Sotileza

Part 22

Chapter 224,079 wordsPublic domain

Así llegó á casa, y así pasó la noche, y así despertó al otro día, y así fué al escritorio; y por eso engañó á Tolín á media mañana y, por segunda vez en su vida, con otro pretexto mal forjado, para faltar á todos sus deberes.

Al abocar, un cuarto de hora más tarde, á la calle Alta por la Cuesta del Hospital, no sin haber pasado antes por la Pescadería y visto desde lejos á tía Sidora bajo su toldo de lona, Carpia, que salía de su casa, retrocedió de pronto; metióse en el portal, echó escalera arriba y se puso en acecho en la meseta del segundo tramo. Desde allí, procurando no ser vista, vió entrar á Andrés en la bodega. En seguida subió volando al quinto piso; habló breves palabras con su madre, y volvió á salir á la escalera; bajó hasta el portal sin hacer ruido; y de puntillas, conteniendo hasta la respiración, como un zorro al asaltar un gallinero, se acercó á la puerta de la bodega. Estirando el pescuezo, pero cuidando mucho de no asomar la cabeza al hueco de la puerta, abierta de par en par, conoció, por los rumores que llegaban á su oído sutil, que los «sinvergüenzas» no estaban enfrente del carrejo, sino al otro extremo de la salita. Escuchó más, y oyó palabras sueltas, que le sonaron á recriminaciones de Sotileza y á excusas y lamentaciones apasionadas de Andrés... Por más que aguzaba el oído, bien aguzado de suyo, no podía coger una frase entera que la pusiera en la verdad de lo que pasaba allí.

--¿Y qué me importa á mí la verdá de lo que pueda pasar entre ellos?--se dijo, cayendo en la cuenta de lo inútil de su curiosidad.--Lo que importa es que se crea lo peor; y eso es lo que va á creerse ahora mismo.

Y en seguida hundió la cabeza desgreñada en el vano; miró á la cerradura de la puerta, arrimada á la pared del carrejo; vió que la llave, como presumía, estaba por la parte de afuera, lo cual simplificaba mucho su trabajo; avanzó dos pasos callandito, muy callandito; alargó el brazo, y trajo la puerta hacia sí, con mucho cuidado para que no rechinaran las bisagras; comenzó á trancar poco á poco, muy poco á poco, mientras adentro crecía el rumor de la conversación; y cuando hubo corrido así todo el pasador de la cerradura, quitó la llave y la guardó en el bolsillo de su refajo. En seguida salió del portal á la acera; llamó á su madre desde allí; y tan pronto como la Sargüeta respondió en el balcón, dijo con sereno acento y como si se tratara de un asunto corriente y de todos los días:

--¡Ahora!

Aquí, unos cuantos compases de silencio. Poca gente por la calle; algunas marineras remendando bragas en los balcones, ó asomadas á tal cual ventana de entresuelo, ó murmurando en un portal. Carpia está á la parte de afuera del de su casa, arrimada á la pared, con los brazos cruzados. Chicuelos sucios revolcándose acá y allá. De pronto se oye la voz de la Sargüeta:

--¡Carpia!

--¡Ñora!

--¿Qué haces?

--Lo que usté no se piensa.

--Súbete á casa con mil rayos.

--No me da la gana.

--Ya te he dicho que no te pares nunca onde estás... ¡y bien sabes tú por qué!... ¡Güena casa tienes pa recreo sin estorbar á naide!... ¡Arriba, te digo otra vez!

--¡Caraspia, que no me da la gana! ¿Lo oye?

--¡Que subas, Carpia, y no me acabes la pacencia!... ¡Que ná tienes que hacer en onde estás!

--Tengo que hacer mucho, madre, ¡mucho!... ¡más de lo que á usté se le fegura, caraspia!... Estoy guardando la honra de la escalera, ¡sí! y la honra de toa la vecindá. ¡Ha de saberse dende hoy quién es ca uno!... ¡por qué está la mi cara abrasá de las santimperies, y por qué están otras tan blancas y repolidas! ¡Caraspia, que esto no se puede aguantar! ¡Á los mesmos ojos de uno!... ¡á la mesma luz del megodía! ¡Es esto vergüenza, madre? ¡Es esto vergüenza?... Pus pa sacársela á la cara estoy aquí ahora... ¡pa que se acabe esto de una vez, y se queden las gentes de honor en sus casas, y vayan las enmundicias á la barreúra! Pa eso... ¡La mosconaza! ¡la indecenteee!...

--Pero, mujer, ¿qué es ello? ¿qué está pasando, Carpia?

--¡Que el c...tintas y la señorona, solos, los probes de Dios, están en la bodega á puerta cerrá!... ¡y que esta casa, de portal arriba, no es de esos tratos, caraspia!

Aquí ya se acercan los chicuelos á la hija de la Sargüeta; se detienen los transeuntes; se abren balcones que estaban cerrados, y se ponen de codos sobre las barandillas mujeres que antes estaban sentadas entre puertas.

Y replica la Sargüeta desde el balcón, á su hija que se contonea en la acera delante del portal:

--¡Y esto te pasma?... ¡Y por eso te sefocas, inocente de Dios? ¡Pos bien á la vista estaba! ¡Delante de los ojos lo tenías! Pero con too y con ello, guarda el sefoco, que pueden angunas que nos escuchan pedirte cuenta de lo que digas... ¡Porque aquí no habría gente de mal vivir si no hubiera sinvergüenzas que las taparan, puñales!... Y delante de la cara de Dios, tan bribona es la que se vende por un pingajo, como la que la empondera... Y de estas encubridoras hay aquí muchas, ¡puñales!... ¡Y esas son las que sonsacan á los hijos de familia pa meterlos en esas perdiciones y afrentar á las gentes de bien! ¡Esas, esas! ¡y por lo que chumpan! ¡y lo que se les pega!... ¡y lo que las vale!... ¡Así estoy yo sin hijo!... ¡así me le engañaron!... ¡bribonas!... ¡que él no se alcordaba de ella! ¡bien en paz vivía en su casa!... (De pronto se fija la Sargüeta en una vecina de enfrente, que la estaba mirando.) ¿Qué se te pierde aquí, pendejona?... ¿Te pica lo que digo?... ¿Te resquema la concencia?

--¡Calla, infamadora, deslenguada!--dice la aludida, que ni se acordaba de entrar en pelea, pero que no la rehusa ya que se le pone tan á mano.--¿Qué se me ha de perder á mí en tu casa si no es la salú, con sólo mirar haza ella?

Carpia desde abajo:

--¡Déjela, madre, déjela, que con esa se mancha hasta la basura que se la tire á la cara!

--¡Dejarla yo!--exclama la Sargüeta, deshaciéndose el nudo del pañuelo de la cabeza para volver á hacerle con las manos trémulas por la ira.--¡Dejarla yo!... sin pelos en el moño la dejaría, ¡puñales! si la tuviera más cerca.

--¡Á mí tú?--dice la de enfrente comenzando á ponerse nerviosa.--¡Lambionaza!... ¡bocico de chumpa-güevos!

--¡Á tí, sí, chismosona!... ¡cubijera!... ¡Y también á esa otra lambe-caras que te está prevocando contra mí!

La «otra lambe-caras,» desde su balcón:

--¡Echa, echa solimán por esa bocaza del demonio, coliebra!... ¡escandalosa!... ¡borrachona!

Carpia, desde abajo, sin que se callen las de arriba:

--«¡Escandalosa!...» Pregúntela, madre, por qué la carenó el pellejo la otra noche el su marido... Y si no se atreve á cantarlo, que lo cante la brujona de la su vecina, que la corre los cubijos por lo que se le pega al gañote, ¡caraspia!

La «brujona» del entresuelo, sin que callen las anteriores:

--¡Yo cubijera de naide! ¡Desvergonzaona!... ¡cancaneá!... ¡envidiosa!... ¿Te lo ha dicho ella por si acaso?...

--Me lo ha dicho quien lo ha visto con sus mesmos ojos... y no me dejará mentirosa á la hora presente... porque oyéndolo está bien cerca de aquí, asomá á la ventana, por más señas... ¡Caraspia, no te hagas la disimulá, que too el mundo sabe que por tí hablo!

La de la ventana, entre el vocerío de todas las anteriores:

--Pa que yo te dijera esas cosas, juera menester que me rebajara á cruzar palabra contigo y á alcordarme de espantajos indecentes como esa otra... Y tú, perra lambiona, ¿por qué tiras de la lengua á denguno cuando eres un talego de maldaes, como la madre que te parió? ¡Desgobernás... que dormís las cafeteras en el balcón por falta de cama!... ¡porconazas!...

El «espantajo indecente:»

--¿Qué más quisieras tú, desollaona, descamisá, que yo te consintiera tomar en boca el mi nombre?

La de la ventana:

--¡Puáa! ¡Allá va el nombre tuyo ahora mesmo!... ¡Abaja á recogerle en la basura de la calle, que la está manchandoooo!...

Y por aquí corto la muestra del paño de los procedimientos por medio de los cuales van las hembras de Mocejón enzarzando reñidoras en la pelea, y á la vez subdividiéndola en otras muchas y por otros tantos motivos diferentes entre sí; de modo que en menos de un cuarto de hora está toda la calle, como diría don Quijote, lo mismo que si se hubiera trasladado á ella la discordia del campo de Agramante, pues «allí se pelea por la espada, aquí por el jaez, acullá por el águila, acá por el yelmo, y todos pelean y todos no se entienden.» Se grita á gañote suelto, y se vomitan vocablos cuya crudeza no puede representarse por signos de ninguna especie, porque no los hay que pinten su dejo de carácter, aguardentoso, desgarrado y mal oliente á la vez. Todas las reñidoras gritan á un tiempo, y ya no se trata de responder á una agresión asquerosa con otra más desarrapada, sino de expeler, á toda fuerza de pulmón, cuantas injurias, cuantas torpezas, cuantas hediondeces se le vayan ocurriendo á cada furia de aquéllas. Para el buen éxito de estos propósitos no basta la voz humana, por recia que sea, en medio de la infernal baraúnda, y se acude al auxilio de la gimnástica, porque la simple mímica vulgar no alcanzaría tampoco. Por eso patea una mujer aquí, puesta en jarras; y allí se revuelve otra, y ata y desata diez veces seguidas el pañuelo de su cabeza; y otra se alza y se baja más allá, con los ojos encandilados y las venas del pescuezo reventando; quién se golpea desaforadamente las caderas con los puños cerrados, ó se azota el trasero con las manos abiertas; otra echa el tronco fuera de la balaustrada, y con las greñas sobre los ojos y el jubón desatacado, esgrime los dos brazos al aire; y otras, en fin, como las hembras de Mocejón, lo hacen todo ello en un instante, y mucho más todavía, sin dar paz ni sosiego á sus gargantas, ni punto de reposo á sus lenguas maldicientes.

No era nuevo este espectáculo en la calle Alta; y por no serlo, los transeuntes le daban escasa importancia al advertirle; pero al preguntar por el motivo al primer espectador arrimado á una pared ó esparrancado en medio de la acera, oían mencionar la supuesta engatada de la bodega de Mechelín, que para eso estaba allí Carpia, más atenta á propagar estos rumores por la calle, que á defender su terreno en la batalla, especialmente desde que ésta había llegado al ardor y al movimiento deseados; y los transeuntes y los curiosos de todas especies iban arrimándose y arrimándose, uno á uno y poco á poco, hasta formar espeso y ancho grupo delante de la puerta; y continuando las preguntas, se declaraban nombres y apellidos, y se aguzaba la curiosidad y sobrevenían los comentarios de rigor.

De vez en cuando, la puerta de la bodega retemblaba sacudida por adentro; y entonces en la boca de Carpia había sangrientos dicharachos para los pícaros que fingían de aquel modo estar encerrados juntos, contra su voluntad.

El lector honrado comprenderá sin esfuerzo la situación de aquellos infelices. Sotileza, en el calor del hondísimo disgusto que la produjo la llegada súbita de Andrés desalentado, confuso y balbuciente, señal de lo descabellado de su resolución; atenta sólo á reprocharle con palabras duras su temerario proceder, no oyó el poquísimo ruido que hizo la puerta de la bodega al ser cerrada por Carpia, ó le atribuyó, si llegó á fijarse en él, á causas bien diferentes de la verdadera; y por lo que toca á Andrés, ni un cañonazo le hubiera distraído del aturdimiento en que le puso la resuelta actitud de Sotileza. Tampoco le llamaron la atención las primeras y, para ella, confusas voces de Carpia dirigiéndose á su madre, pues acostumbrada la tenían las mujeres del quinto piso á oirlas dialogar harto más recio desde el balcón á la calle; pero cuando empezó á encresparse la pelamesa, y el vocerío fué más resonante, la misma gravedad de la situación en que se veía la pobre muchacha excitó su curiosidad; y dejando interrumpidas sus duras recriminaciones á Andrés, que no hallaba réplicas en sus labios, apartóse de él para observar lo que acontecía afuera, desde la misma salita. En cuanto vió la puerta cerrada al otro extremo del carrejo, se lanzó hasta ella; y al enterarse de que estaba sin llave y corrido el pasador de la cerradura, exclamó con espanto, llevando sus manos cruzadas y convulsas hasta cerca de la boca:

--¡Virgen de las Angustias!... ¡lo que han hecho conmigo!

Después miró por el ojo de la cerradura, y vió á Carpia junto á la puerta de la calle, y en derredor de ella, algunos curiosos que la interrogaban y miraban después hacia la bodega. Sintió un frío mortal en el corazón, y le faltaron alientos hasta para llamar á Andrés, que, aturdido é inmóvil, la contemplaba desde la salita. Al fin le llamó con una seña. Andrés se acercó. Sotileza, con el color de la muerte en la cara, desencajados los hermosos ojos y temblando de pies á cabeza, le dijo:

--¿Oyes bien el vocerío?... Pues mira ahora lo que se ve por aquí.

Andrés miró un instante por la cerradura, y no dijo después una palabra ni se atrevió á poner sus ojos en los de Sotileza, mientras ésta le interpelaba así, entre angustiada é iracunda:

--¿Sabes tú lo que es esto? ¿Sabes por qué está cerrada esta puerta?

Andrés no supo qué responder. Sotileza continuó:

--Pues todo esto se ha hecho para acabar con la honra mía. ¡Mira, mira cómo me la pisotean en la calle! ¡Virgen de la Soledá!... ¡Y tú tienes la culpa de ello, Andrés!... ¡tú, tú la tienes!... ¿Ves cómo ya salió lo que yo temía? ¿Estás contento ahora?...

--Pero ¿dónde está la llave?--preguntó Andrés en un rugido, trocado de repente su abatimiento en desesperación.

--¡Ónde está la llave!... ¿No lo barruntas? En las manos ó en la faldriquera de esa bribona que nos ha trancao... ¡porque andaba hace mucho detrás de algo como esto para perdición mía! Y te vería entrar aquí; y para que tú y yo seamos bien vistos al salir de la bodega juntos, habrán armao esa riña ella y su madre... porque tienen esas cosas por oficio. ¿Te vas enterando, Andrés? ¿Te vas enterando bien de todo el daño que hoy me has hecho!

Andrés, por única respuesta á estas sentidas exclamaciones de la desventurada muchacha, se abalanzó á la puerta; y en vano añadió á la fuerza de sus brazos toda la que le prestaba la desesperación para hacer saltar la cerradura. Después golpeó los ennegrecidos tablones con sus puños de hierro. Nada adelantó.

--¡Dame una palanca, Silda... un palo... cualquier cosa!--gritó en seguida.--¡Yo necesito abrir esta puerta ahora mismo, porque tengo que ahogar á alguno entre mis manos!

--No te apures--le dijo Sotileza con acento de amarga resignación,--ya se abrirá ella á su debido tiempo, que para eso la cerraron.

Andrés dejó la puerta y corrió á la salita, acordándose de la ventana que había en ella. Pero la ventana tenía una gruesa reja de hierro. No había que pensar en moverla. Vió la vara con que Sotileza había sacudido el polvo á Muergo el día antes, y trató de arrancar la cerradura apalancando con un extremo de aquélla contra el tablero de la puerta; pero la cerradura estaba sujeta con gruesos clavos remachados por fuera. Metió la vara por debajo de la puerta, y tiró hacia arriba; y la vara se rompió al instante. Metió después sus propios dedos, puesto de rodillas; tiró con todas sus fuerzas... y nada: ni siquiera una astilla de aquellas tablas de empedernido roble.

Entre tanto, crecía el alboroto afuera y espesaba el grupo de mirones enfrente del portal; y Sotileza, febril y desasosegada, aplicaba á menudo la vista y el oído al ojo de la cerradura, y se enteraba de todo. Veía la ansiedad por el escándalo pintada en los rostros vueltos hacia la bodega, y oía las palabras infamantes que contra su honor vomitaba la boca infernal de la sardinera; y en cada instante que corría sin poder salir de aquella cárcel afrentosa, sentía en la cara el dolor de una nueva espina de las que iba clavándole allí el azote de la vergüenza. ¡Qué diría la honrada y cariñosa marinera si al volver de la plaza encontraba la calle de aquel modo, y se enteraba de lo que ocurría antes de que ella pudiera relatarle la verdad! ¡Y el viejo marinero! ¡Virgen María!... ¡qué golpe para el infeliz, cuando volviera por la tarde tan ufano y gozoso!

Estas consideraciones eran las que principalmente atormentaban á la desdichada Silda; y en la vehemencia de su deseo de salir cuanto antes á ventilar el pleito de su honra delante de la vecindad, lanzábase también á golpear la puerta, y á proferir amenazas, y á desahogar su desesperación á voces por todos sus resquicios.

En cuanto Andrés se convenció de que no había modo de salir de allí por la fuerza, cayó otra vez en un profundo abatimiento, que le acobardaba hasta el extremo de taparse los oídos para no sentir la baraúnda de afuera, y de suplicar á Silda que no le abrumara más con el peso de sus justísimas reconvenciones. Entonces veía con perfecta claridad lo insensato y criminal del empeño en que estaba metido, y el alcance espantoso que en derredor de sí iba á tener su insensatez imperdonable.

En uno de estos momentos, sentado él, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, y Sotileza en medio de la sala, con los puños sobre las caderas, la vista perdida en el cúmulo de sus pensamientos, la boca entreabierta, la faz descolorida y el alto pecho jadeante, dijo de pronto Andrés, alzando la hermosa cabeza:

--Silda, el que la hace, la paga; y si esto es ley hasta en asuntos de poco más ó menos, en pleitos de la honra debe de serlo con mayor motivo. Yo estoy manchándote ahora la buena fama...

--¿Qué quieres decirme?--preguntóle duramente Sotileza, saliendo de sus penosas abstracciones.

--Que las manchas que caigan en tu honra por culpa mía, yo las lavaré, como las lavan los hombres de bien.

Mordióse los labios Sotileza, y clavando sus empañados ojos en Andrés, díjole al punto:

--¡Lavar tú las manchas de la mi honra!... ¡Harto harás con limpiar _allá abajo_ las que ahora mismo están cayendo encima de la tuya!

--Eso no es responder en justicia, Sotileza.

--Pero es hablar con la verdá de lo que siento. ¡Ay, Andrés! si contabas con esa idea pa reparar tan poco en hacerme este mal tan grande, ¡qué lástima que no me lo alvirtieras!

--¿Por qué, Silda?

--Porque pudistes habérmele excusao con decirte yo que nunca tomaría el remedio que me ofreces.

--¿Que no le tomarías nunca?

--Nunca.

--Y ¿por qué?

--Porque... porque no.

--Pues ¿qué más puedes pedirme, Sotileza?... ¿Qué es lo que quieres?

--De tí nada, Andrés... ni de naide. Lo que quiero ahora--dijo Sotileza, volviéndose erguida, impaciente y convulsa hacia la embocadura del carrejo,--es que se abra aquella puerta... ¡que pueda yo salir cuanto antes á la calle á mirar á la gente cara á cara! Eso es lo que yo necesito, Andrés; eso es lo que quiero; porque á cada momento que paso en este calabozo sin salida, se me abrasa algo en las entrañas.

--Y ¿qué piensas hacer cuando salgamos?--preguntó Andrés, abatido de nuevo al considerar este trance de prueba.

--Eso no se pregunta á una mujer como yo--dijo Sotileza, que por momentos iba embraveciéndose.--Pero ¿por ónde salgo, Dios mío?... ¡Y yo quiero salir!... ¡Yo me ahogo en estas estrechuras!... ¡Virgen María... qué pesaúmbre!

Andrés, condolido de la situación de la desesperada moza, salió de la salita resuelto á hacer otra tentativa en la puerta de la bodega. Al acercarse á ella, tropezaron sus pies con un objeto que resonó al deslizarse sobre las tablas del suelo. Recogióle, y vió que era una llave. ¿Quién la había puesto allí?... Y ¿qué más daba?

Tal miedo tenía Andrés á la salida en medio de la tempestad que continuaba rugiendo en la calle, que estuvo dudando si ocultaría el hallazgo á Sotileza.

--¿Qué haces, Andrés?--le preguntó ésta, que le observaba desde la salita.

Andrés corrió hacia ella y le mostró la llave, diciendo dónde la había encontrado. Sotileza lanzó un rugido de alegría feroz.

--¡Ah... la infame!--dijo en seguida.--¡La echó por debajo de la puerta!... ¡Justo! pa que abramos por adentro y se crea lo que ella quiere... ¡Pues veremos si te vale el amaño, bribonaza!...

Todo esto lo decía Sotileza temblorosa de emoción, mientras se abalanzaba á la llave y la reconocía, con una ojeada abrasadora, después de arrancársela á Andrés de la mano.

Éste, olvidado un momento de la situación comprometidísima en que se hallaba, contempló con asombro la transformación que iba obrándose en aquella criatura incomprensible para él. Ya no era la mujer de aspecto frío, de serena razón y armoniosa palabra; no era la discreta muchacha, que apagaba fogosos y amañados razonamientos con el hielo de una reflexión maciza; ni la provocadora belleza que levantaba tempestades en pechos endurecidos, con el centelleo de una sola mirada; ni la gallarda hermosura que para ser una dama distinguida, en opinión del ofuscado Andrés, sólo la faltaba cambiar de vestidura y de morada; ni, por último, la doncella pudorosa que lloraba, momentos antes, por los riesgos que corría su buena fama. Ya era la mujer bravía; ya enseñaba la veta de la vagabunda del Muelle-Anaos y de las playas de Baja-mar; ya en sus ojos había ramos sanguinolentos, y en su voz, tan armoniosa y grata de ordinario, dejos de sardinera, como los que á la sazón llenaban todos los ámbitos de la calle.

Así la vió apartarse de él como una exhalación, llegar á la puerta, abrirla con mano temblorosa, salir al portal y lanzarse en medio del grupo que obstruía la acera inmediata. Ni fuerzas hallaba él, en tanto, en sus piernas para sostenerle derecho el cuerpo desmayado. Pero consideró que una actitud así era el mejor testimonio de su imaginada delincuencia; y se rehizo súbitamente, y salió de su escondrijo detrás de Sotileza, resuelto á todo, aunque sin otro plan que el de ampararla.

Por asomar al portal, Sotileza vió la estampa de la aborrecida Carpia entre lo más espeso del grupo. Ni titubeó siquiera. Se lanzó á ella con el coraje de una fiera perseguida, apartando la gente, que no trataba de cerrarla el paso; y echándola ambas manos sobre los hombros, la dijo clavándole en los ojos el acero de su mirada:

--¡Alza esa cabeza de podre, y mírame cara á cara! ¿Me ves, pícara? ¿Me ves bien, infame? ¿Me ves á tu gusto ahora?

Carpia, con ser lo que era, no se atrevía en aquel momento ni á protestar contra las sacudidas que daba Sotileza á su cara para ponerla más enfrente de la suya. ¡Tan fascinada la tenían el fiero mirar y la actitud resuelta de aquella herida leona, si es que no influía también en su desusado encogimiento el peso de su pecado!

Sotileza, exaltándose á medida que se amilanaba la otra, añadió, sin dejarla escaparse de sus manos:

--¡Y has pensao que basta que una zarrapastrona como tú quiera deshonrar á una mujer de bien como yo, para que se salga con la suya? ¿Cuándo lo soñaste, infame! Me celaste la puerta como zorra traidora, y cuando viste entrar en mi casa á un hombre honrado, que entra en ella todos los días por delante de la cara de Dios, nos encerraste allá, pensando que, al salir los dos con la llave que echastes por debajo de la puerta, ibas á afrentarme delante de la vecindá que habéis amontonado aquí tú y la bribona de tu madre, con un escándalo de esos que sabéis armar cuando vos da la gana... ¡Pues ya estoy aquí! ¡ya me tienes en la calle! ¿Y qué? ¿Piensas que hay en ella alguno, por dejao de la mano de Dios que esté, que se atreva á pensar de mí lo que tú quieres?

Según iba gritando Sotileza, calmábanse las riñas como por encanto: todas las miradas se convertían hacia ella, y todos los ánimos quedaron suspensos de sus palabras y ademanes. La Sargüeta se retiró de su balcón precipitadamente, como se esconde un reptil en su agujero al percibir ruidos cercanos; y Carpia pensó que se le caía el mundo encima al verse en medio de aquella silenciosa multitud, á solas con su implacable enemigo, y tan cargada de iniquidades.