Tipos trashumantes: cróquis á pluma

Part 4

Chapter 44,059 wordsPublic domain

Una noche falta quien toque el piano para bailar. Galindo no conoce una nota de música; pero sabe de oído unas cuantas piezas de baile; y se sienta en el banquillo y araña el teclado, y toca lo que se necesita.

No tiene voz, ni condición alguna de cantante, y cuando llega el caso, acompañándose él mismo al piano, suelta un par de canciones picarescas de acá o de allá, que alborotan la reunión. Si se trata de hacer coplas, nadie le gana a hacerlas pronto y al caso, aunque le ganen todos a poeta.

Que no se baila, ni se canta, ni se hacen coplas, y la gente se agrupa en los gabinetes, medio aburrida, medio soñolienta. Allí está Galindo para reanimar los decaídos espíritus. Para entonces son las anécdotas frescas, o los recuerdos de Calcuta, o de Constantinopla. Y tras esto y un sin número de mentiras verosímiles sobre las mujeres del Cáucaso, o los hombres de Ceilán, llegará a hablarse, por ejemplo, de objetos raros, y habrá allí quien crea decir mucho diciendo que ha visto camisas de hoja de llantén, catalejos de trapo, o chocolate sin cacao..., y tantas cosas más como se anuncian todos los días, en estos de extravagancias que corremos.

No dejará Galindo de admirar las citadas rarezas, con toda la expresión que cabe en su estilo lento y suave, y en su cara impasible; pero hombre que ha corrido y visto tanto, no puede estar sin algo que citar a propósito de rarezas; y no lo está en efecto; y saca un grueso anillo de uno de sus dedos, y se le presenta a la reunión, diciendo:

--¿A que no saben ustedes qué piedra es esta?

Y la gente se abalanza al anillo, y le da mil vueltas, y recorre la lista conocida de piedras buenas y malas, sin que falte la de Colmenar Viejo, a la cual se parece en el color la del anillo; pero nadie acierta. En vista de lo cual, dice Galindo:

--Eso que ustedes creen piedra, no lo es.

Nuevas ansiedades, nuevo examen y nuevas conjeturas.

--Pues ¿qué es, si no? --se le pregunta al cabo.

--Eso es --responde Galindo, lenta y dulcemente-- hígado de cocodrilo, endurecido al sol, en Pekín. Se lo compré al joyista que lo hace para la corte imperial; o mejor dicho, me lo cambió por una zamarra fina que llevaba yo de España.

Para calmar el asombro que esta respuesta produce, muestra una bolsa de _tripa de un indio_, medio devorado por un tigre en una cacería a que asistió él, y se refiere a una corbata que tiene en casa, hecha de piel de culebra, por un indígena del Canadá.

Cuando se agota este catálogo, tiene Galindo a su disposición otro más abundante todavía. Por el procedimiento de las pajaritas de papel, hace, entre mil primores, catedrales, y navíos de tres puentes; y de un tijeretazo solo, sobre el mismo papel convenientemente plegado, saca una procesión de Jueves Santo, con sus pasos, curas, monaguillos, autoridades, músicas y piquete. De sombras en la pared, no digo nada, ni tampoco de problemas de dibujo a lápiz, a punta de cigarro y hasta a moco de candil: así _pinta_ el día y la noche, el sol y la lluvia, de dos o tres rasgos, y gatos y perros... y demonios colorados.

En la calle, no hay forastero a quien él no conozca de vista y de trato. Sabe las rentas o las trampas de cada uno, y lo que antes tuvieron y lo que esperan, o lo que temen, y la vida que hacen en Madrid, y quién de ellos trae señora propia y quién pegadiza o temporera; y dónde la ha adquirido, y _a cómo_; y quién se la corteja y con qué éxito, y si el cortejo es andaluz o salamanquino...

Hablando de parecidas cosas conmigo en una ocasión, iba delante de nosotros el aludido, sin haberle visto yo.

--En suma --me dijo--: el duque de los Frijoles es un perdido, y la duquesa, tan perdida como el duque.

Y en esto volvió la cara el tal; y cuando yo creí que iba a romper el bautismo al maldiciente, riose hacia él, le tendió la mano y le dijo afectuosísimo:

--¡Ah, tuno! ¿conque venía Vd. detrás?

--¿En qué lo ha conocido Vd.? --le preguntó Galindo muy sereno.

--En la voz. Y apuesto a que estaba Vd. despellejando a alguien.

--Precisamente.

--Amigo de Vd. por supuesto.

--Cabal... Como que hablaba de Vd.

--¡Ah, mala lengua!

Dijo, y dándole al propio tiempo un golpecito en el hombro, como si aún tuviera que agradecerle mucho, alejose el señor duque y se quedó Galindo tan fresco.

No desconoce uno solo de los secretos _íntimos_ de la política. Él os dirá, con pruebas, cuando menos verosímiles, por qué se sustituyó tal ministro con cual otro; a qué móvil obedeció la evolución de aquel periódico, o la cesantía de cierto personaje, o el encumbramiento de esotra vulgaridad, o por qué no puede salir de apuros el Tesoro... Y sus _causas_ jamás son las causas que conoce o que sospecha el vulgo; siempre son particularísimas, personales y microscópicas, con relación a sus efectos.

De cómicos y toreros, no se diga: a todos los trata y los tutea, como si los hubiera parido, y habla con ellos de la escena o del _redondel_ con el aplomo y la autoridad de Romea o de Costillares.

En lo físico, es sano y duro como un diamante; jamás se constipa ni se queja del estómago; y eso que no se abriga más que lo de costumbre, y come tanto como habla, si la ocasión se le presenta.

Y digo esto de la ocasión, porque aun cuando ordinariamente es sobrio y metodizado, come cuanto le pongan por delante, aunque haya comido ya, si a comer se le convida, o si se acepta el convite que él proponga, pues hace a todo.

Como no viene a bañarse, sino a veranear, y tampoco le es muy simpático el ceremonial del Sardinero, vive en la ciudad en una fonda, o en una de las mejores casas de huéspedes; lo cual no obsta para que dé cuenta, si se le pide, de cuantas personas habitan en aquellos _hoteles_, con sus correspondientes vidas y milagros.

En agosto hace una escapadita a ver las corridas de Bilbao, y en setiembre arregla su marcha definitiva en combinación con las ferias de Valladolid y la apertura de los teatros de la Corte, donde, por lo visto, se pasa gran parte del invierno, no sé cómo ni con quién.

Qué familia y qué patria son las suyas, se ignora siempre; y se ignora, porque jamás se le ha preguntado por ellas; y no se le ha preguntado, porque se prefiere ignorarlo, y se prefiere esto, porque desde el instante en que estos hombres tienen patria y familia, y nombre como cualquier otro nieto de Adán, ya no son Galindos, ni Manzanos, ni Arenales a secas, y pierden su peculiar carácter de universalidad, en lo que estriba la mayor parte de su mérito.

LUZ RADIANTE.

Un si es no es macilento, desmayado de barba, corto de vista y regularmente ataviado.

Tal es su facha. En cuanto a su fecha, lo mismo puede venderse por hombre que parece un joven, que por joven que parece ya un hombre..., y cuenta que hablo en vulgo limpio, por lo cual ha de entenderse esto de hombre, por _hombre de cierta edad_.

Le habréis visto, con un libro en la mano, en la braña del _Cañón_, sentado a la sombra de un bardal; o en idéntica postura e igual ocupación, sobre escueta roca entre los dos Sardineros; o a la entrada de los Pinares; o en un rincón de la Galería, con los pies sobre la balaustrada y el tronco desencuadernado en una silla; o paseándose por el arenal, absorto en la lectura, como joven alumno repasando la lección en el patio del colegio.

Y aseguro que le habréis visto, porque aunque jamás abandona el libro, y parece la meditación su natural elemento, siempre elige para el estudio las horas de más ruido y busca la soledad a orillas de todo movimiento.

Es de Madrid, vive en un _hotel_ del Sardinero, y a juzgar por lo que se ve, priva mucho con todas las señoras circunvecinas.

Lo cual no es de extrañar, visto lo docto que es en todos esos tiquismiquis que forman el arte de agradar en la sociedad _distinguida_.

¡Qué donaire tiene, el indino, y remilgado pespunteo de palabra para revolver un corrillo de pizpiretas jovenzuelas! Qué mirar de ojos, qué rasgar de boca y accionar de índice para decir, por ejemplo: «Vamos, Conchita, ya se ha descubierto por qué esperaba Vd. el correo anoche con tanta impaciencia.» O: «¿Saben ustedes por qué está Soledad tan preocupada?... ¿Lo ven ustedes? Ya se sonroja.» O: «Carmela, en mi solitario paseo de esta madrugada me han revelado las _Ondinas_ el secreto que Vd. me ocultaba ayer. ¡Ah, picarilla!...»

¿Dicen ustedes que éstas son impertinentes y sobadas vulgaridades?... Séanlo enhorabuena; pero atrévase un buen Juan a hacerse con ellas solas hombre ameno y travieso, y verá como le plantan en seco. Hay que desengañarse: para decir ciertas cosas y brillar en ciertos terrenos, hay que ser mozo _de cierta catadura_.

La del de quien vamos hablando parece cortada para el oficio. Como ramo de su ciencia, conserva en la memoria muchas anécdotas rechispeantes de la última campaña del _gran mundo_, y anuncia el desenlace de más de un suceso interesante, para la próxima. Y como todos los del corrillo son de Madrid, dicho se está que las agudas murmuraciones y los retorcidos discreteos, no languidecen un punto, por falta de interés.

Posee otra cualidad muy importante, para esto de veranear con éxito en una provincia entre las personas que lo han por oficio: sabe de corrido toda la fraseología literaria y musical de moda entre la gente madrileña.

Y cuidado, que esto no es grano de anís. Figúrense ustedes que por allí anda muy en boga Dante, como anduvo un invierno, porque un orador del Parlamento dijo, a cuento de no sé qué:

_Non ragioniam di lor, ma guarda e passa,_

cosa, por lo visto, hasta entonces no oída en Madrid, según la prisa que se dio todo el mundo, en papeles y en corrillos, a traducir la cita, a estudiar el pasaje entero, a desentrañar el intríngulis, a hablar de la _Divina Comedia_ y hasta a poner en perverso castellano el inmortal poema. En tal caso ¿qué joven que se precie de _ilustrado_ ha de salir a provincias el verano siguiente, sin saber decir, por ejemplo, cuando se le cae de la boca la punta del cigarro, o de la mano el bastón, que se le cayeron

_...come corpo morto cade?_

o cuando quiere bromearse con alguno que no encuentra lo que busca, o que llega tarde:

_Lasciate ogni speranza?..._

o si trata de pintar el abismo en que se han hundido sus ilusiones:

_Nel mezzo del camin di nostra vita_ _me ritrovai per una selva oscura...?_

Si el de moda es Goethe, porque se cantó en _el Real_ una ópera cuyo argumento está tomado de su célebre poema, no hay más remedio que llamar _Fausto_ a todo viejo galanteador y acicalado, _Margarita_ a toda joven que suspira, y _Mefistófeles_ a todo señor que tenga la nariz afilada, rasgada la boca, trigueña la color y zurda la mirada.

Si es Flotow el que priva, hay que saber, por lo menos, entonar a media voz, con los ojos fruncidos, las uñas clavadas en el pecho, y mucho arrastre de amargura, aquello de

_¡Marta Marrrrrrrrrrta!_

como nos cantaban en una ocasión todos los señoritos que venían de Madrid, empeñándose en que había uno de llorar oyéndolos, porque en _el Real_ lloraba toda la gente cuando lo cantaban Talini... o Cualini, tenores de mucho _sentimiento_.

Cuando reinan estas epidemias en el pueblo, no hay más remedio que aguantarlas como mejor se pueda, y resignarse a exclamar en cada _caso_, siquiera por no hacerle más grave: ¡Admirable, magnífico, arrebatador!

Pues iba diciendo yo que para evocar estas reminiscencias, citar aquellos textos y cantar las otras ternezas, nadie como el amigo de quien vamos hablando.

No sé si he dicho, o ustedes lo han comprendido ya, que es literato, o que cree serlo.

Por de pronto, escribe quintillas en el arenal con la punta del bastón, y en la tertulia de la noche lee a las señoras tal cual balada tierna, o alusivo soneto.

Si hemos de creerle, conoce a todos los hombres de letras, y se tutea con los más talludos.

Lo cierto es que si llega al Sardinero alguna celebridad de este género, él es quien le presenta a las damas y se compromete a que el presentado les lea _alguna cosa_: a cuyo compromiso corresponde éste (después de asegurar que viene enteramente _desprevenido_) leyendo una comedia resobada, o una oda que ya reluce de tanto manoseo, las cuales saca de un enorme cartapacio de poesías que ya han sido leídas por el autor trescientas veces en Ontaneda o Las Caldas, mientras tomó aquellas aguas.

Como piensa hacer algunas investigaciones históricas, arqueológicas y geográficas en la provincia, ha traído con su equipaje una mochila, un grueso garrote con agudo regatón de hierro, y borceguíes ingleses de ancha y claveteada suela. Parece ser que todas estas cosas ayudan mucho a recoger noticias sobre aquello que se trata de conocer y describir, especialmente en un país como éste, en el cual hay un pueblecillo a cada cuarto de legua: una casa en qué dormir regularmente, y comer, aunque no muy bien; buenos senderos para cabalgaduras de alquiler, cuando no excelentes caminos para carruajes; poquísimas antigüedades, y esas a la vista y muy estudiadas ya; nada de historias del otro mundo, y ninguna montaña que escalar a uña y puntera, porque todas son cómodamente accesibles por algún costado. Y la prueba de que este atalaje debe servir de mucho al _tourista_ para sus exploraciones, es que el nuestro, aunque le lleva a cuestas, no camina a pie, ni come de la fiambrera, ni duerme al socaire de los torreones; antes aprovecha el mullido _vagón de 1.ª_ hasta donde le conviene, y luego la diligencia, y hasta los caballejos y carros del país, como hacemos los hombres vulgares, y las fondas y las tabernas y los figones. Luego la mochila y el báculo y los borceguíes que evidentemente no sirven para lo que en rigor significan, tienen alguna virtud de _carácter_ que atrae, combina y depura todo lo que va buscando en sus peregrinaciones un erudito a la flamante usanza, cuando con ellos carga, como con el fardo de sus pecados. Que es lo que yo quería demostrar, recelándome alguna observación maliciosa de tal o cual lector demasiado _montañés_.

Y ahora continúo diciendo que este ilustrado mortal, en los ratos que le dejan libres sus baños, sus abstracciones solitarias, sus discreteos públicos, sus inscripciones poéticas en los arenales, en las rocas duras y hasta en los troncos resinosos de los Pinares, escribe correspondencias a un periódico de Madrid, que las agradece mucho y quizá las paga.

La última que yo leí impresa, después de haberla leído el autor manuscrita y recién nacida, a sus bellas contertulias, decía, entre otras muchas cosas, _plus minusve_ lo siguiente:

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

«¡El mar!... ¡¡La mar!!... ¡¡¡Los mares!!!... ¡¡¡¡Las mares!!!!... ¡Ah!... ¡Ohhhh!...

»Perdone Vd. señor Director. Perdonadme vosotros, mis queridos compañeros: faltan palabras a mi pluma para expresar cuanto la mente concibe en este horizonte sin medida, sobre este abismo sin fondo. ¡El mar! Pero ¿por qué son verdes sus aguas? ¿por qué son salobres? ¿qué fuerza las precipita contra la roca dura que ahora me sirve de pedestal? ¿por qué suben? ¿por qué bajan? ¡Inescrutables misterios de la Naturaleza!... Pero ¡qué espectáculo, gran Dios!... Contemplándole, el corazón palpita, la mano tiembla, los ojos se turban. El sol sin una nube que empañe sus fulgores; la brisa rizando la inquieta superficie de las aguas sin fin; la blanca gaviota cerniéndose voluptuosa en el espacio; bajo la gaviota, la esbelta nave de tajante proa; allá el puerto; acá el escollo; allí la espuma; aquí las flores; y en todo y sobre todo un torrente de luz y una embriaguez de aromas... ¡Ah!... Mas ¿qué es esto? el trueno ruge; cruzan la atmósfera rayos y centellas; se respira el hálito abrasador de la tempestad; desgájase el secular peñasco; húndese en el abismo, y se elevan hasta mí los pliegues espumantes del salobre sudario que le envuelve... Se columbra un punto en el horizonte _¡Helás!_ Es una nave. Distingo perfectamente al angustiado nauta que implora el auxilio de los hombres... Muchos son los que pueblan la orilla, pero ninguno acude. El que va a _hacer naufragio_ no implora el auxilio para él solo..., también le necesitan sus tiernos camaradas de _equipaje_... Yo me arrojo a la mar, y los salvo a todos, entre los saludos y los aplausos de este querido bello sexo, regulador de todas mis acciones, inspirador de mis más elevados pensamientos, y fin y exclusivo objeto adonde hasta el menor de mis intentos se endereza.

»En la próxima semana emprenderé mi viaje de exploración por la provincia. Mi primera jornada concluirá en Colindres, bellísima capital de la Liébana, región que, como ustedes saben, se extiende desde el Valle de Camargo al de Reocín, y está protegido, al Oriente, por los Picos de Europa, y al Occidente por el Monte de Cabarga, _el de las eternas nieves_. Según Estrabón y Quinto Curcio, esta parte de la provincia fue la verdadera Cantabria, la que dio aquellos héroes que entregaban el robusto cuello, cantando himnos guerreros, al hacha de los esbirros de Felipe II, cuando este fanático monarca, no pudiendo implantar aquí el bárbaro tribunal de la Inquisición, por repugnar a los altivos pechos de estos libres montañeses, ocupó militarmente el país. Algunos rasgos típicos de esa raza insigne se observan todavía en sus actuales descendientes, los famosos pasiegos, únicos pobladores de la Liébana. Pero, mejor que en el sello fisonómico, revela su ilustre procedencia esta hermosa gente en sus costumbres nómadas e independientes. Anidan, como las águilas, en los picos de las rocas; jamás pisan las sendas frecuentadas, ni duermen dos noches consecutivas bajo un mismo techo. Se alimentan de frutas silvestres y de carne montaraz; pues su ocupación exclusiva es la caza, pero con honda, la cual manejan con una destreza asombrosa.

»Mas de esto y otras muchas cosas tan auténticas como interesantes, hablaré a mis bellas lectoras en las sucesivas correspondencias y en un libro que traigo entre manos tiempo ha.»

Con lo cual se queda el corresponsal tan satisfecho, el periódico tan hueco, los lectores que no conocen esta provincia tan enterados, y los pocos montañeses que le leen, haciéndose cruces con los dedos.

Pero no impide, sin embargo, que la prensa local que nos anunció su llegada en junio, nos diga un día, a mediados de setiembre:

«Hoy ha salido para Madrid el distinguido publicista D. F. de Tal, después de haber permanecido más de dos meses _entre nosotros_. En las varias excursiones que ha hecho por la provincia, ha recogido gran cantidad de curiosos y fidedignos datos, los cuales piensa utilizar para dar a la estampa un libro que tratará de la historia, carácter y costumbres del pueblo montañés, desde los más remotos tiempos hasta nuestros días. Nos atrevemos a rogar al insigne literato que cuanto antes nos haga conocer su obra, que seguramente habrá de darle tanta gloria como títulos al aprecio de todo montañés que estime en lo que vale el buen nombre de su patria.»

Y, adelante con los faroles; que en los venturosos tiempos que corren,

_Sic itur ad astra_;

o, como dijo el otro,

Por estas asperezas se camina de la inmortalidad al alto asiento.

BRUMAS DENSAS.

Estos son dos, y cada uno de ellos pudiera pedir un cuadro aparte; pero es de saber que siempre que trato de sacarlos del fondo de mi cartera, al tirar del uno hacia arriba, sale enredado el otro con él; de donde yo deduzco que son tal para cuál, y uno en esencia, aunque dos en la forma.

Tiro, pues, de ellos, agarrando a tientas; y ahí tienen ustedes al primero.

Convengamos en que es mozo de gran estampa. Pedrusco en el anillo que recoge los dos ramales de su chalina; pedruscos en los dedos; pedruscos en el pecho y pedruscos hasta en la leontina; flamante vestido de lanilla; leve pajero muy tirado sobre los ojos, estos de mirada firme, pero no muy noble; largo cigarro en retorcida y caprichosa boquilla; la siniestra mano en el correspondiente bolsillo del pantalón, y en la diestra flexible junco.

Sin embargo, aunque sus ojos son negros, y negras las anchas relucientes patillas, y es regular su boca y blanca su dentadura y alta su talla, no puede decirse de él que es lo que ordinariamente se llama _una buena figura_. Mirado más al pormenor, tiene juanetes en los pies, ásperas y muy gruesas las manos, demasiado redonda la cara y muy destacados los pómulos. Además, carece su persona de ese aire de que todos hablamos, que todos conocemos a la legua, pero que nadie sabe definir, y al que, por darle algún nombre, se llama vulgarmente _buen aire_, o _aire distinguido_; cuya falta es, sin duda, la causa de que, a pesar de su pedrería, que relumbra mucho, y de su boquilla, que sin cesar ahúma, pase este mozo enteramente inadvertido, como figura vulgar e insignificante.

Anda con parsimonia, lo poco que anda, como hombre que no lleva prisa, ni se preocupa de cuanto le rodea mientras va andando.

Se lee más en su frontispicio cuando está parado a la puerta del café, de una iglesia, del teatro, o de la plaza de toros, que siempre son sus sitios de parada y para los cuales ha nacido, como la estatua para el pedestal. Arrimado a las jambas de una puerta, flagelándose una pernera con el junquillo, lanzando de la boca espirales de humo y dignándose apenas fijar la vista en los que entran o en los que pasan, es precisamente cuando su cuerpo revela más soltura y lucen en sus ojos chispas de inteligencia. Al verle pegado a esas puertas, siempre que al otro lado de ellas se oye el rumor y hasta se huele el tufillo de las muchedumbres _emparedadas_, (pues es de advertir que jamás se arrima a puerta que no encierre mucha gente) cualquiera pensaría que el ruido le aturde, que el calor le marea y las estrecheces le sofocan; y, sin embargo, deteniendo sobre él un poco la curiosidad, puede observarse que siempre se le ocurre entrar cuando los demás comienzan a salir, como si las apreturas fueran su deleite y hallara en rozarse con pechos y solapas un atractivo irresistible.

Obsérvase también que, por lo común, es de noche más activo que de día. Su andar es más resuelto entonces; y si a la luz del sol le gustan los sitios más públicos y concurridos, a la del gas prefiere las calles más solitarias y sombrías, en alguna de las cuales suele desaparecer por largas horas.

Llega a Santander días antes de los de ferias y toros; pero ni él mismo sabe fijar la época de su marcha, porque ésta depende, a menudo, de los agentes de la autoridad, que pueden echarle la mano encima, en el momento en que él pone la suya sobre el reloj de su prójimo, o está en un garito tirando el _pego_ a dos docenas de incautos a quienes va desvalijando con el auxilio de otros camaradas de oficio; o tanteando los intestinos de la ciudad para buscar una salida por los fondos de la caja del Banco...

Y aquí asoma ahora, lector, el otro tipo, enlazado, por estas profundidades, a la figura de la cual voy tirando para mostrártela en todas sus principales actitudes. Hablemos de él, pues que se empeña, como si fuera un miembro del otro cuerpo, o una cereza del mismo ramillete.

Viene a _veranear_ mucho antes que el otro, y con un pelaje bien diferente. Su tipo es el de _un caballero que ha venido a menos_. Negra la raída levita, negra la deshilada corbata, negros los relucientes pantalones, negras las puntas que se ven de su chaleco, negra la descuidada barba, negros los ásperos mechones de su pelo y negras las puntas afiladas de sus luengas uñas. En esta figura no hay nada que blanquee; ni siquiera la camisa. Los únicos puntos menos oscuros de este veraniego nubarrón, son dos puntos pardos, ni siquiera grises: los zapatos y el sombrero.