Tipos trashumantes: cróquis á pluma

Part 5

Chapter 54,079 wordsPublic domain

No busquéis esta figura entre los recodos de apartada callejuela, huyendo avergonzada de los resplandores de la luz, o temiendo manchar con su contacto la brillante librea de los capitalistas; ni tampoco en oscuro taller, encorvado sobre la tosca herramienta para ganar, con un trabajo, extraño quizá a sus hábitos y procedencia, un miserable pedazo de pan; ni en la estrechez de una buhardilla repartiendo ese mendrugo entre una esposa y unos niños estenuados por el hambre y envejecidos por la miseria y por las lágrimas. Si de ese grupo fuera esta figura, yo no profanara su augusta miseria presentándola en esta breve galería de debilidades risibles y aun de cosas abominables. Buscadla, pues, entre la engalanada concurrencia de calles y paseos, haciendo de su mugriento equipaje una desvergonzada protesta, y lanzando punzantes miradas sobre los que pasan, como si le debieran la camisa limpia, las botas nuevas o el gabán sin manchas.

Si con esta luz no columbráis aún el tipo, os apuntaré otro dato que necesariamente ha de iluminar vuestra memoria. Durante lo más recio de un chubasco estival, de esos cuyas gotas pesan, cada una, medio cuarterón, y después de saltar de rebote hasta los balcones, convierten las calles en torrentes; cuando las losas relucen, y el tránsito cesa, y comienzan las ratas a asomar por los sumideros huyendo de la inundación, y los chicos las apedrean, y la gente, pegada a las fachadas, porque ya están llenos de ella los portales y las tiendas, silba y aplaude y ríe a carcajadas celebrando las corridas, y asoman cabezas por los entresuelos, y hierven, hasta levantar la tapadera, las alcantarillas del Correo, y se inunda la calle de San Francisco; cuando todo esto y mucho más sucede, un solo mortal atraviesa impávido la Plaza Vieja, o marcha Muelle adelante por la acera del mar, sin paraguas, en chancletas, con las manos en los bolsillos, y, por toda precaución, la cabeza muy hundida entre los hombros. Pues ese es.

Probablemente habréis recibido alguna vez su visita. Es hombre que hace muchas, recién llegado.

Un día os anuncia la inexperta fámula que ha llamado a la puerta un _caballero_ que desea hablaros. Con tal anuncio, la decís que le introduzca en lo más sagrado de la casa; y cuando acudís a recibirle, os le halláis, como la estatua del desconsuelo, con las manos cruzadas sobre el cóncavo vientre, el sombrero entre las manos, y la mirada tangente a las fruncidas cejas y fija en vuestra mirada.

--Cabayero --os dice con voz trémula y un poquillo de olor a aguardiente--, un desgraciado, con su señora enferma y siete criaturas..., sin hogar, sin un pedazo de pan que yevar a sus inocentes labios, implora el auxilio de su generoso corazón.

--¿Quién es ese desgraciado? --le preguntáis, por preguntarle algo, antes de plantarle en la escalera.

--Un servidor de Vd., que no hace mucho ocupó una briyante posición social. Pero los acontecimientos políticos...

--¿Era Vd. de los del Presupuesto?

--¡Jamás, cabayero!... Me estimaba demasiado para eso. Yo era rentista.

--¡Hola!

--Sí, señor; tenía todo mi capital en los fondos públicos.

--Lo creo.

--Y con estas bajas tan atroces, a consecuencia de la intranquilidad en que tienen al país estos gobiernos...

--Y a mí, ¿qué me cuenta Vd?

--¡Ah, cabayero!: yo quisiera una ocupación honrosa para ganarme el sustento.

--Pues tómela Vd., si hay quien se la ofrezca.

--Tras eso ando, cabayero; y mientras la hayo en alguna parte, quisiera merecer de Vd. la atención de veinticinco pesos que necesito para que tome los baños mi señora, y para que no me arroje el tigre del casero desde la miserable buhardiya en que ahora vivo, hasta la ignominia de un hospital. Crea Vd., cabayero, que la fortuna da muchas vueltas, espero volver a lo que fui, y no perderá Vd. un cuarto de su préstamo.

Al llegar aquí la historia, se os acaba la paciencia, le dais media peseta, por no darle un puntapié, y se larga tan ufano, haciendo reverencias y mirando, con preferente curiosidad, todo lo que es puerta o pasadizo.

Estas visitas son, como si dijéramos, las generales de la ley. Pero hace también otras, bastante más productivas, aunque no tan frecuentes.

Pinto el caso. Comienza a hablarse mucho en el pueblo de que _la va a haber_, lo cual, como ustedes saben, sucede cada verano. De mí sé decir que, desde que tengo barbas, no recuerdo uno en que no se haya dicho: «¡Oh! lo que es de ésta, _se arma la gorda_, y no va a quedar títere con cabeza. Me consta por esto y por lo de más allá.» También es otro hecho innegable que nunca faltan almas cándidas que dan entero crédito a estos rumores, ni hombres vehementes que se hallan dispuestos a echar el sombrero al aire y hasta una mano al negocio, si hay quien sepa colocársele a conveniente distancia. Excuso decir que en cada verano aparece esta señora _Gorda_ con diferente tocado, y que nada le queda ya en el ramo que lucir, desde el gorro frigio hasta la boina.

Pues uno de estos hombres, o una de aquellas almas, es quien recibe la visita del ex-rentista cuando más en punto de caramelo andan los rumores públicos; pero, aunque raído y mal trajeado el visitante, no se compunge ni encorva en la visita: antes se presenta, si bien comedido y muy atento, con gran desenvoltura y buen talante, como quien más ha de ofrecer que recibir. Entonces es el hombre iniciado en los grandes secretos de la conspiración; viene del extranjero, donde aquella se fragua, y va de paso para uno de los puntos de más peligro el día de la batalla. Sabe que el Emperador de allí, o el comité de acullá, o el Grande Oriente del otro lado (según el color que tenga la _Gorda_) han hecho a _la causa_ un anticipo de doscientos millones. Hay metidos en el ajo quince batallones, treinta generales, ocho fragatas de guerra y el presidente del Consejo de Ministros. El grito se dará en tal parte al salir la gente de tal espectáculo. Toda España está hecha un reguero de pólvora, y sólo falta para que arda, arrimar la mecha. El triunfo, pues, es seguro y muy pronto. Él ha pasado la frontera con grandes precauciones, y a pie, por lo cual está tan desarrapado. No trae credenciales ni papeles de ninguna clase, por no comprometer con ellos la alta misión que se le ha encomendado: pero sí el encargo _especialísimo_ para el visitado, de parte del personaje bajo cuya dirección se hace el fregado, de decirle que se cuenta con él, con su patriotismo, con sus influencias, para animar el espíritu del partido en esta ciudad, reunir los dispersos elementos, etc., etc. Antes de tres días saldrá el emisario para Madrid donde ha de recibir cuarenta mil duros para ciertas atenciones de la causa. Entre tanto, necesita que los partidarios de Santander le proporcionen, siquiera, la miseria de dos mil reales para el viaje y comprar a un maquinista del tren que ha de despeñar un batallón que debe salir de aquí, por ferrocarril, dentro de unos días, a sofocar el alzamiento que tendrá lugar en los confines de la provincia.

Y el pobre hombre que escucha, devora hasta con los ojos, no ya con los oídos y la boca, las palabras del mugriento, y le da una convidada, y se echa a la calle, y revuelve a sus correligionarios, les cuenta lo que le han dicho, les saca los cuartos, reúne los dos mil reales más otros quinientos que él pone de su bolsillo, como en correspondencia al alto concepto que de él ha formado S. E., y se vuelve a casa tan convencido del inmediato triunfo del partido, que le falta muy poco para subir a la del Gobernador y aconsejarle que deje el mando _por buenas_, antes que se le quiten _los suyos_ a linternazos. ¿Necesito pintar el afán con que el bolonio entrega el dinero recaudado y el placer con que lo recibe el descamisado bribón?...

Algunos días después de estas y otras análogas, aunque no tan productivas hazañas, se oye decir que la policía ha hecho una redada de ladrones que intentaban robar el escritorio del señor de Tal, o la caja del Banco.

--¿Y quiénes eran? --pregunta uno de esos curiosos que se creen en la obligación de conocer a todo el mundo.

--Pillería de Madrid --responde el preguntado--. Pero a dos de ellos quizá los conozca Vd. El uno es un farsantón, de gran fachada, que se pasaba los días arrimado a las puertas de los cafés: el otro, sucio, raído y descamisado, probablemente le habrá visitado a Vd. para pedirle un _anticipo_ de veinticinco duros.

Los de marras, lector. Bien dije yo que estos mozos eran tal para cual.

Fáltame añadir que, a pesar de esta quiebra del oficio, que, por de pronto, los lleva a la cárcel pública, si no en el mismo verano, al siguiente y antes que los frutos de sus mieses lleguen a punto de sazón, ya los tenemos acá otra vez, preparándose para recoger su _agosto_.

¡Oh, sabias y protectoras leyes de la patria!

EL BARÓN DE LA RESCOLDERA.

Cuando llega, en julio, a Santander, viene de Burdeos, adonde fue desde París, en cuya capital pasó la primavera después de haber repartido el otoño y el invierno entre Madrid (su patria nativa), Berna, Florencia, Berlín y San Petersburgo. Ni los hielos le enfrían, ni el calor le sofoca. Es una naturaleza de roble que se endurece con los años y a la intemperie.

Pasa ya de los cincuenta, es de elevada talla, trigueño de color, de pelo áspero y rapado a punta de tijera; derecho como un poste; algo protuberante de estómago y de nariz, pequeño de pies, de manos y de boca; ancho de espaldas y de frente, y muy cerrado de barba, que se afeita todos los días cuidadosamente, menos en la parte en que _radican_ sus anchas y bien cuidadas patillas a la macarena.

Viste todo el año de _medio tiempo_, y es su traje intachable en calidad y corte, así como es intachable también la blancura de su camisa, de la que ostenta no flojas pruebas en pecho, puños y pescuezo.

Fuma sin cesar grandes habanos, y saliva mucho; e infaliblemente antes de empezar a hablar, lo poco que habla; y en cada desahogo de estos, larga, zumbando, una pulgada de tabaco que ha partido con los dientes.

Para saludar, no da la mano entera, sino la punta del índice... cuando alguno le saluda; pues él no saluda a nadie en la calle, ni tampoco se para. Si el que pasea con él se detiene para hacerle alguna observación, él sigue andando inalterable. Si el detenido le alcanza después, bueno, y si no, como si jamás se hubiesen visto.

En estos casos, no usa, para sostener la conversación, más que salivazos y monosílabos: también algún carraspeo que otro. Para las grandes ocasiones tiene disponibles unas cuantas frases y pocas más interjecciones y palabras, tan breves como enérgicas: las frases para preguntar, las palabras sueltas para responder, y las interjecciones para comentarios.

Es rico y soltero; trae todo su equipaje en una maleta de cuero inglés, y por toda familia un criado joven que ya le entiende hasta por la mirada.

Viene a Santander acaso porque halla esta ciudad en su camino; pero es lo cierto que viene todos los veranos, y no por pocos días.

Se hospeda en la fonda que mejor le parece, y la deja cuando le conviene; y le conviene dejarla en cuanto observa que una falta grave se repite hasta tres veces; siendo para él faltas graves, el pescado que _da en la nariz_, el desaseo en su cuarto, la servilleta cambiada en la mesa y el vino adulterado, o cualquiera de esas carnavaladas que suelen permitirse los huéspedes a las altas horas de la noche, sin respeto ni consideración a los que duermen y descansan.

En cuanto a baños, solamente toma dos o tres en la temporada; pero de a hora y media cada uno. Allí se está como una boya en la mar, restregándose la cabeza, carraspeando, escupiendo y estornudando sin cesar y a sus anchas, y con un estrépito que excede a toda ponderación. Cuando sale del agua, no es porque siente frío, sino porque se aburre sin fumar en tanto tiempo.

La primera vez que vino, tuve el gusto de conocerle y de estudiarle, porque un amigo mío con quien yo en cierta ocasión paseaba, era amigo suyo también; saludole al cruzarse con él, diole este el dedo, y juntos, retrocediendo nosotros dos, continuamos los tres aquella tarde; pues por la tarde era cuando esto sucedía, y en el alto de Miranda, cerca de la Ermita.

Según íbamos andando, iba el Barón devorando con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí. A la izquierda, la ciudad amontonada, oprimida, agarrándose unas casas a otras, como con miedo de caerse al agua, y cual si se hubiesen detenido un instante después de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía, mojando los cimientos de las últimas; la bahía, con sus verdes riberas, sembradas de pueblecillos; después sus cerros ondulantes, y detrás de todo los abruptos puertos, con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera ya de sus blancas vestiduras de invierno. A la derecha el mar, coronado de rizos por la juguetona brisa del Nordeste..., y lo demás que sabe el lector tan bien como yo.

--¡Hermoso es todo esto! --dijo mi amigo al Barón, cuando notó, por los gestos de éste, que la misma idea debía andar rodando por sus mientes.

--Sí --contestó lacónicamente el Barón.

--Hasta la ciudad tiene algo de curioso así tendida...

--Derramada --corrigió enérgicamente el otro, después de lanzar de su boca, con la fuerza de un cohete, medio cuarterón de tabaco.

Y tomó el rumbo del Sardinero, siguiéndole nosotros con trabajillos: tan veloz era su andar.

Hay en aquel crucero, durante las tardes de verano, algo como laberinto de gentes y carruajes, que van y vienen. El Barón surcaba impávido sus revueltas dificultades, como si éstas fueran su elemento, o llevara en su mano la punta del famoso hilo de Ariadna. Verdad es que yo no he visto una fuerza de codos como la suya, ni una facilidad más asombrosa para dejar, a su paso, figuras ladeadas y sombreros fuera de la vertical. Nosotros nos colábamos por el surco que él iba abriendo.

Al comenzar la bajada del camino, y en terreno ya más despejado, acortó un poco la marcha, y describió con la vista un arco desde Cabo Mayor a Cabo Quejo; abrió los ojos desmesuradamente, y su pecho y sus narices se dilataron, cual de noble corcel que aspira el aire de la rozagante pradera, tras de oscuro cautiverio. Era indudable que el espectáculo le agradaba. Después estrelló la mirada contra las tabernas y los bardales inmediatos, frunció las cejas, escupió recio... y apretó el paso.

Así llegamos al Sardinero, y, sin momento de descanso, visitamos la galería, y la playa, y las casas una a una (exteriormente, se entiende,) y las fuentes, y los paseos; y como una avalancha atravesamos el puentecillo y llegamos a la Capilla, en frente de la cual tuvo el Barón la buena ocurrencia de hacer un alto. Diose luego media vuelta sobre sus talones, y encarándose con cuanto habíamos visto desde que comenzamos a bajar, como si quisiera hacer un resumen de todo ello,

--¡Gran naturaleza! --exclamó, hasta con su poco de entusiasmo.

--¡Admirable! --dijimos nosotros, haciendo coro a su himno.

--Pero sin arte --añadió, dejándonos con las notas entre los labios, y en la duda de si también alcanzaba su censura a la humanidad que hormigueaba por allí.

Y sin más explicaciones, describió la otra media vuelta que le faltaba, y emprendió la marcha hacia la Magdalena como si el camino le fuera conocido.

Después de contemplar un instante el panorama del Puntal desde el Polvorín, echó cambera arriba por detrás de éste. Indudablemente tiene este hombre un instinto particular para adivinar sendas y caminos.

Hasta dar con el de Miranda, no dijo una palabra, ni tampoco su respiración se agitó una sola vez. Lo mismo son para él las cuestas arriba que lo llano. Es un roble que anda.

Al bajar a la ciudad, le pidieron limosna, como a todo transeúnte, los pobres de la carretera.

Al primero le largó un bufido que heló la plañidera retahíla en su gaznate abierto. Más abajo le tendió su arrugada diestra una anciana que estaba sentada a la sombra de un árbol. Entonces el Barón, que parecía no fijarse en nada, después de llevar una mano al bolsillo, acercóse a la pobre y depositó algo en su regazo remendado. Miré hacia ello quedándome dos pasos atrás, y vi que eran monedas de plata. ¿Fue casual la acertada distinción que hizo entre los dos pobres, o es que la costumbre de dar muchas limosnas le ha enseñado a distinguir los buenos de los malos, con una sola mirada?

Ya en Santander, ofrecímosle billete para concurrir al _Círculo de Recreo_. Aceptole, y acompañámosle por si quería ver sus salones y encrucijadas. Preguntonos por el de lectura, llevámosle a él, y no quiso visitar los restantes, especialmente el de juego; enterose de la lista de los periódicos que se recibían allí, dio un vistazo a la biblioteca, y después de decirnos que en aquel departamento había más pasto para el cuerpo que para el alma (señalando respectivamente a la mesa de los papeles y a los estantes de los libros) salimos hacia la calle, sin mirar él siquiera a los que jugaban a la baraja a 40° de calor, entre nubarrones de humo de tabaco.

Cuando le dejamos a la puerta de la fonda en que se había hospedado, nos dio el índice, se descubrió toda la cabeza con la otra mano; y ofreciéndonos con un ademán fino y expresivo su habitación, trepó hacia ella..., no sin haber estrellado antes, con un resoplido, contra la pared del portal, el medio tabaco que le quedaba entre los labios.

--¡Vaya un tipo! --dije a mi amigo, llevándome las manos a los riñones que me dolían de correr tras él.

--Le conocí en Madrid el año pasado --me replicó mi amigo--, y puedo asegurarte, por lo que deduje de sus hechos y lo que de él me contaron los que le conocían mejor que yo, que es hombre que vale mucho. Tiene gran experiencia del mundo, y un ojo sutilísimo para conocer y apreciar a las gentes. Es bueno y generoso, hasta el punto de que sería capaz de arrojarse al fuego por sacar de él a su mayor enemigo.

Posteriormente tuve ocasión de ver que no eran exagerados estos informes de mi amigo.

El Barón de la Rescoldera, con todos los desabrimientos y resquemores, externos, de su título, es realmente un hombre de positivo valer.

De él puede decirse, como en resumen, que, al revés de tanto farsante y de tanto bribón como vive y medra, a expensas de la pública credulidad, es _un hombre que no tiene palabra buena ni obra mala_.

EL MARQUÉS DE LA MANSEDUMBRE.

Llegó a los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos. El Retiro, la Virgen del Puerto, y a lo sumo, el Pardo, eran, para él, las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte..., hasta cien Estanques como el _Grande_, si se quería. Estanque más o menos, ¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, o al Deva, o al Ebro, o al Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en verano: en invierno, ninguna. En cuanto a praderas, no serían más verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba a crecer. La temperatura estival de la Corte no le afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.

Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amen de enemigo irreconciliable de toda lectura que a viajes y a novelas trascendiese, ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las diligencias que salían de Madrid a varias horas y por todas las puertas de la Villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que envidiaban la suerte de los mortales que abandonaban aquel asadero implacable; y eso que él era uno de los curiosos. Antes al contrario, se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro inseguros tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto dudoso, considerando los riesgos que afrontaba, echándose a rodar por cuestas y desfiladeros, durante media semana, y a merced de bestias y mayorales. ¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos matinales que él se daba por los alrededores del Estanque de las _Campanillas_; o vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!

Antes que el sol levantase ampollas, se encerraba en su casa, lo bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca, y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba, se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo o de otro, se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.

Porque es de advertir que el Sr. Marqués tenía la pasión de los peces de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.

Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella a horas determinadas, y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.

Posteriormente, dos viajes a Aranjuez en ferrocarril le demostraron que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el riesgo infalible de romperse las costillas o el bautismo; por lo cual, hasta se atrevió a prometerse a sí propio que tan pronto como hubiera una línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para admirar los grandes peces en su propio y natural elemento. «Porque, desengañémonos --se decía--, no puede asegurar que conoce la merluza ni el besugo, quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la Plazuela del Carmen.»

Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en Alar del Rey con la nuestra, armose de valor y de dinero, y se plantó de un tirón en el famoso puerto del mar Cántabro.

Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano a Santander.

Cansados estarán ustedes de conocerle. Es de corta estatura, muy derecho, enjuto de carnes, redondito de cara, risueño y corto de vista; son rubios los pocos pelos de su cabeza, y casi blancos los del recortado bigote. Gasta, _en público_, levita, corbata y pantalón negros, y chaleco blanco, sombrero de copa alta y anteojos con armadura de oro.

Tal es, repito, en público, su arreo; o mejor dicho, _en tierra_; y con él le habrá visto el lector, no en las Alamedas, ni en el Sardinero, ni _en la sociedad_, sino en los embarcaderos de todos los Muelles, desde Maliaño hasta Puerto-Chico, o en camino de alguno de ellos, en los cuales no faltan nunca pescadores de caña o de _aparejo_.

Tras ellos está siempre, estando _en tierra_, con las manos a la espalda, el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, y la vista inmóvil, fija en el corcho flotante o en la sereña tendida.

--¡Quieto, quieto! --exclama a lo mejor, si nota que el corcho se mueve y el pescador se apresura a tirar--. Esa es picada falsa... Ahora, ahora muerde... ¡Fuera con él!

Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo! y si el pez no es _pancho_, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean panchos o lobinas lo que se pesque, él lo _desengarma_, confundiéndose entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.

Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña tan pacientes como la fama supone; pero, poco a poco, fueron estos acostumbrándose a las _cosas del señor Marqués_ (que, por otra parte, no peca de tacaño con _los del oficio_) y hoy todos le toleran y hasta le encuentran _devertido_ y _celébre_.

Mas no son éstas sus ocupaciones _de carácter_; quiero decir, que no viene para sólo eso el Sr. Marqués a Santander.