Tierras Solares Obras Completas Vol. III
Part 3
¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores desesperados de José Beda «el Jerezano», y a los tangos de la «niña de Pomares». Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenían el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero también las cosas de España eran distintas entonces. Imperaba la alegría de Fortuny. Había diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos... Hoy éstos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la universal civilización lleva el desencanto sobre rieles o en automóvil a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres, el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginación y hace que aun se levanten castillos «en España».
IV
Algunos historiadores malacitanos recuerdan cierta horrorosa tempestad que padeció este puerto el año 1567. «Aunque no ha sido el puerto de Málaga de los más combatidos por las tempestades, no obstante, registra varias tristes efemérides--dice el poeta Díaz de Escovar--que cubrieron de luto a los habitantes de la ciudad». Uno de los temporales más terribles, que ocasionó muchos daños y no pocas víctimas, fué el acaecido el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas encontramos sobre el mismo, y sólo Martínez de Aguilar, en su _Breve descripción cronológica de la fundación de la ciudad de Málaga_, impresa en 1819, nos da algunos datos que hacen comprender la importancia del temporal. Marzo, en el tomo segundo, página 72 de la _Historia de Málaga_, escribe algunas indicaciones sobre este suceso. El puerto estaba lleno de navíos importantes, que debían conducir cargamento de artillería, municiones y otros bastimentos para las plazas de Africa. A bordo de estos navíos se hallaban seis mil hombres del ejército, que tenían necesidad de desembarcar en Cartagena. El mar, agitado violentamente, arrojó contra las piedras de los muelles muchos de aquellos barcos. Veinticuatro días, según Martínez de Aguilar, duró el temporal, siendo difíciles los socorros y grande el pánico de los que veían perecer tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza. No están conformes los historiadores, de quienes estos datos tomamos, respecto al número de navíos que se hicieron pedazos. Marzo asegura que fueron veintisiete, cantidad con la cual no está conforme Martínez de Aguilar, que escribe fueron veintitrés, añadiendo que sólo se salvó de aquel horrible desastre un navío vizcaíno. El mar se cubrió de víctimas, pues muchos soldados y marineros perecieron.
Esto me hace recordar otra catástrofe reciente que tanta conmoción produjo; me refiero a la pérdida del buque-escuela de la marina alemana que se despedazó contra los escollos, a la vista de la población malagueña. El barco había salido fuera del puerto, a pesar de amenazar mal tiempo, a hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino violentamente, y cuando el capitán quiso entrar a ponerse en salvo, no pudo conseguirlo y el buque chocó contra las rocas. Todos miraban desde los murallones y desde la playa la muerte de tantos hombres, y, si se logró salvar a algunos, grande fué el número de los que perecieron. Quiénes se pudieron asir a cables o boyas, quiénes lograron ganar la costa a nado, a pesar del fragor y fuerza de las olas enormes. Fué aquel un día de luto para la escuadra alemana, para Alemania entera y su emperador. Y he podido ver en este aniversario las coronas que ornaron las tumbas de algunos de los que perecieron en el cementerio inglés de esta ciudad. La pérdida de ese barco-escuela, como la del «Vienne» francés, es de esos golpes terribles que la ira del mar asesta sobre los países que conquistan su elemento con el poder de las escuadras, y la escuadra y la nación argentinas saben de esos duelos con recordar el solo nombre de la perdida «Rosales».
A veces el mar asalta a la tierra, o temerosamente la amenaza; fuera de los formidables cataclismos cíclicos, como aquel en que se hundió la misteriosa Atlántida. Algunos sabréis del clamor que se oyó en el Callao en tiempos ya lejanos: «¡El mar se sale!» Y si mi memoria no yerra, he leído que hubo, en efecto, una invasión del mar. Pues bien, aquí en tierra malagueña se oyó a mediados del antepasado siglo, en el mismo mes y año en que sufrió Lisboa su histórico y terrible terremoto, se oyó el mismo espantoso clamor. Serían las diez y media de la mañana, dice Díaz de Escovar--que sabe admirablemente los pasados y presentes secretos, leyendas e historias de su ciudad--del 27 de Noviembre de 1755, cuando violentas oscilaciones, que, según el autor de las _Conversaciones malagueñas_, duraron de cinco a seis minutos, conmovieron los edificios de Málaga. A la vez se esparció entre los vecinos la pavorosa voz de que «el mar se salía». Díaz de Escovar, que es varón creyente y valiente en su fe católica, confiesa que no ha de entrar «en disertaciones sobre si la voz fué hija de una extraña realidad o alucinación de exaltadas fantasías». No faltan historiadores, cuyas dotes de veracidad son notorias, que la presenten como verdadera. Barbán de Castro parece dar a entender que la voz no fué sobrenatural, sino que se esparció y propaló de unos en otros, casi instantáneamente.
Esto es más racional y más verosímil por más que nada hay imposible si Dios lo quiere. Paréceme que Málaga, país en donde los gitanos dicen la buenaventura, lleno aún de terrores medioevales como estaba, fué posiblemente presa de una vasta autosugestión colectiva, días después de la ruina de la capital lusitana.
O había terremoto y maremoto, y alguien gritó: «¡el mar se sale!». Aunque ni esto último parece, pues ese mismo citado Barbán de Castro dice en su _Cronología_: «¿Quién creyera que estando el mar entonces con la mayor quietud y serenidad visible, pues era la hora más proporcionada para ello, se pudiese persuadir a todo un pueblo tan numeroso a que creyese que el mar se le tragaba? Se puede con toda verdad asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo persona de todos estados y condiciones que no creyese a un tiempo mismo que el mar, como decían, se había salido, y era menester huir aceleradamente a los montes». A los montes volaron las gentes, por lo que según parece no fué cólera del mar, sino broma neptuniana; de gente se llenaron los cerros de San Cristóbal y Gibralfaro, que están junto a la ciudad. De Escovar escribe que: «El magistrado de la ciudad recorrió las alturas, costándole gran trabajo y no pocas palabras convencer a los que allí se refugiaban de que sólo existía una alarma infundada, que tenía por base el miedo, pues el mar estaba tan sosegado como intranquilos los espíritus de los habitantes de Málaga. Los menos temerosos volvieron a la ciudad. Se publicaron bandos referentes a los hechos ocurridos, en los que se anunciaba que si ocurriese novedad alguna se avisaría por medio de la campana que había sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en el caso de notar algún movimiento peligroso, o extraño en el mar, dispararía algunos tiros al aire, que servirían de señales». Y si gustáis de la nota cómica en medio de las tribulaciones, he aquí lo que cuenta, entre otras cosas, un escritor que presenció los sucesos: «El Dignidad de Tesoro de nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a buscar el campo quiso seguirlas, y pareciéndole que en calle de Beatas se atrasaba a otros, porque el manteo y el sombrero le estorbaban, los soltó en la calle, para seguir la marcha, alzándose bien la sotana. Advirtiendo después que en ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes (me contó él mismo), que los arrojó al suelo, pareciéndole que aun aquello le servía de embarazo». Y agrega Medina Conde: «Fueron muchas las confesiones generales que se hicieron, y reformó más este susto que muchas misiones».
* * * * *
He ido a ver en día de mar agitado la playa malagueña. El agua, que tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que gritaban: «¡El mar se sale!» Las espumas saltan sobre las macizas obras del puerto que aquel gran malagueño que se llamó D. Antonio Cánovas del Castillo dejó a su ciudad nunca olvidada. Por el lado del faro la furia marina se manifiesta igual, y a lo largo de la vía que se extiende hacia la parte de la Caleta. Hablando en poeta diría que la espuma de los briosos caballos de Neptuno, o la hirviente leche de los rebaños que «carnerean» sobre la revuelta superficie, o bien el agitado jabón que mil colosales Nansicaas derraman de colosales artesas, llega alzándose, echando al aire saladas pulverizaciones, rompiéndose en las piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas mansiones hay para encanto de hidalgos, ricos o adinerados extranjeros.
He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores estaban sacando sus redes con gran trabajo. Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres de cada lado tiraban, aprovechando la llegada de la ola, las cuerdas resistentes; y luego hacían esfuerzos para que la vuelta del agua no les quitara lo ganado.
Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen su tarea. A veces les bañan los espumarajos; a veces les hace retroceder la potencia del agua, y se entierran hasta más arriba de los tobillos, encorvados con la cuerda del hombro. Y parece que el monstruo está colérico, sin razón, como la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del mar. Porque las cóleras del mar son así, como todas las cosas de la naturaleza, iguales para todos. La hormiga o el hombre, el acorazado o la lancha del pescador, son aplastados por la misma invisible mano, sorbidos por el mismo visible elemento, unidos en la destrucción, en la universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco la manda azotar, o si están allí los pies de ese otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su misterio. Hace su eterna obra, cumple su destino infinito. Apenas si se comunica con los corazones que se acuerdan con la palpitación del suyo, con las mentes de los soñadores y pensadores que se hunden en lo insondable del tiempo y del espacio, con los buzos de Dios.
La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus clamores furiosos, y los pescadores tiran de su «copo». Un grito señala el momento de unir el empuje. Entre los que trabajan hay ancianos, hombres robustos, adolescentes dorados de sol, niños que están aprendiendo los oficios del agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos se recortan en el lejano horizonte las velas latinas que andan aguas adentro. Los colores del agua cambian. Aquí es el blanco lácteo de las espumas, en seguida un gris verdoso, en seguida verdeoscuro, luego verdepálido, luego azul. Y las voces del mar enojado son roncas, hondas, cuando se desploman los arcos de cristal y de ámbar, alborotadas como de muchedumbre al saltar los ramilletes enormes, las cascadas espumosas, y con ruido de sedas, de papeles que se rozan, de condor que se arrastra, del aire entre los ramajes de pinos de un bosque.
Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma. La red ha traído un buen por qué de calamares, sardinas, rojos salmonetes, pequeños y saltantes boquerones, un crecido, feo y amarillento pulpo. Los pescadores están contentos. Y me alejo pensando--asociación de ideas--en Wells, en Víctor Hugo y en N. S. Jesucristo.
[Ilustración: LA TRISTEZA ANDALUZA]
[Ilustración]
¿HABÉIS oído a un «cantaor»? Si lo habéis oído, os recordaré esa voz larga y gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastón para llevar el compás. Parece que el hombre se está muriendo, parece que se va a acabar, parece que se acabó. A mí me ha conturbado tal gemido de otro mundo, tal hilo de alma, cosa de armonía enferma, copla llena de rota música que no se sabe con qué afanes va a hundirse en los abismos del espacio. El «cantaor», aeda de estas tierras extrañas, ha recogido el alma triste de la España mora y la echa por la boca en quejidos, en largos ayes, en lamentos desesperados de pasión. Más que una pena personal, es una pena nacional la que estos hombres van gimiendo al son de las histéricas guitarras. Son cosas antiguas, son cosas melodiosas o furiosas de palacios de árabes... He oído a Juan Breva, el «cantaor» de más renombre, el que acompañó en sus juergas al rey alegre don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja, lobo o pájaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones asoleadas, toda la morería, toda la inmensa tristeza que hay en la tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares, tristeza de las melancólicas hembras de grandes ojos, tristeza especial de los mismos cantos, pues no se puede escuchar uno que no diga muerte, cuchillada, luto, virgen penosa o nota crepuscular. A la orilla del mar he oído cantar a un mozo pescador, que descansaba junto a una barca; y su canción era tan triste, tan amarga, como las coplas de Juan Breva. Cantan lo mismo las muchachas frescas, rosadas de vida, que ponen claveles en las ventanas y que tienen un novio. Porque así son aquí la vida y el amor; todo lo contrario de lo que piensan los que sólo han visto una Andalucía a la francesa, de exposición universal o de caja de pasas. En verdad os digo que este es el reino del desconsuelo y de la muerte. El amor popular es inquieto y fatal. La mujer ama con ardor y con miedo. Sabe que si engaña al novio, le partirá éste el pecho y el vientre de un navajazo. «Una puñalaíta». Hace algún tiempo, en un florido patio malagueño, se celebraba una fiesta, y cierta gallarda moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente. De pronto cantó una copla que dice en dos de sus versos:
¿No hay quien me pegue un tirito en medio del corazón?
Un loco, o un enamorado novio, estaba allí, y sacó una pistola, y le pegó el tiro, en medio del corazón. Estos salvajes amorosos son así. Antaño no habría sido pistola, sino gumía. Todos los poetas de estas regiones son dolorosos y excesivos, fatalistas, o violentos. Todos son amados del sol. Todos no: he aquí uno amado de la luna...
En uno de estos crepúsculos de invierno, en que el Mediterráneo ensaya un aspecto gris que borrará la aurora del siguiente día, he comenzado a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza, el cual acaba de aparecer y es ya el más sutil y exquisito de todos los portaliras españoles. Al hojear su libro _Arias tristes_, lo juzgariais de un poeta extranjero. Fijáos más; es un poeta completamente de su tierra, como su nombre. Se llama Juan, como el Arcipreste, y Jiménez, como el Cardenal. Surge en momentos en que a su país comienzan a llegar ráfagas de afuera, sobre más de una parte derrumbada de la antigua muralla chinesca que construyó la intransigencia y macizó el exagerado y falso orgullo nacional. Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo de su esfuerzo. Como todo joven poeta de fines del siglo XIX y comienzos del XX, ha puesto el oído atento a la siringa francesa de Verlaine. Mas, lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha aprendido a ser él mismo--_être soi mème_--y dice su alma en versos sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está enfermo, vive en un sanatorio, allá en Madrid. Así, en su poesía no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una sonrisa de convaleciente:
Convalescente di squisitti mali...
pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida. Cuando Camille Mauclair, el crítico meditativo del «Arte en silencio», se complacía en escribir versos, colocó un volumen de verbales sonatinas de otoño bajo la invocación de Schumann; Jiménez tiene como patrono de su libro musical y melancólico al melodioso Schubert. Antes de cada división de sus poemas, aparecen, a la manera de introducción, las notas de «El elogio de las lágrimas», de la «Serenata», de «Tú eres la paz». Se penetra así, a la influencia de la música, a uno como parque de dulzura y de pena en donde, al amor de la luna, un alma dice, como el ruiseñor, sus arias crepusculares o nocturnas. Nunca como ahora se ha cumplido el precepto de Pauvre Lelian: _De la musique avant toute chose..._ Ya antes dijo el celeste Shakespeare:
The man that hath no music in himself, Nor is not mov'd with concord of sweet sounds, Is fit for treasons, stratagems, and spoils; The motions of his spirit are dull as night. And his affections dark as Erebus...
Conozco de esos seres. Y veo, en cambio, a través de esta poesía de sinceridad y de reserva, a un tiempo mismo, la transparencia de un espíritu fino como un diamante y deliciosamente sensitivo. He aquí un lírico de la familia de Heine, de la familia de Verlaine, y que permanece, no solamente español, sino andaluz, andaluz de la triste Andalucía. Es de los que cantan la verdad de su existencia y claman el secreto de su ilusión, adornando su poesía con flores de su jardín interior, lejos de la especulación «literaria» y del mundo del arribismo intelectual. Su cultura le universaliza, su vocabulario es el de la aristocracia artística de todas partes, pero la expresión y el fondo son suyos como el perfume de su tierra y el ritmo de su sangre. Desde Becquer no se ha escuchado en este ambiente de la península un son de arpa, un eco de mandolina, más personal, más individual. Pudiendo ser obscuro y complicado, es cristalino y casi ingenuo. Se diría que tiene timideces de orfandad, como el Maestro--_¡priez pour le pauvre Gaspard!_--si no se viesen brillar a la luz de la luna las espuelas de oro de sus pies de príncipe, que estimulan los bríos de un pegaso joven y ardiente cuyas crines están húmedas de rocío matinal. El poeta dice, como la Ifigenia de Moreas: «Es dulce el sol», pero sus ansias y sus visiones están alumbradas por el _clair-de-lune_. Y hay allí en esos versos admirables y exquisitos, las mismas visiones y las mismas ansias que en las coplas populares que cantan las mozas enamoradas, y los sonoros, duros y aullantes _cantaores_. Allí está la irremediable obsesión de la muerte, de la podredumbre sepulcral, de los corazones partidos, de la tristeza matadora. Sólo que el artista tiene una cultura europea, y si no fuese su «acento» mental, no se le conocería el origen ni la patria, y sus arias podrían ser _lieder_ germánicos o sonatinas parisienses que acompañaría la música de Debussy. Hay un olor a violetas. Hay paisajes entrevistos como por una ventana, cielos y campos de viñeta. Hay una gran castidad poeana, a pesar de los gritos de la vida; hay valles que tienen un ensueño y un corazón:
El valle tiene un ensueño y un corazón; sueña y sabe dar con su sueño un son triste de flautas y de cantares,
hay flautas pánicas, dulces flautas campesinas. ¡Deliciosos romances!
Río encantado, las ramas soñolientas de los sauces, en los remansos dormidos besan los claros cristales.
Y el cielo es plácido y dulce, un cielo bajo y flotante, que con su bruma de plata va acariciando los árboles.
Ese romance suena a la música del divino Góngora; y para nosotros, los americanos, a la música de un rimador de encantos y de tristezas, de un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido. Esas notas las hemos oído en las cuerdas que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad a Jiménez:
Llora el ángelus de otoño la campana de la iglesia, un ángelus mustio, muerto entre la lluvia y la niebla.
Recordad a Zenea:
Baja Arturo al occidente Bañado en púrpura regia Y al soplar el manso alisio Las eolias arpas suenan.
En todo el libro de Jiménez hay una, diríase, sonrisa psíquica, llena de la suavidad melancólica que da el anhelo de lo imposible, antigua enfermedad de soñador. Los que hablan de un arte enfermo, juzgo que se equivocan. No hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en las almas es como en la naturaleza. Hay maneras de expresión que da el obscuro destino. Los antiguos no andaban errados cuando hablaban de la influencia de los astros. Hay maneras de expresión que da el obscuro destino, y no exijáis a una pálida flor de lis que tenga los colores violentos de una rosa roja, ni modestia a la cola del pavo real, ni un solo de ruiseñor al papagayo. El poeta nace, sí; todas las cosas naturales nacen; lo que no nace es lo artificial. Así, no penséis en que Francis Jammes o Juan R. Jiménez harían mejor en pensar en el porvenir político de sus respectivas naciones, que en decir los sentimientos que brotan al calor apacible de sus dulces musas. No seas alegre, poeta, que naciste absolutamente amado de la tristeza, por tu tierra, por la morena y amadora y triste Andalucía; y porque tu sino te ha puesto al nacer un rayo lunático y visionario dentro del cerebro.
Hay en este libro vagas reminiscencias literarias; por ahí pasa, un momento, un enlutado misterioso semejante al de la estrofa mussetiana, el enlutado «qui me ressemble comme un frère»; suena uno que otro acorde de fiesta galante--íntima, sin decoración ni preciosismo--y se alzan, bajo la claridad lunar, los chorros de agua de Lelian, «sveltes parmi les marbres». Y Febe, aquí; allá, más allá, siempre:
Las noches de luna tienen una lumbre de azucena, que inunda de paz el alma y de ensueño la tristeza.
Yo no sé qué hay en la luna que tanto calma y consuela, que da unos besos tan dulces a las almas que la besan.
Si hubiera siempre una luna, una luna blanca y buena, triste lágrima del cielo temblando sobre la tierra,
los corazones que saben por qué las flores se secan, mirando siempre a la luna se morirían de pena.
Mi jardín tiene una fuente y la fuente una quimera, y la quimera un amante que se muere de tristeza...