Tipos trashumantes: cróquis á pluma

Part 2

Chapter 23,949 wordsPublic domain

A esto replica un curioso que las siguió entonces muy de cerca, que siempre hablaban por señas a su acompañante, y que le decían «_aisé_» para llamar su atención. Dato feroz: de él se desprende que no son inglesas, ni tienen la más esmerada educación, puesto que usan ese vocablo con que el tosco populacho bautiza a todo extranjero cuando quiere decirle algo.

Pero un joven optimista hace saber que esa palabra es compuesta de dos inglesas, muy usuales en la conversación, y que equivalen a _digo yo_, o mejor aún, a nuestro familiar _oiga usted_.

Se desecha el dato desagradable.

Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se las sigue discretamente con objeto de averiguarlo. Trabajo inútil. Como si el pueblo fuera para ellas tramoya de magia, desaparecen en el punto y hora que les convienen.

Estas contrariedades excitan doblemente la curiosidad y multiplican la suma de los curiosos y de los admiradores, cuya voracidad fomentan ellas, sin pretenderlo quizá, exhibiéndose con nuevas y más atractivas galas, y más sandunguero garbo.

A todo esto, los que las suponen de _solar conocido_ alegan que las han visto en el teatro, en dos butacas. Pero esto es poco y equívoco.

Otros, de mejor instinto investigador, declaran que las vieron, días antes, salir de la iglesia: este es mejor dato, sin duda.

Pero otro mucho más elocuente se ofrece a los pocos días.

Se las ve en el baile campestre, lo cual, ya lo sabe el lector, constituye aquí casi una ejecutoria de limpia prosapia.

Sin embargo, todavía no resuelve ni aclara nada este dato. Asistieron a la fiesta, aunque con intachable arreo, solas como de costumbre. Se observó que no quisieron bailar, no obstante las muchas invitaciones que otros tantos despreocupados las hicieron. La incipiente juventud no se atrevió a tanto desde que notó que las damas _distinguidas_ las miraban de reojo.

Esto era muy significativo. No pudo averiguarse, por más que se registraron al otro día los billetes de convite entregados al portero del salón, qué socio las había dado la credencial para entrar allí.

Inútil es decir que estas nuevas confusiones excitan más y más el afán de las conjeturas acerca de las desconocidas. Las señoras del pueblo comienzan a ocuparse de ellas con alguna vehemencia, y también se dividen en pareceres.

No falta ya quién asegura que son dos princesas rusas que se han propuesto darse, a todo gusto, un paseo por Europa. Pero como hay también quien afirma que hablan el castellano, y hasta con cierto dejillo andaluz, se conviene en que _serán_ dos sevillanas de buen humor, cuyos maridos llegarán de un momento a otro.

Esta suposición coincide con el aserto de un curioso, de que, según noticia de Pedro, tomada de Juan, que a su vez la tomó de Felipe, las dos incógnitas tienen letra abierta en una casa de comercio, de las más respetables de la plaza.

Y entonces es cuando empieza a vacilar la repugnancia que hacia ellas sentía la femenil sociedad indígena. Y tanto vacila y tanto decae, que si a la sazón no asisten aquellas al más encopetado baile particular, o a la tertulia más _entonada_, es o porque no ha habido una disculpa para invitarlas, o porque ellas no han querido aceptar la invitación.

Tal sube y baja en el humano criterio el concepto que en él se forjan los hombres... y las mujeres, dejándose seducir por las apariencias.

Un día se observa que al pasar junto a uno de esos forasteros bullidores y omniscientes, en lo que respecta a pueblos, tipos y costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con inusitada familiaridad, a cuyo agasajo corresponde él flagelando el vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.

Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos los colores.

Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y dales una respuesta brevísima.

--¡No es posible! --se le replica.

--Con verlo basta, caballeros.

Desde el día siguiente se las mira en la calle como a _gente conocida_, y se observa un hecho bien opuesto a todo lo usual y corriente en el trato social; y es a saber, que a medida que van ellas ensanchando sus relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias, van éstos escatimándoles sus atenciones en público; es decir, que más se aíslan cuanto más se comunican.

Muy poco tiempo después tiene lugar el completo eclipse de estos dos astros, que aparecieron entre los de primera magnitud.

Y llamo _completo_ al eclipse, porque se necesita un ojo muy avezado a la observación para distinguirlos, de vez en cuando, en las alturas de un palco segundo del teatro, oscurecidos ya por la luz de una candileja; o describiendo, como fuegos fatuos, caprichosos giros y recortes en el Muelle, al desembarcar en él los indianos de un vapor-correo.

UN ARTISTA.

--¿Gusta Vd. que le sirva, cabayero?

--Sí, señor.

--Sírvase Vd. tomar asiento aquí... ¿Qué va a ser?

--¿Cuál?

--Digo si gusta Vd. cortarse, rizarse...

--Quiero que me afeiten.

--Al momento, cabayero... ¿Le gusta a Vd. así el respaldo? ¿Quiere Vd. que le suba..., que le baje?

--No, señor.

--Muy bien. ¿Fría, o caliente?

--Como a Vd. le dé la gana, con tal que me afeite pronto y bien.

--¡Oh! como una seda, cabayero... Un poquito más alta la barbiya, si Vd. gusta... Así... ¿Qué calores tenemos, eh? ¡Cómo se estará asando aquel Madrí!... ¿Hace mucho que no ha estado Vd. por Madrí, cabayero?

--Y ¿qué sabe Vd. si yo he estado allá alguna vez?

--¡Oh! yo le conozco a Vd.

--Pues que sea por muchos años.

--Sí, señor. Cuando vino Vd. a cortarse el pelo anteayer, me lo dijo el chico que le sirvió a Vd.

--Es decir, que es Vd. nuevo en esta peluquería.

--Ocho días hace que llegué de Madrí.

--Como en verano se aumenta la parroquia...

--No, señor: yo he venido _de placer_; quiero decir, a baños.

--Vamos, afeita Vd. por recreo.

--Hágase Vd. cuenta que sí; porque lo que sucede es de que al saberse que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un favor...

--Ya lo comprendo.

--Como a mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto del día...

--¿Y todos los años viene Vd. a bañarse aquí?

--No, señor. Esta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo demás, yo siempre _he salido_ a San Sebastián. Hay muy buena sociedad allí.

--De modo que Vd. no piensa quedarse todo el año en esta barbería.

--¡Qué ha dicho Vd! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese Vd. cabayero; nosotros, los artistas, acostumbrados a aquel mundo, no servimos para provincias.

--Según eso, nacería Vd. allí.

--Naturalmente, cabayero.

--Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que tiene Vd. de los baños de mar, cuando sale Vd. todos los veranos a una miserable provincia para tomarlos.

--Yo le diré a Vd. lo que hay. Mi papá estuvo en Ultramar muchísimo tiempo desempeñando un buen destino, y a los dos años de venir él de allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace daño?

--¿Cuál, hombre?

--La navaja.

--Va «como una seda.»

--Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte, eran _escrúfulas_, _ínticas_ a las que papá había traído de América.

--Pero las llevaría ya de España.

--No señor, los cogió allá.

--Yo creía que las escrófulas no se adquirían así tan de repente.

--Por eso decían los médicos, cabayero, que cuando las _escrúfulas_ se cogen de golpe y a esa edad, ya no se sueltan; y a más a más se pegan.

--Ya me voy enterando.

--Como que mamá, que nunca las había tenido de joven, se fue a la sepultura llena de ellas... Pues verasté: y criándome yo tan delicadito, dijeron los médicos que necesitaba poco trabajo y mucho baño de mar. Por eso nunca pude ir al colegio; que, por lo demás, mi papá quería que yo estudiara para ingeniero. Pero papá era muy liberal, y murió en la Plaza de la Cebada... de un tiro, cuando la revolución del cincuenta y cuatro. Entonces mi mamá no pudo con el susto, se le metieron en el cuerpo las _escrúfulas_, y murió también. Quedándome yo huérfano y con pocos recursos, me dediqué a este arte, y con él voy viviendo, gracias a los baños de mar que tomo todos los veranos... ¿Quiere Vd. que le descañone?

--Haga Vd. todo lo de costumbre.

--Y Vd., cabayero, ¿no se da luego una vuelta por Madrí? Conocerá Vd. allí mucha gente.

--No tanta como Vd.

--¡Oh! yo conozco a todo el mundo... Sobre todo, artistas y literatos.

--¡Anda!

--No sé si vendrá este año por aquí Benito.

--¿Qué Benito?

--Galdós.

--Parece que le trata Vd. con mucha confianza.

--Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas _plumeadas_ a un libro muy bonito que va a publicar en seguida.

--Se le leería a Vd.

--Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de él, así, por encima.

--Vamos, le gustará su parecer de Vd.

--Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve Vd. que no se riza con nadie más que conmigo?

--Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.

--Efectivamente: pero yo me refería a la barba.

--Siempre se la vi afeitada.

--Pues se la afeito yo, cabayero.

--¡Ah! ya.

--Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dio la mano cuando se _echó_ el último _dracma_ suyo, fui yo. «Gracias, chico --me dijo--, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor.»

--De modo que trata Vd. a toda la literatura por debajo de la pata.

--Hágase Vd. cuenta que a toda... ¡Qué _chicos_! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí está _Lagartijo_ que dice en el _Imperial_ a voz en cuello, que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ese sí que _tiene sombra_!

--¿El _Imperial_?

--No, señor, _Lagartijo_... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos del _Gil Blas_. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque enseguida se _escama_ la gente.

--Ya ve Vd., la ignorancia...

--Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del día..., pero allí, aunque no se quiera, hay que _estruirse_... Misté, cabayero; yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la mejor de Madrí. Allí el literato; allí el músico; allí el diputado... Para que Vd. vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes los presupuestos últimos, sabia yo todo aquello del recargo que tanto dio que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que yo tengo a montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no voy a todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar Emilio, o Roque Barcia...

--De modo que es Vd. de los que llaman «de la cáscara amarga.»

--Pues ahí verá Vd... No, señor. Por de pronto, yo no soy ya hombre de opinión, porque los desengaños me han hecho _ateo_ en política; pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco, que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice, parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé qué tienen para mí. Bien séase que no los entiendo, o que lo dicen con cierto... Vamos, ello es que me llevan detrás, como si me _dechizaran_... Aquí, en provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.

--Nada, hombre, nada.

--Es natural. Les falta el roce y la... Allí da gusto; de todo se trata y en todo se ilustra la persona... ¿Descañono más?

--Está bastante.

--¿Fría, o caliente?

--De la más fría.

--Tenga Vd. la bondad de _ensugarse_ con esta _toballa_. Le daré a Vd. unos golpes de peine.

--¿En dónde?

--En el pelo... ¡Oh, cabayero, qué antigua es ya esa moda que Vd. _lleva_! Ahora, en Madrí, todos los chicos _distinguidos_ llevan el pelo en _bandós_...

--Sí, ¿eh? Pues deje Vd. lo mío como está, y así seré mucho más _distinguido_.

--Como Vd. guste, cabayero... ¿Conque también tienen ustedes ya tranvía?

--Así parece.

--Han querido imitar al de Madrí. ¡Aquel sí que es tranvía!

--Mejor que éste, ¿eh?

--¡Qué tiene que ver! Sin embargo, cabayero, para una provincia, éste es todo lo que se puede pedir.

--Ya me hago cargo. Además, aquel recorre sitios más amenos.

--¡Muchísimo más! Recoletos, la calle de Alcalá, la Mayor, Palacio, el barrio de Pozas..., todo Madrí; conque, figúrese Vd.

--Al paso que aquí, Molnedo, San Martín, la Magdalena, el Sardinero...

--Eso es: mucho prado, mucha mar..., rústico todo. Pero no hemos de pedir en una provincia las ventajas de un Madrí. ¡Cuántas tiene Vd. en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes entrando poco a poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que les visita todos los veranos, ya adorna esto, y algo ilustra. Misté; el domingo fui yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí. Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la gente se nos quedaba mirando cuando nos apeamos.

--¡Qué le parece a Vd.!

--Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas a tomar el baño. Toda la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De modo que todo se le vuelve a uno saludar. Le digo a Vd., cabayero, que algunas veces me parece que estoy en el _Prao_, y me da tristeza.

--¿Por qué, hombre?

--Ya ve Vd. la _diferiencia_. Cuatro peñascos, un arenal y _un poco_ de agua. Compáreme Vd. esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel _vaivién_ de sociedad, que a veces no _cabemos_ en el salón..., porque, créame Vd., cabayero, aquello es _la mar_ de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese Vd., a los que estamos hechos a aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está Vd. servido, cabayero.

--Muchas gracias, amigo.

--Me alegraré haberle dado gusto.

--Pues vaya Vd. alegrándose.

--Ya lo sabe Vd.; por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.

--No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las _escrúfulas_.

--Tantísimas gracias... Beso a Vd. su mano, cabayero.

UN SABIO.

Al siguiente día de su llegada a Santander, o acaso sin sacudirse el polvo del camino, dáse a conocer en tertulias y corrillos diciendo, con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay un solo montañés que conozca _la telematología_, ni la _filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia universal_. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que _todavía_ oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen a _Jeeéguel_ (muy arrastrada la J) o Hegel, como decimos las personas vulgares.

Y ahora que el lector sabe algo sobre la venida de este huésped, voy a decirle otro poco acerca de su procedencia.

La humana debilidad tiende, por instinto, a lo más cómodo, hacedero y comprensible.

Por eso a los grandes apóstatas, aunque arrastrados a la apostasía por el demonio de la soberbia, o de la codicia, o de la concupiscencia, nunca les han faltado inocentes que formen su cortejo.

Pero llegó el siglo XIX, hijo legítimo de la glacial filosofía del XVIII, y la masa dócil a tantas voluntades durante tantos siglos de controversias y de charlatanes, endurecióse como el mármol, y hasta el más lerdo se convenció de que en estos días esplendorosos, de luz y de _pronunciamientos_, ya no cabe el cisma, por la sencilla razón de que el que se separa de la verdad católica no es para proclamar otra _creencia_, sino para dudar de todas; y dudar de todas equivale a carecer de entusiasmo, que es hijo de la fe; y careciendo de fe y de entusiasmo, no cabe la disputa, ni por consiguiente la escuela. Es decir, que los disidentes de la verdad «ya no creen en brujas,» o, hablando más en carácter de _época_, están «curados de espantos,» en plena _despreocupación_. Deducción lógica de esto: No puede darse una ocasión que sea menos a propósito que la presente para fundar sectas religiosas y sistemas filosóficos.

Pues bien, lector; en ninguna otra, desde que el mundo es mundo, se han hecho mayores esfuerzos para arrastrar a la razón humana a los extremos que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo de desatinos presentados como armas de seducción, unos en el campo religioso, otros en el filosófico y otros en el de la política; siendo inútil advertir que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí, coinciden en un punto: el consabido odio _a las viejas instituciones y creencias_.

Ni de los fundadores, ni de los pontífices, ni de los apóstoles (aunque todo ello suele andar en una sola pieza) de estas doctrinas, ni siquiera de los adeptos que lo sean _de veras_, voy a ocuparme aquí, gracias a Dios.

Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza, bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so pretexto de un amor desmedido a lo _nuevo_ y a lo _fuerte_, pero incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, a hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos como por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando por esos mundos de Dios, y aún pretenden elevar su vuelo hasta las águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado entendimiento se llama _ciencia moderna_.

Uno de estos _sabios_ es el huésped consabido.

Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las señas particulares de su pasaporte.

Generalmente es _tipo_ por su figura, o por el corte de su vestido, y joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie a la edad de las canas con tantos grillos en la cabeza.

Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los _viejos sistemas_, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante dos meses a una cátedra de filosofía krausista en la universidad de Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta escuela alemana, que «_cada filósofo debe construir su propia ciencia sin necesidad de abrir un libro_.» Y tan al pie de la letra ha tomado el consejo, a tal extremo ha llevado el asco a los libros, que ni siquiera conoce la gramática castellana.

Ya hemos visto, al dársele a conocer al lector, qué desparpajo le presta o le infunde esta _ilustrada_ ignorancia; mas como aquella tesis la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es raro que entre tantos haya muchos a quienes sobre de buen sentido lo que les falte de _ciencia moderna_, su temporada de verano es una pelea sin tregua ni sosiego.

Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien oye llover, una vez _metido en barro_ ya no hay paciencia que sufra tantas salpicaduras al sentido común, única _ciencia_, a mi entender, que se _construye_ sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no hay libro que enseñe a construirla cuando Dios ha negado a alguno la _materia prima_.

Sin este lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de aire, o menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito. Por eso lo primero que _discute_, y con doble afán si hay mujeres en el auditorio, es a Dios, es decir, al _Dios de las viejas creencias_.

Eso de _Dios Trino y Uno_, tiénelo él por logomaquia.

La _conciencia humana_ no siente este concepto _absurdo_; la mente, por tanto, no le penetra, no le alcanza.

Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la cara hosca, y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según el sabio, es claro, perceptible y concluyente:

«_Dios es el absoluto ser, en su total unidad e integridad, como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, sabiéndose de sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan._»

En seguida apoya su aserto con la autoridad de los _santos_ padres, o pontífices de _su_ iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón, mira en derredor de sí con cara de lástima, y pasa a otra cosa.

Nada le _repugnaba_ tanto cuando él _era_ católico «por no disgustar a su _pobre_ madre que creía como una _inocente_ todas _esas cosas_,» como los milagros, lo sobrenatural: y lo del premio y el castigo inmediatos a la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara una cuenta corriente a cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer la idea, agraviar a la razón humana que es un destello divino, etc., etc.

Y he aquí que comienza a cantar endechas al _espiritismo_, de cuya secta se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros trashumantes, para purificarse por una serie de trasmigraciones, hasta que Dios los llame junto a sí, después de juzgarlos dignos de Él: cree, por tanto, en los metaespíritus, y que el hombre está en la tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, o de otra criatura de diferente condición social o naturaleza, y ni siquiera niega que pueda él mismo haber sido asno tiempos atrás, por más que --¡otro contrasentido!-- no le guste que se lo llamen. En fin, repugnándole todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación, nos cuenta entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano a mano con el espíritu de Confucio... o con el de Sancho Panza (pues inspirados _eruditos_ hay en la secta que se lo han tragado), si es _medium_, por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la posea; y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y que prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot y otros cuantos apóstoles de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se lo cuentan en parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan luego una interpretación no poco ingeniosa.

También en este trance tapa la boca a los incrédulos que se ríen al oírle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos hacen lo mismo que él, y _aliquid amplius_, en esas conferencias con los espíritus; cuya prueba, no por ser irrecusable, porque es la pura verdad, levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones sociales que en un manicomio, y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.