Sotileza

Part 25

Chapter 254,163 wordsPublic domain

Mientras su discurso recorría vertiginosamente estos espacios, con grandes señales de optar por lo menos cuerdo, sintió un golpecito en la espalda y una voz que le decía:

--¡Varada en peña, don Andrés!

Volvióse éste sobrecogido, pensando que alguien se entretenía en leerle los pensamientos, si es que no había estado él pensando á gritos, y conoció al bueno de Reñales, patrón de lancha de los más formales y sesudos del Cabildo de Abajo.

--¿Por qué me lo dice usted?--le preguntó Andrés.

--¿No ve cómo anda por aquí esta probe gente, como rebaño á la vista del lobo?

--Y ¿por qué es eso?

--Pensé que usté lo sabía, don Andrés... Pos es motivao á la leva.

--Era de esperar ya... Y ¿qué tal es?

--Pos, hijo, una barredera... No la recuerdo mayor. Esta tarde se nos ha notificao por la Comendancia... No queda un mozo en los dos Cabildos... Del de Abajo, solamente, van cuatro de segunda campaña por no haber número bastante de los de primera... ¡con que fegúrese usté!

--Triste es eso, Reñales; pero son cargas del oficio.

--¡Güeno está el oficio, don Andrés!... Dos días hace que no vamos á la mar.

--Pues ¿cómo así?

--¿No ve usté el cariz del tiempo?

--Bien en calma está.

--Sí; pero calma traidora... ¿Quién se fía de ella, don Andrés?

--Tres días van así ya, y nada ha sucedido.

--Ya lo veo... Pero eso es bueno pa sabido.

--El viento al sur no tiene malicia ahora: es viento de la estación.

--Ya nos hacemos cargo; y algo por eso, y mucho por lo que apura la necesidá, pensamos salir mañana. ¡Buenos ánimos llevará esta probe gente con el galernazo que les ha venío de arriba!...

Andrés se quedó pensativo unos instantes, y preguntó en seguida al patrón:

--¿Dice usted que mañana irán las lanchas á la mar?

--Si Dios quiere y el tiempo no empeora.

--¿Á qué va la de usted, tío Reñales?

--Á merluza.

--Me alegro, porque voy á ir en ella.

--¡Usté, don Andrés?

--Yo, sí. ¿Qué tiene de particular?

--De particular, no es cosa mayor, que abonao es usté pa ello, y la mar bien le conoce.

--Pues entonces...

--Decíalo yo porque podía usté aguardar á mejor ocasión.

--¿Qué mejor ocasión que ésta?

--Mejores las hay, don Andrés, mejores: siempre que está el tiempo al nordeste.

--Pues yo le prefiero al sur cuando es estacional, como ahora.

--Es un gusto como otro, don Andrés; aunque no verá usté un solo mareante que le tenga igual. Yo cumplo al respetive con decir lo que me paece.

--Y yo lo agradezco por el buen deseo... Con que no hay más que hablar.

--¿Por supuesto que querrá usté que le vayan á avisar á casa?

--¡De ningún modo! No hay necesidad de alborotar el barrio. Yo estaré aquí, ó en la Rampa, á la hora conveniente; y si no estoy, se larga usted sin esperarme. Entre tanto, quédese esto entre los dos, y no diga usted una palabra de los propósitos que tengo... Pudiera no ir; y no hay necesidad de que se atribuya el caso á lo que no es.

--¡Je, je!... Vamos, eso es decir que no está usté muy seguro de que á última hora...

--Justamente... Pudiera no estar tan animoso entonces...

--Y recela que se le tenga por encogío...

--Eso es.

--Pus no lo creería quien le conozca, don Andrés.

--¡Quién sabe!... Por si acaso, punto en boca, y lo dicho.

--Nunca supo hablar la mía pa descubrir secretos.

--Hasta mañana, Reñales.

--Si Dios quiere, don Andrés.

No le había salido á éste muy errada la cuenta al discurrir que para verse libre, de cualquier modo, de apuros como el suyo, no había otro remedio que entregarse á los decretos de la ciega casualidad. La que le llevó á la Zanguina y le acercó al prudente Reñales en el momento crítico de resolver, por su propio consejo, el único conflicto verdaderamente serio en que se había visto aquella noche, poniéndole entre los labios la golosina de un envejecido y vehemente deseo, dió al traste con todas sus vacilaciones y le arrojó en las marañas de un nuevo desatino.

¡Volver á casa después de haberle echado de ella su padre tan sin motivo ni razón! ¡Que penara, que penara un poco por su dureza inoportuna! Eso le enseñaría á no ser tan injusto y tan violento otra vez. En cuanto á su madre... Pero ¿qué había hecho ella para defender al hijo atribulado? ¿No había puesto su haz correspondiente en la hoguera de las cóleras del padre, calumniando las generosas intenciones de la inocente Silda? Pues que penara también un poco... que mucho más estaba penando él... Mas aunque por ahorrar esas penas á sus padres se decidiera á tornar aquella noche al abandonado hogar, ¿qué resolvería esta _abnegación_ de su parte, quedando la discordia en pie y recrudeciéndose de nuevo al día siguiente, quizás entre el suplicio de insoportables mediadores?... Nada, nada: oído de piedra á las voces de su corazón, que le aconsejaban cosa muy distinta... ¡y adelante con su proyecto! Éste lo resolvía todo á la vez. Una mala noche pronto se pasaría; y en cambio, al día siguiente, ni caras indigestas, ni palabras impertinentes, ni miradas burlonas; y en vez del hormigueo de las calles, y el tufo de las muchedumbres, y el polvo de las basuras, y el tormento de la conversación, la inmensidad del espacio, la grandeza de la mar, el aire salino, el columpio de las ondas y el olvido de la tierra infestada de la peste de los hombres. Entre tanto, las horas correrían, cambiaríanse los pareceres... y el que pasa un punto, pasa un mundo.

De este modo iba afirmando Andrés en su voluntad la resolución que le había inspirado su casual encuentro con Reñales, y hasta creyendo de buena fe que podía ser Providencia lo que parecía casualidad, cuando lo cierto era que se había agarrado á aquel asidero como pudo agarrarse á las alas de una mosca, para caer del lado á que se inclinaba en el momento de resolverse ó á volver á su casa, como era lo cuerdo y conveniente, ó á declararse en abierta rebelión contra todos sus deberes, que era lo descabellado. Pero ya sabemos lo que son apreturas de esa especie en cabezas juveniles como la de Andrés, y no hay que maravillarse de que optara por lo peor en la necesidad de elegir entre dos cosas que le parecían rematadamente malas.

Y tan firme llegó á ser su repentino propósito, que para evitar, en lo posible, todo riesgo de que se le malograra, apenas se despidió de Reñales se alejó de las inmediaciones de la Zanguina, para discurrir á su gusto sin excitar la curiosidad de nadie. Porque le quedaba otro punto, muy interesante, por dilucidar. ¿Dónde y cómo iba á pasar las horas que faltaban hasta la madrugada del día siguiente? No había que pensar en fondas ni paradores, donde el menor de los riesgos era el ser él muy conocido de fondistas y mesoneros; ni tampoco en la casa de ningún amigo... Pasarse tantas horas recorriendo calles, tras de ser excesivamente penoso, era muy expuesto á llamar la atención más de lo conveniente... Sin dudas ni vacilaciones optó por la Zanguina.

En la Zanguina, dentro de muy poco rato, no quedaría un marinero; porque aunque muchos de ellos acostumbraban á dormir allí, esto acontecía en lo más penoso de las costeras; y en aquella ocasión llevaban ya dos días sin salir á la mar. Estando sola la Zanguina, llegaría en el momento de ir á cerrarse sus puertas, y no antes, porque, echándole de menos en su casa, no sería extraño que alguien fuera allí á preguntar por él. Le diría al tabernero, muy conocido suyo, todo lo que había que decirle para que no le chocara su pretensión de pasar así la noche, tumbado sobre un banco, hasta la hora de salir á la mar en la lancha de Reñales... Y comenzó á ponerlo por obra antes que se le enfriaran los propósitos.

Con grandes precauciones, porque el sitio era de los más poblados de la ciudad, observó, á la mayor distancia posible, cómo fueron retirándose poco á poco hasta los parroquianos más pegajosos del afamado establecimiento; y en cuanto vió señales de que iban á entornarse sus puertas, acercóse allá y expuso sus intenciones al tabernero. No le chocaron á éste cosa mayor, porque sabía hasta dónde llegaba la pasión del hijo del capitán Bitadura por las costumbres de la gente marinera.

--¡Pero no me diga, don Andrés, que se va á pasar aquí la noche encima de un banco duro!--le dijo el tabernero.--Le arreglaré un poco de mullida con la metá de la mi cama...

--Nada de eso--respondió Andrés.--Si me acuesto sobre mullida, no despertaré á la hora que necesito.

--Si de toas maneras he de abrir yo la taberna antes que den el _apuya_.

--No importa. Yo me entiendo. Ponme en la mesa del último cajón de allá un pedazo de queso, otro de pan, un vaso de vino y una vela, y no te cuides de mí sino para despertarme mañana á tiempo, si es que no me he despertado yo...

El tabernero empezó á complacerle encendiendo una vela de sebo; la encajó después en una palmatoria de hoja de lata, y fuése con ella al departamento indicado por Andrés. Caminando éste detrás de la luz, vió un bulto en la obscuridad del fondo de uno de los primeros cajones de la fila. El bulto roncaba que era un espanto.

--¿Quién duerme ahí?--preguntó Andrés.

--Es Muergo--respondió el hombre de la vela.--Entendimos que se volvía loco de rabia cuando supo que le alcanzaba la leva... Juraba y perjuraba que primero se echaba á la mar que consentir en que le llevaran al servicio... Dimpués tomó una cafetera de aguardiente; pensemos que acababa aquí con medio Cabildo; rindióle al cabo el sueño, y se quedó como usté le ve ahora... Juera del alma, don Andrés, es una pura bestia.

¡Y Andrés envidiaba en aquel instante hasta la suerte de Muergo!

Minutos después, el aturdido mozo, en el rincón más obscuro del más apartado cuchitril de la Zanguina, reponía las fuerzas del cuerpo quebrantado, con las míseras provisiones que el tabernero había puesto sobre la bisunta mesa, mientras aspiraba oleadas de aquella atmósfera pestilente, y sentía en las profundidades de su cabeza el estruendo de la batalla que estaban librando allí sus no domadas ideas.

Algo más tarde, cansado de meditar y de temer, estiró las piernas sobre el banco en que se sentaba; apoyó el tronco contra la pared; cruzó los brazos sobre el pecho, y quiso facilitarle su conquista al sueño, que tanto necesitaba, apagando la luz, que es enemiga del reposo; pero desistió de su propósito, porque no se atrevía á quedarse á obscuras y solo con sus alborotados pensamientos.

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XXVII

OTRA CONSECUENCIA QUE ERA DE TEMERSE

Por rara casualidad estaba don Venancio Liencres en casa cuando llegó á sus puertas la capitana preguntando por él, precisamente por él. Cierto que se hallaba ya con el sombrero puesto para salir á perorar un rato en el senado del _Círculo de Recreo_, donde á la sazón se agitaba entre los _senadores_ no sé qué punto de transcendencia para las harinas castellanas, las obras del ferrocarril y los cueros de Buenos Aires; pero, en fin, estaba en casa, y recibió á la madre de Andrés sin visible disgusto, y á solas como ella quería.

Allí, anegada en llanto, y en el secreto de la confesión, declaró Andrea á don Venancio todo lo que les estaba pasando con su hijo. Temía que en las respuestas dadas por éste á su padre se envolviera un propósito de casamiento con la tarasca callealtera. Y esto no podía suceder, porque sería la perdición de él, la vergüenza de toda su familia y el escándalo del pueblo. El capitán estaba ya dando los pasos necesarios para enterarse mejor de la magnitud del peligro; pero esto no bastaba: era preciso que don Venancio mismo, que tantos títulos reunía para merecer el respeto del desatinado mozo, le hablara al alma, le amonestara, se le impusiera; y que por Dios, y que por los santos... Y lágrima va, y sollozo viene. Y don Venancio no salía de su asombro, sino para considerar lo mucho que debía valer la fuerza de su palabra, cuando á ella seguía acudiendo la capitana en los conflictos más graves de su vida.

Excusado es decir que la tranquilizó con un discurso, prometiéndola que todo se arreglaría del mejor modo posible. La capitana llegó á su casa antes que su marido; y don Venancio Liencres entró en el Senado con el talante de los grandes hombres satisfechos de llevar entre los cascos el hervor de un gran problema.

Cuando volvió para cenar, rodeado de su familia, ni su señora pudo resistir un solo momento más la curiosidad de saber á qué había ido la capitana á tales horas y de tal modo á su casa, ni él dominar el deseo de declararlo todo en aquel instante solemne, con el santo fin de que se viera lo que llegarían á ser jóvenes tan irreflexivos como Andrés, sin hombres de maduro seso y legítima autoridad que los volvieran á la senda de sus deberes.

Y precisamente ocurrió el relato de lo más grave de la aventura de la calle Alta, en los momentos en que Luisa, dejando caer el tenedor desde la altura de su boca, declaraba que no quería cenar más. Siguió la historia con comentarios del mismo narrador, gestos y monosílabos de asco de su señora y aspavientos de Tolín... y Luisa, cuya inapetencia continuaba y cuya alteración de semblante descubría una violenta agitación nerviosa, rompió dos platos de una sola puñada. En seguida se retiró á su cuarto, manifestando antes que si no se contaran en la mesa historias tan indecorosas como aquélla, no se trastornarían los nervios de nadie, ni se perderían por completo las ganas de cenar.

Convino su augusta madre en que no era del mejor tono hablar de «lances tan apestosos» delante de señoras tan principales, y mandó disponer una taza de salvia para su hija. La cual, encerrada ya en su cuarto, dijo á su madre, después de tomar dos sorbos de la pócima, que ya se sentía bien y que no apetecía otra cosa que el descanso de la cama.

Alegróse mucho de saberlo don Venancio; y como ya llevaba un buen rato de perorar con Tolín, que no acababa de asombrarse del suceso, túvosele por bastante ventilado por entonces; bostezó don Venancio; recogió su señora y guardó en el aparador los postres sobrantes; y, con las «buenas noches» de costumbre, se encerró cada cual en su agujero.

Despojándose estaba Tolín de su tuina doméstica, tras de haber dado largo recreo á sus ojos en la contemplación de los cuadros de la pared, cuando sintió un golpecito á la puerta, y la voz muy queda de su hermana que por la rendijilla le preguntaba:

--¿Se puede?

Apresuróse Tolín á abrir, y entró Luisa de puntillas, con la palmatoria sin luz en una mano, y el índice de la otra sobre los labios. Iba muy pálida, bastante ojerosa y no poco trémula de manos y de voz. Cerró cuidadosamente la puerta por dentro y dijo á su hermano, que la contemplaba atónito, señalándole una silla junto á la mesa sobre la cual continuaba la cartera atestada de dibujos y acuarelas:

--Siéntate ahí.

--Pero ¿qué te pasa, mujer?--preguntóla Tolín, volviendo á vestirse la tuina y con los ojos muy azorados.

--Ya lo sabrás--respondió muy bajito la interpelada.--Pero no alces la voz ni hagas ruido, porque no hay necesidad de que sepa nadie que te he hecho yo esta visita.

Tolín se sentó, y Luisa se quedó de pie delante de él, sin querer aprovechar la silla que su hermano puso á su lado, ofreciéndosela con insistencia.

--No quiero sentarme--dijo Luisa:--hablo mejor así, de arriba abajo, tal como estamos... Cara á cara, puede que no fuera yo tan valiente contigo como necesito serlo ahora... En fin, hombre, dejemos estas boberías... ¡Ay, Dios mío de mi alma!... Mira, Tolín: si llego á meterme en la cama con este escozor que siento por acá dentro; si no me aventuro á desahogarme un poco contigo, creo que me da algo esta noche... que me muero, vamos, lo mismo que te lo digo... ¡lo mismo, Tolín!

Tolín, cada vez más consumido por la curiosidad de saber qué le pasaba á su hermana, insistió de nuevo con ella para que acabara de explicarse.

--Á eso voy--dijo Luisa con más deseos que valor para hacerlo.--¿Tú has oído bien la historia que contó papá en la mesa?

--Sí que la he oído.

--La has oído...

--Te repito que sí.

--Me alegro, Tolín, me alegro de que la hayas oído bien. ¿Y qué te parece?

--¡Mire usté ahora con qué coplas salimos!--exclamó Tolín muy contrariado.

--¿Pues con qué coplas he de salirte, hombre?--preguntóle candorosamente su hermana.

--Pues con las tuyas, ¡canario!

--¡Pero si las mías empiezan por ahí, bobo!

Tolín se encogió de hombros y volvió un momento la cabeza hacia otra parte.

--Como siempre, Luisa, como siempre--añadió un instante después.--Maldito si se pueden atar dos cominos con todos los aspavientos tuyos. En fin, dí lo que te dé la gana; ya veremos lo que sale.

Luisa miró á su hermano con un gesto que no era un himno á la perspicacia del mozo aquél, y le dijo:

--Quiero saber yo lo que te parece á tí esa indecencia de historia.

--Pues me parece muy mal, Luisa, ¡muy mal!... tan indecente como á tí... ¿Lo quieres más claro?

--Eso es lo que yo quería saber, Tolín; eso mismo... precisamente eso mismo.

--Entonces, ya estás servida...

--¡Un hombre que se viste de señor; que es hijo de buenos padres; que se tutea con nosotros; que está colocado en el escritorio de papá, manoseando sus caudales; que come en esta mesa tan á menudo!... ¡un hombre así, encerrado en una bodega asquerosa, con una sardinera tarasca, y salir luégo de allí los dos, corridos de vergüenza, entre la rechifla de las mujeronas y de los borrachos de toda la calle!... ¡Y á más, á más, cuando le apuran un poco, decir á su padre y á su madre que es muy capaz de casarse con ella!... ¿Tú has visto algo como esto en parte alguna, Tolín?... ¿Lo has leído siquiera en ningún libro, por muy descaradote y puerco que sea?... Vamos, hombre, dilo con franqueza.

--No, Luisa, no... No he visto nada como ello. ¿Y qué?

--Que eso no debe de quedar así.

--Ya has oído que papá piensa tomar cartas en el asunto.

--No basta que papá las tome; tienes que tomarlas tú también.

--¡Yo!

--Sí, tú; y desde mañana, Tolín.

--Pero ¿qué diablos me va á mí ni qué?...

--¿Que qué te va á tí? ¿No eres su amigo tú... y de la infancia, Tolín, que es todo lo amigo que se puede ser de una persona?... ¿No estás con él en el escritorio? ¿No estáis abocados á ser socios y jefes de la casa de papá el día menos pensado?...

--Lo menos veinte veces te he oído decir esas mismas cosas, por pecadillos de Andrés de bien escasa importancia.

--Pero éstos son pecados gordos, hijo, ¡muy gordos! y te lo vuelvo á repetir, porque ahora va de veras.

--Pues déjalo que vaya, que en buenas manos está el pandero.

--Es que yo quiero ponerle en las tuyas.

--¿Y sabes tú si yo sabría tocarle?

--Lo que no se sabe se aprende, cuando el caso lo pide; y aquí lo pide... ¡y mucho!

--Pero, trastuela del demonio... ¡mira que cualquiera que te escuchara y te viera tan exigente y tan nerviosa por un asunto que, después de todo, no te importa media avellana!... ¿Eres procuradora de Andrés, ó qué?...

--Á nadie le importa lo que yo soy, Tolín; pero quiero que esa... pingonada, no se haga; y no se hará, ¿lo entiendes?

--Y si se hiciera, ¿qué?

--¡Virgen del Carmen!... ¡Ni en broma lo digas, Tolín!

Aquí le temblaban los labios pálidos á Luisa, y Tolín se la quedó mirando, con una expresión muy distinta de la que hasta entonces se había visto en su cara.

--¿Sabes, Luisa--la dijo, sin dejar de mirarla así,--que con eso que te oigo, y recordando lo que te tengo oído bastante parecido á ello, voy entrando en aprensiones?...

--¿Aprensiones de qué, Tolín?--repuso Luisa, dispuesta, no solamente á oir todo lo que quisiera decirle su hermano sobre la calidad de sus aprensiones, sino también á tirarle de la lengua para que hablara cuanto antes.--Vamos, con franqueza.

--Aprensiones--continuó Tolín,--de que algo más que la amistad es lo que te mueve á interesarte tanto por Andrés.

--¡Bien has tardado en caer en ello, inocente de Dios!--exclamó Luisa, lanzando las palabras de su pecho con tal ansia, que parecía que con ello le desahogaba de un peso insoportable.

--¡Y lo confiesas con esa frescura, Luisa?--dijo el otro haciéndose cruces.

--¿Y por qué no he de confesarlo, Tolín? ¿Á quién ofendo con ello? ¿Qué hay en Andrés que no merezca estos malos ratos que estoy pasando por él? ¿No es guapo? ¿No es un mozo como unas perlas? ¿No es bueno y noble como un pedazo de pan? ¿No es fuerte y valeroso como un Cid? ¿No tiene, por tener de todo, tan buena posición como el mejor de los mequetrefes que me pasean á mí la calle, con tanto gusto tuyo? ¿No le tratamos y le estimamos de toda la vida?... Y siendo esto verdad, ¿por qué no he de... quererle yo; sí, señor, de quererle como le quiero tantos años hace?...

--¿Pero es posible, Luisa, que tú, tan fría con todos los que te tratan, tan dura de corazón con todos los que te miran, seas capaz de querer á nadie con ese fuego!...

--Bajo la nieve hay volcanes, Tolín: no sé quién lo dijo por alguien como yo; pero dijo en ello una gran verdad, según lo que á mí me pasa ahora...

--Pues, hija mía, para una vez que te quemaste... ¡no hay duda que fué bien á tiempo!

--¿Por qué lo dices, Tolín?

--Bien á la vista lo tienes, Luisa. ¡Te quemas por quien ni siquiera repara en ello!

--Pues ahora reparará.

--¡Ahora!

--Ahora, sí... porque hasta ahora no ha sido necesario.

--¡Luisa! ¡Tú no estás en tus cabales! ¡Á un hombre, quizá mal entretenido con una pescadora soez, ir á!...

--No hay tal entretenimiento, si es verdad lo que se ha contado.

--¡Y se quiere casar con ella!... Tú misma lo temías...

--Pues lo dije... por oirte... Pero aunque sea verdad, y aunque también lo sea que está mal entretenido, por eso mismo hay que abrirle los ojos para que vea lo que nunca se atrevió á mirar, porque es humilde...

--¿Serías capaz de intentar eso, Luisa... de perder la cabeza hasta ese extremo?

--Yo no sé, Tolín, de lo que sería capaz en el trance en que me veo... Pero de todos modos, como no he de ser yo quien dé ese paso... sino tú...

--¡Yo!... ¡Yo ir á ofrecer mi propia hermana!...

--¡Qué ofrecer ni qué calabaza, hombre! Con esa manera de llamar las cosas, no hay decencia posible en nada. Pero si tú vas, y, con la confianza que tienes con él, empiezas por afearle lo que ha hecho y lo que piensa hacer... y le hablas de lo que él vale... de la consideración que debe á su familia y á sus amigos... de lo bien que le estaría una novia de entre lo principal del pueblo... y poco á poco, poco á poco, te vas cayendo, cayendo hacia acá; y, sin decir lo que yo pienso, le haces comprender que bien podría llegar á pensarlo... y, en fin, todo lo que se te vaya ocurriendo...

--Luisa, ¡Luisilla de los demonios! Pero ¿cómo te estimas en tan poco... y por quién me tomas?

--¡Ah grandísimo desalmado! ¡Ahí te quería esperar yo! ¿Por quién me tomabas tú á mí cuando me hacías la rosca para que le cantara esas mismas letanías del hijo de mi padre á mi amiga Angustias? Entonces, el papel que me dabas era de lo más honroso... «Una hermana mirando por el bien de su hermano... ¡uf! eso parte el corazón de puro gusto... Así como quien no quiere la cosa, la vas enterando de lo juicioso que soy... del arte que tengo para el escritorio... de lo tierno que soy de entraña... de lo que yo me desvivo por cierta mujer... de que me paso las noches en un suspiro...»

--¡Luisa, canario!--dijo entonces Tolín revolviéndose en su asiento como si le estuvieran clavando un par de banderillas. Pero Luisa, sin hacer caso maldito de la interrupción, antes bien gozándose en el desasosiego de su hermano, continuó remedándole así:

--«... Pero como es tan corto de genio, antes se morirá de hipocondría que decir á esa mujer, cuando está delante de ella: por ahí te pudras.»

--¡Luisa!...

--Y por cierto, grandísimo desagradecido, que bien luégo y con buen arte despaché tu comisión; y bien te allané el camino... y bien poco te costó después llegar hasta donde has llegado á la hora presente, que casi nada te falta ya para conseguir lo que deseabas, porque hasta el erizo de su padre, don Silverio Trigueras, está hecho unas mieles contigo. ¡Y ahora resulta que he estado yo haciendo un papel de los más feos... y que!...