Part 1
NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
El proyecto está dedicado a la memoria de Chris Sapo.
En la versión de texto sin formatear, el texto en cursiva está encerrado entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en versalitas se representa en mayúsculas como en VERSALITAS. El texto precedido por el signo ^ simboliza un superíndice, mientras que el texto precedido por el signo _ simboliza un subíndice. Por ejemplo ^4/_{5} debe interpretarse como ⁴/₅.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.
La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido añadida al dominio público.
El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.
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OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA
DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
TOMO VI
TIPOS Y PAISAJES SEGUNDA EDICIÓN
MADRID VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1897
_Es propiedad del autor._
[Ilustración]
ÍNDICE
Página
Prólogo, advertencia, preludio... ó lo que ustedes quieran 5
Dos sistemas 17
Para ser buen arriero 49
El buen paño en el arca se vende 93
La romería del Carmen 111
Las brujas 147
Los chicos de la calle 199
Blasones y talegas 217
Los baños del Sardinero 335
Ir por lana 353
Al amor de los tizones 395
Un tipo más 427
Pasa-calle 461
[Ilustración]
[Ilustración]
PRÓLOGO, ADVERTENCIA, PRELUDIO... Ó LO QUE USTEDES QUIERAN
_El asunto es que algunos de mis paisanos, muy pocos, afortunadamente, han creído hallar en más de una página de mis_ ESCENAS MONTAÑESAS _motivo suficiente para que se sobrexcite y alarme su amor patrio; y que yo, que me guardaría muy bien de rebelarme contra el fallo del más incompetente crítico, á quien se le antojase apreciar aún en menos de lo poco que vale mi chirumen, como buen montañés, amante fervorosísimo de mi bella patria, no puedo, ni debo... ni quiero resignarme á no oponer algunos reparos á los escrúpulos patrióticos de los mencionados señores, antes de darles á conocer esta segunda serie de_ ESCENAS, _en las cuales, juzgándolas con el criterio con que juzgaron á las primeras, han de hallar nuevas causas de resentimiento contra mi pluma, y, por consiguiente, contra la intención que la ha guiado._
_El cargo que se me hace (y, por cierto, entre piropos que siento no merecer) es la friolera de haber_ agraviado _á la Montaña, presentando á la faz del mundo muchos de sus achaques peculiares, y hasta en son de burla algunos; es decir, con delectación pecaminosa_.
_Confieso que no ha podido hacérseme una imputación más cruel, ni más injusta, ni que más me lastime. Cruel, porque lo fuera, aun siendo muy notoria la perversidad del alma de un hijo, acusarle de ser capaz de hallar deleite en burlarse de su propia madre; injusta, por lo que vamos á ver._
_De dos maneras puede representarse á los hombres: como son, ó como deben ser. Para lo primero, basta el retratista; para lo segundo, se necesita el pintor de genio, de inspiración creadora. Concedo sin esfuerzo que el mérito de éste es superior, en absoluto, al de aquél; pero que, tratándose de_ dar á conocer _á un individuo, haya de representársele_ como debe ser _y no_ como es, _no lo concedo aunque me aspen_.
_Retratista yo, aunque indigno, y esclavo de la verdad, al pintar las costumbres de la Montaña, las copié_ del natural; _y como éste no es perfecto, sus imperfecciones salieron en la copia_.
_Á este modo de pintar es á lo que se ha llamado, por algunos montañeses_, delito de lesa patria.
_Un pintor del riñón de Castilla se decide un día á copiar en el lienzo á su país; pero tiende por él la vista, y observa que el suelo es árido y monótono; que no le cruza un mal arroyo, ni le sombrea un árbol, ni le limita una montaña; teme que la representación de aquella sábana de tierra calcinada y de cardos agostados infunda un sentimiento de repulsión en el ánimo del observador del cuadro, y que por éste se adquiera mala idea de la poesía del famoso granero de España; y sin pararse en barras, copia, de todo lo que ve, un grupo de casas que no ofrecen mal aspecto, dos recodos de una era, media docena de borregos y una mula, y echa por en medio un río como el Misisipí que baja de unas montañas como los Andes, y adorna las orillas con sauces y naranjos, y tapiza el suelo con flores y césped, y hasta le puebla de zagales, cuyos modelos busca en un abanico. En seguida escribe debajo_: «Panorama de Amusco», _y expone el paisaje al público como un_ cuadro de costumbres castellanas. _¿Sería este sistema de_ retratar _la naturaleza más patriótico que el mío? Sería lo que ustedes quieran; pero el sentido común siempre vería en un cuadro tal, con semejante rótulo, un embuste ridículo, una mentira bien ociosa._
_Otro caso.--Un señor, que sería el tipo de la hermosura si no tuviera un ojo huero, y una verruga en la nariz, y un lobanillo en la frente, y una cicatriz en los labios, va á_ retratarse; _pero el retratista, por amor al modelo, ó por adularle quizá, no reproduce en el lienzo ni el ojo huero, ni la verruga, ni el lobanillo, ni la cicatriz: antes al contrario, pinta dos ojos como dos luceros, y hasta exagera la corrección de los demás detalles de la cara. Concluida así la obra, quiere sorprender con ella á los deudos y amigos del retratado: examínanla atentamente, admiran todos la belleza del modelo; pero ninguno de ellos le conoce. ¿Puede el retratado, sin ser tonto de remache, deleitarse contemplando la supuesta imagen suya?_
_Pues bien: supongamos ahora que yo hubiera tenido ingenio bastante para componer un libro de leyendas poéticas y edificantes, llenas de madres resabidas y sentimentales, de padres eruditos y elocuentes, y de hijos galanes, trovadores y sensibles como los pastores de la_ Galatea; _quiero imaginarme que, al pintar el concejo de mi tierra, hubiera arrojado de él al tío_ Merlín, _y puesto por tema de discusión, en vez del que allí se ventiló bajo la impresión de una suspicacia casi estúpida y de una malicia lamentable, tal cual égloga de Virgilio ó artículo del_ Código penal, _como para una asamblea de académicos escrupulosos ó de sabios legisladores; supongamos que, en lugar de exhibir á la familia del tío_ Nardo _vendiendo hasta las tejas para_ echar á América _al niño_ Andrés _con la esperanza de verle tornar un día rico é influyente, sin hacerse cargo de los infinitos ambiciosos montañeses que han perecido hambrientos y abandonados en aquellas regiones, hubiera pintado un indiano poderoso en cada casa, arrojando sin cesar talegas de onzas por la ventana y atando los perros con longaniza; supongamos también que, en vez del sencillo mayorazgo_ Seturas, _hubiera presentado un patriarca venerable explicando, bajo los bardales de una calleja, las maravillas de la botánica y de la astronomía, deteniéndose extáticos, ante la majestad de su palabra, los tardos bueyes, los fieles canes y los rizados borregos; supóngase asimismo que, en lugar de admitir como base del carácter del campesino montañés el_ puntillo _y la suspicacia_, _causa de tantos males en este país_, _donde todos los días es una verdad el paso de_ Las Aceitunas _del buen Lope de Rueda, le hubiera poblado de hombres infalibles y longánimos, sin más tribunales que el de la penitencia, ni otras leyes que las del Decálogo; supongamos, además, que, en lugar de_ Cafetera _y de la nuera del tío_ Bolina _y de otros personajes_ ejusdem farinæ _que andan por el libro, hubiera presentado algo parecido á los marineros que bailan en el teatro la_ tarantela napolitana_, y á las bateleras del_ demi-monde _en las regatas del Sena; supongamos, en fin, que yo hubiera sido capaz de crear un país y un paisanaje con todos los primores que caben en la naturaleza y en la humanidad, y de sacar á la plaza pública esa creación con el título de_ ESCENAS MONTAÑESAS: _¿qué hubieran dicho entonces de ella esos mismos señores á quienes dedico estas líneas? De fijo:--«Hombre, esto es muy bueno sin duda; pero tiene tanto de montañés como nosotros de turcos»._
_Supongamos, si no, que, sin añadir en el retrato una sola belleza á las que tiene el original, me hubiera limitado á presentar las más libres de toda mácula local y, por ende, semejantes en todo á las de todos los pueblos sometidos al régimen estricto de la nueva civilización. Entonces hubieran dicho mis escrupulosos censores:--«No encontramos en este libro á nuestro vecino, ni á nuestro concejo, ni la escuela en que aprendimos á leer, ni las fiestas de nuestros santos patronos, ni la_ rioja _de nuestras tabernas, ni á los pescadores de nuestra costa, ni el maíz de nuestras mieses, ni las deshojas del maíz, ni el aire, ni el sol de nuestra hermosa campiña... Lo que aquí pasa, pasa también en cualquiera otra provincia de España, y estas costumbres lo mismo pueden llamarse montañesas que palentinas»._
_Y en ambos casos habrían desdeñado el libro, y éste no hubiera corrido de mano en mano todos los rincones de la Montaña, ni á sus personajes se les hubieran abierto todas las cocinas montañesas, como á_ gente de la casa, _señal infalible de que es bueno el retrato en cuanto al parecido, por más que, como obra mía, no luzca primores de arte._
_Pero supongamos ahora, y no es poco suponer (¡y vuelta á las suposiciones!), que los susodichos mis paisanos me conceden que todas las imperfecciones fisonómicas que aparecen en el cuadro existen en el original, y que al copiarle, con la mejor intención del mundo, me limité á cumplir estrictamente mi cometido de retratista escrupuloso; todavía me dicen:--«Si creías que no podía hacerse de la Montaña un retrato de color de rosa, ¿para qué la retrataste? Y si la retrataste, ¿para qué expusiste al público el retrato?_».
_La retraté, señores míos, cediendo á una tentación más fuerte que mi voluntad: la misma que obliga al poeta á cantar á la naturaleza, y al músico á robarle sus dispersas armonías; impulso irresistible, incontrastable, quizá más que el que lanzó á algunos de vosotros hasta el otro lado del Atlántico en busca de soñados torrentes de acuñadas peluconas. Y le expuse al público, porque no juzgué ni juzgo á ningún español tan mentecato, que sea capaz de creer á su país exento de achaques tan gordos como los que yo cito del mío, ni tan tonto que, si los concediera, se forje la ilusión de que el vecino no los ha visto; le expuse al público, porque muchos de los vicios que pregona apenas excitan la compasión, algunos la risa, y los más el escasísimo interés que haya podido prestarles el esmero, ya que no la destreza del pintor, y porque el más grave de ellos es, á Dios gracias, mucho más leve que el más insignificante de los consignados en la estadística_ viciosa _de cualquier otra provincia de España; le expuse al público como se expone un cuadro de fotografías que ni son obscenas ni injurian á nadie: para que las vea aquel caballero y las juzgue... y las compre, si es posible; le expuse al público, en fin, en la confianza de que, aun en el caso de tropezar con jueces tan aprensivos, tan quisquillosos... tan_ montañeses _como ustedes, podría responder, en abono de mi intención inmejorable:--«Creo, con la mano sobre mi corazón, que exhibiendo resabios y picardías como las de tío_ Merlín, _desdichas y miserias como las de la familia del_ Tuerto, _preocupaciones funestísimas como las de la de tío_ Nardo, _etc., etc., y poniendo á su lado estimables cualidades y méritos que no faltan en otros personajes del libro, se prueba mejor el patriotismo que con ostentosos vanos alardes de tan noble virtud; y que la Montaña perdería menos oyendo á los que, como yo, entre himnos entusiásticos á sus bellezas, dedican una cariñosa censura á muchas de sus_ curables _imperfecciones, que á los que transigen con todas ellas á trueque de que nadie las vea»._
_En cuanto al estilo más ó menos irónico, más ó menos alegre de la obra, ¡qué diablo! no es ella ninguna colección de elegías ni de sermones de Ánimas; amén de que cada hombre tiene el que Dios le concedió, y yo, al usar el que bajo este título me pertenece, malo y todo, le he creído preferible, por mío, al mejor de los prestados._
_Y aquí debiera poner fin á este proemio, asaz enojoso para mí por el fin que lleva; mas no quiero dejar la pluma sin resarcirla del disgusto de escribirle, dedicándola un instante á más placentera ocupación.--Sírvame, pues, en este momento, no del todo inoportuno, para dar un público testimonio de mi gratitud profunda á mi querido amigo Antonio de Trueba, cuyo solo nombre, puesto al frente de mi libro, embelleció sus innumerables defectos al ser admitido, no de mala gana, en la república literaria española; al inimitable autor de las_ Escenas Matritenses; _al insigne poeta y sabio crítico, D. Juan Eugenio Hartzenbusch; al malogrado ingenio que dejó, por huella de su paso por el mundo, el monumento literario_ Ayer, Hoy y Mañana, _y á otros escritores no menos discretos, y á la prensa periódica en general, cuyas felicitaciones conservo como prendas de inestimable valor; no porque de ellas me juzgue digno, sino porque las considero como otras tantas manos cariñosas que estrecharon la mía al acercarme por primera vez á una región donde la censura de los doctos enerva y el desdén mata._
_Otra deuda no menos sagrada, que también quiero pagar, tengo con el público, especialmente el de la Montaña, que, aceptando mi buena intención y dispensándome los pecados de inexperiencia ó de incapacidad, acogió las_ ESCENAS _con una benevolencia que jamás me hubiera atrevido á esperar._
_¡Quiera Dios que, al dar á luz esta segunda serie, no se arrepientan, público y escritores, de haberme aplaudido la primera!_
Enero de 1871.
[Ilustración]
[Ilustración]
DOS SISTEMAS
I
Se fué á la Habana en 1801, en el sollado de un bergantín, entre otros cien muchachos, también montañeses, también pobres y también aspirantes á capitalistas. Unos de la fiebre amarilla, en cuanto llegaron; otros de hambre, otros de pena y otros de fatigas y trabajos más tarde, todos fueron muriendo poco á poco. Él solo, más robusto, más animoso ó más afortunado, logró sobreponerse á cuantos obstáculos se atravesaban delante de sus designios.
Treinta años pasó en la obscuridad de un roñoso tugurio, sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentado, con el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos. Una sola idea extraña á la que le preocupaba, que con ésta se hubiese albergado en su cerebro, le hubiera quizá separado de su camino.
Creo que fué Balmes quien dijo que el talento es un estorbo cuando se trata de ganar dinero. Nada más cierto. La práctica enseña todos los días que, sin ser un monstruo de fortuna, nadie la conquista luchando á brazo partido con ella, si le distrae de su empeño la más leve preocupación de opuesto género. De aquí que no inspiren compasión los sufrimientos del hombre que aspira á ser rico por el único afán de serlo. En el placer que le causa cada moneda que halla de más en su caja, ¿no está bien remunerado el trabajo que le costó adquirirla? ¡Ay del desdichado que busca el oro como _medio_ de realizar empresas de su ingenio!
No le tenía muy pronunciado el mozo en cuestión, por dicha suya. Así fué que, dándosele una higa porque á sus oídos jamás llegara una palabra de cariño ni á su pecho una pasión generosa, echó un día una raya por debajo de la columna de sus haberes, y se halló dueño absoluto de un caudal limpio, mondo y lirondo, de cincuenta mil duros; sumó después los años que él contaba, y resultaron cuarenta y cinco.
--¡Alto!--se dijo entonces,--reflexionemos ahora.
Y reflexionó.
He aquí la substancia de sus reflexiones:
En la situación en que se hallaba podía dando más amplitud á sus especulaciones, aumentar considerablemente el caudal; pero se exponía también á perderle: además, le habían conocido allí ciruelo, y no le prestarían la consideración á que se juzgaba acreedor. Lo contrario le sucedería en su pueblo natal, donde pasaría por un Nabab, llevándose el respeto y las atenciones de sus paisanos; pero ¡eran éstos tan pobres! Iban á saquearle sin piedad. Por otra parte, habiendo muerto ya sus padres, á quienes en vida socorrió largamente, ¿qué atractivo podían tener para él los bardales de su aldea? Establecerse en Santander ya era distinto: esta ciudad, que al cabo era su país, le brindaba con ocasiones de especular, si quería; de figurar, en primer término, entre los más encopetados señores, y, sobre todo, de casarse con una señorita joven y _fina_, único lujo de ilusiones que se había permitido su imaginación en los treinta años de _cadena_, sufridos detrás del mostrador.
Como buen montañés, sentía muy vivo en su pecho el santo amor á la patria, y no vaciló, conste en honra suya, para adoptar una resolución definitiva.
Ésta fué la de trasladarse, por de pronto, á Santander con cuanto le pertenecía; y al efecto, escribió pidiendo los necesarios informes acerca del estado de la plaza.
Ateniéndose con fe á la contestación, que procedía de persona de reconocida formalidad, invirtió su dinero en azúcar y en café; fletó un bergantín, cargóle, y después se embarcó en él, resuelto á hundirse con su caudal en el Océano, si estaba escrito que el fruto de tantas privaciones no había de llegar á seguro puerto.
Pero lejos de hundirse, hizo uno de los viajes más rápidos que se hacían entonces: cincuenta días tardó, nada más, desde el castillo del Morro al de San Martín.
Personas que, al fondear el buque enfrente de la _Monja_, le vieron de pie sobre la toldilla de popa contemplando afanoso el panorama que se desenvolvía ante sus ojos, aseguran que era bajo de estatura, ancho de espaldas y de pies planos y juanetudos; el color de su cara, moreno pálido y algo reluciente; los pómulos destacados, los ojos pequeños y hundidos, los labios gruesos y mal cerrados, y las cejas espesas; la cabeza, en conjunto, redonda como un queso de Flandes, pero de mayor diámetro que el más grande de éstos; el pelo corto, espeso y áspero; la barba rapada á navaja, menos un mechón, entre mosca y perilla, que le colgaba del labio inferior, y una especie de barboquejo de largos pelos que le defendía el cuello de la camisa de los punzantes cañones de la sobarba. Sobre el pelo llevaba un jipi-japa, y arrollado al pescuezo, un pañuelo de seda de cuadros rabiosos. Vestía levita negra de orleans, y pantalón y chaleco de dril blanco, destacándose sobre el último gruesa cadena de oro, y calzaba holgados zapatos de charol.
Y es cuanto tengo que decir al lector acerca de don Apolinar _de la_ Regatera, desde que salió impúbero de la choza paterna, hasta que llegó de retorno de la Habana, casi viejo, á la bahía de Santander.
Hallábase este mercado á la sazón á plan barrido, como decirse suele, en punto á azúcares y cafés. Súpose en breve lo del arribo de estos artículos por el bergantín fletado por don Apolinar; llovieron demandas sobre éste, y sin dejarle desembarcar siquiera, arrebatáronle el cargamento al precio á que quiso cederle.
De este modo el caudal de Regatera, mejorando, como los vinos, con el _mareo_, salió de la Habana como un millón, y al desembarcar en el muelle de Santander, apenas podía revolverse en setenta talegas.
El _salto_, pues, á tierra de don Apolinar, hizo más ruido en el pueblo que el que han hecho en el mundo los saltos más célebres, desde el de Safo en Leúcade hasta el de Alvarado en Méjico y los de Leotard en los trapecios de su invención. Su entrada en Santander, á la vez que un negocio, fué un triunfo. La plaza le saludó con todos los honores, batiendo á su paso el cobre de las cajas más repletas, y abriéndole de par en par salones y gabinetes. El vulgo se conmovió también con tanto ruido, y en mucho tiempo no conoció al afortunado intruso por otro nombre que el de _el indiano del azúcar_.
II
No era lerdo el tal cuando se trataba del vil ochavo. Aceptó de buena gana la consideración que se le daba por aquella plutocracia de tradicional severidad, y se propuso utilizar el arma para llegar más pronto con su auxilio al fin á que se dirigía.
Merced á tan favorable coyuntura, no tardó en conocer perfectamente el terreno que pisaba.
Santander era una aldea grande, con casas muy viejas y calles muy irregulares, donde el _confort_ no se conocía ni se echaba de menos. Los hombres de quienes tomaba su prestigio é importancia la plaza famosa del mar cántabro, no levantaban media línea más que él, ni procedían de otro origen más preclaro: indianos más ó menos antiguos; sencillos en sus gustos, vulgares en sus formas, afanosos, pero nobles, en su profesión, ricos casi todos, é ignorantes sin casi, como se dejaba ver en la sencillez _primitiva_ de la población cuyo sostén y principal objeto eran ellos mismos. Verdad es que eran muy orgullosos, más que orgullosos, ásperos, desabridos; pero también es cierto que este resabio sólo se dejaba sentir contra la gente de poco más ó menos, y hasta se trocaba en impertinente amabilidad cuando se trataba de un caudal bien cimentado, de lo que podía certificar él mismo.
Sin riesgo, pues, de deslucirse, antes con muchas probabilidades de preponderancia, podía terciar como uno de tantos en aquel juego en que, con un poco de serenidad y de prudencia, se ganaba siempre.
Formada su resolución, hizo una visita á su pueblo, distribuyó algunos miles de reales entre sus paisanos, y se volvió á la ciudad donde tan importante papel hacía y quedaba algo que, aparte de su proyecto citado, le escarabajeaba en la mollera y tal vez en el corazón.
Este algo era la sexta hija de un rico colega suyo: una joven blanca como una azucena, _fina_ como una seda y sosa como un espárrago. Vióla don Apolinar cuando su padre le llevó á comer á su casa; halló en ella el tipo de sus ilusiones... y no quiso saber más. Pidió su mano, concediéronsela los papás desde luego, y todos los que querían á la favorecida se alegraron: todos... menos uno. Éste era un joven jurisconsulto, de ingenio nada escaso, que seguía desde mucho atrás las huellas á la beldad en cuestión, habiendo recibido de ella más de tres sonrisas y de trescientas miradas, lo cual no era poco en un carácter semejante. Pero la firma del pobre abogado no se cotizaba en el _bolsín_, y el padre de su ídolo, que sabía esto... y lo otro también, no sosegaba un punto. Júzguese del placer con que oiría las proposiciones del nuevo pretendiente. En cuanto á la pretendida, no mostró hacia ellas la menor repugnancia; y se explica, aunque parezca que no: era el candidato _indiano rico_, y los novios de esta madera siempre fueron aquí de moda; y yendo á la moda una mujer, va muy á gusto, aunque lleve á cuestas un borrego.