Part 9
--Pus dale que ha ser; y sin más tardanza, en cuanto se acabe este verano... Con que yo me cerré á la banda... y sin más ni más, el burro de él, ¡toña! me largó dos estacazos con aquel bastón de nudos que él gasta... ¡Mal rayo!... Pero ¿pa qué, hombre? Vamos á ver, ¿pa qué quiero yo eso? ¿no juera mejor que me echara el coste del estudio en unos calzones nuevos?... Pus porque le dije esto mesmo, me alumbró otro estacazo. ¿No es animal!... Dice que hay una... ¿cómo dijo?... ello es cosa de iglesia... ¡Ah! capellanía... Una capellanía que es de nusotros; y que si yo allego á ser cura, me embarbaré de betún. ¡Como no me embarbe, toña! De palos me embarbaré yo; porque ahora resulta que el señor que enseña esos latines, da más leña entodía que el animal de mi tío... ¿Cómo dicen que se llama ese maestro?... Don, don...
--Don Bernabé,--apuntó Andresillo, que ya le conocía de oídas.
--Eso, don Bernabé...
--¡Mucho palo te espera allí!--dijo Andrés con candorosa ingenuidad.--¡Mucho palo!
Con esto y poco más, siguieron los dos chicos hacia arriba; y al pasar por delante del portal de tío Mechelín, dijo Colo á Andrés:
--Esta es la casa.
Y como la suya estaba en la otra acera y al extremo de la calle, despidióse y apretó el paso.
En esto salió de hacia la bodega Silda, acompañando á Muergo. Muergo llevaba ya puestos los calzones del padre Apolinar; pero sin otro arreglo que haberles recogido él las perneras á fuerza de remangarlas; y así y todo, le bajaba la culera hasta los tobillos. Con esto, el chaquetón de marras por encima y las greñas revueltas coronando el conjunto, el hijo de la Chumacera parecía un fardo de basura que andaba solo.
--Aquí llevo una camisa... ¡ju, ju!--dijo á Andrés el monstruoso muchacho, golpeándose con la mano derecha una especie de tumor que se le notaba en el costado izquierdo.
Andrés le miró asombrado, y Muergo apretó á correr calle abajo. Silda dijo á Andrés en seguida, aludiendo á Muergo:
--Quería yo que le dieran una camisa, y ellos no querían, porque Muergo no la merece y su madre no tiene vergüenza; pero le encontré esta mañana cerca del Paredón, y le traje á casa para que le viera su tía sin camisa, y le diera una vieja de su tío. Él no quería venir; pero luégo vino, y entonces no le querían dar la camisa; pero yo me empeñé, y se la dieron; pero si la echa en aguardiente y le ven sin ella, no le darán más ni le dejarán volver aquí... Su madre es una borrachona, y él también sorbe mucho aguardiente. ¡Qué feo es y qué puerco! ¿verdá, tú?... Entra un poco, verás qué bien se está aquí... Ya no pienso volver á la Maruca tan pronto, ni al Muelle-Anaos... Se hace una allí muy pingona... Pasa luégo este portal, para que no te encuentren las del quinto piso si bajan; y no te pares nunca mucho á esa puerta de la calle, porque te tirarán inmundicias desde el balcón. Son muy malas, ¡pero muy malas!... Ayer armaron bureo porque á tío Mocejón le dijeron en el Cabildo que me había castigado mucho, y que si no me dejaban en paz las de su casa, se verían con la Justicia... Son muy malas, ¡pero muy malas!
Tía Sidora, que andaba trajinando por adentro, salió, al rumor de la conversación, hasta la mitad del carrejo, y Silda la dijo señalando á Andrés:
--Este es el c...tintas bueno que me llevó á casa de pae Polinar.
Se alegró mucho la marinera de conocerle, y le ponderó la acción; y como el muchacho le pareció muy guapo, le dijo lo que sentía, con lo que Andrés formó un gran concepto de tía Sidora, aunque se puso muy colorado con los piropos. Ella no conocía personalmente al capitán de la _Montañesa_; pero su marido sí, y muchas veces la había hablado de él, ponderando sus prendas de marino y su _parcialidá_ de genio: era gran persona el señor don Pedro, y, además, callealtero de origen: otra condición muy digna de tenerse en cuenta por la tía Sidora para estimar al capitán y alegrarse de que hubiera sido su hijo quien se apiadó de la niña desamparada en el Muelle-Anaos, y la llevó á casa de persona capaz de hacer por ella lo que hizo luégo el pae Polinar. Le trataron mal, muy mal, las desvergonzadas de arriba, cuando fué á hablarlas sobre la niña que ella y su marido recogieron después, como la hubieran recogido antes, si no hubieran mirado más que al buen deseo; pero había otras cosas que considerar, y se aguantaron. Ahora, gracias á Dios, estaba Silda en puerto seguro, y el Cabildo había puesto en los casos á las deslenguadas sin vergüenza, para que no intentaran impedir con sus malas artes que hicieran otros por la desdichada lo que ellas no quisieron hacer...
--Mira la mi alcoba,--dijo Silda á Andrés, interrumpiendo la retahila de tía Sidora.
La alcoba, libre de estorbos y muy barrida, contenía una cama muy curiosa, y una percha vieja con algunas prendas de vestir de tía Sidora.
--Aquí se colgarán también los sus vestiducos--dijo ésta,--en cuanto los tenga listos. Ahora le estoy arreglando uno de una saya mía de percal, casi que nueva; y, si Dios quiere, hemos de mercar algo de tienda cuando se pueda, porque no se puede todo lo que se quiere. En remojo tengo lienzo para dos camisucas, que es lo que más falta le hace; porque vino la enfeliz, pa el cuasi, en cuerucos vivos.
Desde allí pasaron á la salita, donde estaba la saya de tía Sidora, hecha pedazos, sobre una silla cerca de un montón de filástica deshilada. Aquellos retazos eran las piezas del vestido de Silda, que había cortado y se disponía á coser tía Sidora. Silda había asistido con mucha atención á aquellas operaciones, y tía Sidora esperaba hacerla tomar apego á la casa; enseñarla, poco á poco, á coser, y el Catecismo; hacer lumbre, arrimar siquiera la olla, barrer los suelos; en fin, lo que debía aprender una hija de buenos padres, que había de ser mañana una mujer de gobierno. En opinión de tía Sidora, Silda se había dado á la bribia desde la muerte de su padre, porque malas mujeres le habían hecho la casa aborrecible. No sucedería eso en adelante: la niña saldría cuando y como debiera salir, y pasaría en casa el tiempo que debiera pasar; pero ni en casa ni en la calle tendría otras ocupaciones que las propias de sus años y de su sexo.
Mientras decía todas estas cosas, á su manera, la tía Sidora encarada con Andrés, Silda, con su faz impasible, miraba tan pronto á éste como á la marinera, y Andrés, atentísimo y hasta impresionado con la locuacidad expansiva y noblota de la pescadora, no apartaba los ojos de ella sino para fijarlos un momento en los serenos de Silda, como diciéndola: «¿lo oyes bien?» Al fin, no se contentó con la elocuencia de su mirada, y acudió á la de las palabras, enderezando á la niña, muy serio y con gran energía, las siguientes:
--Te digo que no tendrás vergüenza si vuelves al Muelle-Anaos y á arrimarte á ese indecente de Muergo.
--Al Muelle-Anaos--le interrumpió tía Sidora,--ya está ella en no volver... ¿verdá, hijuca?... Y por lo tocante á Muergo, según él se porte, así nos portaremos con él... ¿No es eso, venturaúca de Dios?... Pero ¿qué mil demontres habrá visto esta inocente en ese espantajo de Barrabás, pa tomarse tantos cuidaos por él?... Pa mi cuenta, es de puro móstrico que le ve... ¿Verdá, hijuca?
Silda se encogió de hombros, y preguntó á Andrés si iría á la calle Alta cuando las fiestas de San Pedro. Andrés respondió que puede que sí, y tía Sidora le ponderó mucho lo que había que ver entonces y lo bien que se veía desde la puerta de su casa. Habría hogueras y peleles, y mucho bailoteo; tres días seguidos, con sus noches, así; y en el del santo, novillo de cuerda. Sartas de banderas y gallardetes de balcón á balcón. Las gentes del barrio, sin acostarse en sus casas, comiendo en la taberna ó á la intemperie, y triscando al son del tamboril. La calle, atestada de mesas con licores y buñuelos. La iglesia de Consolación, abierta de día y de noche; el altar de San Pedro, iluminado, y la gente entrando y saliendo á todas horas. Pero tan bien enterado estaba Andrés de lo que eran aquellas fiestas, como la misma tía Sidora, porque no había perdido una desde que andaba solo por la calle.
Después examinó con muchas ponderaciones una sedeña de bahía, que estaba colgada de un clavo. ¡Aquello se llamaba un aparejo de veras, y no el cordelillo que él tenía, con unas tanzas de poco más ó menos, y unos anzuelos de chicha y nabo! Tía Sidora, que le vió tan admirado de aquello poco, fué por el cesto de las artes, que su marido no había llevado á la mar, porque estaba á sardina, que se pesca con red. Andrés había visto muchas veces aquellos aparejos secando al balcón ó amontonados en el cesto, pero devanados. Tía Sidora le explicó el destino y el manejo de cada uno. Los cordeles de merluza, del grueso de la cabeza de un alfilerón gordo, con su remate fino y un anzuelo grande á la punta. El palangre para el besugo: más de ochenta varas de cordel lleno de anzuelos colgando de sus _reñales_ cortos; de palmo en palmo, un reñal. Las cuerdas de bonito, compuestas de tres partes: la primera, y la más larga, un cordel que se llamaba _aún_, doble de gordo que el de la merluza; después, una cuerda más fina, y después la sotileza de alambre, con un gran anzuelo. Se encarnaban los anzuelos del besugo y el de la merluza, con _carnada_ de sardina, generalmente, y en el del bonito se ponía un engaño cualquiera: por lo común una hoja de maíz, que no se deshacía en el agua, como el papel. Para llevar á la pesca las cuerdas del besugo, había una _copa_, especie de maserita, próximamente de un pie en cuadro, con las paredes en talud muy abierto, como la que tía Sidora enseñó á Andrés, porque la tenía á mano. Á medida que se encarnaban los anzuelos, se iban colocando en el fondo de la copa con los reñales tendidos sobre las paredillas, y el cordel recogido sobre los bordes. Así se llevaba á la mar este aparejo, cuya preparación exigía bastante tiempo, porque los anzuelos no bajaban de doscientos. Á veces se trababan cien besugos de un golpe. La merluza se pescaba _al garete_, casi á lancha parada, y á una profundidad de cien brazas poco más ó menos; el besugo, pez bobo, se trababa él por sí mismo, dejando tendida la cuerda con los anzuelos colgando; el bonito, _á la cacea_, á todo andar de la lancha á la vela. Era un animal voraz; y se tragaba el engaño con tal ansia, que á veces salía trabado por el estómago. Para todo esto, había que salir muy afuera, ¡muy afuera! y se daban casos de no volver los pescadores al puerto en dos ó tres días, bien por tener otros más próximos para pasar la noche, ó por obligarles á ello algún repentino temporal. La sardina, que venía en _manjúas_ enormes, se ahorcaba por las agallas en la red, atravesada delante. Esto bien lo sabía Andrés, igual que el manejo de la guadañeta para maganos en bahía; por lo que la afable marinera no se le explicó.
Andrés no pestañeaba oyendo á tía Sidora, que, por su parte, se gozaba en el efecto que sus relatos causaban en él.
--¡Dará gusto eso!--exclamó relamiéndose el muchacho.
Y confesó á tía Sidora que siempre le había encantado el pescar; pero que nunca había pescado mar afuera, ni siquiera entre San Martín y la Horadada. Las más de las veces en el Paredón del Muelle-Anaos; pero que fuera en el Paredón, que fuera en bahía con el bote de Cuco, siempre panchos, ¡en todas partes panchos!... ¡nunca una _llubina_, ni siquiera una _porredana_ que pesara un cuarterón! Así es que tenía muchas ganas de ser mayor para poder alquilar, á cara descubierta, con otros amigos, una barquía y hartarse de pescar de todo. Esto, mientras no empezara á navegar; porque en navegando, tendría bote y marineros de sobra con los de su barco, cuando estuviera en el puerto. Porque él iba á matricularse en náutica muy pronto, como había vuelto á decírselo su padre el día antes, mientras comían. En fin, todo lo que sabía y pensaba lo dijo allí, correspondiendo á las bondades que tía Sidora había tenido con él, y persuadido de que, tanto la marinera como Silda, le escuchaban con sumo interés; y era la verdad... Como que tía Sidora le ofreció de corazón, un poco después, pan del día y una sardina asada, lo cual rehusó Andrés muy cortésmente. Pero al despedirse, ofreció volver á menudo por allí.
Cuando llegó á casa, le dijo su madre, comiéndole á besos, que ya no sería marino. La noticia, por de pronto, le dejó estupefacto; pero antes de averiguar si le alegraba ó le entristecía, y de preguntar á qué pensaba dedicarle su padre, pensó si debería volver inmediatamente á casa de tía Sidora para contar el suceso, ó dejarlo para otro día.
Porque ¡como él había dicho allí que iba á ser marino!...
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DEL PATACHE Y OTROS PARTICULARES
El negocio de Andrés caminaba en posta por la nueva senda en que le habían encarrilado la conspiración de la capitana y la elocuencia del señor don Venancio Liencres. Bitadura emprendería otro viaje á la Isla de Cuba en todo el mes de julio, y Andrea se había propuesto que, para cuando se ausentara su marido, estuviera preso Andrés con algún compromiso, por pequeño que fuera, á los planes del comerciante, aceptados al fin terminantemente por el capitán. Con los aires de la ausencia cambian mucho los pensamientos de los hombres, que son mudables de suyo; y, «por si acaso,» desde el mismo día en que quedó acordado entre Bitadura y su mujer que Andresillo sería puesto á las órdenes de don Venancio Liencres para que fuera haciendo de él un comerciante, se le dió un maestro que en lección particular le repasara las cuentas y le enseñara á escribir con soltura la letra inglesa, lo cual sería obra de dos ó tres meses y de un par de horas de trabajo cada día. Lo demás lo iría aprendiendo en el escritorio; pues, en opinión del comerciante del Muelle, medio día de práctica sobre el atril enseñaba más que un curso de partida doble en la cátedra de un maestro.
Entre los muchos consejos buenos que al neófito dió su madre, le encareció particularmente el de procurarse la compañía y el trato íntimo del hijo del comerciante, con quien, según éste había dicho y repetido al capitán, trabajaría en el escritorio y caminaría hasta el pináculo de su infalible prosperidad. Este preliminar le consideraba ella de mucha importancia; pues una amistad íntima, á la edad de los dos muchachos, se convierte años después en vínculo inquebrantable.
Bien conocía Andrés al hijo del comerciante. Se llamaba Tolín (Antolín) y era, en lo físico, poca cosa: delgaducho y pálido, aunque animoso. No le _convenían_, al _paso_, más de tres pies y medio desde la raya, y hacía muy mala _jaliba_ cuando le tocaba _ponerse_; jugando al marro, le atrapaba cualquiera, sin más trabajo que cortarle el _atocadero_, porque se cansaba pronto de correr. Á las canicas era algo más diestro, pero poco lucido: sacaba mucha cuarta, y además, la lengua. Dos veces había ido á la Maruca; pero no volvió allá, porque cada vez le había costado dos días de cama el descalzarse; é ir á la Maruca para no descalzarse, era como no ir. Por lo demás, torcía bastante bien los tacones de los borceguíes; tenía el charol de la visera tan roído y agrietado como el de la del mayor Adán, y el pañuelo del bolsillo bien empapado en barro de todos los colores: la mejor señal de que Tolín, aunque por la categoría de su padre pudiera y aun debiera serlo, no era de los _pinturines_ ya mencionados, que jugaban á compás, con canicas de vidrio, en los Arcos de Dóriga ó en los de Bolado, después de barrerles el suelo un almacenero.
Todo esto sabía Andrés, porque Andrés conocía á todos sus coetáneos de Santander, altos ó bajos; y por saberlo muy bien, no le era antipático Tolín, aunque jamás se le hubiera ocurrido echársele por camarada de su preferencia; mas ya que se le encargaba tanto asociarse á él, trató de hacerlo sin la menor repugnancia, y lo consiguió bien pronto, porque la intimidad de Andrés era de las más codiciadas entre los chicos de su tiempo, prestigio que se explica sabiendo, como sabemos, que el hijo de Bitadura era tan apto para un fregado como para un barrido, y unía á la estampa distinguida y hasta gallarda de un señorito, la fortaleza y la soltura de un pillete de la calle.
¡Y vea usted lo que es juzgar por las apariencias! La amistad de Tolín le procuró uno de los placeres que jamás había gustado. Tolín tenía grandísima privanza en el _Joven Antoñito de Rivadeo_, patache que se atracaba junto á la escalerilla de la Pescadería, porque casi siempre llegaba cargado de carbón. Esta privanza de Tolín tenía por motivo los muchos favores que debía el patrón del patache al señor don Venancio Liencres, cuyas relaciones mercantiles en los puertos de Asturias eran muchas y buenas; y no solamente proporcionaba con ellas buenos fletes al _Joven Antoñito_, sino que le distinguía con señaladísimas preferencias, y jamás negaba á su honrado patrón un anticipo de dos ó tres mil reales, en días de apuro; es decir, un viaje sí y otro no, cuando mejor andaban las cosas...
Y aquí se hacen de necesidad unos cuantos párrafos consagrados á la especie _patache_, para que se tenga una idea bastante exacta de esos apuros del _Joven Antoñito de Rivadeo_; de la importancia de los favores de don Venancio Liencres al patrón, y, por consiguiente, de lo arraigada que estaría la privanza de Tolín á bordo de aquel patache.
Se ha porfiado mucho, entre ociosos y entremetidos, sobre si fueron ó no más valientes y arriesgados que Colón y que Blondín, los hombres que se embarcaron con el primero para ir en busca de un nuevo mundo, y el que montó en las espaldas del segundo para pasar por una cuerda tendida sobre los abismos del Niágara. Que si á Colón le alentaban la fe científica y la pasión de la gloria, y que si á Blondín le sostenía la confianza en su serenidad y en su experiencia bien probadas; que si los otros, tras del temor que podía caberles, sin ser muy aprensivos, de que entregaban sus vidas al capricho de dos locos, solamente iban impulsados por la esperanza de una buena recompensa... Cabe, en efecto, la disputa acerca de estos graves particulares, y me guardaré yo muy bien de terciar en ella con la pretensión de ponerme en lo cierto. Lo que hago es sacar á colación el caso para afirmar, como afirmo, teniéndole presente los lectores, que se necesita mucho más valor que para todo eso, y aun estar mucho más dejado de la mano de Dios, para entrar, con deliberado propósito, á navegar en un patache, lo mismo de patrón, que de marinero, que de _motil_; porque allí todo es peor en lo substancial, con ligeras diferencias de detalle. Allí no caben la fe científica, ni la pasión de la gloria, ni la confianza en la serenidad, ni la esperanza de lucro; allí no hay nada de lo bueno, pero sí todo lo malo de las carabelas de Colón y de la cuerda de Blondín. Entrar allí para buscarse la vida, es tirar á matarse poco á poco y con mala herramienta.
El patache es un barquito de treinta toneladas escasas, con aparejo de bergantín-goleta. Supónese que estos barcos han sido nuevos alguna vez: yo nunca los he conocido en tal estado, y eso que no los pierdo de vista, como lo pueda remediar. Por tanto, puede afirmarse que el patache es un compuesto de tablucas y jarcia vieja. Le tripulan cinco hombres; á lo más seis ó cinco y medio: el patrón, cuatro marineros y un motil, ó muchacho cocinero. El patrón tiene á popa su departamento especial con el nombre aparatoso de cámara; la demás gente se amontona en el rancho de proa, espacio de forma triangular, pequeñísimo á lo ancho, á lo largo y á lo profundo, con dos, á modo de pesebres, á los costados. En estos pesebres se acomodan los marineros para dormir, sobre la ropa que tengan de sobra, y debajo de la que vistan; pues son allí tan raras como las onzas de oro las mantas y las colchonetas. Para entrar en el rancho hay, entre el molinete y el castillo de proa, un agujero, poco mayor que el de una topera, el cual se cubre con una tabla revestida de lona encerada; tapa unas veces de corredera, y otras de bisagras. De cualquier modo, si el agujero se cubre con la tapa, no hay luz adentro, ni aire; y si la tapa se deja á medio correr ó levantada, entran la lluvia y el frío y el sol y las miradas de los transeuntes; porque el patache, en los puertos, siempre está atracado al muelle. Cada tripulante, incluso el patrón, compra y guarda su pan (tortas de mucho diámetro, que duran cerca de seis días cada una). Con este pan, unas patatas ó unas alubias ó unas berzas, con un escrúpulo de tocino ó de manteca ó de aceite, para ablandarlo, todo ello á escote, y condimentado por el motil cuyas manos no tocan el agua dulce como no sea para revolver, dentro de la que echa en un balde, las patatas recién partidas, ó la berza después de haberla picado sobre el tejadillo de la cámara, á veces con el hacha; con este potaje, repito, y aquel pan, come la tripulación, en el santo suelo, alrededor de la cacerola, en la cual va cada uno, incluso el patrón, metiendo su cuchara cuando le toca. Así cena también las mismas patatas, las mismas alubias y las propias berzas. En ocasiones, en lugar de las patatas ó de las berzas ó de las alubias, hay bacalao, que el motil guisa en salsa roja, después de haberlo desalado dándole dos zambullidas en el agua de la Dársena, desde la borda, atado con un cordel. Para almorzar, un poco de cascarilla en un tanque... Y siempre lo mismo, cuando los tiempos marchan bien.
Ningún tripulante de patache gana sueldo fijo: todos van _á la parte_. Pero ¡qué parte! Por de pronto, el flete, en viaje redondo, aunque se abarrote la bodega y se encogolle el puente con barricas y tablones, no pasa mucho más allá de dos mil reales. De este flete, gana el 40 por 100 el barco; el patrón, soldada y media, y además el 5 por 100 de _capa_, ó sobordo, ó, lo que es lo mismo, sobre el flete cobrado. El resto se reparte entre los cinco tripulantes: seis, ocho, doce duros, ó quince lo más, á cada uno; cantidad que significaría algo, á pesar de su pequeñez, si el ir y venir y el fletarse de un patache fuera coser y cantar; pero ya se verá lo que hay sobre estos particulares.
Con alguna que otra excepción vascongada, el patache es siempre gallego ó asturiano; y si no hay carbón, ó manzanas, ó _tabales_ de arenques que traer, llega á Santander en lastre: esto es lo más corriente. Ya está en la Dársena, atracado al muelle. Allá va el patrón, hombre ya picando en viejo, calmoso y de triste mirar, de escritorio en escritorio, de almacén en almacén, llamando á cada dueño por su nombre, saludándolos á todos finísimo y cortés, y acabando en todas partes con la misma pregunta:
--¿Hay algo para Rivadesella?
Una mañana, un día entero de gestiones así, le dan por resultado veinte sacos de harina, dos cajas de azúcar, ocho coloños de escobas, un catre viejo y dos fardos de papel de estraza. Y no hay más carga en todo Santander para Rivadesella. Los sucesivos correos van trayendo algunos pedidos nuevos; pero tan pocos y tan lentamente, que con una suerte loca llega á abarrotarse la bodega en poco más de mes y medio. Lo común es que el patache no complete su carga en menos de dos meses, ó que cierre el registro á media carga. Pero, en fin, ya está despachado y se pone en _franquía_; es decir, se desatraca del muelle y se fondea en medio de la Dársena, para salir á la marea de la tarde ó al nordeste de la mañana. Pues entonces, precisamente entonces, se le antoja al tiempo dar un cambio al noroeste y armar una marimorena que no se acaba, en invierno sobre todo, en menos de tres semanas, cuando no dura dos meses cumplidos; dos meses que, con los otros dos, suman cuatro. Pongamos tres, por término medio... ¡Tres meses de patatas, de pan y de tocino para seis hombres de buen diente, y con un puñado de pesetas, entre todos, para comer y vestir ellos y las familias de los más de ellos!