Part 21
Quiero decir con todo esto y lo que me callo por no repetir lo que bien dicho tengo en no sé cuántos libros y ocasiones, que si entre los mareantes de acá el suceso de una regata, en los tiempos á que voy refiriéndome, causaba todavía las apuntadas impresiones, en la población terrestre también despertaba no poco interés, particularmente si, como acontecía en este caso, era muy señalado el día, y la salsilla agregada por el Municipio daba al espectáculo cierta apariencia de _fiesta marítima_. Cada Cabildo tenía sus partidarios en la ciudad; y en lides de aquella naturaleza, bien recio demostraba sus inclinaciones cada partidario.
Ello fué que, aunque había romería en los prados de Miranda, y el sol calentaba bien, á las dos de la tarde ya estaba á pie firme la primera hilada de curiosos sobre la misma arista del Muelle, desde el Merlón inclusive, hasta cerca de la Capitanía del Puerto. Poco después se formó la segunda fila; y en seguida la tercera, y la cuarta, y la quinta, siempre empujando las de atrás á las precedentes y culebreando entre todas los muchachos, y nunca perdiendo su aplomo la primera, ni zambulléndose en la bahía un espectador. Cómo se obra este milagro, nadie lo sabe; pero el milagro es aquí un hecho á cada instante.
Detrás de las cortinas tendidas sobre las barandas de los balcones, comenzaban ya las damas á colocarse en apretados racimos, dando la preferencia las de casa á las invitadas de fuera. En el fondo, rostros barbudos. Después iban desapareciendo poco á poco las cortinas, y aparecían, en su lugar, sombrillas y paraguas de todos los imaginables colores; con lo cual, cada balcón ofrecía el aspecto de una maceta enorme con flores colosales.
En el Muelle, entre la última fila de curiosos y las casas, buscando agujeros ó rendijas por donde colarse, la atolondrada familia del boticario de Villalón; explicando el intríngulis de la regata, que jamás han visto, á sus respectivas y emperifolladas esposas, el castizo harinero de Medina del Campo, ó el reseco magistrado de Valladolid; risoteando con su novio, la repullada sirvienta, y contoneándose los almibarados pollos, no tan encanijados como la _crema_ de ahora, mientras lanzan pedazos de corazón á los balcones, con flechas de miradas mortecinas. De tarde en cuando, cohetes al aire desde el Círculo de Recreo y trasera de la Capitanía.
De pronto, la música de la Caridad resonando á lo lejos; después, más cerca, y luégo más cerca todavía... hasta que los menos torpes de oído pueden notar que viene tocando un paso doble, con bríos muy intermitentes. Las masas se revuelven hacia la _escalerilla de los Bolados_, á poca distancia del Merlón, y por ella bajan los músicos imberbes; y después, de lancha en lancha, de bote en bote y como Dios y su agilidad les dan á entender, llegan á encaramarse en el puente de un quechemarín que tiene por bauprés una percha ensebada: la cucaña del Ayuntamiento. Y vuelta á soplar allí los pobres muchachos... Y más cohetes desde allí también.
Las lanchas y los botes que rodean al quechemarín y se prolongan en ancha faja hacia el norte y hacia el sur, con otras lanchas y otros botes que hay enfrente, llenos de gente también, forman espaciosa calle, á uno de cuyos extremos, el de la escalerilla, están fondeadas dos lanchas en una misma línea, paralela al Muelle; y al opuesto, otra que tiene á proa una bandera con los colores de la matrícula de Santander, tremolando en un corto listón de pino. Aquella bandera será la credencial del triunfo, cuando la coja la lancha que primero vuelva de la Peña de los Ratones, distante de ella tres millas al sur de la bahía.
Sopla una ligera brisa del nordeste; y aprovechándola, voltejean en el fondo de este animado y pintoresco cuadro los esquifes de lujo con todas sus lonas y perejiles al aire. No falta el _Céfiro_, regido diestramente por Andrés, á quien acompañan sus amigos; pero no Tolín, que está en el balcón de su casa, muy arrimadito á la hija del comerciante don Silverio Trigueras. Á media distancia entre la lancha de la bandera del premio y el quechemarín de la percha ensebada, está, en primera fila, la barquía de Mechelín con toda la gente de la bodega y algunos agregados, los más de ellos por cuestión de amistad, y los menos para ayudar con el remo al veterano de Arriba. Pachuca con su saya nueva, y Sotileza hecha un espanto de buena moza, ocupan el lugar preferente, es decir, el centro de la banda que da al callejón despejado. Por una cruel disposición de la casualidad, la familia de Mocejón, puerca, regañona y solitaria, está en su roñosa barquía, dos botes más atrás que la de Mechelín.
De pronto se alza entre las gentes embarcadas y las de tierra un rumor que apaga los tristes jipidos de la música, y aparece como una exhalación, por el sur de la Monja y entre remolinos de espuma, una lancha blanca con cinta roja, cargada de remeros (ocho por banda), en pelo y con una ceñida camiseta blanca con rayas horizontales, por todo vestido de cintura arriba. Casi al mismo tiempo, y en rumbo contrario, aparece otra azul con faja blanca, por delante el Merlón, á rema ligera también, y tripulada de idéntico modo. Ambas van gobernadas al remo por el patrón respectivo, de pie sobre el panel de popa.
Las dos se cruzan como dos centellas, enfrente de la escalerilla, entre el alegre vocerío de los tripulantes; y se deslizan y vuelan, y marcan sus rumbos de gaviota gallardas curvas de blanca y hervorosa estela. Cualquiera de las dos sería capaz de escribir así con la quilla el nombre de su Cabildo. Después, la rema es despacio: picadas no más con la pala del remo... y vuelta á volar en seguida para quedarse de pronto con las alas tendidas al aire, meciéndose al blando vaivén de las aguas removidas. En estas evoluciones parecen corceles fogosos trabajados por sus jinetes para domar sus impaciencias antes de entrar en la arena del torneo. Y algo hay de esto en los hermosos escarceos de las lanchas antes del regateo, puesto que lo hacen los remeros para _ir entrando en calor_. ¡Entrar en calor así! ¡Y con la mitad de ello tendría sobrado un forzudo ganapán para no menearse en cuatro días!
En fin, la marea está en su punto; suena la música otra vez; bajan á las dos lanchas de respeto inmediatas á la escalerilla, personas de ambos pelajes, es decir, el marino y el terrestre; entran de popa en el callejón las dos lanchas del regateo; atrácase cada una de ellas á otra de las del jurado; sujétanlas allí sendos jueces, llamados _señores de tierra_, mientras las tripulaciones se ponen en orden y se aperciben á la liza; hácese la convenida señal... ¡y allá va eso!
La del Cabildo de Arriba, es decir, la blanca, va por la derecha. Á la segunda _estropada_, está delante de la barquía de Mechelín; y entonces, entre el crujir de estrovos y toletes, rechinar de remos sobre las bozas, el murmullo del torbellino revuelto por las lanchas y el gritar de los remeros, sobresale la voz de Cleto, que rema á proa, lanzando al aire estas palabras resonantes:
--¡Por tí, Sotileza!
Y Sotileza le vió tender su fornido tronco hacia atrás, y, con la fuerza de sus brazos, arquear el grueso remo de palma, como si fuera un acero toledano.
Nada respondió la rozagante callealtera con los labios, porque la emoción sentida con el lance le embargaba el uso de la lengua; y algo hubiera dicho de muy buena gana, ya que no por Cleto solo, aunque no dejó de estimar su cortesía, por el pedazo de honra cabildera que en el empeño se jugaba; pero, en cambio, el viejo Mechelín, vuelto al calor de sus entusiasmos por el fuego de aquellas cosas, agitó la gorra dominguera en el aire, y gritó con la voz de sus mejores tiempos:
--¡Hurra por tí, valiente... y por todos los de allá arriba!
Y las dos lanchas pasan, como si misterioso huracán las impeliera; y rebasan en tres segundos de la bandera de honor que las saluda flameando; y las dos estelas se confunden en una sola; y las puntas de los remos enemigos se tocan algunas veces; y caen y se alzan las palas de éstos sin cesar, y tan á tiempo, como si un solo brazo las moviera; y los troncos de los remeros se doblan y se yerguen con ritmo inalterado: de modo que hombres, remos y lancha, componen, á los ojos deslumbrados del espectador, un solo cuerpo regido por una sola voluntad.
Y así van alejándose, sin que el ojo más sutil pueda notar medio palmo de ventaja en ninguna de las dos. En ocasiones tales, suele decidir el resultado de la lucha una estratagema; algo como zancadilla á tiempo; una atracada de sorpresa, por ejemplo, cuando no se puede cortar el rumbo, en buena ley, á la más animosa; pero en este caso se juega limpio y á cartas descubiertas.
Á medio camino, ya se las ve más apartadas entre sí, ganando espacio á la derecha, porque el descenso de la marea comenzará pronto, y hay que contar con la deriva que las apartaría del rumbo conveniente si ahora enfilaran la peña por la proa. Dos minutos después, la simple vista no puede apreciar la diferencia entre sus colores; y un poco más allá, son dos bultos descoloridos, casi informes, y apenas se distingue el aleteo de los remos sino por el centellear del sol en los chorros de líquidos cristales que al levantarse destilan de sus palas.
Al fin desaparece una lancha detrás del islote, y en seguida la otra... y vuelven ambas á aparecer por el este del peñasco, conservando la primera la misma ventaja que al ocultarse las dos. Pero ¿cuál de ellas es la que viene delante? Muchos espectadores dudan: los que miran con catalejos de atalaya ó con gemelos de teatro, sostienen que la callealtera; y, según sus dictámenes, su ventaja es tal, que tiene ya ganada la partida sólo con no aflojar en la rema, aunque la otra redoble sus esfuerzos.
Poco á poco van tomando forma los dos bultos y aumentando los tamaños y apreciándose movimientos y colores... Ya pueden los ojos más inexpertos medir la distancia que separa las dos lanchas; y cuando la callealtera está sobre el banco del Bergantín, tiene la azul á más de cable y medio por la popa.
Ninguna de ellas ceja, sin embargo, en sus esfuerzos: en ambas se boga con el mismo coraje que al principio. Ya que una sola haya de vencer, que se estime por los maestros los méritos de la menos afortunada.
La callealtera avanza como un rayo, y llega á la boca del ancho canal; y desde allí, con los remos en banda ya, regida por su diestro patrón, se atraca á la lancha de la bandera. Arrebátala Cleto de un tirón, entre los hurras y el palmoteo de la gente; y sin perder su arrancada, la vencedora llega hasta la barquía de Mechelín; y allí Cleto, desencajado, reluciente de sudor, como todos sus camaradas, dice con su recia voz, trémula por el entusiasmo:
--¡Tómala tú, Sotileza!... ¡pa que la claves tú mesma con las tus manucas!
Y con aplauso de todos, compañeros y circunstantes, entrega la bandera, que en aquel momento era la honra del Cabildo de Arriba, á la hermosa callealtera, que la amarra con sus propias manos, como Cleto lo pedía, al pico del tajamar de la lancha triunfadora.--Muchos cohetes en el Círculo de Recreo y en la Capitanía, y muchos trompetazos y cohetes también en el quechemarín.
Mientras tía Sidora y su marido, locos de alegría, abrazan á Cleto, y también á Colo que se arrima allá para recibir los aplausos de Pachuca entusiasmada, se alza un coro de maldiciones en la barquía de Mocejón por la «desvergonzada» hazaña de su hijo, y llega hasta cerca de la boca del canal, para torcer el rumbo en seguida y desaparecer por detrás del Merlón, la lancha azul del Cabildo de Abajo.
La callealtera había recorrido seis millas en veinticinco minutos.
Cuando terminó esta primera parte de la fiesta, ya estaban sobre el puente del quechemarín, en cueros vivos, salvo la zona cubierta por un pintoresco taparrabo, los contendientes de la cucaña.
Muergo era uno de ellos, y andaba dado á los demonios porque acababa de presenciar desde allí el episodio de la barquía cuando más le estaba requemando la derrota de la lancha de su Cabildo. Pensaba vengarse de Cleto ofreciendo á Sotileza la bandera de la cucaña.
Por verle las gentes asomar al palo, se oyó una exclamación de asombro avanzar en oleadas desde la muchedumbre del Muelle hasta la que circundaba al quechemarín. Parecía un bárbaro australiano, ó un salvaje de la Polinesia.
Á los dos pasos sobre la percha, se le fueron los pies; perdió el equilibrio, y cayó al agua dando tumbos y pernadas en el aire. Entonces se le tuvo por algo así como un chimpanzé, derribado por una bala desde la copa de un árbol de los bosques vírgenes del África. Resoplando en el agua verdosa, buceando y revolviéndose en ella como si fuera su natural elemento, un ballenato pintiparado. Á todo se parecía menos á un hombre de raza europea. Y como él tomaba el bureo por aplauso á sus donaires, en cada tentativa de asalto á la cucaña hacía mayores barbaridades.
Desde las primeras, estaba Sotileza con grandes deseos de marcharse de allí; y como á tía Sidora le pasaba lo mismo y á tío Mechelín no le divertían gran cosa, armáronse los remos de la barquía, y fuése ésta poquito á poco hacia la calle Alta.
El lector y yo nos apartaremos también de aquel espectáculo que, con Muergos y sin ellos, cansa muy pronto á los más pacientes espectadores.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIII
LAS HEMBRAS DE MOCEJÓN
Por la noche rebosaba de parroquianos la Zanguina, y apenas cabían los sobrantes en los arcos de afuera. Los ochavos de la cucaña se habían partido entre los que luchaban por ellos; y así y todo, fué necesaria una trampa, consentida por quien pudo no pasarla, para llegar sin zambullida hasta el extremo de la percha. Muergo, que no hallo los zapatos al retirarse, después de rascar malamente el sebo que se le había agarrado al pellejo durante la brega y á pesar de los remojones, se había propuesto invertir su ganancia correspondiente en darse un regodeo de estómago y en un moquero blanco para regalar á Sotileza. Porque aunque de pronto le costó un berrinche la pérdida de los zapatos, considerando después que éstos de nada habían de servirle, puesto que no se amañaba á andar con ellos, acabó por darlos al olvido. Así es que, mientras el Cabildo entero se agitaba en su derredor comentando á gritos el suceso de la tarde, él, callandito y descuidado, atiborraba el cuerpo de _fritanga_ y pan del día, con largas intermitencias de lo tinto, especialmente cuando el diablo le amontonaba en la memoria el suceso aquél de la bandera después de la regata; los verdascazos de por la mañana, cuando soñaba con cosa bien distinta, y hasta su encuentro nocturno con Andrés, cuyo relato no había podido hacer á Sotileza... ¡Andrés!... ¡Bien de veces le vió él aquella misma tarde rondando la barquía callealtera con su bote! ¡Y qué ojos echaba el tunante á algo de lo que había en ella! Para matar este gusanillo, latigazo doble; y así iba capeando el temporal tan guapamente.
En un grupo de los de afuera departía el padre Apolinar, muy sulfurado.
Tomando lenguas de unos y de otros, había llegado á saber que su panegírico de los Santos Mártires de Calahorra no había gustado cosa mayor al Cabildo, y hasta que, en opinión de algún escrupuloso, el sermón _no valía_.
Esta indignidad traía desconcertado al santo varón.
--¡Cuerno con los doctores de sueste!--exclamaba el fraile.--Pues ¿á qué estarán acostumbrados, jinojo?
--Tocante á eso, pae Polinar--le respondió un patrón de lancha, muy mesurado en el decir,--y sin ofensa de naide, solamente dende el año cuarenta y nueve en que nusotros solos hicimos esa capilla, por habérsenos echao de la Puntida pa labrar allí esas casonas que hay ahora; solamente dende esos tiempos, sin contar los de atrás, se han dicho cosas de primera, motivao á los Santos Mártiles, por hombres de mucha palabra y fino saber... la verdá por avante, pae Polinar, sin agravio de nenguno.
--¡Cosas de primera! ¡cosas de primera, jinojo!... ¡Vaya unas cosas! Punto más, tilde menos, siempre las mismas. Que los cortaron la cabeza en Calahorra, que los verdugos las echaron al Ebro... y mucho de ¡oh! por aquí, ¡ah! por el otro lado... y chanfaina al último, ¡jinojo!... Chanfaina y no más que chanfaina. ¿Sabías tú lo del barco de piedra?
--¿Quién será capaz de no saberlo aquí, pae Polinar?
--Claro, hombre, claro. Pero ¿como yo lo conté?... ¿Cómo venía el barco?... ¿qué rumbos tomaba?... ¿qué tiempos y qué mares le combatían?... ¿cómo abocó á este puerto?... ¿por qué no abocó á otros antes?... ¿Os han contado algo de ello nunca esos picos de oro, con traza y con arte? ¿lo sabían, por si acaso, como lo sé yo?... ¿Sabía el Cabildo mismo aquello de la peña de los Mártires... la Horadada, que llaman otros?
--Algo se sabía de eso, pae Polinar.
--¡Algo, algo! Saber algo es lo mismo que no saber nada en cosas tan importantes, ¡cuerno! Pues ahora ya lo sabéis con todos sus pelos y señales. Ya sabéis que ese arco admirable que forma la peña, fué hecho por el barco milagroso al tropezar con ella y pasarla de parte á parte. Y ¿por quién lo sabéis?... ¿lo sabéis por boca de esos predicadores de rasolís? Pues lo sabéis por habérmelo oído á mí esta mañana; á mí, á este pobre fraile del convento de Ajo, que, con enseñaros tanto en un sermón de tres meses de fatiga y más de quince textos en latín de lo mejor, no llegó á daros gusto... ¡Margaritas á puercos, hijos; margaritas á puercos!... Pero más tarde os veréis en otra; y éste será el mejor castigo que merecen, ¡cuerno! las habladurías de esos fanfarrias... Y no digo más, ¡jinojo! porque os pica mucho el ajo de esta tarde, y no quiero que penséis que me alegro de ello, por tomarlo á castigo de Dios... que bien pudiera, ¡cuerno! que bien pudiera tomarlo por esa banda sin pecado de vanidad. ¡Uf!... ¡Lenguas, lenguas; _linguæ corruptæ_, carne mísera, carne concupiscente!... Y adiós, muchachos, que me voy á mis quehaceres... Por supuesto, no hay que advertir que lo uno no quita lo otro. La puerta del padre Apolinar no se cerrará por eso para nadie. ¡Pero cuidado con que llaméis á ella, en todos los días de vuestra vida, para asuntos de la Cátedra del Espíritu Santo!... porque entonces no responderé aunque me la echéis abajo... ¡aunque me la echéis abajo, cuerno!
Y se fué pae Polinar menos enfadado de lo que él mismo creía.
Entre tanto, no se podía parar en la calle Alta. Cánticos en la taberna, diálogos de balcones á ventanas, jolgorios en las aceras y bailoteos en medio del arroyo. Todo aquel vecindario estaba desquiciado de alegría... todo, menos la familia de Mocejón, que, encerrada en su caverna, no cesaba de maldecir á Cleto por la afrenta que había echado á la casa haciendo lo que hizo con la «moscona de abajo» después del regateo. Y para mayor rescoldera de las dos furias, el lance se comentaba en la calle con aplauso general, porque en la calle no había pizca de vergüenza, y era voz corriente que ninguna moza era más merecedora que Sotileza de lo que con ella se hizo, por ocurrencia gallardísima de Cleto; y hasta se había hablado de si _apereaban_ ó no; de si había ó no había mutuos y transcendentales propósitos entre ambos, y de que, si no los había, debiera de haberlos... Y mucho de ello se había escuchado desde el quinto piso; y por no oirlo, se habían cerrado las puertas del balcón y se habían tapiado hasta las rendijas, prefiriéndose por las hembras de Mocejón este recurso al de dar rienda suelta á sus iras venenosas en ocasión tan comprometida para ellas. Porque voluntad y lengua y arte, les sobraban para alborotar en medio cuarto de hora toda la calle. ¡Lo habían hecho tantas veces!... Pero faltaba la ocasión, la disculpa; un poco, no más, de motivo, de apariencia de él tan sólo; y en cuanto le tuvieran, y le tendrían, porque tras él andaban sin descanso... ¡oh, entonces, entonces las pagaría todas juntas la tal y la cual de la bodega de abajo, y aprendería lo que ignoraba el mal hijo, el infame hermano, el indecente, el animal, el sinvergüenza, el lichonazo de Cleto!
Y no cerraban boca, mientras Mocejón zumbaba como un tábano en el rincón de la sala, y el acribillado mozo saboreaba en la taberna de tío Sevilla, ajeno enteramente al hervidero de entusiasmo que le circundaba, y en plácido reposo, los dulcísimos recuerdos de su última proeza.
En la bodega de Mechelín no cabía la gente cuando llegó Andrés. Porque Andrés creyó muy de necesidad darse una vueltecita por allí para felicitar al veterano y echar unos parrafejos con la familia, en ocasión tan señalada. Tía Sidora reventaba en el pellejo; su marido parecía haber arrojado veinte años de encima de cada espalda. Sotileza, después de las emociones de la tarde, se hallaba ya en su acostumbrado nivel.
El remozado pescador, por remate de largos comentarios del regateo, llegó á decir á Andrés:
--¡Mire usté, hombre, que fué alvertencia bien ocurría la de ese demonio de muchacho!... Ya lo vería usté, que no andaba muy lejos... Hablo relative á la bandera que entregó á Sotileza pa que ella mesma la amarrara á la lancha. ¡Dígote que no lo creyera en él!... Y que me gustó el auto, ¿por qué se ha de negar?... Y también á tí, Sidora, que hasta pucheros hacías de puro satisfecha... y al mesmo angeluco de Dios éste, que bien se le bajó la color y le temblaron las manucas... ¡y á toa la gente de la calle, hombre, que se hace lenguas sobre el caso!
--¿Querrá usté creer, don Andrés--añadió tía Sidora,--que anda el muchacho, á la presente, como si hubiera cometido con nosotros un pecao mortal? ¡Será venturá de Dios esa criatura?... ¡Vea usté! Otros, en su caso, meterían la ocurrencia por los ojos.
--¡Uva!--confirmó tío Mechelín.
¡Preguntarle á Andrés si había notado el suceso, cuando no perdió el detalle más insignificante de él!... ¡Encarecerle la ocurrencia de Cleto, y los merecimientos de Cleto, y hasta el agradecimiento de Sotileza, cuando lo tenía todo junto, hecho un bodoque, atravesado en la garganta algunas horas hacía! Pero ¿cómo había de sospechar el honradote matrimonio, aunque hubiera sabido lo de la arboleda de Ambojo y lo que á esto se siguió en la bodega, que un mozo de las condiciones aparentes de Andrés podía dar en la manía de no sufrir con paciencia ni que las moscas, sin permiso de él, se enredaran en las ondas del pelo de Sotileza? Algo mejor lo sabía ésta; y por saberlo, con una ojeada rápida leyó en la cara de Andrés el mal efecto que le estaban causando las alabanzas á la galantería del pobre Cleto. Por eso trató de echar la conversación hacia otra parte; pero no pudo conseguirlo. Tío Mechelín, ayudado de su mujer y de los tertulianos, entre los cuales se hallaban Pachuca y Colo, insistía en su tema; y como todo lo veía entonces de color de rosa, y á todos los quería alegres y satisfechos á su lado, acabó sus congratulaciones y jaculatorias diciendo:
--¡Mañana va á ser domingo tamién pa tí, Sotileza! Ya que tanto te gusta la deversión, vas á venirte conmigo en la barquía: á media mañana. Á poco más de media tarde estaremos de vuelta.
--Hay mucha costura sin rematar,--respondió Sotileza.
--No puede ser por mañana--dijo tía Sidora,--porque tengo yo que estar en la Plaza todo el día. Otra vez irá. ¿Nordá, hijuca?
--¡Por vida del incomeniente!--exclamó Mechelín.--Otro día puede que no esté yo de tanto humor como estaré mañana. Pero, en fin, haré por estarlo. ¿Nordá, saleruco de Dios?
Cuando salió Andrés de la bodega, muy poco después de esta conversación, mientras iba calle abajo hacia la Catedral, jurara que llevaba en cada oído un importuno moscardón que le iba zumbando sin cesar unas mismas palabras. Algo más allá, estas palabras, que le sonaban en los oídos, eran gérmenes de pensamientos que se le revolvían en la cabeza; andando, andando, estos pensamientos engendraron propósitos; y estos propósitos llenáronle de recuerdos la memoria; y estos recuerdos produjeron luchas violentísimas; y las luchas, serios razonamientos; y los razonamientos, sofismas deslumbradores; y los sofismas, propósitos otra vez; y estos propósitos, tumultos y oleadas en el pecho.