Sotileza

Part 5

Chapter 54,118 wordsPublic domain

Tío Mechelín no había ido á la mar aquel día, porque había pasado la noche con un ladrillo caliente, envuelto en bayeta amarilla, en el costado de estribor, para matar un dolorcillo que se le presentó poco antes de meterse en la cama; obra, en su opinión y en la de su mujer, del disgusto que tomó, en seguida de la cena, con el suceso de Silda. El dolor se calmó mucho á la madrugada, y en dudas estuvo el enfermo, al oir en la calle el grito de _¡arriba!_ del _deputao_ que tiene esa obligación, y por ella cobra, de levantarse como todos los demás compañeros; pero no se lo consintió su mujer, y se aguantó en la cama hasta bien entrado el día.

Entonces se vistió; desayunóse con una mediana ración de cascarilla con leche, y, por no aburrirse, se puso á torcer, _á la teja_, unos cordeles de merluza. No le llenaba del todo este procedimiento, pues era más recomendado, por más seguro, el de torcer _á la pierna_, es decir, sobre el muslo con la palma de la mano, en lugar de atar un casco de teja al extremo de la cuerda y hacerle dar vueltas en el aire. Pero notó tío Mechelín, al ponerse á trabajar, que al continuo sobar la cuerda con la palma de la mano sobre el muslo, se le despertaba el dolor con más crudeza que del otro modo, y optó por el cascote. Así estuvo trabajando hasta muy cerca del mediodía.

Mientras él remataba la última braza de las noventa que pensaba dar al cordel que tenía entre manos, su mujer colocaba, pues sabía hacerlo primorosamente, un anzuelo grande, el único que lleva el aparejo de merluza, al extremo de la _sotileza_, ó alambre fino en que debía terminar el cordel, y tenía convenientemente dispuesto el _chumbao_, ó peso de plomo que se amarra en el empalme de la sotileza con el cordel, para que el aparejo, al ser calado, se vaya á pique.

Por tales alturas andaba ya este negocio, cuando en las de la escalera se oyeron las voces de la Sargüeta y de Carpia, que respectivamente decían á gritos:

--¡Pegotón!

--¡Magañoso!

Y al mismo tiempo el zumbar de otra voz áspera y varonil, y los golpes sonoros en los inseguros peldaños, como de zancas torpes que bajaran por ellos, saltándolos de tres en tres.

El matrimonio de la bodega salió despavorido al portal, á donde no tardó en llegar, haciéndose cruces con una mano, agarrándose con la otra á la sucia barandilla y murmurando latines y fulminando conjuros, el padre Apolinar.

--_¡De ira proterva... de iniquitatibus earum... libera me... libera me, Domine, et exaudi orationem meam!..._ ¡Jesús, Jesús... Jesús, María y José!... ¡Furias, furias del averno!... ¡Ufff!... _¡Fúgite... fúgite!..._ ¡Carne mísera!... ¡Tu palabra impía escandalizará á la tierra; pero el Señor te confundirá... te confundirá!... ¡Alabado sea su santísimo nombre!

Así bajaba exclamando el aturdido fraile, y así llegó al último peldaño, sin dejar de oirse las otras voces que desde allá arriba le apedreaban con amenazas y con improperios.

--¡Farfallón!

--¡Piojoso!

Esto fué de lo más blando y lo último que se le dijo al pobre hombre... desde lo alto de la escalera; porque, apenas callaron allí las voces, aparecieron en el balcón, más venenosas y desvergonzadas, contando las voceadoras con dar al fraile una corrida en pelo á todo lo largo de la calle. Mirándola con espanto se quedó el infeliz, al oirlas de nuevo por allí, con los pies clavados en el portal y un latín cuajado en la entreabierta boca. ¡Salir entonces! ¡Quién se lo mandara!

Pero no hubiera salido de ningún modo, porque para que no saliera sin hablar con ellos, se le habían puesto delante tía Sidora y su marido; los cuales, haciéndole señas para que callara, le cogieron cada uno por un embozo del manteo y le condujeron á la bodega, cuya puerta cerraron después de entrar.

Tenía esta habitación una salita con alcoba, á la parte del Sur, con una ventana enrejada que las llenaba de luz, y aun sobraba algo de ella para alumbrar un poco una segunda alcoba, separada de la primera por un tabique con un ventanillo en lo alto, y entrada por el carrejo que conducía á la sala desde la puerta del portal. Cuando esta puerta se abría, se notaban ciertas señales de claridad en la cocina y dos mezquinas accesorias que caían debajo de la escalera. Cerrada la puerta, todo era negro allí, y no tenía otro remedio tía Sidora que encender el candil, aunque fuera al mediodía. Las puertas de las alcobas tenían cortinas de percal rameado; las paredes estaban bastante bien blanqueadas, y en las de la sala había tres estampas: una de la Virgen del Carmen, otra de San Pedro, apóstol, y otra del Arcángel San Miguel, con sus marcos enchapados de caoba. Debajo de la Virgen del Carmen había una cómoda con su espejillo de tocador encima, algo resobado todo ello y marchito de barniz; pero muy aseado, como las cuatro sillas de perilla y los dos escabeles de pino, y el cofre de cuero peludo con barrotes de madera claveteada, y hasta el cesto de los aparejos, que estaba encima de uno de los escabeles, y el suelo de baldosas que sostenía todos estos muebles y cachivaches. La cama, que se veía por entre las cortinas recogidas sobre sendos clavos romanos, algo magullados ya y contrahechos, llenando dos tercios muy cumplidos de la alcoba, no estaba mal de mullida, á juzgar por lo mucho que abultaba lo que cubría una colcha de percal, llena de troncos entretejidos de gallos encarnados y azules, y de otros volátiles pintorescos. El tufillo que se respiraba allí, algo transcendía á dejo de pescado azul y humo reconcentrado; pero, así y todo, una tacita de plata llena de pomada de rosas parecía aquella bodega, comparada con todas y cada una de las viviendas de la escalera.

Y vamos al caso. Fray Apolinar fué conducido, del modo susodicho, hasta la salita. Allí se dejó caer en una silla que le preparó muy solícito tío Mechelín; y después de quitarse el sombrero, que puso sobre otra silla, y de pasarse por la cara un arrugado pañuelo de yerbas, continuó así sus interrumpidas lamentaciones:

--¡Carne... carne mísera, frágil y pecadora! ¡Buff!... ¡Qué sinvergüenzas!... ¡Ni consideración al hombre de bien, ni respeto al sacerdote... ni temor de Dios! ¡Y seguirá el improperio, á la luz del día! ¡Lenguas de serpiente! Á bien que yo nada debo y con nada pago. ¡Magañoso!... Corriente: el hombre más honrado puede serlo como yo lo soy... y como lo es ella, cuerno; que bien magañosa es... ¡Farfallón!... porque ofrezco, en nombre de otro, lo que otro se resiste á dar... porque no debe darlo... ¿Es merecido el epíteto?... Pues dígote ¡pegotón! ¡Pegotón! ¿Por qué? ¿De quién? Cierto que nadie lo creerá del padre Apolinar... Pero los que no le conozcan... ¡Y en qué ocasión! Mira, hombre... ¡y Dios me confunda si lo hago por bambolla!... (Y se levantó la sotana hasta más arriba de las rodillas, dejando ver que sólo cubría sus largas piernas con unos calzoncillos de algodón y unas medias negras y recosidas, de estambre.) Y perdona el modo de señalar, Sidora; pero una hora hace tenía yo pantalones, aunque malos... ¡Mira si he prosperado de entonces acá!... ¡Si seré pegotón!... ¡Carne, carne concupiscente y corrompida!... Pero, en fin, más pasó Cristo por nosotros, con ser quien era... ¡Desvergonzadas!... _Et dimite nobis, Domine, debita nostra, sicut nos dimitimus debitoribus nostris..._ Porque yo os perdono con todo mi corazón; y si otra me queda, que con ella reviente... ¡Picaronazas!... ¿Sigue el infierno vomitando escorias todavía, Miguel?... ¿Oyes sus voces protervas en el balcón, Sidora, tú que tienes buen oído?

--Y á usté ¿qué le importa que griten ó que se callen?--respondió la marinera, queriendo echar á broma aquel paso, que transcendía á prólogo de tragedia.--Hágales la cruz como al demonio, y témplese los niervos; que cuanto más solimán echen ahora, menos tendrán en el cuerpo para la otra vez.

--¡Uva!--añadió tío Mechelín, que no quitaba ojo al exclaustrado, ni perdía una palabra de las pocas, pero buenas, que llegaban á sus oídos desde el balcón del quinto piso, no obstante estar cerrada la puerta de la bodega.--¡Esa es la fija: proba á la cellisca, y vira por avante!

--Es que, si declaro mi verdad, ni en este puerto cerrado me creo seguro contra esos huracanes... ¡Si huelen que estoy aquí!... ¡Cuerno!... Y no es que tiemble mi carne flaca, sino que temo más á una mala lengua que á un bote de metralla.

--Si agüelen que está usté aquí, pae Polinar--repuso en voz solemne tío Mechelín, preparándose como para decir una gran cosa;--si agüelen que está usté aquí... será como si no lo agolieran; porque á mi casa no atraca naide cuando yo hago una raya en la puerta.

--¡Bah!...--añadió tía Sidora con muchísimo retintín.--¿No hay más que querer asomar el bocico en casa de naide, pa salirse con la suya?... Échese, échese á la espalda, pae Polinar, esos cuidaos, y díganos, con dos pares de rejones que las entren de pecho á espalda, ¿qué mil demonios ha tenido con ellas? ¿Qué mala ventisca le llevó hoy, santo de Dios, á caer entre las uñas de esas gentes?

--¡Uva, uva!... Eso es lo que hay que saber.

--Pues, hijos de mi alma--dijo el exclaustrado después de enjugar blandamente los sanguinolentos bordes de sus párpados con un retal de lienzo fino que traía guardado para esos lances,--con dos palabras os mataré la curiosidad... Que se presenta en mi casa la niña...

--¿Qué niña?

--La del difunto Mules.

--¿Silda?

--Así creo que se llama.

--¿Cuándo se presentó?

--No creo que hace una hora todavía.

--¿De ónde venía?... ¿Ónde está?

--Cállate esa boca, hombre; que todo irá saliendo cuando deba salir... Y dempués, pae Polinar, ¿qué resultó?

--Digo que se me presenta la niña, ó, para que el demonio no se ría de la mentira, me la presentan, y se me dice: «Padre Apolinar, que anoche la golpearon y la maltrataron en su casa, y se escapó de ella, y durmió en una barquía; y que ya no tiene más casa que la calle, con el cielo por tejado... y que á ver cómo arregla usted este negocio...» Porque ya sabéis, hijos míos, que al padre Apolinar se le encomienda, en los dos Cabildos, el arreglo de todas las cosas que no tienen compostura... Esa es mi suerte. No es cosa mayor; pero las hay peores... y, sobre todo, á mí no me toca escoger... Que el padre Apolinar oye esto, y que, en bien de la niña desamparada, piensa acudir á casa de Mocejón, para oir... para saber... para implorar, si convenía... Y que vengo, y que llamo, y que me mandan entrar, y que entro... y que en lugar de oirme, me injurian y vilipendian, porque intercedí para que recogieran á la muchacha, y el Cabildo no les ha dado lo que les ofreció por otras bocas y por la mía; y que me lo habré comido yo, y que me harán y que me desharán... Y ¡cuerno! que tuve que salir ahumando, porque no me devoraran aquellas furias... Y ya sabéis del caso tanto como yo.

Tía Sidora y su marido cambiaron entre sí una mirada de inteligencia; y no bien acabó el padre Apolinar su relato, díjole aquélla:

--¿De modo que, á la hora presente, Silda está sin amparo?

--Como no sea el de Dios...--respondió el fraile.

--Ese á naide falta--replicó la marinera;--pero ayúdate y te ayudaré... Y ¿qué es de ella, la enfeliz?

--No te lo puedo decir. De mi casa salió... para ir á ver entrar la _Montañesa_, con el hijo del capitán... ¡Mira si la acongoja bien lo que le pasa! ¡Recuerno con la cría!

--Cosas de inocentes, pae Polinar. Dios lo hace. Y usté, ¿qué rumbo piensa tomar?

--El de mi casa en cuanto salga de aquí.

--Digo yo respetive á la muchacha.

--Pues respetive á la muchacha digo yo también. Después, daré cuenta de todo al Alcalde de mar de este Cabildo, para que sepa lo que ocurre; y allá se descuernen ellos... Yo, _lavo inter inocentes manus meas_.

--Y si en tanto le saliera á la probe desampará un buen refugio--preguntó tía Sidora, mientras su marido confirmaba las palabras con expresivos gestos y ademanes,--¿por qué no le había de aprovechar?

--¡Uva!--concluyó tío Mechelín acentuando la interjección con un puñetazo al aire.

--¡Un buen refugio!--exclamó el fraile.--¿Qué más quisiera ella! ¿qué más quisiera yo! Pero ¿dónde está él, Sidora de mis pecados?

--Aquí--respondió con vehemencia cordialísima la marinera, sacando más pecho y más barriga que nunca.--En esta misma casa.

--¡Uva!--añadió tío Mechelín.--En esta misma casa.

--¡Aquí!--exclamó asombrado fray Apolinar.--Pero ¿estáis dejados de la mano de Dios! ¡Tenéis la paz y buscáis la guerra!

--¿Por qué la guerra?

--¿Sabéis que es una cabra cerril esa chiquilla?

--Porque no ha tenido buenos pastores: ahora los tendría.

--¿Y _las_ del quinto piso?... ¿Pensáis que os darán hora de sosiego?

--Ya nos entenderemos con esas gentes: por buenas, si va por las buenas; y si va por malas... hasta para la mar hay conjuros, bien lo sabe usté.

--Pues, hijos--exclamó fray Apolinar, levantándose de la silla y calándose el sombrero de teja,--con tan buena voluntad, no ha de faltaros el auxilio de Dios. Mi deber era poneros en los casos; y ya que os puse y no os espantan, digo que me alegro por el bien de esa inocente; y como no digo más que lo que siento, ahora mismo me largo en busca de su rastro, sin más miedo á los demonios del balcón que á los mosquitos del aire... Bofetones, afrentas y cruz sufrió Cristo por nosotros... Ánimo, y á sufrir algo por Él.

Y salió, acompañado del honradote matrimonio. Al pasar por delante de la alcoba del carrejo, tía Sidora, alzando las cortinillas de la puerta, dijo, deteniendo al fraile:

--Mire y perdone, pae Polinar. Aquí pensamos ponerla. Se llevarán estas ropas de agua y todos estos trastos de la mar, que ocupan mucho y no agüelen bien, al rincón de ajunto la cocina; se arreglará, como es debido, la cama, que ahora no tiene más que el jergón; y hasta el dormir la oiremos nosotros desde la otra alcoba. ¡Verá qué guapamente va á estar!... Como hubiera estado el lichón de mi sobrino si fuera merecedor de ello.

--¿Qué sobrino?--preguntó el fraile andando hacia la puerta del portal.

--El hijo de la Chumacera, de _allá abajo_.

--¡Ah, vamos... Muergo!... ¡Buen pez! Si va de la que va, te digo que hará buena á su madre. Carne, carne también, mordida del gusano corruptor... ¡Buen pez!... ¡bueno, bueno, bueno! Con que hasta luégo: vaya, adiós, Miguel; ea, adiós, Sidora.

Los cuales le oyeron claramente murmurar estas palabras, en cuanto puso los pies en el portal:

--_¡Domine, exaudi orationem meam!_

Porque sin duda iba pidiendo al Altísimo que le librara de las injurias que las del quinto piso quisieran lanzarle desde el balcón.

Si hace la salida un minuto antes, el haber pasado, como pasó, desde aquel punto de la calle hasta la esquina de la cuesta del Hospital, sin oir una injuria, hubiera sido un verdadero milagro; pues aún estaban entonces, de codos sobre la barandilla, echando pestes por la boca, la Sargüeta y su hija Carpia.

[Ilustración]

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V

CÓMO Y POR QUÉ FUÉ RECOGIDA

No se le olvidaban á Andrés, con las glorias, las memorias. Había prometido á Silda ver al padre Apolinar al volver de San Martín; y para cumplir su promesa, dejó el camino derecho que llevaba, un poco después del mediodía, por detrás del Muelle, y se dirigió á la calle de la Mar, atravesando una galería de los Mercados de la Plaza Nueva.

Sentada en el primer peldaño de la escalera del padre Apolinar, halló á Silda, muy entretenida en atarse al extremo de su trenza de pelo rubio, un galón de seda de color de rosa. Tan corta era la trenza todavía, que después de pasada por encima del hombro izquierdo, apenas le sobraba lo necesario para que los ojos alcanzaran á presidir las operaciones de las manos; así es que éstas, y la trenza y el galón y la barbilla, contraída para no estorbar la visual de los ojos entornados, formaban un revoltijo tan confuso, que Andrés no supo, de pronto, de qué se trataba allí.

--¿Qué haces?--preguntó á Silda en cuanto reparó en ella.

--Ponerme esta cinta en el pelo,--respondió la niña, mostrándosela extendida.

--¿Quién te la dió?

--La compremos con el cuarto que le echastes á Muergo. Él quería pitos, y Sula caramelos; pero yo quise esta cinta que había en una tienduca de pasiegas, y la compré. Después me vine á esperarte aquí, para saber _eso_.

--¿Está en casa pae Polinar?

--No me he cansado en preguntarlo,--respondió Silda con la mayor frescura.

--¡Vaya, contra!--dijo Andrés, puesto en jarras delante de la niña, dando una patadita en el suelo y meneando el cuerpo á uno y otro lado.--Pues ¿á quién le importa saberlo más que á tí?

--¿No quedemos en que subirías tú, y yo te esperaría en el portal? Pus ya te estoy esperando; con que sube cuanto antes.

Andrés comenzó á subir de dos en dos los escalones. Cuando ya iba cerca del primer descanso, le llamó Silda y le dijo:

--Si pae Polinar quiere que vuelva á casa de la Sargüeta, dile que primero me tiro á la mar.

--¡Recontra!--gritó desde arriba Andrés.--¿Por qué no se lo dijiste á él cuando estuvimos en su casa antes?

--Porque no me acordé,--respondió Silda de mala gana, entretenida de nuevo en la tarea de poner el lazo de color de rosa en su trenza de pelo rubio.

No habría transcurrido medio cuarto de hora, cuando ya estaba Andrés de vuelta en el portal.

--Estuvo en casa de tío Mocejón--dijo á Silda, jadeando todavía,--y de por poco no le matan las mujeres.

--¿Lo ves!--exclamó Silda, mirándole con firmeza.--¡Si son muy malas!... ¡pero muy malas!

--Te van á llevar á una buena casa,--continuó Andrés en tono muy ponderativo.

--¿Á cuál?--preguntó Silda.

--Á la de unos tíos de Muergo.

--¿Cómo se llaman?

--Tío Mechelín y tía Sidora.

--¿Los de la bodega?

--Creo que sí.

--Y ¿esos son tíos de Muergo?

--Por lo visto.

--Buenas personas son... pero ¡están tan cerca de _los otros_!

--Dice pae Polinar que no hay cuidado por eso.

--Y ¿cuándo voy?

--Ahora mismo bajará él para llevarte. Yo me marcho á casa á esperar á mi padre que desembarcará luégo, si no ha desembarcado ya... ¡Contra, qué bien entraba la _Montañesa_!... ¡Lo que te perdistes!... ¡Más de mil personas había mirándola desde San Martín!... Adiós, Silda: ya te veré.

--Adiós,--respondió secamente la niña, mientras Andrés salía del portal y tomaba la calle á todo correr.

Bajó pronto fray Apolinar; pero antes de que Silda le viera, ya le había oído murmujear, entre golpe y golpe de sus anchos pies sobre los escalones.

--¡Cuerno del hinojo con la chiquilla!--decía al bajar el último tramo de la escalera.--¡Muy tumbada á la bartola, como si no la importara un pito lo que á mí me está haciendo sudar sangre!... Corra usté medio pueblo en busca de ella para que se averigüe que no ha ido á San Martín, sino que la han visto en la Puntida con dos raqueros... vuélvase usté á casa, y fáltele el apetito para comer la triste puchera de cada día, y díganle á lo mejor que lo que busca y no halla, y por no hallarlo se apura, lo tiene en el portal, rato hace, sin penas ni cuidados... ¡Cuerno con el moco éste!... ¿Por qué no has subido, chafandina?

--Porque esperaba á Andrés, que era quien había de subir.

--¡Había de subir!... Y ¿quién es la que está á la intemperie de Dios y necesitada de un mendrugo de pan y de una familia honrada que se le dé con un poco de amor? ¿No eres tú?... Y siéndolo, ¿á quién le importa más que á tí subir á mi casa y preguntarme: pae Polinar, qué hay de eso?... ¡Moco, más que moco!... Vamos, deja ese moño de cuerno y vente conmigo.

Mientras caminaban los dos hacia la calle Alta, pae Polinar iba poniendo en los casos á la chiquilla. Entre otras cosas, la dijo:

--Y ahora que has encontrado lo que no mereces, poca bribia y mucha humildad... Se acabó la Maruca, y se acabó el Muelle-Anaos... porque si das motivo para que te echen de esa casa, pae Polinar no ha de cansarse en buscarte otra. ¿Lo entiendes? Tu padre, bueno era; tu madre no era peor: conmigo se confesaban. Pues tan buenas ó mejores que ellos son las personas que te van á recoger... De modo que si sales mala, será porque tú quieres serlo, ó lo tengas en el cuajo... Pero conmigo no cuentes para enderezar lo que se tuerza por tus maldades... ¡cuerno! que harto crucificado me veo por ser tan á menudo redentor... Porque ¡mira que lo de esta mañana!... Y escucha á propósito de eso: iremos por Rua-Menor á la cuesta del Hospital. En cuanto lleguemos al alto de ella, te asomas tú á la esquina con mucho cuidado, y miras, sin que te vean, á la casa de la Sargüeta. Si hay alguno asomado al balcón, te echas atrás y me lo dices; si no hay nadie, pasas de una carreruca á la otra acera; yo te sigo, y pegados los dos á las casas, y á buen andar, nos metemos en la de Mechelín, que nos estará esperando... ¿Entiendes bien?... Pues pica ahora.

No sospechaba Silda que se quisieran tomar tantas precauciones por lo que al mismo fray Apolinar interesaban, pues no tenía otra noticia que la muy lacónica que le había dado Andrés de lo que le había ocurrido en casa de Mocejón; pero como á ella le importaba mucho pasar sin ser vista, cuando llegó el momento oportuno cumplió el encargo del fraile con una escrupulosidad sólo comparable al terror que la infundían las mujeres del quinto piso; y no hallándose éstas en el balcón ni en todo lo que alcanzaba á verse de la calle, atravesáronla como dos exhalaciones el exclaustrado y la niña, y se colaron en la bodega de tío Mechelín, cuya mujer _barciaba_ la olla en aquel instante para comer, creyendo, pues era ya muy corrida la una de la tarde, que Silda no parecería tan pronto como había creído el padre Apolinar.

No podía llegar la huéspeda más á tiempo. Recorrió serenamente con la vista cuanto en la casa había al alcance de ella, y se sentó impávida en el escabel que le ofreció con cariño tía Sidora, delante del otro sobre el cual humeaba el potaje dentro de una fuente honda, muy arranciada de color, y algo cuarteada y deslucida de barniz, por obra de los años y del uso no interrumpido un solo día. Tío Mechelín, por su parte, y mientras le bailaban los ojos de alegría, ofreció á Silda un buen zoquete de pan y una cuchara de estaño, porque en aquella casa cada cual comía con su cuchara; la oferta fué aceptada como la cosa más natural y corriente, y se dió comienzo á la comida, sin que se notara en la muchachuela la menor señal de extrañeza ni de cortedad; aprovechaba rigurosamente el turno que le correspondía para meter en la fuente su cuchara, y oía, sin responder más que con una fría mirada, las palabras cariñosas de aliento que tía Sidora ó su marido la dirigían.

Fray Apolinar creyó muy oportuna la ocasión para repetir á Silda lo que le había dicho por el camino, y aun para añadir algunos consejos más, y comenzó á ponerlo por obra; pero tía Sidora le cortó el discurso, diciéndole:

--Todo eso y otro tanto hará ella, sin que se lo manden, por la cuenta que la tiene. ¿No verdá, hija mía? Ahora come con sosiego; llena esa barriguca, que bien vacía debes de tenerla; duerme en buena cama, y dispués ya habrá tiempo para todo: tiempo pa trabajar y tiempo pa divertirte como Dios manda.

--¡Uva!--exclamó tío Mechelín.--Al cuerpo no hay que pedirle más rema que la que puede dar de por sí... Y usté, pae Polinar, que tiene buen pico y mano en todas partes, bueno sería que diera cuenta, á quien debe tomarla, de los mases y los menos que ha habido en este particular.

--¡Vaya si estoy yo en eso, por la responsabilidad que me alcanza!--respondió el fraile.--¡Si me mamaré yo el dedo!

--¡Uva!... Hoy es sábado... Mañana habrá Cabildo motivao á socorros y otros particulares.

--Mejor entonces--dijo el padre Apolinar:--yo pensaba ver solamente al Sobano cuando volviera de la mar esta tarde; pero ya que tú me haces ese recuerdo, me acercaré mañana por acá, y haré que el caso sea tratado en Cabildo.

--¡Uva!... Pero ná de sustipendio ni de socorro pa el caso; aquí no se quiere más que autoridá y mano contra todo mal enemigo de lo que se hace con buen corazón...