# Su único hijo

## Part 12

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Conocía todos los rincones de la habitación de su amiga... y también los del cuarto de Mochi. Él era quien les había buscado y ajustado el nuevo albergue; él quien procuraba introducir el espíritu y la práctica del orden y la economía en la vida doméstica de aquellos artistas, llevándoles un poco de la saludable influencia de su hogar, que al fin hogar era, aunque no pudiese servir de modelo; menos cada día. Se le figuraba a Reyes tener dos casas, la de su mujer y la de su querida; y así como él mismo, sin pensarlo ni quererlo, había introducido en el caserón de los Valcárcel aires de libertinaje, semilla de corrupciones que tan bien preparado tenían el terreno en el alma de Emma; del propio modo irreflexivo, por instinto, había ido poco a poco sembrando gérmenes de costumbres sedentarias, de orden provinciano, de disciplina doméstica, en la intimidad de su trato con los cantantes. Tal vez a este influjo contribuían, más que los ejemplos de su propia casa, las reminiscencias, de muy antiguos tiempos, de los hábitos de paz familiar y humildad económica que conservaba todavía el escribiente de Valcárcel, que no en balde había pasado su niñez y el principio de su juventud al lado de sus padres honrados, pobres, humildes, resignados. El ideal de Bonis era soñar mucho y tener grandes pasiones; pero todo ello sin perjuicio de las buenas costumbres domésticas. Amaba el orden en el hogar; mirando las estampas de los libros, se quedaba embelesado ante una vieja pulcra y grave que hacía calceta al amor de la lumbre, mientras a sus pies, un gato, sobre mullida piel, jugaba sin ruido con el ovillo de lana fuerte, tupida, símbolo de la defensa del burgués contra el invierno. Envidiaba el valor, la despreocupación de los artistas que no tienen casa, que acampan satisfechos en las cinco partes del mundo; pero esta admiración nacía del contraste con los propios gustos, con la invencible afición a la vida material tranquila, sedentaria, ordenada. Hasta para ser romántico de altos vuelos, con la imaginación completamente libre, le parecía indispensable, a lo menos para él, tener bien arreglada la satisfacción de las necesidades físicas, que tantas y tan complicadas son. El símbolo de estos sentimientos eran, como va indicado más atrás, las zapatillas. Cuando en sus ensueños juveniles había ideado un castillo roquero, una hermosa nazarena asomada a la ojival ventana, una escala de seda, un laúd y un galán, que era él, que robaba a la virgen del castillo, siempre había tropezado con la inverosimilitud de huir a lejanos climas sin las babuchas. Y era claro que las babuchas eran incompatibles con el laúd. Además, no todo eran las zapatillas; había algo más en su cariño al hogar templado, dulce, sereno... la familia. ¡Oh, la familia honrada, sin adulteraciones, sin disturbios ni mezclas, era también su encanto! ¿Sería la familia incompatible con la pasión, como las babuchas con el laúd? Tal vez no. Pero él no había encontrado la conjunción de estos dos bellos ideales. La familia no era familia de verdad para él; Dios no lo había querido. Su mujer era su tirano, y en sus veleidades de amor embrujado, carnal y enfermizo, corrompida por él mismo, sin saberlo, era una concubina, una odalisca loca; y, lo que era peor que todo: faltaba el hijo. Y en casa de Serafina, en casa de la pasión... no había la santidad del hogar, ni siquiera la esperanza de una larga unión de las almas. Los cantantes tendrían que marcharse el mejor día. Eran judíos errantes; ya era un milagro que entre abonos empalmados, truenos de compañías, semanas de huelga, prórrogas de esperanzas, ayudas del préstamo, acomodos del mal pagar y abusos del crédito, hubieran podido permanecer Mochi y la Gorgheggi meses y meses en el pueblo. El día menos pensado Bonis se encontraría en el cuarto de Serafina con las maletas hechas. «La de vámonos», diría Mochi, y él no tendría derecho para oponerse. No tenía un cuarto, no podía ofrecerles medios materiales para continuar en el pueblo; el arte y la necesidad soplaban como el viento, y se llevaban allá, por el mundo adelante, su pasión, el único refugio de su alma dolorida, necesitada de cariño, de caricias castas (como habían acabado por ser las de Serafina), de dignidad personal, que le faltaba al lado de su Emma; la cual sólo se humillaba por momentos en su calidad de bestia hembra, para ser enseguida, aun en el amor, el déspota de siempre, que sazonaba las caricias con absurdos, que eran remordimientos para el atolondrado marido. ¡Solo, solo se volvería a quedar en poder de Emma, en poder de las miradas frías, incisivas de Nepomuceno, el de las cuentas, en poder de Sebastián, el primo, y de todos los demás Valcárcel que quisieron hacer de él jigote a fuerza de desprecios!

Despertó la Gorgheggi sonriente, sin dolor de muelas; agradeció a su Bonis que velara su sueño como el de un niño; y la dulzura de sentirse bien, con la boca fresca, harta de dormir, la puso tierna, sentimental, y al fin la llevó a las caricias. Mas fueron suaves; mezcladas de diálogos largos, razonables; no se parecían a las ardientes prisiones en que se convertían sus abrazos en otro tiempo. «Así, pensaba Reyes, debieran ser las caricias de mi esposa». Serafina se había acostumbrado a su inocente Reyes y a la vida provinciana de burguesa sedentaria a que él la inclinaba, y a que daban ocasión su larga permanencia en aquella pobre ciudad y la huelga prolongada. Se iban desvaneciendo las últimas esperanzas de brillar en el arte, y Serafina pensaba en otra clase de felicidad. La falta de ensayos y funciones, la ausencia del teatro, le sabía a emancipación, casi casi a regeneración moral: como las cortesanas que llegan a cierta edad y se hacen ricas aspiran a la honradez como a un último lujo, Serafina también soñaba con la independencia, con huir del público, con olvidar la solfa y meterse en un pueblo pequeño a vegetar y ser dama influyente, respetada y de viso. Ya iba conociendo la vida de aquella ciudad, que despreciaba al principio; ya le interesaban las comidillas de la murmuración; hacía alarde de conocer la vida y milagros de ésta y la otra señora, y un día tuvo un gran disgusto porque Bonis no consiguió que se la invitara el Jueves Santo a sentarse en cualquier parroquia en la mesa de petitorio. Cantó una noche, con Mochi y Minghetti, en la Catedral, y sintió orgullo inmenso. Le andaba por la cabeza un proyecto de gran concierto a beneficio del Hospital o del Hospicio. A Mochi no le cayó en saco roto la idea; pero le torció el rumbo. Un gran concierto, sí, pero no a beneficio de los pobres, sino a beneficio de los cantantes, restos del naufragio de la compañía. Se dio a Minghetti, el barítono, noticia del proyecto, y le pareció magnífico. Él sugirió al tenor la ocurrencia de aprovechar aquel concierto para reanimar el instinto filarmónico de los vecinos: se habían cansado de ópera, bueno; pero ya hacía una temporada que se había cerrado el teatro; la Gorgheggi, apareciendo en traje de etiqueta en los salones de una sociedad, y cantando, sin accionar y sin dar paseos por la escena, pedazos de música escogida, volvería a despertar el apetito musical de los muchos aficionados; esto facilitaría la idea de abrir un abono condicional sobre la base del terceto; tenían tenor, tiple y barítono; se traería contralto, bajo y coros, y se podía arreglar otra campaña que bastase para pagar trampas, y esperar con menos prisa y afán alguna contrata en otra parte. Para poner por obra el proyecto, había que contar con algún indígena que tomara la iniciativa. Nadie como Bonis. Serafina se encargó de rogarle que lo tomase por su cuenta. Dicho y hecho. Aquella tarde, entre las caricias de un amor apacible y de intimidad serena, la Gorgheggi suplicó a su amante que apadrinase con celo y entusiasmo su idea, que se encargara de preparar el concierto, venciendo los obstáculos que pudieran surgir. ¿Qué menos podía hacer Bonifacio por aquella mujer, a quien no podía dar ya dinero, y eso que tanto lo necesitaba? Propuso el proyecto de los cómicos a la Junta del Casino, que formaba como una Sociedad agregada a la empresa del café de la Oliva; en el piso principal estaban el salón de baile y las salas de juego y de lectura de aquel círculo de recreo, algunas veces de envite y azar. La Junta directiva, que tenía la conciencia de sus deberes, prometió estudiar la cuestión. Hubo deliberaciones repetidas, se votó, y, por una exigua mayoría, se aprobó el proyecto del concierto, que terminaría en baile, pero sin ambigú.

Bonifacio ocultaba a su mujer que andaba en aquellos tratos, que era el alma de la proyectada fiesta; pero ella supo que el concierto se preparaba, y que su Bonis era factor del holgorio, que iba a ser cosa rica. Si de otras cosas que sabía también, y tiempo hacía, no le había hablado, sino con indirectas y sin insistir, ahora le convenía darse por enterada claramente; y así, le dijo un día a la mesa, a los postres, en presencia de Nepomuceno:

--Vamos a ver, hombre, ¿por qué me tienes tan callado lo que me preparas? ¿Es que quieres sorprenderme?

--¿Lo que te preparo?

--Sí, señor; lo del concierto: ya sé que tú y otros queréis echar un guante disimuladamente en favor de esos pobres cómicos que han quedado en el pueblo y no deben de pasarlo bien. Perfectamente; muy bien hecho. Es una gran idea y una obra de caridad. Haremos una limosna y nos divertiremos. Magnífico. ¿Verdad, tío, que es una idea excelente?

--Excelente--asintió Nepomuceno, limpiándose los labios con la servilleta y bajando la cabeza.

--Cuenta conmigo y con la señorita Marta, con Marta Körner, la del ingeniero, ya sabes, mi amiguita, que irá conmigo. El tío me acompañará, ¿verdad? Y acaso el primo Sebastián, que vendrá a las ferias. Tú tendrás que arreglar por allá cosas; si ya lo sabemos, hombre, no te hagas el chiquitín, ya sabemos que eres el director de la fiesta. ¿Y qué? Mejor. Gracias a Dios que haces algo de provecho. Lo que me enfada es que nunca me hayas dicho que eras amigo de los cómicos, tan amigo. ¿Creías que iba a disgustarme? ¿Por qué? Yo no soy orgullosa, yo no creo que mi apellido se desdore porque mi esposo trate a unos artistas; al contrario; si yo fuera hombre haría lo mismo. ¿No se casó la famosa _Tiplona_ con un caballero de aquí? ¿Verdad, tío, que no nos ha parecido mal saber que Bonis trata a los cómicos mucho, muchísimo? Lo supimos por la señorita de Körner, ¿verdad, tío? Y yo hasta me puse hueca. Para que veas.

Bonifacio miraba a su mujer con los ojos fijos, combatido por dos opuestas corrientes: un instinto ciego le decía: ¡Guarda, Pablo! ¡No te fíes, no cantes, hay trampa! Otra tendencia poderosa le hacía ver el cielo abierto y le empujaba el enternecimiento. ¿Si su mujer sería capaz de comprenderle, de comprender su amor al arte y a los artistas? No llegaba él hasta esperar que disculpara sus amores con Serafina; era, por el contrario, indispensable, que no supiera de ellos; pero todo lo demás, ¿por qué no? Es decir, lo de las deudas y el dinero prestado, tampoco. Miraba a Emma; después miró al tío: o no había honradez y franqueza y lealtad en el mundo, o estaban pintadas en la cara, y especialmente en los ojos de tío y sobrina.

Confesó todo lo que creyó oportuno confesar. Se le agradeció la franqueza, y tío y sobrina manifestaron verdadera admiración contemplando la perspectiva de ideal y horas de jarana y alegría honesta que Bonis les puso ante la fantasía con elocuencia conmovedora. Aunque Nepomuceno y Emma iban con segunda, cada cual por diferente motivo, en parte eran sinceros su entusiasmo y adhesión a los proyectos de Reyes. En cuanto a disculpar las aficiones artísticas del marido y su trato con los cantantes, nada más fácil. ¿No era él músico también? ¿Y qué tenía de particular que, en saliendo de casa, empleara sus ocios en cultivar la amistad de aquellos excelentes señores que sabían tanta música, eran de tan fino trato y no se parecían a los envidiosos del pueblo, espíritus limitados, estrechísimos, monótonos, inaguantables?

Nepomuceno habló más que solía; él también era pintor, esto es, músico; sí: en la Sociedad Económica había coadyuvado a la creación de la clase de solfeo y piano.

--¡Bah, la música!, ya lo creo, es una gran cosa. Domestica las fieras.

--Ciertamente--dijo Bonis encantado.

Y refirió a su modo la fábula de Orfeo, que a Emma la cogía de nuevas completamente, y le pareció muy interesante.

--A propósito de piano... aunque ya está viejo el alcacer para zampoñas, yo quisiera saber teclear, así... un poco... aunque no fuera más que tocar con un dedo las óperas esas que tú tocas en la flauta.

A Bonis le pareció muy laudable el propósito. Volvió a pensar, aunque sin esperanza, en lo de «la música las fieras domestica», y dijo:

--Pues mira, si te decides, Minghetti, el barítono, es un excelente profesor....

Emma, encendida, no pudo menos de ponerse en pie, y sin pensar en contenerse, comenzó a batir palmas.

--¡Oh, sí, sí; sublime, sublime; qué idea!, el barítono... y le pagaremos bien; será una obra de caridad. Pero ¡qué lástima! ¿Se marchará pronto?

--¡Oh!, eso... según las circunstancias... si renuevan el abono, si recomponen el cuarteto... si se les ayuda....

--¡Vaya si se les ayudará! ¿Verdad, tío?

El tío volvió a inclinar la cabeza. ¡La de planes que tenía dentro de ella! Los ojos le brillaban, fijos en el mantel, hablando con su fijeza de cien ideas que no explicaban, pero que revelaban como presentes.

Llegó la noche del concierto. Se abrieron los salones del Casino, sucursal del café de la Oliva; hasta hubo su poquito de buffet, a pesar del acuerdo de la Junta, y lo mejor de la población acudió a tomar sorbetes y a contemplar de cerca, y vestidos en traje de sociedad, a los cantantes ilustres que tantas veces había aplaudido viéndolos en las tablas, llenos de abalorios y galones dorados.

¡Noche solemne para Bonis! ¡Noche solemne para Emma! ¡Noche solemne para Nepomuceno!

-XII-

Ardían en las arañas de cristal muchas docenas de bujías de esperma; allá, al extremo del salón, sobre una plataforma improvisada, la respetable orquesta de los músicos sedentarios, de los profesores indígenas, inauguraba la fiesta con una sinfonía de su vetusto repertorio: allí estaba el trompa, refractario al italiano y a la afinación; allí el espiritual violinista Secades, que había soñado con ser un segundo Paganini, que había pasado noches y noches, días y días, buscando en las cuerdas, acariciadas por el arco, ora lamentos de amor sublime, ora imitaciones exactas de los ruidos naturales; v. gr.: los rebuznos de un jumento. ¡Sarcasmo de la suerte! El rebuzno lo había dominado; su arco había llegado a hablar como la burra de Balaam; pero la inefable cantinela del amor, los ayes de la pasión sublime, los reservaban aquellas cuerdas para otro arco amante, no para el de Secades. El cual, ya maduro y desengañado, iba prefiriendo su otro oficio de zurupeto, y más atendía ya a la banca y sus gajes que al arte que meciera sus sueños infantiles. Tocaba ya por ganar la pitanza, medio dormido, como sus compañeros, sin fe, sin emulación, apenas conservando un poco de cariño melancólico y de respeto supersticioso a la buena música, a la antigua, despreciando las novedades que traían las compañías de algunos años a aquella parte. Allí estaba también el antiguo figle, don Romualdo, calvo, digno, de gran panza; en la catedral chirimía, en todo lo profano figle; casi una gloria provincial. Todo el pueblo, hasta los sordos, reconocía que era maravilloso lo que hacía con su extraño instrumento aquel hombre; le hacía llorar, reír, hasta casi casi toser. Pues a pesar de tanta fama, la fuerza del tiempo, el desgaste de la admiración, habían echado sobre la celebridad de don Romualdo una capa espesa de indiferencia pública; bien conocía él que sus paisanos, sin poner un momento en duda su grandeza, se habían cansado de admirarle; sobrellevaba estas contrariedades ineludibles con una melancolía filosófica y taciturna; seguía tocando con el esmero de siempre, aunque ya en vano. En resumidas cuentas, estaba triste, desengañado, ni más ni menos que su compañero Secades; él, sin ilusiones, de vuelta ya de la gloria, yacía en el mismo surco de resignación fría y amarga en que se había acostado Secades, camino de la celebridad. Todo era igual: no haber subido al templo de la Fama y estar de vuelta. A pesar de contarse entre aquellos respetables profesores estas y otras notabilidades, la orquesta sonaba como los tornillos de una máquina sin aceite; los instrumentos de cuerda estaban asmáticos, sonaban a la madera, como sabe la sidra al barril; los de bronce eran estridentes sin compasión; bastaba uno de aquellos serpentones para derribar todas las fortificaciones de cinco Jericós. Afortunadamente el público filarmónico oía la orquesta como quien oye llover.

Emma entró en el salón después de ejecutado el primer número del programa; atrajo la atención por dos cosas; por su vestido carísimo y llamativo, y por venir colgada del brazo del alemán, del ingeniero Körner, un hombre gordo, alto, encarnado, de ojos de niño llorón, azules, claros, muy hundidos. Parecía un gran cerdo muy bien criado, bueno para la matanza, y era un hombre muy espiritual, enamorado de Mozart y de los destinos de Prusia. Hablaba español como si estuviera inventando una lengua con palabras cuasi castellanas y giros cuasi alemanes. Era un soñador, pero capaz de llevar una fábrica en la punta de cada dedo, y como contable, como él decía, nadie le ponía el pie delante. Sabía de todo, despreciaba a los españoles disimulándolo, idolatraba a su hija Marta, y venía a hacerse rico.

Detrás de esta pareja entraron, también del brazo, Marta Körner y Bonis; les seguía de cerca, solo, D. Juan Nepomuceno, que parecía haberse azogado las patillas, que semejaban pura plata. Marta Körner era una rubia de veintiocho años, muy fresca, llena de grasa barnizada de morbidez y suavidad; su principal mérito físico eran sus carnes; pero ella buscaba ante todo la gracia de la expresión y la profundidad y distinción de las ideas y sentimientos. Hablaba siempre del corazón, llevándose la mano, que era un prodigio, al palpitante seno, que era toda una obra de fábrica del nácar más puro. Atribuía al subsuelo de aquella accidentada naturaleza los verdaderos tesoros de su persona; pero los inteligentes, Nepomuceno entre ellos, estimaban en más el derecho de superficie.

