Part 4
Entre tanto, tenía que andar en un pie á todo lo que se le mandara, si quería comer eso poco y malo con sosiego; y lo que se le mandaba era demasiado, ciertamente, para una niña como ella. Por de pronto, ayudar á las mujeres de casa, dentro ó alrededor de ella, en el _aparejo de la barquía_, es decir, componer las redes, secarlas, hacer otro tanto con las velas y con _las artes_ de pescar, etc., etc... Cuando toda la familia, hombres y mujeres, iban á la pesca de bahía, especialmente á la boga (pescado que entonces abundaba muchísimo, y que desapareció por completo años después, debido, según dice la gente de mar, á la escollera de Maliaño, porque precisamente el espacio que ella encierra era donde las bogas tenían su pasto), á la pesca de bahía tenía que ir Silda también, y á trabajar allí, aunque niña, tanto ó más que las mujeres, ó que Carpia, pues la Sargüeta rara vez iba ya á la bahía con su marido; á ella se encomendaba preferentemente la engorrosa tarea de sacar la _ujana_, hundiendo en la basa las dos manos, con los dedos extendidos, como las _layas_ de los labradores, y virar luégo la _tajada_, y deshacerla en pedacitos para dar con las _gusanas_, que iba echando en una cazuela vieja, ó en una cacerolilla de hoja de lata, con arena en el fondo. Otras veces se la veía con un cestito al brazo, picoteando el suelo con un cuchillo, á bajamar, para dar con las escondidas _amayuelas_; ó en las playas de arena, sacando muergos con un ganchito de alambre. Pero, al cabo, estas tareas y otras semejantes, aunque penosas, sobre todo en invierno, le daban cierta libertad, y á menudo pasaba ratos muy entretenidos con niñas y muchachos de su edad, que también andaban al muergo y á la amayuela y á la gusana y al chicote. Esto fué siempre lo preferible para ella: coger la esportilla y largarse á la Dársena, al _arqueo_ del chicote, de la chapita y del clavo de cobre. Allí conoció á Muergo, y á Sula y á otros muchos raqueros de la calle de la Mar, y, sobre todo, al famoso _Cafetera_ (cuya biografía en libros anda años hace), que, aunque de la calle Alta, no asomaba por ella jamás, y á Pipa y á Michero, y á más de una chicuela que andaban con ellos á todo lo que salía. Siguiendo á esta tropa menuda, se aficionó al Muelle-Anaos y á la vida independiente y divertida que hacía en aquel terreno famoso, en que cada cual campaba por sus respetos, como si estuviera á cien leguas de la población y de todo país civilizado. Insensiblemente fué retardando la hora de volver á casa, y volvía casi siempre con la espuerta vacía. En ocasiones no volvió hasta por la noche; y como lo mismo la sacudían el polvo por faltar una hora que por faltar todo el día, optó serenamente por lo último; y al Muelle-Anaos acudía casi diariamente aunque la mandaran á la Peña del Cuervo, y con los del Muelle-Anaos aprendió á la Maruca. Así la conoció Andrés.
Es de advertir que Silda, aunque asistía á todas las empresas y á todos los juegos de la pillería del Muelle-Anaos, rara vez tomaba parte en ellos más que con la atención; no por virtud seguramente, sino porque era de ese barro: una naturaleza fría y muy metida en sí. Sabía dónde se _ufaba_ el cobre y el cacao y el azúcar, y de qué manera, y dónde se vendía impunemente, y á qué precio; sabía dónde se gastaban los cuartos, así adquiridos, en tazas de café con copa, y lo que se daba por un ochavo, y por un cuarto, y por dos cuartos, y hasta por un real; sabía cómo se jugaba al cané... y sabía muchísimas cosas más que se enseñaban en aquella escuela de cuantos vicios pueden arraigar en criaturas vírgenes de toda educación física y moral; pero jamás en su espuerta entró cosa que no pudiera cogerse á vista de todo el mundo; ni vendió en el barracón del tío Oliveros un triste clavo ni una hebra de cáñamo; ni tomó en sus manos un naipe para el cané, ni una piedra en las _guerras_ de Baja-mar entre raqueros y terrestres, ó entre raqueros de la calle Alta y raqueros de la calle de la Mar. Satisfacíase con asistir á todo y enterarse de todo cuanto hacían los pilletes, impávida é insensible, por carácter, como se ha dicho ya, no por virtud.
Andrés tampoco tomaba parte en las empresas _raqueriles_ de los muchachos del Muelle-Anaos; pero sí en sus pedreas, en sus zambullidas, en sus juegos de agilidad, en sus intentos, casi siempre logrados, de atrapar un perro y arrojarle al agua con un canto al pescuezo. Sus diversiones de preferencia allí eran remar con Cuco en su bote, y pescar con un aparejillo que tenía, desde las escaleras del Paredón. Esto le gustaba mucho también á Silda; y en cuanto Andrés calaba la sereña, ya estaba ella á su lado, muy calladita y con los ojos clavados en el aparejo.
--¡Que pican!--solía decir alguna vez que otra, muy por lo bajo, viendo que la sereña se estremecía.
--Es picada falsa,--respondía Andrés sin halar el aparejo.
Y así se pasaban los dos larguísimos ratos. Cuando se _trababa_ algún pancho, Silda ayudaba á Andrés á encarnar los anzuelos; y si los panchos eran dos, ella destrababa el uno.
Y á todo esto, calladita, impasible, y siempre con la cara, las manos y los pies limpios como un sol. Era como la señorita de aquella sociedad de salvajes; á Andrés le hacía por eso mismo mucha gracia, y tenía con ella consideraciones y miramientos que jamás usaba con las otras niñas desarrapadas que solían andar por allí. En cambio, ella no mostraba mayor inclinación al vestido y á los modales de Andrés, que á la basura y á la barbarie de los raqueros. Al contrario, el objeto de sus visibles preferencias parecía ser el monstruoso Muergo, el más estúpido, el más feo y el más puerco de todos sus camaradas. Mas estas preferencias no se revelaban en el hecho solo de acercarse á él muy á menudo, pues á otros muchos se acercaba también, siempre que le daba la gana, sino en que con ninguno era tan cariñosa como con Muergo.
--¡Límpiate los mocos y lávate esa cara, cochino!--solía decirle; ó--¿por qué no te esquilan esa greña?... Dile á tu madre que te ponga una camisa.
Entre tantos puercos y descamisados como andaban por allí, solamente se dolía de la roña y de la desnudez de Muergo. Y Muergo correspondía á estas relativas delicadezas de Silda riéndose de ella, dándola una patada, ó arrimándola un tronchazo, como el de la Maruca. ¡Y la preferencia continuaba, por parte de Silda! ¿Por qué razón? Vaya usted á saberlo. Acaso la fuerza del contraste; la misma monstruosidad de Muergo; un inconsciente afán, hijo de la vanidad humana, de domar y tener sumiso lo que parece indómito y rebelde, y de embellecer lo que es horrible; hacer con Muergo lo que algunas mujeres, de las llamadas elegantes en el mundo, hacen con ciertos perros lanudos y muy feos: complacerse en verlos tendidos á sus pies, gruñendo de cariño, muy limpios y muy peinados, precisamente porque son horribles y asquerosos y no debieran estar allí.
Más fácil de explicar es la inclinación de Andrés al Muelle-Anaos y á la pillería que en él imperaba. Hijo de marino y llamado á serlo, los lances de la bahía le tentaban, y el olor del agua salada y el tufillo de las carenas le seducían; y escogió aquel terreno para satisfacer sus apetitos marineros, porque allí había botes de alquiler, y lanchas abandonadas, y barcos en los careneros, y ocasión de bañarse impunemente y en cueros vivos á cualquier hora del día, y correr la escuela, y fumar con entera tranquilidad, y muy principalmente porque otros chicos de su pelaje andaban también por allí muy á menudo: ventajas todas que no podían hallarse reunidas ni en la Dársena ni en _los cañones_ del Muelle. Sólo la Maruca las ofrecía alguna vez; y por eso iba también, de tarde en tarde, á la Maruca.
Por lo que hace á su amistad con los raqueros, no había otro remedio que elegir entre ella y la fatiga de entrar en su terreno por la fuerza de las armas, lo cual era algo pesado y expuesto para hecho diariamente. Por lo común, se hacía la primera vez. Después se firmaban las paces, y se vivía tan guapamente con aquella pillería, cuidando de tenerla engolosinada con cigarros y cualquiera chuchería de la ciudad, especialmente á Cuco, que, por su corpulencia y barbarie, era el más temible en sus _bromas_, aunque, á su modo, fuera sociable y cariñosote.
Y como Silda iba apegándose más y más á la vida regalona del Muelle-Anaos, y sus ausencias de casa eran más largas cada día, y el Cabildo no parecía acordarse de dar la ofrecida ayuda de costas, y la familia de Mocejón estaba resuelta á no mantener de balde á una chiquilla tan inútil y rebelde, ocurrió una noche lo de la tunda aquélla, que obligó á Silda, que tantas había sufrido ya, á largarse á la calle y á dormir en una barquía, por no querer aceptar la oferta que, al bajar, la hizo al oído el bueno de tío Mechelín, marinero que, con su mujer, tía Sidora, ocupaba la bodega, ó sea la planta baja de la casa.
Y como es preciso hablar algo de esta nueva familia que aparece aquí, y el presente capítulo tiene ya toda la extensión que necesita, quédese para el siguiente, en el cual se tratará de ese asunto... y de otros más, si fuere necesario.
[Ilustración]
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IV
DÓNDE LA DESEABAN
Todo lo contrario de Mocejón y de la Sargüeta, así en lo físico como en lo moral, eran Mechelín y tía Sidora. Mechelín era risueño, de buen color, más bien alto que bajo, de regulares carnes, hablador, y tan comunicativo, que frecuentemente se le veía, mientras echaba una pipada á la puerta de la calle, referir algún lance que él reputaba por gracioso, en voz alta, mirando á los portales ó á los balcones vacíos de enfrente, ó á las personas que pasaban por allí, á faltas de una que le escuchara de cerca. Y él se lo charlaba y él se lo reía, y hasta replicaba, con la entonación y los gestos convenientes, á imaginarias interrupciones hechas á su relato. También era algo caído de cerviz y encorvado de riñones; pero como andaba relativamente aseado, con la cara bastante bien afeitada, las patillas y pelo, grises, no precisamente hechos un bardal, y era tan activo de lengua y tan alegre de mirar, aquellas encorvaduras sólo aparentaban lo que eran: obra de los rigores del oficio, no dejadez y abandono del ánimo y del cuerpo. Entonaba no muy mal, á media voz, algunas canciones de sus mocedades, y sabía muchos cuentos.
Su mujer, tía Sidora, también gastaba ordinariamente muy buen humor. Era bajita y rechoncha; andaba siempre bien calzada de pie y pierna, vestida con aseo, aunque con pobreza, y gastaba sobre el pelo pañuelo _á la cofia_. Nadie celebraba como ella las gracias de su marido, y cuando la acometía la risa, se reía con todo el cuerpo; pero nada le temblaba tanto al reirse como el pecho y la barriga, que, tras de ser muy voluminosos de por sí, los hacía ella más salientes en tales casos, poniendo las manos sobre las caderas y echando la cabeza hacia atrás. Pasaba por regular curandera, y casi se atrevía á tenerse por buena comadrona.
Nunca había tenido hijos este matrimonio ejemplarmente avenido. Tío Mechelín era _compañero_ en una de las cinco lanchas que había entonces en todo el Cabildo de Arriba, en el cual abundaron siempre más las barquías que las lanchas, y tía Sidora estaba principalmente consagrada al cuidado de su marido y de su casa; á vender, por sí misma, el pescado de su quiñón, cuando no hubiera preferido venderlo al costado de la lancha, y acompañar, á jornal, en la Pescadería, á alguna revendedora de las varias que la solicitaban en sus faenas de pesar, cobrar, etc. El tiempo sobrante le repartía en la vecindad de la calle, recetando cocimientos aquí, restañando heridas allá, cortando un refajo para Nisia ó frunciendo unas mangas para Conce... ó «apañando una criatura» en el trance amargo.
Como no había vicios en casa, ni muchas bocas, tía Sidora y su marido se cuidaban bastante bien, y hasta tenían ahorradas unas monedas de oro, bien envueltas en más de tres papeles, y guardadas en lugar seguro, para «un por si acaso.» Los domingos se remozaban, ella con su saya de mahón azul obscuro; medias, azules también, y zapatos rusos; pañolón de seda negra, con fleco, sobre jubón de paño, y á la cabeza otro pañuelo obscuro. Él, con pantalón acampanado, chaleco y chaqueta de paño negro fino, corbata á la marinera, ceñidor de seda negra y boina de paño azul con larga borla de cordoncillo negro; la cara bien afeitada, y el pelo atusado... hasta donde su aspereza lo consintiera.
Todas estas prendas, más una mantilla de franela con tiras de terciopelo, que usaban las mujeres para los entierros y actos religiosos muy solemnes, las conservaron hasta pocos años há, como traje característico y tradicional, las gentes de ambos Cabildos de mareantes.
Con una moza del de Abajo llegó á casarse (¡raro ejemplar!) un hermano de Mechelín, que era callealtero, como toda su casta. ¡Bien se lo solfearon deudos, amigos y comadres! «¡Mira que eso va contra lo regular, y no puede parar en cosa buena! ¡Mira que _ella_ tampoco lo es de por suyo ni de casta lo trae!... ¡Mira que Arriba las tienes más de tu parigual y conforme á la ley de Dios, que nos manda que cada pez se mantenga en su playa!... ¡Mira que esto y que lo otro, y mira que por aquí y mira que por allá!»
Y resultó, andando el tiempo, lo anunciado en el Cabildo de Arriba; no, á mi entender, porque la novia fuera del de Abajo, sino porque realmente no era buena «de por suyo,» y se dió á la bebida y á la holganza, hasta que el pobre marido, cargado de pesadumbres y de miseria, se fué al otro mundo de la noche á la mañana, dejando en éste una viuda sin pizca de vergüenza, y un hijo de dos años, que parecía un perro de lanas, de los negros. Mechelín y su mujer amparaban, en cuanto podían, á estos dos seres desdichados; pero al notar que sus socorros, lo mismo en especie que en dinero, los traducía la viuda en aguardiente, dejando arrastrarse por los suelos á la criatura, desnuda, puerca y muerta de hambre, amén de echar pestes contra sus cuñados, por roñosos y manducones, y de que el chicuelo, á medida que crecía, se iba haciendo tan perdido y mucho más soez que su madre, cortaron toda comunicación con sus ingratos parientes. Así pasaron cuatro años, durante los cuales creció el rapaz y llegó á ser el Muergo que nosotros conocemos. Muergo, pues, era sobrino carnal de tío Mechelín, en cuya casa no recordaba haber puesto jamás los pies; y su madre, la _Chumacera_, sardinera á ratos, había obtenido por caridad de los que fueron compañeros de lancha de su difunto, la peseta diaria que gana una mujer por el trabajo de madrugar para la compra de _carnada_ (cachón, magano, etc.), para la lancha, á los pescadores ó boteros de la costa de la bahía. El miedo á perder la ganga de la peseta, la obligaba á ser fiel y puntual en este encargo, único que supo desempeñar honradamente en toda su vida.
¡Con cuánto gusto tío Mechelín y su mujer hubieran llevado á su lado al niño, huérfano de tan buen padre, si hubieran creído posible sacar algo, mediano siquiera, de aquella veta montuna y bravía, y muy particularmente sin los riesgos á que les exponía este continuo punto de contacto con la sinvergüenza de su madre! Porque el tal matrimonio se perecía por una criatura de la edad, poco más ó menos, del salvaje sobrino, para que llenara algo la casa, como la llenan los hijos propios, tan deseados de todos los que no los tienen. Así es que cuando comenzaron las negociaciones del padre Apolinar con tío Mocejón para que éste recogiera á Silda en su casa, los ojos se les iban á los inquilinos de la bodega detrás de la niña que jugaba en la calle; y muy tentados estuvieron más de una vez, viendo bajar al fraile de mal humor, á tirarle del manteo para llamarle adentro y decirle por lo bajo:--«Tráigala usté aquí, pae Polinar, que nosotros la recibiremos de balde, y muy agradecidos todavía.»--Pero el acuerdo era cosa del Cabildo, que bien estudiado le tendría; y además, no querían ellos que en casa de Mocejón llegara á creerse que el intento de apandarse «la ayuda de costas» ofrecida, era lo que les movía á recoger á la huérfana.
--¡Cuidao--decía Mechelín á tía Sidora,--que ni pintá en un papel resultara más al respetive de la comenencia!... ¡Finuca y limpia es como una canoa de rey!
--En verdá--añadía tía Sidora,--que pena da considerar la vida que la aguarda _allá arriba_, si Dios no se pone de su parte.
--¡Uva!--añadía el marido, que usaba esta interjección siempre que, á su entender, un dicho no tenía réplica.
Cuando Silda fué recogida en el quinto piso, tío Mechelín, que la vió subir, dijo á tía Sidora:
--¡Enfeliz!... ¡No tendrás tan buen pellejo cuando abajes!... ¡Y eso que has de abajar pronto!
--Lo mismo creo--respondió la mujer, muy pensativa y con las manos sobre las caderas.--Pero tú y yo, agua que no hemos de beber, dejémosla correr; y la lengua, callada en la boca, que más temo á esa gente de arriba, que á una galerna de marzo.
--¡Uva!--concluyó Mechelín con una expresiva cabezada, guiñando un ojo, dándose media vuelta y poniéndose á canturriar una seguidilla, como si no hubiera dicho nada, ó temiera que le pudieran oir los de arriba.
Pero desde aquel momento no perdieron de vista á la pobre huérfana, que, á juzgar por su impasible continente, parecía ser la menos interesada de todos en la vida que arrastraba en el presidio á que se la había condenado, creyendo hacerla un favor. Se condolían mucho de ella, viéndola en los primeros meses, de invierno riguroso, entrar en casa tiritando y amoratada de frío, con el cesto de los muergos al brazo, ó con la cacerola de _gusanas_ entre manos; ó bajar del piso con cardenales en la cara, ó con el pañuelito del cuello por venda sobre la frente. Nunca la vieron llorar ni señales de haber llorado, ni pudieron sorprender entre sus labios una queja. En cambio, la lengua se le saltaba de la boca á tía Sidora con las ganas que tenía de sonsacar pormenores á la niña; pero el miedo que tenía á los escándalos de la familia de Mocejón, la obligaban á contenerse. En ocasiones, al sentir que bajaba Silda, se atravesaba el pescador ó la marinera, á la puerta de la calle, con un zoquete de pan, haciendo que comía de él, pero, en realidad, por tener un pretexto para ofrecérsele.
--¡Bien á tiempo llegas, mujer!--le decía con fingida sorpresa.--Á volver iba al arca este pan, porque no tengo maldita la gana. Si tú le quisieras...
Y se le dejaba entre las manos, preguntándole al oído:
--¿Qué tal andamos hoy de apetito?
--Una cosa regular,--decía la niña, revelando, en el afán con que apretaba el zoquete, las ganas que tenía de devorarle.
Pero no podían conseguir que se detuviera allí un instante, ni que al pasar les dijera una sola palabra de las que ellos querían oir. ¿Era miedo que tenía la niña á las venganzas de sus _protectores_? ¿Era dureza y frialdad de carácter?
Ellos achacaban la reserva á lo primero, y esta consideración doblaba á sus ojos el valor de las prendas morales de aquella inocente mártir.
Vieron, días andando, cómo ésta volvía tarde á casa, y averiguaron la vida que hacía fuera de ella, y los castigos que se le daban por su conducta, y las veces que había dormido á la intemperie, en el quicio de una puerta ó en el panel de una lancha.
--¡Y acabarán con la enfeliz criatura, dispués de perderla!--exclamaba tío Mechelín al hablar de ello.--Tan tiernuca y polida, dela usté carena por la mañana, lapo al megodía y taringa por la noche, con poco de boquiblis, y no digo yo ella, un navío de tres puentes se quebranta... ¡Fuérame yo, en su caso, pa no golver en jamás!
--Como llegará á suceder--añadió la marinera,--si Dios antes no lo remedia. ¡Eso tiene el poner, sin más ni más, la carne en boca de tiburones!
--¡Uva!
Una noche, después de haber resonado hasta en la bodega los horrores que vomitaban en el quinto piso las bocas de la Sargüeta y de Carpia contra la niña, que poco antes había llegado á casa, y dos ayes de una voz infantil, penetrantes, agudos, lamentosos, como si inopinadamente una mano brutal arrancara de un tirón á un cuerpo lleno de salud todas las raíces de la vida; después de haberse asomado á la puerta de cada guarida algún habitante de ella, no obstante lo frecuentes que eran en aquella vecindad, más arriba ó más abajo, las tundas y los alborotos, tío Mechelín y su mujer vieron á Silda que bajaba el último tramo de la escalera con igual aceleramiento que si la persiguieran lobos de rabia. La salieron al encuentro en el portal (tía Sidora con el candil en la mano), y observaron que la niña traía las ropitas en desorden, el pelo enmarañado, los ojos humedecidos, la mirada entre el espanto y la ira, la respiración anhelosa y el color lívido.
--¡Déjeme pasar, tía Sidora!--dijo la niña á la marinera, al ver que ésta le cerraba el camino de la calle.
--Pero ¿aónde vas, enfeliz, á tales horas?--exclamó la mujer de Mechelín, tratando de detenerla.
--Me voy--respondió Silda deslizándose hacia la puerta, no cerrada todavía,--para no volver más. ¡Todos son malos en esa casa!
--¡Métete en la mía, ángel de Dios, siquiera hasta mañana!--dijo el pescador, deteniendo con gran dificultad á la niña.
--¡No, no!--insistió ésta, desprendiéndose de la mano que blandamente la sujetaba,--que está muy cerca de la otra.
Y salió del portal como un cohete.
--¡Pero escucha, alma de Dios!... ¡Pero aguarda, probetuca!...
Así exclamaba tía Sidora viendo desaparecer á Silda en las tinieblas de la calle, sin resolverse á dar dos pasos en ella detrás de la fugitiva; porque el mismo Mechelín, con tener buena vista entre las mejores de los de su oficio, no pudo saber, por ligero que anduvo, si la niña había seguido calle adelante, hacia Rua Mayor, ó había tirado hacia el Paredón, ó por la cuesta del Hospital.
El lector sabe lo que fué de ella aquella noche y á la mañana siguiente, por habérselo oído referir á Andrés y haberla visto, tan descuidada y campante, en casa del padre Apolinar, junto á la Maruca, en la Fuente Santa y en los prados de Molnedo.
No habría llegado á la Maruca con Andrés y su séquito de raqueros, cuando ya el padre Apolinar, con el sombrero de teja caído sobre los ojos, la cabeza muy gacha por miedo á la luz, y los embozos del pelado manteo recogidos entre sus manos cruzadas, restregando alguna vez que otra el cuerpo contra la camisa (si es que no la había dado también, desde que salimos de su casa con el relato) y carraspeando á menudo, atravesaba los Mercados del Muelle con rumbo á la calle Alta.
Sin ser visto ¡cosa rara! de la tía Sidora, cuando menos, pues estaba abierta de par en par la puerta de su bodega, llegó al quinto piso, y llamó con los nudillos de la mano, diciendo al mismo tiempo:
--¡Ave María!
Una voz de mujer respondió una indecencia desde allá dentro; pero con tal dejo, que el exclaustrado, sin soltar de sus manos cruzadas los embozos del manteo, se rascó dos veces seguidas las espaldas, por el procedimiento acostumbrado, y murmuró, después de carraspear:
--¡Mucha mar de fondo debe haber aquí!
En seguida volvió á carraspear y á resobarse; empujó la puerta, como la voz se lo había ordenado, y entró.
Mocejón estaba á la mar; pero estaban en casa, destorciendo filástica de chicotes viejos, la Sargüeta y su hija, las cuales, aunque no esperaban seguramente la visita del bendito fraile, en cuanto le vieron delante sospecharon el motivo que le llevaba allí; porque, con tener todavía entre dientes el suceso de la noche anterior, recordaron las insistencias del padre Apolinar para que se cumplieran los intentos del Cabildo respecto de la huérfana de Mules; las torres y montones que les había ofrecido en cambio del amparo que les pedía; las veces que le habían reclamado infructuosamente el cumplimiento de las ofertas... En fin, que les dió el corazón que venía _á lo de Silda_; y sin esperar á que acabara de darles los buenos días, ya temblaba la casa.