Part 26
--¡Por vida del ocho de bastos, Luisa!... ¡Déjame hablar, ó te saco al carrejo... y grito para que nos oigan!...
--Eso te faltaba, ¡egoistón!... ¡mal hermano!... ¿Y qué es lo que tú puedes responder á esto que yo te digo?
--Que aunque todo ello fuera la pura verdad...
--¡Y más de otro tanto que no he querido decir!...
--Que aunque todo ello y lo que te hayas callado fuera la pura verdad, son los dos casos muy diferentes.
--¡Diferentes! ¿Por dónde? ¿Por qué?
--Porque tú eres una señorita...
--Justo, y tú todo un caballero... Y es una mala vergüenza que un caballero como tú, porque las mujeres están obligadas, por el bien parecer, á tragarse todo cuanto sientan por un hombre y á no dárselo á entender ni siquiera con una mala mirada, ayude á su propia hermana á salir del ahogo en que se ve, despertando un poco la atención, con cuatro palabras al caso, de un hombre que es además un amigo de la mayor intimidad... ¡Bah! Pero que á un caballero, que tiene obligación, por ser hombre, de ser valiente y arrojado y de ajustar todas sus cuentas por sí mismo, le arregle una señorita un negocio de esa clase... no tiene nada de particular: es una hazaña de rechupete... y hasta obra de misericordia... ¿No le parece á usted el don escrúpulos de Mari?... ¡Caramba! ¡No sé lo que te diría ahora, si pudiera yo gritar todo lo que necesito!...
--Corriente. Pues lo doy por gritado, y déjame en paz.
--Así, hijo, así... ¡así se sale luégo del paso! ¡Y tenga usted hermanos para eso; y desvívase usted por ellos!... y... ¡Virgen de los Dolores!...
Aquí rompió á llorar la hermana de Tolín, como si el alma se le saliera por la boca. Tolín trató de consolarla como mejor pudo; pero aquel antojo estaba á prueba de reflexiones más poderosas que las insulsas vaguedades que se le ocurrían al hijo de don Venancio Liencres. De pronto dejó Luisa de llorar, y dijo resueltamente á su hermano:
--Pues ten entendido que si no llegas á hacer lo que te encargo, voy á hacerlo yo... ¡yo, por mí misma! Y seré capaz hasta de confesárselo á su madre y á su padre... y al cura de la parroquia, si me apuras... Y hasta sabrá la hija de don Silverio Trigueras el pago que tú das á lo que la tonta de tu hermana hizo por tí.
Tolín estaba en ascuas; creía á su hermana muy abonada para cumplir lo que ofrecía, y al mismo tiempo le asustaba lo peliagudo de la empresa que le encomendaba. Sus deseos no eran malos, pero su irresolución le encogía. Habló á Luisa nuevamente en este sentido, suplicándola que le dejara buscar el modo y la ocasión á gusto de él, porque todo se arreglaría con el tiempo.
--No, no--insistió la otra.--No hay un instante que perder. Mañana mismo vas á dar el primer paso...
--Pero atiéndete á razones...
--Mira: en cuanto venga al escritorio, le llamas aparte; y solos allí los dos... comienzas á hablarle, y después... ¡caramba! si fuera yo, bien pronto se lo diría como deben decirse esas cosas...
--Y aunque todo saliera como deseas, tarambana del mismo diablo, ¿sabes tú la cara que pondría mamá?
--Eso corre de mi cuenta, Tolín. ¡Pues podía desaprobarlo! ¡Un partido tan hermoso para mí!... Tú no te apures por eso, y cuídate de lo otro.
--En fin--dijo el abrumado mozo, acaso para verse libre por entonces de un asedio tan tenaz,--haré todo lo posible por complacerte.
--Es que hay que hacer--insistió Luisa sin cejar un punto,--no solamente lo posible, sino todo lo que sea necesario... Y si esto se hace ó no se hace, he de saberlo yo mañana por la noche, cuando venga Andrés aquí... porque tú harás, discretamente, que venga sin falta... ¿lo entiendes bien?... ¡sin falta!
No había escape para Tolín; porque sabía muy bien que, en un carácter como el de su hermana, todo estruendo era creíble como se le metiera el antojo entre los cascos. Comprendió que hasta para evitar campanadas más ruidosas era de necesidad cumplir con empeño la peliaguda comisión, y á cumplirla así se obligó con su hermana.
Luégo que ésta se convenció de que la promesa de Tolín no era un vano recurso para salir del paso, trocáronse sus denuestos en arrullos; encendió su bujía, se despidió con un ferventísimo «adiós,» abrió la puerta con mucho cuidado; y de puntillas, y más bien deslizándose que pisando, llegó en un instante á su dormitorio y se encerró en él, si no libre de inquietudes, con el ánimo más reposado después del desahogo que acababa de dar á su berrinche.
En cambio Tolín, que se había levantado de la mesa con el espíritu hecho una balsa de aceite, no pudo atrapar el sueño hasta bien cerca de la madrugada. ¡El demonio de la chiquilla!...
[Ilustración]
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XXVIII
LA MÁS GRAVE DE TODAS LAS CONSECUENCIAS
Todavía resonaban hacia la calle de la Mar los gritos de _¡apuyáaa! ¡apuyáaa!_ con que el _deputao_ del Cabildo de Abajo despertaba á los mareantes recorriendo las calles en que habitaban, y aún no habían llegado los más diligentes de ellos á la Zanguina para tomar la parva de aguardiente ó el tazón de cascarilla, cuando ya Andrés, dolorido de huesos y harto desmayado de espíritu, salía de los Arcos de Hacha, atravesaba la bocacalle frontera y entraba en el Muelle buscando la Rampa Larga. Eran apenas las cinco de la mañana, y no había otra luz que la tenue claridad del horizonte, precursora del crepúsculo, ni se notaban otros ruidos que el de sus propios pasos, el de las voces de algún muchacho de lancha, ó el de los remos que éstos movían sobre los bancos. La negra silueta del aburrido sereno que se retiraba á su hogar dando por terminado su penoso servicio, ó el confuso perfil del encogido bracero á quien arrojaba del pobre lecho la dura necesidad de ganarse el incierto desayuno, eran los únicos objetos que la vista percibía en toda la extensión del Muelle, descollando sobre la blanca superficie de su empedrado.
Para los fines de Andrés, aquella madrugada ofrecía mejor aspecto que la noche precedente. Estaba menos enrarecida la atmósfera; se aspiraba un ambiente casi fresco; y aunque en los celajes, sobre la línea del horizonte por donde había de aparecer el sol, se notaban ciertos matices rojos, este detalle, por sí solo, tenía escasísima importancia.
De la misma opinión fué Reñales, en cuya lancha le esperaba ya Andrés, muy impaciente; pues en cada bulto que distinguía sobre el Muelle, creía ver un emisario de su casa que corría en busca suya. Porque es de advertir, aunque no sea necesario, que su corto sueño sobre el banco de la taberna fué una incesante pesadilla en la cual vió, con todos los detalles de la realidad, las angustias de su madre que clamaba por él y le esperaba sin un instante de sosiego; las inquietudes, los recelos y hasta la ira de su padre, que andaba buscándole inútilmente de calle en calle, de puerta en puerta; y, por último, las conjeturas, los consuelos, los amargos reproches... y hasta las lágrimas, entre los dos. Este soñado cuadro no se borró de su imaginación después de despertar. Le atormentaba el espíritu y robaba las fuerzas á su cuerpo; pero el plan estaba trazado: era conveniente, y había que realizarle á toda costa.
Al fin se oyó en el Muelle un rumor de voces ásperas y de pisadas recias; llegó á la Rampa un tropel de pescadores cargados con sus artes, su comida, sus ropas de agua, y muchos de ellos con una buena porción del aparejo de la lancha; y vió complacidísimo Andrés cómo la de Reñales quedó en breves momentos aparejada y completa de tripulantes.
Armáronse los remos; arrimóse al suyo, á popa y de pie, el patrón para gobernar; desatracóse la lancha; recibió el primer empuje de sus catorce remeros; púsose en rumbo hacia afuera, y comenzó su quilla sutil á rasgar la estirada, quieta y brillante superficie de la bahía. Pero por diligente que anduvo, otras la precedían, del mismo Cabildo y del de Arriba; y cuando llegó á la altura de la Fuente Santa, dejaba por la popa la barquía de Mocejón, en la cual vió Andrés á Cleto, cuya triste mirada, por único saludo, agitó en su memoria los mal apaciguados recuerdos del suceso de la víspera, causa de aquélla su descabellada aventura.
La luz del crepúsculo comenzaba entonces á dibujar los perfiles de todos los términos de lo que antes era, por la banda de estribor, confuso borrón, negra y prolongada masa, desde el cabo Quintres hasta el monte de Cabarga; apreciábase el reflejo de la costa de San Martín en el cristal de las aguas que hendía la esbelta embarcación, y en las praderas y sembrados cercanos renacía el ordenado movimiento de la vida campestre, la más apartada de las batallas del mundo. Á la derecha, rojeaban los arenales de las Quebrantas, arrebujados en lo alto con el verdoso capuz del cerro que sostenían, y hundiendo sus pies bajo las ondas mansísimas con que el mar, su cómplice alevoso, se los besaba, entre blandos arrullos. Parecían dos tigres jugueteando, en espera de una víctima de su insaciable voracidad.
No sé si Andrés, sentado á popa cerca del patrón, aunque miraba silencioso á todas partes, veía y apreciaba de semejante modo los detalles del panorama que iba desenvolviéndose ante él; pero está fuera de duda que no ponía los ojos en un cuadro de aquéllos, sin sentir enconadas las heridas de su corazón y recrudecida la batalla de sus pensamientos. Por eso anhelaba salir cuanto antes de aquellas costas tan conocidas y de aquellos sitios que le recordaban tantas horas de regocijo sin amargores en el espíritu ni espinas en la conciencia; y por ello vió con gusto que, para aprovechar el fresco terral que comenzaba á sentirse, se izaban las velas, con lo que se imprimía doblado impulso al andar de la lancha.
Con la cabeza entre las manos, cerrados los ojos y atento el oído al sordo rumor de la estela, llegó hasta la Punta del puerto, y abocó á la garganta sombría que forman el peñasco de Mouro y la costa de acá; y sin moverse de aquella postura, alabó á Dios desde lo más hondo de su corazón, cuando Reñales, descubriéndose la cabeza, lo ordenó así con fervoroso mandato; porque allí empezaba la tremenda región preñada de negros misterios, entre los cuales no hay instante seguro para la vida; y sólo cuando los balances y cabeceos de la lancha le hicieron comprender que estaba bien afuera de la barra, enderezó el cuerpo, abrió los ojos y se atrevió á mirar, no hacia la tierra, donde quedaban las raíces de su pesadumbre, sino al horizonte sin límites, al inmenso desierto en cuya inquieta superficie comenzaban á chisporrotear los primeros rayos del sol, que surgía de los abismos entre una extensa aureola de arrebolados crespones. Por allí, por allí se iba á la soledad y al silencio imponentes de las grandes maravillas de Dios y al olvido absoluto de las miserables rencillas de la tierra, y hacia allí quería él alejarse volando; y por eso le parecía que la lancha andaba poco, y deseaba que la brisa que henchía sus velas se trocara súbitamente en huracán desatado.
Pero la lancha, desdeñando las impaciencias del fogoso muchacho, andaba su camino honradamente, corriendo lo necesario para llegar á tiempo al punto á donde la dirigía su patrón. El cual llamó de pronto la atención de Andrés para decirle:
--Mire usté qué _manjúa_ de sardinas.
Y le apuntaba hacia una extensa mancha obscura, sobre la cual revoloteaba una nube de gaviotas. Por estas señales se conocía la manjúa. Después añadió:
--Buen negocio pa las barquías que hayan salido á eso. Cuando yo venga á sardinas, me saltarán las merluzas á bordo. Suerte de los hombres.
Y la lancha siguió avanzando mar adentro, mientras la mayor parte de sus ociosos tripulantes dormían sobre el panel; y cuando Andrés se resolvió á mirar hacia la costa, no pudo reconocer un solo punto de ella, porque sus ojos inexpertos no veían más que una estrecha faja parduzca, sobre la cual se alzaba un monigote blanquecino, que era el faro de Cabo Mayor, por lo que el patrón le dijo.
Y aún seguía alejándose la lancha hacia el Noroeste, sin la menor sorpresa de Andrés; pues aunque nunca había salido tan afuera, sabía por demás que para la pesca de la merluza suelen alejarse las lanchas quince y diez y ocho millas del puerto; y cuando se trata del bonito, hasta doce ó catorce leguas; por lo cual van provistas de compás para orientarse á la vuelta.
Á medida que la esbelta y frágil embarcación avanzaba en su derrotero, iba Andrés esparciendo las brumas de su imaginación y haciéndose más locuaz. Contadísimas fueron las palabras que había cambiado con el patrón desde su salida de la Rampa Larga; pero en cuanto se vió tan alejado de la costa, no callaba un momento. Preguntaba, no sólo cuanto deseaba saber, sino lo que, de puro sabido, tenía ya olvidado: sobre los sitios, sobre los aparejos, sobre las épocas, sobre las ventajas y sobre los riesgos. Averiguó también á cuántos y á quiénes de los pescadores que iban allí había alcanzado la leva, y supo que á tres, uno de ellos su amigo Cole, que era de los que á la sazón dormían bien descuidados. Y lamentó la suerte de aquellos mareantes; y hasta discurrió largo y tendido sobre si esa carga que pesaba sobre el gremio era más ó menos arreglada á justicia, y si se podía ó no se podía imponer en otras condiciones menos duras; y hasta apuntó unas pocas por ejemplo. ¡Quién sabe de cuántas cosas habló!
Y hablando, hablando de todo lo imaginable, llegó el patrón á mandar que se arriaran las velas, y la lancha á su paradero.
Mientras el aparejo de ella se arreglaba, se disponían los de pesca y se ataban las _lascas_ sobre los careles, Andrés paseó una mirada en derredor, y la detuvo largo rato sobre lo que había dejado atrás. Todo aquel extensísimo espacio estaba salpicado de puntitos negros, que aparecían y desaparecían á cada instante en los lomos ó en los pliegues de las ondas. Los más cercanos á la costa eran las barquías, que nunca se alejaban del puerto más de tres ó cuatro millas.
--Aquellas otras lanchas--le decía Reñales, respondiendo á alguna de sus preguntas y trazando en el aire con la mano, al propio tiempo, un arco bastante extenso,--están á besugo. Estas primeras, en el _Miguelillo_; las de allí, en el _Betún_, y éstas de acá, en el _Laurel_. Ya usté sabe que esos son los mejores _placeres_ ó sitios de pesca pa el besugo.
Andrés lo sabía muy bien por haber llegado una vez hasta uno de ellos; pero no por haber visto tan de lejos y tan bien marcados á los tres.
De las lanchas de merluza, con estar tan afuera la de Reñales, era la menos alejada de la costa. Apenas la distinguían los ojos de Andrés; pero los del patrón y los de todos los tripulantes hubieran visto volar una gaviota encima de Cabo Menor.
Al ver largar los cordeles por las dos bandas después de bien encarnados los anzuelos en sus respectivas sotilezas de alambre, Andrés se puso de codos sobre el carel de estribor, con los ojos fijos en el aparejo más próximo, que sostenía en su mano el pescador después de haberle apoyado sobre la redondeada y fina superficie de la lasca, para no rozar la cuerda con el áspero carel al ser halada para adentro con la merluza trabada. Pasó un buen rato, bastante rato, sin que en ninguno de los aparejos se notara la más leve sacudida. De pronto gritó Cole desde proa:
--¡Alabado sea Dios!
Ésta era la señal de la primera mordedura. En seguida, halando Cole de la cuerda y recogiendo medias brazas precipitadamente, pero no sin verdaderos esfuerzos de puño, embarcó en la lancha una merluza, que á Andrés, por no haberlas visto pescar nunca, le pareció un tiburón descomunal. El impresionable mozo palmoteaba de entusiasmo. Momentos después veía embarcar otra, y luégo otra, y en seguida otras dos; y tanto le enardecía el espectáculo, que solicitó la merced de que le cedieran una cuerda para probar fortuna con ella. Y la tuvo cumplida, pues no tardó medio minuto en sentir trabada en su anzuelo una merluza. ¡Pero al embarcarla fué ella! Hubiera jurado que tiraban de la cuerda hacia el fondo del mar cetáceos colosales, y que le querían hundir á él y á la lancha y á cuantos estaban dentro de ella.
--¡Que se me va... y que nos lleva!--gritaba el iluso, tira que tira del cordel. Echóse á reir la gente al verle en tal apuro; acercósele un marinero, y, colocando el aparejo como era debido, demostróle prácticamente que, sabiendo halar, se embarca sin dificultad un ballenato, cuanto más una merluza de las medianas, como aquélla.
--Pues ahora lo veremos,--dijo Andrés nervioso de emoción, volviendo á largar su cordel.
¡Ni pizca se acordaba entonces de las negras aventuras que á aquellas andanzas le habían arrastrado!
Indudablemente estaba dotado por la naturaleza de excepcionales aptitudes para aquel oficio y cuanto con él se relacionara. Desde la segunda vez que arrojó su cuerda á los abismos del mar, ninguno de los compañeros de la lancha le aventajó en destreza para embarcar pronto y bien una merluza.
Lo peor fué que dieron éstas de repente en la gracia de no acudir al cebo que se les ofrecía en sus tranquilas profundidades, ó de largarse á merodear en otras más de su gusto; y se perdieron las restantes horas de la mañana en inútiles tentativas y sondeos.
Se habló, en vista de ello, de salir más afuera todavía, ó, como se dice en la jerga del oficio, de hacer otra _impuesta_.
--No está hoy el jardín pa flores--dijo Reñales reconociendo los horizontes.--Vamos á comer en paz y en gracia de Dios.
Entonces cayó Andrés en la cuenta de que, al salir de la Zanguina, no se había acordado de proveerse de un mal zoquete de pan. Felizmente no le atormentaba el hambre; y con algo de lo que le fueron ofreciendo de los fiambres que llevaban en sus cestos los pescadores, y un buen trago de agua de la del barrilito que iba á bordo, entretuvo las escasas necesidades de su estómago.
La brisa, entre tanto, iba encalmándose mucho; por el horizonte del Norte se extendía un celaje terso y plomizo, que entre el Este y el Sur se descomponía en grandes fajas irregulares de azul intenso, estampadas en un fondo anaranjado brillantísimo; sobre los Urrieles, ó Picos de Europa, se amontonaban enormes cordilleras de nubarrones; y el sol en lo más alto de su carrera, cuando no hallaba su luz estorbos en el espacio, calentaba con ella bastante más de lo regular. Los celadores de las lanchas más internadas en la mar, tenían hecha la señal de «_precaución_,» con el remo alzado en la bagra; pero en ninguno de ellos ondeaba la bandera que indica «_recoger_.»
Reñales estaba tan atento á aquellos celajes y estos signos, como á las tajadas que con los dedos de su diestra se llevaba á la boca de vez en cuando; pero sus compañeros, aunque tampoco los perdían de vista, no parecían darles tanta importancia como él.
Andrés le preguntó qué opinaba de todo ello.
--Que me gusta muy poco cuando estoy lejos del puerto...
De pronto, señalando hacia Cabo Mayor, dijo poniéndose de pie:
--Mirad, muchachos, lo que nos cuenta Falagán.
Entonces Andrés, fijándose mucho en lo que le indicaban los pescadores que estaban más cerca de él, vió tres humaredas que se alzaban sobre el cabo. Era la señal de que el sur arreciaba mucho en bahía. Dos humaredas solas hubieran significado que la mar rompía en la costa.
Malo es el sur desencadenado para tomarla las lanchas á la vela; pero es más temible que por eso, por lo que suele traer de improviso: el galernazo, ó sea la virazón repentina al noroeste.
De estos riesgos trataba de huir Reñales tomando cuanto antes la vuelta al puerto. Mirando hacia él, vió que las barquías estaban embocándole ya, y que las lanchas besugueras trataban de hacer lo mismo. Sin pérdida de un instante, mandó izar las velas; y como el viento era escaso, se armaron también los remos. Todas las lanchas de altura imitaron su ejemplo.
Andrés no era aprensivo en trances como aquél; y por no serlo, se admiraba no poco al observar que según iba acercándose á la costa se complacía tanto en ello como horas antes en alejarse. Y observaba más: observaba que ya no le parecían tan grandes, tan terribles, tan insuperables aquellas tormentas que le habían arrebatado de su casa y hecho pasar una noche de perros en un rincón de la Zanguina; que bien pudo haber sido un poco menos terco con su padre, y con ello sólo se hubiera ahorrado la mala noche y todo lo que á ella siguió, incluso la aventura en que se encontraba, la cual, aunque le había recreado grandemente, le dejaba el amargor de su motivo... y, por último, que le inquietaba bastante el poco andar de la lancha. Y con observar todo esto, y con asombrarse de ello, y con no apartar sus ojos de la nublada faz de Reñales sino para llevarlos á las no muy alegres de sus compañeros, ó hacia los peñascos, cada vez más perceptibles, de la costa, no caía en la cuenta de que todo aquel milagro era obra de un inconsciente apego á la propia pelleja, amenazada de un grave riesgo que se leía bien claro en la actitud recelosa de aquellos hombres tan avezados á los peligros del mar.
Pasó así más de una hora, sin que en la lancha se oyeran otros rumores que el crujir de los estrovos, las acompasadas caídas de los remos en el agua, y el ardiente respirar de los hombres que ayudaban con su fatiga á las lonas á medio henchir. Á ratos era el aire algo más fresco, y entonces descansaban los remeros. En los celajes no se notaba alteración de importancia. Por la popa y por la proa se veían las lanchas que llevaban el mismo derrotero que la de Reñales.
Todo iba, pues, lo mejor de lo posible, y así continuó durante otra media hora; y llegó Andrés á reconocer bien distintamente, sin el auxilio de ojos extraños, los Urros de Liencres, y luégo los acantilados de la Virgen del Mar.
De pronto percibieron sus oídos un pavoroso rumor lejano, como si trenes gigantescos de batalla rodaran sobre suelos abovedados; sintió en su cara la impresión de una ráfaga húmeda y fría, y observó que el sol se obscurecía y que sobre la mar avanzaban, por el Noroeste, grandes manchas rizadas, de un verde casi negro. Al mismo tiempo gritaba Reñales:
--¡Abajo esas mayores!... ¡El tallaviento solo!
Y Andrés, helado de espanto, vió á aquellos hombres tan valerosos abandonar los remos y lanzarse, descoloridos y acelerados, á cumplir los mandatos del patrón. Un solo instante de retardo en la maniobra, hubiera ocasionado el temido desastre; porque apenas quedó izado el tallaviento, una racha furiosa, cargada de lluvia, se estrelló contra la vela, y con su empuje envolvió la lancha entre rugientes torbellinos. Una bruma densísima cubrió los horizontes, y la línea de la costa, mejor que verse, se adivinaba por el fragor de las mares que la batían, y el hervor de la espuma que la asaltaba por todas sus asperezas.
Cuanto podía abarcar entonces la vista en derredor, era ya un espantoso resalsero de olas que se perseguían en desatentada carrera, y se azotaban con sus blancas crines sacudidas por el viento. Correr delante de aquella furia desatada, sin dejarse asaltar de ella, era el único medio, ya que no de salvarse, de intentarlo siquiera. Pero el intento no era fácil, porque solamente la vela podía dar el empuje necesario, y la lancha no resistiría sin zozobrar ni la escasa lona que llevaba en el centro.
Andrés lo sabía muy bien; y al observar cómo crujía el palo en su carlinga, y se ceñía como una vara de mimbre, y crepitaba la vela, y zambullía la lancha su cabeza, y tumbaba después sobre un costado, y la mar la embestía por todas partes, no preguntó siquiera por qué el patrón mandó arriar el tallaviento y armar _la unción_ en el castillete de proa. Más que lo que la maniobra significaba en aquel momento angustioso, heló la sangre en el corazón de Andrés el nombre terrible de aquel angosto lienzo desplegado á la mitad de un palo muy corto. _¡La unción!_ Es decir, entre la vida y la muerte.