Tipos trashumantes: cróquis á pluma
Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
TIPOS TRASHUMANTES
CROQUIS A PLUMA
POR
DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA
SANTANDER -- _Imprenta y litografía de J. M. Martínez_ SAN FRANCISCO, 15 -- 1877
AL LECTOR.
_Los pueblos, como los hombres, tienen dos fisonomías, por lo menos (algunos hombres tienen muchas): la que les es propia por carácter o naturaleza, o, como si dijéramos_, la de todos los días, _y la de_ las circunstancias; _es decir_, la de los días de fiesta.
_La que en este concepto corresponde a la perínclita capital de la Montaña, la forma esa muchedumbre que la invade, en cada año, durante los meses del estío, para buscar en ella quién la salud, quién la frescura y el sosiego, ora en las salobres aguas del Cantábrico, ora contemplando y recorriendo el vario paisaje que envuelve a la ciudad, mientras la raza indígena la abandona y se larga por esos valles de Dios ansiando la soledad de la aldea y la sombra de sus_ castañeras _y_ cajigales.
_Para los que solo se fijan en la variedad de matices y en la movilidad de los pormenores, esta fisonomía es híbrida, abigarrada, indefinible e inclasificable._
_Para un ojo ducho en el oficio, es todo lo contrario. Hay en ese movimiento vertiginoso, en ese trasiego incesante de gentes exóticas que van y vienen, que suben y bajan, que entran y salen, rasgos, colores y perfiles que sobrenadan siempre, y se reproducen de verano en verano, como el_ aire de familia _en una larga serie de generaciones. ¿No es todo esto una fisonomía como otra cualquiera?_
_Por tal la juzgo, y muy digna la creo, por ende, de ser registrada en el libro de apuntes de quien se precie de pintor escrupuloso de costumbres montañesas._
_Y como quiera que yo, si no tengo mucho de pintor, téngolo de escrupuloso, abro mi librejo, y apunto..., pero, entiéndase bien, sin otro fin que refrescar la memoria del que leyere, y con la formal declaración de que_ «_cuando_ pinto, _no_ retrato.»
LAS DE CASCAJARES.
No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos, sino acaso por distinguirse más, llamándose a secas _el señor de Cascajares_.
El cual es un banquero, o hacendado, o contratista de _alto bordo_, muy rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los que de allá vienen a pasar las vacaciones de verano, habita espléndido palacio en el paseo de Recoletos, o elegante casa en la calle de Alcalá, o en la del Barquillo.
Es diputado a Cortes cuantas veces quiere, y lo quiere casi siempre, porque todos los Gobiernos apoyan su candidatura, en cambio de la decisión con que él aplaude a todos los Gobiernos. Sin embargo, no es hombre político: solo se comunica con los del poder por el ministerio de Hacienda.
Su señora tiene más conexiones e intimidades que él con los altos personajes de la cosa pública. Se tutea con muchos de ellos, aunque tampoco es aficionada a la cábala ni al cabildeo; es decir, que le gusta el personaje por lo que brilla, y nada más.
Tiene tres hijas solteras, y va con ellas al _gran mundo_. Ni éstas son modelos de hermosura, ni la madre encaja, por ninguna parte que se la mire, en el más modesto de los moldes aristocráticos; pero, así y todo, pasan en la corte por _ornamentos distinguidísimos_ de la _alta sociedad_. Lo cierto es que los _Asmodeos_ y _Pedro Fernández_ las citan siempre, en sus almibaradas crónicas de Madrid, en el catálogo de las _bellas, discretas y elegantes_.
Dos hijos varones tienen también los señores de Cascajares. El mayor es diplomático; y aunque rara vez sale de Madrid, siempre se le considera como en activo servicio, para los efectos de la nómina y del escalafón, en una de las embajadas de más categoría. El segundo, que pasa ya de los veinticinco, no se ha decidido aún por la carrera que ha de seguir. Por de pronto asiste con asiduidad al _Veloz-Club_ y al Casino, y sabe poner cien onzas a una sota, sin que le tiemble el pulso.
Toda esta gente, más tres doncellas o camaristas, dos criados para los señoritos, un sotamayordomo, ú hombre de confianza, para el _señor_, dos lacayitos y un cocinero negro, vienen en el mes de Julio a Santander a habitar un piso amueblado, en la población, que paga el señor de Cascajares a razón de 8.000 reales mensuales, con la obligación de habitarle dos por lo menos, o de pagarle como si le habitara, y de reponer cuanta vajilla, ropa de camas y muebles sufran el menor deterioro en el ínterin.
Día y medio dura la mudanza, desde la estación del ferrocarril a casa, de los _mundos_, maletas, cajas, baúles, rollos de mantas, bastones y paraguas, que siguen a la familia de Cascajares como la estela al buque. Y se llena de baúles un cuarto del patio, y hay mundos amontonados en las gabinetes, y cajas sobre todos los veladores, y paquetes sobre todas las sillas, y maletas hasta en el mismo salón en que aquellas señoras reciben las visitas.
Tanto es el equipaje y tanta la servidumbre, que la familia no ha podido colocarse en ninguna fonda del Sardinero; y por acordarse tarde, tampoco logró establecerse en uno de aquellos amueblados _chalets_.
Esto tiene disgustadísimas a las _niñas_ y desazonada a la mamá. Y no es para menos el caso. _Las_ de Himalaya, las de Tenerife, las de Potosí, las de Chimborazo..., en fin, toda la más encumbrada aristocracia está en el Sardinero; y ellas, por consiguiente, _sin sociedad_. Además, mal alojadas y achicharradas de calor. (El termómetro marca 20° al sol, y cuando ellas salieron de Madrid señalaba 41 a la sombra). Gracias a que han conseguido alquilar por toda la temporada un mal carruaje que las lleva por la mañana al baño y por la tarde a pasear al Sardinero.
Así es que se las ve poco en la calle; y cuando se las ve, se observa que se mueven perezosamente, como buque en _calma chicha_, y miran tiendas, objetos y personas con gesto de hondo disgusto. Si alguno las saluda al paso, responden con lánguido cabeceo, que más parece desmayo que otra cosa.
Por lo común, se las halla, hechas un racimo y envueltas en transparente bata, sentadas en el mirador.
En esta ocasión y en otras varias del día, nunca les falta en la acera de enfrente una especie de guardia de honor, compuesta de los arrapiezos más encanijados y escrofulosos, pero a la vez más _principales_, que haya en la población. Allí, los inocentes, se pasan las horas muertas retorciéndose la inverosímil guía del incipiente bigote, exhibiendo, a fuerza de disimuladas contracciones de muñeca, los puños de la camisa, esgrimiendo las solapas de la levita para que se destaque en todo su desarrollo la curva del robusto pecho, y haciendo, en fin, cuantas evoluciones y habilidades pudiera una bestezuela amaestrada por diestro gitano para seducir al incauto feriante.
Ya hemos dicho que las de Cascajares no son bellas; pero que son _distinguidas_, categoría inventada en estos tiempos democráticos para colocar en ella todo lo que no es vulgo, sin ser aristocracia, no por la sangre, sino por _el aire_.
El efecto de esta _distinción_ se deja conocer en el pueblo inmediatamente. En esos días es cuando se tropieza uno con alguna indígena que lleva sobre su cuerpo cierta cosa rara que llama nuestra atención; v. gr., un moño encima de los riñones, un pispajo de tul en el cogote, el pelo echado sobre los ojos, o medio vestido azul y medio de color de canario, collar de rollos de canela, o pendientes de melocotón..., cualquiera extravagancia por el estilo.
Si tenemos franqueza para tanto, y la preguntamos, deteniéndola en la calle, qué es _aquello_, nos responderá sorprendida:
--¿No le hace a Vd. gracia?
--Maldita.
--¡Oh! pues _lo llevan mucho_ las de Cascajares; y en Madrid _hace furor_.
--¡Hola!
--¿No le gustan a Vd. _esas chicas_?
--¿Quiénes?
--Las de Cascajares.
--La verdad es que no me han llamado la atención...
--¡Oh! ¡pues son muy _distinguidas_!
Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te parecen espantapájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre las gentes de _buena sociedad_, como modelos de gracia y bien caer.
¡Lo llevaban las de Cascajares!
Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares _distinguidos_ que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales; ú oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin faldones, y hasta sin paño; o la mollera en un cilindro sin alas, o en unas alas sin cilindro.
Volviendo a las de Cascajares, añado que asisten a los bailes campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, o no bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se retiran de él.
Y como son tan distinguidas, suspiran muy a menudo por aquel _Biarritz de su alma_, donde todo es _chic_ y _confortable_. En cuanto a Santander, _no las hace felices_.
El diplomático dice «amén» a todos los discursos de sus hermanas, y no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.
Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta a las dos de la tarde, come a las seis, se va a la ruleta, si la hay, o a timbirimba más _fuerte_, que sí la habrá, y no vuelve a casa hasta las tres de la mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado; porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.
En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y como se acuesta temprano y madruga mucho, sólo ve a su familia a las horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.
Y llega a la mitad el mes de septiembre, vuelven a empaquetar los equipajes; y después de haber _pagado_ diez visitas de las veinte que deben, tórnanse a Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones de las diez familias con quienes quedan _en descubierto_, y dejando, en cambio, el recuerdo de su _distinción_ entre las señoras pudientes, que las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y entre algunas inocentes _cursis_ que sudan y se desgañitan por remedar sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y delebles percalinas.
LOS DE BECERRIL.
Dos taleguillos blancos llenos de ropa de _muda_, unas alforjas atacadas de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Este es el equipaje de cada familia al meterse en el tren en la estación más próxima.
Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amen de la capa que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la criatura que amamanta; una jovenzuela con el otro talego, y un rapaz de doce años con el paraguas.
Vienen a Santander porque el padre tiene _dúlceras_ en las piernas, y _dúlceras_ en el _cuadril_ de la derecha; la madre, desde el último parto, _añudados los gonces_ de la rodilla izquierda; el mamoncillo no puede echar los últimos dientes _de por sí solo_; la jovenzuela ha cumplido ya quince años y está pálida como la cera; el rapaz que va para doce, tiene los labios como un embudo y el cuello como un botijo, y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.
Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen a tomar los baños de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias enumeradas.
Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en que hemos ido citándolos, llegan a la Dársena y echan Muelle adelante con el asombro pintado en los ojos y en la boca.
El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía; el ligero esquife que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio; la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas, chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino, que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y patriarcal lugareño de tierra de Campos.
Pero el coche, y «los señores,» y el soldado, y «las damiselas,» todo, en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los fascina, por de pronto y acaba por atontarlos, es _lo marítimo_. Les faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.
--Míales, míales, hijo --vocea la madre--. ¿No te lo ecía yo?... Más altos son los palos que el campanario del pueblo.
--¡Pus anda --añade el padre--, con el otro que va río abajo! Mal rayo me parta si no ahúma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que ver el tren con esto? ¡Pus ávate con el barquillico que lleva a la zaga!...
--Será la cría, padre --grita el rapaz.
--Puá que, hijo; no te diré yo que no lo sea.
--Y toas estas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo, cuánta barca!... y allá va una cargá de _cubetos_... ¿Y dende esta orillica se pescará el _fresco_?
--¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.
--¿Pues no es esto la alta mar?
--¡Anda si qué! ¿Pus no oístes a aquel señor que venía en el tren a la vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa onde está la alta mar!
--Y ¿onde está esa mar?
--En cuantico alleguemos a casa, di que se ve de golpe.
Y en estas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá, parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando a este «caballero» y a la otra «buena mujer», llegan a Miranda, en cuyo barrio tienen _apalabrada_ una habitación que les ha buscado otra familia castellana que les precedió en el viaje.
Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse todos ellos en tales honduras.
Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por la doble razón de economía y de proximidad a la playa, tienen ocasión los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros paisanos instalados en ella también. De todas maneras --y por eso traen las alforjas llenas de provisiones--, siempre _se ajustan_ sin la comida.
El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos a las cuerdas, y a empellones los muchachos, van entrando todos poco a poco, hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es decir, que se quedan a la orilla, donde, al romper las olas, tras de machacarles los cuerpos como mazos de batan, les hacen sorber la arena a carretadas.
En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre, las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas. La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.
Catorce de a media hora recetó a cada uno el médico de Becerril; pero ellos que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día, y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo una hora por la tarde y otra por la mañana.
Siempre que no están en el baño, o comiendo, o durmiendo la clásica siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente escarbando los arenales para acopiar _pelegrinas_ y _caracolillos_, por cuyas baratijas se perecen.
Antes de volverse a Becerril, o a Frómista, o a Amusco, al pueblo, en fin, de Castilla, del cual procedan, bajan dos veces a la ciudad: una para verla y comprar a la chica unas arracadas de _cascaritas_, y otra para visitar, _por adentro_, un vapor-correo, y, si le hubiere en el puerto, _un barco de Rey_.
Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe prodigios, estas buenas gentes se vuelven a Becerril tan sanas como corales.
EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR.
Una semana antes de suspenderse, por razones de alta temperatura, las sesiones de las Cortes, pronunció un discurso de abierta oposición a la política del Gobierno. Tres días después se trasladó a Santander con su señora, luciendo todavía los tornasoles de la aureola en que le envolvió aquel triunfo parlamentario. No hay que decir si llegaría hueco y espetado, él que, por naturaleza, es grave y repolludo.
Como ni S. E. ni su señora piensan tomar baños de mar, sin duda por aquello de que _de cincuenta para arriba, etc..._, refrán cuya primera parte les coge por la mitad, no han querido alojarse en el Sardinero; y como tampoco quieren el bullicio y las estrecheces del cuarto de una fonda, se han acomodado en una modesta casa de huéspedes, ocupando la mejor sala con el adjunto gabinete.
Su Excelencia sale a la calle con zapatos de cuero en blanco, sombrero hongo de anchas alas, cómoda y holgada americana, chaleco muy abierto y tirillas a la inglesa.
Siempre camina lento y acompasado, con las manos cruzadas sobre los riñones, y entre las manos la empuñadura de cándida sombrilla. Nunca va solo; generalmente le acompañan cuatro o seis personas de la población, y de sus ideas políticas.
Marchan en ala, y el personaje ocupa el centro de ella.
A cada veinte pasos hace un alto, y el acompañamiento le rodea. Es que va a tocar uno de los puntos graves de su discurso; porque es de advertir que S. E. no gasta menos, ni aun para diario.
Y, en efecto; si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo, percibirá estas, ú otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo y resonante:
--Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad, todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el Parlamento, como la Europa ha visto, fui implacable con los hombres de la situación, lo fui mucho más, lo estoy siendo todos los días en el terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes de salir de Madrid, decía yo al Presidente del Consejo de Ministros: «Esa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país no quiere utopías; el país quiere hechos prácticos; el país quiere reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas; y ustedes, para corresponder a sus justos anhelos, le dan la dictadura en Hacienda, el cáos en la política y el desconcierto en todo.»
--¡Bravo! --exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los asombrados ojos a los crespos bigotes del orador--. Y él, ¿qué le respondió a Vd.?
--¿Qué me respondió? --replicará S. E. mirando al interpelante como si fuera a tragársele, y recorriendo luego el grupo con la vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta--. Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!
--¡Pues es claro! --responderá el coro.
Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes, sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño, y continuará su paseo.
Y así hasta el infinito.
Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le acompañan al _Círculo de Recreo_; y dicho se está que le llevan, medio en triunfo, al salón del _Senado_, venerable mansión donde, al revés de la cárcel del mísero Cervantes, «toda _comodidad_ tiene su asiento y _ni el más leve_ ruido hace su habitación.»
Allí se levantan los más autorizados _señores_ al ver al recién llegado, cédenle la poltrona presidencial; y, alargando tirios y troyanos el pescuezo y los hocicos (_intentique ora tenebant_, que dijo el otro) dispónense a escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima octava variante sobre el consabido tema...
Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta S. E. de recorrer a pie, muy a menudo.
Y así va corriendo la temporada, salpimentando sus solaces con tal cual visita a éste o al otro personaje que veranea en la playa, o pasa de largo para el extranjero.
Al fin del verano se le lleva un día a ver el Instituto, y otro a la Farola de Cueto, que, por lo visto, es todo lo monumental que aquí tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está S. E. en candelero... o en las Marianas, que de todo se ha visto.
Cuando el personaje montó en el coche que le llevó a visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto, y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya; y entonces se la vio en público por primera vez.
Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.
Pero estos reparones no reparan que los hombres no nacen para ser personajes como los príncipes para ser reyes; y así les sucede a muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar a sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, o _temporeros_ de una modesta tesorería de provincia, o alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución, o los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.
Mas a esto dicen también las gentes, que en España todos los hombres, en cuanto llegan a serlo, debieran prepararse para lo más grave, porque parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción de la naturaleza, _todos los españoles servimos para todo_.
LAS INTERESANTÍSIMAS SEÑORAS.
Generalmente son dos: rubia la una, morena la otra; pero esbeltas y garridas mozas ambas. Arrastran las sedas y los tules como una tempestad las hojas de otoño. De aquí que unos las crean elegantísimas, y otros charras y amaneradas. Pero lo cierto es que los otros y los unos se detienen para verlas pasar, y las ceden media calle, como cuando pasa el rey.
Como nadie las conoce en el pueblo, las conjeturas sobre procedencia, calidad y jerarquía, no cesan un punto.
El velo fantástico de sus caprichosos sombrerillos, que llevan siempre sobre la cara, es el primer motivo de controversias entre el sexo barbudo. Si aquellos ojos rasgados, y aquellas mejillas tersas, y aquellos labios de rosa que se ven como entre brumas diáfanas, son primores de la naturaleza, o artificios de droguería. Esta es una de las cuestiones. Pero aunque se resolviera en favor de la pintura, no sería un dato; porque ¿qué mujer no se pinta ya?
Otra duda: ¿dónde viven? Se averigua que se hospedaron en una fonda muy conocida, a su llegada a Santander, y que permanecieron en ella tres días, durante los cuales las acompañó por la calle varias veces un inglés _cerrado_.
Primera deducción: que son inglesas.