Tauromaquia completa, ó sea, El arte de torear en plaza

Part 15

Chapter 152,834 wordsPublic domain

Hecho el despejo de la plaza, y despues de ocupar cada uno de los espectadores su asiento, y colocarse entre barreras los empleados y soldados que deben estar abajo para cuidar que nadie se eche á la plaza, y que no esten embarazados los portillos de las contra-barreras donde han de guarecerse los toreros, harán estos el correspondiente saludo á las autoridades, y los picadores se situarán, el mas moderno el primero, y el mas antiguo el último, el cual orden de antigüedad no se interrumpirá, á no ser cuando uno de ellos se desmonte y vaya por otro caballo: en esta operacion solo deben tardar lo que baste para llegar á la cuadra y montarse, pues que en ella deberán estar siempre ensillados y listos á lo menos tres caballos, y si el picador se tarda mas del tiempo dicho será efecto de holgazanería, lo cual se deberá castigar, lo mismo que todas las faltas que cometan los demas toreros, haciéndoles una rebaja en el estipendio segun lo merezca la falta, pues no se les puede imponer pena mas suave ni mas eficaz; y se puede aumentar en cierto modo el estímulo dando como gratificacion al que mejor haya cumplido lo que como castigo se exigió al que cumplió mal. Los picadores esperimentados suelen usar algunas raterías para trabajar poco y sacar partido de su trabajo: una de estas es ponerse á picar á un toro boyante y blando, y darle dos ó tres puyazos seguidos en los tercios, y aun en los medios de la plaza, sin dejar casi trabajar á los compañeros, y atravesándose siempre como si estuvieran entusiasmados y con muchas ganas de picar; pero si en seguida sale un toro pegajoso, ya no hacen por él, ó bien el caballo no anda, ó en fin, se apean para tomar otro y dejar pasar el tiempo: esto es una infamia, porque no dejan lucir á los otros cuando el toro es á propósito para ello, y luego los dejan que trabajen con el que los puede deslucir y lastimar: por esto dije arriba que no debia alterarse el orden de los puyazos, y solo en el caso de recargar el toro es cuando dará el picador dos ó mas: _el fiel_ de la plaza informará de esto á la autoridad para el efecto conveniente, como tambien cuando deben ir á buscar al toro, y cuando la calidad de éste no permita sino picarlo cerca de los tableros.

Con respecto á los banderilleros solo tengo que decir que no deberán quitar las piernas á los toros mientras se esten picando, ni deben hacer nada con ellos sino por orden de las espadas, que deberán estar muy prontos para sacarlos de los caballos cuando recarguen, y no mas; y que si el picador cae deberán llevarse al toro con ligereza y conocimiento, echándole siempre el capote á los ojos para que obedezca mejor. Cuando llegue el caso de banderillear saldrá primero el mas antiguo, y si vuelve á tener suerte antes que el otro la verificará sin guardar consideracion, porque si el segundo no la consiguió por haber hecho salidas falsas, justo es que pague su torpeza, y logre el primero el premio de su habilidad. Sería de desear que se detuviesen mas tiempo en banderillear, porque no hay razon para que á una suerte tan linda se le dé tan poco lugar en la lidia.

Cuando se toque á matar al toro deberá hacerlo primero el mas antiguo, que lo brindará segun costumbre á la autoridad, y no podrá cederlo á ningun otro matador, y mucho menos á ningun chulo. La suerte de muerte, que es la mas dificil y lucida, no debe ser ejecutada sino por las primeras espadas, las cuales no tienen derecho alguno para cederla á ningun otro torero, porque el público, que es lo mas respetable y lo que primero debe atenderse, va al cerco en la inteligencia de que á cada una de ellas les toca matar tales y tales toros, segun se infiera de la papeleta ó cartel en que se anunció la funcion: el no cumplir con esto es un engaño manifiesto, y tanto mas cuanto sea menos diestro el que por cesion de la primera espada vaya á matar al toro. Este abuso es tan frecuente, que yo he visto corridas en que la primera espada, que era de conocida destreza, debia matar, segun se inferia del cartel, cuatro toros, la otra espada tres, y el media espada el último; y luego solo mató uno la primera, dos la segunda, y los restantes entre la media espada, dos chulos, y otro que ni aun estaba en la cuadrilla. ¿Qué razon hay para estas variaciones? El aficionado que va á los toros por ver matar á los mas diestros, que sale de su casa y aun de su pueblo robando el tiempo á sus ocupaciones, y posponiendo todo á su favorita diversion, ¡con cuánto derecho podrá acusar de injusticia y arbitrariedad al que autorice semejante abuso!

Ya que hemos tocado este punto, bueno será esponer las razones en que me fundo para decir que ningun torero debe ceder á otro la suerte que le toca. Prescindiendo ya de la principal, cual es la de cumplir con lo que se anuncia al público, que es el deber mas fuerte y sagrado, me asisten otras, que si por una parte no tienen la fuerza incontrastable que la anterior, influyen sin embargo de un modo mas inmediato y directo en el buen suceso de las lidias. Sabemos que por desgracia son muy frecuentes entre los toreros las rencillas y enemistades que los espectadores parciales é imprudentes fomentan con sus determinados aplausos y gritos: de aqui es que muchas veces cuando el partido de un torero es el dominante en la plaza, y se va á matar un toro boyante, por el que sea su émulo se forme aquella especie de motin, en que atropellando por lo justo y por el orden establecido, se oponen á que haga la suerte el que debe, y le obliguen á dar la espada al favorito de la plebe, que siempre es la que asi se conduce, para que luzca con un toro que la casualidad habia prevenido al otro, y con el que probablemente hubiera lucido su destreza. Hay ademas otra razon para que no se permitan estas cesiones, y es que los toreros son generalmente fatalistas, es decir, que tienen sus aprensiones á ciertos toros, porque se les figura que los han de coger; unos los temen por la pinta, otros por la calidad, algunos por la casta, y muchos porque sean corni-apretados, cornaloneo, capachos &c.; si en unos de estos cambios se añade al disgusto de recibir un desaire de parte del público, tener luego que matar uno de estos toros, ó que sea realmente de sentido, es mas probable la cogida, y si pierde la vida el diestro será una desgracia doblemente digna de sentimiento.

Sería, pues, de desear que la autoridad hiciese saber al público que no se concederian de manera alguna semejantes permutas, y mucho menos cuando son para empeorar, por recaer en sugetos poco hábiles, y que se castigaria como perturbador del orden del espectáculo al que la solicitase y pidiese, asi como se haria en un teatro si alzase uno la voz pidiendo que un parte de por medio hiciese de primer galan.

Tambien es muy frecuente pedir el pueblo que salga á malar ó banderillear algun torero que esté viendo la funcion, porque el vulgo novelero mas gusta de ver matar cada toro por un torero diferente, aunque sea malo, que todos por el mas diestro: tampoco debe esto permitirse por las razones dichas, y mucho mas si se empeora; pero si el torero á quien solicita el pueblo ver matar es de una destreza conocida, superior, ó al menos igual al mejor que haya en la plaza, y este se conviene espontáneamente en cederle la espada, se podrá permitir, puesto que no es perjuicio para los demas toreros, y sí beneficio para el público. Sin embargo, solo alguna rara vez, y siendo contento en ello el que ceda la suerte, se tendrá esta complacencia.

Del mismo modo se debe prohibir la salida de cualquier picador intruso ó aventurero que se ofreciese gratuitamente á picar, y de cualquiera que se brindase á hacer alguna especie de suerte.

Estos son los vicios de que adolece el espectáculo, cuyos medios de correccion dejo espuestos, igualmente que las razones que me asisten para proponerlos; pero no consiste en esto solo la reforma que él exige. ¿Por qué razon se han de limitar las funciones de toros tan solo á unas clases de suertes, mientras que otras que en nada ceden á las que se usan estan enteramente desterradas del cerco? ¿Por qué cuando salen los toros de una corrida malos para las varas y no las toman se ha de salir el público sin verlos lidiar, y con particularidad si son de regocijos? No puedo alcanzar la razon; pero nada hay mas frecuente que ir á los toros, y si son de los que no quieren los caballos, y la corrida no es de muerte, acabarse la funcion sin haberse hecho mas en ella que poner algunas banderillas. Con el objeto de remediar esto en cuanto sea posible, voy á proponer los medios de que yo usaria para amenizar la diversion, y no dejarla en cierto modo casual y advenediza, como sucede hoy.

Los toros que fueren bravos para los caballos se torearian como de costumbre, haciéndoles las suertes de picar á caballo levantado, y la del señor Zaonero. Los que fuesen cobardes y rehusasen tomar las varas deberian ser acosados por los picadores y derribados, ya de este, ya de aquel modo, con lo cual se pararian y harian suerte, siendo ademas muy bonito ver estas operaciones, que son otras tantas suertes muy lucidas y brillantes. Concluidas las de á caballo deberian los toreros de á pie hacer los muchos juguetes que se le hacen á los toros, ya con la capa, ya saltándolos, parcheando &c., y no dedicarse esclusivamente á la de banderillas. Esta segunda época, digámoslo asi, que se consagraria á las suertes de á pie, sería de mas ó menos duracion, segun el estado y poder del toro; todo lo cual haria el _fiel_ hacer saber al diputado para que marcase con oportunidad y con el debido conocimiento. Con esto se conseguiria ver una multitud de suertes cuya variedad embelesaria, y no habria toro, por malo y cobarde que fuese, de quien no se sacase recreo y novedad.

La suerte de muerte, la mas dificil que se ejecuta, y cuyas dificultades se multiplican por la circunstancia de ser la última, y estar ya el toro con mas conocimiento y picardía, es peculiar, como ya hemos dicho, de las espadas; pero sería de desear que cuando llega el caso de matar un toro que por haber sido ya placeado, ó por haber aprendido en la lidia, ó por ser naturalmente de sentido, dé mucho recelo, y pueda esponer con mucha probabilidad al torero, se le mandase echar perros, en vez de tocar á matarle con la espada; de este modo se escusaria el disgusto que la mucha intencion del toro pudiera ocasionar, y se ofrecia á los espectadores una nueva lucha muy divertida y curiosa.

Tengo que hacer una advertencia con respecto á las corridas de novillos, porque como en ellas salen los toros vivos, y luego se van al campo, pueden volver á la plaza y traer demasiada intencion, como la esperiencia lo ha probado ya tristemente en las cocidas que ellos han dado: esto se podria evitar haciendo marcar al toro en la plaza con un hierro que fuese conocido de todos, con lo que se conseguiria que no pudiesen volver á correr semejantes reses, pues conforme se presentasen para la venta, el _fiel_ de la plaza los desecharia como inútiles. Esta sencilla precaucion no solo evitaba completamente el fraude en esta materia, sino que proporcionaba una diversion nueva á todos los concurrentes.

La reforma que á mi parecer reclama el espectáculo estriba principalmente en los puntos dichos: no dudo que se me habrá escapado alguno, y acaso muy interesante: tampoco desconozco el trabajo y el tiempo que se necesitarian para desarraigar tan inveterados abusos, y la constancia y prudencia que esta empresa necesita; pero su utilidad exige cualquier sacrificio. Desterrar lo que tiene de incivil y sanguinaria; amenizar y multiplicar su perspectiva, y combinar la destreza y la seguridad; hé aqui lo que forma su objeto. Si el haber fijado la atencion sobre esta importante materia contribuye algo á impulsar hácia la perfeccion la fiesta de toros, me creeré feliz, y habrá conseguido este pequeño trabajo, el premio que merece tan solo mi buena intencion.

FIN.

INDICE

DE LAS MATERIAS QUE CONTIENE ESTA OBRA.

_Prólogo del editor._

_Tabla alfabética de algunas voces y frases cuyo conocimiento es indispensable para inteligencia de esta obra._ Pág. I

_Discurso histórico apologético de las fiestas de toros_ 1

PARTE PRIMERA.

Arte de torear á pie.

CAPITULO I. _De las condiciones que indispensablemente debe tener un torero._ 78

CAP. II. _Requisitos que deben tener los toros para lidiarse._ 82

CAP. III. _De las querencias._ 88

CAP. IV. _De los tres estados que tienen los toros en la plaza._ 92

CAP. V. _De las diferentes clases de toros._ 94

CAP. VI. _De las suertes de capa._ 100

ARTÍCULO I. _Del modo de correr los toros._ 101

ART. II. _De la suerte á la verónica, ó sea de frente._ 107

ART. III. _De la suerte á la navarra._ 117

ART. IV. _Suerte de tijerilla, ó sea á lo chatre._ 120

ART. V. _Suerte al costado_ 121

ART. VI. _Suerte de frente por detras_ 123

CAP. VII. _De los recortes y galleos_ 124

CAP. VIII. _De los cambios_ 129

CAP. IX. _De la suerte de banderillas_ 132

ARTÍCULO I. _Suerte de banderillas á cuarteo_ 133

ART. II. _Suerte de las banderillas á media vuelta_ 142

ART. III. _De las banderillas á topa carnero_ 145

ART. IV. _Suerte de banderillas al sesgo, ó á la carrera, ó á tras-cuerno_ 148

ART. V. _Suerte de banderillas al recorte_ 149

CAP. X. _Del modo de parchear_ 151

CAP. XI. _De la suerte de muerte_ 156

PRIMERA PARTE. _De los pases de muleta_ id.

SEGUNDA PARTE. _De la estocada de muerte_ 170

ARTÍCULO I. _Del modo de matar los toros, recibiéndolos_ 171

ART. II. _De la estocada á vuela pies_ 184

ART. III. _De la estocada á la carrera_ 193

ART. IV. _De la suerte á media vuelta_ 194

ART. V. _De la estocada á paso de banderillas_ 195

CAP. XII. _Consecuencias de la estocada de muerte_ 197

CAP. XIII. _Del ver llegar los toros_ 204

CAP. XIV. _De algunas otras suertes de á pie_ 208

ARTÍCULO I. _Del salto á tras-cuerno_ 209

ART. II. _Del salto sobre el testuz_ 210

ART. III. _Del salto de la garrocha_ 211

ART. IV. _De la lanzada de á pie_ 212

ART. V. _Del modo de capear entre dos_ 213

ART. VI. _Del modo de picar los toros, montado sobre otro hombre_ 214

ART. VII. _Del modo de mancornar_ id.

CAP. XV. _De algunas particularidades que debe tener el torero_ 216

CAP. XVI. _Modo de cachetar_ 222

CAP. XVII. _Modo de desgarretar_ 223

PARTE SEGUNDA.

Arte de torear á caballo.

CAPITULO I. _De las cualidades que debe tener el torero de á caballo_ 224

CAP. II. _Del modo de dividir los toros para la suerte de picar_ 229

CAP. III. _En que se dan algunas nociones preliminares á la suerte de picar_ 232

CAP. IV. _Suerte de picar al toro levantado_ 236

CAP. V. _Suerte de picar al toro en su rectitud_ 240

CAP. VI. _Del modo de picar al toro atravesado_ 244

CAP. VII. _Del modo de picar á caballo levantado_ 245

CAP. VIII. _De la suerte del señor Zaonero_ 246

CAP. IX. _De algunas particularidades que deben saberse, relativas á las suertes de picar_ 251

CAP. X. _De algunas otras suertes de á caballo_ 256

ART. I. _Del modo de acosar_ id.

ART. II. _Del modo de derribar_ 257

ART. III. _Del modo de enlazar los toros desde el caballo_ 260

PARTE TERCERA.

Reforma del espectáculo.

CAPITULO ÚNICO 261

_Se vende en Madrid en la librería de Escamilla, calle de Carretas, y en las provincias donde se encuentran las nuevas publicaciones siguientes._

Coleccion de novelas históricas originales españolas: 29 tomos, á 8 reales cada uno en rústica y 10 en pasta.

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1.ª 2.ª. y 3.ª cartas de Fígaro, 3 folletos, á 2 reales cada una.

El Pobrecito Hablador: 15 folletos, por D. Mariano José de Larra, á 2 reales.

Coleccion de comedias del teatro moderno, cuyos títulos espresan los catálogos que se dan gratis en la indicada librería á los sugetos que gusten adquirirlos.

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El Dogma de los hombres libres. Palabras de un creyente, por M. F. la Mennais, traducidas de la última edicion por D. Mariano José de Larra: un tomo en octavo, su precio 10 reales en rústica y 12 en pasta.

Alvarez: Derecho real de España, 2 tomos en cuarto á 44 reales en rústica, 52 en pasta, y 46 en un tomo tambien en pasta.

Sátiras de varios autores.

_Esta obra es propiedad del Editor, quien perseguirá ante la ley al que la reimprima._

NOTAS:

[1] Segun otros, VIII.

[2] Crónica de don Pedro Niño, part. 1. cap. 7.

[3] Jovellanos: memorias sobre las diversiones públicas.

[4] Buffon.

[5] An Essay on the history of civil society: part. 1. sect. 4.

[6] Memoria sobre las diversiones públicas.

[7] Véase la crónica de don Alvaro de Luna, cap. 52.

[8] Véase su crónica.

[9] Plinio.

[10] Suponiendo que sea el del lado de la huida.

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