no obstante su pequeñez material; halló su recinto frío, y el color de las paredes más obscuro y triste que de costumbre. Intentando explicarse la causa de aquel fenómeno, fijó su vista en la parda estameña del abandonado vestido de Verónica, y dos gruesas lágrimas le escaldaron las mejillas. Protestó contra tamaña debilidad; mas le fué inútil el recurso, porque entonces vertieron sus ojos mares de llanto, y su pecho oprimido estalló en quejidos de angustia. Por primera vez cayó don Robustiano en la cuenta de que había en su naturaleza algo más que un sentimiento de admiración á su linaje. Treinta años pasados junto á Verónica no habían bastado á dárselo á conocer: un momento de soledad se lo evidenciaba. El orgulloso y fanático Tres-Solares notó en aquellos instantes supremos que la ausencia de su hija angustiaba más á su alma que la pérdida de su palacio blasonado. Jamás se hubiera atrevido á creerlo. Pero sus viejos resabios tenían hondas raíces en su pecho, y hallando en ellas fuerza bastante para resistir por entonces los impulsos del corazón, devoró rebelde su propia amargura en la triste soledad de aquel recinto, antes que ir al ajeno á buscar el consuelo que tanto necesitaba.
No obstante, su llanto no fué estéril: la cuerda más sensible de aquella alma había vibrado ya, y sus ecos misteriosos hallaron pronto y cariñoso refugio en el corazón.
Cuando la humana naturaleza sufre tales sacudidas, el tiempo sólo basta ya para conducir el vacilante espíritu al término que anhela, al centro que necesita.
Nada dijo Mazorcas á Verónica de la retirada de su padre; por el contrario, y con el fin de no turbar la alegría de la recién casada en un momento tan crítico, al notar aquélla la ausencia de don Robustiano, la hizo creer que éste se había recogido á descansar en la habitación que se le tenía allí preparada.
Siguió, pues, la boda tan animada como al principio; y llegó la noche, y se encendieron hogueras en el corral, y continuó la gente danzando y riendo hasta cerca de las diez. Entonces dió Toribio espita á un barril de exquisito aguardiente, y con esta _sosiega_ despidió á la muchedumbre, que bien necesitaba ya el reposo de la cama. Hubo cantares y música otra vez, pero con una desafinación insoportable; vivas y plácemes á los novios, á don Robustiano y á Toribio; despertaron los concejales, el maestro y comparsa, que roncaban sobre la mesa de la sala; desalojóse ésta, quedó el corral desierto, recogióse lo que se pudo de la cacharrería y demás zarandajas del festín de abajo, fuéronse las guisanderas, volvió á reinar el orden y el silencio en casa del rico jándalo, retiróse éste discretamente, y...
El que quiera saber más que vaya á Salamanca; pues yo hago aquí punto y tiendo, como dicen los novelistas finos, un velo sobre los restantes acontecimientos de aquel día de imperecedera memoria entre los vecinos del consabido pueblo, de cuyo nombre, vuelvo á repetirlo, no quiero ni debo acordarme.
VI
Al llegar aquí y á punto de dar fin á la presente historia, necesito que el lector suponga que han pasado ocho años desde los sucesos que dejo referidos. Hecha esta suposición, vuelva los ojos hacia las personas y las cosas de que venimos tratando, y mucha será su penetración si al primer vistazo las conoce.
El palacio es ya digno de tan pomposo nombre por fuera, por dentro, por arriba y por abajo.
El solar se ha convertido en huerta de ricas y variadas frutas y en ameno y delicioso jardín, y ya no le cierra la pared apuntalada y cubierta de malezas, sino un sólido muro que, á la vez que de resguardo á lo cercado, sirve de base á una elegante verja que permite al transeúnte recrear la vista con lo que está vedado á su mano.
La cintura de castaños es un hermoso parque bordado de caprichosos senderos y macizos de flores y tupido de césped.
La antigua media torre almenada es un anchísimo mirador de cristales; la glorieta una sala de verano; la teja-vana de enfrente, mitad invernáculo, mitad pajarera, y así todo lo demás; porque Toribio se había propuesto, como dijimos, hacer una gorda, y lo cumplió transformando el antiguo caserón solariego en una morada provista de cuantas comodidades pudiera exigir en el campo el gusto más exquisito.
¡Pues dígole á usted los moradores del improvisado Edén!
Antón es un señor bastante grueso que se pasa el día corriendo de hacienda en hacienda, aquí dirigiendo la siega, allá inspeccionando la cabaña, más allá la poda de un monte, en el otro lado la construcción de una nueva casa de labranza, aquí riñendo á un colono holgazán, allí remunerando la laboriosidad de otro, etc., etc. Siempre va tarde á comer á casa, por más que se propone lo contrario, pero nunca de mal humor; y el mayor desahogo que se permite, al desplomarse rendido en un sillón mientras se enfría un poco la sopa, es un par de resoplidos al aire y otro de besos en cada mejilla á dos chiquitines, rubios como el oro, rollizos y frescos como unas mantecas y sanos como corales, que le acometen apenas se sienta, y trepan sobre sus rodillas, y le sueltan el chaleco, y le aprietan la garganta, y se le encaraman en los hombros, y le aturden y le embriagan á embestidas, abrazos y pisotones.
Verónica es una matrona ágil y risueña que se mira en los ojos de Antón. Tiene sobre sí el peso de la dirección interior de la casa, y después de atender, como ella lo hace, con afanoso deleite á tan sagradas ocupaciones, apenas le queda una hora que consagrar á su mayor delicia: ver á sus dos hechiceros diablillos correr por el jardín ó por la castañera. No ha querido salir un instante fuera de los términos del pueblo, como Toribio deseaba, para que conociera un poco el mundo. Para ella el mundo es aquel rincón donde ha nacido, donde están sus hijos, Antón y cuantas personas y objetos le son caros.
El único pesar que le aqueja es la consideración de que algún día, y no lejano, tendrá que separarse de sus pimpollos para darles una educación que allí no pueden recibir, si su padre y sus abuelos no se resuelven, como ella desea y ellos no quieren, á que sean unos señores labradores, como lo es su padre.
Toribio, un poco más cano y _caído de voz_ que antes, es el mismo de siempre: risueño, bromista y cariñoso. Tan pronto como conoció que su hijo era tan capaz como él para dirigir el belén de sus propiedades, encomendóselas con la mejor gana y se consagró pura y exclusivamente á saborear los goces de la familia, para lo cual contaba con un corazón de perlas.