Tipos trashumantes: cróquis á pluma

Part 7

Chapter 74,238 wordsPublic domain

A cuyas preguntas jamás han dado las interrogadas una respuesta satisfactoria; porque, a decir verdad, no están ellas en el asunto mucho más enteradas que los preguntantes. Y bien sabe Dios que hacen todo lo posible por ajustar a sus amigas las cuentas al menudeo; pero sea porque el asunto es harto sencillo y no necesita explicaciones y está a la vista, o porque realmente hay malicia para disfrazarle, es lo cierto que las de Madrid no acuden al interrogatorio con la claridad que desean las de Guerrilla.

--Dichosa de ti --dicen éstas a Ofelia en sus frecuentes confidencias con ella--, ¡dichosa de ti, que puedes vivir en la Corte con todas las ventajas que te dan tu posición y tu figura!

--No tanto como creéis --contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.

--¡Ay! no me digas eso... Di que Dios da nueces... Aquí te quisiera yo ver todo el año.

--De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí el tiempo; pero de esto a lo que vosotras pensáis...

--¡Madrid! con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola, ¿verdad?

--Psé... Como no sea alguna vez que voy a la parada con mamá...

--¡A Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.

--Ni se _arrepara_ en ellos, chicas... La última vez que fuimos se empeñó el coronel _entrante_ en que tomáramos asiento en el pabellón...

--Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.

--Claro está que no.

--Uf, ¡qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te sucedan ciertas cosas.

--¿Qué cosas?

--Por de pronto, aburrir a tus proporciones, y hacerlas creer que las desprecias; que es lo mismo que si las tiraras por la ventana... Ya ves cómo lo creyó aquel de quien nos hablabas ayer...

--¡Mira qué ganga!... Un simple _catredático_.

--Ya se ve, ¡como tienes otros adoradores de alto copete!

--No lo dirás por el _comendante_ que me echó la carta por debajo de la puerta.

--Ya sabes tú que voy por más arriba.

--Por el Marqués de la esquina, ¿eh?

--¿Se llama así?

--No, pero vive a la esquina de la calle, dos puertas más abajo que nosotros..., como vive un Duque tres puertas más arriba, y un Marqués enfrente.

--De modo que en tu calle todos sois personajes.

--Eso sí.

--¡Qué gusto! Y lo del Marqués ¿será cosa hecha?

--Psé... Hay poco que fiar, si os he de decir la verdad; no porque él no esté bien apasionado, sino porque como en Madrid hay tantas proporciones, y cambia una tantas veces de parecer... Esto nació del teatro Real... Como es muy amigo de papá, me acompañó hasta casa a la salida. Después me ha visitado muchas veces, y siempre ha tenido alguna cosa que decirme al oído.

--Y tú, ¿qué le has contestado?

--Que se lo diga a papá.

--¿Ve Vd.? ¿A que desprecias también esa proporción?

--Allá veremos.

--Ay, ¡qué sangre de chufas!... ¿De modo que vas muy a menudo al Real?

--Bastante.

--Estarás abonada.

--No quise que se abonara papá a turno con las _Consejeras_ del principal: ellas bien me lo rogaron; y desde entonces, porque no lo tomaran a desprecio, no me he abonado nunca.

--¡Buenas estarán aquellas funciones! ¡Qué concurrencia habrá allí!

--Mucho personaje... toda la Corte... y muchísimo título; pero de confianza.

--Como que os conoceréis todos.

--La mayor parte son íntimos de papá.

--¿Por qué no tiene título tu papá?

--Porque, como él dice, está por lo positivo.

--¿Tendréis carruaje?

--¡Como hay tantísimos de alquiler!...

--Es verdad.

--Por supuesto, que te escribirás con el Marqués.

--Anda, curiosa, picarona, ¿quieres saber tanto como yo? Esas cosas no se dicen, ¡ea!

Y con esto, o algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la preguntona, corta Ofelia el interrogatorio a que todos los días se la somete, y cambia de conversación.

Entre su madre y Doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.

--¿Y cómo no se anima su esposo de Vd. a acompañarlas algún verano? --pregunta a la de Madrid la coronela.

--Porque no puede, Doña Calixta.

--¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!

--Pues por lo mismo. Usté no sabe, Doña Calixta, ¡qué bregas y qué _laberientos_ trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya se lo digo yo bien a menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué comer!»

--Lo mismo me pasa a mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene Vd. metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy que está levantando la presa de una fábrica de harinas; mañana que va a los cierros con un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después, que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los albéitares; cuándo que los colonos; cuándo que el administrador... ¡Nunca jamás tiene un día para ver a su familia!

--«Pero, hombre --le he dicho algunas veces--, sacrifica media semana siquiera para saludar a estas señoras tan buenas y que tanto nos quieren»... Como si callara, Carmelita...

--Pues sucediéndole a Vd. eso con su esposo ¿cómo le extraña a Vd. que el mío no nos acompañe jamás?

--Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.

--¡Mucho más, D.ª Calixta! Figúrese Vd. que mi esposo no tiene hora libre. Estamos almorzando: carta del Ministro de Hacienda para que se vea con él inmediatamente; nos sentamos a comer: volante del Gobernador que tiene que hablarle _de continente_; vamos a salir al Prado, o a la Castellana, o al teatro, o al baile de Palacio, es un suponer; pues el diputado, o el ayudante del general, o el diablo, está ya a la puerta para que se vea en el _azto_ con el presidente de las Cortes, o con el Capitán general, o con el director de Beneficencia, sobre que la contrata, o el suministro... Le digo a Vd. que él podrá ganar buenos caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos días tiene un humor que tumba de espaldas.

--¿Y por qué no tiene un hombre de su confianza en quién descansar?

--Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará a su esposo de Vd.

--Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios ¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para una hija sola que tiene...

--Cierto es eso; pero los negocios, parece ser que están enredados unos con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se quiere... Y si no, pregúnteselo Vd. al coronel.

--En verdad que algo de eso suele decirme a mí Guerrilla cuando le llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de su familia.

--Pues velay, usté.

--Ya, ya; ya me hago cargo.

Y por más vueltas que dan la madre y las hijas a sus interrogatorios, no sacan otra cosa en limpio las de D.ª Calixta, con respecto a la verdadera posición social de sus amigas de Madrid.

Algo pudiera decirlas yo que les ahorrara más de la mitad del camino para llegar al asunto: pero ¡vaya Vd. a ponerlo en sus bocas! Toda la veneración que sienten por Ofelia, no alcanzaría a impedirlas que se lo contaran, _en secreto_, al primero que les manifestara el mismo afán que ellas tienen hoy. Y que ese _algo_ no debe publicarse después de haber ellas mismas ensalzado tanto la prosapia de Ofelia, es indudable. Y si no, que lo diga el imparcial lector, a quien hago juez en el asunto. Trátase de una carta que las de Madrid se dejaron olvidada debajo de la cama, en la casa de huéspedes que habitaron el verano pasado: carta que llegó a mi poder, no diré cómo, y dice así:

«Mi más querida esposa Carmelita, y amadísima hija Ofelia: Sus escribo la presente para decirvos que estoy bueno de salú, y para que me digáis cómo anda la vuestra; pus va diquiá dos semanas que no recibo carta de vusotras. De paso sus alvertiré que, como la lezna no entra por onde señala, lo de la contrata de zapatos para el Hospicio no salió esta vez como las otras; y gracias que lo cuento en mi casa. Paece de que antier volvieron los chicos descalzos al establecimiento, porque a resultas de la lluvia, se reblandeció el cartón de la suela, y se descubrió el ajo. Diréis que cómo otras veces ha pasado el engaño, y ahora no. Sus diré a eso que, en primer lugar, esta vez, por guitonada de los oficiales, no se dio bien al cartón el unto que sabéis y con el que aguantaba un zapato siquiera tres posturas (no mojándose en la segunda); y después porque ya no está allí el encargado de enantes, que además de recibir la obra por buena, echaba a los chicos la culpa de la avería, cuando se le quejaban de ella. Tomó cartas ahora el Administrador, y me baldó. Por buena compostura, he consentido en perder todo el valor de lo entregado; que, por fortuna, de cartón era ello y de badana. ¡Bien haya los sofocos que me di cortando pares en el mostrador! ¡Y yo que pensaba calzar a medio ejército de tropa, por lo que, como sabéis, tenía echado un memorial en el menisterio! Me temo que lo del Hospicio no me ha de favorecer nada para el caso. Y lo peor es que por atender con todos mis operarios a la tarea, los parroquianos de fino han estado mal servidos, y algunos me dejan.

»A todo esto, sus diré que el Marqués de la esquina se ha casado en Alicante, con una viuda rica y vieja, para salir de trampas. Bien sus decía yo que estaba más tronado que una rata, y también sus dije que me debía los botitos de dos años; y ahora sus diré que además me debía siete duros que me pidió una noche al pasar por la tienda, porque no llevaba suelto. Cuando venga le pasaré la cuenta de todo; y si paga, que no pagará, eso saldremos ganando... ¡y gracias que no nos debe más, que bien hubiera podido ser! No hay que pensar en estos Marqueses que soban mucho a los artistas que tenemos hijas guapas.

»Esto me alcuerda que ya van cinco veranos que veraneáis en esa, sin el menor apego de _indiano_, como sus figurestes. Con un par de negocios como el del Hospicio, sacabó la tela y, como el otro que dice, el veraneo de moda. Mucho sus quiero, pero no sé si podréis ripitir.

»Venisius pronto, que ya me hacéis falta para el ribeteo en fino: alcordarvos de que pierdo dinero pagando, más de mes y medio, oficialas que hagan vuestra labor.

»Tocante a lo demás, devertisius mucho, pues bien sabéis sus ama y sus estima vuestro esposo rendido y amante padre,

»CRISPÍN DE LA PUNTERA.»

EN CANDELERO.

--«Que va a Alicante; que prefiere a Valencia; que acaso se decida por Barcelona.

--»Que ya no va a Barcelona, ni a Valencia, ni a Alicante; porque viene a Santander.

--»Que ya no va a ninguna parte.

--»Que le son indispensables los baños de mar, y que tiene que tomarlos.

--»Que se decide por la playa del Sardinero.

--»Que vendrá en julio; que acaso no pueda venir hasta principios de agosto; que lo probable es que ya no venga hasta muy cerca de setiembre.

--»Que ya no viene ni en julio, ni en agosto ni en setiembre.

--»Que, por fin, viene, y se cree que se hospedará en una fonda del Sardinero.

--»Que es cosa resuelta que llegará el tantos de julio, y que no se hospedará en el Sardinero, sino en la ciudad.

--»Que no se sabe si le tendrá en su casa el Marqués de X, o el Conde de Z, o D. Pedro, o D. Juan, o D. Diego.

--»Que resueltamente se hospedará en casa del Sr. de Tal.»

Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten, rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares, desde mayo a fin de julio, casi en cada año, refiriéndose a alguno de los personajes que a la sazón se hallen _en candelero_.

Un día vemos conducir a hombros por la calle, una lujosa sillería, un espejo raro, una mesa de noche muy historiada..., algo, en fin, que no se ve en público a todas horas; observamos que las señoras indígenas transeúntes se quedan atónitas mirando los muebles, y hasta las oímos exclamar: «Son para el gabinete que _le_ están poniendo. El espejo es de Fulanita, la mesa de Mengano, y la sillería de Perengano.»

Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y tal cual uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que envía el Sr. de Tal, propio, si le tiene, y si no, prestado.

Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros vulgares, y puede verse en el fondo, enfrente de la puerta, un grupo de personas apiñadas, confundiéndose en él el oro de los uniformes con el negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio a arriba muy a menudo, dejando ver, a tiempos, en su centro, una persona erguida e impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento en el carruaje; parte éste al trote de sus caballos, síguenle, echando los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes, y una pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos de algunos de los que van en el coche, y vuelven a verse los mismos fraques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en desorden.

Y andando, andando, el carruaje llega al punto de su destino.

--¿Cuál de ellos es? --pregunta algún curioso, al ver apearse a los del coche.

--Ese que va en medio...

--Pues no tiene la mejor traza --replica el preguntante, con cierto desaliento, en la creencia, sin duda, de que el hombre está obligado a embellecerse a medida que asciende en la escala de los empleos.

Los que subieron la escalera de su casa acompañándole, bajan a poco rato; y cuando anochece, comienzan a llenar de ruido la barriada la charanga de la Caridad, y sucesivamente todas las murgas que de la caridad pública viven.

Al día siguiente vuelven a verse por la calle las libreas de la etiqueta. Son de los que tienen obligación de ir a ofrecer sus respetos al recién venido, y de las comisiones de esto y de lo otro. Recibe a cada grupo a hora distinta, y tiene para todos frases bastante lisonjeras, ya que no muy variadas.

--Señores --suele decirles--, yo me felicito de recibir el cordial saludo de... (Aquí lo que sean los visitantes) tan dignos y beneméritos. Estad seguros de que si seguís prestándonos todo el apoyo de vuestra importantísima adhesión y de vuestro celo e inteligencia en el desempeño de vuestros respectivos cargos, el Gobierno se envanecerá de ello; y el país, que tanto espera de nosotros, porque por nosotros está nadando en la felicidad y en la abundancia, os lo recompensará con largueza. Yo, fiel intérprete de sus deseos y aspiraciones, os lo prometo en su nombre.

Se dicen luego cuatro vaguedades sobre la salud del visitado, sobre la virtud de los baños de ola, y sobre el paisaje y el clima de la Montaña, y a otra cosa.

Al segundo día, aún se ven algunos curiosos... y curiosas de copete, husmeando hacia la puerta de la calle, a las horas probables en que _él_ ha de salir.

Al tercero, nadie se acuerda ya del personaje. Solo la prensa local se ocupa, con un celo superior a todo elogio, de decirnos si va o si viene; si le _pintan_ los baños; si piensa darse tantos o cuántos, y cuántos se ha dado ya; si prefiere el bonito a la merluza; con quién comió y con quién comerá; a qué hora se acuesta; quiénes le hacen la tertulia; de qué lado duerme y a qué hora se levanta.

Al octavo día observa la gente que por la Plaza Vieja sube un coche lleno de señores muy espetados.

--Ahí va --dicen algunos.

--¿A dónde? --se les pregunta.

--A visitar el Instituto. Desde allí irá a la Farola. Ahora viene del Cristo de la Catedral.

--Entonces ¿está ya para marcharse?

--¡Claro; cuando le enseñan _eso_!...

Y así es, en efecto. Al cumplirse la semana y media desde su llegada, vuelven a verse una mañana, camino de la Estación, los fraques, los galones, el coche, los granujas y los policías de la otra vez; y en el andén, el mismo grupo dando sombreradas y apretones de manos al propio personaje, que va poco a poco desapareciendo en un coche reservado y muy majo; estalla en los aires otra media docena de cohetes, vuelve a silbar la locomotora, y parte el tren hacia la Peña del Cuervo, dejando detrás la consabida crencha de humo vaporoso, que ondula, se enrosca y serpentea, y al cabo se pierde y desvanece en el espacio, como todas las vanidades de la tierra.

Durante algunos días después, la gente _bien informada_ se las promete muy felices para los intereses del común. Todos los proyectos que el Municipio tiene pendientes de superior resolución serán despachados «como se pide»; habrá subvenciones para esto y para lo otro y para lo de más allá; el puerto va a quedar como nuevo; los barrancos que están a expensas del Estado a las inmediaciones de Santander, volverán a ser anchas, firmes y cómodas carreteras..., en fin, hasta se colocará la estatua de Velarde sobre el pedestal que está esperándola; ¡doce años hace!... Él lo ha prometido; él lo ha asegurado; él se lo ha ofrecido en confianza a Juan, a Pedro y a Diego... Va muy satisfecho de _nosotros_ ¡contentísimo de la acogida que se le ha hecho!

Claro es que ninguna de estas ofertas se cumple, no sé si porque, en realidad, no se hicieron, o porque se olvidaron, como tantas otras; pero, en cambio, un día del próximo otoño amanecen Caballeros y Comendadores de aquende y de allende, seis docenas de ciudadanos que se acostaron simples mortales como yo. ¡Única estela que hoy dejan, a su paso por los pueblos, los varios españoles que gozan el eventual e instable privilegio de ser recibidos con música y cohetes!

AL TRASLUZ.

O hay que convenir en que la mujer es susceptible de adquirir cuantos aspectos y actitudes morales quiera darle la educación, o debemos confesar que la Naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy singulares.

Esto, que probablemente se habrá dicho cincuenta mil veces, a propósito de las mujeres que se han hecho célebres en el campo de las ciencias, en el de las artes, en el de las letras..., y hasta en el de las armas, cuadra perfectamente al hablar de cierto tipo que, no por pasar como un relámpago todos los años sobre la fisonomía veraniega de Santander, deja de imprimirse en ella; y no así como quiera, sino como imprime un pintor de fama el sello de su ingenio, su idiosincrasia artística, si vale la palabra, sobre todas la figuras de sus cuadros.

Nacida y propagada esta verdadera originalidad del sexo débil en regiones algo inverosímiles todavía en la tradicional y cachazuda España, cuando aparece en una, señal es de que allí puede vivir ya; de que en ella se encuentran los elementos que necesita su vida de ostentación y de aventuras. Estos elementos son: los hombres de Estado, los ricos banqueros, los famosos calaveras, los pontífices de las letras y de las artes, y, como a manera de orla de todo el catálogo, una muchedumbre de damas del llamado _gran mundo_, y de mozuelos esclavos de la moda.

De que Santander reúne todo eso, y ha llegado ya, por ende, a la alta categoría que alcanzan en el mundo elegante tantos otros puertos extranjeros, en cuyas aguas lavan cada verano sus distinguidas mataduras las primeras aristocracias europeas, es evidente prueba el que nos visita todos los años, desde varios acá, algún ejemplar de aquella fenomenal especie.

Mas antes que el lector eche a mala parte lo que le dije de los elementos vitales de esta señora, apresúrome a indicarle en qué concepto los necesita _hoy_.

Figúresela en un _hotel_ del Sardinero, con todo un piso a su disposición; porque sus criados y equipajes no caben en menor espacio, si ha de quedarle a ella el necesario para dormir, para peinarse, para vestirse, para recibir y para comer en ancha mesa, siempre dispuesta para una docena de convidados.

Estos han de ser de las notabilidades a que aludí; es decir, de lo más cogolludo en letras, artes, política, banca, armas..., y aun tauromaquia, que a la sazón resida en el Sardinero o en la ciudad.

Para comer con ellos, para hablar con ellos, necesita, busca y agasaja a esos hombres. Ella los preside, ella dirige las conversaciones, ella provoca y salpimenta los discreteos, y en sus labios hay siempre agudezas y oportunidades para los discretos, y sutiles epigramas para los necios, pues no dejan de serlo, en varios lances, muchos hombres de talento. Que quien tal vida trae no debe mostrarse muy aficionada al trato de las mujeres, no hay necesidad de asegurarlo; evidente es que huyera de ellas si no las necesitara para fondo y accesorios del cuadro en que ella entra como principal figura; o, a lo sumo, para tener en quien cebar impunemente sus sátiras implacables; o esos pedazos más de entretenimiento que repartir entre la voracidad murmuradora de su corte favorita.

Hay quien atribuye esta antipatía hacia su sexo a cierta pasión _non sancta_ que suele albergarse en los pechos que ya no laten a impulso de un alma juvenil y retozona; cuando se huye del espejo como de las grandes verdades que acusan faltas e imperfecciones; cuando los tristes desengaños de las primeras arrugas hacen recordar con envidia y desconsuelo los triunfos y los encantos de la risueña juventud; cuando se aspira, en fin, a conquistar, a fuerza de dispendios y agudezas, lo que antes se atrajo por el solo brillar de la hermosura.

Pero esta suposición, que bien pudiera admitirse con referencia al molde común de las mujeres, y aun de los hombres, no está justificada cuando se endereza a este otro tipo, cuyas pasiones, talentos y debilidades están, y han estado quizá, muy por encima de todo lo usual y corriente. Con esta consideración a la vista, no se afane el lector por que le diga yo de dónde vienen esas intimidades encumbradas; de qué procede ese varonil desparpajo que la hace, en verano, reina y señora del Sardinero, como en invierno le da absoluto predominio en los aristocráticos salones de Madrid, y eso que no es aristócrata ella, ni nombre llevó jamás que a pergamino huela. Cierto es que cuando se ha pasado la vida en roce continuo con hombres de todas las imaginables condiciones y cataduras, a poco que se haya tomado de cada uno de ellos puede reunirse, cerca de la vejez, gran copia de saber y de experiencia; pero ¿cómo se llegó en la juventud a esas alturas? --pregunto yo a mi vez--, ¿cómo lo que en unas gasta y desprestigia, en otras acrecienta el poder y el atractivo? Aquí no hay otro remedio que volver a la segunda parte de mi tema: la Naturaleza tiene, de vez en cuando, caprichos muy singulares; y añado ahora que también la Fortuna suele complacerse en mimar con sus dones más preciados a lo que es obra de los caprichos de la Naturaleza.

Así hay que explicarse esas cataratas de doblones que siguen y preceden a esta clase de mujeres en sus viajes, y las envuelven en los alcázares que habitan la mayor parte del año: pues ni feudo se las conoce que tanto produzca, ni ya son Dánaes pudibundas que creer nos hagan en las lluvias de oro de los Joves de ogaño.

Ofrecedle dificultades al vulgar entendimiento, y veréis a la imaginación echarse desatentada por los cerros de Úbeda. Tal sucede en el presente caso. No se comprende bien, o no se explica, la razón de su predominio y de sus caudales, y cada cual se forja una historia a su capricho, fundada sobre vagos rumores; y estas historias juntas quieren ser una pequeña parte de la historia de esa dama, a quien se adjudican todas las anécdotas _picantes_, todas las frases equívocas, todos los triunfos y todos los escándalos con que han inmortalizado sus nombres en la _alta_ sociedad las demás mujeres de su talla.

No desconoce ella estos rumores; y como sabe muy bien que son los gajes de su oficio, antes la lisonjean que la ofenden.

En las poquísimas veces que se da a luz entre su escogida corte bigotuda, los hombres abren calle para que pase, y las mujeres temen su mirada como el siervo la de su señor. ¿Qué mayor triunfo para su vanidad de mujer _de historia_?