Tipos trashumantes: cróquis á pluma
Part 6
Cuando llega, ya le está esperando una _barquía_ perfectamente limpia y carenada, con los necesarios útiles de pesca, inclusa la _guadañeta_ para _maganos_. Prefiere la barquía, porque teniendo todas las condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la otra. Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ésta, a su disposición; y según que el Marqués prefiera las _porredanas_ o las _llubinas_, le conducen a la boca del puerto, o a las _puntas de arena_ de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está tempestuoso; pues por chubasco más o menos, no deja él de embarcarse para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.
Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla lleva para el sol; y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón. Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver a comer a casa a la hora conveniente.
Durante la pesca, transige con que los marineros le _ceben_ los anzuelos o le reemplacen con otra nueva una _tanza_ rota, o le _desengarmen_ el aparejo, cuando éste se le engarma entre peñas o en la caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso en el hierrecillo traidor.
Un día quiso lanzarse a correr aventuras fuera del puerto, seducido por las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del pescado en aquellas honduras; y salió, en efecto; mas apenas comenzó la barquía a mecerse en pleno mar, y a columpiarse desde «el lomo altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las ocasiones en que se dice de la mar que está _como un plato_) pensó que la costa bailaba el fandango, _cambió la peseta_, y tuvieron los dos marineros que llevarle a puerto seguro, antes que se les quedara entre las manos.
Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo y de la merluza en su propio y natural elemento,» contentándose, hasta mejor ocasión, con el _anfiteatro_ de la Pescadería, donde los veía tan cadáveres como en la Plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.
Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez, al placer de la pesca menor, y poseyendo _el arte_ como cree él poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo especialísimo de la guadañeta.
--Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía --dice con desconsuelo a sus remeros e instructores, cada vez que estos, predicando con el ejemplo, van sacando maganos--. Esta pesca es _al vuelo_, digámoslo así; hay que robar más bien que pescar; y necesito yo estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.
Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir al aire libre, le lanza a la cara toda la _tinta_, dejándosela más negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por muestras de admiración a sus proezas.
Tal es el verdadero _punto negro_ de su felicidad; y eso que, generalmente, pesca poco, o no pesca nada, si no se le cuentan como pesca tal cual dolor de cabeza, o romadizo, que de esto no le falta, gracias a Dios, durante la temporada.
No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar a las personas de su mayor aprecio con el producto de sus afanes de pescador. Que, cuando no pesca, habla de lo que ha pescado y de lo que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces, también por sabido se calla. La afición desmedida a ese y otros parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo digan los cazadores, y no se ofendan por ello.
La temporada de este tipo concluye cuando los Noroestes se hacen crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol, apestando su equipaje a brea y a _parrocha_, gratifica generosamente a sus dos camaradas de _campaña_, después de pagarles el alquiler de la barquía; y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido ampliamente el propósito que le trajo a Santander.
Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:
Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda en que yo estaba sentado. Plantose a la puerta, dio en las losas dos golpecitos con la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano, oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo, carraspeó tres veces, levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados, como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:
--Señor D. Juan: pic... pic... pic.. pic... pic... pic... pic... (y marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice y pulgar.) Siete veces picó; y yo quieto,... quieto,... quieto,... Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes a puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo, y ¡rissch! tiro en firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde, a dos brazas de _la Horadada_... Esta noche tendemos el esparavel... Ya diré a Vd. la carnicería que resulte... Adiós, Sr. D. Juan.
Y se fue.
Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso Marqués de la Mansedumbre.
UN JOVEN DISTINGUIDO,
(_visto desde sus pensamientos_.)
I.
EN UN CUARTO DE UNA FONDA.
No me digan a mí (_enfrente del espejo, y en ropas menores_) que aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de la belleza varonil... Serían, todo lo más, forzudos; pero elegantes... ¡bah!... Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de ahora... ¿Qué hay que pedir a esta pierna larga y delgada, como un mimbre? ¿a este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera coyunturas? ¿y a este talle que se cimbrea? ¿y a este pescuezo de cisne?... ¡Si no fuera por esta pícara _nuez_! Pero se me ha corregido mucho, y a la hora menos pensada desaparece por completo. De todas maneras, la cubriré con la barba... cuando la tenga... Y en verdad que sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos!... porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo negro echado hacia atrás... ¡Qué hermosa frente tengo!... Y eso que no es muy ancha... Bien. Ahora el traje _amelí_ de _negligé_. ¡Qué bien cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas, porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener yo juanetes como un hombre vulgar?... No sé si me ponga el sombrero de paja a la marinera, o el de fieltro. Como es por la tarde... Me decido por el de paja. No _viste_ tanto, pero _me va_ muy bien... Ahora los guantes de piel de Suecia, el bastón de espino ruso..., y a la calle... Vaya antes una mirada general... Intachable. ¡Cómo se nos conoce en _el aire_ a los chicos distinguidos!... Por cierto que estos provincianos de Santander tienen un afán de arrimarse a uno... y luego serán capaces de quejarse si se les da un desaire... Pues no me hace gracia esta corbata: no juega bien con el traje. La cambiaré. Afortunadamente tengo en qué escoger. Papá se propuso sin duda que en esta primera salida mía a provincias dejara yo el pabellón bien puesto, y nada me ha escaseado. Corresponderé, papaíto, a tus propósitos; y la fama te dirá luego quién es tu hijo. Así están más en armonía los colores; y hasta las puntas sueltas _dicen_ mejor a este traje que el nudo armado... Probablemente me estarán esperando en el Sardinero Casa-Vieja, Monteoscuro, Pradoverde y Manolo Cascajares... y hoy me hacen suma falta, para que me ayuden a averiguar quién es aquella hechicera y distinguida rubia que paseaba ayer tarde con las de Potosí. Cuando quise acercarme a ellas para saberlo, se metieron en un carruaje, y perdí la pista... Tres veces me miró ¡tres! pero ¡con qué intención!... Lo raro es que yo no la conocía hasta entonces... Acaso ella me haya visto antes en alguna parte: esto es lo más probable... En lo que no cabe duda es en que las de Potosí la habrán dicho quién es papá; por consiguiente tengo andada la mayor parte del camino, y mis _relaciones_ con ella son seguras... Lo siento por el desengaño que van a llevarse mis dos conquistas del Muelle. ¡Pobres chicas! Pero ellas se lo han querido. A la tercera vez que pasé bajo sus balcones ya me devoraban con los ojos... Y el caso es que son muy bonitas... Si se conformaran con el segundo puesto que les corresponde en mi corazón. ¡Corazón! Pero ¿le tienes tú, acaso, joven voluble?... ¡Y ellas que aspiran a conquistar el primero! Tendría que oír lo que se dijera de mí en Madrid este invierno, si me presentara en el gran mundo con la historia de dos conquistas provincianas por botín de mi campaña veraniega. ¡Yo que soy uno de los chicos de moda y de más porvenir!... En fin, por de pronto martiricémoslas un poco, y enseñemos a estos cursis montañeses algo de lo que vale y puede un joven de la buena sociedad madrileña.
II.
EN LA CALLE.
Antes de acometer el asunto principal de mi empresa de hoy, hagamos un poco de prólogo por el interior de la ciudad. Éntrome por la calle de San Francisco... ¡Vulgo, vulgo todo! Modistillas, horteras, traficantes que van y vienen, y algunas señoras cursis... Aquellos tres chicos con humos de elegantes van a querer arrimarse a mí... Haré que no los veo, poniéndome a mirar esta vidriera... Ya pasaron... Me carga esta gente por lo pegajosa que es... No sé por qué se les figura que el darle a uno billete para el Círculo, o para los bailes de campo, les autoriza para tomarse ciertas libertades... Todos los que pasan a mi lado me miran. Dirán para sus adentros: «¡Qué chico tan elegante y tan distinguido; ese es de Madrid!»... porque se nos conoce a la legua... Se me figura que por más allá de San Francisco viene algo que no es vulgo... ¡Oh, fortuna! son las de Cascajares. Bien decía yo que ese aire no era de por acá. Voy a saludarlas... «A los pies de ustedes...» «Perfectamente, gracias...» «Pues por aquí matando el aburrimiento...» «Lo comprendo sin que ustedes me lo digan...» «Ni tampoco sociedad...» «Qué quieren ustedes, les falta _chic_...» «También yo, en cuanto se marchen las amigas del Sardinero...» «Creo que van primero a Ontaneda...» «Y Pilar erisipela...» «¡Qué maliciosas son ustedes!...» «Y Manolo, ¿dónde anda?...» «Entonces le veré en el Sardinero.» «A los pies de ustedes.»
¡Qué amables, qué discretas y qué distinguidas! Pues tampoco yo he sido rana... ¡Aquello de la erisipela lo dije con una travesura y un retintín!... A estos _gomosos_ provincianos quisiera yo ver tiroteándose con las señoras del gran mundo. ¿Qué idea tendrán de él aquí? ¡Pobre gente!
Pues señor, esta región ya está explorada. Ahora al Muelle. Allí lanzaré un par de flechazos a mis dos montañesitas, y en seguida tomo el tranvía para el Sardinero. De más tono sería un carruaje abierto, en que fuera yo recostado con esa indolencia voluptuosa que tan bien me va; pero no hay que hablar de eso en este pueblo atrasadísimo... Echo por los atajos para llegar primero.
¡Oh, qué brisa tan oportuna corre por aquí!... ¡Cómo juguetea con mis cabellos y con las puntas sueltas de mi corbata!... ¡Debo estar hermosísimo en este instante!... Andaré un poco más de prisa, no se figure algún mentecato indígena que la Ribera ni las que en ella viven son capaces de llamar mi atención... ¡Voy de paso, sí señores, nada más que de paso!... aunque demasiado conocerá la gente que, a estas horas, no puede venir por aquí con otro objeto un chico distinguido de Madrid.
Me parece que aquel mirador es el de una de ellas. Justamente... ¡como que está esperándome en él!... Pero no está sola... ¡Anda! pues es _la otra_ quien la acompaña. Serán amigas... Tanto mejor; así despacho de un solo viaje. ¡Hermosa carambola voy a hacer con cada mirada!... ¿qué digo carambola? la discordia es lo que van a producir mis miradas; como la manzana del otro... ¡Suerte más provocativa!... Vayan, ante todo, un par de golpes de puños, haciendo, de paso, como que el sombrero me sofoca, para meter los dedos entre el pelo... A esos dos provincianillos que vienen por la otra acera, les haré un saludo desdeñoso; y dirán las chicas: «¡con qué desdén tan distinguido los trata; cómo los domina!»... ¡Agur!... ¡Qué fachas van!... Las del mirador me han visto... Pues allá va la mirada... Ya la pescaron... Me miran de reojo y se sonríen y cuchichean. ¡Cómo disimulan la una con la otra! Luego será ella, cuando tratéis de ver quién se le lleva. Para vosotras estaba, inocentes... La verdad es que son monísimas... ¡Válgame Dios, qué estragos podía yo hacer en este pueblo si me lo propusiera! No miro a una que no me corresponda... Otro golpe de brisa. Todo me favorece hoy. ¡Es que estoy graciosísimo con estas arremetidas del aire!... Antes de perder de vista el mirador, voy a volver la cara... ¿No lo dije? Devorándome están con los ojos... Y para disimular más se meten corriendo en casa, haciendo que ríen a carcajadas... ¡De cuánto fingimiento es capaz la mujer! Pues señor, este fruto está ya sazonado; y aunque sea para entreplato, se aprovechará.
El _Suizo_. Con la disculpa de buscar a alguien, voy a darme un par de golpes de espejo... Perfectamente. ¡Qué hermoso estoy esta tarde!... ¡Es que nunca ha sido mi cutis más blanco, ni han tenido mis ojos más hechicera languidez! No me extraña que las del mirador hayan quedado fascinadas... ¡Es mucho ese Madrid para chicos distinguidos!
Ahora, a tomar el tranvía y buscar a mi gente al Sardinero... ¡Ah, rubia! te compadezco...
Me cargan a mí estos tranvías de provincia, por la morralla que va en ellos... Por supuesto que, como de costumbre, tendré que ir de pie en la imperial, porque, en el interior, es un poco pesado llevar tanto tiempo el ceño fruncido y la cara de asco... Y de otro modo no puede ir un chico distinguido como yo. Arriba, con la disculpa de mirar al mar, puede uno siquiera volver la espalda a todo el mundo sin violencia y sin que choque... Debería haber departamentos especiales en estos carruajes.
III.
EN EL SARDINERO.
Esto ya es otra cosa... aquí puedo decir que estoy en mi casa. ¡Qué _toaletas_; qué _negligés_ tan _chic_!... ¡Cómo se destacan las madrileñas!... y ¡cómo me destaco yo! Empecemos por buscar a los amigos; después a la rubia. La compañía le hace a uno más osado y hasta más elocuente... No los veo por ninguna parte... Pero en cambio veo a las de Potosí que están aquí paseando. ¡Canastos! vienen solas... ¿Y la rubia?... Lo más acertado será preguntar discretamente por ella... «Señoritas...» «Muy bueno, gracias...» «Sí, la tarde está hermosa para eso...» «Ayer estaban ustedes más acompañadas...» «Palabra de honor; jamás había visto a esa señorita...» «Hermosa es en efecto; pero ¿y qué?...» «Ni tarde ni temprano...» «¡Que se ha marchado ya!...» «Oh, no me admiro por lo que ustedes creen, sino por lo poco que ha estado aquí...» «De modo que veinticuatro horas escasas...» «Pues no vi yo a su papá...» «¡Barrizales!» «¿Luego ella es Lola Barrizales, la que estaba en un colegio de Alemania?» «Y, ¿qué va a hacer ahora en Madrid?...» «¡Que va a casarse en cuanto llegue!...» «Nada hay de raro, en efecto, sino que... en fin, que sea enhorabuena.» «Y hablando de otra cosa ¿han visto ustedes a Casa-Vieja y demás amigos por aquí?...» «Lo siento, porque andaba buscándolos para un asunto... Veré si en la galería... A los pies de ustedes.»
¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo de papá, y ella supo quién era yo; luego aquellas miradas eran lo que yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar con mis amigos, y voy a buscarlos ahora mismo a la galería... Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido el corazón: esta actitud me _irá_ muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas: «Ese joven debe tener una gran pesadumbre ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo la cara hacia la Ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo... Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo estar!... Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas y creo que algunas más. No importa; yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en nadie: a papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho! ¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. A la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.
Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero a buscar la soledad que me corresponde. «Estuvo aquí un instante (debe decir la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar a nadie...» Y habrá hasta quien crea que fui a los Pinares a levantarme la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.
Me vuelvo a la ciudad, a pie, por la Magdalena; y me ayudarán a conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.
IV.
OTRA VEZ EN SU CUARTO.
Resumen de mis meditaciones del camino: continuaré en Madrid la empresa malograda aquí. El destino me la arrebató soltera; yo haré que el diablo me la devuelva casada. (_Desnudándose enfrente del espejo._) ¡Qué interesante me han puesto la pena y el cansancio!... Un amor contrariado con los correspondientes azares y escándalos, debe ser la ambición de todo hombre de mundo. La suerte quiere, por lo visto, que yo empiece por donde tantos calaveras han concluido. Cúmplase mi destino, y ¡adelante! Pero entre tanto, yo padezco y necesito distraerme. Me distraeré... abusando un poquito de mis ventajas... Esta noche al teatro; mañana al baile de campo con todos los recursos de mi hermosura, de mi distinción y de mi ropero. No me contentaré ya con la mirada y con la sonrisa; usaré también el billete perfumado, y luego el soborno, y después el escalamiento, y por último, hasta el rapto, y, si es preciso, la estocada... Comencemos por vestirme de serio... ¡Juro a Dios que no me detendrán en mi carrera ni lágrimas ni amenazas! Yo no he traído esta contrariedad fatal; yo no me he colocado por mi gusto en esta actitud que ha de dejar memoria eterna en Santander. No se me pregunte luego por qué dejo víctimas detrás de mí:
«Soy el león... perseguido que sacude la melena.»
Y pues al cielo plugo hacerme sentir el fuego de una pasión, y arrebatarme el objeto que me la inspirara, de las cenizas que deje a mi paso esta llama abrasadora,
«responda el cielo, no yo.»
LAS DEL AÑO PASADO.
¿Conoce el lector a _las de Doña Calixta_? En un libro que anda por ahí con el rótulo de _Tipos y Paisajes_, se habla de ellas y de otras muchas cosas más. Si no las conoce, compre el libro. Si las conoce, con decirle que no se separan de ellas en todo el verano las aludidas en el título de este croquis, debe hallarlas en su memoria a poco que la registre.
A mayor abundamiento, le daré algunas señas particulares. Son dos, madre e hija. La madre es achaparrada, con el pescuezo más bien embutido que colocado entre los hombros, y la cabeza ensartada en el pescuezo, como una calabaza en la punta de una estaca; tiene ancha y risueña la boca, fruncido el entrecejo, grises los ojos, poca frente, mucho pelo, mala dentadura y peor el cutis de la cara. La hija, por uno de esos caprichos inconcebibles de la naturaleza, es todo lo contrario de su madre; de bizarras líneas, de hermosas y correctísimas proporciones; modelo del arte clásico, mármol griego, y como de tal sustancia, fría e inanimada. Se llama Ofelia. Su madre no responde más que al nombre de Carmelita, aunque otra cosa se le grite al oído.
Los que lo entienden, dicen que Ofelia podría ser irresistible por la sola fuerza de su propia hermosura, con expresión en la fisonomía, flexibilidad en el talle y gusto en el vestir; pues además de rígida e inanimada, parece que es sumamente _cursi_. En cuanto a Carmelita, basta verla en la calle una vez para que el menos autorizado en la materia pueda decidir de plano que es un espantapájaros.
Táchase en las dos, como resabio de su mal gusto, un afán inmoderado de hacer ver a todo el mundo que siempre llevan zapatos nuevos, de los más relumbrantes o de los más historiados.
Cómo empezaron sus relaciones con las de D.ª Calixta, no lo sé yo: acaso hubo entre unas y otras esa atracción misteriosa que se explica en latín con aquello tan sabido de _similis, similem querit_; pero es indudable que desde que por primera vez llegaron a Santander a veranear, intimaron con la _coronela_ y sus tres hijas, como dos gotas de agua con otras cuatro. A sus reuniones van, a sus amigas visitan; con ellas recorren de día y de noche calles y paseos; _por_ ellas pagan sorbetes en el café, coches al Sardinero, y lunetas en el teatro; y en su exclusiva compañía asisten a los bailes campestres, a las serenatas, a las procesiones y a las solemnidades públicas.
Desde la primera vez que se la vio en este pueblo, llamó la atención la hermosura de Ofelia; pero ni los hombres la codiciaron, ni las mujeres la temieron: sus ya enumerados defectos y el contrapeso estrafalario que le hacía su madre constantemente, entibiaban hasta el frío el entusiasmo de los unos, y tranquilizaban hasta el desdén a las otras. Nadie, pues, supo su nombre, ni quiso cansarse en preguntar por él. El primer año, si se la citaba en una conversación, se decía únicamente: _esa que anda con las de Doña Calixta_. Desde el verano siguiente, ya se las llamó, a ella y a su madre, _las del año pasado_; especie de mote que revela cierto cansancio de verlas, y pocos méritos para murmurar de ellas más de una vez.
Las de Doña Calixta están locas por Ofelia. En su presencia, la ensalzan hasta la adulación; ausente, aburren al lucero del alba hablando de su hermosura, de su elegancia, de su brillante posición, de sus relaciones entonadas en Madrid, de las magníficas proporciones que desecha, de sus deseos de llevarlas a pasar el invierno a su lado, de las cartas que se escriben desde que se va de aquí, y de los encargos que se hacen mutuamente,
--Pero ¿quiénes son ellas? --se ha preguntado muchas veces a las de Doña Calixta--. ¿Qué pito tocan en Madrid; cuál es su verdadera posición social?