Sotileza

Part 23

Chapter 234,170 wordsPublic domain

--¿Véislo?--continuó Sotileza sin soltar á Carpia y mirando con valentía á corrillos y balcones.--¡Ni tan siquiera se atreve á negar la maldá que la echo en cara! ¿Estará la infame bien abandoná de Dios! Mira, ¡envidiosona y desalmada! salí de la prisión en que me tuvistes, con ánimo de arrastrarte por los suelos: ¡tan ciega me tenía la ira! Pero ahora veo que para castigo tuyo, á más del que te está dando la concencia, sobra con esto.

Y la escupió en la cara. En seguida, con un fuerte empellón, la apartó de sí.

Apenas había en la calle quien no tuviera algún agravio que vengar de la lengua de aquella desdichada; y por eso, cuando en un arrebato de furia, al verse afrentada de tal modo, trató de lanzarse sobre la impávida Sotileza, un coro de denuestos la amedrentó, y una oleada de gente la arrebató más de diez varas calle arriba. Una mozuela se acercó entonces á la triunfante Silda, y la dijo en voz muy alta:

--Yo la ví, dende allí enfrente, trancar la puerta de la bodega.

--Y yo echar la llave por debajo, á media güelta que dió endenantes con desimulo--añadió un vejete con la moquita colgando.--Primero lo dijera yo, porque soy hombre de verdá; pero de perro villano hay que guardarse mucho, mientres esté sin cadena.

--¡Si no podía engañarme yo... porque no podía ser otra cosa!--exclamó Sotileza congratulándose de aquellos dos testimonios inesperados.--Pero bueno es que alguno lo haya visto... ¡y quiera Dios que vos atreváis á decirlo bien recio en otra parte, si por ello vos pregunta quien puede castigar estas infamias con la ley!

No podía más la infeliz: un sollozo ahogó la voz en su garganta; llevóse ambas manos á los ojos, y corrió á esconder su desconsuelo en el rincón más apartado de la bodega. Mares de llanto vertió allí, rodeada de la compasión cariñosa de Pachuca y otras convecinas, que la dejaban llorar, porque sólo llorando podía aliviarse un corazón repleto de pesadumbres tan amargas.

¿Y Andrés? ¡Qué papel el suyo... y qué castigo de su ligereza! No pasó del portal. Desde allí observó que la curiosidad de todos estaba saciándose en lo que hacía y decía Sotileza, y que para nada se acordaba de él; y en cuanto se revolvió el grupo que tenía enfrente para arrollar á Carpia, y se llevó detrás todas las miradas de la gente de la calle, convencido además de que ningún riesgo material corría ya la víctima de sus imprudencias, salió del portal y se fué deslizando, como á la disimulada, acera abajo, hasta llegar á la cuesta del Hospital, donde respiró con desahogo, dió dos recias patadas en el suelo, apretó los puños y aceleró su marcha, como si le persiguieran garfios acerados para detenerle.

Bajando á la Ribera por el Puente, vió á tía Sidora, que subía por la calle de Somorrostro con otra marinera, detenerse de pronto para dar una risotada de aquéllas suyas, con temblores de pecho y de barriga. Aquella risotada fué un azote para la cara de Andrés, y una tenaza para su conciencia. Apretó el paso más todavía, y así anduvo, sin saber por dónde, hasta la hora de comer; y entonces se metió en su casa, sin atreverse á medir con la imaginación toda la resonancia que podía llegar á tener aquel suceso, cuyos detalles, estampados á fuego en su memoria, le enrojecían el rostro de vergüenza.

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XXIV

FRUTOS DE AQUEL ESCÁNDALO

¡Si tuvo resonancia el caso! ¿Cómo no había de tenerla con aquel aparato, á aquellas horas, siendo Andrés quien era, y su cómplice tan afamada en el barrio, y aun fuera del barrio, y la ciudad tan pequeña todavía! Se supo todo, todo, y muchísimo más; porque la imaginación del vulgo es fecundísima en supuestos, y la frescura de las gentes imperturbable en acreditarlos con grandes visos de verdad; y se dijo... ¿quién es capaz de saber lo que se dijo, y cómo fué rodando la bola de nieve, y creciendo, creciendo, hasta que pudieron verla los más ciegos y percibir los más sordos sus crujidos?

Don Pedro Colindres frecuentaba muchos centros cuya miga era el tufillo alquitranado. Allí toda la concurrencia de tertulianos era de gentes de su profesión; y entre estas gentes andaba, con más calor que entre otras, rodando lo cierto y lo imaginado sobre el fresquísimo suceso de la calle Alta. Nadie fué tan imprudente que relatara la historia con pelos y señales al padre del protagonista de ella; pero el capitán, con los desperdicios de tantas conversaciones sobre el mismo tema, cortadas de pronto al acercarse él á los relatantes, fué poco á poco acumulando recelos que, con los precedentes que ya tenía, imbuídos por su mujer, llegaron á producirle muy serias inquietudes. La capitana las tuvo insoportables antes que él; porque las _amigas_ que se le acercaron, recién atiborradas de aquellas noticias, fueron menos prudentes que los amigos del capitán, y dejáronla, con el escozor de las presunciones, á dos dedos de la verdad. Lo poco que faltaba hasta dar con ella, lo llevaba escrito Andrés en su azoramiento nervioso, en su aire distraído, en su desazón alarmante.

Cuando, apenas cerrada la noche, entró en casa en este mismo estado en que, con extrañeza, le habían visto á la hora de sentarse á la mesa, le llamó su padre al gabinete donde acababa de tener una larga conferencia con su mujer. Andrés acudió al llamamiento sin intentar siquiera el disimulo del martirio moral en que se hallaba. Entró, pues, en el gabinete como entra un reo animoso en la capilla: con la agonía en su espíritu, pero no indócil ni desesperado.

Don Pedro Colindres, al verle así, notó que se trocaba su indignación en honda pena, y le dijo:

--En buena justicia, no podrás tenerme, Andrés, por padre duro de entrañas; no podrás decir que te he esclavizado á mis caprichos de hombre intratable; que no te he dado toda la libertad que me has pedido; que no he puesto de mi parte todo cuanto me ha sido posible para ganar tu sumisión con el cariño, y no con las durezas; porque no he querido en tí el temor, sino el respeto, y, en todo lo que fuera compatible con el que me debes, la confianza.

--Es la pura verdad,--respondió Andrés.

--Pues en testimonio de que así lo crees y de que no eres desagradecido, vas á declarar aquí mismo, ahora mismo, lo que te pasa, lo que te ha pasado esta mañana.

Andrés sintió su cuerpo bañado en un sudor frío y mortal; faltáronle las fuerzas con que había contado, y se dejó caer en una silla junto á la cual estaba de pie. Alarmóse su madre al verle tan pálido, y se lanzó á él de un brinco desde el sofá en que se hallaba sentada. El capitán se acercó también, pero no alarmado, porque conocía mejor que su mujer la causa del desfallecimiento de su hijo.

--¿Qué te sucede, Andrés?... ¡hijo mío!--exclamaba la capitana cogiéndole la cabeza entre sus manos.

--Nada,--respondió Andrés, enderezándose y queriendo sonreir con un gran esfuerzo de su voluntad.

--Pues claro que no es nada,--observó don Pedro para tranquilizar á su mujer. Después, encorvando su cuerpo hasta interponerse entre ella y su hijo, habló á éste así, dulcificando cuanto pudo la natural rudeza de su acento:

--Bien conozco que es duro el trance en que te pongo con mi exigencia; pero ¡qué demonio! temporales más fuertes corremos los hombres, con el ánimo encogido, eso sí, pero con la cara serena... Ya ves, hay que dar ejemplo... Con que un poco de voluntad, y pecho al agua, hijo... ¿Tienes algún reparo en hablar delante de tu madre... de ciertas cosas que habrá de por medio?... ¿Quieres que se marche de aquí?... ¿Tienes más confianza con ella y quieres que me marche yo?... Con franqueza, hombre, ¡lo que tú quieras!... ¡lo que quieras, hijo, con tal de que nos saques luégo de estas ansias que nos ahogan!

--No quiero que se marche nadie--respondió Andrés,--porque nada de lo que tengo que decir es para afrentarme con ello por lo que fué en sí, aunque, por el modo de ser, se lo haya parecido á algunos.

--Pues ya te estamos oyendo--dijo el capitán.--Con que habla; pero sin ocultarnos ni una pizca de la verdad.

Aquí comenzó Andrés á relatar el caso con la mayor exactitud, y hasta con exornaciones de su cosecha, para darle más colorido de interés, con el santo fin de que resaltara, en el mayor bulto posible, la iniquidad de las hembras de Mocejón.

La capitana se tapaba los ojos con las manos al describir su hijo los alaridos de las reñidoras y la avidez de los curiosos mientras él estaba encerrado en la bodega, y cuando salió hasta el portal detrás de Sotileza, hecha una tempestad, y más tarde se lanzó á la calle viendo centellas sus ojos y pisando lumbre sus pies.

--¡Qué vergüenza, Virgen Santísima, para tí... y para todos nosotros, Andrés!--exclamó la capitana al acabar su hijo el relato.

El capitán largó un taco embreado, aunque á media vela; y, mirando con duro ceño á su hijo, le habló así:

--No está mal hecha la historia; y lo digo porque, con sólo oírtela, hubiera jurado yo que se me iba pintando de almagre toda la cara. Pero falta lo más interesante de ella, y espero que nos lo cuentes con la misma exactitud con que nos has contado lo demás.

--Pues no queda nada por referir,--dijo Andrés con bien poca sinceridad.

--¡Vaya si queda!--exclamó su padre.--Ahora tienes que decirnos á qué ibas tú á la bodega esa de la calle Alta.

--Pues iba--respondió Andrés muy vacilante y desconcertado,--á recoger unos aparejos que...

--¡Mentira, Andrés, mentira!...--le interrumpió su padre con voz y ademanes muy airados.--Por eso sólo, que pudo hacerse á otra hora cualquiera del día ó de la noche, no faltas tú, como faltaste esta mañana, á tus deberes en el escritorio. ¡Confiésanos la verdad, Andrés!

--Ya la he confesado.

--¡Te repito que mientes!

--Pero ¿qué quieren ustedes que les diga yo?--preguntó Andrés con un acento en que se confundían la contrariedad harto manifiesta y el enojo muy mal disimulado.

--La verdad, nada más que la verdad--insistió su padre.--¿Qué intenciones te llevaban á esa casa á tales horas?

--Las que me han llevado tantísimas veces,--respondió Andrés de mala gana.

--Me lo voy sospechando--dijo con voz terrible el capitán.--Pero, cuando menos, en esas otras veces había en la casa alguien más que esa mujer; tú no faltabas á tus deberes... te podía disculpar la fuerza de tus aficiones... Ahora no hay nada que te disculpe, Andrés, nada; nada de cuanto el suceso arroja de sí: todo ello te condena... Y si te callas, ¿qué es lo que debemos creer?...

Andrés permaneció unos instantes con la cabeza inclinada, la mirada indecisa y retorciéndose, con mano nerviosa, una de las guías de su bigote. Después se alzó de la silla y comenzó á dar cortos y agitados paseos por el gabinete. Estando así, su madre no apartaba de él los ojos anhelantes, y el capitán insistió en su pregunta:

--¿Qué es lo que debemos creer, Andrés?

Éste, acosado de nuevo en un callejón sin salida, respondió seca y brutalmente:

--Lo que á ustedes les parezca.

--¿Lo ves, Pedro, lo ves? ¿Ves cómo salió lo que yo me temía?--exclamó al punto la capitana.--¡Ya han dado sus frutos aquellas malas compañías! ¡Ya nos lo echaron á perder! ¡Dime ahora que veo visiones y que soy una madre impertinente!

--¡Déjame en paz con doscientos mil demonios, Andrea, que éste no es momento de ventilar esas cosas!--replicó á su mujer el capitán, con voz huracanada; y en seguida, volviéndose hacia Andrés, le dijo, temblando de ira:--La única respuesta que cuadraba á eso que acabas de decirme, era un bofetón que te dejara sin muelas en la boca, ¡mentecato! Pero todo se andará, si en que se ande te empeñas. Yo te lo aseguro... ¿Qué es lo que buscas con esas respuestas, después de lo que te ha sucedido? ¿Quieres matar, pisoteando el cariño de tus padres, el bochorno que te da el acordarte de lo que has hecho, ó tratas de engañarnos con la misma verdad? Pues entiende que yo te cojo por la palabra y que creo lo que me parece, y que esto que á mí me parece es lo peor de lo que yo puedo creer. ¿Lo entiendes bien?

--Sí, señor,--respondió Andrés, insensible y sombrío.

--Corriente--añadió su padre, apretando los puños y mordiéndose los labios de ira.--Pues ahora nos queda otro punto que ventilar aquí, y de mayor importancia que todos los demás.

La pobre Andrea no cesaba un punto de pasear su mirada angustiosa de la cara de su marido á la cara de Andrés.

--En el lance de esta mañana no has sido tú solo el corrido de vergüenza, ni el único que está dando pábulo á las zumbas de todo aquel barrio y de media ciudad. Considerando eso... porque tú lo habrás considerado bien, ¿qué ideas te pasan ahora por la cabeza? ¿con qué aparejo piensas dar la proa al temporal?

--Con el que sea necesario,--respondió sin vacilaciones Andrés.

--¡Eso no es responder bastante!

--Pues yo no puedo responder más.

--¡No pongas á prueba mi paciencia, Andrés!

--¡Pues tenga usted algo de caridad conmigo!

Andrea miró entonces á su marido con una expresión en que iban bien recomendados los deseos de Andrés.

--¡Caridad!--respondió el capitán, sin hacer gran caso de las miradas de su mujer.--¿Pues la tienes tú con tu padre? ¿No presumes que cada respuesta de las tuyas es una puñalada para nosotros?... ¡Y no te dejaré ya de la mano, no, aunque pongas el grito en el cielo; porque mucho más me duelen á mí los golpes de las palabras tuyas! Con ellas me has demostrado que mi pregunta te ha llegado á lo vivo; y á dar en lo vivo tiraba yo, Andrés; y eso vivo es muy grave; y se conoce en lo que tiemblas y por lo que te callas, más que por lo que dices... ¡Habla, hijo, pero por derecho y claro, sin embustes ni rodeos! Tu madre y yo tenemos que conocer la extensión de esas aventuras, el rumbo de tus intenciones. ¡Mira que tememos que sean muy malas; porque, si fueran buenas, ya nos lo hubieras dicho!

Decirle á Andrés que eran muy malas sus intenciones en el supuesto de que se enderezaran á lavar las manchas arrojadas por él mismo en el honor de Sotileza, era sacar de quicios al fogoso muchacho. No cruzaba por sus mientes, maduro y sazonado por lo menos, el pensamiento que su padre se temía; y no cruzaba así, porque la misma Sotileza se le había desdeñado al conocerle, en momentos bien críticos para la pobre muchacha. Pero ¿por qué, en el supuesto de que existiera, se le maltrataba de tal modo? ¿Por qué el honor de la huérfana de Mules, capaz de aquel noble desinterés, no había de ser tan digno de respeto como el de la más empingorotada señorona?

Y estas consideraciones, hechas en un instante por Andrés, desconcertáronle en tales términos, que las dió traducidas en las palabras que dijo para responder á los mandatos y advertencias de su padre.

La capitana tuvo que interponerse entre su marido y Andrés, para evitar que el primero cumpliera la amenaza que había hecho antes al segundo.

No era don Pedro Colindres hombre capaz de tener en poco la honra ajena sólo por verla en hábitos humildes; pero la respuesta de Andrés, por lo descosida, por lo irrespetuosa, por lo desatinada en fin, le había hecho creer que sólo se trataba allí de un antojillo pueril, de una muchachada peligrosa, de una llamarada de pasión que era preciso apagar á todo trance y sin pérdida de un solo momento. Y por si la sospecha no llevaba bastante peso por sí sola, la reforzó la capitana, que se había quedado atónita con las declaraciones de su hijo, con estas palabras que salieron vibrantes de su boca:

--Y después de oir esto, Pedro, ¿no caes en la cuenta de lo demás? ¿No se ve bien claro que lo del encierro en la bodega y lo del escándalo en la calle no ha sido otra cosa que un amaño de esa pícara para atrapar mejor á este inocente?

--¡Es falso ese supuesto!--respondió iracundo el fogoso mozo, olvidado del respeto que debía á su madre, por la gran injusticia que se cometía con la honrada callealtera.

--¡Hasta eso, Andrés, hasta eso!--increpóle su padre lanzando rayos por los ojos.--¡Hasta el cariño y el respeto á tu madre pisoteas por salirte con la tuya! ¡Hasta ese extremo te han corrompido el corazón! ¡Hasta ese punto te han cegado los ojos!

--¡Yo no pisoteo esas cosas, padre!--respondió medio sofocado Andrés.--Pero no soy una peña dura, y me duelen mucho ciertos golpes. ¡Que no me los den!

--Y los que tú nos estás dando á nosotros ahora, hijo del alma, ¿piensas que no duelen?--díjole su madre con el llanto en los ojos.

--¡Bah!--exclamó don Pedro Colindres con feroz ironía.--¿Qué importan esos golpes? Yo ya soy casco arrumbado; tú, caminando vas á ello... Días antes, días después, ¿qué más da?... Y con nosotros bien cumplido tiene. Lo que ahora importa es que él no pase una mala desazón, y que no pierda sueño la señora marquesa del pingajo... ¡Ira de Dios!... Esto no se puede sufrir, y yo no contaba con ello... porque ni tu madre ni yo lo merecemos, Andrés, ¡ingrato! ¡mal hijo!...

--¡Señor!--murmuró roncamente Andrés, sofocado bajo el efecto de estas palabras que caían en su corazón como gotas de plomo derretido.

--Pedro, ¡por el amor de Dios! cálmate un poco--díjole la capitana llorando,--que él hablará y nos dirá lo que queremos. ¿No es verdad, Andrés, que vas á decir... lo que debe decirse... porque tú no has dicho nada con serenidad hasta ahora?...

--Tras de lo que nos ha confesado--interrumpió el capitán sin dar tregua á sus iras,--nada puede decirme que no sea una nueva insensatez, ó una mentira que yo no he de tragarle...

--Ya usted lo oye--dijo Andrés á su madre:--estoy de más aquí; porque si se me pregunta, yo no he de dejar de responder conforme á lo que siento.

--Pues por eso--saltó el capitán, llegando á los últimos límites de su exasperación,--porque conozco la mala calidad de lo que sientes, no quiero oirte una palabra más; por eso estás aquí de sobra; por eso quiero que te me quites de delante... y que no vuelva á verte yo enfrente de mí mientras no vengas pensando de otro modo... ¿Lo entiendes? ¡mentecato! ¡desagradecido!

--No lo olvidaré,--contestó Andrés con sequedad.

Y salió del gabinete apresuradamente.

Don Pedro Colindres se quedó en él dando vueltas de un lado para otro, como tigre en su jaula. La capitana le seguía en sus desconcertados movimientos, con los ojos llenos de lágrimas y algunas reflexiones entre los labios, que no llegaron á salir de ellos. Así pasó un buen rato. De pronto dijo el capitán, sin dejar de moverse:

--Dame el sombrero, Andrea.

--¿Á dónde quieres ir?

--Á la calle Alta ahora mismo. Es necesario estudiar ese punto sobre el terreno, y no desperdiciar instante ni noticia para conjurar el mal, cueste lo que cueste.

Á la capitana le pareció bien la idea; casi tanto como otra que se le había puesto á ella entre cejas desde las primeras respuestas de Andrés.

No había llegado al portal don Pedro Colindres, cuando su mujer estaba ya poniéndose la mantilla apresuradamente. Minutos después, iba caminando hacia casa de don Venancio Liencres.

Andrés había salido á la calle rato hacía.

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XXV

OTRAS CONSECUENCIAS

En poquísimas horas, ¡cómo había cambiado de aspecto el interior de la bodega de tío Mechelín! ¡Qué cuadro tan triste el que ofrecía mientras don Pedro Colindres enderezaba sus pasos hacia ella! Silda, desfallecida, cansada de llorar y sin lágrimas ya en sus ojos enrojecidos, sentada en un taburete, apoyaba su hermoso busto contra la cómoda por el lado frontero al dormitorio, cuyas cortinillas estaban recogidas hacia los respectivos extremos de la barra. No daba otras señales de vida que algún entrecortado suspiro que quería devorar, y no podía, en el fondo mismo de su pecho, y las miradas tristes que de vez en cuando dirigía al lecho de la alcoba sobre el cual yacía vestido el viejo marinero. Tía Sidora, sentada á media distancia entre los dos, padeciendo por las penas de ellos tanto como por las suyas propias, sólo dejaba de consolar á Sotileza para acudir con sus palabras, de mal forjados alientos, á levantar los abatidos ánimos de su marido. Y, entre tanto, ¡cómo se le deslizaban, gota á gota primero, y después hilo á hilo, las lágrimas por la noblota faz abajo!...

Conocíalo Mechelín en el temblar de la voz de su pobre compañera, porque la luz del candil no daba para tanto; y queriendo pagarla sus esfuerzos con algo que se los evitara, decía desde su lecho, con el ritmo triste de los agonizantes:

--¡Cosa de ná, mujer; cosa de ná!... Sólo que anda uno tan apurao de casco, tan resentío de fondos, que el tocar en una amayuela le hace una avería en ellos... Hazte tú bien el cargo... Venía uno de la mar con un poco de risa en el ánimo, porque le duraba á uno entoavía el acopio de la de ayer... y hasta pensaba uno ir tirando con ello... esta semana siquiera. Dempués, Dios diría... Y remando así, oye uno este decir y el otro en metá de la calle; y pregunta uno, y va sabiendo mucho más... y entra uno en casa con el agua á media bodega, y encuentra aquí el sospiro y allá las lágrimas; y acaba uno de irse á pique sin poderlo remediar... ¡porque no está uno avezao á eso, y no es uno de peña viva!... Pero güelve el hombre á flote otra vez; y aunque saque una costilla quebrantá... ú la boca muy amarga... esto pasa; los tiempos lo curan... de un modo ú de otro... y á remar otra vez, Sidora... Y éste es el caso; porque yo no estoy pior que ayer, aunque á tí te paezca cosa diferente: estoy un poco desguarnío, motivao á lo que sabéis; me pedía el cuerpo esta miaja de descanso, y he querío dársela. Y no hay más.

--¿Y te paece poco, Miguel... te paece poco!--replicábale su mujer.

--Poco, Sidora, poco--tornaba á decir el marinero;--y menos me paeciera entoavía, si ese angeluco de Dios no penara tanto y considerara que no tiene faltas de qué avergonzarse, ni siquiera señal de culpa en lo que ha pasao.

--Eso la digo, Miguel, eso la digo yo; y á ello me responde que de qué sirve la verdá si no hay quien la crea.

--¡Dios que la ha visto, hijuca; Dios que la ha visto!--exclamó entonces Mechelín desde su cama.--Y con ese testigo á tu favor, ¿qué importa el mundo entero en contra tuya?

--Pos ni ese enemigo tiene, Miguel; porque aquí ha visto entrar la calle entera á condolerse de su mal y á poner á las causantes en el punto que merecen... Pero ¡válgame el santísimo Nombre de Jesús!... ¿de qué mil diantres estarán hechas esas almas de Satanás?... ¿por qué serán tan negras?... ¿qué recreo sacarán de causar tantos males á criaturas que no los merecen? ¿Cómo pueden vivir una hora con una entraña tan corrompía?...

--¡Esas, esas!--exclamó Silda entonces, reanimándose un instante con el aguijón de sus punzantes recuerdos.--¡Esas son las que me han clavao un puñal aquí... aquí, en metá del corazón!... ¿Y no habrá justicia que las castigue en el mundo antes que Dios las dé allá lo que merecen?...

--Tamién se tratará de eso, hijuca; que por onde cogelas hay, según es cuenta--repuso tía Sidora.--Y si la nuestra mano no bastara pa ese fin, otras habrá de más alcance y bien interesás en ello. Ya se te ha dicho. Alcuérdate de que no has sido tú sola la ofendía.

--¡Uva, uva!--dijo tío Mechelín.

--Porque me acuerdo de ello se me dobla la pena,--replicó Silda con una intención que estaban muy lejos de conocer tía Sidora y su marido.

--Verdá es--dijo aquélla,--que respetive á ese otro particular, no pudo la mancha haber caído en paño que más estimáramos... ¡Cómo ha de ser, hijuca!... un mal nunca viene solo... Pero Dios está en los cielos, y hará que esa persona no se ofenda con los que no están culpaos en su daño. Él vino por su pie, naide le llamó; y el recao que traía, bien pudo traerle en ocasión de menos riesgo... ¡Riesgo digo yo! ¿Cómo había de recelársele tan siquiera ese corazón de oro!... Y tocante á las gentes de su casa, tamién se pondrán en la razón pa no creer que los pagamos con afrentas los favores que han sembrao aquí. ¿No te haces tú este cargo, hijuca?...

Sotileza se mordió los labios y cerró los ojos apretando mucho los párpados, como si la atormentaran internas visiones siniestras. Tío Mechelín lanzó un quejido angustioso y se revolvió en su lecho.

--¿Quieres que te cambie el reparo, Miguel?--preguntóle tía Sidora, acercándose presurosa á la cabecera de la cama.