Part 27
Por fortuna, la lancha la resistió mejor que el tallaviento; y con su ayuda, volaba entre el bullir de las olas. Pero éstas engrosaban á medida que el huracán las revolvía; y el peligro de que rompieran sobre la débil embarcación, crecía por instantes. Para evitarle se agotaban todos los medios humanos. Se arrojaron por la popa los hígados del pescado que iba á bordo, y se extendió por el mismo lado el tallaviento flotante. Se conseguía algo, pero muy poco, con estos recursos... ¡Huir, huir por delante!... Esto sólo, ó resignarse á perecer.
Y la lancha seguía encaramándose en las crestas espumosas, y cayendo en los abismos, y volviendo á erguirse animosa para caer en seguida en otra sima más profunda, y ganando siempre terreno, y procurando, al huir, no presentar á las mares el costado.
De tiempo en tiempo, los pescadores clamaban fervorosos:
--¡Virgen del Mar, adelante!... ¡Adelante, Virgen del Mar!
Á Andrés le parecían siglos los minutos que llevaba corridos en aquel trance espantoso, tan nuevo para él; y comenzaba á aturdirse y á desorientarse entre el estruendo que le ensordecía; la blancura y movilidad de las aguas, que le deslumbraban; la furia del viento que azotaba su rostro con manojos de espesa lluvia; los saltos vertiginosos de la lancha, y la visión de su sepultura entre los pliegues de aquel abismo sin límites. Sus ropas estaban empapadas en el agua de la lluvia y la muy amarga que descendía sobre él después de haber sido lanzada al espacio, como densa humareda, por el choque de las olas; flotaban al aire sus cabellos goteando, y comenzaba á tiritar de frío. Ni intentaba siquiera desplegar sus labios con una sola pregunta. ¿Para qué esta inútil tentativa? ¿No lo llenaban todo, no respondían á todo cuanto pudiera preguntar allí la mísera voz humana, los bramidos de la galerna?
Así pasó largo rato mirando maquinalmente cómo sus compañeros de martirio, con el ansia de la desesperación unas veces, y otras con la serenidad de los corazones impávidos, desalojaban, con cuantos útiles servían para ello, el agua que embarcaba en la lancha algún maretazo que la alcanzaba por la popa, ó movían el aparejo, á una señal del patrón en un instante de respiro.
El exceso mismo del horror, suspendiendo el ánimo de Andrés, fué predisponiendo su discurso á la actividad regularizada y á la coordinación de las ideas, aunque en una órbita algo extraña á las condiciones de un espíritu constituído como el suyo. Por ejemplo: no discurrió sobre las probabilidades que tenía de salvarse. Para él era ya cosa indiscutible y resuelta el morir allí. Pero le preocupó mucho la clase de muerte que le esperaba; y analizó el fatal suceso momento por momento y detalle por detalle. Del minucioso análisis dedujo que su propio cuerpo arrojado de pronto en aquel infierno rugiente, en la escala de una proporción rigurosa representaba mucho menos que el átomo que cae en las fauces de un tigre con el aire que éste aspira en un bostezo. Pero ¿cabía imaginar un desamparo, una soledad, un desconsuelo más espantosos en derredor de un hombre para morir? En seguida pasaron por su memoria, en triste desfile, los mártires que él recordaba de la numerosa legión de héroes, á la cual pertenecían los desventurados que le rodeaban, destinados quizás á desaparecer también, de un momento á otro, en aquel horrible cementerio. Y los vió, uno por uno, luchar brevísimos instantes con las fuerzas de la desesperación, contra el inmenso poder de los elementos desencadenados; hundirse en los abismos; reaparecer con el espanto en los ojos y la muerte en el corazón, y volver á sumergirse para no salir ya sino como informe despojo de un gran desastre flotando entre los pliegues de las olas y arrastrados al capricho de la tempestad.
Y viéndolos á todos así, llegó á ver á Mules; y viendo á Mules, se acordó de su hija; y acordándose de su hija, por una lógica asociación de ideas llegó á pensar en todo lo que le había pasado y fué causa de que él se viera en el riesgo en que se veía, y entonces, á la luz que sólo perciben los ojos humanos en las fronteras de la muerte, estimó en su verdadera importancia aquellos sucesos; y se avergonzó de sus ligerezas, de su insensatez, de sus ingratitudes, de su última locura, causa, quizá, de la desesperación de sus padres; y volvió su mortal naturaleza á reclamar sus derechos; y amó la vida, y le espantaron de nuevo los peligros que corría en aquel instante; y temió que Dios hubiera dispuesto arrancársela de aquel modo, en castigo de su pecado.
Temblaba de horror; y cada crujido del fúnebre aparejo, cada estremecimiento de la lancha, cada maretazo que la alcanzaba, le parecía la señal del último desastre. Para colmo de angustias, vió de pronto, por su banda, flotar un remo entre las espumas alborotadas; y en seguida otros dos. También lo vieron los contristados pescadores. Y vieron más á los pocos momentos: vieron una masa negra dando tumbos entre las olas. Era una lancha perdida. ¿De quién? ¿Y sus hombres? Estas preguntas leía Andrés en las caras lívidas de sus compañeros. Notó que, puestos de rodillas y elevando los ojos al cielo, hacían la promesa de ir al día siguiente, descalzos y cargados con los remos y las velas, á oir una misa á la Virgen, si Dios obraba el milagro de salvarles la vida en aquel riesgo terrible. Andrés elevó al cielo la misma oferta desde el fondo de su corazón cristiano.
Por obra de esta nueva impresión, le asaltó otro pensamiento que impregnó de amargura su alma generosa. Si él salía vivo de allí, en su mano estaba no volver á exponerse á tales riesgos; pero los infelices que le acompañaban, aunque con él se salvaran entonces, ¿no sentirían amargado el placer de salvarse con los recelos de perecer á la hora menos pensada en otra convulsión de la mar, tan repentina y horrorosa como aquélla? ¡Desdichado oficio, que tales quiebras tenía! Y fué reparando, uno por uno, en todos los pescadores de la lancha. De todo había allí: desde el mozo imberbe hasta el viejo encanecido; y todos parecían más resignados que él; y, sin embargo, cada una de aquellas vidas era más necesaria en el mundo que la suya. Esta consideración, hiriéndole la fibra del amor propio, infundió algún calor á sus ánimos abatidos.
Y la tempestad seguía desenfrenada, y la lancha corriendo, loca y medio anegada ya, delante de ella. En uno de sus bandazos, estuvo su carel á medio palmo de un bulto que se mecía entre dos aguas, dejando flotantes sobre ellas espesos manojos de una cabellera cerdosa.
--¡Muergo!--gritó Reñales, queriendo, al mismo tiempo, apoderarse del cadáver con una de sus manos.
Andrés sintió que el frío de la muerte le invadía otra vez el corazón, que la vida iba á faltarle; y sólo un acontecimiento como el ocurrido allí en el mismo instante, pudo rehacer sus fuerzas aniquiladas.
Y fué que Reñales, por coincidir su movimiento con un recio balance de la lancha, perdió el equilibrio y cayó sobre el costado derecho, dándose un golpe en la cabeza contra el carel. Sin gobierno la lancha, atravesóse á la mar; saltó hecho astillas el palo, y arrebató el viento la vela. Andrés entonces, comprendiendo la gravedad del nuevo peligro,
--¡Á los remos!--gritó á los consternados pescadores, lanzándose él al de popa, abandonado por Reñales al caer, y poniendo la lancha en rumbo conveniente, con destreza y agilidad bien afortunadas para todos.
Pasaban entonces por delante de Cabo Menor, sobre cuyas espaldas de roca avanzaban las mares para despeñarse al otro lado en bramadora cascada. Desde allí, ó mejor dicho, desde Cabo Mayor, á la boca del puerto, y siguiendo por el islote de Mouro hasta el cabo Quintres y el de Ajo, toda la costa era una sola cenefa de mugidoras espumas que hervían y trepaban, y se asían á los acantilados, y volvían á caer para intentar de nuevo el asalto, al empuje inconcebible de aquellas montañas líquidas que iban á estrellarse furiosas, sin punto de sosiego, contra las inconmovibles barreras.
--¡Adelante, Virgen del Mar!--repetían con voz firme los remeros al compás de su fatiga.
Andrés, empuñando su remo; clavados sus pies, más que asentados, en el panel de la lancha; luchando y viendo luchar á sus valerosos compañeros con esfuerzo sobrehumano, contra la muerte que los amenazaba por todas partes, comenzaba á sentir la sublimidad de tantos horrores juntos, y alababa á Dios delante de aquel pavoroso testimonio de su grandeza.
Á todo esto, Reñales no movía pie ni mano; y Cole, que achicaba el agua sin cesar con otro compañero, á una señal de Andrés, que estaba en todo, suspendió su importantísimo trabajo y acudió á levantar al patrón, que había quedado aturdido con el golpe y sangraba copiosamente por la herida que se había causado en la cabeza. Atendiósele lo menos mal que se pudo en tan apurada situación; y con ello fué reanimándose poco á poco, hasta que intentó volver á su puesto cuando la lancha, cruzando como un rayo por delante del Sardinero, llegaba enfrente de la Caleta del Caballo. Pero en aquellos instantes, además de la serenidad y de la inteligencia, se necesitaba fuerza no común para gobernar; y á Reñales le faltaba esta última condición tan importante, al paso que Andrés, en el punto en que se hallaba de la costa, las reunía todas sobradamente.
--Pues ¡adelante!--le dijo el patrón acurrucándose en el panel, porque su cabeza dolorida no podía resistir los azotes de la tempestad,--¡y que se cumpla la voluntá de Dios!
¡Adelante! Adelante era acometer al puerto, es decir, jugar la vida en el último y más imponente azar; porque el puerto estaba cerrado por una serie de murallas, de olas enormes, que, al llegar al angosto boquete y sentirse oprimidas allí, parte de cada una de ellas asaltaba y envolvía el escueto peñasco de Mouro, y el resto se lanzaba á la obscura gola, y la henchía, y alzaba sus espaldas colosales para caber mejor, y á su paso retemblaban los ingentes muros de granito. Pero ¿cómo huir del puerto? ¿Á dónde tirar en busca de un refugio? ¿No era un milagro cada instante que pasaba sin que la lancha zozobrase en el horrible camino que traía?
Lo menos malo de aquella situación era que iba á resolverse muy pronto; y esta convicción se leía bien claramente en las caras de los tripulantes, fijas en la de Andrés é inmóviles, como si de repente se hubieran petrificado todas á la vez, por obra de un mismo pensamiento.
--Ya lo sabe usté, don Andrés--dijo Reñales á éste:--enfilando por la proba el alto de Rubayo y el Codío de Solares, es la media barra justa.
--Cierto--respondió amargamente Andrés, sin apartar los ojos de la boca del puerto, ni sus manos del remo con que gobernaba;--pero cuando no se ven ni el Codío de Solares ni el alto de Rubayo, como ahora, ¿qué se hace, Reñales?
--Ponerse en manos de Dios y entrar por donde se pueda,--respondió el patrón, después de una breve pausa, y devorando con los ojos el horrible atolladero que no distaba ya dos cables de la lancha.
Hasta entonces, todo lo que fuera correr delante del temporal, era acercarse á la salvación; pero desde aquel momento podía ser tan peligroso el avance rápido como la detención involuntaria; porque la lancha se hallaba entre el huracán que la impelía, y el boquete que debía asaltarse en ocasión en que las mares no rompieran en él.
Andrés, que no lo ignoraba, parecía una estatua de piedra con ojos de fuego; los remeros, máquinas que se movían al mandato de una mirada suya; Reñales no se atrevía á respirar.
Sobre el monte de Hano había una multitud de personas que contemplaban con espanto, y resistiendo mal los embates del furioso vendaval, la terrible situación de la lancha. Andrés, por fortuna suya y de cuantos iban con él, no miró entonces hacia arriba. Le robaba toda la atención el examen del horroroso campo en que iba á librarse la batalla decisiva.
De pronto gritó á sus remeros:
--¡Ahora!... ¡Bogar!... ¡Más!...
Y los remeros, sacando milagrosas fuerzas de sus largas fatigas, se alzaron rígidos en el aire, estribando en los bancos con los pies y colgados del remo con las manos.
Una ola colosal se lanzaba entonces al boquete, hinchada, reluciente, mugidora, y en lo más alto de su lomo cabalgaba la lancha á toda fuerza de remo.
El lomo llegaba de costa á costa; mejor que lomo, anillo de reptil gigantesco, que se desenvolvía de la cola á la cabeza. El anillo aquél siguió avanzando por el boquete adentro hacia las Quebrantas, en cuyos arenales había de estrellarse rebramando; pasó bajo la quilla de la lancha, y ésta comenzó á deslizarse de popa como por la cortina de una cascada, hasta el fondo de la sima que la ola fugitiva había dejado detrás. Allí se corría el riesgo de que la lancha _se durmiera_; pero Andrés pensaba en todo, y pidió otro esfuerzo heróico á sus remeros. Hiciéronle; y remando para vencer el reflujo de la mar pasada, otra mayor que entraba, sin romper en el boquete, fué alzándola de popa y encaramándola en su lomo, y empujándola hacia el puerto. La altura era espantosa, y Andrés sentía el vértigo de los precipicios; pero no se arredraba, ni su cuerpo perdía los aplomos en aquella posición inverosímil.
--¡Más!... ¡más!--gritaba á los extenuados remeros, porque había llegado el momento decisivo.
Y los remos crujían, y los hombres jadeaban, y la lancha seguía encaramándose, pero ganando terreno. Cuando la popa tocaba la cima de la montaña rugiente, y la débil embarcación iba á recibir de ella el último impulso favorable, Andrés, orzando brioso, gritó conmovido, poniendo en sus palabras cuanto fuego quedaba en su corazón:
--¡Jesús, y adentro!...
Y la ola pasó también, sin reventar, hacia las Quebrantas, y la lancha comenzó á deslizarse por la pendiente de un nuevo abismo. Pero aquel abismo era la salvación de todos, porque habían doblado la punta de la Cerda y estaban en puerto seguro.
En el mismo instante, cuando Andrés, conmovido y anheloso, se echaba atrás los cabellos y se enjugaba el agua que corría por su rostro, una voz, con un acento que no se puede describir, gritó desde lo alto de la Cerda:
--¡Hijo!... ¡Hijo!
Andrés, estremeciéndose, alzó la cabeza; y, delante de una muchedumbre estupefacta, vió á su padre con los brazos abiertos, el sombrero en la mano, y la espesa y blanca cabellera revuelta por el aire de la tempestad.
Aquella emoción suprema acabó con las fuerzas de su espíritu; y el escarmentado mozo, plegando su cuerpo sobre el tabladillo de la chopa, y escondiendo su cara entre las manos trémulas, rompió á llorar como un niño, mientras la lancha se columpiaba en las ampollas colosales de la resaca, y los fatigados remeros daban el necesario respiro á sus pechos jadeantes.
* * * * *
Al mismo tiempo, en medio de las brumas de enfrente, un pobre patache, abandonado ya, barrida su cubierta, desgarradas sus lonas, tremolando al viento su cordaje deshilado, entre tumbos espantosos y cabezadas locas, con el último balance echaba los palos por la banda; saltaban las cadenas de las anclas con que se agarraba al fondo, en las ansias de la desesperación; reventaba una mar contra la quilla descubierta y lanzaba el mutilado casco en medio del furor de las rompientes, cuyas espumas escupían, casi en el acto, las astillas de su despedazado costillaje.
Aquellos tristes despojos flotantes eran lo único que quedaba del _Joven Antoñito de Rivadeo_.
[Ilustración]
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XXIX
EN QUÉ PARÓ TODO ELLO
No merece el bondadosísimo lector que me ha seguido hasta aquí con evangélica paciencia, que yo se la atormente de nuevo con el relato de sucesos que fácilmente se imaginan, ó son de escasísima importancia á la altura en que nos hallamos del asunto principal... si es que hay asunto principal en este libro. Dejemos, pues, que pasen horas desde las infaustas que se puntualizan en el capítulo precedente; que rueden lágrimas de hiel escaldando mejillas de afligidos, y otras harto más dulces entre abrazos de alegría y latidos de corazones sin tortura; que las piadosas ofertas á Dios, en momentos de grandes apuros, se cumplan, y que los fervorosos mareantes, y Andrés delante de todos ellos, descalzos y con los vestidos mojados aún por el agua de la tempestad, y con los remos y las velas al hombro, vayan al templo y salgan de él entre el respeto y la conmiseración de las gentes de la ciudad; que corran días después, y el saborcillo de otros sucesos nuevos mate en la pública voracidad el ansia por los pasados, por tristes ó ruidosos que hayan sido; que las lecciones recibidas aprovechen, en unos para perdonar, en otros para corregirse; que Andrés normalice su vida por los nuevos derroteros á que le arrastran una repentina y cordial aversión á las ligerezas y entretenimientos de antes... y cierta entrevista con su amigo Tolín, solicitada por éste y celebrada en lo más secreto y apartado del escritorio de don Venancio Liencres; que, en señal de lo firme de sus propósitos y lo arraigado de sus aversiones, queme sus naves, es decir, venda su _Céfiro_ y sus útiles de pesca, y regale el dinero de su valor al viejo Mechelín, por mano del padre Apolinar, pues él no debe poner más los pies en la bodega; que aquella meritísima familia se regocije en la creencia de que sus oraciones, con una vela encendida ante la imagen de San Pedro, al saber que Andrés estaba en la mar el día de la galerna, contribuyeran poderosamente á su salvación; dejemos también que el hijo de don Pedro Colindres llame á Cleto, y á solas con él, le jure, con la solemnidad con que lo hizo otra vez en lo alto del Paredón, pero con mayor confianza en sus fuerzas para llegar á cumplirlo, todo lo que el noblote hijo de Mocejón necesitaba creer para quedarse solamente con la carga de sus dudas de llegar á ser correspondido, y la de la vergüenza de ser hijo de su madre, que no era carga ligera; dejemos, en fin, que pasen dos días más, y Cleto vista la librea de los servidores de _barco de rey_, en vísperas de ser llevado al Departamento, y que la justicia humana encierre en la cárcel pública á las hembras del quinto piso para formarlas un proceso por difamadoras y escandalosas, y vamos á dar el último vistazo á la bodega de la calle Alta.
Está allí el padre Apolinar; y mientras tía Sidora y Sotileza traginan tristemente y en silencio, él pasea por la salita conversando con Mechelín, que se calienta con los rayos del sol que penetran por la ventana, sentado en una silla, muy cargado de ropa, descolorido y descarnado. No apetece ya la pipa, y sus ojos tristes lo miran todo sin curiosidad. Estuvo á pique de morir. Confesóse con el fraile; le viaticó éste después, y al día siguiente «ya había un poco de hombre.» Fué reviviendo algo más; y en cuanto pudo ponerse derecho, saltó de la cama que le entristecía mucho. Contaba con llegar á restablecerse lo necesario para volver á sus faenas de bahía. Cosas de viejos achacosos que parecen, como los niños, la flor de la maravilla. Sólo que en los viejos achacosos cada zarpada de los achaques se lleva una buena tajada entre las uñas. El médico del Cabildo alentaba sus esperanzas; pero yo tengo para mí que otra le quedaba dentro al buen doctor.
La mañana había sido de prueba para el pobre viejo. Como no podía salir de casa, habían estado á despedirse de él todos los mareantes que se llevaba la leva, y faltaba Cleto todavía. Colo había estado con Pachuca. Lloraba la infeliz, que se deshacía. En la bodega fueron todos á consolarla; pero cuantos más consuelos la daban, más angustiosos eran sus gemidos. Al mismo tiempo, la calle parecía un mar de lágrimas; y cada vez que tía Sidora y Sotileza salían hasta el portal para llorar con los que lloraban, Mechelín oía los tristes rumores y sentía también la necesidad de llorar un poco, y lloraba al cabo; porque sobre la pena de todos los que lloraban, él tenía la del temor de no volver á ver en el mundo á aquellos camaradas que se iban.
Pero, en fin, esto había pasado y se había hablado mucho sobre ello en la bodega; y se estaba hablando ya de otro asunto, sobre el cual decía el padre Apolinar, al llegar nosotros á enterarnos de lo que allí sucedía:
--Eso no debe extrañarte á tí, Miguel. Después de lo ocurrido en esta casa, no cabe otra conducta en un hombre honrado. Ponte en los casos, Miguel; ponte en los casos.
--¿Pos no ve usté cómo me pongo, pae Polinar?--respondía el marinero.--Y porque me pongo, no me extraño de ná. Pero una cosa es no extrañarse, y otra cosa el sentir de la persona. Hace bien en no golver por aquí, por el bien paecer suyo y de los demás... ¡Pero estaba uno tan hecho á verle, y le quería uno tanto!... ¡Y esto de que yo no haiga podío darle un abrazo, uno tan siquiera, dempués de haberle sacao Dios con vida de aquel apuro en que tantos enfelices perecieron!... Cierto que se le dí á su padre... ¡me atreví á ello, vamos! ¿Creerá usté, pae Polinar, que con ser quien es el capitán, ¡el mesmo roble!... lloraba como una criatura? ¡Buen señor es! Dende que pasó lo que pasó, él aquí viene á menudo... él mira por mí... él mira por estas mujeres... él tiene consuelos pa toos... él quiere que no me falte ná... ¡ni el cuarto de gallina pa el puchero!... ¿Se pué pedir cosa como ella? Too esto, sobre aquellos intereses que me mandó su hijo por mano de usté... que ahí están, guardaos en el arca, sin saber uno qué hacer de ellos; porque de unos días acá esto es anadar en posibles... ¡Hasta la manta doble, señor, y los rufajos nuevos, y las libras de chacolate, de parte de la señora!... Vamos, que no se cansan. Y yo que lo veo, no acabo de entender por qué Dios me da esta vejez tan regalona; quién soy yo pa acabar entre tantos beneficios... Pero, golviendo al caso, no puedo menos de confesar que me cuesta mucho hacerme á no ver en esta casa á esa criatura de los mesmos oros del Potosí... Es cosa de la entraña de uno, y no se puede remediar... Y á la que más y á la que menos de esas mujeres, le pasa otro tanto como á mí... ¡La entraña tamién, hombre... la entraña neta!
--Corriente, Miguel, corriente--repuso el padre Apolinar, paseándose delante del cariñoso marinero.--Todo eso es la verdad pura, y no se falta con ello á la ley de Dios, que quiere corazones agradecidos y lenguas sin ponzoña. Punto arreglado y materia concluída. Pero hay otro que no puede dejarse como está, Miguel; que te importa mucho á tí, y á todos los de tu casa... ¡mucho, cuerno!... ¡pero mucho!... y ha de quedar arreglado hoy... ahora mismo; porque dentro de poco ya será tarde... Y mira, Miguel: contando con ello y no fiando cosa mayor en mis propias fuerzas, porque, con ser muchas, no alcanzan siempre contra las terquedades del jinojo, he hablado al señor don Pedro y me ha prometido darse por acá una vuelta para ayudarme en el empeño... que es hasta obra de misericordia, ¡cuerno si lo es! ¡y de las más gordas!... Lo malo es que tarda; ¡y si se va antes el otro!... Bien lo sabes tú, Miguel: el mozo puede morir, pero el viejo no puede vivir... ¡Y si tú llegas á faltar!... ¡y tu mujer en seguida!... ¿Eh?... ¿Qué te parece?
--Ya me hago cargo, pae Polinar, y bien sabe usté cuál es la voluntá de uno; pero no es la de ella tan clara como conviene, y ese es el mal...